escribir

Escribir: tratar de retener algo meticulosamente, de conseguir que algo sobreviva; arrancar unas migajas precisas al vacío que se excava continuamente, dejar en alguna parte un surco, un rastro, una marca o algunos signos.[Georges Perec]

diciembre 31, 2009

feliz naufragio


"La vejez es un naufragio", dijo Chateaubriand y sin pretender corregirlo, podemos decir: la vida entera lo es.

Los buenos deseos son como los regalos, cuando se eligen -por los motivos o aniversarios que sean o sin que medie alguno- para un ser querido, en dicha elección, generalmente influyen un par de aspectos: primeramente, se busca darle algo que (creemos) le gustará y le hará sentirse bien querido y "feliz" y también, evitamos regalarle algo que a nosotros no nos gustaría recibir (un poco como en ese refrán de "no hagas a otros lo que no te gustaría que te hicieran a ti). No obstante que la "fórmula" de los obsequios tenga su lógica, siempre existe el riesgo de no atinar en el regalo, por lo que el destinatario, lejos de sentirse "feliz" al recibirlo, más bien sea presa de una gran incomodidad, no sólo porque el objeto en cuestión le resulte completamente desagradable, sino porque llevado por su buena educación, tendrá que poner cara de que la cosa esa le encantó, aunque por dentro esté preguntándose cómo fuimos capaces de reglarle unos calzones bombachos... estampados con rojísimos corazoncitos (nuestro deseo intrínseco, nada influido por la mercadotecnia, es que encuentre el amor). Y si eso nos pasa con nuestros familiares, amores, amigos y conocidos  (durante tres años, tuve un novio que adoraba regalarme docenas y docenas de rosas rojas, sin saber que yo... odio las rosas rojas; las flores en general y las rosas en particular, me fascinan -comprarlas y recibirlas- pero NUNCA rosas rojas), qué no sucederá con los amigos virtuales. Esos, a los que una quisiera brindarles algún tipo de obsequio, como muestra de sincero agradecimiento por haberse tomado la molestia de leerla. Decía Napoleón que los peores ladrones no son lo que nos quitan algún objeto, sino los que nos arrebatan el bien más valioso que tenemos: nuestro tiempo. Y entonces, cómo agradecer a ustedes el que hayan gastado parte de ese preciado e irreemplazable bien, recalando en este blog? El año pasado, en esta misma fecha, escribía yo sobre los artilugios y rituales acostumbrados para despedir el año que termina y recibir al nuevo. Rituales con los que se busca ahuyentar las malas vibras, decirle adiós a la tiricia y favorecer "la buena suerte" para el año que inicia. Y tal vez, no siendo muy original desde luego, uno de mis mejores deseos para ustedes volvería ser que a la media noche de este 31 de diciembre, quienes la padecen, se despidan para siempre -o por lo menos por un largo rato- de la tiricia que los acompañó en este, no tan grato, 2009. No obstante, siguiendo lo que decía yo al principio, puede ser que a ustedes no les haya acompañado la tiricia o bien, que no deseen desprenderse de ella. En ese caso, sólo me quedaría hacer votos para que la conserven, si así se sienten bien o que la conozcan, si nunca la han padecido; creo que un poco de saudade o tiricia, sabe bien... de vez en cuando.

La semana anterior comentaba yo, en el blog del poeta lumpenpo », algo que viene al caso en este último post del año que en unas horas llegará a su fin. Y por ello, no sin asomo de pudor aunque no el suficiente para evitarlo, me despido de ustedes con una reelaboración del citado comentario... después de todo, no hace mucho comentábamos aquí que los blogueros somos una especie de náufragos cibernéticos, sobre todo cuando perdidos en la inabarcable mar de la Web, así, más llenos de dudas que de certezas, lanzamos mensajes sin destinatario definido y aún a sabiendas de que posiblemente se perderán en la inmensidad del océano virtual.

De una náufraga a otros náufragos:

En incontables ocasiones, he deseado ser un naufrago sin propiedades ni patrones; perdido sin rumbo en la ignota e inmensa mar (la agreste e indomable mar de mis sueños). Las obligaciones de la vida diaria (mezquina y monótona), los patrones (a imagen y semejanza de la vida diaria), las deudas que acarrean las no-propiedades, más los lastres que llevo conmigo desde tiempos inmemoriales, me hacen desear irme, sólo así, sin rumbo fijo ni límites de tiempo y naufragar sin miedo ni presiones de ningún tipo en ese sitio lejano y desconocido, donde los deberes y trabas de la monotonía no me constriñan. Si pudiera realizar un deseo de año nuevo para mí... sería ese.

Pero como sé que ustedes, difícilmente anhelarán semejante disparate (la insensatez no es generalizada), sólo puedo desearles que en 2010... sus naufragios terminen y que por fin, después de haber surcado tantos mares y haber sobrevivido, quizá, a más de un mal de amores, logren arribar al puerto anhelado, a la tierra soñada donde el amor verdadero sea posible... aunque perdure lo mismo que un suspiro... mejor arder, gozar y padecer por lo que dure su llama, a vivir eternamente en la tranquilidad de su ausencia.

Les dejo un abrazo y mi gratitud por haberse tomado el tiempo para leerme durante 2009.

"Y aún me atrevo a amar
el sonido de la luz en una hora muerta,
el color del tiempo en un muro abandonado.

En mi mirada lo he perdido todo.
Es tan lejos pedir. Tan cerca saber que no hay"  

[Mendiga voz, Alejandra Pizarnik]

Lucien Clergue, Nu d'Agon, 1971

 "A falta de perdón, deja venir el olvido"  Alfred de Musset

diciembre 28, 2009

la inocencia y otras pérdidas


"Ya no existen palabras ásperas, todas se volvieron lisas de tanto rodar por los altoparlantes"
Rubem Fonseca, Del fondo del mundo prostituto

La inocencia, dejando de lado su acepción propiamente jurídica, bien podría ser entendida como la ausencia de culpa, limpieza de pecado (lo que sea que este término signifique, según quién y el rasero con que sea medido) y en ese sentido, ser considerada como un valor primigenio. Uno que posiblemente, y al contrario de otros que pueden adquirirse (no en el sentido material, desde luego) y hasta acrecentarse, disminuya con el paso de  los años, a medida que los desengaños, frustraciones y otras experiencias de vida, nos convierten en seres descreídos, duros y hasta cínicos. Para los que confunden los dogmas religiosos con pureza, es posible que sean -presuntamente- más inocentes quienes practican con profusa devoción alguna religión, que quienes no lo hacen. Y para esos mismos jueces, quienes vamos por la vida con más dudas y escepticismos que certezas, sean religiosas o no, debemos semejar a los infieles descalificados por Sadam Hussein por no profesar sus mismas creencias (igualito que hacen todos los Jerarcas de la Iglesia Católica, pues Sadam no ha sido ni el único ni el mayor fundamentalista de este mundo, como bien lo han demostrado George Bush, Ratzinger y el Cardenal Mexicano Norberto Rivera... entre muchos más). 

Hoy, día de los santos inocentes, en lugar de escribir alguna cosa graciosa o inverosímil (digamos que Mr. Obama ha decretado la salida de su invasor ejército de la masacrada Afganistán) me ha dado por recordar cuando yo era cien por ciento inocente. Por citar un ejemplo, hubo una época en la que pensaba que la Iglesia era una Institución Noble y los Sacerdotes seres buenos y llenos de comprensión, prestos a brindar consuelo a las almas atribuladas de sus feligreses (posiblemente por ahí, opacado por los Jefes Máximos de la Curia Romana y Mexicana, quede alguno como aquellos curas idealizados por mis inocentes siete años). En ese tiempo de mi añorada inocencia, también pensaba que si uno le rezaba con fervor al ángel de la guarda, nada malo le pasaría a sus seres queridos, a los demás niños ni a las buenas personas. Así podría seguir enumerando las creencias de tipo espiritual y religioso, que atesoraba entonces y las cuales me ayudaban a sobrevivir sin mayores pesares, lejos de mis padres y hermanos, sin ningún niño a mi alrededor... o al menos así lo sentía yo. Y de pronto, un buen día dejé de atesorar semejantes creencias, dejé de creer en cosas como la justicia... terrenal y divina. Y aquellos párrocos bonachones, que poblaban el imaginario de mi pueblo natal, se borraron, para dar paso a seres inflexibles, prestos a juzgar, imputar culpabilidades, excomulgar y condenar a otros seres humanos, con la misma impiedad con la que los nazis excluyeron y mataron a todo aquel que no respondiera a sus estándares raciales o sociales (no debe olvidarse que en el holocausto, amén de judíos, fueron asesinados miles de musulmanes, católicos, gitanos, homosexuales, negros y comunistas -estos últimos, con la bendición expresa del Vaticano-... es decir, los diferentes). 

En la actualidad, no sé cuánto me quede, sepultada bajo mis armaduras de cinismo y protección, de aquella niña inocente que pensaba que la justicia de los hombres era una aspiración perfectamente legítima y realista, mientras que en la justicia divina, veía a la última esperanza de los seres humanos, una que no habría de hacer diferenciación de clases sociales, credos religiosos o políticos o preferencias sexuales. Quizá todavía conservo algo de inocencia; sin embargo, entre más pasa el tiempo... más escéptica me vuelvo, al punto de que hoy día veo a la Justicia como una quimera y no como algo posible. Pero si la prostitución de la Justicia de los Hombres me parece dolorosa, lo que sucede con la Justicia Divina (en el caso de que esta exista, que los escépticos dudamos pero no descreemos del todo), tan manipulada y degradada por sus propios guardianes, me resulta simplemente deleznable. Cómo respetar a estos seres incapaces de demostrar un ápice de respeto por la inocencia infantil; cómo no sentir repulsión hacia estos eclesiásticos practicantes de la doble moral, bajo cuyo rasero juzgan los actos de hombres y mujeres a quienes excomulgan y condenan sólo por pensar diferente.. Mientras, en paralelo, ignoran -si no es que prohíjan- las vilezas cometidas al amparo de sus propias sotanas; vilezas que han mancillado la inocencia de cientos de niños desprotegidos, para quienes esos representantes de Dios en la tierra, no han tenido la más mínima consideración ni ninguna otra muestra de humanidad, que permita albergar la esperanza de que detrás de su incomprensión e intolerancia para con los demás adultos, aún queda algo de los afanes justicieros y nobles por ellos enarbolados. Así que, Señores Clérigos, no pretendan querernos vender la idea de que profesar una creencia diferente, de la índole que sea, o el que las personas decidan amarse por encima de las preferencias sexuales establecidas, son la causa del resquebrajamiento de la familia y del envilecimiento de nuestra sociedad. Ni lo intenten... ni que fuéramos tan inocentes... para comprarles semejantes patrañas...





imagen: Vincent Van Gogh, La catedral de Auvers-sur-Oise (1890, óleo sobre lienzo). París, Musée d´Orsay.

diciembre 23, 2009

cuentos infantiles

Ella no soñaba con ser bailarina, no sabía de la Pavlova (no podía saberlo, la divina rusa aún no había nacido); tampoco imaginaba lo qué seria sentirse flotar, ataviada con un vaporoso tutú y dejarse llevar por los acordes de una hermosa melodía clásica. No, ella no soñaba nada de eso; lo único que anhelaba era tener unos zapatos que protegieran sus frágiles pies, marcadamente lastimados de tanto andar descalzos durante el verano o calzados con rígidos zuecos de invierno, que le lastimaban casi lo mismo que el suelo raso. Todo lo que la pequeña Karen quería, eran unos zapatos a su medida, suaves y hermosos... unos zapatos rojos…


"-¡Qué lindos zapatos de baile!

Aquello infundió a la niña un miedo terrible; quiso quitarse los zapatos y tirarlos lejos, pero era imposible: los tenía como adheridos a los pies. Cuanto más danzaba más tenía que bailar, por campos y praderas, bajo la lluvia y bajo el sol, de día y de noche, pero por la noche aquello era terrible.

Entró bailando por las puertas del cementerio, pero los muertos no la acompañaron en su danza: tenían otra cosa mejor que hacer. Trató de sentarse sobre la tumba de un mendigo, sobre la cual crecía el amargo ajenjo, pero no había descanso posible para ella. Y cuando se acercó, bailando, al portal de la iglesia, vio a un ángel de pie junto a la puerta, con larga túnica blanca y alas que llegaban de los hombros al suelo. El rostro del ángel mostrábase grave y sombrío, y su mano sostenía una espada.

-Tendrás que bailar -le dijo-. Tendrás que bailar con tus zapatos rojos hasta que estés pálida y fría, y la piel se te arrugue, y te conviertas en un esqueleto. Bailarás de puerta en puerta, y allí donde encuentres niños orgullosos y vanidosos llamarás para que te vean y tiemblen. Sí, tendrás que bailar..."
Hans Christian Andersen Los zapatos rojos (fragmento)
La primera vez que leí este cuento, siendo una niña, me pareció tan angustioso; en mi imaginación, veía a la pequeña Karen sufrir y llorar, sin poder soportar el dolor de sus pies casi sangrantes, esforzándose inútilmente por librarse de los crueles zapatitos rojos (según yo, encantados). Pero esa triste impresión no sería nada, comparada con la desazón que me envolvió tras leer La vendedora de fósforos. Los cuentos infantiles pueden ser tan crueles como realistas; creo que fue la primera vez que lloré mientras leía. Lejos estaba de imaginar que ese niña danesa no era ninguna ficción y que tan sólo uno años después, trasmutados sus cerillos en chicles (goma de mascar), cientos de niños como ella serían parte del paisaje citadino; expresión fehaciente de la desigualdad que prima en la sociedad mexicana, reflejo irrefutable de su descomposición, doble moral e hipocresía... mientras emperifollados e impresentables clérigos, reparten excomuniones a diestra y siniestra y doblemoralinos de variado cuño, los secundan dándose golpes de pecho en defensa de la vida y el amor a la infancia…






lienzo: Danseuses de Edgar Degas, 1896 (colección privada)

diciembre 20, 2009

frutos del bosque, imaginación y una flauta mágica

frutos del bosque (expendio dentro del Mercado de Rungis, París)
Me gusta el frío, el otoño y el invierno; tanto, como los frutos del bosque me resultan especialmente deliciosos. Peccata minuta... nací en un país cuasi tropical, en donde la temporada de otoño/invierno apenas si lo parece y cuyas tierras (y clima) son poco propicias para el cultivo de grosellas negras, moras azules o cerezas. Pero entre más difíciles de conseguir... más antojables. Igualito que el deseo por alguien inaccesible: entre más elusivo... más deseable. Los humanos debemos ser un poco hijos de la mala vida y otro tanto... necios. Originalmente, este post pretendía ser culinario, mezclar la elaboración de la Tarta de frutos del bosque con otros temas menos comestibles, pero igual de placenteros [cuando me inicie en la blogueada, pensé en un sitio donde convivieran algunos de los mejores placeres de la vida: cocina/comida, amor/erotismo y poesía. Luego, en algún momento afortunado tuve un atisbo de realismo y me olvidé de semejante ambición, de la cual lo único que quedó fue el mélange] pero mientras escribía, me dejé llevar por la música que escuchaba (Lascia ch'io pianga) y cambié de idea. Así que... de los frutos del bosque, la lista de ingredientes y el procedimiento para elaborar la Tarta (de hacerla, ustedes quedarían como grandes Chefs; el quid de ese delicioso postre -amén de encontrar frutos el bosque en su punto y cierta sensibilidad culinaria- es la preparación de la masa, la cual requiere paciencia y destreza a partes iguales, ya que durante el proceso de elaboración -la masa- nunca debe ser tocada por las manos), para variar... terminé en algo totalmente distinto.

De las artes culinarias, viajamos a otro tipo de Artes: las musicales y cinematográficas; después de todo, el desarrollo de las tres encarna imaginación y sensibilidad. Fusión de música y cine. Ópera llevada a la pantalla en forma atípica; no filmaciones de representaciones operísticas en La Scala de Milán, ni nada por el estilo. Se trata de segmentos operísticos, recreados mediante técnicas de animación fantásticas y dicho esto en el mejor sentido del término: son fantásticas porque son increíbles, inductoras de todo un viaje en la imaginación y un goce para los sentidos. Sé que la Ópera no a todo mundo gusta, pero este video -de poco más de cuatro minutos- es una exquisitez... claro que si a usted sólo le gusta el reguetón, será mejor que no lo vea. 

L'Opera Imaginaire  (Opéra imaginaire. Editeur: FRANCE 2 FRANCE 3 DISTRIBUTION Année du film: 1995) es una producción de la televisión pública francesa, dividida en doce episodios correspondientes a otros tantos fragmentos de insignes óperas. Fueron realizados por distintos creadores, mediante deslumbrantes animaciones (el mundo de la animación, cabe remarcarlo, es mucho más que Disney o Pixar... aun cuando Hollywood se empecine en vendernos esa idea y las pantallas cinematográficas de nuestros países sean copadas por sus producciones). Los doce fragmentos que integran L'Opéra imaginaire son un derroche de belleza e ingenio; parecieran elaborados por orfebres, quienes se han servido de las modernas técnicas de animación para recrear las fantasías que las operas seleccionadas les provocan (y sin necesidad de ninguna hada verde). Resulta difícil decantarse por algún episodio en particular, supongo que dependerá de las preferencias operísticas que cada quien tenga. En lo que a mí concierne, siento especial atracción por Lakmé de Léo Delibes, Carmen de Georges Bizet, Madama Butterfly de Puccini y esta Flauta mágica de Wolfgang Amadeus Mozart, la cual espero resulte de su agrado).

L'opera imaginaire Die Zauberflöte (La flauta mágica)




Y aquí un enlace para disfrutar otros capítulos: L Opera Imaginaire

diciembre 17, 2009

dale de comer al gato


Pie de foto imaginado por mí, que adoro a los gatos (de preferencia cartujos):

Se conocieron un día cualquiera en una calle sin nombre; se miraron a los ojos y creyeron hallarse cada uno en la mirada del otro. Pensaron estar muy enamorados... juraron amarse eternamente, vivir juntos y felices por siempre. Tenían todo para lograrlo... hasta la casa de sus sueños (gato no-cartujo incluido), sólo que olvidaron considerar un pequeño detalle (no la maledicencia de los días o el peso de la monotonía)... el futbol...



diciembre 15, 2009

olvidar así...



He gastado mi vida en olvidarte y recordarte, en huirte y perseguirte. Octavio Paz

Muy a mi pesar, tengo que admitir que los fines de año afectan mi estado de ánimo. No; no voy a sacar a relucir al grinch que llevo dentro (no parece ser muy bien visto el tener expresiones contrarias a la bonhomía y felicidad navideñas; así que los grinch navideños, deberemos mantener en secreto nuestras melancolías y demás sentires ajenos a la algarabía decembrina, ello para no ensombrecer la dicha ajena y de paso, proteger nuestra integridad... no vaya a ser que nos sorrajen en plena cara una reproducción metálica del nacimiento y acabemos... como Il Cavaliere,). Mi estado de ánimo se afecta debido a que es en esta época cuando me da por pensar y hasta reflexionar (bueno, al menos hacer el esfuerzo) en todas las cosas que a lo largo del año se me han ido acumulando: encuentros gratos e ingratos, desencuentros, errores, pérdidas, madureces e inmadureces, omisiones y un sinfín de hechos que tal vez sería preferible dejar en el olvido...

No sé quién tuvo la brillante idea de establecer el estigma de que las mujeres maduramos (emocionalmente) con mayor rapidez que los hombres; tampoco sé, qué tanto fundamento científico tiene esta creencia ni si en verdad, la madurez emocional está directamente relacionada con el sexo y no necesariamente con la edad biológica. Lo cierto es que de pronto se volvió casi una obligación. ¿Será que exista una tabla de medición, para determinar hasta qué grado de madurez es el idóneo? Mi abuela afirmaba que nunca se es demasiado maduro para encarar las dificultades de la vida y por el contrario, su hermano mayor solía decir que, en ocasiones, tanta madurez... lejos de allanar el camino lo vuelve más difícil, pues el exceso de buen juicio nos convierte en seres demasiado preocupados por no equivocarnos, con lo cual corremos el riesgo de no vivir con total plenitud. A saber quién de los dos tenía la razón; tal vez ambos, acorde a sus particulares experiencias. El caso es que heme aquí, a 16 días de terminar este 2009, preguntándome si todo lo que me ha pasado en este año -que no ha sido, ni de lejos, el mejor de mi existencia- ha sido a causa de una falta o un exceso de madurez, buen juicio, sensatez. Y aunque en el fondo, sé que no me ayudará gran cosa tal discernimiento -en caso de lograrlo-, igual ocupo buena parte de mis escasos ratos de tranquilidad pensando en ello. Eso, en lugar de olvidar y punto; así, como quien le da vuelta a la página de un cuaderno de notas... sin pensar que por más páginas que adelante, lo apuntado hojas atrás... ahí permanecerá (salvo que se decida deshojar el cuaderno con tal de no volver a leer lo pasado).



Hay de olvidos a olvidos; unos buscados afanosamente y otros, casi forzados; unos más necesarios... en tanto que otros... son imposibles.

Quien fuera él, para poder olvidar así. Quien fuera ella, para que alguien le pidiese olvido de esta forma y aún con el riesgo de que después de haber inspirado semejante poema, lejos de olvidarle, su recuerdo se enquistara hasta lo más profundo de ese mar infinito en el que él la invita a perderse para olvidarlo... como si la blanca espuma pudiese formar una bruma en la memoria y en la piel...



"Cierra los ojos y a oscuras piérdete
bajo el follaje rojo de tus párpados.
húndete en esas espirales
del sonido que zumba y cae
y suena allí, remoto,
hacia el sitio del tímpano,
como una catarata ensordecida.

Hunde tu ser a oscuras,
anégate la piel,
y más, en tus entrañas;
que te deslumbre y ciegue
el hueso, lívida centella,
y entre simas y golfos de tiniebla
abra su azul penacho al fuego fatuo.

En esa sombra líquida del sueño
moja tu desnudez;
abandona tu forma, espuma
que no sabe quien dejó en la orilla;
piérdete en ti, infinita,
en tu infinito ser,
ser que se pierde en otro mar:
olvídate y olvídame.

En ese olvido sin edad ni fondo,
labios, besos, amor, todo renace:
las estrellas son hijas de la noche"

[Olvido, Octavio Paz]


imagen: Le Jockey perdu, René Magritte

diciembre 12, 2009

milagros (imposibles) guadalupanos



El fervor guadalupano rebasa mi escasa capacidad de entendimiento. Más allá de la debilidad de mis creencias religiosas (en el entendido de que nací en una familia católica típica... es decir, las que recurren a Dios sólo en momentos de profunda angustia y desazón), no acabo de aprehender a esos miles de peregrinos flagelándose, llorando e implorando a la Patrona de México. Supongo que los mueve la Fe, la devoción religiosa, tan parecida a la pasión desesperada (todas las grandes pasiones son desesperadas: no tienen ninguna esperanza, porque en ese caso no serían pasiones, sino acuerdos, negocios razonables, comercio de insignificancias. Sándor Márai), la ausencia de salidas y hasta la nada sutil manipulación mediática, diseñada para dar justo en el centro de su fanatismo religioso. Aún así, dadas las condiciones actuales del país; partícipes como somos de su alarmante degradación en todos los ámbitos, de la depauperación no sólo de los pobres de siempre, sino también de las clases medias, corresponsables -así sea por omisión- del actuar de una clase política gobernante más hundida que nunca en los pantanos de la inmundicia (y esto, en un país que jamás se ha distinguido por su pulcritud política), uno podría pensar que el pueblo mexicano ya habría aceptado lo dejado de la mano de Dios que está... como para seguir a la espera de alguna respuesta de su parte o de los Santos, Vírgenes y demás acompañantes. En pocas palabras, que ya habría perdido la Fe. Pero no. Tal como sucedió en octubre pasado, cuando la afluencia de feligreses al Templo de San Hipólito durante la Celebración (más focalizada en la Ciudad de México) a San Judas Tadeo, rebasó todas las previsiones... una vez más, la Basílica de Guadalupe se ha visto colmada (cinco millones de fieles) de peregrinos -no pocos, haciendo enormes sacrificios físicos y económicos para poder trasladarse desde sus lugares de origen- en busca del milagro anhelado... como si aún fuese posible creer en milagros. No lo entiendo y creo que jamás podré hacerlo. Cada quien sus plegarias, sus pesares y sus apremios. Quizá el verdadero milagro -no sólo para los devotos guadalupanos o de San Judas Tadeo, sino para todos los mexicanos- consista en no haber perdido la esperanza de que en este país tan violentado, carente de rumbo, imaginación y certidumbres... tan lejos de Dios... y tan cerca del pacifista reino de Barack Obama, todavía sea posible un cambio para bien. O tal vez, lo único realmente milagroso... sea que, pese a los muchos empujones que se han propinado, México no se haya ido (por completo) por el despeñadero...

Pero la Fe mueve montañas, dicen:

"Al principio la Fe movía montañas sólo cuando era absolutamente necesario, con lo que el paisaje permanecía igual a sí mismo durante milenios. Pero cuando la Fe comenzó a propagarse y a la gente le pareció divertida la idea de mover montañas, éstas no hacían sino cambiar de sitio, y cada vez era más difícil encontrarlas en el lugar en que uno las había dejado la noche anterior; cosa que por supuesto creaba más dificultades que las que resolvía. La buena gente prefirió entonces abandonar la Fe y ahora las montañas permanecen por lo general en su sitio. Cuando en la carretera se produce un derrumbe bajo el cual mueren varios viajeros, es que alguien, muy lejano o inmediato, tuvo un ligerísimo atisbo de fe." Augusto Monterroso, La fe y las montañas (incluido en La oveja negra y demás fábulas, México, Era, 1969)

diciembre 10, 2009

drenando heridas


 "No hay vacío, siempre surge el yo, incluso en el silencio" (film Elogio de amor, de Jean-Luc Godard)

Ojalá uno pudiera avenar sus pesares como se desaguan los canales o como se drenan las heridas (las físicas)… para limpiar, vaciar, aliviar. Drenar para limpiar. Desde que tengo memoria, me he caído de la bicicleta dos veces. Sólo dos; pero ambas aparatosas. La segunda, que sería casi risible de no ser porque únicamente me faltó amoratarme el rostro, ocurrió un domingo con la Pista Virgilio Uribe a tope mientras yo volaba varios metros, antes de azotar como un fardo. De ese batacazo, amén de la abolladura de mi orgullo y los dolores y moretones que me acompañaron varios días, podría decir que salí ilesa. En cambio, mi primera vez fue tan brutal, que aún ahora sigo sin entender cómo no me fracturé las piernas... cuando menos. Una caída espectacular, tanto como el paisaje frente a mí: el mar de mis amores, indómito e imperioso, golpeaba los acantilados de Pie de la Cuesta (Acapulco), en tanto yo hacía lo propio... sobre el concreto más infame que pueda recordar. Y después, el dolor, duro, húmedo, quemante y también, la sangre… mucha. En eso de la sangre y las lágrimas -sin necesidad de las instrucciones para llorar de Julio Cortázar- nunca he conocido medida. Y luego supe lo que es arder. Mi alergia a la penicilina y demás sucedáneos, en perfecta colusión con el calor costeño, me acarrearon una fuerte infección y con ella las calenturas más altas de aquel caluroso verano. Y ya no hubo otro remedio que drenar mi herida una y otra vez, vaciarla hasta que no quedaron resabios infecciosos en mi organismo.

Drenar para aliviar. Empecé a hacerlo aún antes de que hubiera (aparentemente) motivos y así seguí mucho tiempo después del no por esperado, menos doloroso desenlace. Como si hubiera sido ayer, aún puedo escuchar el diagnóstico médico; frío y profesional; gélido como la ascética (sí ascética no aséptica) sala de ese hospital donde cada día de estancia cuesta lo mismo que la suite en un hotel de cinco estrellas. Cáncer en el páncreas; fase terminal; máximo dos semanas. Luego el silencio, el indescriptible e inconfundible nudo en la garganta, mis ojos abiertos con desmesura, forzados a no dejar salir el torrente de lágrimas y gritos… más de rabia que de otra cosa. Era un primero de junio y por los siguientes cuarenta y dos días con sus noches, mis ojos drenaron agua salada sin medida y sin pudor, pero sólo cuando nadie me veía. Llegó un momento en el que creí que, de tanto desaguarme, una mañana me despertaría con la novedad de ya no tener más lágrimas. Pensé con las lágrimas derramadas, mi dolor iría vaciándose, lenta pero inexorablemente, hasta desaparecer y que un buen día recordara aquellas semanas con una sonrisa amarga, casi avergonzada por mi debilidad de entonces. Me equivoqué. En ambas suposiciones. Desde entonces, han pasado semanas, meses, años y sin embargo, aún ahora cuando recuerdo la infausta mañana del sexto mes de ese año, debo hacer acopio de diques mentales y morder mis labios para no soltarme llorando, donde sea y delante de quien sea. La catarsis suele presentarse en los momentos más inusitados… casi como la Madeleine de Proust, sólo que en versión triste. Lo cual no obsta para la ocurrencia de sucesos catárticos, que aún en medio de la congoja que encarnan, resultan gozosos… como el cine…

Si amo el cine, no es porque sea el Séptimo Arte (enfermo de gravedad, desahuciado, dicen algunos). No. Me apasiona, entre muchas razones, por todo lo que me ha hecho sentir, lo cual incluye que en más de una tarde/noche, ha sido el vehículo para memorables catarsis. Mismas que sufro y gozo en igual medida. Las películas dramáticas o simplemente tristes han sido, quizá, el pretexto más usual para caer en esa impudicia de llorar en medio de una sala atestada de gente, entretenida en masticar nachos y sorber coca-cola… sin ningún pudor. De impúdicos a impúdica. Ellos comen haciendo ruidos extraños y yo lloro como plañidera (pero en silencio). Todos felices.

Adoro Los cuatrocientos golpes y no porque sea una película fundamental de la Nouvelle vague-; sino porque en Antoine Doinel se condensan muchos de mis momentos catárticos más sublimes Mientras él sufre el desamor de su madre y  los golpes propinados por una sociedad empecinada en vigilar y castigar (Michel Foucault dixit), yo lloro mis propias penas. Lo acompaño durante su largo travelling en pos del mar de sus sueños (que es el mío), corro y sufro con él y cuando por fin arriba a esa playa desolada y voltea hacia la cámara, clavando en ella su estremecedora mirada, yo he terminado de hacer catarsis… sufriendo y gozando frente a una de las imágenes fílmicas más remarcables de la historia del cine.
Hay penas que por más que se drenen, a diferencia de las heridas infeccionas, jamás abandonan nuestros ser. Esa es la mala noticia; la buena… no la sé, pero debe haber algo de nobleza en no dejar de sentir el dolor…


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diciembre 07, 2009

misivas adelantadas


A unos días del inicio del Maratón Guadalupe-Reyes [breviario no-cultural para los no-mexicanos que pasen por aquí: tengo mis dudas sobre quién inició (¿quizá los españoles?) la costumbre de los puentes, pero seguro fuimos los mexicanos quienes "inventamos" su variante maratónica y para mejor ejemplo... el Lupe-Reyes, nuestra máxima creación... del 12 de diciembre al 6 de enero], ya ha comenzado la avalancha de balances anuales de todo tipo, de listas buenos propósitos para el año que iniciará en 25 días, etc., y hasta de cartas a los Reyes Magos... a un mes de su llegada. No estoy muy al tanto de cómo funcione en la actualidad esto de las cartas a los reyes magos, quizá los niños de la generación Xbox 360 ya ni las acostumbran y lo mismo suceda con los adultos de la generación Next, demasiado ocupados en aguardar la salida al mercado del siguiente modelo de su BlackBerry y demás gadgets... para perder su tiempo en algo tan démodé como la elaboración de cartas dirigidas a seres míticos. 

No obstante, es posible que en una época desesperanzada como la que vivimos, las cartas a los reyes magos vuelvan a ponerse de moda entre los exiliados del culto a los gadgets y los mensajes de msn, un poco a la manera de los mensajes en la botella lanzados al mar virtual; quizá como un grito desesperado o un mero desahogo. Sucede que el viernes pasado, recibí una invitación para participar en un curioso concurso de Cartas a los Reyes Magos. Y digo curioso, porque pese a ser algo totalmente informal, un mero pretexto para reencontrarse con un grupo de ex-compañeros de Diplomado (integrado mayoritariamente por hombres), de antemano se marcan pautas para elaborar las misivas: las peticiones deberán ser amorosas, nada de tocar temas socio-políticos o de otra índole (casi sentí una dedicatoria personal en esta restricción, jajá). Lo que se busca es la forma más original de pedir de regalo de reyes... un prospecto de amado/amada. Como ejercicio literario suena hasta divertido, pero tengo la sospecha de que no pocas de esas cartas resultarán algo más que un simple texto de ficción. Sin ir más lejos, hace un rato intenté un par de párrafos para la hipotética carta, en idea algo totalmente alejado de mi realidad y muy irónico (según yo) y una vez que los terminé y los releí, me fue imposible no pensar en ese viejo refrán que dice: uno busca trabajo... rogando a Dios no encontrarlo. En pocas palabras, mi carta parecía una invitación a alejarse de mí... lo más pronto posible... y está bien que hay que ser anti-solemnes y un poco sarcásticos, pero el objetivo es pedirle un novio/novia a los reyes... no lo contrario. Temo que yo no sirvo para este tipo de misivas y la verdad es que me gustaría, así sea sólo por probar a qué niveles de kitsch puedo llegar, intentar tal cartita.

No he confirmado mi participación (y probablemente no lo haga) en el citado certamen/reunión, pero ya que estamos en materia de cartas y deseos, les dejo un par de micro-cuentos que hablan sobre idílicos anhelos y por último, una misiva amorosa tan bien escrita como poco tradicional y que quizá a más de uno le resulte chocante [sin ser una carta a los santos reyes... como si lo fuera, sólo a su autor (un hombre demasiado talentoso y anti-convencional) se le pudo ocurrir pedirle a su amada semejantes pruebas de inteligencia y devoción].
 

Soy un Adán que sueña con el paraíso, pero siempre me despierto con las costillas intactas. Cláusula III, de Juan José Arreola

La Bella Durmiente cierra los ojos pero no duerme. Está esperando al príncipe. Y cuando lo oye acercarse, simula un sueño todavía más profundo. Nadie se lo ha dicho, pero ella lo sabe. Sabe que ningún príncipe pasa junto a una mujer que tenga los ojos bien abiertos. La bella durmiente del bosque y el príncipe, de Marco Denevi


Segunda carta conyugal
"Necesito a mi lado una mujer sencilla y equilibrada, y cuya alma agitada y oscura no alimentara continuamente mi desesperación. Los últimos tiempos te veía siempre con un sentimiento de temor e incomodidad. Sé muy bien que tus inquietudes por mí son a causa de tu amor, pero es tu alma enferma y malformada como la mía la que exaspera esas inquietudes y te corrompe la sangre.
No quiero seguir viviendo contigo bajo el miedo.

Agregaré que además necesito unas mujer que sea mía exclusivamente, y que pueda encontrar en todo momento en mi casa.
Estoy aturdido de soledad. Por la noche no puedo regresar a un cuarto solo sin tener a mi alcance ninguna de las comodidades de la vida. Me hace falta un hogar y lo necesito enseguida, y una mujer que se ocupe de mí permanentemente, incapaz como soy de ocuparme de nada, que se ocupe de mí hasta de los más insignificante. Una artista como tú tiene su vida y no puede hacer otra cosa. Todo lo que te digo es de una mezquindad atroz, pero es así. No es preciso siquiera que esa mujer sea hermosa, tampoco quiero que tenga una excesiva inteligencia, y menos aún que piense demasiado. Con que se apegue a mí es suficiente.

Pienso que sabrás reconocer la enorme franqueza con que te hablo y sabrás darme la siguiente prueba de tu inteligencia: comprender muy bien que todo lo que te digo no rebaja en nada la profunda ternura, y el indecible sentimiento de amor que te tengo y seguiré teniendo inalienablemente por ti, pero ese sentimiento no guarda ninguna relación con el devenir corriente de la vida. La vida es para vivirse. Son demasiadas las cosas que me unen a ti para que te pida que lo nuestro se rompa; sólo te pido que cambiemos nuestras relaciones, que cada uno se construya una vida diferente, sin que nos desunamos más"
Antonin Artaud Extracto de L'ombilic des Limbes, Le pèse nerfs. 1926. Versión de L.S.





imagen: adán sin costilla, tomada de cajón de sastre


diciembre 04, 2009

reír es cosa seria


En algún lado leí que saber reír, tener sentido del humor, es cosa de gente inteligente. Así como la poesía es el género literario mayor, hacer reír a los demás -y reírse uno mismo- es un arte elevado. Eso dice la teoría y, me parece, queda demostrado en la práctica: generar sonrisas no resulta nada sencillo (salvo para quienes encuentran el epítome del humor... en los chistes de pastelazo y la programación cómica de Televisa) y menos, cuando se vive en un país donde hace tiempo escasean los motivos para sonreír (pese a tener gobernantes irrisorios).

Nunca seré poeta, lo tengo bien asumido; tanto, como que mi sentido del humor no es el mejor. Ni falta hace remarcarlo, yo sola me he bautizado -medo en broma medio en serio- como Madame Amarguetta y mis post hablan por mí, pues sin ser propiamente depresivos, casi podrían definirse como la antítesis de la diversión. Y sin embargo, por increíble que parezca, me gusta reír... y mucho. El problema es que las razones de mis carcajadas, los sucesos que me hacen reír, la mayoría de las veces no son comprendidos ni vistos como divertidos.
 "—Nuestro mundo, éste por el que tú y yo deambulamos, no admite la alegría, a menos que la haya previamente codificado. Debes, ü faut, bisogna, you need mostrar júbilo, felicidad, exultación, pero siempre y cuando sea como respuesta a un factor creado exprofeso: el circo, los bufones, la comedia, los chistes, la mujer gorda que se cae al suelo, la farsa, el ridículo, lo grotesco, el sainete, la caricatura, el pastel estampado en una cara mofletuda, todo en la dosis conveniente; sí, sí, muy bien regulado, de manera que hasta los suizos puedan lograr su cotidiana dosis de júbilo. Pero ser feliz sin un motivo determinado, reírte sin motivo como la genial hiena del cuento, eso ya es otra cosa y no te lo perdona nadie. Inténtalo y verás; verás que de repente te has acercado al desafío, que irritas a los demás en una zona imprecisa, en un flanco no custodiado y por ello su desconfianza será mayor. Descubrirás que casi todo el mundo, aun quienes navegan con banderas de heterodoxia, en el fondo sólo aspiran a la sacralización."  (Sergio Pitol, El tañido de la flauta. Editorial Anagrama, 1986. 217 páginas)

Nadie dijo que fuera fácil reír; tampoco vivir…

Vivir es lo que es. Ni una eterna fiesta -sería algo aburridísimo- ni la peor de las desgracias… ya sabemos lo que dice la Ley de Murphy: si las cosas están mal… es señal de que pueden ponerse peor.

Dice una amiga, negada para la cocina, que vivir es más fácil que cocinar. Cuestión de perspectivas, supongo. Como a mí me gusta, y se me facilita, la cocinada, pienso exactamente lo contrario. Para aprender a cocinar, tenemos a nuestra disposición apoyos de diversa índole: desde los instructivos para principiantes, pasando por los secretos de la abuela y los grandes libros culinarios especializados, hasta las Carreras Universitarias tan formales, y costosas, como cualquier licenciatura tradicional. Claro que si uno de plano está negado para tal arte, ni bajo la dirección del mejor Chef del mundo logrará cocinar medianamente bien.

En cambio, para vivir... no hay Licenciatura, Chef, pláticas motivacionales, filosofías hellokittyanas, manuales de autoayuda o “selectos” consejos del Reader's Digest (Puagh) que valgan.

Pero entonces… ¿cómo vivir... sin morir en el intento? Pues según el Magíster Octavio Paz... vivir es (también) cuestión de pensar…
“Vivir es también pensar y, a veces, atravesar esa frontera en la que sentir y pensar se funden: la poesía”
Lo dicho, nadie afirmó que fuera sencillo… pero... cómo se le ocurre al Poeta que además de poner su mejor empeño en vivir sin morir en el intento, uno se dé tiempo para pensar y todavía, intentar cruzar la frontera donde se funden sensibilidad y pensamiento? Por favor... esto es exigir demasiado a los humanos en esta era del vacío y el imperio de lo efímero (Gilles Lipovetsky dixit), cuando hay más preocupación por ejercitar los músculos corporales… que por poner en movimiento el músculo cerebral...

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ADENDA. Hablando de sinsentidos que mueven a la risa... amarga... nada como las declaraciones del Cardenal mexicano Javier Lozano Barragán, diciendo que los homosexuales, lesbianas y transexuales "no entrarán al reino de los cielos" Uff. Lo que no aclaró el Señor Cardenal, es si los clérigos pederastas, los abusadores de niños, promotores de la prostitución infantil y traficantes de menores, tampoco tendrán cabida en el reino divino. Aunque a la luz de las experiencias vividas en este país y habida cuenta de la supina hipocresía y doble moral que tan bien domina la Iglesia Católica, no sería de extrañar que si la tuvieran (y en lugar preferencial). Por ejemplo, segurito el impoluto Marcial Maciel ya está allá arriba, sentado a la diestra de Dios y gozando de las mieles celestiales.

Para morirse de risa, caray


diciembre 02, 2009

azar, necesidad, elección o sino...


"Estoy solo,
con mi soledad a solas,
amoldado a ella
como el vino a los muros de la copa,
y viviendo la íntima galaxia
parpadeante,
de una conversación en las tinieblas
"
Elías Nandino

¿Elegimos la soledad o es ella quien nos elige? ¿Necesitamos de la soledad, para poder reafirmarnos en un mar de individualismo colectivo? ¿Estamos destinados a hallarnos inmersos en ella o por el contrario, es el azar objetivo (A. Breton dixit) quien nos conduce hacia el encuentro y plena comunión con esta, la Dama más temida y fiel? Cuando Daniel Defoe escribió su clásico Robinson Crusoe, probablemente no imaginó que cientos de años después, su novela sería objeto de apreciaciones tan divergentes que van desde catalogarla como una mera alegoría del colonialismo y aires de superioridad británicos, pasando por la de ser una simple aventura de folletín, hasta la de tratarse de un perturbador retrato del hombre enfrentado a la más profunda de las soledades, la de verse solo ante sí mismo. La primera vez que leí las aventuras y desventuras de ese náufrago (tendría unos doce años), fue también cuando por vez primera, vi la soledad  con un rostro diferente, con una connotación mayor: un hombre solo y su alma en medio de la nada; lejos de toda referencia de vida, de habla, de comida... de todo... un hombre perdido y solo. Desdichado en su soledad, sin nadie con quien hablar en esa isla inhóspita y salvaje, Robinson sólo hallará consuelo al toparse con el salvaje Viernes, quien será su acompañante durante todos los años que permanezca lejos de casa y al mismo tiempo, el vehículo que le permita reafirmarse en su condición de Ser Civilizado. Robinson necesita de Viernes, pues sin él, pareciera decirnos Daniel Defoe, no es nadie o apenas un alguien perdido en la nada... porque ningún hombre es una isla... según dicen.

En la actualidad, lejos de la ignota isla de Robinson y Viernes, habrá quien piense que es una contradicción hablar de soledad. Soledad en un mundo globalizado, en donde gracias a los avanzados (técnicamente hablando) sistemas de comunicación, podemos "estar" casi al mismo tiempo en variados y remotos sitios y en tan diversas compañías. Y sí, el mundo de hoy es un mundo copado tanto de seres solitarios como solos; unos que viven conscientes de su soledad y otros que ni la notan. Solos y a causa de los más diversos motivos, pero no pocos por elección. Pero la mayoría de los seres solitarios y de los que están solos, ya sea sin compañía o acompañados, están rodeados de un mar de gente, imuchos incluso se hallan inmersos en una "vida social" abundante y variada (salvo alguna extraña especie de ermitaño -que yo no conozca a ninguno, no significa que no lo haya-). Decía mi abuela que la soledad era como el dolor y el duelo: iba por dentro. Por mi  parte, al crecer me di cuenta que a diferencia de Robinson antes de encontrar a Viernes, abundan los seres solitarios que no necesariamente están solos ni viven sumidos en la desdicha o la amargura, menos el vacío. Y algunos, casi podría decirse que disfrutan su condición. Lo que no sabría  decir es si lo están por decisión o si  por el contrario, fueron las circunstancias de la vida las que los condujeron hacia ella.

Dice una amiga que los seres solitarios y los melancólicos se huelen, se atisban mucho antes de saber de su mutua existencia. Y quizá lo que venga después, sea la unión, más espiritual que física, entre solitarios...

Y hablando de soledades elegidas, hoy lunes 30 de noviembre, último día del penúltimo mes del año 2009... me toca publicar en el Blog Colectivo Escribidores y literaturos. Mi relato es el de una mujer que ha decidido vivir alejada de todo, en un afán que cuesta trabajo entender en estos tiempos... en silencio se llama, por si gustan leerlo...


imagen tomada del sitio www.chartreux.org/