escribir

Escribir: tratar de retener algo meticulosamente, de conseguir que algo sobreviva; arrancar unas migajas precisas al vacío que se excava continuamente, dejar en alguna parte un surco, un rastro, una marca o algunos signos.[Georges Perec]

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junio 30, 2014

bajo la lluvia…

Foto: ​Tayfun Eker

Ya que tantos contratiempos nos causa, el verano de la ciudad de México debería compensarnos a manera de inspiración para escribir poesía melancólica o algún cuento lluvioso. Pero no. Al menos a mí no se me ocurre ningún verso lluvioso. No obstante, fue la lluvia —que a mí sí me parece melancólica— lo que me llevó a hurgar en mi computadora hasta encontrar este relato sobre lluvias en la Ciudad de México (escrito por Juan Villoro hace casi cuatro años). 


Bajo la lluvia, Juan Villoro
—9 Julio 2010—

"Quien quiera saber las transformaciones de la lluvia en marcha por la tierra que venga a vivir sobre mi techo", escribió Saint-John Perse, en alusión a los signos y los presagios del agua. En estos días de agobio, sólo puedo pensar que el poeta se refería a las goteras.

Toda vivienda se ha vuelto vulnerable. La humedad encuentra su camino hacia los rincones más secretos. En los negros mantos de la impermeabilización brotan plantas y prolifera el musgo. Entrar en una casa significa hallar una cubeta o una lata de leche en polvo que recoge el goteo. Ya nadie dice "qué bonito es ver llover y no mojarse" porque eso trae mala suerte y se te pierde el paraguas.

Es posible que la criminalidad haya bajado en estos días, no por un aumento de vigilancia, sino porque a los ladrones no les gusta mojarse. Se trata de uno de los pocos saldos positivos de una temporada de inundaciones que ha causado destrozos en el norte del país y ha deprimido al resto. "Llueve en la ciudad como llueve en mi corazón", fue así como Verlaine describió la melancolía.

Nuestras camisas huelen como si hubieran entrado al clóset en el siglo XIX y nuestro carácter se torna sombrío. Al ánimo le hace falta una bufanda.

La temporada de lluvias comenzó como siempre, después de la canícula de mayo, y los chubascos caen a las cinco de la tarde. El cielo no ha cambiado de horarios, sino de intensidad: ¿hace cuánto que no usamos la palabra "chipi-chipi"?

Los amigos que parecían pedantes por usar gabardina se han vuelto envidiables; las reuniones se adelantan o aplazan por el agua, y la moral comienza a transformarse. En una obra de Harold Pinter un personaje cuenta que logró aprovechar "lo que toda mujer se reserva para una tarde de lluvia". En Londres, ya lo sabemos, llueve mucho, y la gente está predispuesta a cambiar de actividades con el clima. Hasta ahora, los mexicanos hemos sido más predecibles o menos fluviales. Pero las cosas podrían cambiar.

Un amigo al que nombraré Jerónimo citó a una chica poco antes de que lloviera. Ella llegó sin paraguas, buen augurio. Con el diluvio, él inició el cortejo. La bella cautiva enfrentó la alternativa de salir a empaparse o ceder a la presión atmosférica. "¿Qué pasó?", pregunté. Jerónimo puso cara de personaje de Beckett y me explicó que las mexicanas aún no entienden que la lluvia es un pretexto para hacer lo que no ocurre en temporada de sequía.

La insistencia del agua ha pasado al inconsciente. Mi amigo Luis Matías soñó que estaba en el Titanic, lo cual quiere decir que naufragaba: el Titanic sólo se sueña para eso. En el desorden de ese plano onírico se encontraba a Chacho y descubría que nuestro amigo común estaba vendiendo salvavidas. "Siempre ha sido ventajoso", comentó Luis Matías, como si el sueño lo convirtiera en testigo de cargo. "Ha llovido demasiado", le dije.

Al día siguiente llamó Chacho: "Estoy harto del agua y de Luis Matías". Su enojo no tenía que ver con el sueño de los salvavidas, al menos no en forma directa. Chacho dejó su coche en el taller y le pidieron que llamara para saber cuándo se lo tendrían. Nadie le respondió porque a la primera gota de lluvia se va la luz en esa zona. Cuando finalmente contestaron, el responsable había salido. Desesperado, se presentó en el taller. El coche no estaba ahí. Se lo habían llevado para "probarlo". Mi amigo sospechó que lo usaban en su ausencia y aguardó dos horas a que lo regresaran. "Lo sacamos para escurrirlo", el mecánico agregó que los desagües del auto estaban tapados y el sistema eléctrico se había mojado; sólo un recorrido podía secarlo. Aunque Chacho no sabe nada de mecánica, la explicación le sonó falsa. Furioso, tomó su coche. Al llegar a su casa, descubrió un álbum de Panini en el asiento trasero. Había sido llenado de la primera a la última estampa. Chacho recordó que una tienda de artículos deportivos regalaba un Jabulani a cambio de un álbum lleno. El mecánico había usado su coche; lo menos que podía hacer era obtener un balón como impuesto por el abuso.
"¿Para qué quieres un Jabulani?", le pregunté. "Luis Matías quiere uno para su hijo, que está en Pumitas", contestó. "¿Se lo regalaste?". "¿Cómo crees? Se lo ofrecí a mitad de precio". Esto indignó a Luis Matías: "En el Titanic hubieras vendido salvavidas", dijo en forma oscura. Chacho confirmó que Luis Matías es un caso perdido.

Al rato, el mecánico le habló para preguntar si de casualidad no había encontrado un álbum. Chacho se sintió culpable: "Voy a ver", respondió. Fue a la tienda de artículos deportivos y logró lo inaudito: deshacer la transacción.

Regresó al taller. La rampa de acceso estaba llena de autos y se tuvo que estacionar a dos cuadras. Había olvidado el paraguas y corrió bajo la lluvia; se resbaló en un desnivel y el álbum cayó en un charco. Chacho vio los rostros escurridos de Messi y Cristiano Ronaldo. Le dio vergüenza devolver las estampas en esas condiciones. Odió el cielo, se odió a sí mismo y juró que sería mejor persona cuando dejara de llover.

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septiembre 13, 2013

sacrificios...

The edge, photo de Marie Gloredel.

Diré una perogrullada: la relación de las mujeres con la comida puede llegar a ser tan enfermiza, que a menudo raya en lo letal. Sería un reduccionismo decir que todo es culpa de la publicidad que impone modelos de belleza femenina ajenos a la realidad. Al menos a la realidad de la mujer mexicana promedio. No obstante, pareciera que a ojos de los publicistas, las mujeres del mundo deseamos ser como modelos checas, húngaras o rusas: rubísimas de 1.80 m. de estatura y 45 kg. de peso. Pero no, no todo es publicidad. Hay otros factores de tipo familiar, emocional y sicosomático, entre otros, que sin duda influyen en forma determinante. Aun así, es innegable que la publicidad, el arquetipo de belleza impuesto por esta, influye no sólo en los gustos de los hombres, sino en los afanes de las mujeres por ser… lo que no son, en pensar que si se es rubia (oxigenada) de tetas (operadas) enormes y flaquísima, le será más fácil triunfar, que siendo morena y con pechos pequeños (naturales). Las de cosas que se llegan a hacer por verse de determinada manera… Uff. Claro, hay mujeres que no desean tener pechos siliconeados ni ser rubias a la fuerza, y que sólo anhelan ser flacas, muy flacas. Así tengan que matarse de hambre para lograrlo. Por ejemplo, Malena, un personaje de Almudena Grandes: 

Malena lleva al extremo patológico su relación comida/amor. Buscando atraer a Andrés dejó de comer y durante los 31 años siguientes vivió de verduras hervidas, polvitos disueltos en té y frutas. Y si en la adolescencia se ayudaba a sobrellevar su estricta dieta reviviendo en su mente el último festín de alimentos prohibidos, en la adultez ya no había atracones, ahora gozaba esos alimentos prohibidos en forma muy distinta, por ejemplo, sumergiéndose desnuda en su bañera… cuyo fondo había llenado de espaguetis tibios rociados con mucha mantequilla. Pero Andrés no aparecía y aunque otros pasaron por su vida, en su mente solo cabía Andrés y cuando 31 años después, finalmente lo tuvo en su cama, cual Penélope, resultó que él NO era quien ella esperaba que fuera.

"Dejé de comer a los quince años, ¿sabe usted? A los quince años empecé a alimentarme, a ingerir lo estrictamente necesario para ir tirando, verdura hervida, pescado hervido, vida hervida… Y todo por amor, que ya es triste lo imbéciles que podemos llegar a ser las mujeres, pero es que… yo creía que me moría, que me moría de pena, y de asco, y de ganas de Andrés…
[…]
El mejor día era el domingo, porque incluía un tercio de coca-cola con un suizo relleno de jamón de York a media mañana, y medio tomate crudo, con un cuarto de pollo asado y una manzana de comida, no estaban mal los domingos, no. Pero los martes y los sábados sólo podía comer fruta. Y de cena, todas las noches, verdura hervida sin sal de primer plato. Sin embargo lo hizo, cumplió con el régimen a rajatabla, sin flaquear jamás, y adelgazó, le costaba trabajo creérselo, pero estaba adelgazando, se pesaba todas las mañanas después de ducharse con un gel anticelulítico hecho de algas que impregnaba su piel de un aroma apestoso, y cada día la aguja de la báscula tardaba un poco menos en detenerse sobre la cifra, cada día un poco más baja. Los demás aún no se daban mucha cuenta, todavía no, porque aún llevaba la misma ropa, los mismos vestidos de pre-mamá, los mismos bañadores de post-menopáusica, pero ella caminaba todas las tardes durante media hora, bajo la más implacable solanera, para acelerar el ritmo de la digestión, y se miraba desnuda en el espejo todas las noches, envolviéndose luego en la cortina de tela roja, brillante, ciñéndola a su cuerpo como si fuera un traje de noche para saborear una cintura inédita, una tripa que amenazaba con volverse lisa, unos pechos que destacaban por fin nítidamente sobre un estómago tras el que, con un poco de esfuerzo, podía vislumbrar la huella de sus propias costillas, unas auténticas desconocidas. Todo esto hacía, y se aguantaba el hambre, que no era insoportable, todavía no, porque aún estaba fresco en su memoria el último festín, la despedida, cuatro ensaimadas, dos tabletas de chocolate con almendras, una lata de sardinas en tomate y medio bote de leche condensada, la descabellada merienda que se había zampado en dieciséis minutos exactos […]." 

Almudena Grandes, fragmento de Malena, una vida hervida [en Modelos de mujer, Tusquets Editores, Barcelona 2001.]


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julio 17, 2013

un mundo nos vigila...

confidencialidad à la rusa

No sé a ustedes, pero a mí eso del espionaje —cualquiera, pero en especial el estadounidense— me produce una mezcla de risa, impotencia y pena ajena. Risa porque de plano está de risa loca que el gobierno del país más poderoso del mundo (¿lo sigue siendo?) espíe, por ejemplo, a México con tan pobres resultados. Digo, uno esperaría que con tanto equipo, tiempo y dinero invertidos, los gringos ya habrían aprehendido al Chapo Guzmán. Eso como mínimo. De risa también, pensar que los gringos destinen infraestructura tan sofisticada y costosa para espiar a un ciudadano mexicano o español o argentino del montón, es decir a alguien sin nexos con el crimen. No sé qué resulta más irrisorio: que un ciudadano común crea que Washington lo espía… o que de veras los gringos ocupen el dinero de sus contribuyentes en espiar a cualquier ciudadano que tenga Gmail, Twitter, un Blog o página de Facebook.

Impotencia porque sin importar que el espionaje gubernamental sea una práctica común y vieja conocida nuestra, no deja de ser indignante su existentica y, sobre todo, saber que como ciudadanos de países periféricos estamos inermes ante ella. Impotencia porque sabemos que so pretexto de la «seguridad nacional» nuestros gobernantes se someten a las órdenes de Washington sin el menor pudor ni respeto, ya no se diga a la soberanía nacional sino a la mera dignidad. Como si a estas alturas el gobierno de Estados Unidos tuviera autoridad moral para andarle diciendo a otros qué hacer y qué no. Impotencia porque la sola idea de no tener privacidad es suficiente para indignarse y saberse impotente en un mundo altamente interconectado.

Pena ajena porque la actitud arrogante y cínica de Barak Obama no deja de ser triste. De pena ajena verlo asumir, ufano, el espionaje a sus conciudadanos y «socios» europeos, y no sólo europeos, «porque la seguridad de los estadounidenses vale eso y más». Pena ajena ver al hombre que hace cinco años concitó tanta esperanza y expectativas —muy desproporcionadas, como en su momento dijimos algunos aguafiestas—, comportarse al mejor estilo de Bush o McCarthy: lanzar una persecución mundial contra un conciudadano cuyo pecado fue decir lo que todos sabíamos: que Estados Unidos no tiene amigos sino intereses y que si no espía a su propia madre es porque no tiene. Sin más, un viaje a los tiempos de la Guerra Fría, sólo que en vez de cuidarse de los servicios de inteligencia de la totalitaria Unión Soviética, ahora habrá que temer a las acciones de los servicios de inteligencia del paladín de la democracia… Estados Unidos. Bien decía un periódico mexicano acerca del Affaire Snowden: Obama sufre, mientras Putin goza y el resto del mundo nomás miramos.

Y no deja de ser una triste ironía que después de tanto avance tecnológico e informático, hayamos llegado a un punto en el que se considere que la única forma de mantener una relativa privacidad es volviendo a la comunicación epistolar [ya sea con cartas escritas a mano o en su defecto en máquinas de escribir mecánicas] y cara a cara, pues tal parece que el abuso de la vida 2.0 nos ha pasado la factura... Hace unos días Javier Marías decía que si nuestros gobiernos han decido darnos trato de delincuentes, al violar nuestro derecho a la privacidad, no quedará más remedio que actuar… como delincuentes. O para ser más precisos, como mafiosos sicilianos y comunicarnos como ellos, mediante papelitos llevados por un recadero: Para cualquier cosa que no queramos que nadie sepa, habrá que volver al siglo XIX. Por su parte, los servicios de inteligencia rusos han decidido reeditar un clásico: escribir documentos de seguridad en máquinas de escribir mecánicas. Bienvenidos al siglo XXI.

Y mientras, no nos quedará más consuelo que esperar una novela de John Le Carré basada en el Affaire Snowden y luego, por supuesto, la película correspondiente [de preferencia dirigida por el sueco Tomas Alfredson. ]

I Spy... like Obama


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junio 13, 2013

el paso del tiempo y los desasosiegos...

Hace rato estaba tecleando algo sobre las emociones y el envejecimiento. Nada trascendental, por supuesto, sólo una inquietud que me surgió tras una plática sobre los films que vimos recién llegados a la adultez, la forma en que más que verlos los sentimos en ese entonces y la forma en la que los veremos años después, cuando nuestras pasiones se hayan suavizado y nuestra forma de ver la vida haya cambiado… para bien y para mal. También me preguntaba si ese muy probable cambio en nuestra apreciación se debería al [mal] envejecimiento del film o al nuestro [y no me refiero al natural envejecimiento de nuestro cuerpo, sino al de nuestras emociones]. Decía Proust en alguna parte, o a él se atribuye esa reflexión desencantada, algo así como que la desgracia no es que nuestros sueños no se cumplan… sino que se realicen tardíamente, cuando ya hemos perdido el ardor que nos llevó a alimentarlos y hasta confundirlos con el sentido de nuestra vida. A esa sensación de pérdida me refiero, aunque tengo claro que las películas que amamos, el paso del tiempo sobre ellas y sobre nosotros, no tiene mucho que ver con eso que, dicen, decía Marcel Proust sobre los sueños…

En fin. El punto es que en esas divagaciones estaba, cuando me enteré que hoy se cumplen 125 años del nacimiento de Fernando Pessoa. Así que decidí dejar mi «reflexión» sobre el envejecimiento, las emociones y el cine para mejor ocasión y mejor compartir un fragmento del su Libro del Desasosiego:
[…] El mundo es de quien no siente. La condición esencial para ser un hombre práctico es la ausencia de sensibilidad. La cualidad principal en la práctica de la vida es aquella cualidad que conduce a la acción, esto es, la voluntad. Ahora bien, hay dos cosas que estorban a la acción –la sensibilidad y el pensamiento analítico, que no es, a fin de cuentas, otra cosa que el pensamiento con sensibilidad. Toda acción es, por naturaleza, la proyección de la personalidad sobre el mundo exterior, y como el mundo exterior está en buena y en su principal parte compuesto por seres humanos, se deduce que esa proyección de la personalidad consiste esencialmente en atravesarnos en el camino ajeno, en estorbar, herir o destrozar a los demás, según nuestra manera de actuar. Para actuar es necesario, por tanto, que no nos figuremos con facilidad las personalidades ajenas, sus penas y alegrías. Quien simpatiza, se detiene. El hombre de acción considera el mundo exterior como compuesto exclusivamente de materia inerte –inerte en sí misma, como una piedra sobre la que se pasa o a la que se aparta del camino; o inerte como un ser humano que, por no poder oponerle resistencia, tanto da que sea hombre o piedra, pues, como a la piedra, o se le apartó o se le pasó por encima. El máximo ejemplo de hombre práctico, por reunir la extrema concentración de la acción junto con su importancia extrema, es la del estratega. Toda la vida es guerra, y la batalla es, pues, la síntesis de la vida. Ahora bien, el estratega es un hombre que juega con vidas como el jugador de ajedrez juega con las piezas del juego. ¿Qué sería del estratega si pensara que cada lance de su juego lleva la noche a mil hogares y el dolor a tres mil corazones? ¿Qué sería del mundo si fuéramos humanos? Si el hombre sintiera de verdad, no habría civilización. El arte sirve de fuga hacia la sensibilidad que la acción tuvo que olvidar. […]
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—Fernando Pessoa, El Libro del Desasosiego 

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mayo 13, 2013

caminar por la vida sin zapatos de diseñador...


"[…] Leo Madame Bovary de Flaubert, tengo sólo quince años. Madame Bovary ha seducido a León, quien, embelesado, oye el rechinido de sus botines y se acobarda, como un borracho frente a los licores delicados […]"—Margo Glantz, Historia de una mujer que caminó por la vida con zapatos de diseñador

Caminar es unas de las mejores cosas que puede haber en esta vida. Me gusta caminar. Aun entaconada. Caminar no sólo para transportarse, sino para escapar —con y sin metáfora—, relajarse y hasta concentrarse. Dice un amigo escritor que cuando escribía su segunda novela, a la mitad de esta, no había forma de superar el bloqueo y que sólo logró reencontrar el ritmo de su escritura caminando. Largas caminatas durante las cuales los personajes y la historia volvieron a tomar forma en su cabeza. Así pues, cuando uno necesita pensar… hay que empezar por caminar. Y pensar que quizá yo no hubiese podido hacerlo. Al menos no como me gusta…

Contaba mi abuela que nací con el pie izquierdo ligeramente chueco pero que antes de que alguien dijera pío, mi padre tuvo a bien enderezármelo. Así. Sin preguntarle a nadie. En un impulso. A la Viva México. Sin anestesia, ni atenuante alguno. Y completaba mi abuela su relato diciendo que ni siquiera lloré gran cosa. Que fue más el susto de mi madre y de ella, que la reacción de la recién nacida: «será porque los huesitos de los recién nacidos son como cartílagos de pollo, suavecitos y maleables, que ni trabajo le dio enderezarte el píe». Será el sereno, pero cuando me lo contó cerré los ojos de sólo de imaginar aquella operación. Como echarle un chorro de mezcal a una herida sangrante. Un impacto similar imaginé. Afortunadamente nunca registré secuelas de semejante compostura, como no sean las muchas caídas que habría de sufrir a lo largo de mi infancia y adolescencia. Quizá en recuerdo de aquella compostura tan primitiva, mi abuela dio por calzarme con zapatos hasta el tobillo, como botita de niño. Blancos para el lunes, día del homenaje a la bandera; negros para el resto de la semana. Zapatos que daban perfecto soporte a mi tobillo débil de nacimiento según mi abuela. Desde el kindergarten y durante toda la primaria. Nueve años usando esos zapatos tan poco agraciados y cero femeninos.

No obstante mi tobillo-chueco-enderezado-a-la-brava, o quizá en venganza a este, he sido una buena y veloz caminadora. Algo que a los hombres parece no encantarles. Más bien lo contrario: no pocas veces he recibido reproches tipo «¿vas a recibir herencia o por qué tanta prisa?». Y la verdad es que no tengo explicación. No sabría decir cuándo me dio por caminar como si alguien me persiguiera. Creo que desde que recuerdo siempre he caminado a gran velocidad. Lo peor es que ahora, por más que trato de ir despacio no puedo. Y padezco cuando en la calle me toca caminar detrás de alguien que anda como si tuviera por delante todo el tiempo del mundo, o como si este no existiera. La pachorrudez de los transeúntes me desespera. Ni siquiera durante las vacaciones puedo bajarle al ritmo de mi andar.

A veces creo que la velocidad con la que algunos caminamos se debe a que, sin importar nuestra edad, desearíamos poder bebernos la vida de un solo trago. Tal vez. Mientras escribo esto me veo de niña con mis zapatos de agujetas hasta el tobillo y elucubro que mi andar veloz pueda deberse a la pena que sentía al usarlos porque era la única niña que no usaba… zapatos de niña: quizá empecé a caminar tan rápido a manera de protección/huida, para no dar tiempo a que mis compañeros de clase notaran que usaba zapatos de niño. Años después, vendría otra especie venganza: nada más empezar a trabajar, lo primero que compré fueron zapatos. Los más femeninos y bonitos, según yo, que pude hallar y pagar. Y casi se me volvió un vicio comprar zapatos. Cualquiera diría que en una vida anterior me habían traído descalza y por ello ahora me desquitaba comprando zapatos de manera compulsiva. Afortunadamente no fue un vicio tan arraigado ni durable. Hace tiempo que dejé atrás mi obsesiva compulsiva afición a comprar zapatos. No así la de caminar como si persiguiera herencia…


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agosto 12, 2012

amarga dulzura...


Dulce es la venganza, sobre todo para las mujeres...
Lord Byron


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imagen: Anne-Julie Aubry trois femmes


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julio 14, 2012

las ciudades que hemos perdido...


Cellista a las puertas de Bellas Artes. México, D.F., 2010 (foto de ®Sonia Jazmín Sanz)

«Somos las ciudades que hemos perdido», escribió un narrador mexicano. Deben ser varias las razones que hagan sentir que se ha perdido una ciudad, un país, que se es ajeno a su país, a su ciudad. Por ejemplo, la situación de violencia por la que atraviesa México ha orillado a miles de personas a abandonar su casa, su ciudad, su estado y hasta el país. He leído y escuchado testimonios de desplazados de esta guerra inútil sin poder evitar sentirse conmovida, asustada, dolida y enojada. Los que por razones distintas a la guerra y la muerte hemos crecido lejos del lugar donde nacimos, los emigrados por razones menos trágicas, hemos crecido sin saber bien a bien de dónde somos, con un distorsionado sentimiento de pertenencia y a la vez de abandono. No obstante, nada de lo que un provinciano recién llegado a la capital del país pueda haber sufrido se compara, ni remotamente, con lo que deben sufrir quienes han tenido que abandonar su ciudad natal, prácticamente huyendo, con tal de salvar su vida. ¿Cómo se les puedes pedir a esos seres que definan, y defiendan, el amor a la Patria? Imposible. Cuando estaba en la escuela primaria me enseñaban poemas de amor a la patria, esa entelequia que se supone debemos amar, defender y respetar por sobre todas las cosas [tal como invita el Himno Nacional mexicano, tan guerrero que en algunas estrofas recuerda a la Marsellesa]. Confieso que aquellas odas de amor patrio me parecían insufribles [quizá debo mi animadversión al hecho de haber sido elegida en más de una ocasión —¡yo que era penosísima!— para declamar alguno de esos cursis poemas en la ceremonia de honores a la bandera de cada lunes]. En mi descargo diré que al crecer encontré otros poemas libres de la solemnidad y la cursilería idílica de aquellas odas patrioteras. Poemas que bordan sin pudor ni melosidad una extraña relación de amor-odio con México y más específicamente con su capital, México, D.F. En esos poemas, creo, se describe, y descubre, un espacio menos etéreo, más físico y vital que aquella entelequia denominada Patria que poblaba los poema de mi niñez. En esos poemas no se jura amor a partir de una idea distorsionada del entorno, ni se rinde pleitesía a una belleza y grandiosidad inexistentes. De hecho, esos poemas parecen haber nacido justo de lo contrario: de la absoluta conciencia y aceptación del caos de ciudad en que vivimos. Los poetas asumen la poca belleza, el desorden, la caótica cotidianeidad de esta ciudad y a partir de esta aceptación bordan versos amorosos. Parafraseando a Borges, para esos poetas, como para muchos de quienes habitamos en la Ciudad de México, lo que nos une a ella no es el amor… sino el espanto. O más bien, nos une el amor y el espanto. Y cómo no quererla, si la pobre ha resistido tanto: desde la conquista y saqueo del invasor y sus 300 años de Colonia, hasta rebeliones, represiones, matazones (en 1968 y 1971), terremotos e inundaciones, gobernantes ineptos y ciudadanos desordenados y destructivos. Y pese a todo eso, y a muchos desastres más, ahí sigue, incólume, noble, aguantando todo. A ver hasta cuando…


Soy el llanto invisible
de millares de hombres.
Soy la ronca miseria,
la gris melancolía,
el fastidio hecho carne.

Yo soy mi corazón desamparado y negro.
Ciudad, invernadero,
gruta despedazada.

Bajo tu sombra, el viento del invierno
es una lluvia triste, y los hombres, amor,
son cuerpos gemidores, olas
quebrándose a los pies de las mujeres
en un largo momento de abandono
-como nardos pudriéndose.

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—Efraín Huerta, fragmento de Declaración de amor [acá, el poema completo: Declaración de amor/]


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julio 04, 2012

mexique: le retour à la «dictature parfaite»

 ©Ricardo Ramírez Arriola,

Le Monde, Der Spiegel, Libération, Washington Post, New York Times, The Guardian… algunos de los periódicos que no salen de su azoro: ¿Cómo es posible que México haya votado por el regreso del imprestable, corrupto, fraudulento, Partido Revolucionario Institucional? ¿Cómo es que ha decidido volver al partido que lo gobernó ininterrumpidamente durante 71 años mediante una serie de trampas, fraudes y formulismos disfrazados de democracia, por el PRI que lo llevó a vivir en un régimen semi-autoritario que de tan simulado se ganó el mote de Dictadura Perfecta. ¿Cómo es posible? Todos ellos se lo preguntan y no acaban de hallar la razón. Como nosotros. Aunque acá sí atisbemos algunas. La primera: no fue un fraude en el sentido tradicional del término. Segunda, si hubiera una metáfora para la elección presidencial mexicana estar sería la del futbol: los votos, como los goles, sí entraron la portería del rival… que fueran en evidentísimo fuera de lugar o hasta metidos con la mano, que el juez de línea o el árbitro le perdonaran algunos penaltis al ganador, es otra cosa, pero de que los goles entraron… entraron. Como los votos. Y la tercera, si bien el triunfo del PRI nos duele, hay que reconocer que el resultado fue en gran medida un castigo para el gobierno de Felipe Calderón, un ya basta a su guerra sin ton ni son que tantas vidas ha costado sin lograr mermar ni un ápice el poder de los narcocriminales. Muchos mexicanos no sentimos derrotados a la mala, pero hay unos que fueron derrotados con todo merecimiento: el partido gobernante, el presidente y su gobierno. Felipe Calderón es el mayor perdedor de la elección presidencial. Y sin embargo, aun siendo el mayor y merecido perdedor, él la librará. Calderón se irá —tal vez— al exilio, dejándonos un país lleno de encono, violencia, dolor, con un número indeterminado de muertes impunes. Triste final para el hombre que llegó al poder con la promesa de la seguridad y el empleo. En ambos rubros fracasó estrepitosamente. No obstante, él no es el único fracasado. Se trata de un fracaso como sociedad. Todos, en mayor o menor medida, hemos fracasado. Los que no votan o anulan su voto porque sienten que ningún político está a la altura de la estatura de sus vidas, quizá debían hacer un pequeño ejercicio de autocrítica y preguntarse qué tanto han hecho para contribuir a la mejoría de la clase política. Los demás, los que votamos conscientes de nuestra estatura moral promedio, sin rasgarnos las vestiduras por las limitaciones de nuestra clase política, asumiendo que no hemos sido capaces de hacer mucho más que votar y pagar impuestos, también debemos aceptar nuestra responsabilidad. Claro, esta es mi humilde opinión. Y pues ya estuvo. Quienes odiaban al candidato de la izquierda pueden sentirse felices: ese testarudo, loco y naco no será su presidente. Que les aproveche y que con su PRIAN se lo coman... :P

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Posdata: Antes de las elecciones, un analista escribió lo que para mí es uno de los mejores diagnósticos —a priori— de lo sucedido el pasado domingo:
"[…] Pero independientemente de lo que suceda el 1 de julio y del rumbo que los mexicanos decidamos para los siguientes seis años, tendríamos que estar de acuerdo en que no podemos seguir más tiempo sin poner control a las televisoras. Si gana Enrique Peña Nieto, es una confirmación de que el proceso electoral enmarcado por el Instituto Federal Electoral (IFE) es una burla: los presidentes, en estos tiempos, se imponen desde tiempo atrás: al candidato elegido por los poderes reales se le arregla una boda, se le coloca en los programas de espectáculos, se le peina, se le maquilla y se instala con paciencia en el ánimo de las mayorías con años de anticipación. El problema, diría, no es el candidato. El problema es el poder de las televisoras: su enorme capacidad corruptora. A las elecciones, en tiempos de teledemocracia, se llega ya con un monigote maquillado, un pelagatos cualquiera convertido en "salvador" por la fuerza de la publicidad. Y así como funciona hoy nuestro sistema democrático, el IFE sirve sólo para validar la elección, para extender la constancia de mayoría y para dar argumentos de "civilidad" en contra de los que se atrevan a cuestionar el triunfo armado con anticipación. Las elecciones, entonces, son sólo un trámite. Se me ocurre una metáfora: es el examen final de un curso, una simple prueba por escrito sobre el trabajo hecho durante años. Si todos los días, a todas horas, la televisión nos educa que debemos votar por el monigote, entonces votamos por él. Y la elección se vuelve simplemente un examen final. Pues eso, perdónenme, es fraude. Asusta la palabra "fraude", ¿no? Pues es fraude aquí y en cualquier democracia. Pero esta vez, además, las elecciones serán una confirmación de que hemos reprobado como sociedad. Dejamos que el poder de las televisoras creciera desmesuradamente. Dejamos que este cáncer se metiera hasta la médula: tiene senadores, tiene diputados, tiene gobernadores y tiene alcaldes. Y ahora, si gana Peña Nieto, tendrá un presidente. Ni siquiera los señores del narcotráfico tienen tanto poder corruptor como las televisoras. Lo estamos viviendo. Si llega Peña Nieto, será el primer Presidente seleccionado por dos individuos (Emilio Azcárraga y Ricardo Salinas) y no por la gente. Ni Joaquín Guzmán Loera. Ni el hombre más rico del mundo, Carlos Slim. Pero no todo es culpa, aclaro, de las televisoras. TV Azteca y Televisa asimilaron las fallas del sistema político, social y económico y lo aprovecharon. Con una sociedad educada, sin ese otro tumor canceroso llamado Elba Esther Gordillo, las telenovelas no habrían alcanzado a vender a Peña Nieto como lo hicieron. Una sociedad educada e informada habría menospreciado de inmediato ese ignorantazo. Con una mayor competencia en los medios, si se hubiera acabado en estos años con el duopolio televisivo, no nos habrían dado a comer ese producto chatarra con tanta facilidad. Insisto: si gana Peña Nieto, fracasamos todos como sociedad. El poder de las televisoras (que se fortaleció ante la debilidad de las instituciones) habrá triunfado. Y a jodernos. A tragarnos seis años a ese Frankenstein hecho con retazos de carne de televisión: un mujeriego bronceado, con casa en Acapulco, como Roberto Palazuelos; un alumno de las enseñanzas de Chespirito; un chistosito frívolo, acrítico de la realidad social, como Eugenio Derbez; un galán, macho, de plástico, como cualquier protagonista de telenovela; un individuo hecho para los Viajes Todo Pagado; un títere funcional que aprendió de memoria los pasos que debe dar cada vez que pise la alfombra roja."

—Alejandro Páez Varela

[Publicado originalmente en Sin embargo : Peña Nieto, nuestro fracaso como sociedad]




Foto ©Ricardo Ramírez Arriola, en algún lugar de Chiapas, junio 2012


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marzo 15, 2012

desde la oscuridad

Photo by Brassaï

Sábado de fin de invierno. Ciudad atestada de tráfico, cartelera fílmica pobre, pocas ganas de salir. Has delineado una tarde casera en la que primero leerás y más tarde intentarás escribir un poco. A las 3:30 PM inicias tu lectura y también te dispones a comer. Feliz con tu libro recién abierto por un lado y el tazón de ensalada por el otro. Inmejorable cierre para una semana laboral harto complicada. Te adentras en los recuerdos de Paul Auster, quien a los sesenta y cuatro años ha decidido rencontrarse con las aventuras y desventuras de su vida, indelebles como las huellas que el tiempo ha dejado en su rostro, volver la mirada hacia las primaveras idas justo en el momento en que el invierno se avizora como promesa cercana. Contra lo aconsejado, lees mientras vas dando cuenta de esa ensalada elaborada con hojas de lechugas variadas, pera, queso roquefort espolvoreado y aderezo de balsámico con mostaza dijon y miel de abeja. Qué rica tarde. Te has programado para leer durante varias horas, tras lo cual te dedicarás a aporrear el teclado de la computadora. Avanzan los recuerdos del Diario de Invierno, mientras tú vas degustando tu ensalada y dando esporádicos traguitos al tinto coahuilense –en medio del goce, te das tiempo para pensar en lo buenos que están resultando los vinos producidos en Coahuila. Tan absorta estás en tu pequeño y egoísta goce, que ni notas los extraños ruidos del exterior, nada más existe para ti en esos momentos. Hasta que de pronto un atronador ruido te hace saltar de la silla al compás del ventarrón que azota las puertas. Qué trueno y qué ventarrón. Y después... la oscuridad. Una totalmente inusitada a esa hora y más en un día cuasi primaveral. El cielo, hasta hace unos minutos azul, ha mutado en negrura total, la energía eléctrica se ha cortado mientras granizos como cubos de hielo golpean furiosamente la ciudad. Y así, oscuridad y granizo han irrumpido en tu tranquila tarde sabatina. Aun así, continúas acompañando a Paul en su viaje intermitente, sientes como tuya la sangre que chorrea su frente aquella tarde veraniega–cincuenta y tantos años atrás–, cuando un aparatoso choque beisbolero lo dejó herido y atontando. Curioso que un hombre tan lejano te haga pensar en tus propios frentazos. Hacía años que no recordabas aquella noche de tu infancia, cuando el marco de una puerta abrió tu frente haciéndote sangrar de tal forma que llegaste a temer –tenías 9 años– que tus venas quedarían vacías. Mientras lees sobre los golpes de Paul, vas rememorando los tuyos. Sientes como propios sus trancazos y heridas, vuelves a palpar la tibia sangre que cubrió tu frente aquella noche, tus rodillas tantas veces. Lees de moretones, sangrados y egos abollados mientras masticas lechugas y sorbes Petite Sirah, completamente ajena a la falta de energía eléctrica y a la granizada que desquicia gran parte de la ciudad… a unas semanas del inicio de la primavera. Así hasta que llega un momento en que la oscuridad se torna total impidiéndote continuar con tu lectura, justo ahora que Paul ha dado un salto en el tiempo, trasladándose a la tarde en que el feroz viento entorpecía sus labores a la orilla del río Liffey. Y es ahí, en pleno azote del frío aire dublinés, cuando tu lectura debe quedar trunca merced a la oscuridad.

La luz del sol y tú nunca han sido los mejores amigos. De niña te laceraba la piel de tal forma que pasaste toda tu infancia y adolescencia huyendo de él cubierta por sombreros, camisas de manga larga y pantalones ídem. Tapada de pies a cabeza deambulaste de hospital en hospital y de consultorio en consultorio [sólo por la paciencia y voluntad demostradas por tu abuela en esos años, el Dios debió mandarla derechito al cielo.] A la búsqueda del remedio que pusiera fin a tus sufrimientos epidérmicos, fuiste el conejillo de indias de dermatólogos experimentados y jóvenes aprendices, quienes probaron en tu joven piel toda clase de fórmulas inventadas por ellos, así como un sinfín de menjunjes de dudoso aspecto, los cuales prometían acabar para siempre con tus erupciones y laceraciones epidérmicas. Alergia al sol fue el diagnóstico generalizado e intolerancia total según el último médico consultado. Si en un principio era únicamente cutánea, tu alergia terminó siendo total y es que no hay nada como los amores o desamores correspondidos: si el sol no te quería, tú tampoco lo querrías a él. Te volviste amante de los días nublados y los climas frescos. Nada de playas soleadas y ciudades con temperaturas superiores a los treinta grados centígrados, lo tuyo serían los sitios montañosos tocados por las nubes y cubiertos por la neblina o en su defecto, las ciudades frías.

Y en un reflejo de tu innegable egolatría, cómo si tú fueras la única habitante de la ciudad, ese sábado del mes marzo del año 2012 –cuando la oscuridad irrumpió en tu goce– te atreviste a pensar que el sol, en venganza por tu desamor, había decidido ausentarse de manera total para provocar que tú, quién lo diría, lo extrañaras. Pero se equivocaron ambos, el sol y tú, pues lo que extrañaste no fue la luz solar, sino la energía eléctrica. Sin luz para alumbrar tu lectura, falta de energía eléctrica para hacer café, usar la computadora o escuchar música. Horas así, como maniatada, sin poder hacer gran cosa. No cabe duda... eres una absoluta dependiente de la energía eléctrica.

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enero 25, 2012

paisaje en la niebla


[El siguiente texto lo escribí hace casi dos años, para su publicación en el blog colectivo Escribidores y Literaturos -recuento de tu ausencia-, por lo que algunos de ustedes ya lo habrán leído allá. Lo traigo acá porque la repentina muerte del cineasta griego Theo Angelopoulos ocurrida ayer me lo recordó: la película de la que hablo en el penúltimo párrafo es Paisaje en la niebla del gran Angelopoulos y uno de mis películas favoritas de toda la vida.]


Como sabes, a lo largo de mi vida he acumulado manías producto de la deformación, más que formación, que artes como la literatura y el cine, sobre todo, han obrado en mí. Y me pasa que no pocas veces termino por proyectarme, buscarme y hasta hallarme –faltaba más- en las historias vividas y contadas por seres ajenos a mí y a mi mundo. No hace falta decirte más, pues esta extravagancia, para no llamarla ridiculez, nos unía… como tantas otras cosas. Sin habernos buscado ni tener en mente –porque no venía al caso- el quimérico hallazgo de nuestraotra mitad, tú y yo nos encontramos; par de extraños, distantes y distintos, que terminaron por descubrirse cercanos y pares en más de un sentido. Aunque no estoy segura que la literatura de Murakami hubiera sido de tu agrado (de Japón nomás Kurosawa y los gadgets, solías decir), algunos de los personajes, escenarios y, en especial, el lánguido aire de melancolía que recorre su Tokio Blues, me saben tanto a ti y, como al personaje central, me llevan a un viaje en el tiempo en el que más que recordarte, intento traerte a mi lado.

«Sin duda, abril es el peor mes para estar solo. En abril, a mi alrededor todo el mundo parecía feliz. La gente se quitaba los abrigos y charlaba en los rincones soleados, jugaba a la pelota, se enamoraba. Yo estaba completamente solo. Naoko, Midori, Nagasawa: todos se habían alejado de mí»
[Watanabe en Tokio Blues, de Hakuri Murakami]

Comparto el sentir de Watanabe; ese que antes, cuando lo leí por primera vez, no entendí porque hasta entonces había vivido en la certeza de que para estar solo no existía mejor ni peor tiempo; que estar solo podía doler o no sin importar la época del año en que ocurriese. Pero este abril, como nunca antes, me duele mirar la vida con el peso de tu ausencia. La mañana presagiaba un día luminoso y cálido, coronado por un cielo azul que de tan perfecto e irreal, parecía salido de un lienzo de Magritte; el meteorológico pronosticó una temperatura máxima de 28° C y sin embargo yo me tuve que poner un sweater de lana para atenuar el frío recorriendo mi ser, por dentro y por fuera. Estás loca, habrías dicho. Cierto, las más de las veces yo también lo creo. Por eso te escribo estas líneas inconexas que el correo no te llevará; al hacerlo, quiero creer –cursi como soy- que desde allá donde estés, asentirás en señal de comprensión a mis locuras. Siempre lo hiciste; sin necesidad de mayores explicaciones, sabía lo mucho que me entendías… que nos entendíamos. Ojalá que estas letras cargaran la emoción de antaño y fueran portadoras de noticias, gratas o ingratas, pero diferentes. No es así; no trato de hacer un recuento de mis empeños; sino asir, como agua entre los dedos, el aroma de aquellos días. Me asiste la absurda pretensión de menguar el dolor que aún me produce extrañarte. Es una imprudencia e inmadurez añorarte de esta forma; es una locura sentir cómo el peso de tu ausencia va haciéndose presente, llenándolo todo...

Dicen que después de la tempestad viene la calma; hoy ocurrió al revés. Pasado el mediodía, la luminosidad matutina sucumbió ante la grisura y humedad acarreadas por las primeras lluvias de primavera, inesperadas visitantas que sirvieron de aderezo a tu recuerdo. Fue entonces -tras la lluvia- que la presencia de tu ausencia cobró sentido casi por completo; pero aún me faltaba algo y decidí ir en su búsqueda. Por eso a vine a este sitio; es aquí, en medio del paisaje volcánico, al cobijo de la vegetación agreste, donde el refugio de nuestra memoria se mantiene intacto. Después de caminar unos minutos, me senté en la misma banca de aquella tarde plomiza de agosto, cuando juntos descubrimos más de un reflejo en el melancólico filme que acabábamos de ver, sintiéndonos tan cercanos a esos niños que, en busca de un padre ausente especie de mito contrapuesto a su infancia desprotegida, emprenden un rudo viaje hacia la temprana adultez. Nos reconocimos en más de un pasaje de aquel trayecto, en el cual el par de chiquillos aspirarían bocanadas de una vida nada parecida a los cuentos de hadas, un reverso a los sueños alimentados en sus noches de soledad y frío, cuando creían que cruzar una frontera geográfica significaría dejar atrás el dolor y el vacío, para adentrarse en el paraíso terrenal, en la vida prometida.

Fue un total reencuentro con el pasado; contigo y con las sensaciones de entonces. Tan vívido y real, que por un momento me estremecí como aquella tarde fría y húmeda, cuando tus inmensos ojos azules, más diáfanos que nunca, rompieron en silenciosas lágrimas que gritaban ya no puedo más… mientras yo me sentía la más torpe del planeta, muda ante tu desahogo, incapaz de decir nada que atenuara un poco tu dolor… el dolor de una vida, el vacío que nada ni nadie logró llenar jamás…

abril de 2010



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julio 06, 2011

caja memoriosa





Mi memoria es una caja en donde guardo mis recuerdos: felices y dolorosos, viejos y no tanto, trascendentes e intrascendentes, materiales y sensoriales... todos caben en ella. Y si a veces no los tengo tan presentes no es porque los haya olvidado, es sólo que olvidé dónde guardé la llavecita de mi caja memoriosa…

Así como existe esa típica pregunta (un cliché) referida a qué libros salvaríamos del incendio, a menudo yo me pregunto: qué recuerdos me gustaría mantener vivos a través de las brumas del tiempo. No sé. Hasta no hace mucho, habría creído que me gustaría salvar los recuerdos trascendentales. Por ejemplo, los relacionados con el aprendizaje, derivados del poco conocimiento que hubiera adquirido. Los que aprendí y conocí a lo largo e mi vida. Pero ahora ya no pienso igual. El tema de la memoria, ya saben, me interesa mucho. Supongo que a todos, pero en mi caso he llegado a pensar que lo mío es una obsesión que disfraza, y la vez refleja, mi miedo a perderla. En mi familia todos son desmemoriados, lo cual no les crea mayor conflicto. Todos con las debidas excepciones. Una, era mi abuela cuya prodigiosa memoria era capaz de recordar, con precisión pasmosa, hechos sucedidos décadas atrás. La otra, soy yo. Era yo. A tal punto se supone que mi memoria es buena, que a menudo he sido víctima de burlas porque lo recuerdo todo: desde el sabor quemado de un platillo preparado por fulanita, hasta infinidad de dichos, hechos y circunstancias no siempre gratas para mí o para los demás. Eso era. A últimas fechas empiezo a olvidar cosas. Nada importante, claro, y nada preocupante si me comparo con lo olvidadizos que son mis primos adolescentes. Pero ese no es el punto. El quid es que esos olvidos sin importancia catapultan mi miedo a olvidar. Mientras escribo estas notas, en medio de un lluvioso día de verano en la ciudad de México (que por cierto, me trae a la memoria los días veraniegos dublineses), recuerdo una plática con mi abuela siendo yo una niña. En aquella ocasión, una tarde lluviosa, ella tejía mientras yo le leía algún pasaje de las desventuras de la Karenina, cuando sin más me interrumpió la lectura diciéndome: eso me recordó a fulanita, pobre, ella también se enamoró de un hombre que no era para ella… y así acabó contándome con lujo de detalle la historia de esa joven desdichada, quien, como la heroína de Tolstoi, terminó suicidándose: no arrojándose a las vías del destartalado tren, sino a la creciente del Río Balsas. Lo más asombroso era que mi abuela lo contaba sin asomo de juicio, sólo como un hecho triste. Y todavía más asombroso, que inmediatamente después de referirme tal historia, y de leer las desdichas de la Karenina, tuviera ánimos para decirme, mirándome con ojos de niña traviesa: ¿no se te antoja que merendemos un chocolatito con cuernitos? Hacía mucho que no pensaba en esto, pero ahora que lo cuento recuerdo con exactitud hasta el sabor del chocolate (semi-amargo, como a ella y mí nos gustaba) y de los deliciosos cuernitos.

A eso le temo: a que llegue un día en que ya no sea capaz de recordar los pequeños detalles, esos hechos simples y cotidianos, pero a la larga más significativos que otros aparentemente más trascendentales. Ojalá no existiera la posibilidad, pero existe.

Y hablando de los recuerdos del porvenir (como llamara Elena Garro a su gran novela) y del pasado que siempre nos vuelve a pasar (como dice la canción de Liliana Felipe), ¿alguien de ustedes se ha topado (o quizá hasta lo ha sido) con una Señorita de buenos modales? Hace años, durante la infancia, yo conocí un par y hoy, sin saber bien por qué, algo de ellas me empujó a la escritura de este texto que publico en Escribidores y Literaturos: monólogo de una señorita decente


imagen: Memoria, René Magritte

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junio 29, 2011

esperando...



[…] la esperanza está ahí sólo para hacer soportable la frustración de esperanzas previas, y esta huida perpetua hacia el porvenir es lo único que nos consuela del presente. «De este modo no vivimos nunca, pero esperamos vivir» (B. Pascal). La esperanza y la decepción son ambas hijas del mal vivir y lo reproducen indefinidamente...[…]. André Comte-Sponville.

Los mexicanos somos milagreros. Lo nuestro es esperar que del cielo, o del infierno, nos caigan las respuestas, bendiciones, bienaventuranzas y castigos. El mesianismo en lo que nos guía, hace permanecer y hasta continuar. Oficialmente vivimos en un Estado Laico (aunque desde el arribo de la derecha católica al poder, eso es sólo una formalidad: el actual Presidente gusta de encomendar sus actos de gobierno a Dios, quien, a juzgar por el estado que guarda la Nación, no parece prestarle mucha atención). Pero en los hechos somos un pueblo, más que religioso, profundamente creyente. Cada quien su Santo Patrono, que los hay para todos gustos y credos: desde los clásicos como la oficialista Virgen de Guadalupe -Santa Patrona de México-, pasando por San Judas Tadeo –extraoficialmente Santo Patrono de la Ciudad de México-, hasta llegar a símbolos como la Santa Muerte (sic). La cosa es tener un tótem en quien depositar las esperanzas, agradecer y, faltaba más, reclamar por las frustraciones nuestras de cada día. Porque no sólo de santos -oficiales y extraoficiales- vive el mesianismo mexicano, que también tenemos a los nuevos profetas, candidatos a puestos de elección popular surgidos desde la oposición y ciudadanos comunes (bueno, no tan comunes que la poesía no a todos se nos da), a quienes la desgracia ubicó, sin ellos proponérselo, en una posición a la vez aglutinadora y vocera de la gran necesidad de esperanza. La ventaja/desventaja de los tótems extra-eclesiásticos es que a ellos sí pueden reclamárseles ya no por sus promesas rotas (salvo los candidatos políticos, los demás no prometan milagros ni mucho menos), sino por las frustradas expectativas de los nuevos devotos (la mayoría más de ocasión que de corazón). Porque no es tanto que ellos prometan cambios y mejoras casi milagrosas, sino un sector de la sociedad, urgido de aferrarse a algo, así sea un clavo ardiente (valga el cliché), quien así lo espera.

En medio de la sangrada realidad mexicana, cuando los daños colaterales (Felipe Calderón dixit) de la fracasada guerra contra la narco-delincuencia han rebasado los 40 mil, siendo medianamente razonables y realistas, es punto menos que ingenuo esperar que el sólo cambio de gobernante pare el baño de sangre y menos aún que la voz de un poeta herido haga recapacitar al hombre del poder, prepotente, sordo y terco por naturaleza. Como si la realidad pura y dura pendiera de la voluntad de un hombre todo poderoso, no un Dios sino un simple e imperfecto hombre. Pero así es, por pueril que suene un gran sector de la población cree que esto puede suceder… y claro, cuando a la vuelta de los días, la realidad viene a estrellar sus expectativas, lejos de admitir que ellos solitos creyeron lo que quisieron creer y fincaron las esperanzas que necesitaban fincar, casi a manera de Mantra contra la desesperación, se van encima del hombre que jamás prometió milagros. Si fuera un santo oficial o el patrón de todos ellos (Dios), seguro dirían 'Diosito lo quiso así y nada podemos contra la voluntad divina'. Pero como no fue el caso… vayámonos a la yugular del hombre que cometió el grandísimo pecado de dar una voz escuchable a los agravios de miles de ciudadanos anónimos y no tan anónimos. Y una vez hecha la catarsis, defenestrado el Mesías de ocasión, ni al caso darse a la tristeza que ya vendrá otro Profeta, Mesías, quizá hasta un poeta, en quien depositar nuevas esperanzas... y así ad infinitum… como decía Blaise Pascal y reafirma Comte-Sponville.

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 Lectura que puede ser de su interés: Ícaro, por André Comte-Sponville


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