La Semana Santa, decía mi abuela, son días de meditación y recogimiento. Pero para mí, que a esa edad no era muy dada a meditar, sólo eran días de encierro y grandes silencios. Nosotras nos quedábamos en la ciudad, mientras la mayoría de los vecinos y parientes cercanos abandonaban la ciudad en busca de sol, playa y apretujones. Las principales avenidas de la Ciudad de México quedaban semi-desiertas; no se escuchaban los gritos de los niños jugando en la calle; el cartero no llamaba a la puerta (ni una ni dos veces) para dejar correspondencia; no se escuchaba música salir de la radio, no veíamos televisión; no había nadie con quien hablar. Y así, sin risas ni ruidos de ningún tipo, el ambiente, en efecto, era propicio para la meditación y el recogimiento... o el aburrimiento. La abuela siempre fue poco dada a ir de vistas (incluida la de las siete casas acostumbrada el jueves santo); ella prefería pasar esos días en casa leyendo, orando en silencio y tejiendo. No más. La única frivolidad que se, y me, permitía, era ver las películas y mini-series que la TV mexicana acostumbra, hasta la fecha, transmitir en esos días: Los diez mandamientos et. al. Y con esa casi obligación, lo que ni la prohibición de escuchar música, salir a jugar o ver caricaturas lograban... lo conseguía la propia TV: hacerme sentir en pago de algún ignoto pecado. En mi infancia, mi idea de penitencia era justamente esa: ver a Moisés (Charlton Heston) intentando salvar a su pueblo de la esclavitud y pasar penurias en pos de los diez mandamientos divinos... Uff, creo que nunca llegué a ver el ending del film, invariablemente, y sin hacer ningún tipo de ruido que rompiera la atmósfera de recogimiento, antes de que el desenlace llegara... yo me quedaba profundamente dormida.
Y hoy, a un tris de la Semana Santa, al ver este segmento del film Der Name der Rose me acordé de aquellos días silenciosos y casi enclaustrados de mi infancia, en los cuales, a mi precario entender, cualquier pecado que hubiera yo cometido quedaba redimido con semejante penitencia: aguantar en silencio esos -para mí- soporíferos filmes.
"Huye, Adso, de los profetas y de los que están dispuestos a morir por la verdad, porque suelen provocar también la muerte de muchos otros, a menudo antes que la propia, y a veces en lugar de la propia. Jorge ha realizado una obra diabólica, porque era tal la lujuria con que amaba su verdad, que se atrevió a todo para destruir la mentira. Tenía miedo del segundo libro de Aristóteles, porque tal vez éste enseñase realmente a deformar el rostro de toda verdad, para que no nos convirtiésemos en esclavos de nuestros fantasmas. Quizá la tarea del que ama a los hombres consista en lograr que éstos se rían de la verdad, lograr que la verdad ría, porque la única verdad consiste en aprender a liberamos de la insana pasión por la verdad" Umberto Eco, El nombre de la rosa. Ed. Lumen pp 394
"Me internaré deprisa en ese desierto vastísimo, perfectamente llano e inconmensurable, donde el corazón piadoso sucumbe colmado de beatitud. Me hundiré en la tiniebla divina, en un silencio mudo y en una unión inefable, y en ese hundimiento se perderá toda igualdad y toda desigualdad, y en ese abismo mi espíritu se perderá a sí mismo, y ya no conocerá lo igual ni lo desigual, ni ninguna otra cosa: y se olvidarán todas las diferencias, estaré en el fundamento simple, en el desierto silencioso donde nunca ha existido la diversidad, en la intimidad donde nadie se encuentra en su propio sitio. Caeré en la divinidad silenciosa y deshabitada donde no hay obra ni imagen" Umberto Eco. El nombre de la rosa. Ed Lumen pp 400
Fotografía: Dora Maar. Le simulateur (1936) Collection of the Sack Photographic Trust
© Artists Rights Society (ARS), New York / ADAGP, Paris
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