escribir

Escribir: tratar de retener algo meticulosamente, de conseguir que algo sobreviva; arrancar unas migajas precisas al vacío que se excava continuamente, dejar en alguna parte un surco, un rastro, una marca o algunos signos.[Georges Perec]

abril 18, 2014

el inventor del hielo...

Últimamente nomás vengo a ese blog para hablar de muertos. Qué cosa. Pero ni hablar, ayer murió Gabriel García Márquez y para no caer en las cursilerías que tan bien se me dan, mejor dejo el artículo de Juan Villoro publicado hoy en el diario Reforma, en el que rinde un sencillo pero bello homenaje al escritor colombiano (y sin necesidad de caer en las hipérboles, hipocresías o perdonavidismos tan comunes en estas ocasiones). 





García Márquez, el inventor del hielo
Juan Villoro (18-Abr-2014)

Gabriel García Márquez solía recordar que llegó a México el día de la muerte de Hemingway. Ciertos momentos se definen por lo que perdemos: el 17 de abril de 2014 falleció la única persona que hubiera escrito bien esa noticia. Desde sus primeras crónicas, publicadas en Cartagena de Indias y Barranquilla, García Márquez decidió que la realidad es una rama de la mitología, llena de cosas tan difíciles de probar y tan inolvidables como éstas: no hay nada más dramático que una negra engreída, suicidarse es una forma de ser chino y el azúcar murmura cuando sube a las naranjas.

Después del asesinato del político liberal Jorge Eliécer Gaitán, la prensa colombiana pasó por una fuerte censura. Imposibilitado para cubrir acontecimientos, el joven García Márquez narró la vida íntima de un bandoneón, los problemas de tráfico causados por los muertos y el desconcierto producido por una vaca que se creyó urbana.

Como su maestro Daniel Defoe, renovó el periodismo para renovar la literatura. El autor de Robinson Crusoe tuvo que llegar a los sesenta años para describir el desconcierto que produce una huella en la arena de una isla desierta. Nacido en Piscis –signo aliado de la fortuna—, García Márquez encontró más pronto a su náufrago. José Salgar, encargado de la cocina de El Espectador, bajó la escalera en espiral del diario y pidió al joven periodista de Aracataca (al que apodaban como Trapo Loco por su fantasiosa mezcla de ropas) que escribiera el relato de un náufrago. Todo mundo conocía la noticia. García Márquez encendió un cigarrillo pensando en pretextos para negarse, pero el diálogo lo llevó a una revelación: podía escribir en primera persona, como Crusoe en su isla. Los lectores conocían la información, pero nadie, ni siquiera el náufrago, conocía la vida interior de la información.

García Márquez entendió el periodismo en clave cervantina. Los datos que el mundo pone frente al Quijote son arbitrarios, abigarrados, caóticos; se trata de "noticias". Desde su perspectiva, la época ha enloquecido; desde la perspectiva de la época, él ha enloquecido. Gracias a este desfase, todo se comprende dos veces: con la mirada alucinada del Quijote y con la sensatez del entorno. El resultado es la literatura moderna. A los 53 años, Alonso Quijano concluye su aventura de lector absoluto, transformando la realidad en libro. A los 19 años, García Márquez inicia su aventura narrando la realidad como fábula.

En un buen reportaje los detalles son inobjetables y la trama tiene la desmesura de lo que sólo es lógico porque así sucedió y puede ser probado. Con esa estrategia, García Márquez escribió dos obras maestras de la novela breve: “El coronel no tiene quien le escriba” y “Crónica de una muerte anunciada”. El narrador actúa como reportero de investigación de sus propias creaciones. Los datos son tan exactos que no dudamos del resto.

En sus clases en la Fundación de Nuevo Periodismo, Gabo recordaba que "la ética debe acompañar al periodismo como el zumbido al moscardón". Para el novelista, la apariencia de realidad es el zumbido del moscardón. El episodio de “Cien años de soledad” en que Remedios la Bella sube al cielo no es un triunfo de la exageración sino de la exactitud. La chica, de por sí etérea, sale a un patio donde las sábanas se secan como velas de navío. La escena va por buen camino pero le falta "realidad". Un reportero que ha cubierto homicidios sabe que si la víctima lleva calcetines de distintos colores es porque se vistió en la oscuridad. Con el mismo sentido de la precisión, García Márquez buscó un dato para apuntalar su fantasía. Acercó a Remedios a una taza de chocolate; un líquido espumoso, ascendente. Buen combustible. Cuando ella lo bebió, no hubo Dios que la parara.

El cronista de la fabulación ofrecía informes únicos: el gasto militar del planeta podría usarse para perfumar de sándalo las cataratas del Niágara... la conquista de la luna no dejó otro saldo que una bandera en una tierra sin vientos...

Hay cosas cuyo valor depende del deseo. En el primer capítulo de “Cien años de soledad”, García Márquez brindó una exclusiva del trópico: el hielo es el gran invento de nuestro tiempo.

Descubrir el agua tibia no tiene chiste; reinventar el hielo fue un golpe de genio, la noticia que sólo podía dar el mayor reportero de la imaginación latinoamericana.

[© Derechos Reservados 2013 C.I.C.S.A. de C.]

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marzo 30, 2014

de helena para elena…

Helena Garro y Elena Paz Garro fotografiadas por Héctor García

Como todo mundo se ha enterado, le interese o no pues los medios oficiales y privados no han dejado de machacarlo, mañana 31 de marzo se cumplen 100 años del nacimiento de Octavio Paz. Confieso que estoy —como se dice coloquialmente en México— un poquito hasta la madre de las poses y oportunismos de la clase política, los intelectuales y los pregoneros de los medios de comunicación. Debe ser mi naturaleza, pero tanta promoción y endiosamiento al poeta Paz, lejos de provocarme empatía, me provoca hartazgo. No tiene nada que ver con Paz, sino con la actitud de los que se dicen sus herederos, así como con el cinismo de nuestra inculta clase política. Esa camarilla de políticos que con una mano aprueban leyes nefastas y con la otra se aprestan a levantar un pergamino para declamar “Piedra de Sol” (como atinadamente señaló un escritor). Como sea, la obra de Paz está ahí y habla por sí sola. Lo demás, en gran medida, son meras simulaciones, así como la urgente necesidad de alcanzar notoriedad a costa del gran poeta. 

No obstante, por más argucias de los simuladores y oportunistas, la vida siempre es capaz de brindarnos ironías. Unas bellas y otras, como en este caso, muy crueles: mañana es el centenario de Paz y hoy ha muerto la hija que tuvo con la gran escritora Elena Garro: Helena Paz Garro. Una mujer talentosa que debió cargar con el estigma de ser “la hija de…”. Aun así, la hija del poeta y la escritora escribió este poema en honor de su madre. La primera vez que lo leí me conmovió mucho, hay algo triste, algo de elegía en las palabras que dedica a esa mujer talentosa, injustamente ninguneada por la patriarcal camarilla cultural mexicana. O tal vez es sólo mi imaginación la que ve tristeza en estos versos. En fin, aquí los dejo.  

Cuando vivías
tus pies de polvo de oro,
ligeros, de bailarina,
apenas tocaban la tierra;
recorrías el mundo con la energía
y la desesperación del viento
de la Primavera,
derrocando casas sórdidas, haciendo florecer con la humedad
y la lluvia que traen la Primavera los campos verdes,
las flores salvajes,
dejando el polvo ligero
de las alas de las mariposas
en tus escritos.

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Helena Paz Garro (1940-2014)

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marzo 19, 2014

soliloquio…

Paul Leroy, Dans les branches du grand pin

Ya oigo sus gritos llamándome para que me meta a la casa, pues no debo estar aquí... todo el santo día trepada en los árboles como si fuera un mono y porque, además, hay visitas y tengo que ir a saludar. Pero no, hoy no voy a bajar. Aunque más tarde me regañe y me acuse con mi papá. No quiero saludar a la tía Emma, que nomás le gusta estar pellizcándome los cachetes… porque tienes unos hoyuelos tan bonitos que no me puedo aguantar las ganas. Seguro mi hermano, que es un barbero, ya estará ahí sentado junto a la tía, haciéndose el gracioso y contándole todas las maravillas que él y sus amigos hacen (como lanzarle pedradas a las pobres lagartijas o jalarle la cola a Matías, mi adorado gato que no le hace daño a nadie). Casi puedo verlas, a mi tía y mi mamá, dobladas de risa, felices al escuchar sus travesuras. Mientras a mí por todo me regañan, a él todo le festejan… hasta puede decir palabrotas que yo ni siquiera debo imaginar porque soy una niña y… las niñas buenas no debemos decir cosas feas.

Mi papá es distinto (pobre, a veces creo que él tiene más pájaros en la cabeza como dice mi mamá— que yo) y apenas medio escucha las quejas de mi madre. Una vez hasta me aconsejó no llorar cuando ella me llamara la atención porque mis lágrimas, más que dolor, reflejan el enojo e impotencia que me causa tener que aguantarme los regaños en silencio y eso la enoja aún más. Pero cómo no me voy a enojar, si mientras mi mamá me obliga a comerme toda la comida que me sirve, a mi hermano no le dice nada aunque deje las verduras en el plato. Y conmigo no muestra ninguna tolerancia. Una vez no me dejó levantar de la mesa hasta las seis de la tarde, hora en que por fin terminé de tragar, más que masticar, el último trozo de hígado que me obligó a comer… porque su alto contenido de hierro le hace bien a tus huesos. Ese día sí que lloré, como dice mi papá, de puro coraje e impotencia y desde entonces le agarré más tirria al hígado de res. Cuando sea grande, si tengo un hijo, jamás lo obligaré a comer esa cosa tan fea y amarga. Ha sido la única vez en que yo he acusado a mi mamá con mi papá por hacerme sufrir con la comida. Mi papá, después de escucharme con cara sonriente, se limitó a hacerme un mohín —sin que mi mamá se diera cuenta y a decirme que él también odia el hígado y que el domingo siguiente me compraría un helado de chocolate.

[…]

Por eso vengo a la parte más alejada del jardín y me subo a los árboles. Aquí me a salvo de los chistes bobos de mi hermano y de los consejos de mi mamá que no pierde oportunidad de recordarme que las niñas debemos ser delicadas, calladitas y modositas; andar siempre bien peinaditas, no ser respondonas y no practicar juegos rudos… menos treparnos a los árboles… porque se ve feo y es poco femenino. Y encima, me reclama que no sea buena con mi hermano y que lo trate como si no lo quisiera, a él que es tan lindo... Ajá. ¿Qué mayor muestra de cariño para con mi hermano quiere, que la de haber bautizado a mi amado gato con su nombre? Y por cierto, ya vine por ahí Matías. Me parece haberlo escuchado maullarme. Debe tener hambre, pobrecito, no le he servido su leche tibia con migas de bolillo que tanto le gusta. Tan lindo que es mi Matías, nunca da lata y sólo maúlla —bajito para que mi mamá y mi hermano no lo escuchen y empiecen con su cantaleta de que para qué tenemos un gato que ni siquiera sabe cazar ratones—. Pero mi Matías es más listo de lo que ellos creen y sólo se hace notar cuando siente necesidad de comer o tiene frío y quiere que yo lo abrace.

Canijo Matías, va a hacer que yo me baje de aquí, con lo bien que me siento entre las ramas de este viejo árbol y con lo linda que está la tarde…
                                                                                       

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