escribir

Escribir: tratar de retener algo meticulosamente, de conseguir que algo sobreviva; arrancar unas migajas precisas al vacío que se excava continuamente, dejar en alguna parte un surco, un rastro, una marca o algunos signos.[Georges Perec]

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febrero 24, 2014

magnum opus...



Estar ausente del blog, no haber aporreado el teclado más que para cosas de trabajo desde hace semanas, y la especie de remordimiento que esto me acarrea, me trajeron a la mente este relato breve que transcribo líneas abajo. Desde luego que no me lo recordó porque esté pensando en sentarme a escribir mi Obra magna (ja), sino porque me dio un poco de risa pensar que mientras yo me angustio por no poder aporrear el teclado como quisiera, deben existir decenas, quizá cientos, de escritores o poetas en la misma situación que el personaje de este relato. Sólo espero que ninguno de ellos termine como el escritor que aquí retrata Sabina Berman: 

Magnum Opus  
El escritor decidió que era momento de escribir su Magnum opus. La gran obra que le abriría las puertas de la inmortalidad.
Su esposa lo miró por la ventana de la sala cruzar el jardín con la maleta en la diestra, rumbo a la camioneta. En la maleta llevaba dos mil hojas en blanco, 15 pomos de tinta negra, ocho plumas fuente, algunos libros de consulta, incluido un voluminoso diccionario.
El escritor se encerró en una cabaña en el bosque, una cabaña de una sola estancia, sin teléfono y sin internet. Por ningún medio alguien podría distraerlo de la gran obra.

Su esposa lo miró por la ventana de la sala cruzar el jardín con la maleta en la diestra, rumbo a la camioneta. En la maleta llevaba dos mil hojas en blanco, 15 pomos de tinta negra, ocho plumas fuente, algunos libros de consulta, incluido un voluminoso diccionario.
El escritor se encerró en una cabaña en el bosque, una cabaña de una sola estancia, sin teléfono y sin internet. Por ningún medio alguien podría distraerlo de la gran obra.
Pasado demasiado tiempo sin noticias de él, su esposa acudió a la cabaña, con un cierto remordimiento anticipado. Era probable que su marido se irritara con su incomprensión del tiempo de la ficción. Cuántas veces debo repetirte, le reclamaría, que el tiempo de la ficción es otro que el de los relojes. Un tiempo donde en un párrafo puede suceder un siglo y donde un minuto puede extenderse durante 10 hojas. Luego de no recibir respuesta, la esposa rompió con un hacha la puerta de la cabaña. La única estancia estaba literalmente repleta de hojas escritas. En la mesa, en el piso, en los muebles de la cocina, hojas y más hojas en desorden, repletas de palabras y más palabras en tinta negra. Sin embargo no vio ni trazas del escritor.
La esposa tomó una hoja para leerla. Y luego otra hoja. Y con creciente terror, otra. Y otra. Y de pronto levantó otra hoja y ahí estaba el hombre. Diminuto. Más breve que un dedo pulgar, hablándole, pero era tan minúsculo que su voz se escuchaba como un levísimo chirrido.
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[Sabina Berman: dramaturga y ensayista mexicana]

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septiembre 27, 2012

¿nace o se hace?

Anne-Julie Aubry: Il était une fois

A mediados de la década pasada, quizá un poco antes, empezó el auge de los blogs. Tener un sitio propio en el cual publicar lo que nos viniera en gana fue, me parece, un gran acontecimiento. Un sitio gratuito en línea, nuestro, en donde albergar (y poner al alcance de quien fuera) cualquier tipo de escritos, era una maravillosa novedad. Como buenos aficionados al aporreo del teclado, todos queríamos tener un blog para hacer públicas nuestras aventuras, bitácoras, recuerdos, deseos, miedos, diatribas, etc. Tener nuestro blog para que nadie nos dijera qué publicar y qué no. Tener nuestro blog para sentirnos escribidores… Por supuesto, no todos los blogueros eran meros aficionados: muchos escritores de verdad también crearon sus blogs. Y todavía mejor: en blogger uno podía descubrir a gente que sin ser profesional, no sólo escribe con pulcritud sino que está dotada de un-no-sé-qué, un toque para escribir con verdadera gracia, sensibilidad. Creo que buena parte del éxito de los blogs se debió a su pluralidad, libertad y amplitud: uno podía publicar lo que quisiera sin pensar en límites de tema, estilo, número de caracteres… ni la falta de talento escribidor. Si alguna lección aprendimos de la blogueada, fue que el tener una redacción más o menos pulida (en el mejor de los casos) no convierte a nadie en escritor. Y es aquí dónde surge la pregunta, casi un cliché: ¿el escritor nace o se hace? ¿escribir es un oficio que se aprende como cualquier otro? ¿el talento escribidor puede adquirirse por medio del estudio? ¿o bien, ninguna escuela de escritores convierte a nadie sin talento natural en escritor (sólo le provee de herramientas técnicas, gramaticales, pero fundamentalmente le sirve para pulir una habilidad existente)? ¿el escritor es resultado de una combinación de ambos (nacer y terminar de hacerse)?

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Antes que nada, el escritor debe ser un buen lector, han dicho todos los escritores. Desde Borges hasta los escritores mexicanos aquí citados. [aunque tal vez convendría acotar, y tener siempre presente, que ser un buen lector, per se, no convierte a nadie en escritor.]

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Cuatro escritores mexicanos contemporáneos contestan la clásica pregunta ¿Un escritor nace o se hace?

"Ambas cosas, pero si debo responder tajantemente diré que se nace escritor. Y después, con el tiempo, se va creando el oficio. Pero la capacidad de observación, el temperamento, la gracia se traen desde siempre. Que se desarrollen en buena narrativa es otra cosa. No creo que los talleres o escuelas sean necesarios, sólo se requiere leer mucho (sobre todo buenos libros, si se tiene suerte) y estar atento. Yo no fui a talleres, pero no me opongo a que existan, al contrario. Si los aspirantes a escritores son unos solitarios allí harán amistades o leerán en voz alta sus infundios. Por lo regular las escuelas no hacen escritores, crean plagas y estudiantes que escriben correctamente, nada más. En todo caso mi taller literario consistió en pasearme durante horas por las librerías." —Guillermo Fadanelli
 

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"Una escritora se hace, naturalmente. Escribir es un oficio y el trabajo de la escritora es leer. En mi caso, los talleres más significativos de mi adolescencia fueron las lecturas desordenadas pero voraces que emprendí a solas y las conversaciones rigurosas, alebrestadas, cariñosas y agudas con unos pocos amigos locuaces. Esos "talleres" me hicieron entender que mi pasión tenía un lugar legítimo en el mundo, es decir, que era compartida. Más que escuelas es necesaria una comunidad crítica donde la lectura cuidadosa y los comentarios a la vez rigurosos y civiles puedan devolverle a la escritora otra manera de aproximarse a la producción propia. Investigar, con otros, el mecanismo interno del producto propio es un proceso a la vez analítico y creativo. Lo que hay que cuidar es que esa comunidad no se vuelva una conversación jerárquica en la que sólo impere la dictadura del "gusto personal" y del "estilo".  […] Pero la escritora, la escritura, precisa de comunidades vivas para producir sentido, para seguir existiendo de manera significativa tanto estética como políticamente en nuestros mundos de hoy." —Cristina Rivera Garza
 

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"Una vez tomé un curso y aprendí que la formación académica no es para dedicarse a la escritura creativa aunque sí me sirvió para ampliar mis horizontes culturales, sistematizar mis lecturas y descubrir la poesía. No terminé la carrera en la Facultad de Filosofía y Letras. Sólo llegué hasta la licenciatura porque sentía que la meritocracia académica podía convertirse en una carga pesada si quería dedicarme a la narrativa. No creo que las escuelas de escritores garanticen el talento. Tuve la fortuna de que cuando trabajé como redactor publicitario en Procinemex había una tertulia que se formaba espontáneamente en la oficina. Participaban el dramaturgo Carlos Olmos, el poeta Francisco Hernández y muchas otras personas inteligentes y con buena preparación literaria. Aquellas sesiones fueron una especie de taller, aunque no leíamos nuestras obras. Un escritor se hace leyendo y escribiendo. Este trabajo puede llevar mucho tiempo; no creo en los talentos precoces, se dan muy rara vez. En mi caso, pasé por una evolución lenta antes de adquirir el oficio literario. El escritor debe forjarse solo pero no descarto que algún taller pueda ser benéfico. Sé, por ejemplo, de muchos autores que aprendieron del legendario taller de Juan José Arreola. Mi método atraviesa por la lectura de todos los géneros. Al tener una inmersión en cada uno podremos descubrir la vocación. Además, un narrador tiene que ser un poco dramaturgo o poeta, y debe tener una preparación más amplia que la de los autores de nuestros días que sólo leen narrativa. La técnica se adquiere leyendo con atención a los clásicos, a los autores que han transformado el arte de narrar en distintas épocas, pero sobre todo en la práctica. Este es un oficio en el que hay que trabajar constantemente y tener la humildad para no creer que lo primero que sale de nuestra inspiración será una maravilla." —Enrique Serna
 

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"Creo que existen ambos tipos de escritores: aquellos que nacen y se hacen, y aquellos otros que solamente son escritores gracias a su trabajo y perseverancia. No creo que sean necesarios ni las escuelas ni los talleres. Creo incluso que pueden ser un estorbo al talento. En lo personal no estudié en ninguna escuela y tampoco tomé ningún taller. Doy talleres porque me los piden y no porque crea en ellos." —Francisco Hinojosa
 
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—Extracto del reportaje ¿Para qué sirven las escuelas de escritores? [publicado en el diario Milenio.]

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julio 23, 2012

decálogo escribidor...


Una probada de la fina agudeza del gran escritor Augusto Monterroso


Decálogo de un escritor, por Augusto Monterroso

Primero. Cuando tengas algo que decir, dilo; cuando no, también. Escribe siempre.

Segundo. No escribas nunca para tus contemporáneos, ni mucho menos, como hacen tantos, para tus antepasados. Hazlo para la posteridad, en la cual sin duda serás famoso, pues es bien sabido que la posteridad siempre hace justicia.

Tercero. En ninguna circunstancia olvides el célebre díctum: “En literatura no hay nada escrito”.

Cuarto. Lo que puedas decir con cien palabras dilo con cien palabras; lo que con una, con una. No emplees nunca el término medio; así, jamás escribas nada con cincuenta palabras.

Quinto. Aunque no lo parezca, escribir es un arte; ser escritor es ser un artista, como el artista del trapecio, o el luchador por antonomasia, que es el que lucha con el lenguaje; para esta lucha ejercítate de día y de noche.

Sexto. Aprovecha todas las desventajas, como el insomnio, la prisión, o la pobreza; el primero hizo a Baudelaire, la segunda a Pellico y la tercera a todos tus amigos escritores; evita pues, dormir como Homero, la vida tranquila de un Byron, o ganar tanto como Bloy.

Séptimo. No persigas el éxito. El éxito acabó con Cervantes, tan buen novelista hasta el Quijote. Aunque el éxito es siempre inevitable, procúrate un buen fracaso de vez en cuando para que tus amigos se entristezcan.

Octavo. Fórmate un público inteligente, que se consigue más entre los ricos y los poderosos. De esta manera no te faltarán ni la comprensión ni el estímulo, que emana de estas dos únicas fuentes.

Noveno. Cree en ti, pero no tanto; duda de ti, pero no tanto. Cuando sientas duda, cree; cuando creas, duda. En esto estriba la única verdadera sabiduría que puede acompañar a un escritor.

Décimo. Trata de decir las cosas de manera que el lector sienta siempre que en el fondo es tanto o más inteligente que tú. De vez en cuando procura que efectivamente lo sea; pero para lograr eso tendrás que ser más inteligente que él.

Undécimo. No olvides los sentimientos de los lectores. Por lo general es lo mejor que tienen; no como tú, que careces de ellos, pues de otro modo no intentarías meterte en este oficio.

Duodécimo. Otra vez el lector. Entre mejor escribas más lectores tendrás; mientras les des obras cada vez más refinadas, un número cada vez mayor apetecerá tus creaciones; si escribes cosas para el montón nunca serás popular y nadie tratará de tocarte el saco en la calle, ni te señalará con el dedo en el supermercado.

El autor da la opción al escritor de descartar dos de estos enunciados, y quedarse con los restantes diez.

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Tomado de sinjana/ [Vía Maika ]


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marzo 02, 2012

¿por qué?

[sin+palabras.jpg]
  

"[…] ¿Por qué se escribe? Hace tiempo, cuando era joven, escuché a Samuel Beckett responder: "No me queda otra". Las respuestas posibles son todas plausibles pero con un punto de interrogación. ¿Escribimos porque tememos a la muerte? ¿Por qué tenemos miedo de vivir? ¿Por qué tenemos nostalgia de la infancia? ¿Por qué el tiempo pasado corrió deprisa o porque queremos detenerlo? ¿Escribimos porque a causa de la añoranza sentimos nostalgia, arrepentimiento? ¿Por qué queríamos haber hecho una cosa y no la hicimos o porque no deberíamos haber hecho algo que hicimos y no debíamos? ¿Por qué estamos aquí y queremos estar allá y si estuviéramos allá nos hubiese resultado mejor quedarnos aquí? Como decía Boudelaire: la vida es un hospital donde cada enfermo quiere cambiar de cama. Uno piensa que se curaría más deprisa si estuviera al lado de la ventana y otro cree que estaría mejor junto a la calefacción.  […]"


—Antonio Tabucchi.
[Tomado de ¿Por qué escribo? http://bit.ly/hYNfOM]


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Y ustedes, ¿por qué escriben?
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Y siguiendo con los dramas de la Marichuy, el correspondiente a este día se publica por acá [aunque a decir verdad, el de hoy es poco o nada dramático.] Por si tienen chance —y ganas— de leer: dormir, tal vez volar

  
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marzo 22, 2011

y fueron felices



Como todos, incluidos los poetas -buenos y malos, duros y cursis-, yo también me he preguntado, me pregunto a diario, ¿a dónde van a dar los sueños no realizados? ¿quién se encarga de levantarlos y darles los santos oleos, antes de que terminen perdidos en los confines de la nada?

Nuestros sueños felices. La reencontré en un parque muchos años después. Fue verla y volver a los días de preparatoria. Fuimos tan amigas, tan unidas, hasta que un mal día la vida (nos) pasó y dejamos de vernos. Sin motivo, sin pleitos o desencuentros amargos de por medio. Simplemente nos separamos. La vida es una novela. Dicen. Y como en la literatura, abunda la variedad en calidad y estilo. Algunas son mejores que otras; unas más complejas, otras más divertidas y ligeras. Unas extraordinariamente bien escritas, otras nomás escritas. Unas puro cliché, otras con aliento diferente. Las hay cuya prosa luce sobrada de florituras. Mientras otras, discurren libres de excesos, casi llanas. Tantos estilos y matices. Y ella –que más bien leía poco- quería que su vida fuera como una novela. Una despejada de caminos torcidos y sobresaltos. Y, por supuesto, con final feliz. La conocí cuando yo tenía quince y ella casi cumplía 18; recién entradas a la preparatoria. Ariadna. Había llegado a la prepa a la edad en la que normalmente se egresa, pues al salir de la secundaria en lugar de seguir el curso normal de sus estudios se había tomado casi tres años sabáticos, durante los cuales viajó, vivió un año en Washington y tiró la flojera. Nos hicimos amigas contra todo pronóstico. Ella, extrovertida, fumadora impenitente y sólo asistente a la escuela porque no le quedaba de otra. Yo, tímida, fresa sin remedio que no fumaba ni cigarros de chocolate y amante de la escuela y de leer en las horas libres en que ella prefería irse a no hacer nada las canchas de básquet. Y sin embargo, también contra todo pronóstico, era ella quien ejemplificaba ese concepto un tanto peyorativo de «estudio mientras me caso». Soñaba con una hermosa boda religiosa y vestido de novia hecho en Italia, casita con techo de dos aguas y jardín poblado de geranios, dos críos y un perrito. Tan idílico como en una novela romántica. Aún me parece recorrer con ella las empedradas calles del barrio Tlacopac, al sur de la Ciudad de México, en donde se localizaba la casa de sus sueños. Al escucharla y ver el brillo de su mirada mientras hablaba de los hijos que tendría, de lo feliz que sería con esa vida de novela, yo sentía un poco de pena. No por ella, sino por mí. Yo jamás tuve sueños así. Ni casita con techo de dos aguas, ni par de hijitos y menos perrito. A mí me gustaban (gustan) los gatos [Huraños, independientes, solitarios y algo egoístas, los gatos, como dijo algún poeta francés, se parecen tanto al hombre que por eso sólo pueden ser amados u odiados por este. Sin medias tintas]. Cuánto tiempo ha pasado desde aquellos sueños. Cuánto desde las tardes de aquellas caminatas. Creía que siglos, pero el día que la reencontré, mientras platicábamos, por un instante fue como si apenas ayer camináramos por Tlacopac. Pero no. Fue hace mucho tiempo. En otra vida. Al menos eso parecían decir sus ojos desnudos de aquel brillo adolescente. La hallé tan cambiada. Lo de menos era que ya no manejara auto deportivo del año o que no viviera su sueño de casita con techo de dos aguas. No tiene eso, pero sí un hijo. Un hermoso niño. Me recordó tanto a su padre (el de Ariadna) y así se lo dije, a lo que ella respondió: sí, gracias a Dios mi hijo salió a mi papá y no al suyo. Eso es romanticismo, le dije queriéndome hacer la graciosa. Y entonces, a manera de réplica, resumió lo que había sido su vida en los años que no nos vimos. Así, hasta llegar a los pormenores de su embarazo y maternidad. Mientras iba desgranando los efectos nocivos de las crisis económicas en su otrora pudiente familia, los líos de sus mujeriegos hermanos, las intermitencias de la muerte y demás, yo la miraba recordando el pasado, sin poder evitar pensar que al final de cuentas, su vida, la de su familia, sí había sido como de novela. No tan idílica; sólo real. Y la cereza en el pastel en su búsqueda de la vida soñada, llena de saltos inesperados, había sido un hombre que, por decirlo en términos civilizados, representaba la antítesis del cohabitante idóneo de la casita con techo de dos aguas, jardín, dos críos y perrito. Justo de quien fue a quedar embarazada. Y él, como mandan los cánones de la irresponsabilidad, salió corriendo en cuanto lo supo. Pero ella -contrario a lo que habría profesado unos años atrás- decidió que quería ser madre soltera y vivir una vida de novela menos idílica y ensoñada; sólo real y normal a su manera. Como para esa frase de Tolstoi –en Ana Karenina- que tanto me gusta:
Las familias –y novelas- felices son todas iguales. Las infelices, lo son cada una a su manera.

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noviembre 25, 2009

la hermana que me hace falta


Escribo contra el miedo.
Contra el viento con garras
que se aloja en mi respiración"
[...]
Escribo contra el frío y el
miedo. En vano escribo.

[Alejandra Pizarnik]


Hace unos días, un ex visitante de este blog (ex, porque como mis respuestas no resultaron de su agrado, decidió dejar de leerme) me preguntaba cuál era el sentido de los blogs y si quienes teníamos uno (como suele suceder con cierto tipo de críticos blogueros, él no tiene blog), lo hacíamos con la única finalidad de recibir loas. Mi respuesta, la que no le gustó, fue que desconocía si algún bloguero escribiera con el único objetivo de obtener la aprobación y alabanzas de sus hipotéticos lectores, pero que ese no era mi caso. También admití desconocer cuál es el verdadero sentido de los blogs (y lo peor, dije que me tenía sin cuidado saberlo), pero que no creía que este fuese el erigirse en una fuente de saber, en donde se ofrecieran soluciones a los grandes problemas de la Nación (que era lo que dicho lector parecía buscar). Y rematé diciendo que el mío, lo abrí para escribir lo que yo sienta necesidad de expresar... no para buscar el sentido de la vida ni la trascendencia de la humanidad. Dicho de manera simple, tengo un blog para exorcizar mis pesares e inquietudes y si en el camino de ese ejercicio de desahogo, mi redacción mejora... ya será una ganancia.

Pero, como siempre, hay uno o varios peros:

El primero. Como soy muy inquieta y dispersa, por mi cabeza constantemente se cruzan un sinfín de ideas disímbolas y contradictorias; unas con cierto toque de seriedad, otras más del lado de la fantasía y la ensoñación y otras, francamente frívolas. Un ejemplo, el post que no me animé a subir versaba sobre placeres inconfesables... más de uno de dudoso buen gusto y por supuesto, rezumando frivolidad.

Segundo. Aún cuando este blog tiene como principio ser una mezcla desordenada y ecléctica de las divagaciones de una mente dispersa, siento que debe existir un límite. Y es ahí donde yo misma me veo en aprietos, para definir mis propios senderos. No me gusta la solemnidad y sin embargo, a veces casi temo tocarla y por el contrario, en otras, me angustia la sola idea de rozar la vulgaridad.  Aunque no con exactitud, una frase del cuentista ruso Antón Chéjov, apunta hacia esta inquietud:
"Es más fácil escribir de Sócrates que de una señorita o de una cocinera"

Tercero. Cuando el tamaño si importa. También fue Antón Chéjov, quien dijo alguna vez que la brevedad es la hermana del talento y que saber escribir es (también) saber tachar. Visto así, no quedaría más que aceptar que quienes de pronto parecemos posesos aporreando el teclado... salimos muy mal parados (Chejov debería ser el Santo Patrono de los editores y no sólo de los literarios, también de los cinematográficos ¿cuántas buenas películas no se vuelven insufribles, debido a la falta de unas tijeras bien empleadas). Y lejos del decir de los literatos, en términos más coloquiales, reza un refrán (cuyo origen desconozco) que lo breve y bueno... dos veces bueno; el cual me lleva pensar en su contrario: ¿lo largo y no bueno, doblemente malo? 

Y sin embargo, por más que nos aconsejen y lo leamos en voz de los que sí saben, para quienes carecemos de la menor formación literaria, el ejercicio de escribir, el intento de hilvanar palabras y sensaciones, se convierte en una suerte de prueba de distancia corta. Y qué difícil nos resulta controlar y administrar el ritmo de las zancadas y saber cuándo es el momento preciso de detenernos, de parar... antes de desbocarnos. Más a menudo de lo que desearíamos, nos sucede que ya enfrascados en la tecleada, desechamos cualquier asomo de auto-edición y nos seguimos de frente... como fax en automático y sin importar que al ir creciendo, nuestro texto se convierta en un potingue tan inconexo como innecesariamente largo y sobre todo, cansino para el hipotético lector. 

Ya termino mi divagación... casi reflexión (jeje) y confío en que ustedes la disculparán, pues quizá les suene un tanto fuera de lugar, pero necesitaba decir lo que acabo de escribir. Sólo me resta comentar que sería bueno (si mis alucinaciones fuesen realizables) solicitar al Vaticano la canonización, en vida, a Umberto Semiólogo Eco, nombrándolo Santo Patrono de las Letras, los Símbolos y las Palabras. De concedérseme esa gracia, yo, que a veces casi lindo el ateísmo, me volvería su fiel devota, encomendando a diario mi alma a él para ver si me ilumina y logro entender el verdadero significado de lo que leo, escucho, escribo y digo... y así no confundir palabras ni emitir ni ver mensajes equivocados... donde no los hay.




imagen: fotograma del film húngaro El hombre de Londres

octubre 16, 2009

palabras, palabras... tan sólo palabras



"Las palabras engañan, puesto que la palabra placer abarca realidades contradictorias, comporta a la vez las nociones de tibieza, dulzura, intimidad de los cuerpos, y las de violencia, agonía y grito" Memorias de Adriano. Marguerite Yourcenar
Las palabras se las lleva el viento… sólo lo escrito permanece… reza esa máxima, proverbio o cómo se quiera llamar, acuñada en un tiempo en el que ni se soñaba con el mundo virtual de la Internet. Adagio que aprendimos casi al mismo tiempo en que fuimos capaces de manuscribir las primeras frases de nuestra vida, y que puede tener tantas connotaciones como formas de entendimiento haya: desde la más etérea y romántica, hasta una meramente patrimonialista como el coloquial “papelito habla”.

Ahora, cuando cada vez se escribe menos en “papelitos” y más en medios magnéticos, y se encuentra bien extendida la costumbre de “subir” esos escritos a la Web, nuestras palabras tienen la permanencia casi eterna asegurada (el casi, pensando en un eventual cataclismo -no sólo informático-, de dimensiones bíblicas, pero dicho sin ánimo catastrofista).

Es una perogrullada… pero, al igual que en los demás aspectos de la vida, esa permanencia virtual de la escritura tiene sus pros y sus contras. Cuando uno mira hacia atrás y ve lo que escribió en momentos de profunda soledad, melancolía o al ardor de una intensa pero efímera pasión (por mencionar algunas circunstancias) y por si fuera poco, tuvo el atrevimiento de exhibirlo ante los ojos de un indefinido número de seres intangibles, a menudo no logra reconocerse en sus propias palabras:
¿Cómo es posible que yo haya escrito algo así, tan almibarado, cursi, amargado, depresivo, oscuro…?
…se pregunta uno, entre incrédulo, molesto, decepcionado e incluso avergonzado. Y entonces, sobre todo si el despecho nos inunda al momento de la relectura, uno desearía que el viento también pudiera arrastrar consigo esas letras… por más escritas y reescritas que estén. Pero el viento, como la memoria, suele ser un gran traidor (diría Anaïs Nin) y ningún ruego escucha. Las queríamos escritas ¿no? Pues escritas están… y escritas se quedan. Y ya podemos oprimir el botoncito delete en el teclado de la computadora, mandando al limbo el texto de nuestros bochornos (y hasta la página  web personal) y bailar un zapateado arriba de la memoria portátil. De nada servirá. En algún ignoto lugar del ciberespacio habrá una copia virtual de nuestro hoy renegado texto, lista para restregarnos las debilidades y exabruptos emocionales que hemos tenido... y además, no es improbable que eso suceda en el momento menos apropiado. Esto, sin considerar lo referido a su dudosa “calidad literaria”.

Pero en contrapartida y siguiendo con las perogrulladas, a veces uno quisiera que ese gran traidor soplara suave pero constante y nos trajera de vuelta ciertas (y entrañables) palabras que alguien nos dijo o escribió alguna vez, para acariciarnos con su sutileza, espontaneidad, sensualidad o ternura… cuando nos haga falta reconfortarnos ante la añoranza de ese alguien, a cuya ausencia aún no podemos acostumbrarnos.

Por ejemplo, hoy me encontré la cita que cierra este post y me sucedió que al leerla... esa gran traidora (la memoria) me trajo de nuevo las palabras que alguien me dijo (escribió) cierta noche de desvelo. No lo dijo exactamente con ese sentido ni con las mismas palabras, sino a su manera y eso fue lo mejor. Tampoco es que haya sucedido hace tanto tiempo; en realidad podría decir que fue apenas hace casi nada y sin embargo, esta noche, me parecen tan lejanos aquel momento y ese alguien… como si sólo hubiese sido un sueño o algo que mi cabecita alucinó... por obra y gracia de los litros de café de Coatepec que suelo consumir en noches lluviosas o nostálgicas...
 «…lo más importante nunca se cuenta. La historia secreta se construye con lo no dicho, con el sobrentendido y la alusión» Ricardo Pligia

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imagen: pluma, tomada del blog: magnolianegra

abril 14, 2009

a fuerza de escribirlo sucede?

Mi ánimo no anda en sus mejores días; sé que debería ser lo suficientemente discreta para guardármelo, en lugar de usarlo como justificación para no postear ninguna de mis acostumbradas divagaciones; pues, de hacerlo, acabaría posteando algo bastante tristón y quienes hacen el favor de pasar por aquí, no tienen ninguna necesidad de andar leyendo cosas así... ya con sus propios pesares tendrán suficiente, como para encima venirlos a complementar con las desventuras ajenas. Aunque este blog unca ha pretendido ser “un club motivacional” y su lema jamás ha sido "únete a los optimistas”, creo que todo tiene sus límites… hasta la tristeza. Entonces, ustedes se preguntarán y con justa razón ¿y si la anfitriona no está de ánimo, por qué mejor no va y mete su cabecita en la arena o simplemente hace mutis, en lugar de estar escribiendo estas insensateces? Eso sería lo más prudente… si la anfitriona fuera una personita prudente.
Pero hablando de las cosas que suceden sin que uno las desee -como andar un poquito desanimada-, recientemente me topé con esta cita:
"a fuerza de escribir cosas horribles [éstas] acaban sucediendo” *Michel Simon en Drôle de drame

¿Extremismo? ¿Un escritor demasiado desencantado con la vida, o quizá solo demasiado realista, que nos quiere vender su visión del infortunio? No lo sé. Cuesta creer que los novelistas, cuentistas, ensayistas, etc., cuya temática recurrente está dominada por el infortunio, en lugar de que al escribir exorcicen sus demonios internos –como cabría pensar-, lo que hagan sea vaticinar hechos que tarde o temprano sucederán. Escritores, no adivinos, que a través de sus letras pre-dibujan el futuro... un futuro de desgracias y miserias.

Lo que la cita no mencionaba, era si a fuerza de escribir cosas bellas o de describir la felicidad, éstas también acaban sucediendo. De ser así, bastaría con evitar escribir el horror y las tragedias para conjurar su advenimiento; sustituyéndolos por la escritura de cosas lindas y placenteras. La fórmula perfecta para un mundo feliz. ¡Y a vender pedazos de futuro radiante se ha dicho!... ¿Se lo envolvemos para regalo?

Y para no romper el tono no-feliz, aunque libre de las desventuras de la anfitriona, termino con otra cita que contradice o quizá complementa a la primera; ustedes dirán.
"Estabas orgullosa de que yo fuera escritor. A tu juicio, no hay nada mejor. Fuiste tú la que me enseñó a leer y me inculcó el amor a los libros. Pero no te gustó la clase de escritor en que me he convertido, el tipo de libros que he escrito. Habrías querido que fuera un escritor como, no sé, Érik Orsenna : un hombre feliz o que, en todo caso, lo parece. A mí también me habría gustado. No he podido elegir. Recibí como legado el horror, la locura y la prohibición de expresarlos. Pero los he expresado. Es una victoria". Emmanuel Carrère Una novela rusa pág. 293-294







foto: Rock-n-roll sur les-quais de París Paul Amasy

abril 09, 2008

Los que escriben

¿Se escribe para ahuyentar la infelicidad o porque se es infeliz?


Reza un apotema que los hombres felices no escriben, porque la literatura se construye, la mayoría de las veces, desde la carencia. ¿Será? Al menos mi me cuesta creer que los escritores - , no todos, pero si un gran porcentaje de ellos, sean seres infelices, masoquistas o fatalistas. Eso no quita que la mayoría de los grandes personajes literarios, los más famosos, populares y queridos héroes y heroínas, son seres trágicos o cuando menos, desdichados.

Un escritor - Alberto Castillo
Literatura y felicidad, atenúa esa sentencia tan poco edificante:

si la literatura está cargada de fatalidad y tristeza, se debe a que en el fondo [la literatura] busca ser un conjuro contra la infelicidad y la desdicha, pues la felicidad hay que vivirla y no escribirla.


Por su parte, el escritor turco Orhan Pamuk - , premio Nóbel de Literatura 2006, dice –y ni falta hace que lo haga, basta con leerlo, por ejemplo “Estambul Ciudad y recuerdos” o “Nieve. ..”-, que él escribe desde la melancolía, porque de ella nace el entusiasmo.

Deben existir infinidad de opiniones al respecto, tantas como escritores haya. Quizá habría que hacer una encuesta para tener una idea más completa, más incluyente. Habrá quienes escriban porque no saben hacer otra cosa; otros como una necesidad vital, casi como respirar; otros como un desahogo, para sacar lo que los agobia; no faltará quien lo haga, sin el menor asomo de ética, solo por encargo, por puro interés monetario; en fin mil razones.

Pero y los que le hacemos a la blogueada, qué ¿acaso buscamos ahuyentar la desdicha? ¿o escribimos desde la melancolía hacia el entusiasmo, como dice Orhan Pamuk?, ¿o lo hacemos como mero desahogo, como una terapia ocupacional (más barata y enriquecedora que la psicológica)? O quizá, lo hacemos sin que medie ninguna de estas razones, ningún motivo “existencial”, solo porque es la moda y hay que entrarle ¿?