escribir

Escribir: tratar de retener algo meticulosamente, de conseguir que algo sobreviva; arrancar unas migajas precisas al vacío que se excava continuamente, dejar en alguna parte un surco, un rastro, una marca o algunos signos.[Georges Perec]

mayo 13, 2013

caminar por la vida sin zapatos de diseñador...


"[…] Leo Madame Bovary de Flaubert, tengo sólo quince años. Madame Bovary ha seducido a León, quien, embelesado, oye el rechinido de sus botines y se acobarda, como un borracho frente a los licores delicados […]"Margo Glantz, Historia de una mujer que caminó por la vida con zapatos de diseñador

Caminar es unas de las mejores cosas que puede haber en esta vida. Me gusta caminar. Aun entaconada. Caminar no sólo para transportarse, sino para escapar —con y sin metáfora—, relajarse y hasta concentrarse. Dice un amigo escritor que cuando escribía su segunda novela, a la mitad de esta, no había forma de superar el bloqueo y que sólo logró reencontrar el ritmo de su escritura caminando. Largas caminatas durante las cuales los personajes y la historia volvieron a tomar forma en su cabeza. Así pues, cuando uno necesita pensar… hay que empezar por caminar. Y pensar que quizá yo no hubiese podido hacerlo. Al menos no como me gusta…

Contaba mi abuela que nací con el pie izquierdo ligeramente chueco pero que antes de que alguien dijera pío, mi padre tuvo a bien enderezármelo. Así. Sin preguntarle a nadie. En un impulso. A la Viva México. Sin anestesia, ni atenuante alguno. Y completaba mi abuela su relato diciendo que ni siquiera lloré gran cosa. Que fue más el susto de mi madre y de ella, que la reacción de la recién nacida: «será porque los huesitos de los recién nacidos son como cartílagos de pollo, suavecitos y maleables, que ni trabajo le dio enderezarte el píe». Será el sereno, pero cuando me lo contó cerré los ojos de sólo de imaginar aquella operación. Como echarle un chorro de mezcal a una herida sangrante. Un impacto similar imaginé. Afortunadamente nunca registré secuelas de semejante compostura, como no sean las muchas caídas que habría de sufrir a lo largo de mi infancia y adolescencia. Quizá en recuerdo de aquella compostura tan primitiva, mi abuela dio por calzarme con zapatos hasta el tobillo, como botita de niño. Blancos para el lunes, día del homenaje a la bandera; negros para el resto de la semana. Zapatos que daban perfecto soporte a mi tobillo débil de nacimiento según mi abuela. Desde el kindergarten y durante toda la primaria. Nueve años usando esos zapatos tan poco agraciados y cero femeninos.

No obstante mi tobillo-chueco-enderezado-a-la-brava, o quizá en venganza a este, he sido una buena y veloz caminadora. Algo que a los hombres parece no encantarles. Más bien lo contrario: no pocas veces he recibido reproches tipo «¿vas a recibir herencia o por qué tanta prisa?». Y la verdad es que no tengo explicación. No sabría decir cuándo me dio por caminar como si alguien me persiguiera. Creo que desde que recuerdo siempre he caminado a gran velocidad. Lo peor es que ahora, por más que trato de ir despacio no puedo. Y padezco cuando en la calle me toca caminar detrás de alguien que anda como si tuviera por delante todo el tiempo del mundo, o como si este no existiera. La pachorrudez de los transeúntes me desespera. Ni siquiera durante las vacaciones puedo bajarle al ritmo de mi andar.

A veces creo que la velocidad con la que algunos caminamos se debe a que, sin importar nuestra edad, desearíamos poder bebernos la vida de un solo trago. Tal vez. Mientras escribo esto me veo de niña con mis zapatos de agujetas hasta el tobillo y elucubro que mi andar veloz pueda deberse a la pena que sentía al usarlos porque era la única niña que no usaba… zapatos de niña: quizá empecé a caminar tan rápido a manera de protección/huida, para no dar tiempo a que mis compañeros de clase notaran que usaba zapatos de niño. Años después, vendría otra especie venganza: nada más empezar a trabajar, lo primero que compré fueron zapatos. Los más femeninos y bonitos, según yo, que pude hallar y pagar. Y casi se me volvió un vicio comprar zapatos. Cualquiera diría que en una vida anterior me habían traído descalza y por ello ahora me desquitaba comprando zapatos de manera compulsiva. Afortunadamente no fue un vicio tan arraigado ni durable. Hace tiempo que dejé atrás mi obsesiva compulsiva afición a comprar zapatos. No así la de caminar como si persiguiera herencia…


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mayo 06, 2013

el futuro es como una sala de espera...

Catching the moon de Farideh Lashai

«Cuando era pequeña sólo deseaba una cosa: crecer. Quería que sucediera deprisa, pero ahora no sé para qué ha servido todo esto. No sé para qué. Hacerme mayor. El futuro es... como una sala de espera, como una gran estación con bancos y corrientes de aire, y detrás de los cristales un montón de gente que pasa corriendo, sin verme. Tienen prisa. Cogen trenes, o taxis. Tienen un sitio a donde ir, alguien con quien encontrarse. Y yo me quedo aquí, sentada, esperando...»
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—Línea de La fille sur le pont [film de Patrice Leconte. 1999]


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abril 30, 2013

decepciones imaginarias...

¿El lugar más erótico de un cuerpo no es acaso allí donde la vestimenta se abre? [...] Es la intermitencia, como bien lo ha dicho el psicoanálisis, la que es erótica: la de la piel que centellea entre dos piezas (el pantalón y el pullover), entre dos bordes (la camisa entreabierta, el guante y la manga); es ese centelleo el que seduce, o mejor: la puesta en escena de una aparición-desaparición […].
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—Roland Barthes [El Placer del texto]

Toda (la inmensa) proporción guardada, lo dicho por Barthes me recordó aquello de «no dejas nada a la imaginación»: nos gusta completar con nuestras fantasías aquello que apenas entrevemos en un texto, en una imagen, en un suspiro. Tal como la memoria llena con hechos inexistentes los huecos del olvido, casi siempre para mejorarlos. Algo que también sucede en la relación literatura-cine: nos deleitamos con lo que leemos... y con aquello que aventuramos a partir de la lectura. Y nos creamos expectativas. A veces demasiadas. Y de nada sirve saber que por más cercanos que sean, el lenguaje del cine y el de la literatura son independientes. Invariablemente, si de una obra literaria llevada al cine se trata, siempre habrá quien reclame que la película no reflejó toda la grandeza del libro. Un ejemplo reciente es la Anna Karenina de Joe Wright, cuya majestuosa y arriesgado puesta en escena no convenció a la crítica especializada, la cual consideró que el film no estaba a la altura de la novela de Tolstói. Un juicio duro, me parece. Sobre todo si se repara en que buena parte de esa crítica especializada aplaudió la melcocha lacrimógena de Les Misérables, un musical plagado de estrellas hollywoodenses que difícilmente puede hacer justicia al gran drama político, social y humano de la novela de Víctor Hugo. 
Cuando leo críticas negativas tipo «la película no es fiel al espíritu de la novela», no sé qué pensar. ¿Acaso alguien espera que un film de dos horas refleje la inmensidad de una novela como, por ejemplo, Anna Karenina? ¿Una adaptación casi literal? Por supuesto que una película basada en una novela… jamás será como el texto que le dio origen. Pero eso, creo, no necesariamente la convierte en mala. Claro, siempre habrá buenas y malas adaptaciones, pero es posible que esto último se debas más a fallas del director que a «falta de fidelidad» con la historia adaptada. Quizá habría que admitir que con lo que no cumple un film, más que con la obra literaria en la que se base, es con nuestras expectativas. Siguiendo con la más reciente adaptación de Anna Karenina, creo no ser la única para quien sólo tiene un gran fallo: el actor que da vida a Vronsky. Con tan buenos actores británicos que hay y fueron a seleccionar al más insípido y limitado de la comarca. Obvio, uno lo ve y no puede creer que Anna gastara su pasión y su vida en semejante imberbe. Es eso… o la Karenina no resultó muy distinta de la Bovary y más que de un hombre específico, se enamoró de una fantasía creada por su mente y corazón insatisfechos, un ideal con el que vistió al primer badulaque que se cruzó en su camino.

El cine y la literatura son lenguajes distintos. Muchas veces se fusionan, se mezclan…se acuestan y después no se llaman al día siguiente. En el mundo cinematográfico prima la imagen por encima de la palabra, mientras que en el literario es básicamente la palabra 
[…] Luciano Sívori 

Dicen que para un buen film lo primero que se necesita es un buen guion. Debe ser. No obstante, no hay guion, por bueno que sea, que resista un mal director. En cambio, hay directores capaces de convertir un guion mediano en un gran film. Más allá de estos tecnicismos, el punto es que el literario y el cinematográfico son lenguajes muy poderosos por sí mismos, cada uno por su lado y, a veces, mezclados. No tendríamos por qué ponerlos a competir. Menos, valorar a uno desde el punto de vista del otro. Pero claro, si cada vez hay menos autores de guiones originales y más de adaptaciones literarias… no hay forma de evitar esta subjetiva comparación.   

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