escribir

Escribir: tratar de retener algo meticulosamente, de conseguir que algo sobreviva; arrancar unas migajas precisas al vacío que se excava continuamente, dejar en alguna parte un surco, un rastro, una marca o algunos signos.[Georges Perec]

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abril 20, 2009

llamadas de media noche

Creía que no habría pena más grande que sentir el corazón roto; también, que yo sería más propicia a sufrir a causa de ello, antes que a romper el corazón de alguien más y por último, en esta lista de creencias absurdas, estaba aquella que aludía a que solo los canallas te pueden romper el corazón; nunca los seres decentes. Craso error. La única vez que me han roto el corazón, no fue ningún canalla, sino uno atento, detallista, tierno, cariñoso. G. es una finísima persona como les digo yo; provisto de todas las cualidades que se puedan desear en una pareja. Y sin embargo, con esa misma exquisitez rompió mi corazón; con la precisión de un escalpelo suizo, sin una rasgadura extra; al centro y de manera profunda. Nunca le guardé rencor, ni exhibí en público mi penar. Jamás; mi maldito orgullo pudo más que el dolor, por mucho que me sintiera el ser más desgraciado de la tierra. Y si logré sobrevivir a esto, pensé, ya nada peor podría pasarme. Cuán equivocada estaba.

Ingenuamente había creído que al mudarme de casa, lejos de mi familia y de los lugares que nos fueron comunes a D. y a mí, por fin dejaría de adivinar su sombra por entre los árboles de ese inmenso parque en el que más de una noche se ocultó, como si yo no pudiera verlo de reojo mientras cruzaba a toda velocidad, temiendo que en cualquier momento saliera de su escondite y me diera alcance. Quizá eso habría sido mejor que sentir su presencia siempre cercana, como una sombra. Al acecho, vigilándome o cuidando que nadie se me acercara; lo que haya sido, la sensación era angustiante. Y ni por equivocación se lo conté a mi familia; solo hice lo único que pude: irme a vivir lejos, instalarme en un entorno talmente distinto; impersonal y frío. La excusa ante mi familia fue simple: transportarme a mi trabajo resultaría más fácil y rápido, pues el nuevo domicilio y la sede de mi empleo se ubicaban en puntos cercanos de la misma avenida. Acostumbrarme a vivir sola no resultó sencillo, sobre todo porque en esa nueva colonia cuyas calles llevan nombres de ciudades estadounidenses, al haber más oficinas y corporativos que casas habitación, las noches y los fines de semana son silenciosos y las calles solitarias. Pero sobreviví a la soledad; al miedo inicial de caminar a las diez de la noche por esa larga y solitaria calle interior que me llevaba a mi nuevo domicilio; sobreviví a no tener con quien hablar antes de salir a trabajar, ni por las noches al regresar cansada y hambrienta y logré dormir sin temor a ruidos extraños. Un año más tarde, yo estaba completamente adaptada y contenta en mi nueva vida... hasta esa madrugada.

Como si no hubiera sido suficiente ser despertada por el timbre del teléfono a las tres de la mañana, escuchar la voz de D. repitiendo mi nombre con ansiedad... fue demasiado. Lo último que esperaba. Sé que ninguna llamada a esa hora puede ser para algo bueno, pero creo que en medio de mi somnolencia hubiera sido menos impactante la notificación de algún accidente familiar, que oírlo a él. No era solo que fuera él, era el tono de su voz, que parecía provenir de la más profunda oscuridad; era la voz de un hombre molido. Quizá solo era el whisky que debía traer dentro, pero lo cierto es que su voz parecía desprovista de vida, era como un gemido doliente y suplicante, que inevitablemente me estremeció. Y por primera vez sentí miedo de él; ni siquiera en aquellas noches que lo sabía siguiéndome a distancia en el parque solitario, mi corazón latió tan de prisa como esa madrugada. Sus palabras fueron breves pero contundentes; posiblemente una mera pretensión chantajista, pero me asustaron como pocas cosas. Apenas recuerdo que le contesté; después de repetirme alguna otra suplica, escuchó mi petición y por fin colgó. Entonces, un impulso me llevó a asomarme por la rendija de la cortina, mejor no lo hubiera hecho: adosado en el edificio de enfrente, justo frente a mi ventana estaba él. Asustada, casi tambaleante volví a la cama y me tapé hasta las orejas, como si así me pusiera a salvo. No conseguí dormir bien; ni esa ni las siguientes noches, cuando en más de una ocasión lo vi sentado en la parte trasera del autobús en el que yo volvía a casa. A mi miedo empezó hacerle compañía otra sensación mucho peor: culpa; creer que de alguna forma yo había contribuido a que ese hombre, otrora cínico y seguro de si mismo, pareciera tan perdido y actuara de tal forma. Yo no podía ayudarlo, pero lejos de sentir rabia y ganas de denunciarlo, solo sentía pena por él. Una inmensa pena que me hacía sentir mal; mucho peor que cuando el fino escalpelo de G. rompió mi corazón. Jamás podría amar a D. y solo diciéndoselo sin atenuantes, dejaría de sentirme miserable. Pero pensé en su reacción; la sola idea de verlo, de estar a solas con él, me producía temor... y volví a mudarme de casa; dos veces.

marzo 26, 2009

la foto del recuerdo

No tengo remedio; soy como del siglo XIX, me cuesta tanto deshacerme de los recuerdos. No, no solo me cuesta; me resisto a hacerlo y lo malo es que mis recuerdos no solo están en mi mente, corazón, alma o donde sea que se almacenen, más allá del disco duro cerebral -bien duro que lo tengo, por cierto. Mis recuerdos están en objetos de todo tipo; casi todos de poco valor monetario, pero con un gran valor estimativo para mí, pues me llevan de vuelta a momentos o lugares memorables. No sé cómo he sido capaz de acumular tanta cosa; pero así es. Papeles, cuadernos de viajes, cartas, folletos, carteles, guías de museos, catálogos de exposiciones, fotografías, pisapapeles, cortaplumas e infinidad de chácharas más. Todos y cada uno de ellos encierran algo para mí y cada vez que me dispongo a hacer una depuración y eliminar los menos valiosos, acabo volviéndolos a guardar todos. El domingo intenté la última depuración, no sin antes decirme: “ahora sí, tiro todo lo que no sirva”, que equivaldría a tirarlos todos porque como servir para algún fin práctico… ninguno sirve. Apenas empezada la revisión, me topé con una foto mía tomada por un ex novio que se sentía el Cartier-Bresson Región 4... el pobre. Al ex novio fotógrafo no le gustó la imagen resultante, porque yo apenas me veo como difuminada tras las sombras y el tronco de un frondoso árbol; pero a mí me encantó justo por eso. Esa fotografía algo sombría me recuerda a la que era yo en ese entonces, cuando no había atesorado tantas remembranzas, ni perdido a seres tan amados; como al mejor amigo que he tenido en la vida, a quien le encantaba mi foto; alguna noche me dijo que yo me veo como una aparición, misteriosa, etérea e inasible y yo, cursi como soy, terminé regalándosela; hasta que poco antes de morir me la devolvió... para que al verla me acodara de él. Y así pasa siempre; el domingo al ver esa foto fue como estar de nuevo entre las sombras del jardín de la casa familiar que hace tanto dejé; fue como ver a mi amigo luminoso y hermoso, más allá de la belleza física, como era entonces... cuando no imaginaba (no imaginábamos) que el maldito SIDA se lo llevaría en poco, poquísimo tiempo...

¿Qué hacer para descartar este tipo de recuerdos?
¿Qué, para volverlos desechables, sustituibles e intercambiables por otros más ligeros y atractivos
?


“Lo que me pasa es que no consigo andar por el mundo tirando cosas y cambiándolas por el modelo siguiente sólo porque a alguien se le ocurre agregarle una función o achicarlo un poco. […] Ahora mis parientes y los hijos de mis amigos no sólo cambian de celular una vez por semana, sino que, además, cambian el número, la dirección electrónica y hasta la dirección real. Y a mí me prepararon para vivir con el mismo número, la misma mujer, la misma casa y el mismo nombre (y vaya si era un nombre como para cambiarlo. Me educaron para guardar todo. ¡¡¡Toooodo!!! Lo que servía y lo que no. Porque algún día las cosas podían volver a servir. Le dábamos crédito a todo.”

[…]

Y me muerdo para no hacer un paralelo entre los valores que se desechan y los que preservábamos. ¡¡¡Ah!!! ¡¡¡No lo voy a hacer!!! Me muero por decir que hoy no sólo los electrodomésticos son desechables; que también el matrimonio y hasta la amistad son descartables. Pero no cometeré la imprudencia de comparar objetos con personas. Me muerdo para no hablar de la identidad que se va perdiendo, de la memoria colectiva que se va tirando, del pasado efímero. No lo voy a hacer. No voy a mezclar los temas, no voy a decir que a lo perenne lo han vuelto caduco y a lo caduco lo hicieron perenne. No voy a decir que a los ancianos se les declara la muerte apenas empiezan a fallar en sus funciones, que los cónyuges se cambian por modelos más nuevos, que a las personas que les falta alguna función se les discrimina o que valoran más a los lindos, con brillo y glamour.”
……
[Extractos de Lo desechable (de presunta autoría del escritor uruguayo Eduardo Galeano)]




imagen: La primera Leica de Henri Cartier-Bresson

julio 10, 2008

carta sin entregar

Ojos verde deslavado

Me encantaba escribirte cartas, así me parecía más sencillo decirte casi todo, sin que la emoción me traicionara o tú me interrumpieras… a medio speech…. A ti nunca te dio por hacer una sola, decías que eso de la poesía y las letras bonitas no sé te daba y claro, nunca supiste bien a bien como responder a mis cartas; para ti, pragmático como tu solo, casi todo tenía como respuesta un si o un no… y un "te quiero" es solo eso, "un te quiero" al que no le hace falta ninguna floritura de más; y porque andarle buscando más de un sentido a las palabras … es un sinsentido. Alguna vez, casi desesperado me dijiste: “quisiera que por una maldita vez fueras una de esas chavas que no se cuestionan nada, que no andan como queriendo arreglar el mundo ¿de qué te sirve?, que fueras una mujer cuya mayor preocupación sea qué atuendo usar el sábado próximo […] ¿por qué carambas tienes que ser tan complicada?” Después de uno de esos desgarros… volvías a mi casa con tres docenas de rosas rojas y diciendo, con cara de arrepentido, “por favor nunca vayas a ser como esas viejas huecas que solo leen Cosmopolitan y hablan puras frivolidades…" -curioso, las rosas rojas nunca han sido mi hit; las flores me encantan, excepto las blancas porque se me hacen de muerto y las rosas rojas… A mi, la madre del cliché, las flores del romanticismo cliché jamás me han gustado.

Muchas cartitas te escribí, pero no todas te las entregué, algunas quedaron por ahí aguardando algún momento propicio que nunca llegó; hace poco hojeando un libro que no tocaba hace tiempo, me encontré una y casi no podía dar crédito a lo ahí dicho ¿yo escribiendo semejante loa al erotismo naif? Caray, las cosas que una es capaz de escribir, decir, hacer… cuando está enamorada… y vaya que lo estaba. Luego no sé que me pasó, ni en que momento dejaste de ser para mí el hombre más adorable -aunque medio arisco- del mundo. No te gustaba escribir cartas de amor y te decías negado para la poesía, pero te encantaba que yo te la leyera mientras tú fumabas pipa, parecías disfrutarlo. Y a mi se me caía la baba viendo tus ojos resplandecientes o taciturnos; siempre me encantaron tus ojos de un verde como deslavado. Pero también se me dejó de caer la baba; dejé de disfrutar tus sarcasmos; te volviste dominante, controlador, como si de pronto hubieras dejado salir a un macho hasta entonces oculto. Empezaron nuestros problemas, desencuentros, aprendí un montón de de pretextos para no hacer el amor, para no verte; peleamos… y un buen día, buscando una solución, no se te ocurrió mejor cosa que… el matrimonio. Dije NO, pero me provocó tristeza hacerlo; fui cobarde, temí decirte que ya no sentía igual; lo sé, estuvo mal, pero a una no le gusta ir por la vida lastimando a quien se ha amado y al final sale peor porque se termina lastimando más al callar. Y en mi cobardía no se me ocurrió mejor cosa que decirte entiende que no tiene sentido, escribirte una última carta y salir corriendo. En su momento no me lo perdonaste, sin embargo creí que ya lo habías dejado atrás. Otra equivocación, so pretexto de un libro, un amigo mutuo me llamó anoche y como sin querer, me dijo que a pesar de vivir con Ella desde hace tiempo, todavía hablas de mí con una mezcla de resentimiento y dolorida nostalgia, aún dices que yo te dejé casi al pie del altar. No es cierto y ambos lo sabemos; la relación estaba mal, iba hacia ninguna parte y el matrimonio no solo no era una solución, era la peor. Pero aún así, yo también la pasé mal, cuando una relación termina sin importar que el amor haya disminuido, hay dolor, queda una tristeza, se vive un duelo. Yo lo viví, pasó mucho tiempo para que intentará una nueva relación; tu en cambio, al año ya vivías con Ella. Quizá son mecanismos de defensa y cada quien enfrenta sus pérdidas, vive sus duelos, a su manera; la mía es el aislamiento; la tuya la sustitución, una nueva compañía.

Curioso, anoche al colgar el teléfono aspiré el aroma a maple de tu pipa; nunca me ha gustado el olor a cigarro pero el aroma de tu pipa y tu fumándola, me fascinaban. Anoche los recordé y los extrañé... a ambos. Pero eso jamás lo sabrás tu, el de los bellos ojos color verde deslavado... porque estas atropelladas palabras son solo un sinsentido que tampoco llegará a tus manos...