
Mis queridos visitantes, el muso no me llegó a inspirar. Bueno, tampoco es que me haya quedado aquí sentadita medio meditando –medio queridos, medio, porque una que es dispersa siempre tendrá muchos temas bulléndole al mismo tiempo en su cabecita loca- mientras aguardaba la graciosa aparición del muso de mis sueños (uff ¿así o más cursi?, ustedes dispensarán, pero yo voy de la acidez a la cursilería con suma facilidad y sin escalas) y como además de dispersa, soy desesperadita, decidí que no disponía de su tiempo para seguir aguardando su llegada. En esas estaba, cuando de pronto voilà, Charles Baudelaire frente a mí. Ustedes dirán. “a esta pobre, no solo le falta inspiración, también le urge un ajuste de tornillos”; no, no estoy enloqueciendo –digo, no más de lo normal-, lo que quise decir –Rubencito Aguilar dixit- es que, en la pantalla, fui a encontrarme con un documento que escribí hace tiempo, ya no recuerdo para qué, donde inserté un texto de Baudelaire que me encanta,
Les Fenêtres
Quien desde fuera mira a través de una ventana abierta, jamás ve tantas cosas como quien mira una ventana cerrada. No hay objeto más profundo, más misterioso, más fecundo, tenebroso y deslumbrante que una ventana tenuemente iluminada por un candil. Lo que la luz del sol nos muestra siempre es menos interesante que cuanto acontece tras unos cristales. En esa oquedad radiante o sombría, la vida sueña, sufre, vive.
Por sobre las olas de los tejados, acierto a entrever a una mujer madura, arrugada ya, pobre, perpetuamente enfrascada en su tarea y que nunca sale. Con su rostro, con su atuendo, con sus gestos, con apenas nada, he reconstruido la historia de esta mujer, o quizá fuera mejor decir su leyenda, y de vez en cuando, entre lágrimas, me la recito a mí mismo.
De haber sido un pobre anciano, habría reconstruido la suya con la misma naturalidad.
Y me acuesto, satisfecho de haber vivido y padecido en la piel de otros.
Y tal vez me digan: "¿Cómo sabes que esa leyenda es la verdadera?". ¡Qué me importa la realidad que se halle fuera de mí, si me ha ayudado a vivir, a sentir que soy y lo que soy.
Mis propias ventanas. En lo que a mí respecta creo que, guardando las debidas distancias por supuesto, lo dicho por el gran Baudelaire aplica un poco las relaciones que establecemos en estos tiempos de la comunicación virtual; de voyeurismo virtual, donde vemos y nos gusta que nos vean. A veces hacemos amigos virtuales con los que sentimos de pronto tal confianza, una especie de conexión espiritual, emocional, o como quieran llamarla, que no tenemos el menor reparo en contarles ese tipo de cosas que ni a nuestra(o) mejor amiga(o), nos atreveríamos a decir. Así el teclado que nos separa, la distancia de pocos o miles de kilómetros, nos reviste de una desinhibición, que de otra forma nos sería –al menos a mí- muy difícil de ejercer. No obstante, por contradictorio que pueda parecer, persiste algo del misterio y entonces la relación se vuelve más interesante, creo. Y en ocasiones, ese nuevo amigo virtual con el que se intercambian historias, nos permite introducirnos un poco en su propia historia, nos da la oportunidad de atisbar un poco a través de la oquedad de su propia ventana cerrada, apenas iluminada por un candil. Y entonces, con lo que nos deja entrever, vamos construyendo historias paralelas, y a veces hasta padecemos sus penas, sus angustias o nos enojamos con quienes les hacen daño; pero también gozamos y festejamos sus alegrías y hasta compartimos sus sueños.
Y no importará mucho que nunca nos encontremos tête a tête con ellos; porque si la relación se vuelve más estrecha –tan estrecha como la distancia real y virtual que nos separa nos deje-, lo importante será lo que nos ha permitido imaginar a nosotros y lo que la historia contada por ellos, más lo que nuestra imaginación le haya adicionado, nos ha ayudado para enriquecer nuestras propias vivencias.
Y en ocasiones, hasta sea mejor no encontrarnos tête a tête con nuestros amigos virtuales, porque se corre el peligro -si uno tiende a admirar o idealizar de más a las personas, ya sea por lo que escriben o lo que logran transmitirnos-, de crearse demasiadas expectativas... y de decepcionarse, y lo que es peor, decepcionado a ellos. Quizá sea mejor mantener el misterio, la magia y quedarnos con nuestra idea, con esa imagen de ellos que nosotros nos hemos creado, para no terminar, cual Penélope, diciendo mientras lo vemos:
Tu no eres quien yo espero.
PS aunque no hubo un muso inspirador, este post le debe no solo a Charles Baudelaire, también está en deuda con la más reciente entrada de SABINA, LA DE KUNDERA y con un nuevo amigo virtual, que no viene a comentar aquí, pero algo me comenta por otro conducto. Si lee esto, espero que sepa que a él me refiero.