escribir

Escribir: tratar de retener algo meticulosamente, de conseguir que algo sobreviva; arrancar unas migajas precisas al vacío que se excava continuamente, dejar en alguna parte un surco, un rastro, una marca o algunos signos.[Georges Perec]

Mostrando las entradas con la etiqueta del amor y otros demonios. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta del amor y otros demonios. Mostrar todas las entradas

abril 18, 2014

el inventor del hielo...

Últimamente nomás vengo a ese blog para hablar de muertos. Qué cosa. Pero ni hablar, ayer murió Gabriel García Márquez y para no caer en las cursilerías que tan bien se me dan, mejor dejo el artículo de Juan Villoro publicado hoy en el diario Reforma, en el que rinde un sencillo pero bello homenaje al escritor colombiano (y sin necesidad de caer en las hipérboles, hipocresías o perdonavidismos tan comunes en estas ocasiones). 





García Márquez, el inventor del hielo
Juan Villoro (18-Abr-2014)

Gabriel García Márquez solía recordar que llegó a México el día de la muerte de Hemingway. Ciertos momentos se definen por lo que perdemos: el 17 de abril de 2014 falleció la única persona que hubiera escrito bien esa noticia. Desde sus primeras crónicas, publicadas en Cartagena de Indias y Barranquilla, García Márquez decidió que la realidad es una rama de la mitología, llena de cosas tan difíciles de probar y tan inolvidables como éstas: no hay nada más dramático que una negra engreída, suicidarse es una forma de ser chino y el azúcar murmura cuando sube a las naranjas.

Después del asesinato del político liberal Jorge Eliécer Gaitán, la prensa colombiana pasó por una fuerte censura. Imposibilitado para cubrir acontecimientos, el joven García Márquez narró la vida íntima de un bandoneón, los problemas de tráfico causados por los muertos y el desconcierto producido por una vaca que se creyó urbana.

Como su maestro Daniel Defoe, renovó el periodismo para renovar la literatura. El autor de Robinson Crusoe tuvo que llegar a los sesenta años para describir el desconcierto que produce una huella en la arena de una isla desierta. Nacido en Piscis –signo aliado de la fortuna—, García Márquez encontró más pronto a su náufrago. José Salgar, encargado de la cocina de El Espectador, bajó la escalera en espiral del diario y pidió al joven periodista de Aracataca (al que apodaban como Trapo Loco por su fantasiosa mezcla de ropas) que escribiera el relato de un náufrago. Todo mundo conocía la noticia. García Márquez encendió un cigarrillo pensando en pretextos para negarse, pero el diálogo lo llevó a una revelación: podía escribir en primera persona, como Crusoe en su isla. Los lectores conocían la información, pero nadie, ni siquiera el náufrago, conocía la vida interior de la información.

García Márquez entendió el periodismo en clave cervantina. Los datos que el mundo pone frente al Quijote son arbitrarios, abigarrados, caóticos; se trata de "noticias". Desde su perspectiva, la época ha enloquecido; desde la perspectiva de la época, él ha enloquecido. Gracias a este desfase, todo se comprende dos veces: con la mirada alucinada del Quijote y con la sensatez del entorno. El resultado es la literatura moderna. A los 53 años, Alonso Quijano concluye su aventura de lector absoluto, transformando la realidad en libro. A los 19 años, García Márquez inicia su aventura narrando la realidad como fábula.

En un buen reportaje los detalles son inobjetables y la trama tiene la desmesura de lo que sólo es lógico porque así sucedió y puede ser probado. Con esa estrategia, García Márquez escribió dos obras maestras de la novela breve: “El coronel no tiene quien le escriba” y “Crónica de una muerte anunciada”. El narrador actúa como reportero de investigación de sus propias creaciones. Los datos son tan exactos que no dudamos del resto.

En sus clases en la Fundación de Nuevo Periodismo, Gabo recordaba que "la ética debe acompañar al periodismo como el zumbido al moscardón". Para el novelista, la apariencia de realidad es el zumbido del moscardón. El episodio de “Cien años de soledad” en que Remedios la Bella sube al cielo no es un triunfo de la exageración sino de la exactitud. La chica, de por sí etérea, sale a un patio donde las sábanas se secan como velas de navío. La escena va por buen camino pero le falta "realidad". Un reportero que ha cubierto homicidios sabe que si la víctima lleva calcetines de distintos colores es porque se vistió en la oscuridad. Con el mismo sentido de la precisión, García Márquez buscó un dato para apuntalar su fantasía. Acercó a Remedios a una taza de chocolate; un líquido espumoso, ascendente. Buen combustible. Cuando ella lo bebió, no hubo Dios que la parara.

El cronista de la fabulación ofrecía informes únicos: el gasto militar del planeta podría usarse para perfumar de sándalo las cataratas del Niágara... la conquista de la luna no dejó otro saldo que una bandera en una tierra sin vientos...

Hay cosas cuyo valor depende del deseo. En el primer capítulo de “Cien años de soledad”, García Márquez brindó una exclusiva del trópico: el hielo es el gran invento de nuestro tiempo.

Descubrir el agua tibia no tiene chiste; reinventar el hielo fue un golpe de genio, la noticia que sólo podía dar el mayor reportero de la imaginación latinoamericana.

[© Derechos Reservados 2013 C.I.C.S.A. de C.]

***

abril 24, 2012

de vidas ajenas




Areli y Germán [o de cómo las parejas infelices… lo son cada una a su manera.] El dolor de aquellos a quienes quieres te duele, sobre todo, porque no puedes hacer nada para atenuarlo. Ambos eran mis mejores amigos. Ella, la mujer que yo admiraba en muchos sentidos [mayor que yo, inteligente, sensible y amante del ballet.] Él, uno de los dos compañeros de estudios más inteligentes que he tenido: mientras los demás leíamos a Marx y a Weber en español, él los leía en su idioma original [y luego nos los explicaba.] Ella no era bella en la acepción clásica y occidentalmente impuesta del término, pero a cambio tenía un cuerpo esbelto y elástico [estilizado por años de práctica del ballet.] Él era lo que se dice un gran partido: alto, apuesto, culto en un país de incultos… y algo taciturno. Todo en la dosis precisa. Y me adoraba... como amiga. Solía decir que yo, cuando se me pegaba la gana, podía tener orgasmos intelectuales. Cosa curiosa, dado mi espíritu cursimente romántico, jamás me enamoré de él, pero sí llegué a quererlo mucho. Creo que siempre intuí que había algo diferente en él [no era nada amanerado; todo lo contrario, muy masculino], que siempre me mantuvo con un rara distancia. Por ello, cuando por fin se animó a confesarme que era homosexual [a su regreso de París donde vivió algunos años haciendo estudios de posgrado], para mí no fue ninguna sorpresa. Lo que nunca dejó de serlo fue la relación casi ofensiva que mantenía con ella. Ella conoció de su homosexualidad muncho antes que yo, incluso sabía de sus compañeros masculinos casuales, lo acompañaba a los bares gay de la zona rosa y luego de verlo ligar y hasta besarse con algún caballero, terminaba teniendo sexo con él. Así por años. Hasta que él se fue a Francia. Pero antes, en el inter, ella se embarazó de él y sólo se atrevió a decírselo cuando ya tenía tres meses de embarazo y él estaba a días de irse. La reacción de él, obvio, no fue nada amable. Le reprochó muchas cosas, la acusó de quererlo chantajear, y al final le dio el cheque para que pagara el aborto. Terrible colofón para su patológica relación. Aunque en realidad no fue un colofón. Al menos no para ella, que durante mucho tiempo continuó aferrada a él, a su recuerdo, a la idea de una relación de pareja que como tal sólo en su mente había existido. Largo periodo de sufrimiento de ella. Una situación por momentos desesperante, porque ella se evadía, fingía que nada pasaba, gastaba fortunas en llamadas telefónicas transoceánicas, iba su casa [la de su familia], hacía migas con su mamá, con las hermanas, con su padre y hasta con el antipático de su hermano. Aún hoy me cuesta creer que ella pensara que de tanto quererlo, de tanto insistir, él respondería de otra forma, la querría un poquito. Triste. En ese punto de la historia reconsideré aquella máxima de la distancia y el tiempo son el olvido. Casi tres años separados. Apenas una escueta —aunque cortés—carta en la que él se limitaba a recordarle que entre ellos nunca había existido una relación amorosa, que sólo la había querido fraternalmente, que se sentía mal por haber dejado que las cosas llegaran hasta donde llegaron, pero que ya era tiempo de que ella diera vuelta a la página. Y nada. Ni ese lacónico finiquito, ni el largo silencio que siguió a esa carta, lograron que ella intentara voltear hacia otro lado. Durante todo ese tiempo yo me mantuve a dos fuegos. La acompañaba a ella en su dolor al mismo tiempo que mantenía comunicación abierta y constante con él. El papel más difícil que me ha tocado jugar, sobre todo porque a esa edad no tenía ni la experiencia ni la madurez para, al menos, tratar de comprenderla mejor. Estar entre ambos y no poder hacer más nada. De este lado del océano trataba de ayudarla, distraerla, hablarle claramente. Luego me arrepentía, me sentía mal por querer hacer entrar en razón a alguien, cuando yo no alcanzaba a comprender a cabalidad sus tribulaciones. Del otro lado, en mi comunicación epistolar y telefónica con él, poco a poco iba entendiendo las razones de quien más allá de sus laureles académicos no dejaba de ser un chico frágil e inexperto para enfrentar y aceptar muchas cosas, apenas asumido en su egoísmo por no haber hecho nada para evitar que su amistad deviniera en aquella relación tan dispareja, en la que ella amaba [o eso creía] y él sólo dejaba que las cosas sucedieran. Y a su modo, él también sufría. Llevar una doble vida le consumió mucho. Al menos hasta antes de irse del país. Sólo hasta su regreso, cuando me habló de su escondida preferencia sexual, tuve una idea aproximada de lo que debió padecer desde la temprana adolescencia. La procesión interna que le habrá significado saberse distinto y no poder decirlo abiertamente. Y aunque hacerlo no le otorgó la felicidad en automático, al menos le permitió encontrar un poco de paz. En cuanto a Areli, finalmente el tiempo, la distancia, la vida y sus inercias, hicieron lo suyo y un buen día encontró el equilibrio. Cuatro años después de la partida de Germán la encontré tranquila, extrañamente madura, lejos de la exultante intensidad de sus años universitarios. Se veía bien, ya no padecía aquellos recurrentes ataques de ansiedad, sus súbitos cambios de humor. ¿Era feliz? No lo sé. Al menos no sufría. ~


~

Imagen: fotograma del film De battre mon coeur s'est arrêté [2005, de Jacques Audiard]

***

febrero 17, 2012

un cuento de amor... [o ¿el amor es un cuento?]

Anne-Julie Aubry



AMOR I [Él]

A ella le gusta el amor. A mí no. A mí me gusta ella, incluido, claro está,
su gusto por el amor. Yo no le doy amor. Le doy pasión envuelta en palabras,
muchas palabras. Ella se engaña, cree que es amor y le gusta; ama al
impostor que hay en mí. Yo no la amo y no me engaño con apariencias, no la
amo a ella. Lo nuestro es algo muy corriente: dos que perseveran juntos por
obra de un sentimiento equívoco y de otro equivocado. Somos felices.
[...]
AMOR II [Ella]
Pretende que yo estoy enamorada del amor y que a él sólo le interesa el
sexo. Dejo que lo crea. Cuando su cuerpo me estremece, lo atribuye a sus
muchas palabras. Cuando mi cuerpo lo estremece, lo atribuye a su propio
ardor. Pero me ama. Y no lo saco de su engaño porque lo amo. Sé muy bien que
seremos felices lo que dure su fe en que no nos amamos.
…………

[Raúl Brasca, escritor argentino]

........................


Y para terminar, otro cuento de amor, uno de leyenda. No exactamente como dicen que sucedió, sino como yo quiero creer que pasó:

Penélope y Ulises... y la otra
 
A fin de mantener a sus hijitos a salvo de cualquier tipo de daño, las madres abnegadas les aconsejan alejarse de las malas mujeres. Y como un cliché tendencioso nunca viene solito, suele suceder que a la mayoría de los hombres son precisamente esas malas mujeres las que más les atraen. Y para tener la tercia completa, podría decirse que sin esa desobediencia masculina hacia los consejos de mamita, la literatura y el cine nos habrían privado de un sinnúmero de personajes masculinos llevados a la perdición por culpa de una mala mujer. Y, claro, de no ser por ese tramposo cliché quizá no habríamos conocido a tantas mujeres —reales y ficticias— cuya mala fama ha sido directamente proporcional a su inteligencia y a la fascinación que nos han provocado… como Circe, quien bien podría ser considerada una de las primeras femme fatale de la historia.


Circe, la leyenda le atribuye poderes de hechicera: dicen que acostumbraba convertir en cerdos a los hombres. Según quien lo cuente, únicamente lo hacía con quienes la rechazaban —cosa difícil de creer, dada la belleza y artes seductoras que la propia mitología le atribuye—, o con todos por igual, sólo por dar rienda suelta a su in infinita maldad. A saber. El tema es que Circe empata con esa creencia de que las malas mujeres son las causantes de las mayores desgracias masculinas. Bien mirada, esa tendenciosa idea no debería molestarnos tanto a nosotras como a los hombres, pues es a ellos a quienes hace ver como seres pasivos, carentes de voluntad y capacidad de decisión, siempre a expensas de lo que esas malas, malísimas damiselas quieran hacerles. Y como casi siempre ocurre, los mismos que imponen estereotipos de mujeres buenas y malas, son los proveedores del antídoto, en este caso, vestido de redención: las malas mujeres son susceptibles de redimirse... merced al amor. Y hasta ahí llegó su el encanto, porque lo que sigue es verlas gimotear como en cualquier telenovela cursi que se respete… y ni Circe se escapa de esta melcochosa redención.


Ya conocen la historia de esa feliz pareja formada por Ulises y Penélope. Él, un gran guerrero y ella... una buena y docilita mujer, a quienes tanta dicha ya les había aburrido un poquito y como no era cosa de andarse con monerías del tipo: "vamos a darnos tiempo", mejor buscarse alguna guerra, que nunca faltan. Claro, no cualquiera, sino la muy célebre Guerra de Troya [si Ulises fuera nuestro contemporáneo, bien podría irse a luchar contra el Banco Europeo, el FMI, el Banco Mundial, Herr Merkel y demás saqueadores del capitalismo salvaje]. Así que hacia allá partió Ulises con un doble objetivo: ser héroe y librarse de la rutina matrimonial; se marchó en pos de laureles y dejó sola a Penélope. Y como ella era una buena mujer, no le quedaba más remedio que guardar la compostura y esperar a que su marido regresara... en veinte días, veinte semanas, veinte meses... o veinte años.


Firme se mantuvo Penélope a la espera de su amado, tejiendo lienzos interminables para alejar de su mente los malos pensamientos y de su ser entero las tentaciones, que no fueron pocas. Y mientras ella tejía y tejía, Ulises libraba batallas, conocía otros mundos y... otras damas. Una de ellas, Circe, quien lo recibió en su isla-reino, ofreciéndole casa y comida a él y a sus compañeros, cuando éstos se encontraron extraviados y devastados. Pero como según la mitología, ella es la mala mujer de esta historia, sólo les brindó abrigo para poderlos convertir en cerdos. A todos menos a Ulises... pues si no quién iba a ser el héroe del cuento. Tan heroico él que únicamente aceptó la hospitalidad de Circe para poder salvar a sus amigos del maleficio porcino. Y en este punto es donde entra la redención, pues Circe quedó tan enamorada de Ulises que no sólo no lo convirtió en un lindo cerdito, sino que rompió el hechizo de sus compañeros, no sin antes caer a los pies del hijo pródigo de Ítaca clamando su perdón e implorándole un poquito de amor. Y él, en una muestra de su infinita generosidad, la perdonó y aceptó quedarse a vivir a su lado unos añitos... nada más para que nadie fuera a dudar de la sinceridad de su perdón o a decir que era un mal agradecido. Y después de ese tiempo —durante el cual no dejó de pensar en Penélope ni un solo día, según dice Homero—, llegó un momento en que ya no pudo con la nostalgia y decidió emprender el regreso a la añorada Ítaca y abandonar a Circe, con quien ya había procreado algún vástago según cuenta la mitología.


A punto de lanzar improperios contra Homero y el héroe de Ítaca, venturosamente el mito —por tanto usted crea lo que mejor le plazca— nos abre la posibilidad de un inesperado happy end. Casi como si de una venganza dantesca planeada se tratara —por Edmundo Dantes, no por el infierno de Alighieri: a la muerte de Ulises, Penélope y Circe se hicieron amigas y terminaron sus días viviendo en familia —junto con los hijos que cada una había procreado con el mítico héroe— en la isla-reino de Circe, con sus vidas amorosas rehechas y sin pasar penurias de ningún tipo...


Casi como final de telenovela, con la femme fatale redimida como toda una señora felizmente casada y con su ex-rival convertida en su mejor amiga. Aun así, no deja de ser una ironía… aunque no sabría decir quién rio más al último… si Ulises o ellas.

*****


marzo 22, 2011

y fueron felices



Como todos, incluidos los poetas -buenos y malos, duros y cursis-, yo también me he preguntado, me pregunto a diario, ¿a dónde van a dar los sueños no realizados? ¿quién se encarga de levantarlos y darles los santos oleos, antes de que terminen perdidos en los confines de la nada?

Nuestros sueños felices. La reencontré en un parque muchos años después. Fue verla y volver a los días de preparatoria. Fuimos tan amigas, tan unidas, hasta que un mal día la vida (nos) pasó y dejamos de vernos. Sin motivo, sin pleitos o desencuentros amargos de por medio. Simplemente nos separamos. La vida es una novela. Dicen. Y como en la literatura, abunda la variedad en calidad y estilo. Algunas son mejores que otras; unas más complejas, otras más divertidas y ligeras. Unas extraordinariamente bien escritas, otras nomás escritas. Unas puro cliché, otras con aliento diferente. Las hay cuya prosa luce sobrada de florituras. Mientras otras, discurren libres de excesos, casi llanas. Tantos estilos y matices. Y ella –que más bien leía poco- quería que su vida fuera como una novela. Una despejada de caminos torcidos y sobresaltos. Y, por supuesto, con final feliz. La conocí cuando yo tenía quince y ella casi cumplía 18; recién entradas a la preparatoria. Ariadna. Había llegado a la prepa a la edad en la que normalmente se egresa, pues al salir de la secundaria en lugar de seguir el curso normal de sus estudios se había tomado casi tres años sabáticos, durante los cuales viajó, vivió un año en Washington y tiró la flojera. Nos hicimos amigas contra todo pronóstico. Ella, extrovertida, fumadora impenitente y sólo asistente a la escuela porque no le quedaba de otra. Yo, tímida, fresa sin remedio que no fumaba ni cigarros de chocolate y amante de la escuela y de leer en las horas libres en que ella prefería irse a no hacer nada las canchas de básquet. Y sin embargo, también contra todo pronóstico, era ella quien ejemplificaba ese concepto un tanto peyorativo de «estudio mientras me caso». Soñaba con una hermosa boda religiosa y vestido de novia hecho en Italia, casita con techo de dos aguas y jardín poblado de geranios, dos críos y un perrito. Tan idílico como en una novela romántica. Aún me parece recorrer con ella las empedradas calles del barrio Tlacopac, al sur de la Ciudad de México, en donde se localizaba la casa de sus sueños. Al escucharla y ver el brillo de su mirada mientras hablaba de los hijos que tendría, de lo feliz que sería con esa vida de novela, yo sentía un poco de pena. No por ella, sino por mí. Yo jamás tuve sueños así. Ni casita con techo de dos aguas, ni par de hijitos y menos perrito. A mí me gustaban (gustan) los gatos [Huraños, independientes, solitarios y algo egoístas, los gatos, como dijo algún poeta francés, se parecen tanto al hombre que por eso sólo pueden ser amados u odiados por este. Sin medias tintas]. Cuánto tiempo ha pasado desde aquellos sueños. Cuánto desde las tardes de aquellas caminatas. Creía que siglos, pero el día que la reencontré, mientras platicábamos, por un instante fue como si apenas ayer camináramos por Tlacopac. Pero no. Fue hace mucho tiempo. En otra vida. Al menos eso parecían decir sus ojos desnudos de aquel brillo adolescente. La hallé tan cambiada. Lo de menos era que ya no manejara auto deportivo del año o que no viviera su sueño de casita con techo de dos aguas. No tiene eso, pero sí un hijo. Un hermoso niño. Me recordó tanto a su padre (el de Ariadna) y así se lo dije, a lo que ella respondió: sí, gracias a Dios mi hijo salió a mi papá y no al suyo. Eso es romanticismo, le dije queriéndome hacer la graciosa. Y entonces, a manera de réplica, resumió lo que había sido su vida en los años que no nos vimos. Así, hasta llegar a los pormenores de su embarazo y maternidad. Mientras iba desgranando los efectos nocivos de las crisis económicas en su otrora pudiente familia, los líos de sus mujeriegos hermanos, las intermitencias de la muerte y demás, yo la miraba recordando el pasado, sin poder evitar pensar que al final de cuentas, su vida, la de su familia, sí había sido como de novela. No tan idílica; sólo real. Y la cereza en el pastel en su búsqueda de la vida soñada, llena de saltos inesperados, había sido un hombre que, por decirlo en términos civilizados, representaba la antítesis del cohabitante idóneo de la casita con techo de dos aguas, jardín, dos críos y perrito. Justo de quien fue a quedar embarazada. Y él, como mandan los cánones de la irresponsabilidad, salió corriendo en cuanto lo supo. Pero ella -contrario a lo que habría profesado unos años atrás- decidió que quería ser madre soltera y vivir una vida de novela menos idílica y ensoñada; sólo real y normal a su manera. Como para esa frase de Tolstoi –en Ana Karenina- que tanto me gusta:
Las familias –y novelas- felices son todas iguales. Las infelices, lo son cada una a su manera.

****

febrero 14, 2011

recordar sin querer...

The edge, photo de Marie Gloredel.



Nunca he creído en las encuestas, pues me parecen poco representativas del grueso de la opinión pública. Eso por no mencionar que a menudo resultan muy sesgadas, pues en la mayoría de los casos han sido diseñadas para buscar un resultado determinado. Claro que como en todo habrá sus excepciones y no todas las encuestas serán tendenciosas ni tramposas. En fin. La cosa es que tal como reza el refrán de lo que no puedas ni ver en tu casa lo has de tener… a la que menos le gustan las encuestas… a esa encuestan. Y esa, como habrán adivinado, soy yo. Mediodía de un domingo soleado, todavía con ese sol de invierno que más que calentar quema sin piedad, caminaba yo por una calle al sur de la Ciudad de México.... caminaba con prisa pero algo distraída, ocupada en mis divagantes pensamientos, cuando de pronto una se detuvo a mi lado y después de un buenas tardes me dijo

- ¿Me permites hacerte un par de preguntas? Por favor. No te robo ni cinco minutos".

A su ansiosa y algo cansada expresión (me dio la impresión de que los transeúntes no se habían dignado ni en darle un no), la chica aunaba un rostro tan asoleado que me fue casi imposible negarme y antes de pensar en una excusa decente, me vi escuchando su primera pregunta:

-¿Recuerdas cuándo fue la primera vez que te enamoraste?

O sea: ¿cómo alguien puede preguntarte semejante cosa un domingo al medio día, bajo un sol quemante y frente a un vendedor de globos (obvio: la mayoría en forma de brillantes y rojísimos corazones)?  En ese momento me arrepentí de mi amabilidad ciudadana y deseé huir muy lejos... pero ya era demasiado tarde. Lo peor fue que… sí me acordé. Claro como era el día de ayer, soleado y con cielo azulísimo, hice un viaje al pasado -muy pasado- y vi frente a mis redondos y curios ojos el rostro de un niño de pelo oscuro y lacio, vestido como polos de cuello alto en color azul plumbago o marino, sentado en la banca de hasta adelante y siempre volteando hacia atrás (no parecía sentirse muy feliz de ser el primero de la fila y quedar tan cerca de la Miss). Ambos teníamos cinco años y cursábamos segundo año de kindergarten. Lo recuerdo perfecto y no sólo en el salón de clases, también el patio escolar a la hora del recreo o en la foto en la que aparecemos todo el grupo (pequeño, en realidad) con la Miss Jenny en medio. Muchos años después cuando estaba en la Preparatoria y vi por primera vez Los cuatrocientos golpes, una escena dentro del salón de clases donde aparece Antoine Doinel sentado en una banca y mira con esa forma tan suya hacia la cámara, me hizo recordar al pequeño escolapio de mis amores infantiles. Sería el suéter, sería no sé qué, pero el entrañable personaje del film de François Truffaut me lo trajo a la memoria. Pero desde entonces nunca más había vuelto a pensar en él… hasta ayer. Quién hubiera creído… que una encuesta callejera me haría recordar algo tan oculto en los entresijos de mi tramposa memoria.

La segunda pregunta, fue la más obvia de toda obviedad:
-Y tú ¿cómo celebras el día de San Valentín?

Y mi respuesta, otra obviedad:
-Yo no celebro el día de San Valentín.

Lo cierto es que con o sin encuestas de ocasión, la ciudad y los comerciantes (sea en las grandes tiendas, tianguis o puestos callejeros) insisten en recordarnos que debemos festejar al amor y a la amistad porque es día de San Valentín. Con resultados contradictorios. Y frente a ellos un efecto, quizá el único que no buscaban, es uno opuesto y nada fotogénico, menos vendible: restregar en el rostro de no pocos hombres y mujeres su soledad, la soledad que anida en la sociedad en tiempos de auge de vida virtual. Tiempos en los que las pasiones fugaces, seducciones improbables, equívocos y desilusiones signan una terca búsqueda amorosa.


******

septiembre 23, 2010

azarosa revuelta visceral

Chiho Aoshima.building head chameleon (2006)



Ella no creía en eso que llaman destino. Fiel a su terquedad, pensaba que el destino, como el cuello del cisne del poema, podía torcerse -en un sentido distinto al de los versos de González Martínez-. Mirándolo bien, más que terquedad, quizá lo que alimentaba su férrea creencia era una ingenuidad desmedida. Misma que la había mantenido, hasta ese día, reticente a creer que sus encuentros y desencuentros, hallazgos y pérdidas, aciertos y equívocos… eran cosa del destino, como establecidos al momento de su nacimiento. Y por el contrario, desde que ingresó oficialmente a la adultez, y tuvo la disposición para mirarse como quien se observa a través de la lente de un microscopio, fue convenciéndose de que todo lo que vivía era producto de circunstancias diversas: situaciones, acciones y omisiones coincidentes y encontradas; algunas, las menos, casualidades y otras, las más, causalidades y quizá algo de azar. Puestos a escoger, en vez de un sino predeterminado, ella creía en el azar, muy al estilo de ese verso de Mallarmé:

"Una jugada de daos jamás abolirá el azar"

Y durante mucho tiempo, regida bajo esos principios tan personales (y algo tramposos, desde luego), su vida discurrió sin grandes sobresaltos; una vida salpicada con los chispazos de dicha y los trozos de realismo puro y duro "normales" y "soportables"; marcada por los desengaños y descalabros que un ser humano promedio enfrenta y que no obstante alguno pudo ser más duro de lo común, jamás lo fue al grado de conducirla al abismo de la desolación. Por eso ahora no sabía qué pensar; no sólo respecto de la manera encarar esa situación inesperada, sino, sobre todo, de cómo atemperar la revolución experimentada en su interior; esa gran revuelta tan visceral como emocional y en directa confrontación con su terco razonamiento. Por qué carajos había desviado su camino, porqué tuvo que verificar las coordenadas de la ruta seguida, tan sereno que era su trayecto hasta ese momento… y de pronto, en apenas dos minutos, todo se torció. Por ello, en medio de reproches combinados con el típico si yo hubiera, una y otra vez se repetía, no sin maldición de por medio:

Por qué tuve que girar en se sentido, si no lo hubiera hecho no habría venido a reencontrarte (a destiempo), y menos me habría dado cuenta de lo mucho que te extrañaba y de la falta que me hacían tu perenne melancolía, tus silencios a intervalos, tu pasión sin tregua. Carajo, tan bien que estaba sin saber de ti… creía estarlo.

El causante de ese desbarajuste hormonal-visceral-mental, era, como suele suceder, un Ex del que ella se creía (ingenua, ya dijimos) hacía rato totalmente curada. Y ahora lo tenía ahí, al teléfono, en su correo personal; un día sí y otro también, rompiendo su tranquilidad, perturbando sus emociones, tambaleando su frío razonamiento, confundiéndola con mensajes casi contrapuestos que iban de la cercana calidez de quien ha sido más que amigo…  a la mera cortesía amigable… de ida y regreso, sin escalas, una y otra vez…

Carajo! Por qué reparé en ese llamado, porqué me asomé a ese sito… seguía reprochándose mientras leía el enésimo mensaje de ese hombre, quien, fiel a sí mismo, continuaba yendo por la vida con las emociones contrapuestas…

::::::::::::::::::::

Dice Roland Barthes que para interrogar al destino hace falta una pregunta alternativa (por ej: me quiere/no me quiere), un objeto susceptible de variación (digamos, caerá/no caerá) y una fuerza exterior que marque uno de los polos de variación (las más comunes: divinidad, azar o viento) et voilà a esperar la respuesta que el destino tenga a bien darnos. (como versión filosófica, corregida y aumentada, del tradicional deshoje de margaritas).

Pero… y ustedes ¿qué creen? Bueno. Habría que empezar por preguntar si a estas alturas del Siglo XXI todavía hay quien cree en el destino, el azar o ambos; inquirir si en esta era del vacío y el imperio del efímero, aún hay quien piensa que Una jugada de dados jamás abolirá el azar… O si, por el contrario, los posmodernos habitantes del mundo de hoy han decidido mandar a ambos, destino y azar, bien lejos... y allá que dicten sus sentencias.


*****

septiembre 05, 2010

lapsus cursis romanticus


¿Conocen el film La fille sur le pont? Ver estas imágenes, mientras la voz de la gran Marianne Faithfull canta Who will take my dreams away? Eso es romanticismo y no pedazos. Una de mis secuencias fílmicas -en lo que a películas de amor se refiere- favoritas de todos los tiempos. Me gustan las historias de amor donde este, el acto de amar, encarna locura y valor partes iguales.  Sé que tenían un gran pendiente por saber de mis cursis gustos (jajá), por eso se los comento (perdonen la simpleza, culpen a la Ciudad de México en un domingo lluvioso harto melancólico).

Este post se autodestruirá en unas horas, en cuanto a la dueña de este blog se le pase el lapsus romanticus cursis 






*****

julio 23, 2010

volver a empezar


Qué difícil volver a empezar y volver a creer (no tanto en otro, como en uno mismo) después de una ruptura. Cuando el final llega, siempre es difícil encararlo. Por más que sepamos que eso es lo mejor que pudo suceder, cuando uno deja atrás una relación intensa, honda, duradera (tanto como puede ser duradera una relación en estos tiempos del imperio de lo efímero) los días inmediatos son difíciles. Y sin importar que ya no quede rastro del sentimiento que hubo, sigue siendo duro. Dice una canción popular mexicana "no cabe duda que la costumbre es más fuerte que el amor" (digresión: esta frase de filosofía región 4 resulta cero chic al lado de algún aforismo de Émile Cioran, por citar a uno de mis favoritos; pero qué puedo decir… una tiene sus guilty pleasures y esa canción de JuanGa es uno de los míos, hasta hoy mantenido como un gusto inconfesable). Y en tanto no se pruebe lo contrario, tal parece que la canción, y el viejo refrán, no se equivocan. Las relaciones crean lazos; uno se acostumbra a estar con alguien, a convivir con ese alguien y hasta, faltaba más, a pelear con él. Y cuando un buen día todo eso termina, por así decirlo, sin previo aviso, el desconcierto, el no saber qué hacer ni hacia dónde girar, sobrevine de manera casi inevitable. Y no pocas veces, tal desconcierto viene acompañado de una inesperada sensación de falta, de ausencia. Aún cuando los últimos días compartidos transcurrieran entre peleas, desencuentros y pesados silencios, el vacío se resiente. Y ya vendrán los consejos bienintencionados y las recomendaciones que rezuman pragmatismo (como de manual de autoayuda, que lo mismo valen para un curso de alta gerencia que para uno de autoestima), instándonos a convertir nuestras debilidades en fortalezas (algunos consejeros parecieran analizar y proponer soluciones para la vida afectiva, como si de un plan de negocios se tratara). Pocos, por no decir casi ninguno, surtirán el efecto deseado.

Pese a haber creído siempre -puedo estar equivocada- que no es posible hablar de finales sin pensar en inicios; que más que verlos por separado y como algo trágico, habría que pensarlos como lo que son: el fin de un ciclo más de nuestra existencia (la vida es básicamente una sucesión de ciclos), tengo claridad en que no es sencillo sobrellevarlos... ni el final ni el reinicio. Al menos no a todos nos resulta tan simple. Y aunque uno agradece, por supuesto que sí, el consejo desinteresado de un buen amigo o familiar, casi siempre nos es de poca utilidad y no por soberbia o terquedad (aunque no están excluidas), sino por algo más simple, más primario: cuando uno se halla en medio de una ruptura, todavía con las vísceras hechas trizas, lo menos que le alumbra es la sensatez.

Es duro, triste, doloroso, que alguien decida irse de nuestro lado (no todos los finales son de mutuo acuerdo; eso suena bien como ideal, pero en la vida real no siempre es posible). Pero más difícil todavía, ser uno quien lo decida. Al menos a algunos seres, más insensatos o egoístas o inmaduros o débiles o más lo que sea, nos cuesta mucho terminar una relación. Darla por terminada nosotros, no que el otro lo haga. Y luego, claro, vienen las consecuencias de la debilidad y cobardía. Consecuencias que sólo resentimos cuando la situación es insostenible; cuando por no haber querido fungir como el villano de la película, por no haber tenido el valor para dar un golpe, sólo uno, duro y tajante, optamos por dar varios, suaves y en apariencia inicuos, que a la larga causaron un daño mayor. Y después de eso, después de sentirse tan mal por ser cobardes o egoístas (no querer personificar al malo de la historia, encarna algo de egoísmo y soberbia, me parece), encontrar el ánimo, hacerse a la idea y tomar el ímpetu necesario para empezar de nuevo, aventurarse en una nueva relación... cuesta… a veces mucho más de lo que podría creerse.




 *****

julio 03, 2010

de duchas y conjuros


Siempre he fantaseado con tener una columna llamada El rincón de Madame Amarguetta (Madame Mon Amour ya me lo ganaron). Pero como tal cosa me es imposible, sacio mi gusto culposo leyendo, en la fila del supermercado, y no sin un poco de vergüenza, El Rincón sentimental de la tía Alma -sección de una revista que me es cero grata: Contenido-. Por supuesto que es insulsa, con la única gracia de que su responsable inventa las preguntas y respuestas, por lo que en ciertas ocasiones puede resultar muy divertido dentro del absurdo. Semejante fantasía la debo, en parte, a la suerte que tengo para que mis amigos, y ni tan amigos, me cuenten sus penas de amor. Una verdadera ironía de la vida, pues mi historial amoroso está más cercano a ejemplificar una versión Región 4 de El libro de los amores ridículos de Milan Kundera, que a otra cosa; amén de que yo, lejos estoy de tener las respuestas que ellos quisieran escuchar. Sin ir más lejos, el sábado pasado una amiga me compartió, como quien comparte una máxima suprema, su más reciente descubrimiento:

"La infidelidad -como casi cualquier pringa- se quita con una buena ducha" ¿No lo crees?

Y no supe cómo refutarla. Apenas atiné a decirle que en todo caso tal consigna aplicaría, especialmente, a relaciones meramente físicas (por no decir al mero intercambio de fluidos). Pues de lo contrario, si sólo fuera cosa de duchas, baños de tina, y hasta limpieza con legía, para extirpar de la piel (y de otras áreas menos corpóreas) los vestigios de pasiones y dolores quemantes, los dolientes de amores fallidos ya serían una especie en extinción (o en vías de serlo). Ni tampoco abundarían los seres desesperados en busca de conjuros para desterrar de sus vidas las huellas del dolor y los resabios de un amor malogrado: conjuros como plegarias clamando por sobredosis de sentido común y pragmatismo; juramentos para no volver al recuerdo del interfecto como quien vuelve a un Santuario con la esperanza de una aparición; promesas de sepultar a los ingratos en el rincón del olvido, enterrados bajo toneladas de insultos y agravios exacerbados.

Alguien me dijo en cierta ocasión, que bastaba un poco de sentido común -aderezado con frialdad, completo yo-, para combatir cualquier asomo de sentimentalismo inútil. Y a partir de ahí, entender que para bregar con éxito en los mares embravecidos, y a veces traicioneros, del amor lo último aconsejable es desplegar las banderas de la sensibilidad y emotividad desmedida; que comportarse como heroína de novela romántica decimonónica en pleno Siglo XXI, rebasa los límites de la ingenuidad y romanticismo, lindando en los de la estulticia. Pero que no obstante, la alta dosis de sensatez no excluye –en casos desesperados, continuaba aquel cerebral consejero- la adopción de métodos disparatados como la trepanación cerebral (metafóricamente hablando), las sesiones de limpia en Catemaco, el rezo de veinte novenarios a San Judas Tadeo (Patrono de los casos perdidos)… hasta lo que sea, incluida la posibilidad de exterminarlo vía fumigación, con tal de sacarse de la cabeza, el corazón y del último rincón en donde haya logrado adentrarse -permaneciendo agazapado, al acecho como un depredador- a ese intruso que nos rompió el esquema, el corazón, el hígado... o lo que sea que a uno se le cuartee cuando las cosas del querer salen mal. Y, lo más importante, aceptar la posibilidad de que tales ritos no traigan el alivio, ante lo cual quedará el consuelo de unos versos… a manera de conjuro:

Desde una noche ciega
desde olvido
desde horas cerradas
en lo solo
sin lágrimas ni amor
te estoy llamando
como a la muerte
amor
como a la muerte.
[Idea Vilariño]


Post Scriptum. Disculpen que no haya contestado a sus comentarios en la entrada anterior y que me tarde en visitar sus blogs: tengo cuatro días sin servicio de Internet en mi casa… merced a los nada buenos oficios de la empresa Cablevisión (y en mi oficina tengo denegado el acceso a sitios de entretenimiento y redes sociales -este post lo envío por mail).

él no viene al caso con el tema del post, lo sé




*******

junio 29, 2010

amor a primera vista


«La fealdad tiene algo de superior a la belleza: dura más», dijo alguna vez el nada bello Serge Gainsbourg, quien fue famoso, entre otras cosas, por sus romances con hermosas mujeres. Y es que al parecer, la gran mayoría prefiere la inferioridad de la finita belleza a la superioridad de la perdurable fealdad. Y si no se tiene, se busca… a costa de lo que sea. Como la mamá de Alicia, quien al son de lo que no se hereda se hurta, se propuso hacer de su hija una obra maestra de belleza conseguida a base de esfuerzo y sin importarle fastidiar la infancia y adolescencia de la chica, con la imposición de una dura disciplina compuesta por clases de ballet, sesiones de gimnasia, rigurosa dieta alimenticia y un sinfín de sacrificios físicos más… pues la belleza tiene un precio. Y si algo tenía, eso era dinero de sobra para pagar lo que hiciera falta (como buena nueva rica, ansiaba desterrar cualquier vestigio de la pobreza padecida en su infancia). Tanta disciplina, junto con una cirugía plástica nasal y el tamiz de puntuales lecciones de idiomas y cultura general, dieron frutos. Y a los 19 años, Alicia estaba a punto de darle el plus faltante a la neo riqueza de sus padres: un buen apellido. El elegido, Alex, distaba de ser un adonis, pero a cambio poseía una respetable fortuna, un apellido con la prosapia anhelada por su madre y, lo más importante, deseos de casarse cuanto antes. Alicia no estaba muy enamorada, pero se convenció de que casarse era lo mejor que podía pasarle y así, con la disciplina aprendida desde su niñez, se afanó en tener una boda de ensueño. Y la consiguió. Su casamiento fue un evento fastuoso, debidamente reseñado en la prensa especializada. Mejor imposible, decía su orgullosa madre y Alicia, de tanto escucharla, lo creyó. Durante más de un año creyó, o quiso creer, que su vida no podía ser mejor… hasta que un buen día no tuvo más remedio que aceptar cuán perdida se sentía en esa enorme casa, en la cual apenas cumplía funciones decorativas y casi siempre sola, pues los negocios del marido lo mantenían lejos la mayor parte del tiempo. Dieciocho meses y ya estaba aburrida y además, decepcionada pues Alex no había resultado ser el amantísimo marido que ella creía, ni la vida matrimonial como la soñó. Y como en una ópera, aburrimiento, soledad y decepción fueron in crescendo hasta que sobrevino el final. A los 22 años se encontró divorciada y sin haber vivido gran cosa, ni siquiera decidido por ella misma. Era hora de empezar a vivir, repetía como un mantra… hasta que por fin encontró el valor para abandonarlo todo: la casa familiar donde se había refugiado tras el divorcio, la ciudad y el país… a la búsqueda de su propio camino.

Treinta meses después se hallaba muy lejos de casa, a cargo de sí misma por vez primera  (aprender idiomas no había sido en vano), aún en busca de su camino, pero libre de presiones familiares, aunque no así de las económicas. Ese mediodía veraniego, caminaba sin rumbo pensando en la manera de incrementar sus raquíticos ingresos (la sola idea de volver a casa, al lado de su madre, quien seguro ya tenía nuevos prospectos para ella, era suficiente aliciente para no cejar en su intento). Su andar distraído la conducía por sitios desconocidos, sin que ella les prestara demasiada atención; hasta que de pronto algo irrumpió intempestivamente en sus cavilaciones: ahí frente a ella, como una visión en el desierto, surgió una fuente en cuyo derredor departía un grupo de jóvenes. Pero no eran ellos, ni la fuente, la causa de su súbita distracción. No, lo que la había sacado de sus cavilaciones era un solitario hombre con el torso desnudo, quien permanecía pensativo, ajeno a la algarabía y con la mirada perdida en la nada. Fue verlo y estremecerse; sentirse como imantada por ese desconocido. Acto seguido, se aproximó hacia él, decidida, irreconocible para sí misma. Y pese que una vez a su lado, sintió temor, el poderoso imán que la había impulsado hasta ahí, la ayudó a desechar miedos e inseguridad, imbuyéndole el valor necesario para balbucir alguna pregunta nimia, a la cual, tras segundos eternos, él respondió con una tímida sonrisa, como si agradeciera que alguien lo sacara de sus cavilaciones. Su sonrisa, esa voz algo ronca, terminaron de derretir a la pobre Alicia, quien presa de total arrobamiento lo escuchó confesarse cohibido en medio de tanta gente, pues normalmente a esa fuente no acudía nadie aparte de él. Después… una de esas raras conversaciones en las que dos extraños acaban contándose partes fundamentales de sus vidas, en la creencia de que jamás volverán a verse; largo rato, mientras por la mente de ella cruzaban un sinfín de ideas, a cual más disparatada, y el atardecer los alcanzaba sin que ninguno notara el tiempo transcurrido. Tres horas de conversación más tarde, Alicia sabía lo esencial de él: no portaba un apellido rimbombante, ni poseía grandes riquezas y ocupaba sus noches en escribir versos en prosa que a nadie leía. Y lo más importante fue que, tras esa platica, ella había descubierto que por lo pronto el único camino que deseaba emprender, era el que conducía a su departamento… de preferencia con ese hombre de melancólica mirada, quien acababa de revelársele como la compañía idónea para continuar la búsqueda emprendida 30 meses atrás…
 

"Ambos están convencidos
de que los ha unido un sentimiento repentino.
[…]
Imaginan que como antes no se conocían
no había sucedido nada entre ellos.
Pero ¿qué decir de las calles, las escaleras, los pasillos
en los que hace tiempo podrían haberse cruzado?
[…]
Quizá una cierta noche el mismo sueño
desaparecido inmediatamente después de despertar.
[…]
Todo principio
no es más que una continuación,
y el libro de los acontecimientos
se encuentra siempre abierto a la mitad"

 Wislawa Szymborska. Amor a primera vista (fragmento)



*****