adaptaciones

Me niego a vivir en el mundo ordinario como una mujer ordinaria. A establecer relaciones ordinarias. Necesito el éxtasis. Soy una neurótica, en el sentido de que vivo en mi mundo. No me adaptaré de mi mundo. Me adapto a mí misma. [Anaïs Nin.]

mayo 29, 2009

la gomorra nostra


Mientras Umberto Eco lo considera un Héroe nacional, la camorrra napolitana se la tiene jurada y Fabio Cannavaro, futbolista nacido en Nápoles, le reprocha haber dado -en su libro- una mala imagen de Italia… caray, con lo afanado que anda Berlusconi mejorándola. En septiembre cumplirá 30 años; no es estrella de cine, pero no se mueve a ningún sitio sin su escolta de seguridad y si uno teclea su nombre, Google despliega casi un millón y medio de ítems. Es el escritor napolitano Roberto Saviano, autor del bet-seller Gomorra. Haiga cosa, como se dice coloquialmente en México cuando uno queda estupefacto. A lo largo de 325 páginas [no lo he terminado y quizá no lo haga, debo regresárselo a su dueño], este impresionante documento sumerge en un viaje atroz hacia las profundidades, totalmente alejadas de la mítica belleza geográfica y artística del país de Leonardo. Saviano describe sin ningún atenuante ni el mínimo romanticismo esperanzador, lo que acontece en los sótanos, no solo de Nápoles, sino de Italia misma. Libro tan absorbente e impresionante, como poco, por no decir nada, gozoso. Uno transita del asombro al escalofrío, pasando por el horror, para quedar finalmente convencido de que el túnel es tan largo y obscuro, que no hay posibilidad de atisbar un poco de luz. Es el horror y no por las imagenes gore, pese a que la sangre y la muerte alimentan la historia; su horror que nace de la austeridad, frialdad y absoluta desnudez con que está narrado. Lejos, muy lejos de las imágenes, por momentos casi románticas, de la Sicilia retratada por Mario Puzo y embellecidas por Ford Coppola. Los hombres que pasean por el libro de Saviano, nada tienen que ver con los Corleone; son de carne y hueso. Carne de cañón; jóvenes y hasta adolescentes, que huyendo del altísimo desempleo y la pobreza, casi han perdido el alma, convirtiéndose, antes de la treintena, en seres insubstanciales que lo mismo transportan droga, que cobran las cuentas de algún Capo. Horror frontal y no porque Nápoles sea un sitio feo; basta con asomarse al horizonte portuario para atisbar la luminosidad que emerge de la romántica Capri, con todo y su diminuta gruta azul, situada ahí por capricho o milagro de la naturaleza. Capri es tan azul y ensoñadora como distante, pese a la cercanía, de lo que acontece al interior de la vecina Nápoles… ¿tan distante? A saber quiénes sean los verdaderos dueños de los lujosos mini hoteles y restaurantes que pueblan ese idílico lugar.

"Dimos instrucciones para que se compraran 100 litros de ácido muriático; hacían falta contenedores metálicos de 200 litros. Según nuestra experiencia, había que verter en cada contenedor 50 litros de ácido, y como estaba previsto suprimir a dos personas, hicimos preparar dos bidones". [Gomorra, Roberto Saviano. Editorial: Debate. 325 pág.]


El capitalismo será salvaje o no será, dice medio en broma un periodista mexicano; el libro de Saviano parece confirmarlo: miles de millones de euros son facturados anualmente sólo por la camorra napolitana. Su poderío se ha extendido hasta permear casi todos las ramas de la economía italiana; una red de "negocios" que abarca lo mismo la mafia de los basureros napolitanos o el tráfico de personas, que el manejo de la piratería china -que ingresa a Europa vía Nápoles- y otros muchos sectores, incluida la moda. A fin de abaratar costos, buena parte de los diseños que visten las pasarelas de Milán, son confeccionados por manos de inmigrantes ilegales en algún taller clandestino napolitano, a cambio de una mísera paga, que poco se diferencia de la otorgada a los niños explotados en alguna maquila de Shanghái. La delgada línea que separa la legalidad de la ilegalidad, es casi imperceptible.


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La primera vez que estuve en Italia, quedé obnubilada; demasiada belleza para apreciarla con ecuanimidad. Y de todas las imágenes y sensaciones experimentadas, dos me han acompañado con terquedad casi melancólica: una noche neblinosa caminaba en Venecia, en medio de un silencio casi fantasmal y de pronto, me encontré con las notas de un violinista callejero empeñado tocar Venecia sin ti, para una pareja que bailaba como quien hace el amor. En contraste, un atardecer en Capri cuya mágica e inabarcable luminosidad azul, contrastaba bruscamente con la visión grisácea, polvorienta y borrosa, quizá debido a la inclinación de los rayos solares, del vecino puerto de Nápoles.


Geográficamente, México está muy distante de Nápoles y sin embargo, leyendo el libro de Saviano es casi imposible no encontrar más de un reflejo mexicano. El espejo del Golfo de Nápoles nos devuelve una imagen demasiado cercana… y ni siquiera nos queda el consuelo de evadirnos volteando hacia Capri. Será que Hervé Vilard tenía razón, cuando hace 45 años cantaba:










imagen: fotograma del film Gomorra

mayo 25, 2009

demasiado infeliz para lucir hermosa


Inge jamás había tenido la idea de ser modelo, por lo que aquella tarde, en la que buscando matar el aburrimiento paseaba en un gran almacén, quedó sorprendida cuando un hombre que llevaba rato observándola sin que ella lo notara, se le acercó y sin mayor preámbulo le preguntó si no deseaba ser modelo. Al escucharlo, la chica le contestó de manera cortante: "piensa que soy estúpida para creer que habla en serio". El hombre, que seguramente no esperaba semejante respuesta, se explicó más y le mostró las credenciales y documentos de la Agencia de Modelos, donde trabajaba como busca talentos. Finalmente, más por curiosidad que por verdadero interés, la chica aceptó presentarse a una prueba-entrevista al día siguiente. Le fue bien; contaba con los atributos necesarios en esa profesión: fotogénica, delgada y muy alta; aunque lo realmente interesante para los especialistas de la Agencia, fue su aspecto exótico, el cual, pensaban, resultaría novedoso -y vendible- en ese volátil mundillo. Más que exótico, su aspecto era enigmático, con un dejo algo ausente y etéreo que recordaba a las mujeres de los lienzos de Jan Van Eyck o Johannes Vermeer. Inge había nacido en un pequeño pueblo del Flandes, del que salió en busca de mayores horizontes cuando cumplió 18 años (en 1979). Y con el pretexto de perfeccionar el inglés aprendido en la secundaria, viajó al extranjero; no a Londres, como hubiera sido más lógico, sino a Nueva York... entre más lejos, mejor. Nueva York representaba todo lo que su pueblo no era: cosmopolita, enorme, llena de atractivos de todo tipo.


Los primeros meses no fueron fáciles, pero con el paso del tiempo empezó a adaptarse a la ciudad y hasta entabló cierta amistad con los vecinos; con todos, menos con el único que desearía tenerla, Jerry, su vecino del departamento de enfrente y de quien ella se sintió enamorada desde la primera vez que coincidieron en el elevador. Sus horarios eran afines; casi a diario se encontraban y bajaban juntos los seis pisos que los separaban de la planta baja; sin embargo Jerry no parecía muy extrovertido y se limitaba a sonreírle, mientras musitaba hi. Aún así, Inge creía que si ella fuera más abierta, quizá él se habría animado a hacerle plática. Pero no era así. Y esa idea empezaba a obsesionarla. Pasaba horas enteras delineando encuentros con Jerry, durante los cuales él finalmente la invitaba a dar idílicos paseos para mostrarle sus lugares favoritos de la ciudad; paseos que invariablemente terminaban con una romántica cena en algún pequeño sitio. Pero nada de eso pasaba y mientras Inge fantaseaba, descuidaba su preparación y no atendía debidamente las instrucciones de los especialistas de la Agencia de Modelos. Cada mañana lo mismo: Inge y Jerry se encontraban mientras esperaban el elevador y cuando éste llegaba, Jerry le cedía el paso; bajaban en silencio, mirándose uno al otro de reojo; al llegar a la planta baja, salían repitiendo el mismo ritual de la entrada; recorrían en silencio el pasillo hasta salir a la calle, en donde se despedían mudamente, antes de tomar rumbos opuestos. Ella caminaba hasta la Escuela de Modelos, donde la Agencia se empeñaba en afinar su preparación, con vistas a su gran lanzamiento en la próxima temporada otoño-invierno.


Días y semanas sin ningún cambio; hasta que una noche en que ambos regresaban a casa más tarde de lo acostumbrado, sucedió lo inesperado. Tras encontrarse con Jerry a las puertas del elevador y una vez que lo abordaron, notó que su vecino estaba más sonriente y menos callado de lo habitual; empezó preguntándole cómo le iba en la Escuela de Modelos y luego, cuando ella todavía no se reponía de la sorpresa, la invitó a tomar un café o a cenar, lo que ella prefiriera. Y entonces, sucedió lo más impensable: Inge se quedó muda, como petrificada y solo ante la insistencia de él, alcanzó a responderle dejando salir el más hondo NO de su existencia. NO gracias; no puedo, fue toda su respuesta. El elevador se abrió y sin decir ni buenas noches, Inge se apresuró hacia su departamento; pero apenas salidas esas palabras de su boca, la chica se sintió tan arrepentida como estúpida. No pasaba día sin que no se recriminara por ello, pero era incapaz de buscar una reparación y hasta había cambiado su rutina con tal de no cruzarse con Jerry; se sentía tonta y avergonzada. Cada vez estaba más distraída; casi parecía un fantasma, le dijo una mañana el maquillista que se empeñaba en disimular sus profundas ojeras. Y llegó el día de su gran prueba final, previa al lanzamiento de la campaña otoño-invierno… un fracaso total. El veredicto de los especialistas fue simple y contundente:


Señorita: usted es demasiado infeliz para lucir hermosa ¡!



la bailarina mexicana Elisa Carrillo fotografiada por Francisco Olvera (tomada del diario La Jornada)

Epílogo.
Una vez medio repuesta del trago amargo que supuso ser despedida, aun antes de empezar, Inge tomó una decisión: en realidad ella nunca había planeado ser modelo; en cambio, de niña fantaseaba con ser feliz y tener muchos novios, cosa que hasta ahora no había logrado. Así que de ahora en adelante, trabajaría en pos de ello y
empezaría por superar su timidez con los hombres… Lleva media docena de novios en su haber y aunque todavía no encuentra al indicado, continúa en su búsqueda, mientras se desempeña como demostradora de cosméticos en aquel gran almacén.


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la bailarina mexicana Elisa Carrillo fotografiada por Francisco Olvera (tomada del diario La Jornada)
NOTA: Inge es un personaje, no sé si ficticio o real, de la novela Biografía del hambre (de la escritora belga Amélie Nothomb). Su aparición es mínima, casi fugaz; pero una frase dicha al pasar, la que da nombre a este post, me dio la idea para imaginar esta breve historia para ella.







imagen: la bailarina mexicana Elisa Carrillo en el cartel promocional del ballet 'Blancanieves' en la Deutsche Oper de Berlín [coreografía del francés Angelin Preijocal y vestuario de Jean Paul Gautier]


mayo 22, 2009

ciel brouillé... cielo nublado

Quisiera tener una varita mágica para dar con las palabras precisas, solo las necesarias y decirte en pocas líneas, algo tan simple como que hoy estuve pensando mucho en ti. Es extraño, porque sin ser tu cumpleaños ni ningún otro aniversario, todo el día te he estado recordando. Cuánto tiempo ha pasado ya desde tu partida; tanto desde la última vez que nos vimos. Y sin embargo, con solo cerrar los ojos puedo mirar los tuyos; volver a sonreír como si te tuviera enfrente, contagiada de la chispa, de ese brillo casi inocente que destellaban tus ojos cuando estabas contento; cuando nos reíamos a carcajadas de cualquier nimiedad, sin importarnos que la gente a nuestro alrededor pensara que estábamos locos y que eramos unos mal educados por reírnos tan fuerte. De haber sabido, me hubiera reído con más fuerza; con tanta, que aún hoy me quedaran restos de aquellas risas, para palear las ganas infinitas de llorar que siento cuando pienso en los últimos días antes de tu partida. Pero no te preocupes, ya no hago dramas; hace tiempo que deje pelearme con la vida y de reclamarle al destino por lo sucedido. Pero de continuar haciéndolo, creo que tu no me lo reprocharías; entendías como nadie mi forma de ser. Hasta hoy, sigues siendo el único hombre que no se ha asustado al ver llorar a una mujer. Y cómo hacerlo, sin en el fondo éramos tan parecidos. Aún recuerdo como si fuera ayer, aquella lluviosa tarde -como la de hoy-, cuando vimos un viejo film de Theo Angelopoulos, Paisaje en la niebla. Cómo lloramos, en silencio, pero desconsoladamente, mientras veíamos las desventuras de ese par de niños griegos, quienes en ese viaje iniciático en busca de un padre inexistente, conocerían más penas y miserias que las producidas por la pobreza que dejaban atrás. Creo que tu y yo nos sentíamos un poco como ese par de huérfanos; sabedores de que buscábamos algo que quizá no existía, dejábamos atrás la tibieza del hogar familiar, para ir en pos de un sueño que bien a bien no había seguridad de encontrar.

Hoy cayó uno de esos aguaceros que parecieran no terminar jamás; pero de pronto, justo cuando yo tenía que salir, paró de llover y un sol tímido hizo su aparición; entonces, decidí irme a caminar por esa larga avenida que tanto te gustaba. Fue cuando más pensé en ti; nos gustaba tanto caminar después de la lluvia, sentir como la humedad y el frío que llegan tras un duro aguacero, se nos iban metiendo lentamente en el cuerpo. Caminé un largo rato y disfruté sintiendo el viento fresco sobre mi cara e imaginándote mirar ese cielo medio nublado, iluminado por los últimos rayos del sol. Y sonreí. Para mi, pero sobre todo para ti. No sé si los transeúntes habrán creído que estaba loca por reírme sola. No sé, ni me importa; porque hoy me he sentido casi optimista y he pensado que quizá, no esté lejano el día en que los científicos den con la cura para esa maldita enfermedad que te arrebató la vida, como se la ha arrebatado a tantos otros. Y qu
isiera creer que un día de estos, ese virus dejará de ser visto y señalado bajo el velo de la moralina y la hipocresía. Sé que esto último te haría feliz, llenando de luz a tus maravillosos ojos que tanto extraño.


Tu mirar se diría, que en un vapor se pierde;
tu mirar misterioso -¿es azul, gris o verde?-,
alternativamente tierno, cruel, soñador,
refleja la indolencia del cielo y su color.

Recuerdas esos días blancos, tibios, velados,
que hacen fundirse en lágrimas los pechos hechizados,
cuando los nervios, víctimas del mal que nos agita,
muy despiertos, se burlan del alma que dormita.
[Ciel Brouillé, Charles Baudelaire. Fragmento]

mayo 20, 2009

mientras dormías

La primera imagen de un sonámbulo que viene a la mente, es la de alguien dormido caminando torpemente y con los brazos extendidos al frente. Es decir, la imagen difundida en películas de bajo presupuesto, como las de Capulina y de El Santo. Y con la ayuda de presupuestos más elevados, el cine y la televisión estadounidense, ofrecerán variantes más elaboradas sobre el mismo tema. Por ejemplo: una mujer que vive sola y no tiene novio, marido o amante, repentinamente descubre estar embarazada sin que recuerde o admita haber tenido relaciones sexuales -sean forzadas o consensuadas. La mujer llega a un hospital dónde después de un sinfín de complicados estudios, el héroe de la película -un Dr. House cualquiera-, venturosamente descubrirá que la dama si tuvo relaciones sexuales, pero lo hizo bajo los influjos del sonambulismo y por eso no recuerda nada. Bien para capítulo de teleserie gringa. Pero para la vida real, suena demasiado complicado o forzado. "Es solo de ficción; cómo alguien va a tener una relación sexual y luego no acordarse. Eso solo ocurre en la imaginación de escritores y guionistas", podría pensar alguien ajeno al estudio de los trastornos del sueño.


Pero la ciencia siempre… llegando lejos. Cuando en septiembre del año pasado, los investigadores del Instituto Karolinska (Suecia), difundieron las conclusiones de un estudio que demostraba el origen genético de la infidelidad masculina, definido por la presencia, en algunos hombres, del llamado alelo 344, el gen masculino de la infidelidad (y que dio origen a uno de los post más divertido en la historia de este blog, gracias a la alta participación femenina -extrañamente casi no hubo comentaristas hombres) las escépticas de este mundo expresamos nuestras dudas. Quizá la reacción fue motivada más en razón de la "exclusividad masculina" de dicho gen, que de su existencia misma. Y probablemente, de haberse descubierto que el gen de la infidelidad solo se presentaba en las féminas, la reacción habría completamente distinta tanto en hombres como en mujeres.


Y ahora, también desde la óptica científica, se establece la existencia de un padecimiento, variante del sonambulismo, llamado sexomnia. Dicho padecimiento se presenta durante la tercera etapa del sueño –en lo más profundo de la inconsciencia- y provoca que un individuo, hombre o mujer, tenga actividad sexual mientras duerme sin ser consciente de ello, razón por la cual no recuerda nada y es el primer sorprendido cuando alguien le señala lo… activo que estuvo la noche anterior.

"Es probable que se ingrese al lapsus donde usualmente las personas se excitan. En esta etapa puede haber una respuesta sexual y éste parece ser el mecanismo fisiológico que despierta el deseo en algunos noctámbulos",*/

indicó el Dr. Reyes Haro Valencia, Investigador de la Facultad de Medicina de la Universidad Nacional Autónoma de México.

aquí el boletín completo */B: 302 El SONÁMBULO PUEDE TENER ACTIVIDAD SEXUAL Y NO RECORDARLO


Quizá el padecer este tipo de trastorno del sueño, no implique necesariamente que uno salga de su casa y vaya por ahí teniendo aventuras sexuales, cuyas consecuencias puedan ser hasta un embarazo no deseado. Pero lo cierto es que este padecimiento, mirado con un poquito de imaginación, bien puede prestarse a nuevas variantes de infidelidad y sin que el infiel pueda ser señalado. Una infidelidad no culposa, podríamos tipificarla y tendrá a la ciencia en su defensa. Pero... y el compañero sentimental ¿cómo podrá estar seguro de que su pareja es en realidad víctima de la sexomnia y no un vil mentiroso e infiel? Digo, está claro que habría que efectuar un diagnóstico médico, pero entre que son peras o manzanas… la duda queda...



mayo 18, 2009

otro clima... otra ciudad

"Yo no me encuentro a mí mismo donde me busco. Me encuentro por sorpresa cuando menos lo espero" Montesquieu


La cosa es no estar a gusto con nada; si hace calor, es a causa del sopor, el calcinante sol y los más de 30 grados de temperatura -a las tres de la tarde- de este mayo, que no es un mes ni revolucionario ni poético y menos, romántico. Y si llueve o hace mucho frío, lo mismo. La cuestión es que uno siempre desea lo que no puede tener. Peor aún, desea a destiempo lo que ya ha tenido. Hablando de lluvias, nubes y soles... los científicos y los filósofos (y mi abuela que no era ni lo uno, ni lo otro), han coincidido al señalar que la influencia del clima es tan amplia, que lo mismo determina la forma de ser y la vida política de un país (
Montesquieu
), que el carácter del alma y las pasiones del corazón de los hombres. Lo que quizá ni los científicos ni los filósofos habían previsto, es que el cambio climático vendría a modificar y complicar este asunto; al grado de que en la actualidad, las estaciones se confunden y combinan no solo en el transcurrir del año, sino en un mismo día. En lo que escribo, desde mi ventana he visto al cielo mutar del grisáceo al azul claro y luego regresar a la primera tonalidad; mientras que el viento fresquito, ha dejado lugar a un calorcito tibio y luego ha vuelto al frescor inicial. Esto en menos de una hora. Si los vuelcos del corazón y los malestares del alma siguieran este cambiante ritmo, estaríamos más desorientados de lo que ya estamos. No todos, desde luego. Los seres templados y serenos se cuecen aparte; son inmunes a los vaivenes climáticos y ambientales. Llueva, truene o relampaguee; arda el sol veraniego o queme el frío invernal, ellos permanecen inmutables. Siempre me he preguntado de que estarán hechos y a veces, hasta los he envidiado.

Pero dejando de lado a esos seres templados y serenos; nosotros, los simples mortales, vemos como las variaciones climáticas trastocan nuestro ánimo y nuestros recuerdos. Una lluvia atípica, un cielo gris, un viento inesperado, bastan para detonar la memoria y traernos recuerdos, lugares y personas que creíamos olvidados. Más que el calor primaveral, quizá sea el viento otoñal el que con mayor frecuencia acarree turbulencias a los sentidos y a la memoria. Será porque rememorar encarna nostalgia y melancolía; algo casi siempre asociado al otoño (estación del año favorita de quien esto escribe, por cierto). Y no queda otra que aprender a vivir con ello; no obstante, hay ocasiones que la turbulencia de los movimientos emotivos y memoriosos parecen insoportables; tanto, que
uno desearía volar a otro sitio, irse lejos y permanecer en ese lugar hasta que la calma regrese. Si fuera así de sencillo como cambiar de lugar, el borrar recuerdos, apagar ardores y dolores, la vida sería como "coser y cantar"... en una permanente mudanza. Pero no; huir de los recuerdos no resulta fácil y las más de las veces, intentarlo es un esfuerzo tan desgastante como inútil. Yo me he mudado alguna vez; más que por huir de los recuerdos, por huir de una situación insoportable; me fui de un extremo a otro de esta caótica e inmensa ciudad. Y de nada me sirvió; él me encontró. Claro, si hubiera cruzado el océano, quizá no le habría resultado sencillo dar conmigo y es probable que el miedo que me agobiaba en ese entonces, se habría atenuado frente a la incertidumbre de estar sola en otro lugar. Pero con atenuantes inciertos o no, el miedo y la desazón estarían conmigo; lo mismo en la casa familiar, en mi departamento o en una ciudad distante. Estaban en mi y ni cambiando de país me dejarían. Eso lo entendí después, cuando al cabo de viajar y patear calles lejanas, sumergirme en museos y lugares extraños, al llegar a dormir a una cama que no era la mía, lo recuerdos volvían.

Viajar a otra tierra, nadar en otro mar, no sirve de gran cosa cuando se carga tanto dentro de uno. Eso ya lo dijo, e infinitamente mejor dicho, Kavafis. Y yo ya lo he comprobado. Pero como soy necia y tengo alma viajera, en este momento nada me gustaría más que irme lejos; bien lejos... pero sé que no lo haré. No hasta que esté convencida de que no lo hago por huir, ni pensando que la vida en otro sitio puede ser... lo que no es aquí.



"Dices: Iré a otra tierra, hacia otro mar
y una ciudad mejor con certeza hallaré.
Pues cada esfuerzo mío está aquí condenado,
Y muere mi corazón
lo mismo que mis pensamientos en esta desolada languidez.
Donde vuelvo los ojos sólo veo
las oscuras ruinas de mi vida
y los muchos años que aquí pasé o destruí".

No hallarás otra tierra ni otro mar.
La ciudad irá en ti siempre. Volverás
a las mismas calles. Y en los mismos suburbios llegará tu vejez;
en la misma casa encanecerás.
Pues la ciudad es siempre la misma. Otra no busques –no la hay–
ni caminos ni barco para ti.
La vida que aquí perdiste
la has destruido en toda la tierra"

Konstantin Kavafis: La ciudad



mayo 15, 2009

cartas de amor

Una pensaría que en la actualidad las cartas de cualquier tipo, pero sobre todo las amorosas, son algo tan anticuado como las locomotoras de vapor. Y si bien es cierto que la correspondencia manuscrita, ha devenido en una especie casi extinta [a mí, la computadora me ha vuelto tan inútil para escribir manualmente, que de la monísima letra que las monjitas me enseñaron, ya no me queda más que el recuerdo de las planas de bolitas y piquitos que repetía interminablemente en el último año del kínder; hoy hasta mi firma me cuesta trabajo, además de que nunca me queda igual], la modernidad no ha terminado con esa costumbre; simplemente la ha adecuado a las nuevas formas. Ahora, sitios web especializados que ofrecen modelos de cartas de amor acordes a las diferentes ocasiones, necesidades y niveles de pasión o sufrimiento, han venido a sustituir a los viejos escribanos... y a Cyrano de Bergerac.

Y para quienes tenemos la manía de escribir cartitas -con todo y nuestra letra desmejorada-, es un gusto saber que no estamos solos en esa costumbre tan del siglo XIX. Complace saber que en estos tiempos del chat, mail y mensajería vía teléfono celular, los románticos siguen enviado cartas de amor… aunque sea vía electrónica, pero cartas en forma y no solo mensajes tan sucintos como: "TQM. Besos". Y hay quienes se preocupan por fomentarlas y elevar su calidad. En la página web de una escuela de escritores, se convocaba a un Concurso de Cartas de Amor, a fin de promoverlas y revalorizarlas. Dicho concurso pretendía demostrar la vigencia de la comunicación amorosa epistolar, reivindicándola al mismo tiempo; pues –decía la convocatoria- una apasionada misiva amorosa, no (necesariamente) tiene que ser un cúmulo de frasecitas hechas a base de melcocha y cursilería.


Pero… llegué tarde al llamado; cuando encontré la Convocatoria, la recepción de propuestas acababa de cerrarse; lo cual me decepcionó un poco, pues el paquete-premio se me antojó por original. Lo menos llamativo eran los 500 euros en efectivo incluidos; lo atractivo era el lote para el romántico/desengañado que sería entregado al ganador, junto con la plata y que como su nombre lo indica, más que un premio gozoso era una invitación al azote amoroso (para seguir escribiendo cartas, imagino):


«un corazón roto, whisky, música lenta de jazz, un pañuelo… seco, Las desventuras del joven Werther, una camiseta antidepresiva y un disco de Jacques Brel»

Lástima de mi tardío hallazgo... con lo que se antojaba el kit del romántico/desengañado, solo le faltaba un paquete de galletas saladas o unos ejotes, para cortarse las venas como mandan los cánones, mientras el maestro del azote amoroso, Jacques Brel, entonaba su clásica:

«ne me quitte pas

il fout s'oublier

tout peut s'oublier

oublier le temps

des malentendus

et le temps perdu

à savoir comment

oublier ces heures

qui tuaient parfois

à coups de pourquoi

le coeur du bonheur

ne me quitte pas…»

……..





A ver si el año próximo llego a tiempo…



mayo 12, 2009

nada de bromas que somos solemnes

Quizá no los primeros a escala mundial, pero los mexicanos si somos cursis... solemnes y sentidos. Así somos y en esto no hay vuelta de hoja; aunque sí, matices. El lugar común dice que no hay un México, sino muchos Méxicos y es cierto, más allá de las desigualdades socio-económicas. No es lo mismo ser un cursi guanajuatense, que un cursi guerrerense o uno sonorense. Pero al final de cuentas, todos somos cursis y solemnes de clóset; un poco menos que en la primera mitad del siglo pasado, desde luego, pero todavía. Y hablando del siglo pasado, pocos narradores mexicanos supieron ver -y reírse- mejor de esas solemnidades, cursilerías y demás manías mexicanas, como Jorge Ibargüengoitia.

Con su gozoso estilo anti-solemne y mordaz, el escritor guanajuatense dedicó gran parte de su obra a retratar nuestro modo de ser mexicano. Leerlo es una delicia, porque al reírnos con sus historias, en realidad nos estamos riendo de nosotros mismos; es difícil no encontrar similitudes con algún pariente o conocido, o con alguna anécdota de nuestro pueblo y hasta de nuestra familia. Pero lejos de ofender, sus irónicos retratos provincianos constituyen un divertido aprendizaje y me atrevería a decir, casi más efectivo que cualquier sesudo y solemne estudio sociológico. Dejando de lado su obra propiamente literaria, es punto menos que una obligación de todo mexicano que se precie de serlo (jajá, ¿ya ven como somos solemnes y cursis los mexicanos?), leer sus Instrucciones para vivir en México; volumen que compendia los artículos publicados por Jorge Ibargüengoitia en el periódico Excélsior entre 1969 y 1976. Se lee en un santiamén, mejora le ánimo desde el primer artículo y además, resulta una fuente de aprendizaje invaluable. Para no alargar mucho esta entrada, dejaré un par de breves ejemplos de lo que en ese libro se encuentra; pero primero, un extracto de su breve autobiografía.

"Nací en 1928 (el 22 de enero) en Guanajuato, una ciudad de provincia que era entonces casi un fantasma. Mi padre y mi madre duraron veinte años de novios y dos de casados. Cuando mi padre murió yo tenía ocho meses y no lo recuerdo. Por las fotos deduzco que de él heredé las ojeras (...)

Al quedar viuda, mi madre regresó a vivir con su familia y se quedó ahí. Cuando yo tenía tres años fuimos a vivir a la capital, cuando tenía siete, mi abuelo, el otro hombre que había en la casa, murió.

Crecí entre mujeres que me adoraban. Querían que fuera ingeniero: ellas habían tenido dinero, lo habían perdido y esperaban que yo lo recuperara. En ese camino estaba cuando un día, a los veintiún años, faltándome dos para terminar la carrera, decidí abandonarla para dedicarme a escribir. Las mujeres que había en la casa pasaron quince años lamentando esta decisión "lo que nosotros hubiéramos querido", decían, "es que fueras ingeniero", más tarde se acostumbraron."

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Don Jorge tuvo la peregrina idea de aceptar una invitación oficial del ex presidente Luis Echeverría, quien convocó a un nutrido grupo de escritores e intelectuales a acompañarlo en uno de susacostumbrados faraónicos viajes internacionales (a la Argentina). Dice que aceptó porque era un paseo con gastos pagados... y en Buenos Aires parece que se la pasó bomba:


"Mi primer acto oficial consistió en salir del bar para ver llegar a Echeverría al hotel Plaza. Había filas de policías de azul marino, con abrigo, metralleta y banda azul celeste en la gorra, motocicletas y filas de curiosos en la plaza San Martín. Una cosa muy rara: la comitiva llegó precedida de una grúa. Supongo que para el caso de bombazo tener manera de llevarse los restos sin interrumpir el tráfico".

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Y sobre nuestra sacrosanta Revolución Mexicana, cada vez más fantasmagórica:


"Los cumpleaños tienen dos defectos: son inevitables y acumulativos y además, van deformando la personalidad del que los festeja [...] Lo mismo pasa con las revoluciones. Se hacen viejas y llega un momento en que cuesta mucho trabajo recordar lo que fueron en sus mocedades. A la nuestra, por ejemplo, le pasa lo mismo que a todas las mujeres de sesenta años. Ha adquirido una respetabilidad que nunca hubiera pretendido tener en su juventud."



Instrucciones para vivir en México, Jorge Ibargüengoitia. Editorial Joaquín Mortiz/Editorial Planeta Mexicana, 1998. 295 páginas





ilustración: recreación de El nacimiento de Venus, a base de legumbres

mayo 10, 2009

divagaciones y debates

«parece claro que la profecía «massmediatica» encuentra sus auténticas raíces no como quieren hacer creer, en el descubrimiento anticipado de nuevos poderes, sino en una visión pesimista del hombre, de este Antropos eterno, dividido entre Eros y Tanatos, y lanzado a definiciones negativas. Suspensos entre la nostalgia de un verde paraíso de civilizaciones infantiles y la esperanza desesperada de un mañana apocalíptico, los profetas en cuestión nos ofrecen la imagen desconcertante de una profecía balbuceante y al propio tiempo tronante, pues no sabe escoger entre el proclamado amor hacia las masas amenazadas por la catástrofe y el secreto amor por la propia catástrofe» [Pierre Bourdieu y Claude Passeron. Citado por Umberto Eco en Apocalípticos e integrados]

Si como dicen, uno es lo que escribe, quien pase por este blog podrá pensar que estoy a un tris de sucumbir de lleno ante el catastrofismo (terminajo muy de moda en Mexiquito).
Pero no es así; no soy catastrófica, simplemente no pertenezco al club del optimismo y sí, al del escepticismo. Y nada de malo tendría serlo, siempre y cuando supiera guardármelo. Supongo que me costaría una nimiedad morderme la lengua en ciertos momentos; no decir nada cuando no tenga nada bueno que decir. No me sirve de gran cosa lanzar gritos desesperados, si de antemano sé que no habrá respuesta; tan fácil que es circular todo el tiempo por el carril indicado, sin salirse ni un centímetro de la linea limítrofe. En estos días estoy haciendo un trabajo -cansino repetitivo y más bluff, que efectivo- relacionado a la alineación de objetivos, metas, funciones, etc. Y platicando con el "consultor externo", se me ocurrió decirle que más que alinear objetivos con metas y misiones, tal parecía que lo que querían era alienar a los empleados. Como si le hubiera dicho algún insulto mayúsculo, pues el hombre se apresuró a recetarme un discurso sobre el orden y el progreso, muy cercano a un sermón hitleriano. De haber mantenido cerrada mi boquita, me ahorro el sermón y todos felices. Si de cualquier forma, alienados ya estamos... para qué decírselo al consultor.

No es excusa, pero para algunos -espero que sean los menos-, es casi inevitable debatirnos diariamente, entre nuestra realidad -no solo laboral- y el ejercicio de nuestro derecho a soñar y a opinar. Un debate de pronóstico casi siempre reservado...

... pero la vida es una, es breve y como decía George Sand:


"Pasamos como sombras sobre un fondo de nubes que el sol apenas y rara vez atraviesa y gritamos sin cesar a este sol que nada puede hacer. A nosotros nos corresponde despejar nuestras nubes”

No obstante, antes de lanzar de gritos al sol para que despeje esas nubes ajenas y lejanas, algunos debemos cuestionarnos a nosotros mismos y despejar nubes más cercanas. Vencer el temor, no al desconocimiento de las posibles respuestas; sino el miedo que provoca saberlas de antemano o cuando menos, intuirlas claramente.
En ocasiones, toma mucho tiempo saldar cuentas con uno mismo; hoy he saldado una. Cuando algo ya no va, es absurdo pretender lo contrario y mantenerlo prendido con alfileres; en algún momento habrá una pequeña sacudida, viniéndose todo abajo.


"Dios pone el placer tan cerca del dolor que a veces lloramos de alegría." G.S.





ilustración: Didier Lourenco Sofá rojo

mayo 08, 2009

en busca de qué?

Hoy amanecí ridículamente cursi. Cuando escribí esto, hace casi dos años, terminaba la afirmación con una esperanzada acotación: “espero que sea temporal”. Y será porque la temporalidad tiene duración indefinida… pero hoy vuelvo a suscribir exactamente lo mismo. Desde luego, esto no significa que en los meses recientes la cursileia haya estado ausente de mi; por supuesto que no. Mentiría si lo dijera y una será cursi, pero no mentirosa [por cierto, en algún sitio leí que la cursilería era una de las “aportaciones” de México al mundo; siendo los mexicanos los seres más cursis del planeta. No lo creo. Ok, ok, una película protagonizada por Sara García “la abuelita del cine nacional” o un capítulo de la telenovela de moda, permiten avizorar los elevados niveles de cursilería que ha alcanzado la cultura popular mexicana; pero dudo mucho que sean los mayores ejemplares nivel mundial -una miradita a las películas románticas, de adolecentes o femeninas made in Hollywood, bastan para comprobarlo].

Lo anterior no es una justificación racial o geográfica a mi consubstancial cursilería. Pero hoy, a diferencia de mi post de 2007, la razón de mi amanecer cursi, no la tiene alguna película romántica vista la noche anterior (en mi adolescencia creía erróneamente, que la cursilería existía -y hasta se justificaba- únicamente en el romanticismo); sino algo más esotérico y posiblemente más cursi que el romanticismo de catálogo: la búsqueda de la felicidad. Ayer me encontré casualmente con el breve mensaje enviado hace tiempo por un amigo y en el cual, de forma por demás conmovedora, describía el desaliento que lo embargaba, dejando ver no solo una profunda desolación, sino también la decepción que le generaba el contrastar su realidad –inmerso en un trabajo tan bien situado y remunerado, como desgastante-y el lugar en donde se había imaginado estar, apenas unos años antes. En pocas líneas y sin llamarla por su nombre, dejaba ver que más allá del éxito profesional y social, su principal anhelo, hasta ese momento no alcanzado y quizá ni asumido conscientemente, era la felicidad. Cuando leí aquel mensaje, si algo tenía claro era que la felicidad es demasiado compleja, diversa y voluble, como para encasillarla en un concepto definitivo. Y no obstante, hubiera querido tener alguna reflexión semejante para compartirla con mi amigo en ese momento. Pero lo más frustrante fue comprobar que ni siquiera era capaz de definir lo que para mí constituía la felicidad; apenas algún atisbo de los dispares aspectos, entremezclados de manera tan desordenada como ecléctica, que según yo podrían hacerme sentir bien.

Buscamos la felicidad pero sin saber dónde, como los borrachos buscan su casa, sabiendo que tienen una. [François Marie Arouet, Voltaire]

Si bien hoy, mi idea esencial no ha cambiado y sigo creyendo en la complejidad y diversidad que el significado de la felicidad encierra, ya no me siento mal por carecer de una respuesta concluyente. Lo importante es el estado de ánimo, el sentir; no el concepto, ni el decir. Lo cual no quita que ciertas ideas le den a uno cierta orientación y le ayuden a aceptar que, muchas veces, el problema radica en no tener claro lo que se busca. En ocasiones, uno espera que la felicidad sea algo extraordinario, monumental y que habrá de irrumpir en nuestras vidas, casi como el rayo de luz que antecede al estruendo en una noche de tormenta.


Quizá él tenga razón y la felicidad no signifique grandes y deslumbrantes sucesos:

[Mi filosofía de vida] consiste justamente en hacer el elogio de lo cotidiano, en buscar en la vida común, en la vida diaria, lo que puede embellecerla, hacerla digna de ser vivida.

[Tzvetan Todorov, filósofo de origen búlgaro]



mayo 05, 2009

vuelo nocturno

De niña no soñaba con ser Dios, ni princesa; tampoco, con caballeros en corceles blancos corriendo infinidad de peligros, para rescatarla de alguna torre embrujada. Su sueño más recurrente, incluso más allá de la adolescencia, fue igual al de muchos otros niños: volar. Ella soñaba que volaba y en su vuelo podía mirar hacia abajo y ver su cuerpo mientras dormía; como si solo una parte de ella se desprendiera, dejando otra sobre la cama. O como si su cuerpo se desdoblara y así, si alguien la buscaba no se percatara de su fuga. Volaba pero no tenía alas; al menos nunca se vio con alas. Pero si era "consciente" de una sensación maravillosa: flotar y desplazarse al mismo tiempo. Fue su sueño favorito; sobre todo en la niñez y temprana adolescencia; pese a que su duración era corta, hubo noches -las mejores- en que el vuelo se prolongó por largo rato. Lo que nunca variaba era la forma de terminar: una especie de sobresalto le anunciaba que iba cayendo, caída que terminaba al sentir el leve golpeteo de un pie sobre el otro, con el cual llegaba el inevitable y cruel despertar. La mejor parte de su sueño, además de la indescriptible sensación que le producía el poder mirar su cuerpo sobre la cama, era que al volar podía ver paisajes extraños, bosques algo obscuros, el mar... y la soledad. Y es que nunca se soñó volando con alguien más; ni tampoco miró a nadie más que no fuera ella.

Alguna vez le platicó de su sueño a Carmelita, una amiga y vecina de la familia; algo excéntrica, pero encantadora, quien gustaba de platicar con ella y regalarle hermosos libros de cuentos. Después de escucharla atentamente, Carmelita dio su veredicto: ese sueño representaba su inocencia y mientras ella no perdiera la inocencia, el sueño acompañaría todas las noches. Y no obstante que ella salió de la niñez, pasó por la adolescencia y finalmente la dejó también, siguió volando por las noches; aunque cada vez de manera más esporádica. Así hasta que una noche, desapareció por completo aquella indescriptible sensación de desprenderse de su cuerpo y surcar los aires sin miedo, ni paracaídas o red de protección.

Imposible determinar, exactamente, cuando perdió la inocencia. En ocasiones piensa que ya no le queda ni una gota; pero en otras, está segura que en algún lugar recóndito, aún guarda algo de aquella niña que no conocía ni imaginaba, la desconfianza o el miedo; mucho menos, la malicia. Y cuando está en plan positivo, piensa que todavía puede revivir aquellos vuelos nocturnos. Será cosa de apapachar lo que queda su inocencia, se dice, para volver a flotar y desplazarse, mientras su cuerpo permanece en la cama durmiendo... para que nadie se percate de su ausencia
...



"La libertad es alas
es el viento entre hojas, detenido
por una simple flor; y el sueño
en el que somos nuestro sueño;
es morder la naranja prohibida,
abrir la vieja puerta condenada
y desatar al prisionero:
esa piedra ya es pan,
esos papeles blancos son gaviotas,
son pájaros las hojas,
y pájaros tus dedos: todo vuela."


[Octavio Paz]



ilustración Pepa sueña

mayo 03, 2009

ella

Nunca había estado en un Centro para mujeres sin hogar; pero aquella noche Hugo me había pedido acompañarlo a realizar su visita diaria. Después de intercambiar los saludos y comentarios de rigor con el director del sitio, iniciamos el recorrido; mi amigo entró -y yo tras de él- en cada habitación saludando y haciendo algún comentario a las ocupantes. Al terminar, volvimos a la oficina del director con quien habló brevemente acerca del funcionamiento del lugar y ya estábamos a punto de marcharnos, cuando Hugo se volvió para preguntar por alguien en especial ¿y Ella cómo está, sigue sin querer hablar con nadie? A lo que el director contestó: "mucho mejor, ha salido de su mutismo, si quieres vamos verla" Y fuimos... hasta una habitación situada al final del corredor, lejos de todas las demás mujeres y bajo llave, donde se encontraba Ella. Cuando entramos, estaba abstraída mirando el afiche de alguna paradisíaca playa; transcurridos unos minutos salió de su contemplación y nos dedicó una sonrisa lejana, como si viniera desde la playa en que había estado perdida. Al mirar su rostro me quedé muda. Ahí frente a mí, en ese sitio poblado de mujeres solas, extraviadas y abandonadas, estaba la chica más hermosa que había conocido en mi niñez.

Se llamaba Lilian y había ingresado a la escuela ya avanzado el curso; muy alta, tan diferente a las niñas de once y doce años que llenábamos el salón. A los catorce años apenas cursaría el sexto grado, debido a que el trabajo de su madre les obligaba a viajar constantemente dentro y fuera del país, con la consecuente interrupción de los estudios de la chica. Cuando
Lilian nos fue presentada por la maestra, todas las miradas se quedaron clavadas en ella, admiradas ante su extraña y precoz belleza. No nos convertimos en las grandes amigas -imagino que yo era demasiado niña y boba para ella-, pero si llevamos una buena relación y solía acudir a mi casa a hacer tareas, llegándome a contar de su vida en otras ciudades, del divorcio de sus padres y sobre todo, de su novio Miguel, Un aprendiz músico y pintor con el que me la encontré varias veces cerca del parque y a quien mis imberbes once años veían demasiado viejo para ella. Como era de esperarse, Lilian se convirtió en el sueño de todos los niños de quinto y sexto año; una especie de símbolo sexual adolescente; la chica más popular dentro y fuera del colegio. A ella parecía darle igual, quizá porque esos mocosos de once y doce años, se le hacían demasiado infantiles. Fue reina de la primavera, del equipo de futbol... algo que no le disgustaba y sin embargo, denotaba un cierto desapego por ese tipo de cosas; por casi todo. La única asignatura en la que mostraba entusiasmo era música. Le gustaba mucho cantar y cuando lo hacía, sus azules ojos reflejaban una emoción contagiosa. Desconozco cuáles habrán sido sus sueños, pero recordando el intenso brillo de su mirada mientras cantaba, repaso algunos comentarios sobre los planes (o amenazas) de su madre, quien quería mandarla a vivir con su abuela a Chihuahua; idea que ella aborrecía. Y entonces, fantaseo que Lilian soñaba con cantar y recorrer el mundo... volar.

Tantos años después, cuando ya ni me acordaba de ella, volverla a ver y encontrarla así. ¿Qué hacía la diosa adolescente de mi escuela primaria, refundida en un hogar mantenido gracias a las donaciones públicas y a las buenas intenciones de algunas personas? ¿Qué habría vivido, sufrido y gozado durante todos esos años, para estar convertida en esa mujer ausente? Aparentaba varios años más de los que tenía y su imagen distaba mucho del glamour sexy, con que yo la fantaseaba cantando arriba de un escenario. Cierto que su mirada no había perdido del todo aquel brillo azulino, pero lejos quedaban los destellos de sus ojos mientras cantábamos en el coro de la escuela primaria. Mi amigo y el director del Centro le hicieron algunas preguntas, a las que dio respuestas incoherentes. Unos minutos más tarde salimos del lugar y yo me obligué al silencio, pero cuando ya no pude más le pregunté a Hugo qué sabía de Ella. Su respuesta, totalmente común, no dejó de impactarme: Dieciocho meses atrás, una madrugada Lilian había sido encontrada vagando en el centro de la ciudad, vestida con ropa de cóctel que parecía llevar puesta hacía semanas, hablando incoherencias y totalmente intoxicada por una ecléctica mezcla de drogas. Después de una breve estadía en un hospital, la llevaron al Centro donde permaneció un tiempo en absoluto silencio; inmóvil como un fantasma. Poco tiempo después, se escapó pero uno de los voluntarios se dio a la tarea de encontrarla y lo logró; la regresaron al Centro y por eso ahora la tenían bajo llave y aislada. Ya no había vuelto a intentar escapar, ni daba problemas de ningún tipo; se pasaba el día ensartando chaquiras en hilo y contemplando su afiche de la playa de ensueño; no preguntaba por nadie y en todo ese tiempo nadie la había buscado, pese a que habían publicado sus datos y fotografía en alguna gaceta ciudadana, pues extrañamente Lilian traía identificación, pero no respondió ningún familiar o amigo... como si ella no existiera; como si a nadie le importara.

Ella... convertida en una mujer totalmente extraviada, vaciada de emociones; sola y olvidada. Cualquier futuro, menos ese, habría yo imaginado para la adolescente que cantaba a todo pulmón, mientras sus inmensos ojos azules brillaban intensamente, haciendo volar a más de un ingenuo corazón infantil...

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ADENDA: Estimados y amables visitantes siento mucho no ser capaz de historias divertidas; me encantaría poder ser alegre y jovial en mis relatos. Pero no se me da; la comicidad no es lo mío... salvo que se trate de reírme de mi misma. Por ello, me disculpo si esta historia, de la vida real, les ha causado pesar. En verdad lo lamento.



fotograma de The dreamers, Eva Green.