escribir

Escribir: tratar de retener algo meticulosamente, de conseguir que algo sobreviva; arrancar unas migajas precisas al vacío que se excava continuamente, dejar en alguna parte un surco, un rastro, una marca o algunos signos.[Georges Perec]

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abril 03, 2009

emigrados

Soy una emigrada. ¿Puede esa emigrada añorar su lugar de nacimiento y goce de primera infancia, cuando hace tanto lo dejó atrás?

Intento revivir en mi mente ese pequeño pueblo serrano donde nací, ocasionalmente consigo recrear la barranca que corría a la orilla del pueblo, atrás de la casa de mis padres; casi puedo escuchar el correr del agua al deslisarse por una pequeña cascada; ver esas florecitas silvestres, con forma de campanitas y color azul casi morado, que mi padre gustaba hacer sonar con la boca a manera de silbato, mientras recorríamos a caballo los caminos que circundaban ese pequeño pueblo. Mi padre, el jinete; yo, un pequeño bultito delante de él, agarrada fuertemente a la cabeza de la silla de montar; asombrada y feliz, con los ojos como plato –eso decía él- descubriendo colores, sonidos y aromas.

¿Cómo puedo recordar algo que sucedió hace tanto tiempo y hasta ese particular silbido de la flor al contacto con la lengua de mi padre; pero sobre todo, cómo puedo añorar esa mezcla de dicha infantil y adrenalina que me producía el galope del caballo?

¿En verdad estoy recordando algo que sucedía cuando yo contaba tres años de edad? ¿O solo es algo que me gusta creer que sucedió, porque en esa época ubico la mayor cercanía física y emocional con mi padre? (a mi hermano no le gustaba andar a caballo, le daba miedo que mi padre lo trajera como un apéndice mientras recorría el campo, a veces a todo galope).


“Cuanto mayor es el tiempo que hemos dejado atrás más irresistible es la voz que nos incita al regreso […] Esta sensación, este deseo invencible de regresar le descubre de golpe la existencia del pasado, el poder del pasado, de su pasado; en la casa de su vida han aparecido ventanas, ventanas abiertas hacia atrás, a lo que ha vivido; ya no podrá concebir su existencia sin esas ventanas.”
[…]
“[Ulises] Durante veinte años no había pensado en otra cosa que en regresar. Pero, una vez de vuelta, comprendió sorprendido que su vida, la esencia misma de su vida, su centro, su tesoro, se encontraban fuera de Ítaca, en sus veinte años de andanzas por el mundo. Había perdido ese tesoro y solo contándolo hubiera podido reencontrarlo” Milan Kunera La Ignorancia





Camille Pissarro Jour gris, Bords de l'Oise

agosto 06, 2008

Añoranza... pero sin azotes

"…se muere siempre demasiado pronto,
aunque sea a los 80 años "

[José Saramago, Cuadernos de Lanzarote]

Hay días en que así de pronto y sin que medie un motivo aparente, resurgen recuerdos un tanto tristes. Así me siento hoy. Entre todos mis muertos -familiares, amigos, artistas que he admirado, etc.- hay dos que aún me siguen doliendo; un dolorcito quedo, pero latente. Y lo peor de mi cursi extrañamiento, es que ambos padecían enfermedades terminales, donde el alivio más digno era la muerte y no había forma de escapar. A sabiendas de eso, debe estar mal seguir reviviendo su recuerdo; probablemente si algún psicólogo de banqueta, o de a “devis” leyera esto, me saldría con el típico “déjalos ir”… pero… siendo distantes entre sí; disímiles en edad, origen y tipo de vida, sus muertes me dolieron por igual, como pocas cosas me han dolido en la vida. Los amé de distintas maneras; me fueron entrañables, me dejaron enseñanzas. Algún día escribí aquí que solo se debe añorar a los amantes muertos, nunca a los vivos. Bien, ambos están muertos, los sigo añorando… pero ninguno fue mi amante.

Ella, mi abuela; mujer de enorme fortaleza, por momentos revestida por una capa de dureza; integra y fascinante –comos supongo que son todas las abuelas. Su muerte a los setenta y tantos, a causa de un fulminante cáncer de páncreas, era lo único que podía suplicarse a fin de que cesaran los dolores que esa enfermedad le provocaba. Lo sé, pero carajo(!¡), aun suelo “pelearme” con Dios por haberle dado esa muerte después de las cosas que afrontó tras enviudar, a los cuarenta y pocos, del mujeriego y dilapidador de mi abuelo. La lloré tras conocer el diagnóstico médico; la lloré porque no me dejaban entrar a terapia intensiva; la lloré tanto, que una tarde el doctor, harto de mis chillidos, me dejó colarme a terapia intensiva y ahí me despedí de ella, llorando a moco tendido; se supone que estaba inconsciente y a lo mejor fue la obnubilación de mis lágrimas, pero juro que se removió en la cama. Ahí paré de llorar, le di un beso y salí del maldito hospital.

El, mi amigo Uriel. Un gran corazón oculto tras ropa de firma; vivía en permanente carrera contra el tiempo. Uno lo veía y podía equivocarse pensando que era un frívolo, snob y vacío. Pero esa imagen era solo la coraza que protegía a un hombre frágil, sensible y soñador al extremo, pero lleno de miedos; miedos que le impidieron aceptarse a si mismo en su preferencia sexual distinta la marcada por la sociedad. Morir de SIDA antes de cumplir 30 y sin haber vivido algo así como “la pasión de su vida”, me pareció muy jodido. No quiso que lo viera en los últimos meses: “Chuyita quiero que me recuerdes como el hombre más frívolo que has conocido; o ese que te regañaba por ser ingenua, tonta y no volverte una cabrona, como deben ser las mujeres para evitar sufrimientos; recuérdame cuando te arrastraba a comer sopes ahí en Lorenzo Boturini y tu morías de vergüenza porque el puesto estaba afuera de un hotel de paso y si algún conocido pasaba por ahí... iba pensar que íbamos saliendo del hotelucho; piensa en aquella noche cuando nos emborrachamos y en medio de lágrimas, terminamos riéndonos a carcajadas de nuestra mísera vida amorosa. A ese Uriel quiero que recuerdes. No a este hombre acabado, que se pudre mientras va muriendo”. Al otro lado del teléfono, yo sentía la garganta tan cerrada que ni siquiera pude llorar; la rabia me lo impidió. Creo que por eso aún lo añoro y le reclamo haberme dejado.

Pero... aunque no lo parezca... no me azoto… solo los extraño… será porque en estos días ambos han celebrado un aniversario luctuoso más y el vacío dejado… sigue intacto…

Pink Floyd-Wish You Were Here

junio 10, 2008

Ya llovió desde aquel tiempo hasta hoy

Normalmente no me gusta andar en la calle cuando llueve. Será porque [aunque suene a cliché] a mi la lluvia me provoca un estado de ánimo mezcla de romanticismo y melancolía… y no es que me moleste. Todo lo contrario, me gusta. Más el estado de melancolía, que la lluvia en si misma –una tromba como la acaecida el viernes pasado en el sur de la Ciudad, me pareció todo, menos propiciatoria del romanticismo o la melancolía.
Y dicen por ahí que las lluvias torrenciales arrasan con casi todo, pero hay algo que ni la tormenta más larga e intensa consigue llevarse: los recuerdos. Al menos en lo que a mi respecta, lejos de alejármelos, la lluvia me hace evocar momentos, imágenes, circunstancias que creía olvidados. 


Como ayer cuando el amanecer frío y lluvioso me remontó a una lejana mañana de junio, también lluvioso, en otra época y en otro lugar. De pronto, el tiempo retrocedió y me vi de nuevo en aquella ciudad, aquel mediodía cuando soplaba un viento frío que arrastraba consigo la perenne llovizna. Y en aquel tiempo, en aquel lugar, no me molestaba estarme mojando, ni sentir frío; yo caminaba sin prisas, sin molestias, casi disfrutándolo, pese al viento que volaba mi boina y a la lluvia que golpeaba suavemente mi rostro; yo proseguía mis pasos lánguidos, mientras cruzaba el puente sobre el río de aguas ennegrecidas por los residuos de la famosa cervecería situada en uno de sus costados. Caminaba y pensaba cuánto había soñado con estar ahí, poder caminar por esas calles y cruzar ese río, como para que ahora que por fin lo estaba haciendo, una llovizna y un viento me vinieran a echar a perder el momento. Eso no. Y seguí caminado, disfrutando y mojándome.
Y como es la vida, lo que son las circunstancias, pues ayer mientras recordaba aquella mañana de junio, me dolía dejar mi cama, me pesaba meterme a la regadera y tener que vestirme... tan solo porque afuera hacía frío y lloviznaba ligeramente; porque, en lugar de caminar con pasos lánguidos sobre el puente que cruza el río ennegrecido, tendría que caminar con prisa por las calles húmedas y resbalosas de la ciudad de México, para dirigirme ya no a la taberna ubicada en una pequeña callecita cercana a la Catedral, sino a mi oficina situada en la avenida más larga de México. Y ya no sé si fue la lluvia, si fue el viento o si fue el frío que me recorría por todo el cuerpo, aún estando vestida como para invierno, pero ayer añoré como nunca el viejo puente que cruza aquel río de aguas ennegrecidas.

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