escribir

Escribir: tratar de retener algo meticulosamente, de conseguir que algo sobreviva; arrancar unas migajas precisas al vacío que se excava continuamente, dejar en alguna parte un surco, un rastro, una marca o algunos signos.[Georges Perec]

Mostrando las entradas con la etiqueta divagaciones casi invernales. Mostrar todas las entradas
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enero 12, 2014

olvidar, tal vez dormir…


El olvido debe ser una forma de dormir. Al menos cierto tipo de olvido. Ese que no es definitivo sino, más bien, engañoso. Los recuerdos no desaparecen, sólo dormitan, o hasta pudieran dormir profundamente, pero tarde o temprano —casi siempre en el momento menos esperado y oportuno— vuelven… Para bien y para mal, como dijera el clásico.

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enero 17, 2013

de bolsos y ayunos


La lectura de un cuento de Carlos Drummond de Andrade [La Bolsa ], donde se narran los apuros de un pasajero que nunca se encontraba nada y cuando por fin lo hizo, tuvo la mala suerte de dar con el bolso de una mujer, me recordó una historia de la vida real muy parecida. Pequeña historia ocurrida hace algún tiempo a una atribulada, y atarantada, mujer que perdió su bolso en un bus: yo.

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En un hecho que sólo puedo explicar en razón de ese atarantamiento tan mío, más el cansancio, la sobrecarga (bolsas del supermercado, abrigo, morral con libros y… bolso mano) y la oscuridad nocturna, una noche de invierno (por cursi que suene, fue a principios de enero, muy cerca del Día de Reyes) perdí mi bolso de mano. Sí, mi bolso de mano. Se me cayó en el microbús –con tanto cargamento encima, supongo, no podía ser de otra forma– y solamente lo noté hasta que llegué a la puerta del edificio donde habito y, para mi asombro y horror, no traía bolso... ni llaves. Una mujer con los sentidos en su lugar, como diría mi abuela, puede olvidar/extraviar el abrigo, el paraguas, un libro o hasta las compras del mercado (hay algunas que dejan olvidado al novio, aunque presumo que eso no es por accidente), pero… ¿su bolso de mano? Eso nomás yo.

Ahorrémonos detalles. Una vez que la vecina me hizo favor de abrirme, prestarme dinero y guardar mis tiliches, yo salí a buscar un cerrajero. Después caminar casi un kilómetro lo encontré y volví con él a casa... en su coche (a esas horas no estaba yo para remilgos). Llegamos y él puso manos a la obra, mientras yo trataba de mantener la calma. Eternas se me hicieron las dos horas que el santo señor tardó en abrir la cerradura y por fin pude entrar a casa. Y ni tiempo para llenarme de autoconmiseraciones, pues el timbre del teléfono había estado sonado repetidamente mientras el cerrajero y yo estábamos del otro lado de la puerta [él trabajando y yo mordiéndome las uñas y poniendo cara de circunstancia cada que pasaban mis vecinos, creo que esa noche todos subieron o bajaron, y me miraban con penita ajena]. La cosa es que entré y, tras depositar mi cargamento en el piso, corrí a levantar el auricular. Al otro lado de la línea una voz de hombre joven me dijo: buenas noches, —eran más de las once de la noche— ¿ahí vive Marichuy?

Yo apenas alcancé a balbucear un ¿quién la busca?

—El hombre respondió: soy fulanito de tal y esta noche en el microbús de la Ruta X me encontré un bolso negro de mujer y dentro una libreta con una hoja de servicio de Telcel donde aparecen este nombre y número telefónico.

¡¡¡ Mi bolso!!!

Sí, estoy llamándola para ponernos de acuerdo y entregárselo…

Hay que vivirlo para contarlo... En esta malquerida y denostada ciudad de México, una puede olvidar/tirar su bolso, alguien lo encuentra y tiene la decencia de llamarla para devolvérselo.

Finalmente, el hombre al teléfono y yo nos pusimos de acuerdo para vernos al día siguiente –sábado– a las 7:00 de la mañana, en la emblemática esquina de conocida avenida sureña. Aquella fría mañana invernal, mientras me dirigía al encuentro con un absoluto desconocido, mi boquete estomacal empezó a cosquillear al ritmo del montón de dudas y alguito de miedo que iba sintiendo pero ni modo de regresarme. Por si fuera poco, mi mala costumbre de ser puntual, en una ciudad que casi nadie lo es, hizo que llegara 15 largos minutos antes que el chico, quien llegó acompañado por un primo a esa solitaria esquina. Me identificaron (vía credencial de elector), se acercaron, saludaron y sin mayores preámbulos me entregaron bolso. Intacto su contenido –credenciales, billetera con dinero, otro libro, agenda, teléfono celular y llaves de casa... que ya para esta hora no me servían. Yo no sabía si besarlo o abrazarlo y como me daba pena ofrecerles dinero, los invité a desayunar pero ellos se disculparon pues ya se les hacía tarde para ir a trabajar. Aquella mañana debí repetir ¡¡¡muchas gracias!!! unas veinte veces.

Los primos se fueron y yo me quedé quieta, un poco para bajarle a mi adrenalina al tiempo que pensaba en mi habitual escepticismo...

Ah, casi me olvidaba del ayuno...

Resulta que en la acera frente a la esquina donde yo había recuperado mi bolso hay una Sex Shop y justo sobre el cartel que muestra a la típica rubia oxigenada de pechos operados, alguna piadosa dama –o caballero, vayan ustedes a saber– pegó una cartulina con esta cita:

"El ayuno purifica el alma, eleva el espíritu, sujeta la carne al espíritu, da al corazón contrición y humildad, disipa las tinieblas de la concupiscencia, aplaca los ardores del placer y enciende la luz de la Castidad." (San Agustín). 

Pero nada. La felicidad por haber recuperado mi bolso y el hallazgo de gente tan decente, más toda la adrenalina de las últimas horas, me habían provocado un hambre descomunal. Así que, con perdón de San Agustín, dejé el intento de contrición y ayuno para mejor ocasión...

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enero 31, 2011

extraño


Extraño el frío. Mucho. En esta hora del fin de enero, cuando el frío casi invernal ya casi ha abandonado por completo a esta ciudad, otrora dueña de un clima templado y hoy sufriente de unos vaivenes climáticos que ya quisieran mis emociones para un día de fiesta. Extraño las mañanas y noches frías que me llevan a pensar con más claridad y serenidad, o por lo menos sin tanta aprensión. Decir extraño el frío como decir extraño mi ánimo de esos días. Algunas personas extrañamos nuestros estados de ánimo, como se extraña a los seres queridos y a los lugares entrañables. Me siento como debe sentirse estar en un no-lugar, en un sitio que d no haber sido decretada su desaparición, podría llamar el limbo, ese no-lugar a medio camino entre el, también ya desaparecido por decreto infierno y el cielo. Un poco como a la deriva. No con la casi disfrutable sensación de saberme en medio de un mar de dudas y no temer, sino con la aprensión que provoca el posible arribo a costas extrañas y no buscadas.

Extraño escribir sin miedo al desconocido ojo observador (claro, más al conocido). Extraño mi desinhibición y despreocupación de días no tan lejanos. Las extraño y me rebelo ante esta sensación de pudor, casi pueril, pero no por ello menos insistente y molesta, que a últimas fechas me ronda en cuanto empiezo a divagar (y aporrear el teclado).

Todo este embrollo para decir que extraño escribir más seguido aquí, pero que espero muy pronto devolverle un poco de vida a este blog que tantas satisfacciones me ha dado (y uno que otro dolor de cabeza, por ejemplo los trolles, quienes al fin de cuentas son parte del mundo virtual y como ocurre en en el caso de los políticos nefastos -que son el 99.99%-, hay que aprender a vivir con ellos). 



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enero 22, 2011

aviso parroquial

fotograma del film Hiroshima mon amour 


Por si alguno me extrañara: no estaba muerta. Tampoco -desafortunadamente- andaba de parranda. Ojalá. Lo único que me pasa es un laburo desquiciado, absorbente y desgastante. Y extraño escribir aquí. Extraño aporrear el teclado con singular alegría, así sea para desahogarme.

Mientras regreso, les dejo este pequeño fragmento robado por ahí.

"Como tú, yo también he intentado luchar con todas mis fuerzas contra el olvido. Como tú, he olvidado. Como tú, he deseado tener una memoria inconsolable. Una memoria de sombras y piedras. He luchado por mi cuenta. Con todas mis fuerzas. Contra el horror de no entender ya la necesidad de acordarme. Como tú, he olvidado.

¿Por qué negar la necesidad evidente de la memoria? Escúchame. Todavía sé. Volveré a empezar. Doscientos mil muertos. Ochenta mil heridos en nueve segundos, son cifras oficiales. Volveré a empezar. Habrá diez mil grados sobre la tierra. Diez mil soles, dirán. El asfalto arderá y reinará un profundo caos. Una ciudad será destruida entonces y se convertirá en cenizas. Me encuentro contigo, me acuerdo de ti, ¿quién eres? Me matas, me das placer.

¿Cómo saber que esta ciudad estaba hecha para el amor? ¿Cómo saber que tu cuerpo estaba hecho para mí? Me gustas, qué acontecimiento, me gustas. Qué lentitud, de repente. Qué dulzura. No puedes saber. Me matas, me das placer. Me matas. Me das placer. Tengo tiempo, te lo ruego, devórame. ¿Por qué no tú, en esta ciudad, en esta noche? Tan parecida a las demás como para confundirla…"



[Marguerite Duras. Hiroshima mon amour]



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enero 15, 2011

¿chocolates o besos?

Un mundo nace cuando dos se besan. Octavio Paz
El beso es una forma de diálogo. George Sand.
El beso es el contacto de dos epidermis y la fusión de dos fantasías.

Amanecí este 2011 con un ánimo besucón muy marcado; bueno, en realidad esto empezó desde finales de 2010. Y no es que me queje ni nada por el estilo, sólo me extraña un poco. Será porque, siguiendo esa frase de George Sand, a mí me gusta el diálogo. O porque, siguiendo la frase del gran amor de Madame Sand, Alfred de Musset, para bien y para mal soy muy fantasiosa. O tal vez, dejando de lado el romanticismo, mi reforzado ánimo besucón sólo sea un mecanismo (un tanto pueril), para contrarrestar el estado de ánimo a mi alrededor: hasta en encuestas internacionales México sale rankeado como el segundo país más estresado del mundo (debe ser merced a nuestro proverbial espíritu campechano, que los mexicanos no ocupamos le primer sitio… Digo, basta con dar una mirada a las primeras planas de la prensa nacional para sentirse estresado o cuando menos triste, muy triste). Pero ya no me desvío. Sucede que pensando en mi ánimo besucón (nomás para contradecir al desencanto, que quede claro. No vayan a pensar otra cosa, eh), recordé un estudio científico efectuado hace casi cuatro años en la Gran Bretaña, cuando unos científicos (del Centro de Investigación Británico Mind Lab), buscaban conocer las variaciones en la frecuencia cardiaca, tanto en cantidad como en potencia, y para ello decidieron exponerla a diferentes estímulos. Par lograr esto, efectuaron un estudio comparativo entre los niveles de excitación producidos por un beso apasionado -sin abrazo- y un trozo de chocolate -amargo, mínimo 60 por ciento cacao-. Basados en los resultados arrojados por doce parejas de veinteañeros, quienes primero comieron chocolate amargo y luego se besaron (en ese orden y dejando entre cada "prueba" un espacio de tiempo en calma), los científicos comprobaron, no sin sorpresa, que en las doce parejas la frecuencia del ritmo cardíaco y el nivel de estimulación cerebral era cuatro veces mayor tras la ingesta de chocolate, en comparación con la registrada tras darse un apasionado beso. Aún recuerdo que cuando leí el resultado de dicho estudio, lo menos que me pareció fue desproporcionado e increíble. Y lo dice alguien que se confiesa amante del chocolate amargo, bien amargo, casi tanto como de los besos. Cierto que según otras investigaciones científicas, está comprobado que un buen chocolate (70 por ciento mínimo de cacao) es un buen estimulante cerebral (más o menos como el café) o que en ingestas reguladas (10 gramos) es benéfico para el corazón. Eso, más lo que ya se sabía de la cierta sensación de bienestar que le provoca su degustación. Hasta ahí todo bien. Pero vamos, una cosa es eso y otra, digo yo, decir que el chocolate lo excite a uno más que un buen beso. En fin, una que es escéptica hasta con los científicos, a lo más que puede comprometerse antes estudios así es a aplicar esa máxima del darles el beneficio de la duda y mientras, en paralelo, promover su propia máxima: un atracón de besos es casi siempre –claro, depende de con quién se bese uno- mejor que uno de chocolate pues genera placer sin calorías.

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"El chocolate, más excitante que un beso apasionado": estudio.
AFP 16/04/2007 14:15 Londres. Un beso puede ser más romántico e inspirar poemas y boleros, pero no es tan excitante como el chocolate derretido en la lengua, asegura un estudio publicado este lunes por científicos británicos. Un equipo de investigadores dirigido por el psicólogo David Lewis, del centro de investigación Mind Lab, efectuó el estudio comparativo que demostró la superioridad del chocolate sobre el beso, incluso el más apasionado. En aras del estudio científico, varias parejas de jóvenes, a quienes se les colocó electrodos en la cabeza y monitores cardíacos, derritieron trozos de chocolate oscuro en sus bocas y luego se besaron, con pasión.

Los resultados fueron tajantes: el chocolate duplicó los latidos cardíacos de los 12 voluntarios, todos veintiañeros, lo que llevó a los científicos británicos a concluir que la excitación provocada por el chocolate es mayor que la generada por el beso. "No hay duda de que el chocolate superó al beso, sin abrazo, al provocar un estímulo corporal y cerebral mayor", explicó Lewis. Según los resultados del estudio, el estímulo causado por el chocolate oscuro o amargo fue en muchos de los participantes "hasta cuatro veces tan prolongado como el beso más apasionado", y afectó todas las regiones del cerebro. Las palpitaciones causadas por el beso no duraron tanto como las provocadas por el chocolate, que causó que los latidos del corazón aumentaran de 60 por minuto a 140, indicó el investigador.

Aunque dijo que ya se sabía que sustancias presentes en el chocolate tienen un efecto estimulante, Lewis destacó que los resultados habían "dejado sorprendidos e intrigados" al equipo de investigadores. "Aunque esperábamos que el chocolate, particularmente el chocolate oscuro, aumentaría los latidos cardíacos debido a que contiene sustancias altamente estimulantes, ninguno de nosotros había anticipado la duración e intensidad del estímulo" causado por el chocolate, "junto con los poderosos efectos que tuvo en la mente".


Lewis subrayó que el chocolate utilizado en el experimento había sido chocolate oscuro, con 60 por ciento de cacao. El científico, que antes trabajaba en la Universidad de Sussex, recalcó que el secreto para una mayor excitación podría radicar en dejar derretir el chocolate en la boca, sin masticarlo. Tanto las mujeres y los hombres respondieron igual al chocolate, indicó el investigador británico."

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enero 05, 2011

recomenzar


Son tiempos difíciles para los soñadores. (Le fabuleux destin d'Amélie Poulain). 


Recomenzar. Reanudar el camino ya andado. Más de una vez he llegado a pensar que resulta más complicado rehacer algo (unir los pedazos salvables de sueños rotos, los buenos momentos de años aciagos, los fragmentos de un amor perdido... los trozos de un corazón hecho trizas) que empezar desde cero. Tal vez sea un pensamiento generado en alguna de mis etapas in mood confundido, pero lo cierto es que por bien unidos que queden los fragmentos de un espejo roto, nada vuelve a ser lo que era, nada vuelve a verse como era entonces. Nada. Y sin embargo, nada evita que a veces, de entre los escombros de un pasado ruinoso, los restos de un libro roto, una carta hecha mil pedazos, una vida maltrecha, logren rescatarse momentos, segmentos completos, valiosos. No sé si peco de optimista, pero como decía un filósofo* que luego anda por aquí: un hombre sin recuerdos –así sean los más dolorosos, agrego yo- es un hombre perdido. Y reanudar o recomenzar es un poco eso: intentar, a partir de los recuerdos, del pasado, nuevos horizontes, caminos distintos. 

Una vez dicho lo anterior y en el entendido de que recomenzar, o comenzar de cero como cantaba la gran Edith Piaf, no está sujeto a fechas preestablecidas, es decir no tiene que ir necesariamente ligado al inicio de un nuevo año, haré una confesión: He llegado a pensar que el tiempo de este blog ha llegado a su fin. Que yo ya no tengo mucho que aportar y que mis lectores habituales ya estarán un poco hartos de él (la notoria disminución de comentarios algún mensaje tendrá, aunque es contradictorio y curioso que ahora que hay menos comentarios,  tenga muchos más seguidores que cuando tenía más de cien comentarios en un post). Lo he llegado a pensar, lo cual no signifique que esté convencida. Seguro lo he elucubrado en uno de esos momentos en que me hallo in mood rarito. Pero no, creo que aún no es tiempo. Quizá sólo sea momento de refrendar el gusto por el blog. Otra confesión (ya había comentado algo aquí): mi trabajo me roba tiempo y twitter me distrae contra mi voluntad. Bloguear demanda más tiempo que twitter. La egolatría es la misma en mil cuatrocientos caracteres que en ciento cuarenta. Pero el tiempo que requiere expresarse en 140 caracteres es nada comparado al que necesario para hilvanar un escrito medianamente decente. Quienes hacemos vida virtual somos egocéntricos (y el que diga que no… o es un Santo o es un mentiroso... y el mundo está lleno de mentirosos no de Santos). El otro día vi un tweet que era verdad pura: en tierra de twitter el ego es rey. Y yo completo: y en tierra de blogger... también. Tal cual. Y no obstante, con todo y todo, en medio de supinas egolatrías, se encuentran buenas cosas (y mejores personas, amigos virtuales increíblemente interesantes y hasta entrañables). Sólo por eso sigo ahí: porque siempre encuentro información interesante, letras que me tocan muy de cerca. Y sólo por eso seguiré aquí. Porque me gusta palabrear como decía Fernando Pessoa. Porque me gusta aporrear el teclado, como dice Marichuy. Porque escribir, decía Gustave Flaubert, es una manera de vivir. Y aunque uno no sea escritor le gusta escribir.

“¿Por qué escribir? ¿Para qué nombrar? ¿Para qué contar? Para entender. Para amar y que te amen. Para saber, para conocer. Por miedo, por necesidad, por dinero. Para sobrevivir, porque no todo el mundo sabe bailar el tango, ni jugar bien al fútbol. Por costumbre, para matar la costumbre, por vivir otras vidas y revivir las propias”. (Por qué escribo? http://bit.ly/hYNfOM).

Y yo agregaría. Porque así como no se elige el amor ni a quien amar, escribir -aporrear el teclado- es una necesidad y más que eso, no es un alivio pero sirve como desahogo, no quita la pena pero nos provee de mejores desasosiegos, no nos da respuestas pero nos ayuda a hacernos nuevas preguntas, porque no se busca… se encuentra. Porque escribir, como decía Marguerite Duras, es aullar sin ruido, es gritar de dolor, de alegría, de ganas, de pasión… sin alaridos ensordecedores. Escribir –intentarlo- nomás por que sí.

Bienvenidos seamos, para bien y para mal, al primer año de la segunda década del siglo XXI o como canta Étienne Daho: bienvenidos al primer día del resto de nuestras vidas.

*Armand Salacrou. 







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enero 03, 2011

y a veces el silencio


Así como del fondo de la música 

brota una nota 
que mientras vibra crece y se adelgaza 
hasta que en otra música enmudece, 
brota del fondo del silencio 
otro silencio, aguda torre, espada, 
y sube y crece y nos suspende 
y mientras sube caen 
recuerdos, esperanzas, 
las pequeñas mentiras y las grandes, 
y queremos gritar y en la garganta 
se desvanece el grito: 
desembocamos al silencio 
en donde los silencios enmudecen.


[Silencio, Octavio Paz. Raíz de hombre, Sex Barral, 1979].




*/ este es un no-post, mientras regreso... que sera en un rato.


Buen año 2011


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diciembre 31, 2010

notre jour viendra

El volcán Popocatépetl la madrugada de ayer (foto: Cristina Rodríguez)
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En medio de la nostalgia que de manera casi inevitable llega con el fin de año, por poco y termino escribiendo una elegía al cierre de este aciago 2010. Aciago a nivel personal, familiar, profesional, social, nacional y mundial. Más para unos que para otros, desde luego, pero creo que 2010 quedará en el recuerdo como uno de los años menos dulces y llanos en los últimos tiempos. Quizá esté bien que haya sido así. Tal vez sería demasiado facilón (y hasta aburrido) que la década se fuera ligerita y sin raspones. No obstante, habría sido bueno que no nos golpeara tan de cerca, que nos hubiese encontrado menos indemnes, que no tocara tan abrupta e irremediablemente a los seres que amamos, que no nos hubiese separado de ellos. Pero c’est la vie y hay cosas que por más que lo deseemos no podemos cambiar. Siempre que pienso en un fin e inicio de año ideal viene a mi mente el mar. El mar principio y fin de todo, dador y robador de vida, inabarcable e insondable, agreste y misterioso como la noche, noble y traidor. Por ello el año pasado, en estas mismas fechas, escribía sobre naufragios (feliz naufragio). Naufragios no como una desgracia ni mero símbolo del extravío, sino como salida, viaje a ninguna parte en el mejor de los sentidos -si es que este sinsentido fuera posible-, como dejarse ir sin pensar en lo que venga después y aunque ello signifique dar uno que otro traspié. Porque el mar se lleva todo. Casi todo. A veces lo imagino como una fuerza capaz de limpiar, de llevarse consigo pesares (como aquella historia que les contaba aquí alguna vez, de cuando me llevaban a lanzar flores rojas al río para tirar la tiricia y devolver la alegría a mis ojos). El mar, tan agreste e indomable, capaz de arrastrar todo... casi todo. Hay amores, pasiones, dolores y recuerdos que ni el oleaje más violento o la tormenta más devastadora logran borrar. Pero esa es oootra historia.

En este año a unas horas de finalizar, muchos de ustedes habrán tocado el punto más alto de la felicidad, pero otros –espero los menos- habrán lindado muy de cerca el dolor, las ausencias, la pérdida de seres amados, la ida de amores. Ojalá y no sea su caso. Pero en una u otra alternativa, creo todos queremos que este 2010 acabe de irse de una buena vez para dar paso a un nuevo ciclo, esperándolo con dosis iguales de incertidumbre y expectativas. Así que sin angustia por contar las horas faltantes, deseo que las pasen bien, las que quedan de este año y las que darán inicio al nuevo. El recuento personal de 2010 me lo guardo, lo mismo que la lista de propósitos (que nunca hago) para 2011. No obstante, me gustaría decir que contra todas mis expectativas (yo la madre del escepticismo), este año, en su último tercio, me permitió conocer gente valiosa, interesante. Gente a la que de no ser por esta vida virtual tan de nuestro tiempo, quizá jamás habría tenido la oportunidad de conocer, menos de intercambiar ideas. Por supuesto que nada sustituye al contacto persona-persona, pero a veces, por extraño que suene, resulta más fácil intercambiar ideas con alguien cuyo rostro no ves, cuyos ojos no te escrutan. Uno se siente más libre (hasta un punto, claro) de decir y defender ideas que tal vez de otra forma se cohibiría antes de expresar. Eso es algo que debo agradecer a este aciago 2010. Gracias por los encuentros, los desencuentros y hasta las incertidumbres que tanto miedo me causaban en el pasado, que aún siguen sin gustarme del todo, pero que no puedo evitar, menos controlar como yo quisiera, acorde a mi infinita soberbia.

Me gusta más dar deseos de Año Nuevo que de Navidad, no sé por qué y aunque mi deseo no es original no por ello es menos sincero:

Que 2011 les resulte un gran año, rico en experiencias -serán gratas e ingratas qué le vamos a hacer, pero de preferencia sólo de las primeras, desde luego-, en aprendizajes, en avances, en intensidades y en pasiones. Como dice esa frase de Balzac que aparece arriba, y que es mi firma de correo electrónico: la pasión constituye todo lo humano y sin pasión poco o nada tendría sentido (y mi santo padre que siempre me encomienda no ser tan apasionada).

Y poder gritar a los cuatro vientos con la Piaf 
 
Non, Je ne regrette rien 
♪ 
Tal vez, sólo tal vez, (re)comenzar de cero...








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diciembre 28, 2010

la insoportable levedad de la culpa


Será la temporada de fin de año, será el clima, seré yo… lo cierto es que estos días he pensado mucho en eso que llamamos culpa. Bien a bien no sé el porqué, pues según yo no me siento culpable de nada, como no sea de los atascones de comida en los que uno incurre casi sin querer. Pero el hecho es que la idea de la culpa me ha rondado muy de cerca y en medio de mis divagaciones silenciosas –entrampadas en un circulo- vino a mi mente el recuerdo de un relato leído hace mucho tiempo. Se llama Sin Compañía y fue escrito por alguien que nunca ha sido el escritor de mis amores. Un escritor (historiador e intelectual, dice su biografía) me es tan antipático como Vargas Llosa, con el agravante de no ser tan buen escritor como el peruano. Pero como todo en la vida hay excepciones y hasta en los escritores saltimbanquis y acomodaticios, sucedáneos Región 4 de los intelectuales orgánicos tan bien tipificados por Antonio Gramsci, encuentra uno puntos en común. La historia central de su relato era lo de menos, lo que mí me interesó fue lo acontecido en un segundo plano, un lejano recuerdo traído al presente por la coprotagonista de la historia principal. El recuerdo de un amor prohibido, nada original ciertamente, entre un sacerdote jesuita y una niña bien. Un amor surgido entre los oscuros pasillos de la Universidad Iberoamericana, hacia finales de los años 60’s y principios de los 70’s del siglo pasado. El sacerdote era todo lo que cualquier adolescente podría idealizar como epítome del amor platónico: teólogo, historiador, cosmopolita, cultísimo, profundamente sensible y, claro, más guapo que cualquier badulaque Brad Pitt. Demasiado cliché por donde se le mire. Aún así, el personaje me resultó interesante no tanto en esa etapa en que ella, cual encarnación de Eva intelectualoide, lo tentó con sus mundanos y carnales encantos hasta hacerlo caer en pecado (un hombre más víctima de los lances de una lagartona caprichosa y millonaria), sino después, cuando se sabe totalmente perdido. Me gustó la forma en cómo asume su perdición, la cual creo no inició la noche que hace el amor por primera vez con la niña bien (ella se propuso meterlo en su cama y lo consiguió, aunque en el camino también se enamoró; otro cliché, pero si el amor lo es, qué más se podría esperar), sino en el momento en que confiesa su culpa ante el padre de la seductora, quien se propuso meterlo en su cama y lo consiguió aunque en el camino, claro, también se enamoró. De ahí en adelanta todo es cuesta abajo y de ser la promesa dorada de la Compañía de Jesús, el más brillante egresado en años, literato políglota experto en Teilhard de Chardin y Jacques de Maritain, el guapo sacerdote que lo mismo atestaba la misa dominical que los salones de clase (a los 28 años), pasó a convertirse en un hombre avejentado y frustrado que arrastraba su culpa entre manglares y cuartos de hoteles inmundos en algún país del sudeste asiático a donde fue exiliado como castigo. No era mi intención contar todo el relato, sólo quería hablar del sacerdote jesuita, del momento en que completamente perdido se despierta una madrugada sin saber cómo llegó a ese inmundo cuartucho ni cómo se levantó a la dama de la vida galante que yace a su lado y de pronto, en medio del horror de sí mismo, se asoma a la ventana, aspira el fétido aire y levanta la vista hacia el cielo límpido y estrellado para gritarle, reclamarle, a su Dios cómo pudo dejar que hiciera eso de él (de Dios) dentro de sí. Hasta ese momento el hombre guardaba un algo parecido a la Fe, pero fue esa misma madrugada cuando la perdió por completo, pues Dios, obviamente, no le respondió. Y todavía más: acorde a su manera de ver las cosas, Dios permitió que siguiera revolcándose entre los restos de dolor y culpa. Fin del relato del relato.

De todas las taras heredades, inculcadas, por el cristianismo, ninguna como la culpa. Casi indisolubles, la culpa me parece más terrible que la propia noción del pecado. Admiro (y lo digo en serio) a quienes van por la vida sin conocer esa terrible tortura producida por la culpa. Tal vez suene soberbio pero nunca me he sentido "pecadora". En cambio, la de veces que lidiado con culpas. Unas nimias, otras no tanto. Desde que tengo memoria he batallado contra esa sensación: culpa por alejarme de ciertas creencias, de ciertas personas, culpa por terminar relaciones, culpa por no querer, por querer de más o de menos, por querer a quien no se debe, por creer en quien no debía, etc. Tantos motivos. Aunque la peor y la más reprochable de todas, debe ser la culpa que genera el no hacer o decir algo a tiempo. El arrepentimiento-culpa por lo que no se hizo, dijo o demostró, es lo más triste que puede haber. Claro, no peor que buscar culpar a otro cuando uno ya no puede más con la carga de culpabilidad. Sería bueno que así como existen los antidepresivos existiese algo similar para prevenir la culpa. Pildoritas para no sentir culpa. De preferencia no adictivas y sin efectos contraproducentes. 




la llorona, figura de la mitología mesoamericana

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diciembre 24, 2010

miss catastrophe c'est moi

Photo: Brassaï: mariposa y vela (1933)

Fromage et chocolat noir, très noir, para todos. Esto, más lo que beban, son mis mejores deseos. Bien saben que eso de los discursos navideños no es lo mío.

Les dejo no una canción navideña pues, como mandan los cánones, los villancicos tampoco son mi hit y si escucho una vez más a cualquier cantorcillo televiso cantando por enésima vez el niño del tambor… juro que lo mato :).

Pero Benjamín Biolay sí es de mí (ja, brincos diera yo) y esta chanson en especial está que ni mandada hacer para mí. Miss Catastrophe se llama

Que la cena navideña les resulte buenísima y el brindis aún mejor, pero que la cruda les sea leve y, sobre todo, que no los obliguen a decir un cursi discurro en la cena familiar.

Au revoir




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diciembre 21, 2010

dormir... tal vez soñar

Photo: Brassaï (Gyula Haläsz). Le Pont Neuf à Paris, 1932.
Hoy me da por divagar en torno a los sueños, mientras añoro las vacaciones que este año ya no tuve. En varias oportunidades he cometido aquí sobre una frase atribuida a Marcel Proust, frase que leí hace tanto tiempo que ya no sé si la leí tal como la recuerdo o si yo le agregué algunos aderezos para acomodarla a mi forma de ver y pensar sobre ciertos temas. (digo atribuida porque quien la citaba no estaba del todo seguro de la autoría). La frase que alguno de ustedes quizá recordará, dice más o menos así (cito de memoria):

Lo malo no es que los sueños no se realicen sino que lo hagan demasiado tarde, cuando ya hemos perdido la pasión que nos llevó a concebirlos y la ingenuidad que nos hizo confundirlos con el sentido de nuestra existencia.

Hacía tiempo que no la citaba, pero recientemente he vuelto a pensar en ella (aunque en realidad nunca la he olvidado: desde la primera lectura la guardé en algún resquicio de mi tramposa memoria) y la he pensado no porque un sueño se me haya realizado a destiempo, sino por un extraño sueño que tuve, mientras dormía, hace unos días. Desconozco todo, absolutamente todo, sobre la interpretación de los sueños. A veces quisiera aprender, pero luego desisto. Quizá sea cobardía porque con todo mi desconocimiento al respecto, no ignoro que los sueños, las más de las veces (¿siempre?), suelen ser proyecciones, deseos, unos insatisfechos otros escondidos. Cobardía porque tal vez prefiero quedarme con la duda de lo que se esconde tras las locuras que suelo soñar… mientras duermo. Las otras locuras no necesito buscarles ningún significado. Es extraño, hace unas semanas mientras veía parte del acervo fotográfico del artista que ilustra esta entrada Brassaï (Gyula Haläsz), recordé una cita de Milan Kundera donde afirma que la memoria guarda fotografías, no películas. Y me llama la atención por la sencilla razón de que mis sueños discurren como en una película. Entonces, tal vez ese sea el motivo de que a menudo olvide lo que soñé, de que al otro día no recuerde  la película que acabo de ver. Película que muy seguido es en blanco y negro, sólo imágenes en movimiento, normalmente rarísimas y sin diálogos y casi nunca acompañadas de música. Como película muda. La verdad es que no muy seguido sueño a colores y tal vez sea este el motivo de que el sueño reciente que mencionaba al principio de esta entrada, me haya llamado tanto la atención. Tampoco hubo música, pero en compensación abundaron las imágenes de rara hermosura. Un sueño visto desde la altura, lo que ya es decir. No volaba como cuando niña. Ahora caminaba, caminaba ente nubes y si hubiera querido quizá hasta habría podido meter mis manos entre ellas, como si de pompas de jabón se tratase. Tan extraño.

Soñé que caminaba ente nubes. Blanquísimas nubes, como pompas de algodón. Casi espumosas. Un hombre cuyo rostro no logré ver, iba a mi lado. Ese sitio nuboso, obvio en lo alto, no a la orilla del cielo sino sobre el cielo. Veíamos a mucha gente pero sin hacer caso. Como si él yo fuésemos ajenos a lo que nos rodeaba. Hablábamos de algo, pero no recuerdo de qué. Y de pronto, ese sitio nuboso era como un mirador. Caminamos hasta una especie de barda, baja, y desde ahí contemplamos el paisaje, ahora las nubes quedaban atrás de nosotros., La gente no se veía. Y nosotros ya no hablábamos, sólo mirábamos frente a nosotros, pero con dirección hacia abajo. Como si el mundo quedara abajo; el paisaje era de una rara belleza, nada parecido a ninguno que yo hubiera visto. Largo rato en silencio sólo mirando como ese paisaje se transformaba, como si el viento cambiara las tomas hasta que por fin reconocí un sitio (y esto fue lo que más me gustó) ahora veíamos los volcanes. No sé cómo pero de pronto estaban frente a nosotros el Popo y la mujer dormida. Ella blanquísima de nieva, casi plateada y él como el fuego, ardiente, sin hacer erupción, sin lanzar humo, ni llamas, sólo con el color del fuego: rojizo, naranja, como si algo ardiese dentro de él. Una pareja extraña, como siempre han sido esos volcanes, pero con su dispar armonía acentuada en mi sueño. Extraño se veía ese par. Esa visión de uno ardiendo y la otra tan blanca, como inmaculada, fue lo mejor de mi sueño. Nos quedamos así. No sé si pasó algo más después. El despepitador sonó y mi sueño llegó a su fin. Pero por primera vez mi memoria lo recuerda con exactitud. Casi como si lo viera otra vez, como en una película, no como fotografías. Como si tuviera el DVD y pudiera repetir las escenas de mi preferencia una y otra vez. Y ahora sí, que venga Freud o alguno de sus colegas y me explique. Mientras yo me quedo sin saber con exactitud (aunque alguna idea pueda tener, sobre todo después de habérselo platicado a alguien que tiene más imaginación que yo) qué significa haber soñado eso. Me quedo saboreando esa imagen fijada en la retina de mi memoria (¿la memoria tiene retina?),  con los volcanes juntos pero tan distintos, tan contrastantes. Hielo y fuego.


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diciembre 19, 2010

para todo mal, chopin y para todo bien... también

Por las nubes, photo By Darth Kraken

Dice un refrán mexicano: para todo mal, mezcal y para todo bien... también. Otro tanto podría decirse de la música de Frédéric François Chopin, la cual debería formar parte de la canasta medicinal básica. Ser indicada por los médicos, en lugar de pastillitas propiciadoras de dicha artificial. Una dosis de Chopin cuando haga falta acariciar el alma con la suavidad de la seda:

Para todo mal, Chopin y para todo bien... también. 

Su Nocturno No. 20 no tiene precio. 


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Este es un no-post.

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