Las celebraciones del día de la madre y día del padre -fundamentalmente, aunque también incluye al 14 de febrero-, no solo no me enloquecen de felicidad, sino que no me gustan nada. No sé porque, pero nunca me he sentido muy bien con eso de “tener que” felicitar y demostrarles amor a mi padre o a mi madre porque es su día. Olvidémonos de lo detestable que resulta la publicidad apabullante previa a esas dos fechas, a que el festejo sea visto como un mero juego comercial; concedamos que el libre mercado funciona así, se mueve así, a base de incentivos y chantajes. Creo que ese no es el problema mayor. Lo terrible, para mí, es que tal parece necesitamos que el calendario nos recuerde que tenemos padre y madre; nos recuerde que ellos existen, que son nuestros progenitores y por ende, debemos celebrarlos, y ser buenos hijos... aunque sea ese día. O sea, no importa si el resto del año uno tiene una mala comunicación o pésima relación con sus papás, ese día, solo por ser su día y como por arte de magia, uno se vuelve el hijo prodigo y los progenitores, padres y madres modelo. Y todos nos besamos, hacemos una comilona, damos regalitos y hasta nos echamos algún sentido discursito y somos bien felices... aunque sea ese día.
No niego que alguna vez me sentí mal cuando externé mi opinión al respecto, delante de algunos amigos o compañeros; uf, no faltó quien me mirara como si fuera una desalmada. Y sí, me hicieron sentir incómoda, no porque me creyera de pronto alguien carente de sentimientos, sino porque me molestó ser juzgada así. Que le voy a hacer, una es como es. Y que no le encanten estos asuntos de festejos paternales y maternales, no significan que una sea una mala hija, o que “no tenga corazón”. Yo por mi parte, a mi padre lo adoro y tengo una excelente comunicación con él [me divierte tanto cuando me recuerda su receta para tener un corazón perfecto: una cucharada de aceite de olivo extra virgen -de acuerdo- un diente de ajo grande –horror- y una copa de vino tinto –súper de acuerdo- “eso te lo tomas todos los días y tu corazón nunca te dará problemas... bueno a menos que te enamores de un imbécil, porque entonces m’hijita ya no respondo”]. Igual sucede con mi madre, quien, mujer al fin, sabe perfectamente que el corazón femenino suele peligrar más merced a los imbéciles... que a los males cardiovasculares.

