Si yo fuera una persona sensata, no osaría venir a divagar a este sitio acerca de un libro como Los Cuadernos de Don Rigoberto... pero... ya lo he dicho... cuando llegué a la repartición... la sensatez se había terminado. Afortunadamente para mí, existe Santa Magdalena de Pazzi-, la Santa Patrona de los insensatos -para no decir locos, pues hay quienes se asustan por la apariencia de las palabras (y las cosas), aunque no les importe lo que éstas encierren-, para protegernos o por lo menos abogar en nuestro favor, allá en donde sea que se lleven a cabo los juicios sumarios en contra nosotros y más en estos tiempos, cuando los neoinquisidores andan tan activos. Entonces, so pretexto de la proximidad del fin de semana y de que a lo largo de la misma, he andado enfrascada en mi crisis cuasi-existencial y en las tristezas provocadas por los guardianes de la moral(doble) que pueblan este país, necesitaba un respiro y qué mejor que el proporcionado por una lectura hedonista.
Hacer reseñas de libros no es lo mío, así que pierdan cuidado que no los someteré a semejante suplicio. En realidad este post es un mero pretexto -a modo de introducción- para compartir aquí un pequeño fragmento del libro del escritor peruano. Comentar brevemente -quizá cuando termine con la relectura completa vuelva al tema con mayor amplitud-, cómo ciertas lecturas logran transportarnos hasta lugares tan ignotos como fascinantes, meternos en la piel de la (los) protagonista(s) y hacernos partícipes, sintiéndolas en carne propia, de las muchas y variadas sensaciones vividas por ellos. Desde luego que este tipo de ensamblaje, no ocurre únicamente con lecturas gozosas; también he padecido y me he estremecido con un sinfín de historias trágicas o simplemente tristes. El punto es la conexión que somos capaces de establecer con una historia y aún cuando esta se asiente en épocas y sitios totalmente ajenos a nuestro mundo. Es más, me atrevería a pensar que, quizá, entre más distantes de nuestra realidad sean los hechos ahí relatados más emociones pueden suscitarnos.
“La actividad sexual de los hombres no es necesariamente erótica. Lo es sólo cuando no es rudimentaria, cuando no es simplemente animal” (Georges Bataille. El Erotismo).
"Para qué ibas a firmar unas cartas que sólo tú podías escribir? ¿Quién me ha estudiado, formado, inventado, como tú lo has hecho? ¿Quién podía hablar de los puntitos rojos de mis axilas, de las rosadas nervaduras de las cavidades ocultas entre los dedos de mis pies, de esa «fruncida boquita circundada por una circunferencia en miniatura de alegres arruguitas de carne viva, entre azulada y plomiza, a la que hay que llegar escalando las lisas y marmoleas columnas de tus piernas»? Sólo tú, amor mío. Desde las primeras líneas de la primer a carta, supe que eras tú. Por eso, antes de terminar de leerla, obedecí tus instrucciones. Me desnudé y posé para ti, ante el espejo, imitando a la Dánae de Klimt. Y volví, como tantas noches añoradas en mi soledad actual, a volar contigo por esos reinos de la fantasía que hemos explorado juntos, a lo largo de esos años compartidos que son, para mí, ahora, una fuente de consuelo y de vida a la que vuelvo a beber con la memoria, para soportar la rutina y el vacío que han sucedido a lo que, junto a ti, fue aventura y plenitud" [Fragmento de la carta de Lucrecia a Don Rigoberto. Mario Vargas Llosa. Los Cuadernos de Don Rigoberto. pp 240-241. Ed Alfaguara. México 1997]
lienzo: Venus dormida, Paul Delvaux









