escribir

Escribir: tratar de retener algo meticulosamente, de conseguir que algo sobreviva; arrancar unas migajas precisas al vacío que se excava continuamente, dejar en alguna parte un surco, un rastro, una marca o algunos signos.[Georges Perec]

marzo 30, 2014

de helena para elena…

Helena Garro y Elena Paz Garro fotografiadas por Héctor García

Como todo mundo se ha enterado, le interese o no pues los medios oficiales y privados no han dejado de machacarlo, mañana 31 de marzo se cumplen 100 años del nacimiento de Octavio Paz. Confieso que estoy —como se dice coloquialmente en México— un poquito hasta la madre de las poses y oportunismos de la clase política, los intelectuales y los pregoneros de los medios de comunicación. Debe ser mi naturaleza, pero tanta promoción y endiosamiento al poeta Paz, lejos de provocarme empatía, me provoca hartazgo. No tiene nada que ver con Paz, sino con la actitud de los que se dicen sus herederos, así como con el cinismo de nuestra inculta clase política. Esa camarilla de políticos que con una mano aprueban leyes nefastas y con la otra se aprestan a levantar un pergamino para declamar “Piedra de Sol” (como atinadamente señaló un escritor). Como sea, la obra de Paz está ahí y habla por sí sola. Lo demás, en gran medida, son meras simulaciones, así como la urgente necesidad de alcanzar notoriedad a costa del gran poeta. 

No obstante, por más argucias de los simuladores y oportunistas, la vida siempre es capaz de brindarnos ironías. Unas bellas y otras, como en este caso, muy crueles: mañana es el centenario de Paz y hoy ha muerto la hija que tuvo con la gran escritora Elena Garro: Helena Paz Garro. Una mujer talentosa que debió cargar con el estigma de ser “la hija de…”. Aun así, la hija del poeta y la escritora escribió este poema en honor de su madre. La primera vez que lo leí me conmovió mucho, hay algo triste, algo de elegía en las palabras que dedica a esa mujer talentosa, injustamente ninguneada por la patriarcal camarilla cultural mexicana. O tal vez es sólo mi imaginación la que ve tristeza en estos versos. En fin, aquí los dejo.  

Cuando vivías
tus pies de polvo de oro,
ligeros, de bailarina,
apenas tocaban la tierra;
recorrías el mundo con la energía
y la desesperación del viento
de la Primavera,
derrocando casas sórdidas, haciendo florecer con la humedad
y la lluvia que traen la Primavera los campos verdes,
las flores salvajes,
dejando el polvo ligero
de las alas de las mariposas
en tus escritos.

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Helena Paz Garro (1940-2014)

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marzo 19, 2014

soliloquio…

Paul Leroy, Dans les branches du grand pin

Ya oigo sus gritos llamándome para que me meta a la casa, pues no debo estar aquí... todo el santo día trepada en los árboles como si fuera un mono y porque, además, hay visitas y tengo que ir a saludar. Pero no, hoy no voy a bajar. Aunque más tarde me regañe y me acuse con mi papá. No quiero saludar a la tía Emma, que nomás le gusta estar pellizcándome los cachetes… porque tienes unos hoyuelos tan bonitos que no me puedo aguantar las ganas. Seguro mi hermano, que es un barbero, ya estará ahí sentado junto a la tía, haciéndose el gracioso y contándole todas las maravillas que él y sus amigos hacen (como lanzarle pedradas a las pobres lagartijas o jalarle la cola a Matías, mi adorado gato que no le hace daño a nadie). Casi puedo verlas, a mi tía y mi mamá, dobladas de risa, felices al escuchar sus travesuras. Mientras a mí por todo me regañan, a él todo le festejan… hasta puede decir palabrotas que yo ni siquiera debo imaginar porque soy una niña y… las niñas buenas no debemos decir cosas feas.

Mi papá es distinto (pobre, a veces creo que él tiene más pájaros en la cabeza como dice mi mamá— que yo) y apenas medio escucha las quejas de mi madre. Una vez hasta me aconsejó no llorar cuando ella me llamara la atención porque mis lágrimas, más que dolor, reflejan el enojo e impotencia que me causa tener que aguantarme los regaños en silencio y eso la enoja aún más. Pero cómo no me voy a enojar, si mientras mi mamá me obliga a comerme toda la comida que me sirve, a mi hermano no le dice nada aunque deje las verduras en el plato. Y conmigo no muestra ninguna tolerancia. Una vez no me dejó levantar de la mesa hasta las seis de la tarde, hora en que por fin terminé de tragar, más que masticar, el último trozo de hígado que me obligó a comer… porque su alto contenido de hierro le hace bien a tus huesos. Ese día sí que lloré, como dice mi papá, de puro coraje e impotencia y desde entonces le agarré más tirria al hígado de res. Cuando sea grande, si tengo un hijo, jamás lo obligaré a comer esa cosa tan fea y amarga. Ha sido la única vez en que yo he acusado a mi mamá con mi papá por hacerme sufrir con la comida. Mi papá, después de escucharme con cara sonriente, se limitó a hacerme un mohín —sin que mi mamá se diera cuenta y a decirme que él también odia el hígado y que el domingo siguiente me compraría un helado de chocolate.

[…]

Por eso vengo a la parte más alejada del jardín y me subo a los árboles. Aquí me a salvo de los chistes bobos de mi hermano y de los consejos de mi mamá que no pierde oportunidad de recordarme que las niñas debemos ser delicadas, calladitas y modositas; andar siempre bien peinaditas, no ser respondonas y no practicar juegos rudos… menos treparnos a los árboles… porque se ve feo y es poco femenino. Y encima, me reclama que no sea buena con mi hermano y que lo trate como si no lo quisiera, a él que es tan lindo... Ajá. ¿Qué mayor muestra de cariño para con mi hermano quiere, que la de haber bautizado a mi amado gato con su nombre? Y por cierto, ya vine por ahí Matías. Me parece haberlo escuchado maullarme. Debe tener hambre, pobrecito, no le he servido su leche tibia con migas de bolillo que tanto le gusta. Tan lindo que es mi Matías, nunca da lata y sólo maúlla —bajito para que mi mamá y mi hermano no lo escuchen y empiecen con su cantaleta de que para qué tenemos un gato que ni siquiera sabe cazar ratones—. Pero mi Matías es más listo de lo que ellos creen y sólo se hace notar cuando siente necesidad de comer o tiene frío y quiere que yo lo abrace.

Canijo Matías, va a hacer que yo me baje de aquí, con lo bien que me siento entre las ramas de este viejo árbol y con lo linda que está la tarde…
                                                                                       

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marzo 09, 2014

cuando Roma era una fiesta… o de la grande bellezza…

fotograma de La Grande Bellezza

Según algunos críticos, el más reciente film del cineasta italiano Paolo Sorrentino es una especie de La Dolce Vita en tiempos de Berlusconi. Y sí, algo hay de eso. Por más que algunos fans del film se molesten por las comparaciones con el clásico de Fellini, es imposible no hacerlo. Vamos, el propio director lo reconoce (creo que le agradeció a Fellini —¡y a Maradona!— en la entrega del Óscar). Y no tendría por qué ser negativo. Si uno ha de abrevar en la obra de alguien más, mejor que sea en la de un maestro como Fellini. Pero más allá de las referencias obligadas y las comparaciones obvias, creo que el film de Sorrentino también podría verse como una elegía a Roma, a la vida romana, enfiestada, hermosa, llena de arte y a la vez vacua y melancólica, donde el pasado (pesado) histórico y artístico va de la mano de la frivolité, tanto como “los trapos y las pizzas” que han dado nombre a Italia (dicho por Jep Gambardella).

Y  no sólo eso, La Grande Bellezza asume sin disimulos la influencia de la literatura en el cine. Imposible no destacar la cita con la que abre el film, las primeras líneas de la obra maestra de Céline:

“Viajar es muy útil, hace trabajar la imaginación. El resto no son sino decepciones y fatigas. Nuestro viaje es por entero imaginario. A eso debe su fuerza.
Va de la vida a la muerte. Hombres, animales, ciudades y cosas, todo es imaginado. Es una novela, una simple historia ficticia. Lo dice Littré, que nunca se equivoca.
Y, además, que todo el mundo puede hacer igual. Basta con cerrar los ojos.
Está del otro lado de la vida.”

[Louis-Ferdinand Céline. Viaje al fin de la noche. Edhasa, 1932-01-01. iBooks].

Y sin embargo, con todo y las referencias literarias que se dan a lo largo de la película,  parece que su fuerte no es un rico o complejo guión. Y quizá no haga falta. Todo está contado a través de las imágenes, de la espectacular puesta en escena que logra el cineasta Paolo Sorrentino. La Grande Bellezza es un viaje por una Roma tan hermosa como decadente. Viaje conducido por Jep Gambardella, un escritor-socialité-guía interpretado por el actor Tony Servillo. Personaje que encarna todo lo que uno esperaría de un italiano: atractivo, arrogante, elegante, seductor, culto, un poco cínico, pero siempre dueño del «savoir faire» (son clichés lo sé, pero no por ello menos ciertos). Un hombre que ha visto pasar sus mejores días como escritor (sólo escribió una novela que unos definen como «obra maestra» y otros como una pavada, pero que bastó para darle el reconocimiento de la intelectualidad, los medios y la pretenciosa clase alta romana), pero que aún disfruta de las glorias que estos le dejaron. Una frase suya da una idea de su desencanto, asumido sin asomo de autoconmiseración:

“No hay que tomar demasiado en serio a los escritores. No hay que tomar nada demasiado en serio. Lo único que debería tomarse en serio es la carta de un restaurante…”

Finalmente, algo sobre mi idea (quizá equívoca) de que no hay un gran guión en “La Grande Belleza”: en algún momento le preguntan a Jep Gambardella por qué no ha vuelto a escribir otra novela (siendo tan buen observador) y él responde que ahora sólo ve la nada (fatuidad) a su alrededor: “si Flaubert no pudo escribir una novela sobre la nada, menos podría yo”. Eso me dejó pensando que tal vez Sorrentino sólo quiso hacer una película sobre la nada… o sobre el “todo” que es la nada. Una empresa tan desmesurada como [por momentos] este film…

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(Si desean leer más que estas líneas atropelladas, Carlos Bonfil escribió una reseña sobre La gran belleza Lo mejor del film para él: su retrato del intelectual desencantado).

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