20 nov. 2009

divagaciones (casi)concupiscentes


Si yo fuera una persona sensata, no osaría venir a divagar a este sitio acerca de un libro como Los Cuadernos de Don Rigoberto... pero... ya lo he dicho... cuando llegué a la repartición... la sensatez se había terminado. Afortunadamente para mí, existe Santa Magdalena de Pazzi-, la Santa Patrona de los insensatos -para no decir locos, pues hay quienes se asustan por la apariencia de las palabras (y las cosas), aunque no les importe lo que éstas encierren-, para protegernos o por lo menos abogar en nuestro favor, allá en donde sea que se lleven a cabo los juicios sumarios en contra nosotros y más en estos tiempos, cuando los neoinquisidores andan tan activos. Entonces, so pretexto de la proximidad del fin de semana y de que a lo largo de la misma, he andado enfrascada en mi crisis cuasi-existencial y en las tristezas provocadas por los guardianes de la moral(doble) que pueblan este país, necesitaba un respiro y qué mejor que el proporcionado por una lectura hedonista.

Hacer reseñas de libros no es lo mío, así que pierdan cuidado que no los someteré a semejante suplicio. En realidad este post es un mero pretexto -a modo de introducción- para compartir aquí un pequeño fragmento del libro del escritor peruano. Comentar brevemente -quizá cuando termine con la relectura completa vuelva al tema con mayor amplitud-, cómo ciertas lecturas logran transportarnos hasta lugares tan ignotos como fascinantes, meternos en la piel de la (los) protagonista(s) y hacernos partícipes, sintiéndolas en carne propia, de las muchas y variadas sensaciones vividas por ellos. Desde luego que este tipo de ensamblaje, no ocurre únicamente con lecturas gozosas; también he padecido y me he estremecido con un sinfín de historias trágicas o simplemente tristes. El punto es la conexión que somos capaces de establecer con una historia y aún cuando esta se asiente en épocas y sitios totalmente ajenos a nuestro mundo. Es más, me atrevería a pensar que, quizá, entre más distantes de nuestra realidad sean los hechos ahí relatados más emociones pueden suscitarnos.

Ya para finalizar diré, de ahí el título de este post, que el texto de Vargas Llosa atrapa y envuelve (casi) como si de una lánguida caricia se tratara. Leer las deliciosas, libérrimas y apasionadas letras de Los cuadernos de Don Rigoberto, no sólo resulta un disfrute en términos estrictamente literarios (el peruano escribe -a los 60 años, edad que tenía cuando concluyó el libro aquí citado- como tocado por la gracia divina). También, deviene una experiencia plena de sensualidad; un goce para los sentidos, dicho esto en el mejor, más noble y amplio sentido de la expresión. Por último, recordar lo que atinadamente señaló el Magíster Georges Bataille (que del tema algo sabía):

“La actividad sexual de los hombres no es necesariamente erótica. Lo es sólo cuando no es rudimentaria, cuando no es simplemente animal” (Georges Bataille. El Erotismo).
"Para qué ibas a firmar unas cartas que sólo tú podías escribir? ¿Quién me ha estudiado, formado, inventado, como tú lo has hecho? ¿Quién podía hablar de los puntitos rojos de mis axilas, de las rosadas nervaduras de las cavidades ocultas entre los dedos de mis pies, de esa «fruncida boquita circundada por una circunferencia en miniatura de alegres arruguitas de carne viva, entre azulada y plomiza, a la que hay que llegar escalando las lisas y marmoleas columnas de tus piernas»? Sólo tú, amor mío. Desde las primeras líneas de la primer a carta, supe que eras tú. Por eso, antes de terminar de leerla, obedecí tus instrucciones. Me desnudé y posé para ti, ante el espejo, imitando a la Dánae de Klimt. Y volví, como tantas noches añoradas en mi soledad actual, a volar contigo por esos reinos de la fantasía que hemos explorado juntos, a lo largo de esos años compartidos que son, para mí, ahora, una fuente de consuelo y de vida a la que vuelvo a beber con la memoria, para soportar la rutina y el vacío que han sucedido a lo que, junto a ti, fue aventura y plenitud" [Fragmento de la carta de Lucrecia a Don Rigoberto. Mario Vargas Llosa. Los Cuadernos de Don Rigoberto. pp 240-241. Ed Alfaguara. México 1997]




lienzo: Venus dormida, Paul Delvaux

18 nov. 2009

miguelito... o el existencialismo petit



"Está bien que al mal tiempo buena cara, ¿pero hasta cuándo hay que estar fingiendo ésta condenada alegría?" Miguelito


[Después de mis más recientes post] no vayan a creer ustedes, amables visitantes de este blog, que de pronto me volví promotora de las causas perdidas (a estas alturas del partido, no quedan muchas dignas de ser defendidas); tampoco piensen que tardíamente he venido a descubrir mi vocación panfletaria (líbreme Dior, como dice un amigo de este blog). Nada más lejano. Debe ser el otoño, el fin de año que se acerca, la pérdida de seres amados y el reencuentro con otros que no lo son tanto. O quizá, que el hacer limpieza al armario, en el sentido físico y motafísisico -como dice mi querida Aurore-, tiene sus consecuencias (trato de encontrar una explicación a lo inexplicable; de no hacerlo, no sería yo). Pero lo cierto es que me hallo en medio de una crisis existencial. Un existencialismo muy venido a menos, cabe aclarar; así como Región 4, nada que ver con los efectos de una cena imaginaria en la Mesa de Sartre y Boris Vian, merced a la cual yo hubiese emergido más divagante que nunca (yo no tengo esa clase de sueños tan elevados… ni despierta ni dormida).


Sucede que buscando un libro de Mario Vargas Llosa (ruego a los cielos que no me dé por escribir mis divagaciones derivadas de la relectura -exquisitamente hedonista- de Los cuadernos de Don Rigoberto), fui a dar con unas viejas tiras de Mafalda y con ellas en la mano, de pronto me vi inmersa en un viaje de regreso a las aulas preparatorianas (habrase visto mayor falta de originalidad). Releyendo las historietas donde la pequeña Mafalda hacía gala de una consciencia social atípica en alguien de su edad, empecé a cuestionarme sobre muchos aspectos de mi vida, recordé el tiempo cuando me decían "pareces Mafalda" -sospecho que no por ser muy consciente, precisamente... sino por odiar con todas mis fuerzas la sopa aguada de fideos). Y así, de cuestionamiento en cuestionamiento, me hallé preguntándome qué tan lejana es mi vida actual de aquella que soñé en la adolescencia. Como imaginarán, la respuesta no fue la más halagüeña; por lo heme aquí presa de esta crisis existencialista miguelesca. Miguelesca, porque al releer las tiras de Quino reafirmé mi preferencia, no por la protagonista, sino por el pequeño rubio de cabellera semejante a una lechuga. Miguelito es, para mi gusto, el más existencialista de toda esa familia de entrañables monitos.

Él no era inteligente y maduro como Mafalda, siempre tan aguda y con la frase precisa para acallar a unos y otros; capaz de mirar más allá de lo evidente y de redefinir, a cada tanto, el concepto de consciencia social, con la misma intensidad con la que odiaba la sopa de fideos y las injusticias del mundo. Tampoco se parecía a Susanita, una clasemediera con aspiraciones a burguesa de portada de revista rosa; elitista y clasista cual típica advenediza venida a más. Menos a Manolito, cuyos sueños se circunscribían a poseer una gran cadena de tiendas de abarrotes (como el Wall-Mart del Cono Sur) e imaginar el disfrute de sus días de magnate abarrotero en la compañía de un buen habano, mientras las carretadas de plata, una tras otra, ingresaban a sus arcas. Ni siquiera tenía mucho en común con Felipito, el soñador mejor amigo de Mafalda, el noble dentón dispuesto a escucharla y hacerle compañía cuando ella lo requería y tan reacio a hacer los deberes escolares, como su amiga a comerse la sopa.


Si bien resultaba un poco discordante frente a los demás integrantes de la pandilla mafaldiana, y con perdón de la santa Wikipedia, no estoy de acuerdo en que Miguelito simbolizase las ideas de un Dictador. Simplemente era un niño un poco más solitario y algo distinto al típico loco soñador. Con su cabeza tan enmarañada por dentro como por fuera, el pobre nene deambulaba por las calles de Buenos Aires intentando averiguar por qué la gente no era capaz de notar cuando tenía frente a sí a una buena persona. Miguelito parecía vivírsela en la luna; en ocasiones se pasaba horas mirando con detenimiento hacia la bóveda celeste en busca de su abuelo muerto a los noventa años, pues su madre le dijo que se había ido al cielo y el niño pensaba que un nonagenario... por fuerza tenía que verse desde la tierra, pues a esa edad no estaba en condiciones de recorrer grandes distancias.

La tira que aparece aquí arriba, es de las que más me gustan; tal vez porque en ella la ingenuidad de Miguelito luce en todo su esplendor y ante mis ojos, lo hace ver como un existencialista petit:

Hay seres afortunados a los que sólo les basta con ser lo que son… para ser. En cambio, habemos otros, los seres superiores del reino animal (ja), que por fuerza tenemos que ser algo... para ser.


Santa Patrona de los locos y desvariados (quién quiera que seas), ampárame. Ahora sí es oficial: estoy en crisis... sólo en función de ella, me explico haber escrito esto.


Besitos desde mi locutorio...   






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16 nov. 2009

náufragos contemporáneos


Para naufragar y saberse perdido, sin esperanzas de llegar a buen puerto, no hace falta la inmensidad del océano; uno puede sentirse así, y con más frecuencia de la pensada, estando en su propio entorno y en relación con casi cualquier aspecto de la vida. Los náufragos de antaño en medio de la desesperanza que les significaba un mar ignoto, se aventuraban a enviar mensajes de auxilio y de amor, en una botella lanzada al mar... a sabiendas de que el mensaje jamás (o casi nunca) llegaría a las manos del desconocido destinatario; o bien, de que, en el mejor de los casos, la botella sería rescatada a destiempo.

En la actualidad, en un mundo que en ocasiones parece vivir más en el mar virtual que en el ámbito real (a juzgar por el tiempo que dedica al primero y a cómo han cambiado las formas de comunicarnos), los navegantes de la Internet, náufragos o no, lanzamos y rescatamos -casi en el momento mismo de ser lanzadas- botellas virtuales con mensajes de variada índole: unos claman atención, otros piden u ofrecen amor, unos más tan sólo sirven de mero deshago... y así bien podríamos seguir enumerando su diversidad ad infinitum. El punto es que entre tanto mensaje recibido y lanzado, de pronto, una termina por sentirse más perdida que nunca. Así me siento yo en ciertos momentos en relación con  determinados temas. Uno de ellos, es el referido al mantenimiento de la coherencia. Qué complicado se vuelve mantenerse así… coherente con uno mismo; acorde a sus principios, que pueden ser no del gusto de todo mundo, ni los más coincidentes con los enarbolados por la mass media, pero que al final de cuentas son los nuestros y resumen todo aquello en lo que hemos creído alguna vez.

Decía un maestro en la Universidad, que ser revolucionario (metafóricamente hablando) a los veinte, era casi una obligación, pero que continuar siéndolo en la cuarentena no sólo resultaba poco funcional, sino fundamentalmente anacrónico. La primera vez que se lo escuché, me sonó terrible (yo tenía 18); pero con el paso del tiempo me ha tocado ver a tantos seres admirables dar los más terribles bandazos. Literalmente ejercerla de saltimbanquis, yendo de un extremo a otro. He visto como respetables intelectuales o líderes de opinión, han transitado de posiciones humanistas/idealistas/honestas/justas... a otras tan pragmáticas (cínicas, me atrevería a decir), acomodaticias y opuestas, que casi no puedo creerlo y sin embargo, hay quienes afirman que eso se llama madurar... Cuando sé de alguien que ha dado esos virajes, recuerdo un poema, tal vez medio panfletario, que leí hace mucho tiempo (no estoy segura si de la autoría de José Emilio Pacheco o de Jaime Sabines y no logro encontrarlo en la web), que en su primer verso decía algo así:

"¿A quién se le ocurre nacer héroe en tiempos de mercaderes?"
Verso que hoy día, acorde con lo que decía mi maestro de Teoría Social, bien podría adaptarse para quedar: 
¿A quién se le ocurre ser coherente y tener principios, en tiempos de pragmáticos y saltimbanquis acomodaticios?

 
«El escritor debe ser esencialmente un subversivo, y su lenguaje no puede ser ni el lenguaje mistificatorio del político (y del educador), ni el represivo del gobernante. Nuestro lenguaje debe ser el del no-conformismo, el de la no-falsedad, el de la no-opresión. No queremos poner orden en el caos, como suponen algunos teóricos, ni siquiera hacer el caos comprensible. Dudamos de todo siempre, incluso de la lógica. El escritor tiene que ser escéptico. Tiene que estar en contra de la moral y las buenas costumbres» Rubem Fonseca.

No soy escritora, pero podría suscribir casi en su totalidad esto que alguna vez dijera el gran autor brasileño, de quien dicen nunca ha dejado de practicar sus dichos. Se lee tan fácil, pero a la hora de querer trasladarlo del discurso a los hechos... qué difícil se torna. Ser y vivir sin simulaciones (que nada tienen que ver con las fantasiosos anhelos de robarle unas gotas al genio maldito de Rimbaud y otras tantas al bendito de Paz, aclaro de una vez), al parecer no es precisamente lo de hoy... cuando lo funcional e in es... ser pragmático y so cool.

Aclaración Final. A mi modo de ver, la coherencia es una practica de vida que no se circunscribe a la ideología política, ni es exclusiva de una u otra posición. No sé es más coherente por ser “revolucionario” o idealista... e incoherente por ser un reaccionario o protofascista. He conocido a conservadores que son infinitamente más coherentes consigo mismos y con sus principios, que muchos que se autonombran revolucionarios y quienes en la practica son meros Saltimbanquis. 

Lo de ser “revolucionario” no tiene que ver propiamente con creencias políticas; ni significa marchar en pos de "la Toma de la Bastilla"; nada que ver (aunque no lo excluye, claro). En mi forma de verlo, se refiere a tener un pensamiento más amplio, diverso, incluyente; de apertura y aceptación, o por lo menos respeto, a quienes piensan diferente y profesen credos (del tipo que sea) divergentes del propio. Creo que todos hemos conocido a personas que llegadas a la adultez, trasmutaron en seres demasiado pragmáticos y cínicos; pero de igual manera, nos hemos topado con veinteañeros más reaccionarios e intolerantes... que muchos sesentones.