escribir

Escribir: tratar de retener algo meticulosamente, de conseguir que algo sobreviva; arrancar unas migajas precisas al vacío que se excava continuamente, dejar en alguna parte un surco, un rastro, una marca o algunos signos.[Georges Perec]

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marzo 23, 2010

sin huella


Hace unos días comentaba en un blog amigo, que en la actualidad, cuando todo parece fluir a la velocidad del rayo, uno llega a sentir como si la vida se le fuera de las manos, vertiginosa, casi furtiva, sin apenas ser consciente de su propio paso por ella. Recuerdo que cuando era niña, más de una vez le escuché decir al hermano mayor de mi abuela (quien parecía reflejar toda la edad del mundo en sus cansados y vidriosos ojos) que uno debería procurar no pasar por esta vida sin haber hecho algo digno de ser recordado; sin haber dejado su huella, así fuera pequeñita, en este mundo. A esa edad (la mía en ese entonces), aquello sonaba sencillo, como si sólo fuera cosa de crecer para poderlo llevar a cabo. Qué equivocada estaba, ahora que ya no soy una niña y cada día más me convenzo que eso no será posible y que mi paso por este mundo sólo será tan acallado como lo es el silencio que rezuma el ser uno entre los hombres*/, comprendo el porqué de aquella mirada acuosa: aunque no lo dijera, el hombre era perfectamente consciente de que tal aspiración era muy difícil de alcanzar. Trascender, como yo lo entiendo, quizá de manera precaria y como me parece lo entendía él, no tiene nada que ver con triunfos "notables", ni acumulación de poder o riqueza; sino con otro tipo de hechos y/o huellas menos vistosos pero definitivamente más profundos al tiempo que sutiles. Es decir, no se trata de trascender, sobresalir y erigirse –o sentirse- ejemplo o guía de alguien y ser adorado; no como un objetivo de vida cuyos efectos (supuestos y reales) sirvan para alimentar la vanidad y engrosar nuestro natural egocentrismo. No; me refiero a algo modesto y la vez complejo, tanto que no alcanzo a explicarlo en pocas palabras –ni en muchas, je-, pues a estas alturas de mi existencia sigo sin saber qué se puede hacer, cómo lograr no pasar por esta vida sin dejar de trascender, aunque sea un poquito. Tal vez nunca lo entienda, menos que logre marcar alguna huella. Lo único que me queda más o menos claro es que, quizá -la trascendencia- sólo tenga que ver con despejar las brumas que nos impiden ver, y aquilatar, lo que en verdad importa; con bajarle un poco a la velocidad de nuestros pasos y así evitar, en lo posible, que la vida se nos pase sin apenas notar nuestro propio discurrir por ella.

Y para finalizar esta divagación primaveral con sabor a otoño, un fragmento de la pluma de Alejandra Pizarnik (encontrado hace algunos años entre las páginas de un periódico).
 "Yo quería que mis dedos de muñeca penetraran en las teclas. Yo no quería rozar, como una araña, el teclado. Yo quería hundirme, clavarme, fijarme, petrificarme. Yo quería entrar en el teclado para entrar adentro de la música, para tener una patria" [Alejandra Pizarnik, El infierno musical]





*/© Luis Felipe Comendador (La Fuga de Antoine Doinel, fragmento) 
fotografía: Dora Maar, Mano-concha (1934). Colección Centro Georges Pompidou.
 
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junio 04, 2008

En busca del muso perdido














"[El café] provoca un estado de excesiva excitación cerebral que se manifiesta por una notable locuacidad, acompañada en ocasiones por una acelerada asociación de ideas. [ ...] "

Lewis Lewin, Phantastica:
Narcotic and Stimulating Drugs, 1931


Pues el Dr. Lewis Lewin debió acotar su máxima: yo tomo harto café y me siento árida


La titular de este blog, o sea yo mera, pasa por una etapa de aridez, motivo por el cual prefiere ahorrarles la pena a sus ambles visitantes y no postear ninguna tontería. Ahorita se encuentra en busca de la inspiración y del tiempo perdido... o en su defecto, de alguien que la inspire. Lo que ocurra primero. Pero a como se vislumbra el panorama, es más fácil que solita encuentre la inspiración y hasta algo del tiempo perdido, antes que se encuentra con ese alguien que se la provoque.

C’est la vie, pues como dijo mi amado Charles Baudelaire:

"Esta vida es un hospital en el que cada enfermo está poseído por el deseo de cambiar de cama."

Y yo ya me aburrí de la mía.



mayo 25, 2008

Huir de mí

"¿Pero, no basta que tú seas la apariencia,
Para regocijar un corazón que rehuye la verdad?
¿Qué importa tu torpeza o tu indiferencia?
Máscara o adorno, ¡salud! Yo adoro tu beldad."
[Charle Baudelaire, l'amour du mensonge /fragmento]


hay días, en que me gusta ser como y quien soy... pero hay otros, en que casi me detesto por ser como soy. en esos días, me gustaría ser otra; no sé si mejor o peor, solo distinta; en esos ratos, o días enteros, me gustaría huir de mí, de esa que soy y que me cuesta dejar de ser.

porque soy berrinchuda, respondona, irreverente y políticamente incorrecta; y aunque eso me enorgullece, estoy consciente que a nivel profesional ha actuado más en mi contra que a mi favor. en el mundo de ingenieros machos en el que me desenvuelvo, a los jefes no le hacen muy felices las colaboradores femeninas, pero si las tienen, su ideal son aquellas mujercitas sumisas, dóciles; casi el nauseabundo arquetípico de la “calladita se ve más bonita”. y yo soy todo lo contrario, por supuesto que trabajo duro y reviso convenios, corrijo anexos técnicos o elaboro informes y evaluaciones de resultados, que son casi un milagro (no por geniales, sino porque no hay muchos avances reales que reportar); aguanto estoicamente eternas reuniones, generalmente inservibles; o la vocación viajante del director general de mi institución, que se traduce en ene tarjetas informativas. eso y más aguanto en mi lugar de trabajo, pero ni modo que no diga nada cuando algo no me parece. y a mi jefe eso no le gusta, pues él ha hecho de la prudencia una especie de mandamiento personal, aguanta de todo, hace el trabajo de su jefe y el de otros inútiles pero bien posicionados funcionarios; todo lo hace y sin chistar... con la ayuda de nosotros, sus subalternos. pero que él sea tan agachón –como decimos en mi pueblo- no significa que yo tenga que ser igual... y ahí es donde vienen los enfrentamientos.

y luego están mis inútiles preocupaciones por cosas que no tienen solución. en verdad desearía ser igual a la mayoría de las personas que rodean y dejar de emberrincharme cada que abro un periódico, o veo –casi nunca, he de admitirlo- un fragmento noticioso televisivo. dejar de inquietarme por lo que pasa en nuestro país. y cuando me siento así –más a menudo de lo que yo quisiera-, cual un conjuro, me repito una y otra vez: ¿Chuyita qué carajos ganas preocupándote porque FECAL dice no querer privatizar PEMEX, cuando en realidad eso es lo que busca? ¿de qué te sirve enfurecer porque en México la impunidad es la marca de la casa; o porque un saldo de 4000 muertos (hasta el martes pasado), para el presidente y sus achichincles es una innegable muestra de que el gobierno federal va ganando la goliza contra el narco (Mouriño, dixit)? ¿qué ganas? nada, lo sé. no gano nada, si acaso buscarme una gastritis.

de verdad que hay ocasiones en que me gustaría ser mas despreocupada, vivir así como en el limbo, no pensar, no cuestionarme, no angustiarme, solo dejarme ir, no hacer tangos -como dice mi amiga bloguerra Jolie-. transformarme en otra, solo con cambiar de ropaje y mudarme a un lugar tan lejano y distinto, en el que todo me resulte ajeno y lo único que me importe sea degustar un buen tinto, mientras veo el mar perderse en el infinito.

hay días así, en que solo desearía huir de mí, mirar tus ojos y perderme en ellos...


UP DATE: El melange de la Marichuy, ahora también en Wordpress:

Huir de mí « Melange-marichuy Weblog





febrero 20, 2008

De Mujeres II

Confesiones de una mujer confusa


“Antaño, si mal no recuerdo, mi vida era un festín donde corrían todos los vinos, donde se abrían todos los corazones.

[….]

Yo llamé a los verdugos para morir mordiendo la culata de sus fusiles. Invoqué a las plagas, para sofocarme con sangre, con arena. El infortunio fue mi dios. Yo me he tendido cuan largo era en el barro.

Me he secado en la ráfaga del crimen. Y le he jugado malas pasadas a la locura.”

[….]

Jean Arthur Rimbaud tenía diecisiete años cuando escribió esas palabras, fragmento de su obra mayor “Una temporada en el Infierno”.

De ambos, de ese maldito entre los malditos, enfant terrible por derecho propio; y de esa obra suya, me he ocupado no hace mucho (en octubre, cuando se conmemoró un año más su natalicio). Y hoy me he sentido un poco así, como si hubiesen pasado siglos desde que mi vida era algo parecido a “un festín”, donde quizá no corrían todos los vinos, pero seguro que las preocupaciones y las malas pasadas; la desazón y la sensación de impotencia, no estaban presentes. Aquel tiempo en el que pocas cosas, nada o casi nada, parecían imposibles de alcanzar; cuando yo me sentía comprometida y con ánimos (ilusa y pretenciosamente, ahora lo sé) como para cambiar el mundo. Cuando el escepticismo solo existía como una “rimbombante” palabra en La Nueva Enciclopedia Larousse. Cuando yo también tenía 17... como Rimbaud, pero ni por equivocación escribía como él.

Pero en el camino del “crecimiento”, el azar, la vida, yo, todo, me hicieron comprender que las cosas son más simples, o más complejas (no es tan esquemático, tan en blanco y negro). Acepté, entendí de una vez, que no quedan muchos ideales, ni idealistas, menos héroes o gurus, en quienes creer, o a quienes seguir hacia mejores y más elevados derroteros, hacia anhelados nirvanas que probablemente solo han existido en el imaginario social.

No sé si me estoy volviendo más cínica, conformista; si solo estoy absolutamente desencantada, desilusionada, pero lo cierto es que he dejado de creer en tantas cosas en las que no hace mucho creía firmemente; en esas pequeñas cosas que defendía a capa y espada, durante interminables discusiones, apasionadas y vehementes. Nunca como hoy me he sentido tan escéptica de todo y ante casi todo; nunca como hoy me he dado cuenta que me cuesta reconocerme en aquella que fui, apenas ayer, aunque sienta que sucedió hace mil años.

Caray, me duele y hasta me avergüenza aceptarlo y más aún, decirlo; pero es algo que no puedo negar. ¿Será esto lo que llaman madurar, “entrar en razón”; aceptando que lo único que tenemos es el aquí y el ahora. ¿O será que yo también di el braguetazo (cualquiera que se sea su equivalente en femenino)?

A saber. Si por lo menos tuviera la millonésima parte del talento de Rimbaud o de Baudelaire para sacar mis temores, enojos, dolores y despotriques; y claro, también para expresar otro tipo de sentires, la cosa no estaría del todo mal.