escribir

Escribir: tratar de retener algo meticulosamente, de conseguir que algo sobreviva; arrancar unas migajas precisas al vacío que se excava continuamente, dejar en alguna parte un surco, un rastro, una marca o algunos signos.[Georges Perec]

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julio 24, 2014

mundo jodido...


Mientras en México se destapa la cloaca en Zamora, Michoacán con el affaire «Mamá Rosa» (y casi que en donde usted guste y mande en este pobre país), el mundo asiste impávido a la enésima incursión del ejército israelí en territorio palestino. No conforme con ocupar la tierra que les pertenece a los palestinos, el Premier Netanyahu parece empeñado en exterminarlos. Tal como sugirió una joven diputada de la ultraderecha israelí. El terrorismo de Hamas ataca a cuidadnos israelís y el gobierno de Netanyahu asesina a cientos de cuidadnos palestinos inocentes. ¿Y los terroristas? Bien, gracias. Pareciera que su lema justiciero es “Nos matan a tres, les matamos a cientos (más de cien niños han sido asesinados, difícil creer que se trate de un error)”. La Ley del Talión llevada a su extremo. Y en el camino, claro, mueren jóvenes soldados israelís. Si al menos, como en tiempos de Napoleón, los gobernantes que hacen guerra marcharan al frente de sus ejércitos, uno podría creer que son malnacidos mas no cobardes. Pero ni eso. Asesinos y cobardes (los hay peores, lo sé, los drones asesinos no tripulados de algunos gobiernos son la expresión más miserable de la imbecilidad bélica). 

Quizá exagero pero creo que a estas alturas, poco le falta a Benjamin Netanyahu para alcanzar los niveles del «humanista» Slobodan Milošević, aunque el israelí jamás pise tribunal alguno pues ya se sabe que su país, al igual que Estados Unidos y grandes democracias (sic) como Corea del Norte y otros, no reconoce al Tribunal de la Haya (menos que haga caso de los tímidos llamados de la inútil ONU, virtual cómplice de los crímenes de guerra del gobierno de Netanyahu). 

Alguien decía en Twitter que ojalá algún día recordemos lo que Israel hace con los palestinos con la misma profusión y complejo de culpa con los que recordamos el holocausto judío efectuado por el nazismo. Y aunque no me parece mala idea, no deja de ser triste que nuestra única aspiración (a falta de justicia) sea recordar a Netanyahu como recordamos a Hitler (o al ya mencionado Milošević). Pero tal vez así sea pues no parece avizorase justicia para los palestinos, cercados entre el terrorismo de Hamas y el terrorismo de Estado del gobierno de Netanyahu. Qué triste. Años de avance tecnológico y científico y la humanidad aún no encuentra una forma de convivir que no homenajee, un día sí y otro también, la máxima de Thomas Hobbes “El hombre es el lobo del Hombre”. 

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junio 18, 2012

desazón globalizada...

anne-julie aubry

A veces quisiera no leer periódicos, no saber qué pasa en el mundo ni en México. Leer el periódico en estos días —salvo contadas excepciones— es el camino más rápido a la desazón. Lo mismo si uno hojea la sección nacional que la internacional, las noticias parecen sacadas de alguna novela decimonónica sólo que adaptadas a la modernidad tecnológica [tal vez exagero, pero creo que mucho de lo narrado en Naná o Les Misérables sigue vigente]. Y aunque viviendo en México uno no tiene cara para criticar a otros países, la verdad es que es imposible no sentirse tocado, dolido, por lo que pasa en Grecia. Decía un escritor que la paradoja más triste era que la cuna de la civilización occidental podría terminar siendo su tumba. Con los griegos estamos en deuda todos. Por eso duele lo que pasa allá: suicidios de adultos mayores acorralados por las deudas y la falta de oportunidades, violencia producto de la desesperación, ver arder las ruinas —con y sin metáfora— de la mayor civilización occidental. Eso, mientras muy cerca de ahí otros juegan al futbol y prometen no defraudar a sus connacionales. A falta de certezas socio-económicas, promesas de triunfos futboleros. Y es que, hablando de grandes civilizaciones de antaño, pocas enseñanzas más perdurables que esa de los romanos: al pueblo pan y circo. Y si falta el pan… con futbol nos llenamos. Bueno, se llenan. Porque los mexicanos, ni para emular a los romanos damos con nuestro ratonero nivel futbolístico. Y ustedes se preguntarán ¿a dónde va esta divagante con tanto choro sin ton ni son? Pues la verdad es que a ningún lado. La verdad es que todo este choro es sólo para decir que en materia de desazones y decepciones electorales, y de las otras, los griegos no están solos. Exactamente dentro de dos semanas los mexicanos tendremos nuevo presidente. Y esta noticia lejos de llenarnos de ilusión por la posibilidad de un cambio, nos llena de incertidumbre. Se va el partido del presidente que metió al país en la narcoguerra, pero tras 70 mil muertos el poder del narco sigue intacto mientras los ciudadanos cada vez somos más vulnerables, el tráfico de drogas no disminuye y le inseguridad empeora. Si las encuestas no mienten [México no es Francia: acá las encuestas electorales despiertan tanta desconfianza como las promesas de los candidatos a la presidencia y la falta de objetividad de los noticiarios de TV; acá no vota el 81% del padrón electoral; acá aún nos ronda el fantasma del fraude, cuya institucionalización como método de acceso al poder debemos al PRI, así que a pesar de los cambios en materia de legislación electoral que hemos experimentado y a tener unos de los procesos electorales más costosos del mundo, tristemente, seguimos dudando], el PRI estaría volviendo a la Presidencia tras 12 años del fallido experimento PANista, en el que quedó demostrado que amén de su doble moral católica y su derechismo sin disimulo, se diferenciaban poco de los priistas: tan corruptos, proclives a la impunidad y al tráfico de influencias como ellos, sólo que más ineptos. El PRI que gobernó ininterrumpidamente este país durante 71 años. El PRI de la dictadura perfecta, como la llamara Vargas Llosa, volvería en la persona de un candidato tan atildado como plástico, un tipo cuya imagen fue pulida durante años por las televisoras, en especial Televisa, a costa del dinero de los contribuyentes. Asco y temor es lo menos que produciría esta posibilidad, pero —si las encuestas no mienten— tal parece que eso a nadie le importa. Todo indica que los mexicanos padecen Alzheimer electoral, como lo ha llamado el escritor Juan Villoro, y que prefieren al PRI de regreso… antes que darle chance a la izquierda [no vaya a ser que se les pegue lo naco... que a racistas y clasistas, pocos nos ganan.]

En fin, que uno lee las noticias y lo primero que siente son ganas de llorar. Luego, ganas de salir corriendo, pero como no tiene donde exiliarse pues nomás se queda con las ganas de llorar. Si el PRI regresa, como decía un analista hoy, será el mayor símbolo de nuestro fracaso como sociedad, una sociedad que no supo construir una clase política decente ni una alternancia progresista viable y, lo más triste, una sociedad que teme al cambio. Por otro lado, algo entendible en una sociedad adoctrinada durante años por la televisión. Una sociedad que se traga todas las estupideces y mentiras que la TV le ha inducido —de ser legítimo el triunfo de Peña Nieto y no producto de un sucio y malversado proceso electoral como fue el caso del triunfo del presidente saliente Felipe Calderón—, se merecerá la desgracia del volver al PRI; habrá hecho válido el manido dicho de los pueblos tiene los gobernantes que se merecen. Si México vota a Peña Nieto y a su partido, en vez de botarlos, es que México se merece volver a todo lo que representa el PRI.

Y ya. Ustedes disculparán este desahogo. Prometo tratar de volver pronto al mundo de caramelo donde no existen ni los políticos ni las elecciones... ni las demás desgracias del mundo…
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"Hay que repetirles a éstos y aquéllos que la identidad de un país no es una página en blanco, en la que se puede escribir lo que sea, ni una página ya escrita e impresa. Es una página que estamos escribiendo; existe un patrimonio común —instituciones, valores, tradiciones, una forma de vivir— que todos y cada uno profesamos; pero también debemos sentirnos libres de aportarles nuestra contribución a tenor de nuestros propios talentos y sensibilidades. Asentar este mensaje (...) pertenece al ámbito de la cultura". 

—Amin Maalouf. Extracto de su discurso de recepción al Premio Príncipe de Asturias de la Letras 2010
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mayo 24, 2011

espérame en el fin del mundo, vida mía...


photo: Quiet Flight, de Denis Grzetic

Dice Gilles Lipovetsky que vivimos en la Era del vacío donde lo que impera es lo efímero -y lo dijo antes de twitter-, nada dura en boga más allá de unos minutos. Nuestra vida discurre en medio del incesante barullo de información servida en exceso, desorden y no pocas veces poca seriedad. A tal punto padecemos un bombardeo informativo, que casi nunca nos enteramos de lo que en verdad importa -por lo general poco- sino de lo que vende. Lo mismo un asesinato adolescente en un colegio gringo, que la caída en desgracia del déspota hasta ayer apapachado por ser útil y hoy lanzado cual vil desecho a las profundidades del mar. La enésima barrabasada pronunciada por nuestros gobernantes, los pormenores de la caída en picada del hombre hallado en el lecho de una mujer que no era la suya… o de otro hombre que también tiene esposa. Con tal de vender, alimentar el morbo del público, hasta el periódico más serio y decente hará escarnio del caído, no teniendo empacho en adornar sus ocho columnas con la foto que le fue tomada justo en el momento en que una suerte de espada de Damocles mediática lo derribaba de su pedestal. Y así… todos los días. Como si de una droga se tratara, la interminable producción de chismes va creando la necesidad de dosis mayores de escándalos. Y mientras los escándalos mediáticos se suceden y alimentan nuestro morbo, las cosas que importan pasan desapercibidas pues su acontecer no salpica de sangre ni refulge amarillismo y, por ende, no vende periódicos ni ocupa la principal nota del noticiero estelar.

Pero si por alguna eventualidad, que siempre puede surgir, no hubiera un buen chisme sexual o sanguinario que explotar… siempre nos quedará anunciar el fin del mundo. Claro, nunca falta una terca y despistada (yo) que por andar quién sabe dónde por poco y no se entera que el fin del mundo se aproximaba, según lo anunciado por un gringo fundamentalista quien tuvo a bien asegurar que el final del mundo ocurriría el 21 de mayo (y no en el año 2012, como dice la profecía maya). Y con eso bastó para que el fanático religioso -y charlatán- contagiara de paranoia a buen número de personas. Uno lee una nota así y lo primero que se pregunta es ¿cómo es posible que haya gente que no sólo le crea, sino que hasta le dé dinero? [aquí pueden leer algo al respecto: y el fin del mundo nos dejó plantados]

Aun así, mientras la profecía daba para malos chistes, burlas y uno que otro magnífico tweet, uno jugaba mentalmente con las posibilidades de con quién, dónde y cómo pasar su último día... si pudiera saber la fecha y momento exacto del final-final. El fin del mundo tan cerca y uno sin haber hecho lo necesario. Sin haber conocido más lugares, leído más libros, visto más películas, amado más y mejor. Irse a de buenas a primeras antes de haber dicho, escrito y hecho tantas cosas que tenía planeadas; sin haber realizado tantos sueños.

Mientras escribo esto, leo notas de prensa que hablan de quienes se preparaban para esperar el inicio del fin del mundo como si de recibir el año nuevo se tratara. Las leo y pienso en mí que por andar algo desinformada me enteré del fin del mundo casi a la víspera y por tal motivo ni chance tuve de comprarme, ya no se diga una botella de Dom Pérignon… ni siquiera unas panties rojas para gozar el fin del mundo con harta pasión. Digo, amarillas que propician el dinero... ya para qué. Lo único que se me ocurrió fue un escenario deseable para el momento final: el mar… decir adiós mundo junto al mar…


El 18 de mayo del 50
se va a acabar el mundo.
Confiésate y comulga y encomienda tu alma
a la misericordia de Dios Padre
y pídele a la Virgen que ruegue por nosotros.
Todo esto me dijeron varias personas.
El 18 de mayo esperé el terremoto,
el diluvio de fuego, la bomba atómica.
Como es obvio, no pasó nada.
Hay otras fechas para el fin del mundo.

Fin de mundo
© José Emilio Pacheco

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abril 13, 2011

como si no hubiera mañana


 Photo: Avec le coeur en paix vers, de Pierre Pellegrini:



palabras para despertar muertos,
palabras para hacer un fuego,
palabras donde poder sentarnos
y sonreír.
[Alejandra Pizarnik]

¿Cuántas veces habremos repetido el cliché "hay que vivir (besar, amar, trabajar, creer, etc.) como si no hubiera mañana" a fin de enfatizar un propósito -y hasta consejo-, poner mayor enjundia al hecho de vivir? Especulo que demasiadas. Y también, como mera especulación, me atrevería a decir que esa frase la repetimos una y otra vez porque creemos de que sí lo habrá, que habrá muchos mañanas aún. Pero… ¿y si de verdad no lo hubiera? A últimas fechas me he sorprendido pensando en ese gastado cliché, que bien podría haber sido acuñado por Paulo Coelho o cualquier otro filósofo del Club de la Buena Estrella. Últimamente pienso en ello con una frecuencia inusitada. En esa frase motivacional y en lo otro. En cómo sería saber, tener la certeza absoluta –si esto fuese posible-, de que no habrá más mañana, de que sólo queda el hoy no como metáfora sino como límite temporal definitivo. Aconsejar vivir, sentir amar, besar, etc. como si no hubiera mañana es tan fácil como decir buen día. Lo otro no tanto. Nunca he sido lúgubre ni nada parecido. Ni siquiera en estos tiempos violentos (como título de film hollywoodense, incluida su estética gore) que vivimos en México. Y de pronto, eso es algo que ocupa mis pensamientos, consume parte de mi tiempo y hasta me distrae de cosas gratas como la escritura y la lectura. No porque crea que ya no exista un mañana para el mundo o que me aterre el cumplimiento de la profecía maya según la cual el mundo verá su fin en 2012 y ni siquiera por los daños colaterales a los que estamos expuestos los ciudadanos de este país. No. Es algo cuya causa no acabo explicarme del todo. No es propiamente una idea mortuoria, pero sí una que me aleja por completo del desprendimiento con el que hasta ahora había mirado a la muerte. En más de una ocasión he estado enferma, nunca de gravedad, pero ni aun sintiéndome francamente mal la idea de morir ha rondado por mi mente como un algo realizable en ese preciso momento. Es decir, he pensado en ella como el hecho ineludible que es. Para todos, sin distingo de ningún tipo, como una fecha de caducidad predeterminada pero indefinida. Ahora es distinto. Ahora sí pienso en la necesidad en cumplir con el mandato de esa frase cliché de la que hablaba al principio. No como un 'empujón de entusiasmo', sino realmente en vivir como si no hubiera mañana porque -tal vez- en verdad no lo haya… y me sorprende no sentirme asustada, aunque sí un poquito entristecida porque bien a bien no sé cómo hacerle, porque son demasiadas las cosas que quisiera hacer con el ímpetu de quien sabe que no habrá mañana…


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Me había prometido que después del post anterior, triste y rabioso, escribiría algo divertido y no he podido cumplir mi auto-promesa, porque este sentir, a medio camino entre lo lúgubre y lo incierto, me ha tocado justo ahora y en lugar de ocurrírseme ligerezas, me vinieron a la mente estas ideas inconexas sobre la incertidumbre de vivir…

Ustedes perdonen este nada divertido post. Debe ser culpa del inmundo calor que abrasa a la Ciudad de México, apelmazando mis neuronas… cuando no derritiéndolas…



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abril 01, 2011

escribo mi rabia


Escribir como quien regurgita… No sé cuál estado de ánimo sea el idóneo para escribir. Menos aún, cuáles las condiciones físicas, económicas/materiales y hasta geográficas más propicias y/o desfavorables para hacerlo. Hay quien dice que es en los extremos, la absoluta penuria o la plena satisfacción, en donde la escritura encuentra su tierra más fértil. A saber. Uno se pregunta una y otra vez, divaga intentado hallar las respuestas y de paso ese momento ideal. Decía Marguerite Duras que la escritura llega como la noche y pasa como pasa todo en la vida… sin esperarlo. Ella que escribió al tenor de distintos estados de ánimo. En condiciones extremas. Tal vez no de carencia material pero sí de otras: enferma de alcohol, enferma de dolor y de soledad. Y desde esa perspectiva de vida, la escritura fue su salvación: "(…) encontrarse en un agujero, en el fondo de un agujero, en una oscuridad casi total, y saber que sólo la escritura te salvará…".

Mientras tecleo esto, pienso en los distintos estados de ánimo por los que suelo transitar en un sólo día y al hacerlo me sobrecoge la idea de que con tantos vaivenes emocionales, difícilmente hallaré el momento idóneo para sentarme a escribir sin pensar en nada más que el teclado y lo que voy vaciando en él. Hace un par de noches fui presa de una mezcla de emociones, casi agitaciones, que me sorprendió a mí misma que me sé intensita. Terrible que el detonante no fuese algo o alguien cercano a mí. No un familiar o un ser querido, amigo etc., sino una noticia escuchada vía telefónica. Fue una noticia acerca de seres desconocidos, la que de golpe y porrazo puso ante mis ojos una imagen cabal, pura y sin exageraciones gore, del horror que vivimos actualmente en México. Horror que buena parte de los mexicanos pareciéramos no mirar. Como si no viviéramos en un país cuyo Gobierno Federal (inepto, terco y prepotente) libra una no-guerra contra el crimen organizado. No-guerra condenada al fracaso, por más que sus pregoneros mediáticos y la empleada de Barack Obama, Hillary Clinton, digan lo contrario. Los mexicanos, todos y aunque tratemos de no pensar en ello, somos susceptibles de pasar a engrosar las filas de los daños colaterales, eufemismo con el que el Presidente de la República (al parecer educado en el peor cine hollywoodense) llama a las víctimas inocentes de su estúpida no-guerra. La noticia -que quizá ni salió en la prensa local-: en una ranchería cercana a Acapulco una mujer joven, ajena al crimen organizado, pobre, inerme como inermes estamos todos, fue asesinada junto con sus pequeños hijos (de aprox. 5-6 años). Así nomás, porque a unos malnacidos se les ocurrió matarla. ¿Qué clase de bestia es capaz de atar de pies y manos a dos criaturas y luego meterles un balazo en la frente? ¿Qué carajos pasa por la mente de esos seres, que ni animales puedo llamar porque eso sería ofender a los miembros del reino animal, que los lleva a hacer semejante cosa? No sé. Me lo he preguntado reiteradamente sin hallar respuesta. Supongo que no faltará quien diga que a estas alturas de la no-guerra ya ni debería asombrarme. Cuando se han rebasado los 36 mil muertos (y contando), tan sólo en los años que lleva de gobernarnos –sic- Felipe Calderón Hinojosa, ¿qué son tres o cuatro más? Pero son. Aunque a nadie parezca importarle. [Matan a un agente gringo infiltrado en tierra mexicana y las autoridades nacionales se movilizan y enseguida dan con el asesino y hasta con el arma (venida de Texas, of course). Matan a miles de mexicanos y a las autoridades les vale madre (perdonen mi francés, pero no estoy para finezas). Cuando no, en su infinita arrogancia tienen la desvergüenza de declarar que seguro ellos (las víctimas) se lo buscaron]. El caso es que me enojé. Mucho. Yo, que nunca he tenido muy desarrollado el instinto maternal, casi me puse a llorar en el teléfono mientras mi padre me lo platicaba. No sé por qué me pudo tanto la noticia y luego de la tristeza vino la rabia y, claro, la impotencia. Tampoco faltará quien diga que nada gano con enojarme, que enojada o no, la matazón seguirá tal como la vida, que si uno no tiene relaciones con "delincuentes" nada le pasará. (Habrase visto semejante ingenuidad o arrogancia... por decirlo así). Vaya consuelo. Quienes dicen tales boludeces –me encanta este modismo argentino- me recuerdan a aquellos que en los inicios del SIDA decían que esa enfermedad sólo le daba homosexuales, no a la gente decente, y que ellos -los homosexuales- se lo habían buscado-ganado… por disolutos. Igualitos.

Así que prefiero enojarme y despotricar antes que volverme zombi. Claro, de ahí a vivir con miedo, en la paranoia total, pues tampoco. Aunque tal vez quienes habitan en la inopia, en una dimensión poblada de florecitas, maripositas y demás ingredientes del mundo rosita fresita… son más felices que yo. No. Sin el tal vez. Seguro lo son. La ignorancia es la felicidad. Dicen. Pero en tanto es una u otra cosa… la vida pasa y la noche llega, como decía la Duras, y yo escribo mi rabia aunque no sirva de nada, apenas de pueril catarsis… 

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Post Scriptum. La misma noche que mi padre me daba esa terrible noticia me enteré que habían asesinado a siete personas, entre ellos el hijo del poeta mexicano Javier Sicilia. En unas horas, un joven estudiante universitario de 24 años pasó ser uno más de los miles de daños colaterales.

Qué triste el asesinato del hijo de Javier Sicilia. Tanto como el asesinato de cientos de niños y adultos anónimos. Qué triste este México.


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mayo 11, 2010

como en el infierno

  ciudad en llamas (de adánguevara, en flickr)

Mi abuela, que más que padre y madre fue para mí lo más cercano a un gurú -el único que he tenido, pues rebelde y respondona como soy jamás he sido adepta a tener “guías” y “modelos a seguir”- constantemente me repetía “eres una exagerada, m’hijita”. Al escucharla, yo me hacía la ofendida, aunque en el fondo bien sabía que en eso, como en muchas otras cosas, la madre de mi padre tenía toda la razón. Soy exagerada, ni para qué negarlo. Exagero cuando tengo frío y cuando hace calor; exagero cuando algo me duele y también, cuando me hace sentir dichosa; exagero con lo que me gusta y, faltaba más, con lo que me disgusta; exagero al amar y cuando ya dejo de hacerlo, pues como no sé odiar cuando dejo de querer algo o a alguien, lo saco para siempre de mi corazón, a donde jamás regresa. La madre de la exageración, esa soy yo. Una que no soporta –por cuestiones de salud y de temperamento- el calor y casi siente que, con 32°C de temperatura, la Ciudad de México poblada de edificios, desnuda de árboles e inundada de millones de automóviles, bien podría ser una sucursal del Infierno. Más ahora que según Ratzinger, el infierno, tal como lo habíamos fantaseado en nuestra infancia, no existe. Y yo, pese a ser terca y rebelde, estoy medio de acuerdo con Ratzinger: si el Infierno existiera no tendría nada que ver con templos dedicados el tormento, ni hornos de fuego donde los pecadores arderían por los siglos de los siglos. No. Muy distante de ese dantesco escenario, el Infierno que yo imagino debe ser muy parecido a las ciudades pobladas de asfalto y concreto gris, donde las temperaturas superan los 30º C y el sol candente cae inmisericorde sobre sus habitantes, que no encuentran ni un sólo árbol frondoso a cuya sombra resguardarse, porque los árboles -pocos- que había hace mucho dieron paso a modernos edificios de hormigón lo cuales, en combinación con los millones de vehículos automotores en constante movimiento, contribuyen a elevar la sensación de calor. Ciudades donde no sopla el viento y en las pocas ocasiones que lo hace, lejos de traer consigo frescor, lo que acarrea es una sensación quemante y bochornosa. Pero la mayoría de las veces, no se escucha ni siquiera un rumor de viento; en cambio, es permanente el molesto sonido de las bocinas de los autos, cuyos conductores insisten en martillar como si al hacerlo el tráfico fuera a avanzar con mayor rapidez. Desagradables e insistentes bocinazos que sólo tienen competencia en las notas del reggaetón (mis amables lectores del otro lado del Atlántico, que  seguramente no conocen esta “música”… no imaginan cuán afortunados son) saliendo de algunos autobuses de transporte público, notas que en ocasiones pueden ser momentáneamente acalladas -o acompañadas- por las profundas letras del poeta Arjona.

Y no sé si esto sea también una muestra de lo muy exagerada que soy: dicen que una prueba irrefutable de que uno se hace viejo es asombrarse de cómo se consume de velozmente el tiempo y los días y los meses pasan sin apenas darnos cuenta: parece que ayer era enero y ahora ya estamos casi a la mitad del quinto mes del año. Y con esto, ha llegado nuevamente mi turno  mensual de publicar en el blog colectivo escribidores y literaturos/, por si tienen chance -y ganas- de leer otra divagación mía, aquí el link a mi estrada de este mes: la mamá de verónica

  

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enero 25, 2010

refugio violentado


Cuando era niña, y de hecho, hasta no hace mucho tiempo, creía que mi habitación, mi cama, era el sitio más seguro del mundo; uno verdaderamente mío y el único en el que podía sentirme a salvo de todo, incluido el escrutinio de los demás. Por motivos que no viene al caso describir aquí, incontables tardes de mi infancia las pasé sola, encerrada en casa, y aunque en un principio no resultara muy grato, con el tiempo me acostumbré tanto a no estar con nadie, que cuando no me dejaban sola en un buen tiempo... extrañaba esas tardes de soledad. Fue esa la época en que me aficioné a leer (o por lo menos hojear libros) tumbada sobre la alfombra. Para mí, esa era la mejor forma para desentenderme un poco del tonto temor que solía acompañarme en aquellas tardes: las tormentas eléctricas. No obstante, había ocasiones en las cuales la lectura no era posible -las torrenciales lluvias que suelen acaecer sobre esta Ciudad, la mayoría de las veces, causan interrupciones de la energía eléctrica- y entonces, a falta de libros salvadores, estaba mi cama para resguardarme, bajo cobijas y edredones, de los rayos y centellas que parecían querer arrastrar consigno al cielo entero, en aquellos agostos y septiembres de mi niñez.

Un refugio, un resguardo; el sitio más íntimo, el espacio propio. La cama. El lugar al que no se invita a cualquiera y en donde jamás se espera irrumpa algún extraño en medio del sueño más profundo, la lectura más interesante, el disfrute de una película bien querida… o de algo mejor. Imaginar que algo así de impensable e indeseable sucediera, sólo era posible en las series policíacas estadounidenses. Nunca en medio del tardío sueño dominical y por conducto de los vecinos, quienes, alarmados porque nadie responde al timbre de la puerta, piensan que el inquilino ya se murió (o suicidó) y a fin de salvar su vida, o sacar el cadáver antes de su descomposición, irrumpen en su intimidad… con todo el departamento local de protección civil a punto de derribar la puerta de su casa, mientras, en paralelo, otro comedido vecino casi rompe la ventana de la recámara en cuyo interior el dueño duerme plácidamente… ajeno al mundo y a los escándalos vecinales.

Que los condóminos se preocupen por sus demás vecinos (¿y se ocupen de la vida ajena?), es bueno… supongo. Que en la actualidad, la gente cada vez sea más proclive a entrar en histeria colectiva a la menor provocación, ya no tanto. Pero que el rostro de un casi desconocido, irrumpa asomado por la ventana de una recámara ajena, mientras el ocupante de la misma se halla a miles de kilómetros… sumido en la ensoñación de sitios y seres lejanos; crédulo e iluso, abandonado a la certidumbre de que en ese lugar únicamente suyo, nada ni nadie podrá violentar su intimidad ni su seguridad… no tiene precio.

Y encima, deberá agradecer a los vecinos, a los bomberos y a tutto il mondo, por haber montado semejante escándalo... perdón... por haberse tomado tantas molestias, por preocuparse por la vida de los otros, por pensar que el dormilón soñador podía haberse muerto en medio de la noche... y todo porque –al tener horarios distintos- hace días que no le ven salir de su apartamento…
 
 
"puerta del ser, despiértame, amanece,
déjame ver el rostro de este día,
déjame ver el rostro de esta noche,
todo se comunica y transfigura,
arco de sangre, puente de latidos,
llévame al otro lado de esta noche,
adonde yo soy tú somos nosotros,
al reino de pronombres enlazados"
[Octavio Paz, Piedra de sol -fragmento]
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enero 18, 2010

bárbaros... todos (en constante mutación)


“Somos mutantes, todos, algunos más evolucionados, otros menos: hay quien está un poco retrasado, hay quien no se ha dado cuenta de nada, quien todo lo hace por instinto y quien es consciente, quien hace como que no lo sabe y quien nunca lo va a comprender, quien clava los pies en el suelo y quien corre alocadamente hacia delante. Pero ya estamos ahí, todos nosotros, a punto de emigrar hacia el agua” [Alessandro Baricco, Los bárbaros. Ensayo sobre la mutación. Ed. Anagrama, 252 pp. Barcelona. 2008]
En tiempos de cultura light, fast food y caldos de pollo para el alma, uno ya no sabe muy bien qué ni a quién creer. Nunca he tenido un gurú, un escritor o persona sabia que me guíe por los andamiajes de la vida y a estas alturas de la vida ya no estoy para buscarme uno. Admiro y respeto a la gente que dice “tal libro (El Quijote es recurrente ejemplo) me cambió la vida", “La Biblia es mi guía" o fulanito "me enseño a entender la vida"; los admiro y en cierta forma, los envidio. Si tuviera que mencionar un libro que me cambió la vida, no sería ninguna obra maestra tipo El Quijote, sino algo mucho más modesto: tan sólo el primer libro que leí por mí misma,  después de haber sido temprana lectora/oyente como convidada de piedra a las lecturas en voz alta que hacía mi tía para mi abuela [recuerdo el miedo apoderándose de mí, mientras escuchaba entre hipnotizada y fascinada, su lectura de La banda moteada y en contraparte, mi angustia ante las desventuras de La Madre y las andanzas revolucionarias de su hijo Pavel y aunque a veces, creo que esas lecturas ocurrieron hace siglos, mientras escribo esto aún puedo escuchar la voz de mi tía, perfectamente modulada y marcando los énfasis adecuados]. Ese primer libro fue El Principito, el cual, después de haber escuchado las trágicas historias de Ana Karenina y de La Madre, devino un bálsamo de inocencia.

He sido (y seré siempre, supongo) una lectora desordenada, dispersa y más intuitiva que metódica (las lecturas centrales y colaterales de la Secundaria, Preparatoria y Universidad, no cuentan). Y quizá por ello, la mayoría de las veces, he llegado a los libros por instinto y hasta por necesidad: sin proponérmelo -los libros y yo- nos hemos encontrado justo en el momento en que más los necesitaba. Ello no obsta para que, por ejemplo, siga sin saber qué tipo necesidad pudo conducirme a leer -casi devorar- a los 14 años Naná de Emilio Zolá. Tan dura, que no he podido volver a ella y sin embargo, no olvido la inmensa tristeza que me produjo imaginar las pústulas ensañándose con el otrora bellísimo rostro de Naná; su triste fin, dicen, es una metáfora de las pústulas que marcaron la decadencia de la burguesía francesa decimonónica.

De regreso a la cita inicial. A finales del verano pasado, me encontré en un periódico mexicano una reseña del libro de Alessandro Baricco, me interesó y la búsqueda de más información me llevó a otras reseñas, hasta que decidí dejar de googlear y mejor comprarlo, pero como no fue lo único que traje conmigo tras mi periplo por la Gandhi, Baricco y sus bárbaros quedaron a la espera… en la bolsa de compras. Sólo hasta que en mi entrada anterior, Canalla me comentó algo sobre los bárbaros recordé esa lectura pendiente y lo empecé a leer. No lo he terminado y no pretendo hacer una reseña, únicamente lo menciono porque tras la lectura de las primeras 72 páginas, justo a las puertas del apartado referido a la industria del libro y antes del dedicado a la respiración por medio de las branquias de Google, no tuve más remedio que asumirme como parte de esa barbarie mutante y lo peor, sin siquiera poseer los recursos necesarios para iniciar mis propios asaltos, como los llama el escritor italiano. Del segmento dedicado al Vino, otrora terrero de unos cuántos artesanos, quienes con amor, paciencia y sapiencia ancestral creaban más que producían, grandes caldos y que hoy se encuentra invadido por esos bárbaros dedicados a producir vinos sin alma; vinos hollywoodenses como los ha bautizado Baricco [esos vinos que tienen una apariencia perfecta, un color divino... y un sabor estandarizado: sin importar que la cepa sea merlot, cabernet o shiraz, los vinos hollywoodenses… saben a lo mismo -confesión no pedida: amé esa expresión, los vinos hollywoodenses se me figuran como los filmes de James Cameron, elaborados a base de efectos especiales; tan espectaculares como insustanciales-] extraigo algunas líneas que, me parece, dan una idea aproximada del ánimo que guía al escritor a lo largo de los ensayos que conforman su libro (y el cual yo percibo como una mezcla de nostalgia y resignación):
“[…] es como si la idea de la belleza fuese sustituida por la espectacularidad; es como si se privilegiara la técnica frente a la inspiración, el efecto frente a la verdad…”
“[…] ese vino niega uno de los principios de la estética que nos es propia: la idea de que para alcanzar la alta nobleza del valor auténtico hay que pasar por un tortuoso camino si no de sufrimiento, al menos de paciencia y aprendizaje. Los bárbaros no tienen esa idea. A su escala, el caso del vino hollywoodense nos permite ver otro microacontencimiento que no tiene nada de insignificante: la espectacularidad se convierte en un valor. El Valor.” [Alessandro Baricco, Los bárbaros. Ensayo sobre la mutación, p. 50].

Por el momento, concluyo asumida que soy una bárbara en mutación: (casi) respiro con las branquias de Google”, de tan proclive a la navegación virtual que soy -al respecto, dice Baricco que nada más acertado que referirse a esto como surfear: en la República Google todo se recorre nomás por encimita-, aunque no así a la lectura ídem; en se sentido, soy anticuada y creo que así seguiré... salvo cuando no quede más remedio porque el libro no se puede leer de otra manera.

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Por si les interesa:

1.- En este enlace, una aproximación al libro desde el punto de vista de una crítica de arte: Los bárbaros según Baricco

2.- En este texto, el escritor poblano Pedro Ángel Palou se conduele, más que reflexionar, a partir de la lectura Los Bárbaros, por lo que él considera, entre otras cosas, la muerte de la literatura y la vacuidad de los medios electrónicos: Los medios electrónicos se han vuelto envases de comunicación vacíos: Pedro Ángel Palou García





mayo 10, 2009

divagaciones y debates

«parece claro que la profecía «massmediatica» encuentra sus auténticas raíces no como quieren hacer creer, en el descubrimiento anticipado de nuevos poderes, sino en una visión pesimista del hombre, de este Antropos eterno, dividido entre Eros y Tanatos, y lanzado a definiciones negativas. Suspensos entre la nostalgia de un verde paraíso de civilizaciones infantiles y la esperanza desesperada de un mañana apocalíptico, los profetas en cuestión nos ofrecen la imagen desconcertante de una profecía balbuceante y al propio tiempo tronante, pues no sabe escoger entre el proclamado amor hacia las masas amenazadas por la catástrofe y el secreto amor por la propia catástrofe» [Pierre Bourdieu y Claude Passeron. Citado por Umberto Eco en Apocalípticos e integrados]

Si como dicen, uno es lo que escribe, quien pase por este blog podrá pensar que estoy a un tris de sucumbir de lleno ante el catastrofismo (terminajo muy de moda en Mexiquito).
Pero no es así; no soy catastrófica, simplemente no pertenezco al club del optimismo y sí, al del escepticismo. Y nada de malo tendría serlo, siempre y cuando supiera guardármelo. Supongo que me costaría una nimiedad morderme la lengua en ciertos momentos; no decir nada cuando no tenga nada bueno que decir. No me sirve de gran cosa lanzar gritos desesperados, si de antemano sé que no habrá respuesta; tan fácil que es circular todo el tiempo por el carril indicado, sin salirse ni un centímetro de la linea limítrofe. En estos días estoy haciendo un trabajo -cansino repetitivo y más bluff, que efectivo- relacionado a la alineación de objetivos, metas, funciones, etc. Y platicando con el "consultor externo", se me ocurrió decirle que más que alinear objetivos con metas y misiones, tal parecía que lo que querían era alienar a los empleados. Como si le hubiera dicho algún insulto mayúsculo, pues el hombre se apresuró a recetarme un discurso sobre el orden y el progreso, muy cercano a un sermón hitleriano. De haber mantenido cerrada mi boquita, me ahorro el sermón y todos felices. Si de cualquier forma, alienados ya estamos... para qué decírselo al consultor.

No es excusa, pero para algunos -espero que sean los menos-, es casi inevitable debatirnos diariamente, entre nuestra realidad -no solo laboral- y el ejercicio de nuestro derecho a soñar y a opinar. Un debate de pronóstico casi siempre reservado...

... pero la vida es una, es breve y como decía George Sand:


"Pasamos como sombras sobre un fondo de nubes que el sol apenas y rara vez atraviesa y gritamos sin cesar a este sol que nada puede hacer. A nosotros nos corresponde despejar nuestras nubes”

No obstante, antes de lanzar de gritos al sol para que despeje esas nubes ajenas y lejanas, algunos debemos cuestionarnos a nosotros mismos y despejar nubes más cercanas. Vencer el temor, no al desconocimiento de las posibles respuestas; sino el miedo que provoca saberlas de antemano o cuando menos, intuirlas claramente.
En ocasiones, toma mucho tiempo saldar cuentas con uno mismo; hoy he saldado una. Cuando algo ya no va, es absurdo pretender lo contrario y mantenerlo prendido con alfileres; en algún momento habrá una pequeña sacudida, viniéndose todo abajo.


"Dios pone el placer tan cerca del dolor que a veces lloramos de alegría." G.S.





ilustración: Didier Lourenco Sofá rojo