escribir

Escribir: tratar de retener algo meticulosamente, de conseguir que algo sobreviva; arrancar unas migajas precisas al vacío que se excava continuamente, dejar en alguna parte un surco, un rastro, una marca o algunos signos.[Georges Perec]

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julio 20, 2013

oración...


Líbranos, Señor,
de encontrarnos
años después,
con nuestros grandes amores.
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agosto 22, 2012

volver... sólo una vez...



A los lugares donde has sido feliz no haz de volver...

La felicidad medida en lugares y momentos. Si pudiésemos hacer acopio de nuestros momentos felices, unir todos esos chispazos de efímera dicha ~quizá nos quedaría algo como un Frankenstein de la felicidad~ y escoger sólo uno, ¿a cuál intentaríamos volver? O más bien, ¿querríamos volver a ese lugar?

Cuando alguien se suicida, invariablemente me da por fantasear que tal vez en su instante final tuvo algo así como un atisbo de reconciliación consigo mismo; imaginar que su último pensamiento fue el recuerdo de algún instante dichoso. No quería hablar del suicidio… pero... resulta que ayer leí una nota sobre la novela de Sándor Márai recientemente publicada, Liberación: una crónica novelada del cerco soviético a Budapest hacia fines de 1944, y en esa nota [muy buena por cierto: La crudeza necesaria de Sándor Márai] se hace alusión al suicidio del escritor húngaro. Que así como los gringos —y no sólo los gringos— van a Las Vegas a matrimoniarse, Márai fue a San Diego a suicidarse: nada más lejano a la majestuosa y altiva colina de Buda, que esa ciudad californiana poblada de nuevos ricos. Alguna vez leí que Márai se suicidó no por el tiro que se metió en la cabeza, sino ahogado por la soledad tras la muerte de su esposa e hijo. Empero, su suicidio no fue un acto de locura sino algo bien planeado: primero aprendió a disparar para darse sólo un balazo, certero... letal. Imagino a ese hombre solo, exiliado en una ciudad tan distante a su tierra natal, ¿qué pensaría antes de jalar el gatillo?, ¿pasarían por su mente, como quien navega por el Danubio, imágenes de la hermosa Budapest, ese lugar donde creo alguna vez fue feliz? Me digo esto porque —de manera ingenua, lo sé— me gusta creer que en su último instante el suicida pudiera experimentar una especie de regreso al lugar/momento donde alguna vez, así fuera fugazmente, fue feliz.

Dejando de lado mis elucubraciones sobre lo que pudiera ser el último pensamiento del suicida, intento un acopio de mis momentos/lugares felices. De la nada viene a mi mente (con la claridad de una película casera) una escena casi bucólica: una tarde luminosa ligeramente aireada, yo —a la edad de cuatro años y vestida con un coordinado de short y camisa sin mangas confeccionado por mi abuela— paseo en brazos de un primo adulto; una caminata sin prisas por el parque mientras comemos helado. Hace tanto tiempo de eso y aún puedo verlo, casi sentirlo, todo con absoluta claridad: la tarde cayendo bajo un sol tibio, el barullo de los niños jugando en el parque, un señor ofreciendo globos, el viento despeinando mi cabello, la inigualable sensación del helado de chocolate deshaciéndose lentamente en mi boca, mi inocencia, la sonrisa de mi primo… Quizá porque la felicidad se aprecia mejor en retrospectiva, mientras escribo esto me ha entrado una repentina nostalgia por mi niñez al lado de mi abuela, lejos de mis padres y hermanos, pero rodeada de gente que me prodigaba cuidados y afectos. Será que se ubica en la infancia, la patria perdida que dijera Rilke, pero aquella lejana tarde vuelve a mí como uno de mis momentos y lugares más felices. Y sin embargo, pese a sentir nostalgia por ese tiempo ido, y por un momento haberme visto ahí de nuevo, no estoy tan segura querer volver a cruzar ese parque comiendo helado de chocolate. Todo es tan distinto hoy: mi primo (20 años mayor que yo) se fue del país, mi abuela murió, la gente con la que crecí en esa colonia del norte la ciudad ya no vive ahí. Volver significaría más un relámpago melancólico, que una reedición de la dicha pasada.

No estoy segura, pero tal vez sea cierto aquello de que a los lugares donde hemos sido felices no hay que tratar de volver… A menos que se trate de regresar como quien hace su último viaje...
O tal vez no…

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agosto 29, 2009

sin palabras

Mi cabecita está bloqueada y las palabras no me salen, sólo se quedan por ahí dando vueltas sin sentido, desoyendo mis súplicas para que se acomoden a mis antojos. Creo que necesito un refresh mental o quizá sea más grave y lo que deba hacerme sea una trepanación cerebral para cambiarme este disco duro que me ha tocado en suerte tener, implantándome uno nuevo... libre de contenidos molestos y blindado contra virus varios y sentimentalismos inapropiados en estos tiempos.


Creo que mi adorado Oscar Wilde se equivocó al decir que para escribir sólo eran necearías dos cosas: tener qué decir y decirlo. Nada más incierto o por lo menos, inexacto. Si bien, como tener algo que decir todos lo tenemos, eso de ninguna manera nos asegura poderlo expresar mediante palabras escritas.  Por ejemplo, en estos momentos yo tengo un montón de ideas entrecruzadas, muchas cosas que me gustaría decir y además, siento la necesidad de hacerlo; sin embargo, al mismo tiempo me siento como atrapada tras un pesado bloque imposible de remover, el cual me impide trasladar todas esas ideas y sensaciones... a letras. 

Es curioso... pero ¿alguna vez se han sentido víctimas de una especie de succión? Porque así me siento yo, como si alguien me hubiera succionado una pequeña parte de mí. No sabría decir exactamente qué, si un fragmento de mi alma o una parte mi confianza en la gente. Lo único que sé es que cuando eso (la succión) te la hace alguien en quien confiabas plenamente -un amigo de toda la vida-, la sensación de pérdida es mucho peor, infinitamente más dolorosa. El succionador te roba un poco de calor, dejándote en su lugar... un inusitado frío y algo más de desazón. 



“Hallarse en un agujero, en el fondo de un agujero, en una soledad casi total y descubrir que sólo la escritura te salvará. No tener ningún argumento para el libro, ninguna idea de libro es encontrarse, delante de un libro. Una inmensidad vacía. Un libro posible. Delante de nada [...] Escribir es tratar de saber lo que uno escribiría si uno escribiera .” Marguerite Duras Escribir


Ustedes disculpen este sucedáneo de post... el cual, tal como los mensajes de misión imposible, se autodestruirá en cuanto deje se sentirme como se ve.

mayo 22, 2009

ciel brouillé... cielo nublado

Quisiera tener una varita mágica para dar con las palabras precisas, solo las necesarias y decirte en pocas líneas, algo tan simple como que hoy estuve pensando mucho en ti. Es extraño, porque sin ser tu cumpleaños ni ningún otro aniversario, todo el día te he estado recordando. Cuánto tiempo ha pasado ya desde tu partida; tanto desde la última vez que nos vimos. Y sin embargo, con solo cerrar los ojos puedo mirar los tuyos; volver a sonreír como si te tuviera enfrente, contagiada de la chispa, de ese brillo casi inocente que destellaban tus ojos cuando estabas contento; cuando nos reíamos a carcajadas de cualquier nimiedad, sin importarnos que la gente a nuestro alrededor pensara que estábamos locos y que eramos unos mal educados por reírnos tan fuerte. De haber sabido, me hubiera reído con más fuerza; con tanta, que aún hoy me quedaran restos de aquellas risas, para palear las ganas infinitas de llorar que siento cuando pienso en los últimos días antes de tu partida. Pero no te preocupes, ya no hago dramas; hace tiempo que deje pelearme con la vida y de reclamarle al destino por lo sucedido. Pero de continuar haciéndolo, creo que tu no me lo reprocharías; entendías como nadie mi forma de ser. Hasta hoy, sigues siendo el único hombre que no se ha asustado al ver llorar a una mujer. Y cómo hacerlo, sin en el fondo éramos tan parecidos. Aún recuerdo como si fuera ayer, aquella lluviosa tarde -como la de hoy-, cuando vimos un viejo film de Theo Angelopoulos, Paisaje en la niebla. Cómo lloramos, en silencio, pero desconsoladamente, mientras veíamos las desventuras de ese par de niños griegos, quienes en ese viaje iniciático en busca de un padre inexistente, conocerían más penas y miserias que las producidas por la pobreza que dejaban atrás. Creo que tu y yo nos sentíamos un poco como ese par de huérfanos; sabedores de que buscábamos algo que quizá no existía, dejábamos atrás la tibieza del hogar familiar, para ir en pos de un sueño que bien a bien no había seguridad de encontrar.

Hoy cayó uno de esos aguaceros que parecieran no terminar jamás; pero de pronto, justo cuando yo tenía que salir, paró de llover y un sol tímido hizo su aparición; entonces, decidí irme a caminar por esa larga avenida que tanto te gustaba. Fue cuando más pensé en ti; nos gustaba tanto caminar después de la lluvia, sentir como la humedad y el frío que llegan tras un duro aguacero, se nos iban metiendo lentamente en el cuerpo. Caminé un largo rato y disfruté sintiendo el viento fresco sobre mi cara e imaginándote mirar ese cielo medio nublado, iluminado por los últimos rayos del sol. Y sonreí. Para mi, pero sobre todo para ti. No sé si los transeúntes habrán creído que estaba loca por reírme sola. No sé, ni me importa; porque hoy me he sentido casi optimista y he pensado que quizá, no esté lejano el día en que los científicos den con la cura para esa maldita enfermedad que te arrebató la vida, como se la ha arrebatado a tantos otros. Y qu
isiera creer que un día de estos, ese virus dejará de ser visto y señalado bajo el velo de la moralina y la hipocresía. Sé que esto último te haría feliz, llenando de luz a tus maravillosos ojos que tanto extraño.


Tu mirar se diría, que en un vapor se pierde;
tu mirar misterioso -¿es azul, gris o verde?-,
alternativamente tierno, cruel, soñador,
refleja la indolencia del cielo y su color.

Recuerdas esos días blancos, tibios, velados,
que hacen fundirse en lágrimas los pechos hechizados,
cuando los nervios, víctimas del mal que nos agita,
muy despiertos, se burlan del alma que dormita.
[Ciel Brouillé, Charles Baudelaire. Fragmento]

agosto 19, 2008

malestares del alma

 
 
No hay nada en mi cabeza. O más bien, hay un cúmulo de ideas sueltas; pocas coherentes; las más, absurdas... locas. Absurdo e incoherente como de pronto y sin un motivo aparente, me vinieron a la mente las últimas líneas de El amante de Marguerite Duras:

"Y después ya no supo qué decirle. Y después se lo dijo. Le dijo que era como antes, que todavía la amaba, que nunca podría dejar de amarla, que la amaría hasta la muerte."
Creo que nada vuelve a ser como antes; aún así, encuentro algo bueno en esa casi imposibilidad (para dejar un resquicio a los optimistas): queda la nostalgia, la melancolía; sensación que para la mayoría equivale a depresión, para mi no lo es.


Hace unos días en la Gandhi ojeaba un libro del escritor turco Orhan Pamuk (Estambul. Ciudad y recuerdos) el cual, a juzgar pro lo que alcancé a leer, vendría a ser como un canto melancólico, nostálgico, a la ciudad de su niñez, a la ciudad de su padre; aquella ciudad que desde la lejanía del tiempo intenta recuperar; Pamuk utiliza una palabra turca Hüzün, que dice proviene del Corán y fue empleada por el profeta refiriéndose a la sensación de melancolía.]

En algún lado leí que los griegos consideraban a la melania kolis, bilis negra, pasión negra, como una enfermedad, malestar(es) del alma; no en un sentido poético; y al parecer Pamuk comparte esa idea, no obstante que su libro, desde la foto de la portada, me dio la idea de ser melancolía pura. Quizá porque la melancolía, la nostalgia -siguiendo esa idea del Corán y de los griegos-, más que otra cosa encarna sentimientos de pérdida [amores idos o que no pudieron ser; lugares dejados], muchos la reniegan. No obstante, aun significando tristeza ante la pérdida, la nostalgia también permite una forma de recuperación. Es cierto que el ayer no se revive de manera exacta -ni que habitásemos en una película de ciencia ficción- pero a pesar de ello, al menos para mí, lo que me pone nostálgica o melancólica: canciones, películas, fotografías de ciertos sitios, relatos, poemas [Viaje a Portugal de José Saramago, es otro regreso al país de la infancia; el periplo del escritor lusitano acompañado de una perenne llovizna, no podría ser más melancólico… y yo sin conocer Lisboa], me traen de nuevo las imágenes y sensaciones de tiempos idos, de pueblos y ciudades añorados; de esos momentos que algún día me hicieron pensar, por cursi que suene, que la vida bien podría detenerse ahí, tan solo por la bendición de eternizar ese instante.


Bilis negra, malestar del alma o no, regreso siempre, ya sea con gusto, dolor y hasta desesperación... a la nostalgia, la melancolía…


junio 10, 2008

Ya llovió desde aquel tiempo hasta hoy

Normalmente no me gusta andar en la calle cuando llueve. Será porque [aunque suene a cliché] a mi la lluvia me provoca un estado de ánimo mezcla de romanticismo y melancolía… y no es que me moleste. Todo lo contrario, me gusta. Más el estado de melancolía, que la lluvia en si misma –una tromba como la acaecida el viernes pasado en el sur de la Ciudad, me pareció todo, menos propiciatoria del romanticismo o la melancolía.
Y dicen por ahí que las lluvias torrenciales arrasan con casi todo, pero hay algo que ni la tormenta más larga e intensa consigue llevarse: los recuerdos. Al menos en lo que a mi respecta, lejos de alejármelos, la lluvia me hace evocar momentos, imágenes, circunstancias que creía olvidados. 


Como ayer cuando el amanecer frío y lluvioso me remontó a una lejana mañana de junio, también lluvioso, en otra época y en otro lugar. De pronto, el tiempo retrocedió y me vi de nuevo en aquella ciudad, aquel mediodía cuando soplaba un viento frío que arrastraba consigo la perenne llovizna. Y en aquel tiempo, en aquel lugar, no me molestaba estarme mojando, ni sentir frío; yo caminaba sin prisas, sin molestias, casi disfrutándolo, pese al viento que volaba mi boina y a la lluvia que golpeaba suavemente mi rostro; yo proseguía mis pasos lánguidos, mientras cruzaba el puente sobre el río de aguas ennegrecidas por los residuos de la famosa cervecería situada en uno de sus costados. Caminaba y pensaba cuánto había soñado con estar ahí, poder caminar por esas calles y cruzar ese río, como para que ahora que por fin lo estaba haciendo, una llovizna y un viento me vinieran a echar a perder el momento. Eso no. Y seguí caminado, disfrutando y mojándome.
Y como es la vida, lo que son las circunstancias, pues ayer mientras recordaba aquella mañana de junio, me dolía dejar mi cama, me pesaba meterme a la regadera y tener que vestirme... tan solo porque afuera hacía frío y lloviznaba ligeramente; porque, en lugar de caminar con pasos lánguidos sobre el puente que cruza el río ennegrecido, tendría que caminar con prisa por las calles húmedas y resbalosas de la ciudad de México, para dirigirme ya no a la taberna ubicada en una pequeña callecita cercana a la Catedral, sino a mi oficina situada en la avenida más larga de México. Y ya no sé si fue la lluvia, si fue el viento o si fue el frío que me recorría por todo el cuerpo, aún estando vestida como para invierno, pero ayer añoré como nunca el viejo puente que cruza aquel río de aguas ennegrecidas.

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agosto 22, 2007

De lluvias, negruras y hororres

No puedo evitar que la lluvia citadina trastoque mi estado de ánimo, me dan ganas de estar en cualquier parte (bueno cualquiera, cualquiera lo que se dice cualquiera, no) menos en mi oficina. Tampoco puedo evitar sentir cierta melancolía, añoranza por días lluviosos ocurridos en otro tiempo, en otro espacio. Hoy ha llovido intermitentemente durante todo el día, al menos desde las 7:00 AM en que salí de mi casa así ha estado y no parece que vaya a mejorar. A la par que el clima decae, mi mente se torna sombría, idónea como para componer el poema más lúgubre que sea posible, pero no puedo. Hay quien dicen que para sentirse poeta no hace falta llamarse Charles Baudelaire o Jorge Luis Borges, que es cosa de estar un poco loco y dejarse ir. Creo que eso no es cierto; al menos en mi caso no funciona, la poesía simplemente no se me da; lo de estar medio loca, sí, pero con eso no me basta. Mejor recurrir a otros que sin apellidarse Baudelaire o Borges, han sido poetas, escritores y, por supuesto, han estado medio locos, o quizá demasiado lúcidos.


Eres el horror...

Eres el horror de la noche
te amo como se agoniza
eres frágil como la muerte.

Te amo como se delira
sabes que mi cabeza muere
eres la inmensidad del temor

Eres bella como matar es bello
con le corazón desmesurado me ahogo
tu vientre está desnudo como la noche
.


Tengo frío...

Tengo frío en el corazón y tiemblo
desde las profundidades del dolor te llamo
con un grito inhumano
como si pariera.

Tu me ahogas como la muerte
lo sé desgraciadamente
sólo te encuentro agonizando
eres bella como la muerte.

Todas las palabras me ahogan
.


Georges Bataille

febrero 28, 2007

Melancólica o deprimida

Durero, Melancolía
Edward Munch, Melancolía















Me ocurre que cierto tipo de música, algunas imágenes, libros o películas, “me ponen melancólica”. Por ejemplo, al leer Viaje a Portugal (José Saramago) no pude evitar sentir la melancolía surgida en el narrador (casi placentera, casi envidiable) al ir recorriendo aquellos sitios cuyas imágenes y sensaciones alojaba su mente.

Yo nunca he estado segura expresar con esa frase “tan hecha” (como me ocurre con otros “lugares comunes” utilizados a menudo) lo que en verdad estoy sintiendo. ¿Será que estar melancólica es lo mismo que estar deprimida, o es erróneo utilizar ambos términos indistintamente? O peor aún, he llegado a preguntarme si el registrar periodos de melancolía equivale a que estoy a un paso del al manicomio, si soy un caso perdido, o si en el fondo tengo tendencias autodestructivas. Para salir de dudas y en forma muy elemental me busqué definiciones de ambas expresiones.

Según los diccionarios de la Real Academia y el Pequeño Larousse Interactivo, aunque tienen significados emparentados registran una diferencia derivada de la profundidad o dimensión de estas sensaciones.

El Pequeño Larousse define la melancolía como
f. (lat. melancholiam; del gr. melas, anos, negro, y khole, bilis). Propensión a la tristeza nostálgica y suave.

Mientras que la definición de la Real Academia
f. Tristeza vaga, profunda, sosegada y permanente, nacida de causas físicas o morales, que hace que no encuentre quien la padece gusto ni diversión en nada


En cuanto al significado de la depresión, la cosa se pone más seria,
El Pequeño Larousse la define así
f. (lat. depressionem). Acción y efecto de deprimir o deprimirse. 1. Estado patológico caracterizado por un decaimiento del sentimiento del valor personal, por pesimismo, y por la inhibición o disminución de las funciones síquicas.
La acepción 2 del mismo diccionario, amplia el significado
2. La depresión abarca distintos grados, desde la forma más profunda (melancolía) hasta distintas depresiones neuróticas de carácter reactivo. Se caracteriza por una disminución de la actividad síquica e intelectual, así como por la presencia de autoacusaciones de culpas imaginarias o exageradamente aumentadas. Hay un deseo de la propia muerte que se traduce a nivel somático por una sensación de cansancio y de falta de ánimo. Emparentada con la depresión está la psicosis maníaco-depresiva, en la que alternan episodios maníacos y episodios melancólicos
.

[Utta , ahora si que para "deprimirse en serio" nada más de saber hasta donde puede llegar una simple “depre”]

L Real Academia es más parca en su definición
f. . f. Acción y efecto de deprimir o deprimirse.
Síndrome caracterizado por una tristeza profunda y por la inhibición de las funciones psíquicas, a veces con trastornos neurovegetativos


Hasta aquí los diccionarios

Fue bueno constar los “conceptos oficiales” pues, según mi conveniente interpretación, solo soy una melancólica ocasional y no una maniaco-depresiva con tendencias suicidas.

No obstante, necia y rebuscada que soy, para mi la melancolía es la sensación de tristeza asociada a la pérdida o extrañamiento por algo o de alguien; al recuerdo de un tiempo(generalmente más feliz), un poco como la letra de

Les feuilles mortes (Jacques Prévert):

Oh ! je voudrais tant que tu te souviennes
Des jours heureux où nous étions amis.
En ce temps-là la vie était plus belle,
Et le soleil plus brûlant qu'aujourd'hui.
Les feuilles mortes se ramassent à la pelle.

Quizá por eso es que también me gusta la definición de melancolía de Marcel Proust
No hay melancolía sin memoria,
ni memoria sin melancolía.

O la visión de Víctor Hugo que yo calificaría de positiva, sin asomo de culpa
La melancolía es
la dicha de estar triste.

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Concluyendo este choro sin ton ni son, yo solita me pregunto, me contesto y me consuelo. Al fin que ni Freud ni Jung andan por aquí para analizarme y darme un diagnostico desagradable.

diciembre 07, 2006

El dolor de estar sin tí

Para yz

Ausencia

Habré de levantar la vasta vida
que aún ahora es tu espejo:
cada mañana habré de reconstruirla.

Desde que te alejaste,
cuántos lugares se han tornado vanos
y sin sentido, iguales
a luces en el día.

Tardes que fueron nicho de tu imagen,
músicas en que siempre me aguardabas,
palabras de aquel tiempo,
yo tendré que quebrarlas con mis manos.

¿En qué hondonada esconderé mi alma
para que no vea tu ausencia
que como un sol terrible, sin ocaso,
brilla definitiva y despiadada?

Tu ausencia me rodea
como la cuerda a la garganta,
el mar al que se hunde.


Jorge Luis Borges