Estoy con una dura gripa y he tenido que quedarme guardadita; vaya ironía, librarme de ir a la oficina -y de lidiar con el jefe de mi jefe-... para quedarme encerrada en casa. Eso de estar bajo encierro forzoso tiene sus inconvenientes, el principal es que a uno le da por pensar loquera y media; y como además, la gripa acarrea decaimiento y hasta depresión, la cosa puede ponerse peor. Para prevenir, o cuando menos aligerar dicha sintomatología, había decidido escribir algo un tanto disparatado (no presumo ser 100% sensata, pero bueno). En esas estaba cuando tuve la peregrina idea de abrir la edición on line del periódico y oh¡, lo primerito que me encuentro son unas imágenes de la violencia desatada en estos días a las afueras de París; al leerlo, no pude evitar recordar una las películas más impactantes de los años 90’s Haine, La (1995) (El odio) por un instante pensé en escribir algo al respecto, relacionando la premisa de esa película [dirigida por Mathieu Kassovitz en 1995, protagonizada por un increíble Vincent Cassel -bueno lo increíble es que después de semejante actuación, ahora ande haciendo papelitos tercerones en la zaga de Danny Ocean’s...; tanto, como increíble resulta que después de escribir y dirigir ese filme que le valió a los 27 años el premio al mejor director en el Festival de Cannes, el novio de Amélie Poulain (2001) haya realizado uno de los esperpentos más infames del cine hollywoodense, Gothika (2003)] con los sucesos el otoño de 2005 y con los de este mes. La tentación era mucha, pero no sucumbí. Pensé que si últimamente mis escritos han rondado del lado opuesto al odio, el venir a hablar de violencia racial, desigualdad social, represión policial y de pasada, despotricar contra Sarkozy, francamente podría acarrearme la depresión de la que ando huyendo.
Mejor tocar cosas más agradables o por lo menos, no tan duras; mejor referirme al “morir de amor” y no hablo de la “petite morte”, de ese instante supremo, generalmente breve, del encuentro sexual, amoroso, o como cada quien le llame, durante en el cual se experimenta un abandono total. No, hablo literalmente de “morir amando”. Existen incontables tesis al respecto, canciones y por supuesto, películas... que abordan desde opuestos puntos de vista, esa creencia de que no pude haber muerte más gozosa que la acontecida justo después del clímax sexual. Yo pensé en Matador, la película de Pedro Almodóvar. Humildemente considero que antes de volverse un realizador reconocido y aclamado, de que Hollywood “lo descubriera”, Pedrito, aún en pleno proceso de maduración y de conformación de su estilo característico, era más subversivo y aunque sus filmes adolecían algunas fallas, también, mostraban mayor frescura, originalidad y vitalidad. A esa época corresponden Matador (1986) y La ley del deseo (1987); ésta última, por su abierta temática homosexual debió generar escándalo y demás reacciones de la hipócrita y doble moralina sociedad. Extrañamente, a mi me parece mucho más perturbadora
Matador (1986)
La sinopsis (de todos conocida): Matador es una historia en la que confluyen variopintos personajes, los esenciales son Diego Montes (Nacho Martínez), ex-torero forzado al retiro por causa de una cogida, dedicado ahora a la enseñanza de la tauromaquia y para quien, el haber dejado de matar (toros) es casi como haber “dejado de vivir”. Para combatir esa sensación de muerto en vida, se ha transformado en un asesino que va por ahí conquistando (es un tipo atractivo) chicas ingenuas a quienes mata justo en el momento del orgasmo -o sea, que les lleva a prolongar eternamente su “petite morte”. Por otro lado, está María Cardenal (Assumpta Serna) una abogada criminalista muy dominante, dedicada a investigar los asesinatos de las conquistas de Dieguito y quien también, está obsesionada con el ex–torero, pues como él, la dama acostumbra matar a sus conquistas de ocasión... durante el clímax sexual (les entierra en la nuca una especie de broche para el cabello en forma de... estoque). Por ahí andan un muchacho bastante desequilibrado y de dudosa masculinidad –hijo de una madre castrante, que más-, interpretado por un joven Antonio Banderas; una fanática religiosa (católica, del Opus Dei, creo); Carmen Maura en un personaje muy curioso y algunos otros s que ya no recuerdo bien.
Lo que me parece interesante de esta película es como, con total desparpajo no exento de ciertos momentos francamente barrocos y de otros plenos de simbolismo, Almodóvar plantea asuntos por demás incitantes. Al situar a su asesino dentro de la fiesta brava está involucrando cuestiones religiosas; obvio, eróticas, míticas. Está refutando por lo menos dos mandamientos católicos: no matarás y no fornicarás; exhibiendo los fanatismos religiosos; al mismo tiempo, expone a la fiesta brava, vista ya sea como un arte apasionante, o como un acto de mera barbarie; pero que indudablemente conlleva una profunda carga erótica, seductora. No se necesita ser un discípulo freudiano, ni un aficionado a la tauromaquia, para percibir en el enfrentamiento del matador con el toro, la búsqueda del dominio sexual; tampoco para ver como los espectadores parecen excitarse tanto, gozar literalmente, mientras ven como el torero se juega el pellejo y casi aullando de placer en el momento -breve, como la petite morte- que el torero ensarta en el animal vencido la estocada letal y, a veces, perfecta.
Y sin embargo, en medio de este desaforado asunto que mezcla a mujeres dominantes con hombres sumisos, pasiones extremas y asesinatos; por momentos francamente disparatado, con cierto toque de humor negro y con algo más que guiños a la homosexualidad; puede hallarse una historia de amor, un claro ejemplo de amour fou, pero al fin de cuentas una historia de amor. María y Diego eran, lo que en lenguaje cursi se diría, “el uno para el otro”. La escena final, cuando ambos por fin logran estar juntos y amarse hasta el limite de la pasión, es como una metáfora de todo, ahí se empalman no solo el clímax sexual, la búsqueda por eternizar el uno la petite morte del otro; sino también, el momento cumbre de la fiesta brava, ambos planos enmarcados en el momento culminante del día, durante el ocaso el sol. La imagen del cielo teñido de rojo es más que simbólica; es la expresión misma de pasión, pero también de la muerte violenta y ¿por que no?, ya que ando medio cursi, una manera de renacer... a través de la muerte.