escribir

Escribir: tratar de retener algo meticulosamente, de conseguir que algo sobreviva; arrancar unas migajas precisas al vacío que se excava continuamente, dejar en alguna parte un surco, un rastro, una marca o algunos signos.[Georges Perec]

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julio 16, 2008

Ser como se es

Soy curiosa y a veces no me puedo quedar callada; en ocasiones navegando llego a sitios en los que leo algo que ya sea que comparta o no lo haga en absoluto, pero que me motiva a expresar mi opinión. Generalmente son sitios de cine o cosas relacionadas con la cultura popular. Y hasta ahora eso jamás me ha acarreado consecuencias nocivas. Todo lo contrario, por ese medio he podido conocer a gente estupenda, con la que he desarrollado una buena y fructífera relación... pero siempre hay una primera vez. Y de esa primera vez se derivaron sucesos que me llevaron a casi recriminarme por andar opinando y sobre todo, contestando correos de desconocidos; pero lo hecho, hecho está. La WEB, que tan importante y casi imprescindible se nos ha vuelto, que nos ha posibilitado acercarnos a personas y sitios con los que de otra forma quizá nunca estableceríamos contacto, en algún momento debe pasarnos la factura, pequeños cobros que, por desafortunados o desagradables que parezcan, son solo una experiencia más.

La confusión, el enojo, la desagradable sorpresa, el constatar que si el mundo es un pañuelo, este universo de la red es todavía más pequeño y puede jugarnos una mala pasada; me llevaron a sopesar la conveniencia de:

a) ausentarme de la red por un buen tiempo; no tanto por huir de él, sino para aprender un poco a no necesitar más de lo que se debe este aparato y este medio de comunicación.

b) a tal grado estaba molesta conmigo que llegué a creer que debía volverme desconfiada, algo que nunca he podido ser -tengo la pésima costumbre de creer en la gente y no esperar que detrás de un saludo amable, del envío de un abrazo o beso virtual, haya algo oscuro o retorcido.

Pero luego recapacité: la primera opción es casi imposible de llevar a cabo, debido a mi trabajo casi siempre estoy conectada a la Web -con las restricciones del caso porque en mi oficina no puedo bloguear ni ver videos. Y la segunda, más que difícil, me parece injusta para conmigo. Pienso que para bien y para mal, soy como soy, tengo una esencia y no voy a permitir que absurdos acontecimientos, o acciones de otras personas, quizá mas solas o confundidas que yo misma -por más que en un primer momento me hayan provocado molestia y llevado a proferir una que otra maldición- vengan a cambiar mi forma de pensar, afecten mi manera de ver y creer en las personas; modifiquen esa esencia. No; eso no lo voy a hacer. No lo valen, ni él, ni los hechos en sí. Y además, sigo pensando que en el fondo lo suyo no fue con mala intención, fue algo así como lanzar dardos al aire -dos que yo sepa, pero pueden ser más- con la intención de que uno, o los dos, dieran justo en el blanco. Afortunadamente ninguno lo hizo, pues en el caminos se cruzaron... en este pequeño mundo de la red.

Y no hizo blanco además, porque yo seré muy confiada y hasta absurdamente ingenua...pero soy bien tímida.

y para quitar cualquier mal sabor y azotarse con gracia y por algo que valga la pena: Calamaro al dos por uno

Algo contigo Andrés Calamaro



Nostalgia Andrés Calamaro

julio 08, 2008

Miedo... a que?




















Dicen que en cierto grado los miedos son positivos, pues funcionan como mecanismo de protección, una reacción que nos permite adaptarnos a un medio ambiente desconocido y hostil.

No podría recordar con exactitud la primera vez que sentí miedo, pero debió ser en la infancia al escuchar alguna de las historias de aparecidos y brujerías que solía contar mi abuela. Seguro que mi primer miedo fue uno relacionado con esas “historias de espantos” y es que a los 6, 8 años esas historias causan casi tanto miedo, como una fascinación casi adictiva. Lo que ya no resulta tan fascinante ni funcional, es que crecemos con miedos, se nos inculcan miedos, nos enseñan a sentirlos, nos los imponen -temor a Dios dictan la religión católica, los sacerdotes y hasta nuestros padres. Miedos hay de todos tamaños e índoles; y se les analiza y clasifica desde el enfoque neurológico, bioquímico, psicológico, sociológico, histórico, cultural, de género y más... buscando explicar eso que casi todos hemos experimentado en alguna ocasión; explicarlos, encontrar su origen y procurar su desaparición.


Pero sucede que a medida que vamos creciendo, aprendiendo y “madurando” adquirimos otros miedos más complejos –no incluyo fobias a las alturas, oscuridad y demás, porque nunca las he sentido y no podría opinar. Los míos han sido variopintos: desde el típico miedo adolescente a decepcionar a mis padres por no ser la hija modelo que hubieran deseado, o a mi abuela por estar muy lejos de ser una nieta modosita, socialmente conveniente e incapaz de soltar “palabrotas”. A algún novio, por miedo a perderlo no dije lo que me molestaba [me duró poco ese miedo, merced al consejo de una amiga bastante mayor y experta en descalabros amorosos - “mira Chuyita si un hombre ha de irse, lo hará con o sin resguardos de tu parte”-, y a esta boquita que no sabe quedarse calladita… santo remedio y adiós miedo... y novio]

El miedo a lastimar a los demás; el miedo a ser lastimados -¿habrá quien nunca lo haya sentido?-, es terrible, porque para prevenirlo generalmente nos recubrirnos de una coraza infranqueable, nos damos al desapego; y aunque generalmente funciona, se corre el riesgo de volverse esquivo, huraño, de acallar la espontaneidad y suprimir el libre fluido de las emociones; volverse un autómata en perfecto control. Y otro, dejar de ser uno mismo por miedo a no “encajar” en un grupo social, volviéndose un ser amorfo e impostado. Y quizá el más generalizado sea el miedo a la soledad y al desamor; que es tanto como el miedo a amar: Miedo al rechazo y al abandono; a ser olvidados y... a olvidar.

Hay tantos miedos; conocidos y desconocidos; y si no los teníamos o no los conocíamos, o para nosotros ni existían, acabamos creándolos... Y de no superarlos o aprender a manejarlos, esos miedos acaban convirtiéndose en un lastre que dificulta e impide crecer, conocer, amar, ser. Y está la otra cara: buscando una salvaguarda, la coraza protectora que nos recubra termine aprisionándonos y cual Edmundo Dantes, condenándonos al encierro en un moderno Castillo de IF, ya no a causa de la injusticia y mezquindad social, como al héroe de Dumas, sino a causa de nuestro miedo a enfrentar los miedos. Y claro que lo deseable sería perder el miedo y decidirse a escapar, sin importar que el escape implique aventurarse a un mar picado como Dantés, a lo desconocido en nuestro caso, aún si contar con un abate Faria ni con el incentivo de un gran tesoro. Creo que es preferible, con el plus de que se aprende mucho más tomando riesgos, que en la comodidad de un “Castillo protector”.

Pero una cosa es decir y otra, muy distinta, decidirse y hacerlo… sin miedo.

junio 18, 2008

Deseando amar...?

Vivimos llorándolo, extrañándolo, maldiciéndolo; soñándolo, anhelándolo. Unos más, otros menos. De manera casi genérica los seres humanos buscamos el amor. Y en el proceso, tendemos a idealizar al ser que deseamos amar y que nos ame; lo visualizamos, los imaginamos aún antes de conocerlo. Como Madame Bovary, confeccionamos el traje “perfecto” que deberá vestir el objeto -hombre-mujer- amoroso de nuestros ensueños. A los 14, 15 años, creo normal que una(o) sueñe con un amor ideal, física y emocionalmente; casi el príncipe azul de los cuentos de hadas. A los 15, después es absurdo. Y en contrasentido de idealizaciones, otras veces somos crudamente realistas, no soñamos un ideal amoroso y es posible que lleguemos a concebirse el amor, no como un sentimiento vital, sino como mero alivio a la soledad, carente de pasiones y angustias. No sé que sea más dañino, si esperar demasiado del amor, de una relación; o no esperar nada; llegar a descreer, pensar que conforme se avanza en la adultez, para que las relaciones funcionen y perduren deben poner en segundo plano el romanticismo, la pasión y vehemencia adolescentes, dando lugar al equilibrio y sosiego amorosos.


Y quien sabe hasta que grado sea cierto que el amor, el acto de amar a otro, nos hace mejores seres humanos pues requiere despojarse de egoísmos y miedos; porque encarna entrega y renunciación. Lo que si cierto es que, en ocasiones el amor, una relación amorosa, es algo profundamente egoísta. Mientras escribo esto, compruebo una vez más que no soy la más indicada para hablar del tema, me falta sentido poético, romanticismo, para expresar claramente lo que siento y pienso mientras escribo. Y es que por alguna deformación o limitación, o las dos cosas, cuando quiero hablar de relaciones amorosas, casi siempre acabo ejemplificando con una película. Ups, esto debe ser peor que soñar con el príncipe azul…


Hablando de mis deformaciones y limitaciones, como el titulo de ese post es el de un film, recuerdo algunas historias de amor; elección que no se pretende quintaesencia de nada; solo una personalísima listita de algunas de “mis películas de amor favoritas”; casi todas de amour fou; me encantan, quizá, por cierta identificación con uno o varios de sus elementos; no son las mejores, o más representativas, apenas una minúscula aproximación al vasto universo cinematográfico amoroso


Desando Amar [Fa yeung nin wa (2000] - de Won Kar Wai – Hong Kong | France 2000/ con Tony Leung Chiu Wai y Maggie Cheung.-Una bellísima historia de amor/desamor; conmovedora, delicada y melancólica. Un hombre y una mujer engañados por sus respectivos cónyuges se vuelven amigos, llegando a sentir una pasión intensa, un amor en estado puro sin atreverse a ir más allá, un poco por los reparos morales, otro por un extraño sentido de ética y de negación a vulgarizar su amor, a ser como los demás. Este film es de una sensualidad sutil, exquisita, asombrosa y conjuga maravillosamente emotividad, intensidad, contención, tristeza; además, posee una apreciable banda sonora.


La princesa y el guerrero (Krieger und die Kaiserin, Der (2000)-, de Tom Tykwer. Alemania 2000/ con Franka Potente y Benno Fürmann. Cuento de hadas postmoderno, originalísima variante del amour fou; los enamorados viven en un pabellón psiquiátrico. Él es un asaltabancos obligado a hacerse pasar por loco; ella, una enfermera no muy cuerda, que se asume como protectora de los huérfanos de amor. Ambos son un poco como el héroe dispuesto a salvar a su amada(o), aún así sea de si mismo. Amar requiere de valor y arrojo; jugársela por una relación es como un salto al vacío.


Jeux d'enfants (2003) (Juego de niños/Atrévete a amar) de Yann Samuell. Francia-Bélgica; con Guillaume Canet y Marion Cotillard. Provisto de un manejo de cámara audaz, Samuell cuenta una historia de amor-amistad a medio camino entre la fantasía y la dura realidad que impone el miedo al amar. Por momentos, romántica y hasta dulce; en otros, rayana en la crueldad. Es la historia de dos que se aman desde la infancia, pero que se viven negándolo, retándose y dañándose… amigablemente, como en un juego de niños, cada vez más fuerte . Pero ellos, como en La princesa y el guerrero, tendrán que perder sus miedos, jugársela literalmente, para permanecer juntos.


Eternal Sunshine of the Spotless Mind (2004) (Eterno resplandor de una mente sin recuerdos/ de Michel Gondry/ USA/ con Jim Carrey y Kate Winslet. Dos locos talentosos, Michel Gondryy Charlie Kaufman, se juntaron y crearon una singular trama; una historia de amor tan romántica, como diferente y por momentos, dolorosa. La premisa de que el ser amado un día decida borrarte… para siempre; borrar todo vestigio tuyo, aunque para ello tenga que defragmentar su cerebro, debe ser lo más doloroso que hay. Gondry, un loco con una gran imaginación y talento visual, me dio un logro mayúsculo: hacer que el insufrible Jim Carey, por una vez me fuera casi querible.


En el tintero quedan varias, tantas que no terminaría, desde L’amour fou, (1969), de Jacques Rivette; La femme d'à côté - (1981), de François Truffaut-, Oci ciornie (1987), de Nikita Mikhalkov, hasta Un homme et une femme (1966)-de Claude Lelouch -quizá la única de mi listado que podría considerar con “final feliz”. Faltan muchísimas, tantas como formas de ver y entender el amor hay, que en el amor cinematográfico no hay limites; ejemplo? dos filmes de loco amor, más allá de la preferencia sexual: Chun gwong cha sit (Happy Together), Hong Kong (1997), de Won Kar Wai con Tony Leung Chiu Wai y Leslie Cheung -atribulado, apasionado y tormentoso amor entre dos jóvenes hongkoneses; y Les Nuits fauves, (1992) (Las noches salvajes, Francia-Italia/ de Cyril Collard, con Cyril Collard y Romaine Bohringer), de la que ya he comentado. Doliente y vital, carente de cualquier atenuante, esta singular historia de amor tiene al SIDA como un participante más.

[y no incluyo Secreto en la Montaña, que a todo mundo gusta].

junio 15, 2008

La celebración no me gusta... el motivo, sí














Las celebraciones del día de la madre y día del padre -fundamentalmente, aunque también incluye al 14 de febrero-, no solo no me enloquecen de felicidad, sino que no me gustan nada. No sé porque, pero nunca me he sentido muy bien con eso de “tener que” felicitar y demostrarles amor a mi padre o a mi madre porque es su día. Olvidémonos de lo detestable que resulta la publicidad apabullante previa a esas dos fechas, a que el festejo sea visto como un mero juego comercial; concedamos que el libre mercado funciona así, se mueve así, a base de incentivos y chantajes. Creo que ese no es el problema mayor. Lo terrible, para mí, es que tal parece necesitamos que el calendario nos recuerde que tenemos padre y madre; nos recuerde que ellos existen, que son nuestros progenitores y por ende, debemos celebrarlos, y ser buenos hijos... aunque sea ese día. O sea, no importa si el resto del año uno tiene una mala comunicación o pésima relación con sus papás, ese día, solo por ser su día y como por arte de magia, uno se vuelve el hijo prodigo y los progenitores, padres y madres modelo. Y todos nos besamos, hacemos una comilona, damos regalitos y hasta nos echamos algún sentido discursito y somos bien felices... aunque sea ese día.

No niego que alguna vez me sentí mal cuando externé mi opinión al respecto, delante de algunos amigos o compañeros; uf, no faltó quien me mirara como si fuera una desalmada. Y sí, me hicieron sentir incómoda, no porque me creyera de pronto alguien carente de sentimientos, sino porque me molestó ser juzgada así. Que le voy a hacer, una es como es. Y que no le encanten estos asuntos de festejos paternales y maternales, no significan que una sea una mala hija, o que “no tenga corazón”. Yo por mi parte, a mi padre lo adoro y tengo una excelente comunicación con él [me divierte tanto cuando me recuerda su receta para tener un corazón perfecto: una cucharada de aceite de olivo extra virgen -de acuerdo- un diente de ajo grande –horror- y una copa de vino tinto –súper de acuerdo- “eso te lo tomas todos los días y tu corazón nunca te dará problemas... bueno a menos que te enamores de un imbécil, porque entonces m’hijita ya no respondo”]. Igual sucede con mi madre, quien, mujer al fin, sabe perfectamente que el corazón femenino suele peligrar más merced a los imbéciles... que a los males cardiovasculares.


junio 13, 2008

De cursis y perdidos

A veces se pierde la inspiración, a veces se pierde el ánimo; pero otras, simplemente se tiene la sensación de estar perdido. Y a veces, además de sentirse perdido, se anda un poco (o demasiado) cursi y le da por escuchar canciones que más de uno, en su sano juicio, considerará melcochozas y fresas. Pues con la pena, porque hoy me tocó a mi sentirme así, a medio camino entre el extravío y la cursilería. Y como a cada estado de ánimo, una música, Michel Bublè me viene que ni mandado a hacer.

Ruego a mis amables visitantes me dispensen por este extravío, pero esta mañana un poco gris... necesito de esta canción. Dicen por ahí que Michel Bublè compuso esta letra, justo cuando tenía el corazón un tanto maltrecho... casi como el mío, lástima que yo no compongo como él.


Lost

(Michel Bublè/Jann Arden/Alan Chang)

I can\'t believe it\'s over
I watched the whole thing fall
And I never saw the writing that was on the wall
If I\'d only knew
The days were slipping past
That the good things never last
That you were crying

Summer turned to winter
And the snow it turned to rain
And the rain turned into tears upon your face
I hardly recognize the girl you are today
And God I hope it\'s not too late
It\'s not too late

\'Cause you are not alone
I\'m always there with you
And we\'ll get lost together
Until the light comes pouring through
It\'s when you feel like you\'re done
And the darkness has won
Babe, you\'re not lost
When your world\'s crashing down
And you can\'t bear the cross
I said, babe, you\'re not lost

Life can show no mercy
It can tear your soul apart
It can make you feel like you\'ve gone crazy but you\'re not
Things have seemed to change
There\'s one thing that\'s still the same
In my heart you have remained
And we can fly fly fly away

\'Cause you are not alone
And I am there with you
And we\'ll get lost together
Until the light comes pouring through
It\'s when you feel like you\'re done
And the darkness has won
Babe, you\'re not lost
And the world\'s crashing down
And you can not bear the cross
I said, baby, you\'re not lost
I said, baby, you\'re not lost
I said, baby, you\'re not lost
I said, baby, you\'re not lost






Besitos y un rico fin de semana, aunque sea pasado por agua, pórtense mal, que ya en su otra vida tendrán tiempo de sobra para comportarse como niños buenos.

junio 04, 2008

En busca del muso perdido














"[El café] provoca un estado de excesiva excitación cerebral que se manifiesta por una notable locuacidad, acompañada en ocasiones por una acelerada asociación de ideas. [ ...] "

Lewis Lewin, Phantastica:
Narcotic and Stimulating Drugs, 1931


Pues el Dr. Lewis Lewin debió acotar su máxima: yo tomo harto café y me siento árida


La titular de este blog, o sea yo mera, pasa por una etapa de aridez, motivo por el cual prefiere ahorrarles la pena a sus ambles visitantes y no postear ninguna tontería. Ahorita se encuentra en busca de la inspiración y del tiempo perdido... o en su defecto, de alguien que la inspire. Lo que ocurra primero. Pero a como se vislumbra el panorama, es más fácil que solita encuentre la inspiración y hasta algo del tiempo perdido, antes que se encuentra con ese alguien que se la provoque.

C’est la vie, pues como dijo mi amado Charles Baudelaire:

"Esta vida es un hospital en el que cada enfermo está poseído por el deseo de cambiar de cama."

Y yo ya me aburrí de la mía.



marzo 10, 2008

días extraños


¿No les ha pasado? Hay días en los que uno se siente como fuera de lugar; como que no acaba de encajar en el entorno que la rodea; fuera de contexto. O así te hacen sentir. Casi como un pobre extraterrestre -de esos que nos pintan las típicas películas de ciencia ficción- que de pronto cae en este planeta y todo le resulta ajeno, extraño, inexplicable; o bien, uno le resulta extraño a sus habitantes. Claro que tampoco hace falta concebirse como un marciano llegado inesperadamente a la tierra, o como un terrícola extraviado en algún lugar de la galaxia para sentirse fuera de lugar. Y probablemente no sea una tragedia, ni nada grave, ni mucho menos algo inusual. Quizá es que uno no se percata de ello porque es algo con lo que ha vivido siempre, con lo que ha convivido tan a gusto, que ni siquiera se había planteado la posibilidad de que fuera una "rareza". Y para "darse cuenta" de tal carácter no se necesitan sucesos extraordinarios. Todo lo contrario. Cualquier insignificancia puede ser el detonante; no hace falta estar en plena crisis existencial. El suceso más simplón pude servir para recordarnos, para enfrentarnos, con una realidad innegable: hay situaciones en las que de plano no encajamos, ni encajaremos jamás… por más que lo intentemos y pongamos cara de circunstancia.

Cualquier cosa puede ser el detonante. Cualquiera. Hasta el escoger la película a ver el fin de semana, puede devenir en una demostración de nuestras rarezas. Y si además, una comete el despropósito de entrar sola al cine, uff, ahí si, más que rara, ha de pasar por enferma o maníaca: "¿pero en serio vas a entrar a ver esa cosa (Eastern Promises (2007)- y sola? estás loca y además, eres una necia; esa película ha de estar bien depresiva y aburrida; de verdad que eres rara y por eso ves puras películas raras…"

Y pues si, yo sola (junto con otros siete raros y necios) entré a ver Eastern promises, mientras ellas dos, mis amigas, se unían a las largas (muy largas) filas de gente "normal" para entrar a ver 10,000 AC, que emnpezba media hora más tarde.


Y ese fue solo el principio, porque durante comida que siguió al cine continuaron aflorando las rarezas (mías, por supuesto); al grado de que a cada momento yo me iba sintiendo más cercana al David Bowie de The Man Who Fell to Earth (1976)-. Caray, y todo por no querer ver 10,000 AC.


Y la cereza en el pastel, cuando a la hora del café, les dije a mis compañeras que de Eastern promises, el que me gustaba no era el galán Vigo Mortenssen, sino el feo narizón Vincent Cassel (quien, de una vez lo aclaro, es uno de mis guilty pleasures -tema éste, de un post pendiente, no importa que signifique copiar la idea a los de CINÉCDOQUE), buuueno casi se les salen los ojos de lo sorprendidas que estaban; y yo, a esas alturas seguramente ya catalogada como el epítome de las rarezas.


Y aunque la inocuidad de mi ejemplo cinematográfico solo me sirva para aminorar la impresión del fuera de lugar, lo cierto es que más allá de mis banalidades sabatinas, dicha sensación existe, y a veces como algo más, casi como una certeza.

Ya para concluir, muy en sintonía, un video del sesentón David Bowie, quien a más de 30 años de haber grabado esta canción (Life On Mars -), aún conserva parte de la belleza andrógina y perturbadora que lo caracterizaba en sus años mozos... y todavía canta.

febrero 20, 2008

De Mujeres II

Confesiones de una mujer confusa


“Antaño, si mal no recuerdo, mi vida era un festín donde corrían todos los vinos, donde se abrían todos los corazones.

[….]

Yo llamé a los verdugos para morir mordiendo la culata de sus fusiles. Invoqué a las plagas, para sofocarme con sangre, con arena. El infortunio fue mi dios. Yo me he tendido cuan largo era en el barro.

Me he secado en la ráfaga del crimen. Y le he jugado malas pasadas a la locura.”

[….]

Jean Arthur Rimbaud tenía diecisiete años cuando escribió esas palabras, fragmento de su obra mayor “Una temporada en el Infierno”.

De ambos, de ese maldito entre los malditos, enfant terrible por derecho propio; y de esa obra suya, me he ocupado no hace mucho (en octubre, cuando se conmemoró un año más su natalicio). Y hoy me he sentido un poco así, como si hubiesen pasado siglos desde que mi vida era algo parecido a “un festín”, donde quizá no corrían todos los vinos, pero seguro que las preocupaciones y las malas pasadas; la desazón y la sensación de impotencia, no estaban presentes. Aquel tiempo en el que pocas cosas, nada o casi nada, parecían imposibles de alcanzar; cuando yo me sentía comprometida y con ánimos (ilusa y pretenciosamente, ahora lo sé) como para cambiar el mundo. Cuando el escepticismo solo existía como una “rimbombante” palabra en La Nueva Enciclopedia Larousse. Cuando yo también tenía 17... como Rimbaud, pero ni por equivocación escribía como él.

Pero en el camino del “crecimiento”, el azar, la vida, yo, todo, me hicieron comprender que las cosas son más simples, o más complejas (no es tan esquemático, tan en blanco y negro). Acepté, entendí de una vez, que no quedan muchos ideales, ni idealistas, menos héroes o gurus, en quienes creer, o a quienes seguir hacia mejores y más elevados derroteros, hacia anhelados nirvanas que probablemente solo han existido en el imaginario social.

No sé si me estoy volviendo más cínica, conformista; si solo estoy absolutamente desencantada, desilusionada, pero lo cierto es que he dejado de creer en tantas cosas en las que no hace mucho creía firmemente; en esas pequeñas cosas que defendía a capa y espada, durante interminables discusiones, apasionadas y vehementes. Nunca como hoy me he sentido tan escéptica de todo y ante casi todo; nunca como hoy me he dado cuenta que me cuesta reconocerme en aquella que fui, apenas ayer, aunque sienta que sucedió hace mil años.

Caray, me duele y hasta me avergüenza aceptarlo y más aún, decirlo; pero es algo que no puedo negar. ¿Será esto lo que llaman madurar, “entrar en razón”; aceptando que lo único que tenemos es el aquí y el ahora. ¿O será que yo también di el braguetazo (cualquiera que se sea su equivalente en femenino)?

A saber. Si por lo menos tuviera la millonésima parte del talento de Rimbaud o de Baudelaire para sacar mis temores, enojos, dolores y despotriques; y claro, también para expresar otro tipo de sentires, la cosa no estaría del todo mal.