escribir

Escribir: tratar de retener algo meticulosamente, de conseguir que algo sobreviva; arrancar unas migajas precisas al vacío que se excava continuamente, dejar en alguna parte un surco, un rastro, una marca o algunos signos.[Georges Perec]

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febrero 23, 2009

exequias literarias?

No quisiera creer que la literatura ha muerto. No niego que el ver cómo El Código Da Vinci registra 80 millones de ejemplares vendidos -mientras las obras de grandes escritores de ayer y hoy permanecen casi en el olvido-, no es para cantar la reinvención del arte literario, pero ello no significa que debamos ponernos a entonar los cánticos mortuorios de la literatura, tal como decía el escritor húngaro Sándor Márai -, quien para su fortuna, no atestiguó esa moda de los e-book o de los libros en CD [será que yo soy muy anticuada, pero hay cosas en las que la modernidad no me acaba de conquistar. Sigo pensando que nada sustituye al placer de tomar un libro e ir descubriendo las historias, pasar las páginas con avidez o melancolía -sobre todo leer libros viejos, produce esa sensación- y acercarse lenta o velozmente a su desenlace]. O será que estoy siendo demasiado optimista? Eso si que sería una novedad en mi, profesional del escepticismo...

Pero en lo que resulta imposible no estar de acuerdo con Márai es en lo referente al exhibicionismo del mundillo literario. Y hasta creo que el húngaro se quedó corto, pues ese exhibicionismo/vedettismo no es exclusivo de escritores; los críticos literarios no se quedan atrás... Como dicen por ahí, dentro de todo critico literario vive un pequeño escritor frustrado, cuya arrogancia y ensañamiento a la hora de valorar obras ajenas, debe ser directamente proporcional a su desencanto por no ser ellos los autores. Y los críticos literarios son capaces de enaltecer a alguien carente de méritos reales, solo porque a ellos les gusta o porque está de moda; así como de despedazar la obra de creadores talentosos, simplemente porque no son de su agrado. Y si a eso le sumamos el esnobismo de los lectores-consumidores, capaces de hacer suyas las opiniones del crítico y al mismo tiempo, de volver un escritor de culto a casi cualquier mortal... ni cómo contradecir a Sándor Márai. Pobre, si supiera que hasta él ha entrado en ese círculo de escritores muertos, repentinamente endiosados por los críticos "más reputados"... se vuelve a morir. Igualito que el chileno Roberto Bolaño -también enemigo de los reflectores y de toda esa parafernalia que otros parecen disfrutar tanto-, muerto hace casi cinco años y a quien recientemente el New York Times ha "descubierto" como la máxima figura literaria hispana y voilà... Bolaño se ha vuelto escritor de culto y leerlo está de moda, como en su momento lo estuvo leer a Milan Kundera y traer un libro suyo en el bolso o en la mano, era sinónimo de estar in... Literatura: ochenta por ciento de exhibicionismo. El resto es escritura al dictado*

Y yo, que no soy ni seré escritora o critica literaria, aquí... nomás divag
ando...


*Literatura: ochenta por ciento de exhibicionismo. El resto es escritura al dictado.

*La literatura ha muerto: ¡viva la industria del libro!

*La muerte no constituye un problema. El hecho de morir, sí.

Sándor Márai. Diarios 1984-1989. Océano. México, 2009
.

No es cierto que el sufrimiento nos purifique y nos haga mejores, más sabios y comprensivos. Nos vuelve demasiado lúcidos, fríos e indiferentes.

La mayor parte de la gente no puede dar ni recibir amor porque es cobarde y orgullosa, porque tiene miedo al fracaso.

Sándor Márai La mujer justa.

Sándor Márai decidió quitarse la vida de un balazo el 22 de febrero de 1989... a los 89 años de edad ¡!]



La poesí­a entra en el sueño
como un buzo muerto
en el ojo de Dios.

[Roberto Bolaño, Resurrección, Fragmento]






Fotografía: El escritor Sándor Márai en su natal Hungría

noviembre 27, 2008

historias de lecturas

Leer es un placer; un refugio para la ensoñación; el acompañante ideal para nuestra soledad; la forma más fácil de desarrollar la imaginación, pues nos permite acceder a mundos, historias y seres inimaginables y lejanos. Cada quien tendrá su muy personal percepción sobre lo que significa leer; así como un lugar especial en su memoria afectiva, para sus lecturas favoritas y quizá hasta para lo primero que leyó o de cómo se inició su gusto por la lectura. El mió empezó aún antes de saber leer.

De niña vivía con mi abuela paterna y una de las hermanas de mi padre acostumbraba leerle novelas por entregas. Como yo era muy apegada a mi abuela -amén de curiosita y algo metiche-, me sentaba cada noche a los pies de su cama para escuchar el desarrollo de las angustias de La Madre, los sufrimientos y remordimientos de Raskolnikov, las desventuras amorosas de Ana Karenina y de Yuri y Lara en Dr. Zhivago. Nunca supe por qué razón les gustaban tanto las tragedias de los novelistas rusos; pero así era. Claro que también combiné mis sufrimientos revolucionarios y románticos con mis miedos, pues algunas noches nuestros acompañantes fueron los aterradores cuentos de Edbar Allan Poe. Así que de tanto de escuchar a mi tía -su bella voz y adecuada entonación, hacían gratísimo escuchar sus lecturas-, yo anhelaba aprender a leer; tanto para conocer otro tipo de historias, como porque a veces la hora de lectura se efectuaba muy tarde y me mandaban a la cama... sin haber escuchado cómo continuaba la historia. [Mi abuela era una mujer extraña, si bien conservadora como toda mujer de provincia, al mismo tiempo era permisiva en muchos aspectos, incluido el religioso -no me obligó a hacer la primera comunión- y pese a creer que yo no entendería las trágicas novelas rusas, tampoco me prohibía escucharlas].

Y yo tuve prisa por aprender a leer y gusto por hacerlo, gracias a esas dos mujeres... y a otras, que a lo largo de mi infancia y adolescencia me regalaron libros.

Los mexicanos tenemos el dudoso honor de ostentar uno de los promedios de lectura per cápita más bajos: según datos de la Encuesta Nacional de Lectura 2006, leíamos un promedio de 2.9 libros al año. Nada, si se compara con lo que dicen leer los habitantes de Noruega: un promedio de 18 libros al año. Independientemente de la confiabilidad de las encuestas y de lo reducido de su universo de aplicación, no cabe esperar una realidad diametralmente distinta. Dicen los estudiosos del tema, que el amor a la lectura es como la educación: no se enseña en la escuela, se mama. En la escuela nos dejan tareas de lectura, analizar libros, hacer ensayos al respecto, etc. Pero la obligatoriedad que implica esto, más el poco agrado que ciertos temas nos inspiren, no ayudan a fomentar el gusto por la lectura. Todo lo contrario. Puedo estar equivocada o pensar así basada en experiencia personal, pero creo que mientras la lectura sea vista como obligación, o un mero vehículo demagógico de nuestros gobernantes, México no será nunca Un país de lectores. Y no es que menosprecie esas campañas de promoción a la lectura; por supuesto que no, el metro de Ciudad de México me ha permitido adquirir más de un par de buenos libros a un precio irrisorio. Pero eso no es suficiente. Como tampoco sirven de nada, faraónicas e inútiles obras bibliotecarias construidas con la única intención de pasar a posterirdad. El gusto por la lectura debe fomentarse, pero también sentirse y así convertirse en un placer, una necesidad personal, un gusto, una pasión... que sustituya a esa otra tan nociva: pasar cuatro horas promedio, por habitante y día, frente a la Televisión... creo que ya casi les ganamos a los gringos.



Más candor, imposible. Pero la culpa es de Mafalda, por no darle a Miguelito las instrucciones claras.







agosto 27, 2007

Carta de una incoforme a otra

Querida Emma

Te escribo desde el año 2007, lo que significa que han pasado 150 años desde que viste la luz en abril de 1857; sin embargo, parece que no has envejecido y no has sido olvidada. Y esto lo he comprobado ahora que volví a tus páginas, después de tanto tiempo, lo cual además, me provocó deseos de escribirte y platicar contigo sobre el amor, los hombres y la felicidad, verdaderos motores de tu existencia. Quiero que sepas que una vez que terminé de releer tu historia y como hace años, me puse totalmente de tu lado. Sigo pensando que tú eres una de las más ingenuas, inocentes y, sobre todo, inconformes heroínas de la literatura universal; lo que más me gusta de ti es que no detentas una actitud culposa, sabes que no eres victimaria, que sólo respondes y te rebelas ante las circunstancias que te rodean.

Cuando te conocí, a mis 16 virginales años, compartía muchas de tus sublimadas y hasta cursis expectativas amorosas; a estas alturas de la vida –como seguramente te sucedió a ti y por ello decidiste tomar aquella letal dosis de arsénico- los desencantes de la vida me imposibilitan seguir suscribiendo tales ensoñaciones. Hoy las mujeres tenemos clarísimo que el amor suele ser sombrío y que los caballeros valientes dispuestos a rescatar a una joven dama ansiosa de amar, soñar y volar… solamente existen en las novelas o en el cine (lástima que estés en otra dimensión, te encantaría un film llamado La science des rêves –La ciencia del sueño-, en el que los sueños de amor se materializan y el caballero logra escapar con su dama en un caballo alado… hecho de tela rellena de algodón; ello, gracias a la mágica y desbordada imaginación de un paisano tuyo llamado Michel Gondry, un loco oficiante del invento de los Hermanos Lumière. Por cierto, lamento mucho que no conocieras el cine, te habrías aficionado al maravilloso mundo cinematográfico; aunque es posible que fuese contraproducente para tu romántica imaginación, creo que te habría permitido evadirte de la monótona y desmotivante realidad que vivías y créeme, de vez en vez los asideros fantasiosos resultan muy útiles para sobrellevar nuestra existencia).

Es cierto que el mundo que te tocó vivir se parece poco al actual, que los avances tecnológicos se suceden con tal velocidad, que nos rebasan. No obstante querida Emma, hay cosas que no han cambiado casi nada desde tus tiempos; o en todo caso, sólo han sufrido modificaciones en la apariencia, pero la esencia se mantiene casi igual.

Aunque no todas las mujeres lee la diversidad y cantidad de cosas que tú leías, hay muchas adeptas a las revistas femeninas, pero tus Corbeille y La Sylphe des Salons ahora se llaman Marie Claire, Vogue y Hola y en algunos casos -no todos, afortunadamente- los escritos de Victor Hugo, George Sand y Voltaire que solías leer, han sido sustituidos por los libros de Dan Brown. Por lo demás Emma, si bien se disimula, aún persisten la gazmoñería, doble moral, hipocresía y doble rasero con que la sociedad califica los actos de mujeres y hombres. La infidelidad masculina no se mira con la misma dureza con la que se ve la femenina; aún hay muchos que admiran y hasta envidian a un hombre que tiene una o dos amantes. A las mujeres no; mientras un adúltero es considerado un hombre listo por engañar a una o varias mujeres, una mujer adúltera es juzgada, adjetivándosele con un epíteto que pone de relieve “el carácter disoluto e inmoral” de su proceder, se le llama PUTA.

Lo que sí se ha modificado, afortunadamente, es la forma en que las mujeres vemos y conducimos nuestras vidas, hoy vamos a la universidad, trabajamos para mantenernos, en muchas cosas somos autosuficientes, por lo que ya NO abundan las que veamos en el matrimonio una salida, una solución.

En cuanto a los hombres, por supuesto que los hay semejantes al egoísta y cobarde Rodolphe; ese que no tuvo los suficientes arrestos para decirte de frente que no era capaz de escapar contigo porque eso trastocaba sus planes y prefirió comunicártelo por medio de una estereotipada misiva, siendo además, lo suficientemente cínico para lamentarse por tener que prescindir de tus fervores amorosos. No querida, los hombres no han cambiado; así que tampoco faltan los parecidos al miedoso e inconstante Lyon o a tu noble, pero anodino esposo Charles Bovary.

No obstante las fallas y cobardías de esos hombres y los errores que pudiste haber cometido, creo que el mayor equívoco fue esperar demasiado del amor, de la vida y sobre todo, de los hombres. Me da la impresión que elaboraste idílicos modelos imposibles de encajar en la realidad; como que confeccionaste le tailleur de un hombre perfecto: romántico, apasionado, intenso (esperabas que le sacara chispas a tu corazón); que tuviera todas las respuestas; que te guiara en el devenir de tu existencia, que te ensañara a amar y a gozar; que se atreviera a soñar contigo; que leyera tanto o más que tú. Y entonces con ese perfecto atuendo revestías a los hombres que te tocaron, pero sucedió que a todos les quedó grande le tailleur; muy grande, mi querida Emma. Y es esa la principal diferencia que veo entre tu época y la mía: que hoy día las mujeres ya no esperamos casi nada de los hombres y así, la posible decepción… ya no es tan dolorosa; digamos que es una medida preventiva muy práctica. Tan es práctica, que actualmente no abundan las mujeres desilusionadas del amor… buscando el suicido; eso sería de un romanticismo exacerbado, algo incompatible con un mundo tan materialista e individualista como el que vivimos.

Finalmente, quiero decirte dos cosas: primera, que estoy segura que sigues sin sentirte culpable, en todo caso no tienes motivo; al contrario, tu mostraste un tesón admirable en la búsqueda de la felicidad a través del amor, la belleza y la libertad. Eso no es ningún pecado, todo lo contrario, es un sueño hermoso, aunque irrealizable la mayoría de las veces; pero tu empeño y persistencia en su obtención lo ennoblecen aún más; segundo, has de saber que hoy, a pesar de todos los pesares, los seres humanos -mujeres y hombres-, seguimos buscando eso llamado felicidad y aunque de pronto desistamos, esa fortuita obtención es lo que nos mantiene de pie en un mundo convulso.

Bueno ya te dejo mi querida inconforme Emma, sigue descansando; ya es tarde y yo también me voy a dormir, espero soñar algo bueno.

Marichuy


“Antes de casarse, ella había creído estar enamorada, pero como la felicidad resultante de este amor no había llegado, debía de haberse equivocado, pensaba, y Emma trataba de saber lo que significaban justamente en la vida las palabras felicidad, pasión, embriaguez, que tan hermosas le habían parecido en los libros”


Bibliografía mínima
Madame Bobary Flaubert, Gustave, Edit Alianza. España 1997.
La orgía perpetua: Flaubert y Madame Bovary, Mario Vargas Llosa, Alfaguara. México.