escribir

Escribir: tratar de retener algo meticulosamente, de conseguir que algo sobreviva; arrancar unas migajas precisas al vacío que se excava continuamente, dejar en alguna parte un surco, un rastro, una marca o algunos signos.[Georges Perec]

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mayo 20, 2009

mientras dormías

La primera imagen de un sonámbulo que viene a la mente, es la de alguien dormido caminando torpemente y con los brazos extendidos al frente. Es decir, la imagen difundida en películas de bajo presupuesto, como las de Capulina y de El Santo. Y con la ayuda de presupuestos más elevados, el cine y la televisión estadounidense, ofrecerán variantes más elaboradas sobre el mismo tema. Por ejemplo: una mujer que vive sola y no tiene novio, marido o amante, repentinamente descubre estar embarazada sin que recuerde o admita haber tenido relaciones sexuales -sean forzadas o consensuadas. La mujer llega a un hospital dónde después de un sinfín de complicados estudios, el héroe de la película -un Dr. House cualquiera-, venturosamente descubrirá que la dama si tuvo relaciones sexuales, pero lo hizo bajo los influjos del sonambulismo y por eso no recuerda nada. Bien para capítulo de teleserie gringa. Pero para la vida real, suena demasiado complicado o forzado. "Es solo de ficción; cómo alguien va a tener una relación sexual y luego no acordarse. Eso solo ocurre en la imaginación de escritores y guionistas", podría pensar alguien ajeno al estudio de los trastornos del sueño.


Pero la ciencia siempre… llegando lejos. Cuando en septiembre del año pasado, los investigadores del Instituto Karolinska (Suecia), difundieron las conclusiones de un estudio que demostraba el origen genético de la infidelidad masculina, definido por la presencia, en algunos hombres, del llamado alelo 344, el gen masculino de la infidelidad (y que dio origen a uno de los post más divertido en la historia de este blog, gracias a la alta participación femenina -extrañamente casi no hubo comentaristas hombres) las escépticas de este mundo expresamos nuestras dudas. Quizá la reacción fue motivada más en razón de la "exclusividad masculina" de dicho gen, que de su existencia misma. Y probablemente, de haberse descubierto que el gen de la infidelidad solo se presentaba en las féminas, la reacción habría completamente distinta tanto en hombres como en mujeres.


Y ahora, también desde la óptica científica, se establece la existencia de un padecimiento, variante del sonambulismo, llamado sexomnia. Dicho padecimiento se presenta durante la tercera etapa del sueño –en lo más profundo de la inconsciencia- y provoca que un individuo, hombre o mujer, tenga actividad sexual mientras duerme sin ser consciente de ello, razón por la cual no recuerda nada y es el primer sorprendido cuando alguien le señala lo… activo que estuvo la noche anterior.

"Es probable que se ingrese al lapsus donde usualmente las personas se excitan. En esta etapa puede haber una respuesta sexual y éste parece ser el mecanismo fisiológico que despierta el deseo en algunos noctámbulos",*/

indicó el Dr. Reyes Haro Valencia, Investigador de la Facultad de Medicina de la Universidad Nacional Autónoma de México.

aquí el boletín completo */B: 302 El SONÁMBULO PUEDE TENER ACTIVIDAD SEXUAL Y NO RECORDARLO


Quizá el padecer este tipo de trastorno del sueño, no implique necesariamente que uno salga de su casa y vaya por ahí teniendo aventuras sexuales, cuyas consecuencias puedan ser hasta un embarazo no deseado. Pero lo cierto es que este padecimiento, mirado con un poquito de imaginación, bien puede prestarse a nuevas variantes de infidelidad y sin que el infiel pueda ser señalado. Una infidelidad no culposa, podríamos tipificarla y tendrá a la ciencia en su defensa. Pero... y el compañero sentimental ¿cómo podrá estar seguro de que su pareja es en realidad víctima de la sexomnia y no un vil mentiroso e infiel? Digo, está claro que habría que efectuar un diagnóstico médico, pero entre que son peras o manzanas… la duda queda...



diciembre 25, 2007

Y no fui una femme fatale

En la infancia suelen tenerse grandes expectativas para el futuro, soñar con lo que le gustaría ser de adulto, sea bombero, astro del fútbol, astronauta, estrella de cine, una gran bailarina; etc. Yo, algún día soñé con ser una gran patinadora artística… pero como los rusos, no vayan a pensar que cualquier patinadora del montón. Quería ser campeona mundial, olímpica y galáctica y mostrar mis prodigios trenzados con los acordes del Pájaro de Fuego de Ígor Stravinsky en alguna pista de San Petersburgo, cual moderna Anna Pavlova. Y por supuesto que no tuve ningún problema en… contarle este sueño a mi abuela.

Pero hubo otro sueño, ya siendo adolescente, que nunca le conté a ella, menos a mi madre o a mi padre; lo que yo secretamente anhelaba era ser una femme fatale… comme il faut. Desconozco la razón de semejante sueño, quizá porque imaginaba que mi vida como tal sería absolutamente trepidante, alejada de la monotonía y el aburrimiento de los fogones y demás obligaciones domésticas; me proyectaba ataviada con un ajustadísimo vestido negro de sugerente escote, medias de costura trasera y altos tacones, coronada mi abundante cabellera por un sombrerito de red y fumado cigarros con boquilla. Es decir, vestida para matar; es decir, el cliché total. Y ya me veía yo, rodeada de hombres; cuando menos con cuatro amantes: uno mayor que fungiera como mecenas (o sea, no hay femme fatale que se respete, hambrienta y mal vestida); uno medio gánster, para ponerle sabor y emoción al asunto; otro, poeta de preferencia, perdidamente enamorado y pobre (que para eso tendríamos al mecenas) y otro, niño bien y medio bobo, a cuya púdica e hipócrita familia fuera un placer… escandalizar.

Seguro que el origen de semejante elucubración está en el cine, específicamente en esa joyita del cine alemán de los 30’s El ángel azul, que vi en la prepa (a los quince años) como actividad extra de mi clase de ciencias sociales. Yo veía a la Marlene Dietrich, a Lola Lola, con esa miradita, con esas portentosas piernas; con ese todo, llevando a la perdición al pobre profesor Rath, quien por andar queriendo espiar a sus alumnos acabó… como acabó. Se me figuraba que no podía haber en el mundo una aventura más emocionante que seducir, subyugar y llevar a la perdición a unos cuantos hombres y entre más reticentes, mejor.

El cine, el llamado cinéma noir en especial, nos ha dado incontables ejemplos de femme fatale, quizá mejores que Lola Lola; pero para mí, es Marlene Dietrich, esa rubísima mujer de fría y sofisticada belleza -quizá hasta un tanto masculina-, la encarnación (tal como Rimbaud lo es del enfant terrible) por antonomasia del mayor arquetipo de la femme fatale en toda la historia del cine. Además, cantaba con esa voz pastosa, con su singular estilo, que más que intentar la perfección vocal, buscaba –y lograba- seducir a sus oyentes.

A juzgar por la historia de su vida, creo que Marlene fue una femme fatale de tiempo completo, mucho más allá de las pantallas cinematográficas. Dicen que era una actriz apenas eficiente, sin grandes destellos de brillantez, pero supongo que eso a casi nadie le importó.

En mi opinión, en la actualidad las femme fatale son, como otras muchas cosas, un tanto light; ya no abunda el aire de misterio. En esta época en la casi todo está permitido, hablar de la perdición de un hombre a causa de una “mala mujer”, de una moderna femme fatale, como que ya no tiene el mismo significado.

Antes, la promesa era aquello que ocurriría en la oscuridad; el poder descender con la complicidad de noche a la profundidad de los sótanos; lo que paradójicamente significaba, ascender a la cima más elevada del placer: el placer prohibido, casi trasgresor. Pero ahora, habrá mujeres lagartonas, como les dice mi mamá, que le pueden “volar” a una el novio o el marido y de paso, arrasar con su cuenta bancaria o saturarle su gold card. Pero como que les falta algo; ese halo de misterio, esa mezcla de perversidad e ingenuidad. Además, ya no se usan esos maravillosos vestidos negros ajustados que llegaban justo a la rodilla, ni la medias con costura, ni lo sombreros de red, ni los cigarros con boquilla. Y para colmo, la anorexia que caracteriza a las féminas de nuestros días, me parece todo… menos seductora o detonadora de pasiones ardientes y prohibidas.


Total que no fui una femme fatale, pues además no tenía los atributos físicos para ello: ni soy rubia, ni grandota, ni tengo las magnificas piernas de la Dietrich, mucho menos los esplendorosos pechos de Sofía Loren, o los voluptuosos labios de la Brigitte Bardot.


Hablando de homenajes, que no burdas imitaciones, en la portada correspondiente al mes da octubre de Elle, mi socia favorita -aqui el motivo de nuestra "sociedad"- aparece con este look un tanto retro, rubísima (creado para su más reciente film, que no se va a quedar así para siempre ); en entrevista, la actriz italiana declaró que para tal imagen se inspiró en Brigitte Bardot.



























¿Y de mi fantasía? Pues nada, que acabé estudiando Ciencias Políticas. Snif

¿Y tu que soñabas ser cuando eras niño?