"[…] Leo Madame Bovary de Flaubert, tengo sólo quince años. Madame Bovary ha seducido a León, quien, embelesado, oye el rechinido de sus botines y se acobarda, como un borracho frente a los licores delicados […]"—Margo Glantz, Historia de una mujer que caminó por la vida con zapatos de diseñador
Caminar es unas de las mejores cosas que puede haber en esta vida. Me gusta caminar. Aun entaconada. Caminar no sólo para transportarse, sino para escapar —con y sin metáfora—, relajarse y hasta concentrarse. Dice un amigo escritor que cuando escribía su segunda novela, a la mitad de esta, no había forma de superar el bloqueo y que sólo logró reencontrar el ritmo de su escritura caminando. Largas caminatas durante las cuales los personajes y la historia volvieron a tomar forma en su cabeza. Así pues, cuando uno necesita pensar… hay que empezar por caminar. Y pensar que quizá yo no hubiese podido hacerlo. Al menos no como me gusta…
Contaba mi abuela que nací con el pie izquierdo ligeramente chueco pero que antes de que alguien dijera pío, mi padre tuvo a bien enderezármelo. Así. Sin preguntarle a nadie. En un impulso. A la Viva México. Sin anestesia, ni atenuante alguno. Y completaba mi abuela su relato diciendo que ni siquiera lloré gran cosa. Que fue más el susto de mi madre y de ella, que la reacción de la recién nacida: «será porque los huesitos de los recién nacidos son como cartílagos de pollo, suavecitos y maleables, que ni trabajo le dio enderezarte el píe». Será el sereno, pero cuando me lo contó cerré los ojos de sólo de imaginar aquella operación. Como echarle un chorro de mezcal a una herida sangrante. Un impacto similar imaginé. Afortunadamente nunca registré secuelas de semejante compostura, como no sean las muchas caídas que habría de sufrir a lo largo de mi infancia y adolescencia. Quizá en recuerdo de aquella compostura tan primitiva, mi abuela dio por calzarme con zapatos hasta el tobillo, como botita de niño. Blancos para el lunes, día del homenaje a la bandera; negros para el resto de la semana. Zapatos que daban perfecto soporte a mi tobillo débil de nacimiento según mi abuela. Desde el kindergarten y durante toda la primaria. Nueve años usando esos zapatos tan poco agraciados y cero femeninos.
No obstante mi tobillo-chueco-enderezado-a-la-brava, o quizá en venganza a este, he sido una buena y veloz caminadora. Algo que a los hombres parece no encantarles. Más bien lo contrario: no pocas veces he recibido reproches tipo «¿vas a recibir herencia o por qué tanta prisa?». Y la verdad es que no tengo explicación. No sabría decir cuándo me dio por caminar como si alguien me persiguiera. Creo que desde que recuerdo siempre he caminado a gran velocidad. Lo peor es que ahora, por más que trato de ir despacio no puedo. Y padezco cuando en la calle me toca caminar detrás de alguien que anda como si tuviera por delante todo el tiempo del mundo, o como si este no existiera. La pachorrudez de los transeúntes me desespera. Ni siquiera durante las vacaciones puedo bajarle al ritmo de mi andar.
A veces creo que la velocidad con la que algunos caminamos se debe a que, sin importar nuestra edad, desearíamos poder bebernos la vida de un solo trago. Tal vez. Mientras escribo esto me veo de niña con mis zapatos de agujetas hasta el tobillo y elucubro que mi andar veloz pueda deberse a la pena que sentía al usarlos porque era la única niña que no usaba… zapatos de niña: quizá empecé a caminar tan rápido a manera de protección/huida, para no dar tiempo a que mis compañeros de clase notaran que usaba zapatos de niño. Años después, vendría otra especie venganza: nada más empezar a trabajar, lo primero que compré fueron zapatos. Los más femeninos y bonitos, según yo, que pude hallar y pagar. Y casi se me volvió un vicio comprar zapatos. Cualquiera diría que en una vida anterior me habían traído descalza y por ello ahora me desquitaba comprando zapatos de manera compulsiva. Afortunadamente no fue un vicio tan arraigado ni durable. Hace tiempo que dejé atrás mi obsesiva compulsiva afición a comprar zapatos. No así la de caminar como si persiguiera herencia…
***




