escribir

Escribir: tratar de retener algo meticulosamente, de conseguir que algo sobreviva; arrancar unas migajas precisas al vacío que se excava continuamente, dejar en alguna parte un surco, un rastro, una marca o algunos signos.[Georges Perec]

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agosto 20, 2009

perdiendo la cabeza

La luna y ella tenían su historia, una muy larga. En su mente siempre la había visto como la eterna compañera de la soledad; cómplice de amores prohibidos; hadas, duendes y gnomos; hombres lobos y lobos que no son hombres pero que depredan lo mismo; idóneo telón de fondo, imaginario y real, de sucesos tocados por el velo del misterio. Ya no recordaba cuántas veces había sido su única acompañante, cuando alguna situación desafortunada la obligó a huir intempestivamente en medio de la noche. Incontables también, las madrugadas en que bajo el influjo de su luz se dejó llevar por la pasión en brazos de desconocidos. Muchos eran los hombres que presumían haberla tenido. Eso querían creer ellos, pues en realidad era ella quien había tenido a todos los que quiso, cuando y como lo quiso. Ella la seductora; dueña de una belleza letal, al decir de sus detractores; demasiado inteligente, fría y calculadora, apuntaban otros; una mujer licenciosa, peligrosa y enferma, según todos los demás.


La trama parecía ser siempre la misma: la luna en todo lo alto y ella en una nueva huída; para no variar, esta noche el astro iluminaba y guiaba sus presurosos pasos, a cada tranco más débiles a causa del cansancio acumulado. No sabía con exactitud cuánto tiempo llevaba corriendo… sólo que sus piernas empezaban a acalambrarse, sensación agravada por el frío de la madrugada calándole hasta lo más hondo. En circunstancias distintas, el escenario habría resultado ideal para otro tipo de escapada, una amorosa.... tantas en su haber. Ahora, esas historias aparecían demasiado lejanas, cubiertas por una espesa bruma que le impedía ordenar con precisión rostros, hechos específicos, así como las sensaciones experimentadas en cada ocasión. En este momento la única sensación de que era consciente, amén del cansancio, era la del miedo; sabía que ellos no tardarían en darle alcance, por más que los hubiera tomado por sorpresa, su ventaja no podría durarle mucho.


En medio de un silencio casi aterrador, apenas matizado por su jadeante respirar y el suave fluir del río a la vera del camino, aguzaba el oído intentando adivinar, antes que escuchar, el ruido que anunciara la cercanía de sus persecutores; pero por más que se concentraba no lograda distinguir nada y eso, lejos de calmarla, le infundía mayor temor. Los conocía bien y no dudaba que entre más tiempo tardaran en encontrarla, peor sería su reacción. Impulsada por ese temor, pareció recobrar fuerzas y continúo corriendo, abriéndose paso entre las brumas de la madrugada y las sombras del espeso bosque. Estaba exhausta, tenía los pies casi congelados, las piernas entumecidas y por más que corría y corría, sentía que no avanzaba nada, como si sus zancadas, cada vez más torpes, se enredaran con alguna hiedra, impidiéndole progresar en su carrera.


Y de pronto, perdió contacto con el suelo y con el espacio que la rodeaba; presa de un desguanzamiento general, ya no tuvo control sobre sus movimientos; todo se volvió negro, mientras un estremecimiento le recorría el cuerpo provocándole un inusitado sudor frío... lo último que sintió, antes de sumirse en la inconsciencia...


[…]

Cuando volvió en sí, una mano tiraba de su hombro al tiempo que una voz femenina le apuraba:

-Señora, despierte... es hora de tomar su medicina; no tenga miedo, sólo voy a aflojarle un poco las ataduras que parecen estar cortándole la circulación sanguínea…



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PS Hablando de la delgada línea que separa a la locura de la normalidad, hoy aparece un articulo en la sección cultural de La Jornada, sobre un monodrama operístico que suena interesante.

Exploran en un monodrama la ambigüedad entre razón y locura


imagen fleur de lys de Ardid ( http://ardides.blogspot.com/)

agosto 17, 2009

desobedeciendo a mamá

A fin de mantener a sus hijitos a salvo de cualquier tipo de daño, las madrecitas abnegadas les aconsejan alejarse de las malas mujeres. Dejando de lado lo cuestionable y tendencioso de tal expresión, suele suceder que a la mayoría de los hombres, son precisamente esas malas mujeres las que más les gustan. A veces creo que sin esa desobediencia masculina hacia los consejos de mami, la literatura y el cine no se habrían enriquecido con tantos personajes masculinos llevados a la perdición por culpa de una mala mujer. Pobrecitos hombres, siempre víctimas de las malas mujeres... desde que el badulaque de Adán no tuvo los arrestos suficientes para admitir que si mordió la manzana que Eva le ofreció, fue porque se le antojó hacerlo y no porque ella lo obligara. Sin embargo, de no ser por ese tramposo cliché, quizá no habríamos conocido a tantas mujeres, reales y ficticias, cuya mala fama ha sido directamente proporcional a su inteligencia y a la fascinación que nos han provocado. Creo que aún sin que el término fuese conocido en la antigüedad, Circe bien podría ser considerada una de las primeras femme fatale de la historia.



A mi me atrae la figura de Circe, la hechicera que dicen gustaba de convertir a los hombres en cerdos. Los mitos son muchos, unos dicen que únicamente convertía en cerdos a los hombres que la rechazaban; afirmación que se contrapone dentro de la misma mitología, pues siempre es presentada como una mujer muy hermosa y seductora. Otros puntualizan que lo hacía con todos y por pura maldad. A saber cuál haya sido la verdadera razón; el tema es que Circe empata con esa creencia de que las malas mujeres son las causantes de las mayores desgracias masculinas. Bien mirada, esa tendenciosa idea no debería molestarnos tanto a nosotras como a los hombres, pues es a ellos a quienes hace ver como seres pasivos, carentes de voluntad y capacidad de decisión, a expensas de lo que esas malas, malisimas féminas, quieran hacerles. Y bueno, si lo permiten, es que se lo merecen, digo yo. Lo que ya no resulta tan grato, es que esos mismos jueces dados a imponer estereotipos de mujeres buenas y malas, al fin proclives a la moralina barata, gusten de otorgarles redenciones: hasta las malas mujeres son susceptibles de redimirse... merced al amor. Y ahí se les acabó el encanto, porque lo que sigue es verlas gimotear a los pies del macho, clamando por su amor y su perdón. Es decir, despojadas de su principal atractivo, ese que las hace tan prohibidas como deseables.. y ni Circe se escapa de esta moralina redención.


Ya conocen la historia de esa pareja felizmente casada formada por Ulises y Penélope; él, un gran guerrero y ella... una buena mujer; pero al parecer tanta dicha ya les había aburrido un poquito y como no era cosa de andarse con monerías del tipo: "vamos a darnos tiempo", mejor buscarse alguna guerra, que ya ven nunca faltan y pocas podrían vestir de tanta gloria como la de Troya. Así que hacia allá partió Ulises con un doble objetivo: ser héroe y librarse de la rutina matrimonial; se marchó en pos de laureles y dejó sola a Penélope. Y como ella era una buena mujer, no le quedaba más remedio que guardar la compostura y esperar a que su marido regresara... en veinte días, veinte semanas, veinte meses... o veinte años.

Firme se mantuvo Penélope a la espera de su amado, tejiendo lienzos interminables para alejar de su mente los malos pensamientos y de su ser entero las tentaciones, que no fueron pocas. Y mientras ella tejía, Ulises libraba batallas, conocía otros mundos y... otras damas. Una de ellas, Circe, quien los recibió en su isla-reino, ofreciéndoles casa y comida a él y a sus compañeros, cuando éstos se encontraron extraviados y devastados. Pero como según la mitología, ella es la mala mujer de esta historia, sólo les brindó abrigo para poderlos convertir en cerdos. A todos menos a Ulises... pues si no quién iba a ser el héroe del cuento. Tan heroico él, que únicamente aceptó la hospitalidad de Circe para poder salvar a sus amigos del maleficio porcino. Y en este punto es donde entra la redención, pues Circe quedó tan enamorada de Ulises que no sólo no lo convirtió en cerdito, sino que rompió el hechizo de sus compañeros, no sin antes caer a los pies del hijo pródigo de Ítaca clamando su perdón e implorándole un poquito de amor. Y él, en una muestra de su infinita generosidad, la perdonó y aceptó quedarse a vivir a su lado unos añitos... nada más para que nadie fuera a dudar de la sinceridad de su perdón. Pero después de ese tiempo -durante el cual no dejó de pensar en Penélope ni un solo día, según dice Homero-, llegó un momento en que ya no pudo con la nostalgia y decidió emprender el regreso a la añorada Ítaca, abandonando a Circe, con quien ya había procreado algún hijo según cuenta la mitología.

A punto de lanzar improperios contra Homero y el héroe de Ítaca, venturosamente el mito -por tanto usted crea lo que mejor le plazca- nos abre la posibilidad de un inesperado happy end. Casi como si de una venganza dantescamente y pacientemente planeada se tratara -por Edmundo Dantés, no por el infierno de
Alighieri: a la muerte de Ulises, Penélope y Circe se hicieron amigas... y terminaron sus días viviendo en familia, ambas mujeres e hijos del mismo hombre, en la isla-reino de Circe, con sus vidas amorosas rehechas y sin pasar penurias de ningún tipo...

puaff... hasta parece final de telenovela o de Cuento de Hadas, con la femme fatale redimida como toda una señora felizmente casada y con su ex rival de amores convertida en su mejor amiga... pero no deja de tener su ironía.




PS ustedes perdonen esta larga divagación que me salió medio feminista, cuando en realidad yo sólo quería decir que las malas mujeres y las brujas/hechiceras me caen muy bien.



imágenes:
No te pongas así, viñeta de Alberto Montt
Circe
vista por Manly P. Hall
Penélope de Jhon W. Waterhouse

diciembre 25, 2007

Y no fui una femme fatale

En la infancia suelen tenerse grandes expectativas para el futuro, soñar con lo que le gustaría ser de adulto, sea bombero, astro del fútbol, astronauta, estrella de cine, una gran bailarina; etc. Yo, algún día soñé con ser una gran patinadora artística… pero como los rusos, no vayan a pensar que cualquier patinadora del montón. Quería ser campeona mundial, olímpica y galáctica y mostrar mis prodigios trenzados con los acordes del Pájaro de Fuego de Ígor Stravinsky en alguna pista de San Petersburgo, cual moderna Anna Pavlova. Y por supuesto que no tuve ningún problema en… contarle este sueño a mi abuela.

Pero hubo otro sueño, ya siendo adolescente, que nunca le conté a ella, menos a mi madre o a mi padre; lo que yo secretamente anhelaba era ser una femme fatale… comme il faut. Desconozco la razón de semejante sueño, quizá porque imaginaba que mi vida como tal sería absolutamente trepidante, alejada de la monotonía y el aburrimiento de los fogones y demás obligaciones domésticas; me proyectaba ataviada con un ajustadísimo vestido negro de sugerente escote, medias de costura trasera y altos tacones, coronada mi abundante cabellera por un sombrerito de red y fumado cigarros con boquilla. Es decir, vestida para matar; es decir, el cliché total. Y ya me veía yo, rodeada de hombres; cuando menos con cuatro amantes: uno mayor que fungiera como mecenas (o sea, no hay femme fatale que se respete, hambrienta y mal vestida); uno medio gánster, para ponerle sabor y emoción al asunto; otro, poeta de preferencia, perdidamente enamorado y pobre (que para eso tendríamos al mecenas) y otro, niño bien y medio bobo, a cuya púdica e hipócrita familia fuera un placer… escandalizar.

Seguro que el origen de semejante elucubración está en el cine, específicamente en esa joyita del cine alemán de los 30’s El ángel azul, que vi en la prepa (a los quince años) como actividad extra de mi clase de ciencias sociales. Yo veía a la Marlene Dietrich, a Lola Lola, con esa miradita, con esas portentosas piernas; con ese todo, llevando a la perdición al pobre profesor Rath, quien por andar queriendo espiar a sus alumnos acabó… como acabó. Se me figuraba que no podía haber en el mundo una aventura más emocionante que seducir, subyugar y llevar a la perdición a unos cuantos hombres y entre más reticentes, mejor.

El cine, el llamado cinéma noir en especial, nos ha dado incontables ejemplos de femme fatale, quizá mejores que Lola Lola; pero para mí, es Marlene Dietrich, esa rubísima mujer de fría y sofisticada belleza -quizá hasta un tanto masculina-, la encarnación (tal como Rimbaud lo es del enfant terrible) por antonomasia del mayor arquetipo de la femme fatale en toda la historia del cine. Además, cantaba con esa voz pastosa, con su singular estilo, que más que intentar la perfección vocal, buscaba –y lograba- seducir a sus oyentes.

A juzgar por la historia de su vida, creo que Marlene fue una femme fatale de tiempo completo, mucho más allá de las pantallas cinematográficas. Dicen que era una actriz apenas eficiente, sin grandes destellos de brillantez, pero supongo que eso a casi nadie le importó.

En mi opinión, en la actualidad las femme fatale son, como otras muchas cosas, un tanto light; ya no abunda el aire de misterio. En esta época en la casi todo está permitido, hablar de la perdición de un hombre a causa de una “mala mujer”, de una moderna femme fatale, como que ya no tiene el mismo significado.

Antes, la promesa era aquello que ocurriría en la oscuridad; el poder descender con la complicidad de noche a la profundidad de los sótanos; lo que paradójicamente significaba, ascender a la cima más elevada del placer: el placer prohibido, casi trasgresor. Pero ahora, habrá mujeres lagartonas, como les dice mi mamá, que le pueden “volar” a una el novio o el marido y de paso, arrasar con su cuenta bancaria o saturarle su gold card. Pero como que les falta algo; ese halo de misterio, esa mezcla de perversidad e ingenuidad. Además, ya no se usan esos maravillosos vestidos negros ajustados que llegaban justo a la rodilla, ni la medias con costura, ni lo sombreros de red, ni los cigarros con boquilla. Y para colmo, la anorexia que caracteriza a las féminas de nuestros días, me parece todo… menos seductora o detonadora de pasiones ardientes y prohibidas.


Total que no fui una femme fatale, pues además no tenía los atributos físicos para ello: ni soy rubia, ni grandota, ni tengo las magnificas piernas de la Dietrich, mucho menos los esplendorosos pechos de Sofía Loren, o los voluptuosos labios de la Brigitte Bardot.


Hablando de homenajes, que no burdas imitaciones, en la portada correspondiente al mes da octubre de Elle, mi socia favorita -aqui el motivo de nuestra "sociedad"- aparece con este look un tanto retro, rubísima (creado para su más reciente film, que no se va a quedar así para siempre ); en entrevista, la actriz italiana declaró que para tal imagen se inspiró en Brigitte Bardot.



























¿Y de mi fantasía? Pues nada, que acabé estudiando Ciencias Políticas. Snif

¿Y tu que soñabas ser cuando eras niño?