escribir

Escribir: tratar de retener algo meticulosamente, de conseguir que algo sobreviva; arrancar unas migajas precisas al vacío que se excava continuamente, dejar en alguna parte un surco, un rastro, una marca o algunos signos.[Georges Perec]

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diciembre 21, 2010

dormir... tal vez soñar

Photo: Brassaï (Gyula Haläsz). Le Pont Neuf à Paris, 1932.
Hoy me da por divagar en torno a los sueños, mientras añoro las vacaciones que este año ya no tuve. En varias oportunidades he cometido aquí sobre una frase atribuida a Marcel Proust, frase que leí hace tanto tiempo que ya no sé si la leí tal como la recuerdo o si yo le agregué algunos aderezos para acomodarla a mi forma de ver y pensar sobre ciertos temas. (digo atribuida porque quien la citaba no estaba del todo seguro de la autoría). La frase que alguno de ustedes quizá recordará, dice más o menos así (cito de memoria):

Lo malo no es que los sueños no se realicen sino que lo hagan demasiado tarde, cuando ya hemos perdido la pasión que nos llevó a concebirlos y la ingenuidad que nos hizo confundirlos con el sentido de nuestra existencia.

Hacía tiempo que no la citaba, pero recientemente he vuelto a pensar en ella (aunque en realidad nunca la he olvidado: desde la primera lectura la guardé en algún resquicio de mi tramposa memoria) y la he pensado no porque un sueño se me haya realizado a destiempo, sino por un extraño sueño que tuve, mientras dormía, hace unos días. Desconozco todo, absolutamente todo, sobre la interpretación de los sueños. A veces quisiera aprender, pero luego desisto. Quizá sea cobardía porque con todo mi desconocimiento al respecto, no ignoro que los sueños, las más de las veces (¿siempre?), suelen ser proyecciones, deseos, unos insatisfechos otros escondidos. Cobardía porque tal vez prefiero quedarme con la duda de lo que se esconde tras las locuras que suelo soñar… mientras duermo. Las otras locuras no necesito buscarles ningún significado. Es extraño, hace unas semanas mientras veía parte del acervo fotográfico del artista que ilustra esta entrada Brassaï (Gyula Haläsz), recordé una cita de Milan Kundera donde afirma que la memoria guarda fotografías, no películas. Y me llama la atención por la sencilla razón de que mis sueños discurren como en una película. Entonces, tal vez ese sea el motivo de que a menudo olvide lo que soñé, de que al otro día no recuerde  la película que acabo de ver. Película que muy seguido es en blanco y negro, sólo imágenes en movimiento, normalmente rarísimas y sin diálogos y casi nunca acompañadas de música. Como película muda. La verdad es que no muy seguido sueño a colores y tal vez sea este el motivo de que el sueño reciente que mencionaba al principio de esta entrada, me haya llamado tanto la atención. Tampoco hubo música, pero en compensación abundaron las imágenes de rara hermosura. Un sueño visto desde la altura, lo que ya es decir. No volaba como cuando niña. Ahora caminaba, caminaba ente nubes y si hubiera querido quizá hasta habría podido meter mis manos entre ellas, como si de pompas de jabón se tratase. Tan extraño.

Soñé que caminaba ente nubes. Blanquísimas nubes, como pompas de algodón. Casi espumosas. Un hombre cuyo rostro no logré ver, iba a mi lado. Ese sitio nuboso, obvio en lo alto, no a la orilla del cielo sino sobre el cielo. Veíamos a mucha gente pero sin hacer caso. Como si él yo fuésemos ajenos a lo que nos rodeaba. Hablábamos de algo, pero no recuerdo de qué. Y de pronto, ese sitio nuboso era como un mirador. Caminamos hasta una especie de barda, baja, y desde ahí contemplamos el paisaje, ahora las nubes quedaban atrás de nosotros., La gente no se veía. Y nosotros ya no hablábamos, sólo mirábamos frente a nosotros, pero con dirección hacia abajo. Como si el mundo quedara abajo; el paisaje era de una rara belleza, nada parecido a ninguno que yo hubiera visto. Largo rato en silencio sólo mirando como ese paisaje se transformaba, como si el viento cambiara las tomas hasta que por fin reconocí un sitio (y esto fue lo que más me gustó) ahora veíamos los volcanes. No sé cómo pero de pronto estaban frente a nosotros el Popo y la mujer dormida. Ella blanquísima de nieva, casi plateada y él como el fuego, ardiente, sin hacer erupción, sin lanzar humo, ni llamas, sólo con el color del fuego: rojizo, naranja, como si algo ardiese dentro de él. Una pareja extraña, como siempre han sido esos volcanes, pero con su dispar armonía acentuada en mi sueño. Extraño se veía ese par. Esa visión de uno ardiendo y la otra tan blanca, como inmaculada, fue lo mejor de mi sueño. Nos quedamos así. No sé si pasó algo más después. El despepitador sonó y mi sueño llegó a su fin. Pero por primera vez mi memoria lo recuerda con exactitud. Casi como si lo viera otra vez, como en una película, no como fotografías. Como si tuviera el DVD y pudiera repetir las escenas de mi preferencia una y otra vez. Y ahora sí, que venga Freud o alguno de sus colegas y me explique. Mientras yo me quedo sin saber con exactitud (aunque alguna idea pueda tener, sobre todo después de habérselo platicado a alguien que tiene más imaginación que yo) qué significa haber soñado eso. Me quedo saboreando esa imagen fijada en la retina de mi memoria (¿la memoria tiene retina?),  con los volcanes juntos pero tan distintos, tan contrastantes. Hielo y fuego.


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junio 22, 2010

érase una vez

«No deseo el amor sino el comienzo. Dejo mi sueño riendo en el agua y al alba en la miel de los higos. Dejo mi hoy y mi ayer en el pasaje hacia la plaza de la naranja donde vuelan las palomas» Mahmud Darwisch

En la entrada anterior, Enrique comentaba que él aún cree en los Cuentos de Hadas (en el sentido metafórico de las historias de amor posibles). Su comentario, al que contesté que hacía mucho tiempo que yo ya no creía, me dejó con una inquietud y es que a decir verdad, no recuerdo si en algún período de mi infancia en realidad creí en ellos. Por Cuentos de Hadas, me refiero básicamente a La cenicienta y La Bella durmiente, historias que a partir de los Hermanos Grimm pasando por Charles Perrault, incluida su versión china (que no pirata), han sido objeto de innumerables reelaboraciones y, con las variantes y adaptaciones del caso, base argumental para buena parte de las telenovelas mexicanas y no pocas comedias románticas hollywoodenses. Con tanto éxito de público, resulta inevitable pensar que si esas historias siguen adaptándose, una y otra vez, es porque aún hay quienes creen en ellas y fantasean con la idea de escapar de su ingrata existencia mediante el rescate de un príncipe azul. (¿Es eso o sólo un muy kitsch gusto fílmico y televisivo?). Y sin embargo, con mi escepticismo a cuestas, el cuento de La bella durmiente me gustaba un poco, pues desde mi precario punto de vista, la protagonista no sufría ni tenía que pasarse fregando pisos y lavando la ropa de horribles hermanastras. Pero como nunca hay gustos completos, a la historia le hacía falta algo para ser realmente deseable, así que sin más me atreví a reelaborar mi propia versión, con un pequeño cambio de nombre: La pequeña soñadora:



«Érase una vez una niña de grandes ojos oscuros, cabellos castaños enmarañados y anhelos insondables y disparatados, cuya imposible realización en el mundo real la había llevado a convertirse en una soñadora sin remedio ni medida. Una niña algo rara para quienes la rodeaban, quien en lugar de pedir que le compraran juguetes o la alimentaran a base golosinas y helados, se conformaba con soñar, despierta y dormida… sobre todo despierta. Tan soñadora era, que a cada tanto sus mayores debían reconvenirla para que bajara a tierra. Pero ella, que amén de soñadora era un poco terca, se las arreglaba para aterrizar sólo cuando era indispensable (para tomarse la leche tibia que tanto odiaba o cumplir con sus tareas escolares), El resto del tiempo, lo dedicaba a volar en sus sueños… o más bien, a danzar sobre enormes superficies de hielo asentadas en tierras tan lejanas como sus fantasías distaban del entorno que la rodeaba. Curiosamente, en su mundo de fantasía no existían las doncellas ilusas a merced de brujas malas, hermanastras feas y flojas o hechizos malignos, urgidas de que un arrojado príncipe azul, guapo y cargado de riquezas, acudiese en su rescate a bordo de un blanco corcel… para vivir juntos y felices por siempre. Los años de la primera infancia pasaron sin que ella perdiera su habilidad para despegarse de la realidad e instalarse en el goce a plenitud de sus fantasías. La adolescencia la encontró aún habitante de un mundo de ensueño en el que sólo ella era capaz de adentrarse y en el que, con el tiempo, las historias de danzarinas de gélidas tierras, habían dado paso a otras menos etéreas pero igual de fascinantes y con la ventaja de que ahora soñaba igual estando dormida que despierta. Qué felicidad, se decía, pues mientras ella aún volaba despreocupada en las alas de sus ensueños, sus amigas más precoces ya se angustiaban en la búsqueda del príncipe azul, cuyo rostro semejara al del actor de moda y que en lugar de corcel alado llegase a su rescate a bordo de un auto deportivo. Qué afortunada soy, repetía para sí misma, mitad ufana y mitad incrédula de que a su edad aún no experimentara la comezón de sus amigas. Ya creía que así sería por el resto de su vida, libre y despreocupada de conquistas y desilusiones amorosas… hasta aquella tarde en la que inesperadamente fue despertada de su enigmático sueño y sin que en un principio entendiera muy bien de qué se trataba, pues al igual que cuando era un bebé, la modorra del sueño abruptamente interrumpido aletargó sus movimientos psicomotrices… y mientras intentaba reaccionar… él continuaba besándola sin darle tiempo a escapar… sacándola de una vez y para siempre de su mundo de ensoñación, para ponerla, de golpe y porrazo, en un realidad que en nada se parecía al sublime mundo de sus fantasías»




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febrero 02, 2010

la vida en un hilo

 Hay tres cosas que jamás he podido comprender: el flujo y reflujo de las mareas, el mecanismo social y la lógica femenina [Jean Cocteau]

Hace algún tiempo escribía aquí un relato sobre una mujer que busca contradecir, ya no al destino sino al insomnio que la aqueja [insomnio], mismo que ha decidido aprovechar, perdida toda esperanza de que las infusiones de siete flores y tilo surtan efecto, mediante el tejido de colchas. La particularidad de sus tejidos, radica en que lejos de seguir un patrón determinado (copiado de algún libro de labores), crecen y toman forma al ritmo de su imaginación, la cual parece hacerse más y más desbordada, conforme los días insomnes se acumulan. Nunca olvidaré que la escritura de ese texto, fue un poco como las colchas que tejía mi protagonista: empecé a escribir sin tener una idea clara de cómo terminaría mi historia y hacia el final de la misma, yo tecleaba llevada más por una fuerza ajena a mí, que por voluntad propia, tal como si las letras llegaran y se acomodaban a su gusto. Fue un texto algo extraño, que aún no sé si  llamar "metáfora de la escritura" (o de la imaginación, tan íntimamente ligadas) o simplemente verlo como una más de mis divagaciones. En cualquier caso, lo más difícil fue dar la puntada final, cortar el hilo a mi tejido. Traigo a colación esto porque anoche leía un cuento llamado Tejamos, tejamos, mano enloquecida [incluido en la antología Cuento de mujeres solas], que me trajo a la memoria mi sencillo relato. El cuento versa sobre la vida de tres mujeres de tres generaciones, aparentemente contrapuestas, pero unidas de manera indisoluble por los hilos de su sangre, del derrotero de sus existencias y hasta la historia de ese pueblo perdido en los confines del frío en el que han nacido. Un pueblo sin nombre del que lo único que conocemos es la dureza de su clima, la cual será karma y medio de vida de esas tres mujeres, pues los crudos y largos inviernos harán indispensables las colchas de lana que Dolores -la protagonista y puente de unión entre la primera y tercera generación- teje sin cesar en un anticuado telar, un viejo armatoste según su anciana madre. El tono sencillo y melancólico de la historia, permite sentir el frío de la noche interminable en la que Dolores teje sin descanso, mientras su madre vive sus últimos minutos y también, palpar la profunda soledad que anida en ese gris pueblo y en esastres mujeres. Dolores no intentó jamás escapar a su destino de tejedora solitaria y por el contrario, decidió perfeccionarse en el desempeño del arte familiar. Su hija abandonó el pueblo en busca de una nueva vida, de un lugar donde no habitara la tristeza ni la soledad a la que veía como una maldición desde los quince años, cuando conoció el mito griego de Las Moiras [tres hermanas responsables de vigilar que el destino de los hombres se cumpliera conforme a lo establecido; quienes eran representadas como hilanderas -o tejedoras- que manejaban los hilos de la vida de los ahombres y así como hilaban su nacimiento y discurrir por el mundo, también se encargaban de cortar los hilos que los ataban a la vida, cuando, a su juicio, les había llegado la hora] y temió que ningún hombre quisiera casarse con ella por miedo a que alguna de las tejedoras mayores, un buen día decidiese cortar los hilos de su existencia. Pero al final regresó (Kavafis dixit… again).

Dispensen por relatarles –y de forma tan simplificada- un cuento ajeno, cuando lejos estoy de ser una reseñadora, pero tanto la historia de Tejamos, tejamos, mano enloquecida, como el mito de Las Moiras y de paso mi relato del insomnio –autocitarse debe ser más imperdonable que reseñar cuentos-, me llevaron a recordar una idea en torno al oficio de escribir, el oficio de soñar (y que quiero pensar, vale lo mismo para los verdaderos escritores, como para los meros aficionados a contar divagaciones o relatos, como es mi caso).

La escritura, es también el tejido de sueños en donde el escritor, escribidor o divagador, hila vidas; es amo y señor del destino de otros; maneja los hilos mueven el discurrir de sus personajes y decide cuando nacen, cómo viven y se desarrollan y hasta donde llegan antes de que sus hilos sean cortados, lo  mismo porque los mate o porque sus personajes desaparezcan de escena... a semejanza de Las Moiras vestidas de hilanderas, celosas guardianas del cumplimiento del plan de vida, diseñado a saber por qué Dios del Olimpo. Pero el escritor, escribidor o divagador tiene una ventaja sobre Las Moiras: puede hacer que sus personajes nunca mueran, brindarles la oportunidad de escapar de su destino, crearles una vida fascinante en donde la muerte no tenga permiso. Y ya entrados en la divagación, se crea o no que los seres humanos, en algún momento de nuestra vida y aún contra nuestra voluntad, sólo somos une petite meionette actuando el guión escrito por otros, Las Moiras casi podrían ser las antecesoras del Grand Guignol surgido a finales del Siglo XIX. 

Y sin embargo, el circulo no se cierra ahí, pues la escritura -escribidera o divagación escrita- brinda la oportunidad de ejercerla, temporalmente desde luego, de titiriteros de las vidas de personajes ficticios y al mismo tiempo, de la propia…

«Siempre he dibujado. Escribir, para mí, es dibujar. Anudar las líneas de forma que se vuelvan escritura, o desatarlas de forma que la escritura se convierta en dibujo. De ahí no salgo. Escribo, trato de limitar exactamente el perfil de una idea, de un acto. Al fin y al cabo, acecho fantasmas, encuentro el contorno del vacío, dibujo» [Jean Cocteau, Opium. Diario de una desintoxicación. Editorial Letras Vivas, México, 1999, p. 73]


lienzo: La Tejedora. Buenaventura Planella
afiche promocional de una función de grand guignol, hacia fines del siglo xix

enero 25, 2010

refugio violentado


Cuando era niña, y de hecho, hasta no hace mucho tiempo, creía que mi habitación, mi cama, era el sitio más seguro del mundo; uno verdaderamente mío y el único en el que podía sentirme a salvo de todo, incluido el escrutinio de los demás. Por motivos que no viene al caso describir aquí, incontables tardes de mi infancia las pasé sola, encerrada en casa, y aunque en un principio no resultara muy grato, con el tiempo me acostumbré tanto a no estar con nadie, que cuando no me dejaban sola en un buen tiempo... extrañaba esas tardes de soledad. Fue esa la época en que me aficioné a leer (o por lo menos hojear libros) tumbada sobre la alfombra. Para mí, esa era la mejor forma para desentenderme un poco del tonto temor que solía acompañarme en aquellas tardes: las tormentas eléctricas. No obstante, había ocasiones en las cuales la lectura no era posible -las torrenciales lluvias que suelen acaecer sobre esta Ciudad, la mayoría de las veces, causan interrupciones de la energía eléctrica- y entonces, a falta de libros salvadores, estaba mi cama para resguardarme, bajo cobijas y edredones, de los rayos y centellas que parecían querer arrastrar consigno al cielo entero, en aquellos agostos y septiembres de mi niñez.

Un refugio, un resguardo; el sitio más íntimo, el espacio propio. La cama. El lugar al que no se invita a cualquiera y en donde jamás se espera irrumpa algún extraño en medio del sueño más profundo, la lectura más interesante, el disfrute de una película bien querida… o de algo mejor. Imaginar que algo así de impensable e indeseable sucediera, sólo era posible en las series policíacas estadounidenses. Nunca en medio del tardío sueño dominical y por conducto de los vecinos, quienes, alarmados porque nadie responde al timbre de la puerta, piensan que el inquilino ya se murió (o suicidó) y a fin de salvar su vida, o sacar el cadáver antes de su descomposición, irrumpen en su intimidad… con todo el departamento local de protección civil a punto de derribar la puerta de su casa, mientras, en paralelo, otro comedido vecino casi rompe la ventana de la recámara en cuyo interior el dueño duerme plácidamente… ajeno al mundo y a los escándalos vecinales.

Que los condóminos se preocupen por sus demás vecinos (¿y se ocupen de la vida ajena?), es bueno… supongo. Que en la actualidad, la gente cada vez sea más proclive a entrar en histeria colectiva a la menor provocación, ya no tanto. Pero que el rostro de un casi desconocido, irrumpa asomado por la ventana de una recámara ajena, mientras el ocupante de la misma se halla a miles de kilómetros… sumido en la ensoñación de sitios y seres lejanos; crédulo e iluso, abandonado a la certidumbre de que en ese lugar únicamente suyo, nada ni nadie podrá violentar su intimidad ni su seguridad… no tiene precio.

Y encima, deberá agradecer a los vecinos, a los bomberos y a tutto il mondo, por haber montado semejante escándalo... perdón... por haberse tomado tantas molestias, por preocuparse por la vida de los otros, por pensar que el dormilón soñador podía haberse muerto en medio de la noche... y todo porque –al tener horarios distintos- hace días que no le ven salir de su apartamento…
 
 
"puerta del ser, despiértame, amanece,
déjame ver el rostro de este día,
déjame ver el rostro de esta noche,
todo se comunica y transfigura,
arco de sangre, puente de latidos,
llévame al otro lado de esta noche,
adonde yo soy tú somos nosotros,
al reino de pronombres enlazados"
[Octavio Paz, Piedra de sol -fragmento]
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octubre 29, 2009

en mis sueños


Como la gran mayoría, supongo, de niña soñaba más que de adulta. Antes, mis sueños duraban casi toda la noche y yo podía recordarlos con exactitud a la mañana siguiente. Soñaba en tecnicolor, como si presenciara una película en la que yo no siempre era la estrella principal, pero sí jugaba un papel determinante. Aquel sueño de volar, que ya conté alguna veza en este blog, es de mis favoritos pero no el único que añoro. No sé cuándo empecé a dejar de tener sueños fantásticos, los cuales fueron reemplazados por otros sin la menor gracia y a veces, bastante ingratos (soñar con cuestiones laborales o que el Jefe se entrometa dándote órdenes en tus sueños, no sólo es pesadillezco, suena a castigo divino). El día que los sueños poco gratos y nada interesantes se volvieron la norma, desee dejar de soñar mientras estuviera dormida y enfaticé mi costumbre de hacerlo despierta; así podía controlarlo todo, dirigir mi propia película, elegir la trama a tono con mi ánimo y las ansias del día. Claro que la voluntad no lo puede todo y los otros sueños no desaparecieron sólo porque yo lo deseara. Sigo experimentándolos noche a noche, pero ya no me preocupa, pues  gracias a un mecanismo de mi caprichosa memoria... hace tiempo que ya no recuerdo lo que soñé la noche anterior...


Hasta ahora. Anoche, más bien esta madrugada, tuve un pequeño y extraño, pero gratificante sueño. Soñé con alguien muy querido, muerto desde hace algunos años y al que todavía extraño; pero con quien jamás había podido soñar, por más que todas las noches al acostarme me concentraba en su imagen, con la vana esperanza de que esto influiría en mis ondas cerebrales y yo terminaría soñando con él. Pero nada; nunca sucedió. Y ahora, así de pronto, sin que hubiese pensado en él, lo soñé, tan natural, tan él mismo, tan vivo. Casi como estoy viendo ahora la pantalla de la laptop y de reojo miro el relojito, torturándome porque el tiempo se me termina, lo que significa que ya debo cortar esta divagación para irme a trabajar. Así soñé a mi mejor amigo; vivísimo, con su rostro libre de los estragos de esa enfermedad que lo condujo a la muerte; animoso, cínico; dándome lata como era su costumbre; recordándome que la vida es caraja, dura apenas dos días y con tantita mala suerte, en uno de ellos llueve. Pero sobre todo, repitiéndome que dejar pasar, perder oportunidades, en espera del gran amor de nuestra vida, es un albur de fallido pronóstico.


Me gustó soñarlo, escuchar su voz con ese tonito entre divertido e irónico que solía emplear para decir las cosas importantes... y lo mejor fue escucharme a mí respondiendo a sus bromas y consejas... como antaño, cuando él estaba aquí y yo tenía menos años y más ilusiones...


¿Tendrá algún significado especial, sea psicológico o esotérico, soñar con un muerto de esta forma?

AVISO INOPORTUNO. Sé que es casi un abuso, ya bastante agradecida debería estar porque me leen en este blog, como para que encima les invite a que me lean en otros. Pero qué le voy a hacer, como no tengo "agente de publicidad" ni "manager" (jajá), yo solita tengo que promoverme. Claro que esta promoción, como las ofertas comerciales, es sin ningún compromiso de su parte; igual que las llamadas a misa, el que quiere va y el que no pues no. Hoy me toca publicar mi colaboración mensual en el blog colectivo  escribidores y literaturos »; por si gustan leer, les dejo el enlace a mi relato: los dos Diegos 





imagen: La cama. Heri Marie Raymond de Toulouse-Lautrec

mayo 20, 2009

mientras dormías

La primera imagen de un sonámbulo que viene a la mente, es la de alguien dormido caminando torpemente y con los brazos extendidos al frente. Es decir, la imagen difundida en películas de bajo presupuesto, como las de Capulina y de El Santo. Y con la ayuda de presupuestos más elevados, el cine y la televisión estadounidense, ofrecerán variantes más elaboradas sobre el mismo tema. Por ejemplo: una mujer que vive sola y no tiene novio, marido o amante, repentinamente descubre estar embarazada sin que recuerde o admita haber tenido relaciones sexuales -sean forzadas o consensuadas. La mujer llega a un hospital dónde después de un sinfín de complicados estudios, el héroe de la película -un Dr. House cualquiera-, venturosamente descubrirá que la dama si tuvo relaciones sexuales, pero lo hizo bajo los influjos del sonambulismo y por eso no recuerda nada. Bien para capítulo de teleserie gringa. Pero para la vida real, suena demasiado complicado o forzado. "Es solo de ficción; cómo alguien va a tener una relación sexual y luego no acordarse. Eso solo ocurre en la imaginación de escritores y guionistas", podría pensar alguien ajeno al estudio de los trastornos del sueño.


Pero la ciencia siempre… llegando lejos. Cuando en septiembre del año pasado, los investigadores del Instituto Karolinska (Suecia), difundieron las conclusiones de un estudio que demostraba el origen genético de la infidelidad masculina, definido por la presencia, en algunos hombres, del llamado alelo 344, el gen masculino de la infidelidad (y que dio origen a uno de los post más divertido en la historia de este blog, gracias a la alta participación femenina -extrañamente casi no hubo comentaristas hombres) las escépticas de este mundo expresamos nuestras dudas. Quizá la reacción fue motivada más en razón de la "exclusividad masculina" de dicho gen, que de su existencia misma. Y probablemente, de haberse descubierto que el gen de la infidelidad solo se presentaba en las féminas, la reacción habría completamente distinta tanto en hombres como en mujeres.


Y ahora, también desde la óptica científica, se establece la existencia de un padecimiento, variante del sonambulismo, llamado sexomnia. Dicho padecimiento se presenta durante la tercera etapa del sueño –en lo más profundo de la inconsciencia- y provoca que un individuo, hombre o mujer, tenga actividad sexual mientras duerme sin ser consciente de ello, razón por la cual no recuerda nada y es el primer sorprendido cuando alguien le señala lo… activo que estuvo la noche anterior.

"Es probable que se ingrese al lapsus donde usualmente las personas se excitan. En esta etapa puede haber una respuesta sexual y éste parece ser el mecanismo fisiológico que despierta el deseo en algunos noctámbulos",*/

indicó el Dr. Reyes Haro Valencia, Investigador de la Facultad de Medicina de la Universidad Nacional Autónoma de México.

aquí el boletín completo */B: 302 El SONÁMBULO PUEDE TENER ACTIVIDAD SEXUAL Y NO RECORDARLO


Quizá el padecer este tipo de trastorno del sueño, no implique necesariamente que uno salga de su casa y vaya por ahí teniendo aventuras sexuales, cuyas consecuencias puedan ser hasta un embarazo no deseado. Pero lo cierto es que este padecimiento, mirado con un poquito de imaginación, bien puede prestarse a nuevas variantes de infidelidad y sin que el infiel pueda ser señalado. Una infidelidad no culposa, podríamos tipificarla y tendrá a la ciencia en su defensa. Pero... y el compañero sentimental ¿cómo podrá estar seguro de que su pareja es en realidad víctima de la sexomnia y no un vil mentiroso e infiel? Digo, está claro que habría que efectuar un diagnóstico médico, pero entre que son peras o manzanas… la duda queda...



mayo 05, 2009

vuelo nocturno

De niña no soñaba con ser Dios, ni princesa; tampoco, con caballeros en corceles blancos corriendo infinidad de peligros, para rescatarla de alguna torre embrujada. Su sueño más recurrente, incluso más allá de la adolescencia, fue igual al de muchos otros niños: volar. Ella soñaba que volaba y en su vuelo podía mirar hacia abajo y ver su cuerpo mientras dormía; como si solo una parte de ella se desprendiera, dejando otra sobre la cama. O como si su cuerpo se desdoblara y así, si alguien la buscaba no se percatara de su fuga. Volaba pero no tenía alas; al menos nunca se vio con alas. Pero si era "consciente" de una sensación maravillosa: flotar y desplazarse al mismo tiempo. Fue su sueño favorito; sobre todo en la niñez y temprana adolescencia; pese a que su duración era corta, hubo noches -las mejores- en que el vuelo se prolongó por largo rato. Lo que nunca variaba era la forma de terminar: una especie de sobresalto le anunciaba que iba cayendo, caída que terminaba al sentir el leve golpeteo de un pie sobre el otro, con el cual llegaba el inevitable y cruel despertar. La mejor parte de su sueño, además de la indescriptible sensación que le producía el poder mirar su cuerpo sobre la cama, era que al volar podía ver paisajes extraños, bosques algo obscuros, el mar... y la soledad. Y es que nunca se soñó volando con alguien más; ni tampoco miró a nadie más que no fuera ella.

Alguna vez le platicó de su sueño a Carmelita, una amiga y vecina de la familia; algo excéntrica, pero encantadora, quien gustaba de platicar con ella y regalarle hermosos libros de cuentos. Después de escucharla atentamente, Carmelita dio su veredicto: ese sueño representaba su inocencia y mientras ella no perdiera la inocencia, el sueño acompañaría todas las noches. Y no obstante que ella salió de la niñez, pasó por la adolescencia y finalmente la dejó también, siguió volando por las noches; aunque cada vez de manera más esporádica. Así hasta que una noche, desapareció por completo aquella indescriptible sensación de desprenderse de su cuerpo y surcar los aires sin miedo, ni paracaídas o red de protección.

Imposible determinar, exactamente, cuando perdió la inocencia. En ocasiones piensa que ya no le queda ni una gota; pero en otras, está segura que en algún lugar recóndito, aún guarda algo de aquella niña que no conocía ni imaginaba, la desconfianza o el miedo; mucho menos, la malicia. Y cuando está en plan positivo, piensa que todavía puede revivir aquellos vuelos nocturnos. Será cosa de apapachar lo que queda su inocencia, se dice, para volver a flotar y desplazarse, mientras su cuerpo permanece en la cama durmiendo... para que nadie se percate de su ausencia
...



"La libertad es alas
es el viento entre hojas, detenido
por una simple flor; y el sueño
en el que somos nuestro sueño;
es morder la naranja prohibida,
abrir la vieja puerta condenada
y desatar al prisionero:
esa piedra ya es pan,
esos papeles blancos son gaviotas,
son pájaros las hojas,
y pájaros tus dedos: todo vuela."


[Octavio Paz]



ilustración Pepa sueña

marzo 03, 2009

mis últimas palabras...

Decía Federico Engels que las últimas palabras son cosa de tontos; una pretensión de los seres que en vida no dijeron lo suficiente. Y si al decir “lo suficiente”, el filósofo alemán se refería a la trascendencia de lo expresado. desde esa perspectiva, seguro yo seré de quienes, llegada la hora final, pretenderé dejar mis “últimas palabras”. Lo raro es que hasta el día de hoy –o hasta el fin de semana pasado, para mayor exactitud- nunca había pensado en mi epitafio o en las últimas y “trascendentes” palabras que me gustaría decir antes de morir. Quizá se trate de delirios provocados por esas pastillitas amarillas que me recetaron para aliviar un poco las molestias de la gripa, pero la noche del domingo por primera vez en mi santa vida pensé en ello. En principio, solo estuve elucubrando sobre epitafios y últimas palabras; más tarde, me sumí en un sueño un tanto extraño el cual estuvo aderezado con secuencias de una película que vi hace mucho tiempo.
En mi sueño yo dormía, pero de pronto me despertaba sentada en una vía de tren situada en medio de la nada; allá en el lugar más solo del mundo, por donde no se veía venir ningún tren, ni circular a persona alguna. Y yo sentada ahí en plena vía, pensando en lo bueno que sería cambiarme -temporalmente o para siempre quizá, no lo recuerdo- por otra persona y habitar en un lugar tan distante como distinto al de mi entorno actual. Pero no había forma de trasladarme, pues frente a mí solo estaba esa vía desierta, a los lados la nada y el tren no daba señales de acercarse…
[la película con la que relaciono mi sueño se desarrolla en un pueblo recóndito y frío, donde dos hombres mayores cuya disparidad sería absoluta de no ser por la coincidencia generacional, establecen una improbable relación amistosa. Uno es un misterioso y callado fuereño, llegado en tren hasta ese pueblo con la encomienda de robar el banco local; el otro parece habitar ahí desde siempre y es un profesor de poesía jubilado y algo parlanchín, que también deberá cumplir con un compromiso importante: operarse del corazón… el mismo día que el otro planea robar el banco. En algún momento de la historia, cada uno de estos hombres, especula con cambiarse por el otro: el poeta fantasea con ser un asaltante y el asaltante se imagina como maestro de literatura.] fin del spoiler.
Desperté como a las tres de la mañana, sin que el tren hubiera llegado y sintiendo un frío tremendo. Pero como tardé en volver a conciliar el sueño, pensé en que si tuviera que dictar mis últimas palabras y a falta de originalidad, de momento –digo, a lo mejor en unos años se me ocurre algo decente- me quedo con las que se atribuyen al moribundo Oscar Wilde:


"Muero como he vivido, más allá de mis sueños"
[se cuenta que Wilde tenía una copa de champán al lado de su lecho de muerte; quizá sea solo un mito, pero la idea me parece genial y muy de él]




"Entre mi amor y yo han de levantarse
trescientas noches como trescientas paredes
y el mar será una magia entre nosotros.

No habrá sino recuerdos.
Oh tardes merecidas por la pena,
noches esperanzadas de mirarte,
campos de mi camino, firmamento
que estoy viendo y perdiendo...
Definitiva como un mármol
entristecerá tu ausencia otras tardes."


Despedida, Jorge Luis Borges


enero 26, 2009

del común denominador

Estimados lectores y visitantes esporádicos de este blog:

Son contadísimas las ocasiones en las que me permito sucumbir al canto de las sirenas del optimismo y justo hoy que me disponía a intentarlo, vino la terca realidad a contradecirme. Tal pareciera que la tecnología y la imaginación se pusieron de acuerdo para abandonarme al mismo tiempo. Primero y sin que mediara explicación alguna, mi proveedor de Internet tuvo a bien dejarme fuera de la red y luego, para no ser menos, mi imaginación decidió imitarlo. Tengo más de 24 horas intentando extraerle algo digno de ustedes, algo que no me haga sentir pena por mí misma, algo que sea un poco más que un lugar común. Y nomás no lo consigo.

Y en medio de mi sequía imaginativa, pienso que quizá en mayor o menor medida, todos habitamos en un mundo de lugares comunes. Podemos pensar que no es así, pretender que nosotros hacemos la diferencia y que a nuestro pequeño mundo lo rodea la mar de la originalidad; pero en realidad no es así. Ya sea la pobre mujer pueblerina que sueña con tener el orgasmo de su vida, ese que quizá jamás ha tenido; o el hombre maduro soñando con seducir a la chava más buena de su empresa; o el recién egresado de la universidad más cara del país imaginando ascender al pináculo el estrellato empresarial y un día figurar en la lista del Forbes; o el escritor desconocido soñando con ser publicado por una gran firma editorial; o el niño distraído soñando con aprobar matemáticas; o el vendedor ambulante que en plena recesión, sueña con vender toda su mercancía; o el necesitado de un corazón soñando con la aparición del donador compatible… todos ellos, más un incontable y diverso etcétera de seres humanos, habitamos en el lugar común de los sueños. Algunos, alcanzables; otros, no tanto. Pero al final de cuentas, en tanto no se materialicen y sin importar lo elevado o humilde de su naturaleza, esos deseos permanecen en la esfera de los sueños. El mismo lugar donde permanece mi deseo imaginativo.


Alguna vez, hace mucho tiempo ya, leí un libro que bien podría ser totalmente olvidable de no ser porque ahí encontré una cita atribuida a Marcel Proust, el escritor no estaba seguro de su autoría, que me encantó. Aquella cita se me quedó grabada, quizá de manera inexacta, pero no la he olvidado; según recuerda mi memoria recubierta con triple capa de teflón, decía más o menos así:

"nuestros sueños se cumplen, pero se cumplen demasiado tarde, cuando ya se ha ido de nosotros la pasión que nos hizo engendrarlos y la ingenuidad que nos llevó a confundirlos con el sentido mismo de nuestra existencia"

enero 15, 2009

insomnio

Llevaba días sin dormir; el cansancio y las ojeras ya eran inocultables. Por más litros de infusión de 12 flores que bebía y no obstante que de tarde en tarde pudiera sentir que sus ojos se cerraban, llegada la hora de ir a la cama –diez de la noche-, era cosa de poner su cabeza en la almohada para que el ansiado sueño se esfumase. Si en esos días se le hubiese aparecido Aladino el de la lámpara mágica y le ofreciese la consecución de un solo deseo, sin dudarlo ella habría cambiado riquezas o docenas de amantes vigorosos, por una sola y larga noche de sueños. Obviamente Aladino nunca se le apareció, así que después dos semanas sin pegar ojo, decidió que tendría que entretener sus desvelos en algo más que dar vueltas y vueltas en la cama: a la quinceava noche sin dormir fue al armario y sacó aquellas bolas de hilaza que permanecían refundidas en el último rincón desde hacía meses, tomó un gancho y se dispuso a tejer. En principio la pensó como mera terapia para acompañar sus noches en vela por lo que solo se dedicó a dar vueltas de cadenitas, la puntada más simple. Pero a medida que el tejido crecía y el sueño parecía algo lejano, ella se animaba más y empezaba a tejer con puntadas más elaboradas y hasta con pequeños diseños que iban brotando espontáneamente de su mente. Después de un primer cubrecama, más bien sencillo, empezó un mantel para una inexistente mesa de comedor de 12 sillas, al cual fue incorporando diseños un poquito más elaborados, surgidos en desorden al calor de la labor tejedora. Una semana más tarde, el enorme mantel estaba terminado, por lo que se decidió a confeccionar otro cubrecama pero en tamaño king size... para cubrir una cama que tampoco tenía.

Tejía con ansiedad, precisión y un despliegue de creatividad que jamás creyó poseer; ella que pasaba de las labores de tejidos y corte y confección impartidas en la escuela secundaria. Pero ahora encontraba en esa actividad tan de mujeres sumisas, una fuente de inspiración, un campo fértil para desarrollar su inventiva y dar rienda suelta a su desbocada imaginación. Tejía y tejía sin necesidad de destejer ni una sola línea y eso que ya ni siquiera miraba la labor para verificar que no hubiese errores. Noche tras noche, como si una fuerza extraña y con vida propia la impulsara, fue creando colchas, manteles, mantillas y un sinfín de labores cada vez más complejas y llenas de figuras que, de haber sido apreciadas por un experto en arte habrían semejado a los lienzos de Kandinsky; pero que juzgadas por su madre parecían producto de una mente extraviada. Pero para ella no eran ni lo uno ni lo otro, ahora -un año después- lo entendía: en los tejidos plasmaba los incontables sueños que su mente había ido elaborando y acumulando en compensación por todos los que no había tenido... por no poder dormir. Un año sin dormir(¡!), ya si acordaba como era eso; hacía mese que ya ni lo intentaba y hasta había cambiado la infusión de 12 flores por jarras de café bien fuerte.

Y de pronto una sensación empezó a apoderarse de ella, cada vez con más fuerza: ya eran tres noches en las que los ojos se le cerraban sobre el tejido; de solo pensar que el insomnio terminara, sintió un gran temor: le aterraba la sola idea de noches enteras durmiendo en lugar de esas que ahora vivía y que tanto disfrutaba. Esas alucinantes jornadas nocturnas en las que gracias al insomnio descubrió imágenes, fuerzas y sensaciones hasta ahora desconocidas, se habían convertido en lo mejor de su existir. No, no quería que el insomnio la abandonara.