Creía que no habría pena más grande que sentir el corazón roto; también, que yo sería más propicia a sufrir a causa de ello, antes que a romper el corazón de alguien más y por último, en esta lista de creencias absurdas, estaba aquella que aludía a que solo los canallas te pueden romper el corazón; nunca los seres decentes. Craso error. La única vez que me han roto el corazón, no fue ningún canalla, sino uno atento, detallista, tierno, cariñoso. G. es una finísima persona como les digo yo; provisto de todas las cualidades que se puedan desear en una pareja. Y sin embargo, con esa misma exquisitez rompió mi corazón; con la precisión de un escalpelo suizo, sin una rasgadura extra; al centro y de manera profunda. Nunca le guardé rencor, ni exhibí en público mi penar. Jamás; mi maldito orgullo pudo más que el dolor, por mucho que me sintiera el ser más desgraciado de la tierra. Y si logré sobrevivir a esto, pensé, ya nada peor podría pasarme. Cuán equivocada estaba.Ingenuamente había creído que al mudarme de casa, lejos de mi familia y de los lugares que nos fueron comunes a D. y a mí, por fin dejaría de adivinar su sombra por entre los árboles de ese inmenso parque en el que más de una noche se ocultó, como si yo no pudiera verlo de reojo mientras cruzaba a toda velocidad, temiendo que en cualquier momento saliera de su escondite y me diera alcance. Quizá eso habría sido mejor que sentir su presencia siempre cercana, como una sombra. Al acecho, vigilándome o cuidando que nadie se me acercara; lo que haya sido, la sensación era angustiante. Y ni por equivocación se lo conté a mi familia; solo hice lo único que pude: irme a vivir lejos, instalarme en un entorno talmente distinto; impersonal y frío. La excusa ante mi familia fue simple: transportarme a mi trabajo resultaría más fácil y rápido, pues el nuevo domicilio y la sede de mi empleo se ubicaban en puntos cercanos de la misma avenida. Acostumbrarme a vivir sola no resultó sencillo, sobre todo porque en esa nueva colonia cuyas calles llevan nombres de ciudades estadounidenses, al haber más oficinas y corporativos que casas habitación, las noches y los fines de semana son silenciosos y las calles solitarias. Pero sobreviví a la soledad; al miedo inicial de caminar a las diez de la noche por esa larga y solitaria calle interior que me llevaba a mi nuevo domicilio; sobreviví a no tener con quien hablar antes de salir a trabajar, ni por las noches al regresar cansada y hambrienta y logré dormir sin temor a ruidos extraños. Un año más tarde, yo estaba completamente adaptada y contenta en mi nueva vida... hasta esa madrugada.
Como si no hubiera sido suficiente ser despertada por el timbre del teléfono a las tres de la mañana, escuchar la voz de D. repitiendo mi nombre con ansiedad... fue demasiado. Lo último que esperaba. Sé que ninguna llamada a esa hora puede ser para algo bueno, pero creo que en medio de mi somnolencia hubiera sido menos impactante la notificación de algún accidente familiar, que oírlo a él. No era solo que fuera él, era el tono de su voz, que parecía provenir de la más profunda oscuridad; era la voz de un hombre molido. Quizá solo era el whisky que debía traer dentro, pero lo cierto es que su voz parecía desprovista de vida, era como un gemido doliente y suplicante, que inevitablemente me estremeció. Y por primera vez sentí miedo de él; ni siquiera en aquellas noches que lo sabía siguiéndome a distancia en el parque solitario, mi corazón latió tan de prisa como esa madrugada. Sus palabras fueron breves pero contundentes; posiblemente una mera pretensión chantajista, pero me asustaron como pocas cosas. Apenas recuerdo que le contesté; después de repetirme alguna otra suplica, escuchó mi petición y por fin colgó. Entonces, un impulso me llevó a asomarme por la rendija de la cortina, mejor no lo hubiera hecho: adosado en el edificio de enfrente, justo frente a mi ventana estaba él. Asustada, casi tambaleante volví a la cama y me tapé hasta las orejas, como si así me pusiera a salvo. No conseguí dormir bien; ni esa ni las siguientes noches, cuando en más de una ocasión lo vi sentado en la parte trasera del autobús en el que yo volvía a casa. A mi miedo empezó hacerle compañía otra sensación mucho peor: culpa; creer que de alguna forma yo había contribuido a que ese hombre, otrora cínico y seguro de si mismo, pareciera tan perdido y actuara de tal forma. Yo no podía ayudarlo, pero lejos de sentir rabia y ganas de denunciarlo, solo sentía pena por él. Una inmensa pena que me hacía sentir mal; mucho peor que cuando el fino escalpelo de G. rompió mi corazón. Jamás podría amar a D. y solo diciéndoselo sin atenuantes, dejaría de sentirme miserable. Pero pensé en su reacción; la sola idea de verlo, de estar a solas con él, me producía temor... y volví a mudarme de casa; dos veces.

