adaptaciones

Me niego a vivir en el mundo ordinario como una mujer ordinaria. A establecer relaciones ordinarias. Necesito el éxtasis. Soy una neurótica, en el sentido de que vivo en mi mundo. No me adaptaré de mi mundo. Me adapto a mí misma. [Anaïs Nin.]

febrero 21, 2012

malgré tout...




Escribir a pesar de todo, pese a la desesperación. No: con la desesperación
[Marguerite Duras, Écrire. Gallimard, 1993]

   

Este blog resiente ausencias. Las mías, claro, y las de los lectores. Nada es gratis. Todo se retroalimenta —o debiera hacerlo— y si yo publico cada vez menos, pues ni quién se pare por aquí. Si esto no fuera suficiente para deprimirse, Blogger insiste en hacerme batallar. Tanto, que he llegado a pensar que más que un problema técnico-cibernético, se trata de una indirecta muy directa: que ya es tiempo de cerrar el ciclo y dejar esto por la paz. Ya no más post. Y junto con el blog, irme yo también, sólo irme. Irme de verdad, físicamente, geográficamente. Ser un naufrago sin propiedades ni presiones, perdido sin rumbo en el mar inmenso, ignoto, a veces agreste e indomable. Irme sólo así, sin rumbo fijo ni límites de tiempo. Si pudiera realizar un deseo, lámpara de Aladino en mano, sólo uno, sería ese. Y para no ir más lejos, ¿por qué no hoy? Lástima que Aladino resultó un amarrete y no acostumbra visitar a quien lo necesita ni, mucho menos, en el momento que más lo necesita.

Y seguro me sentiría mal. Un poco. Quizá un mucho, pero antes de irme me robaría algún verso, tal vez dos. Eso sí, cada hurto irá acompañado de su respectivo copyright. Seré ladrona de versos, pero nunca plagiaria de los mismos.

Todo final de ciclo acarrea un estado de ánimo melancólico y, si ello no fuera suficiente, desbordante de cursilería. Y a veces no sólo el fin en sí, sino la sola idea de él. Dejar este sitio que tantas satisfacciones me ha dado, que a tanta gente interesante me ha permitido conocer, me da un poquito de tristeza. He ahí la cuestión. He ahí el motivo por el cual aún no me he decidido a decir adió y en este momento aporreo el teclado para garabatear estas líneas inconexas y desbordadas.

Si tuviera que describir mis taras a la hora de aporrear el teclado en no más de cinco palabras, estas serían melancolía, cursilería, dislexia, abuso de comas y vindicación de las tildes. Y para muestra este post —y muchos otros que aquí yacen. Y quizá sea justo eso, ese ser cursi sin remedio, disléxica impenitente, cuya intolerancia a la melcocha desmedida le provoca severos malestares [como quien padece intolerancia a la lactosa] , pero no le impide abusar de las comas y, al fin cursi démodé, pugnar por la vindicación de las tildes [diacríticas o no], como quien vindica la libertad de expresión. Por eso todavía no me he despedido, por eso me tiembla la mano cada que quiero dar cerrojazo. Y es que, ¿dónde más que en este blog puedo aporrear el teclado sin miedo ni medida, sin pensar que con un puntito o una comita de más, mi frase se irá al limbo a donde van a dar todas las líneas que sobrepasaron los 140cc de un tweet...?

Así que todavía andaré un rato por aquí. Malgré tout
Gracias por leer.


***

quisieras...


quisieras
avanzar en tu poema
como un arroyo

sinuoso, apresurado

y tiemblas por volverte
como un estanque
 
donde quizá, estático,
no te reconocieras.

.................

—Eugène Guillevic


................

 

febrero 17, 2012

un cuento de amor... [o ¿el amor es un cuento?]

Anne-Julie Aubry



AMOR I [Él]

A ella le gusta el amor. A mí no. A mí me gusta ella, incluido, claro está,
su gusto por el amor. Yo no le doy amor. Le doy pasión envuelta en palabras,
muchas palabras. Ella se engaña, cree que es amor y le gusta; ama al
impostor que hay en mí. Yo no la amo y no me engaño con apariencias, no la
amo a ella. Lo nuestro es algo muy corriente: dos que perseveran juntos por
obra de un sentimiento equívoco y de otro equivocado. Somos felices.
[...]
AMOR II [Ella]
Pretende que yo estoy enamorada del amor y que a él sólo le interesa el
sexo. Dejo que lo crea. Cuando su cuerpo me estremece, lo atribuye a sus
muchas palabras. Cuando mi cuerpo lo estremece, lo atribuye a su propio
ardor. Pero me ama. Y no lo saco de su engaño porque lo amo. Sé muy bien que
seremos felices lo que dure su fe en que no nos amamos.
…………

[Raúl Brasca, escritor argentino]

........................


Y para terminar, otro cuento de amor, uno de leyenda. No exactamente como dicen que sucedió, sino como yo quiero creer que pasó:

Penélope y Ulises... y la otra
 
A fin de mantener a sus hijitos a salvo de cualquier tipo de daño, las madres abnegadas les aconsejan alejarse de las malas mujeres. Y como un cliché tendencioso nunca viene solito, suele suceder que a la mayoría de los hombres son precisamente esas malas mujeres las que más les atraen. Y para tener la tercia completa, podría decirse que sin esa desobediencia masculina hacia los consejos de mamita, la literatura y el cine nos habrían privado de un sinnúmero de personajes masculinos llevados a la perdición por culpa de una mala mujer. Y, claro, de no ser por ese tramposo cliché quizá no habríamos conocido a tantas mujeres —reales y ficticias— cuya mala fama ha sido directamente proporcional a su inteligencia y a la fascinación que nos han provocado… como Circe, quien bien podría ser considerada una de las primeras femme fatale de la historia.


Circe, la leyenda le atribuye poderes de hechicera: dicen que acostumbraba convertir en cerdos a los hombres. Según quien lo cuente, únicamente lo hacía con quienes la rechazaban —cosa difícil de creer, dada la belleza y artes seductoras que la propia mitología le atribuye—, o con todos por igual, sólo por dar rienda suelta a su in infinita maldad. A saber. El tema es que Circe empata con esa creencia de que las malas mujeres son las causantes de las mayores desgracias masculinas. Bien mirada, esa tendenciosa idea no debería molestarnos tanto a nosotras como a los hombres, pues es a ellos a quienes hace ver como seres pasivos, carentes de voluntad y capacidad de decisión, siempre a expensas de lo que esas malas, malísimas damiselas quieran hacerles. Y como casi siempre ocurre, los mismos que imponen estereotipos de mujeres buenas y malas, son los proveedores del antídoto, en este caso, vestido de redención: las malas mujeres son susceptibles de redimirse... merced al amor. Y hasta ahí llegó su el encanto, porque lo que sigue es verlas gimotear como en cualquier telenovela cursi que se respete… y ni Circe se escapa de esta melcochosa redención.


Ya conocen la historia de esa feliz pareja formada por Ulises y Penélope. Él, un gran guerrero y ella... una buena y docilita mujer, a quienes tanta dicha ya les había aburrido un poquito y como no era cosa de andarse con monerías del tipo: "vamos a darnos tiempo", mejor buscarse alguna guerra, que nunca faltan. Claro, no cualquiera, sino la muy célebre Guerra de Troya [si Ulises fuera nuestro contemporáneo, bien podría irse a luchar contra el Banco Europeo, el FMI, el Banco Mundial, Herr Merkel y demás saqueadores del capitalismo salvaje]. Así que hacia allá partió Ulises con un doble objetivo: ser héroe y librarse de la rutina matrimonial; se marchó en pos de laureles y dejó sola a Penélope. Y como ella era una buena mujer, no le quedaba más remedio que guardar la compostura y esperar a que su marido regresara... en veinte días, veinte semanas, veinte meses... o veinte años.


Firme se mantuvo Penélope a la espera de su amado, tejiendo lienzos interminables para alejar de su mente los malos pensamientos y de su ser entero las tentaciones, que no fueron pocas. Y mientras ella tejía y tejía, Ulises libraba batallas, conocía otros mundos y... otras damas. Una de ellas, Circe, quien lo recibió en su isla-reino, ofreciéndole casa y comida a él y a sus compañeros, cuando éstos se encontraron extraviados y devastados. Pero como según la mitología, ella es la mala mujer de esta historia, sólo les brindó abrigo para poderlos convertir en cerdos. A todos menos a Ulises... pues si no quién iba a ser el héroe del cuento. Tan heroico él que únicamente aceptó la hospitalidad de Circe para poder salvar a sus amigos del maleficio porcino. Y en este punto es donde entra la redención, pues Circe quedó tan enamorada de Ulises que no sólo no lo convirtió en un lindo cerdito, sino que rompió el hechizo de sus compañeros, no sin antes caer a los pies del hijo pródigo de Ítaca clamando su perdón e implorándole un poquito de amor. Y él, en una muestra de su infinita generosidad, la perdonó y aceptó quedarse a vivir a su lado unos añitos... nada más para que nadie fuera a dudar de la sinceridad de su perdón o a decir que era un mal agradecido. Y después de ese tiempo —durante el cual no dejó de pensar en Penélope ni un solo día, según dice Homero—, llegó un momento en que ya no pudo con la nostalgia y decidió emprender el regreso a la añorada Ítaca y abandonar a Circe, con quien ya había procreado algún vástago según cuenta la mitología.


A punto de lanzar improperios contra Homero y el héroe de Ítaca, venturosamente el mito —por tanto usted crea lo que mejor le plazca— nos abre la posibilidad de un inesperado happy end. Casi como si de una venganza dantesca planeada se tratara —por Edmundo Dantes, no por el infierno de Alighieri: a la muerte de Ulises, Penélope y Circe se hicieron amigas y terminaron sus días viviendo en familia —junto con los hijos que cada una había procreado con el mítico héroe— en la isla-reino de Circe, con sus vidas amorosas rehechas y sin pasar penurias de ningún tipo...


Casi como final de telenovela, con la femme fatale redimida como toda una señora felizmente casada y con su ex-rival convertida en su mejor amiga. Aun así, no deja de ser una ironía… aunque no sabría decir quién rio más al último… si Ulises o ellas.

*****