¿Por que cuando una (o) está muy enamorada(o) suele decir “estoy enamorada como una tonta”? Acaso enamorarse, como dijo Napoleón, es una tontería hecha entre dos. O lo tonto es enamorarse en exceso. De ser así, bastaría con establecer una tabla con los parámetros “permisibles” de enamoramiento, tal como los máximos de velocidad: 90 Km. máxima velocidad permitida... antes de ser sujeto de una infracción. Su equivalente en cuestiones amorosas sería algo así como: “90% de enamoramiento máximo permitido”... antes de pasar a formar parte del grupo de tontos. O quizá, parafrasear las advertencias de los empaques de medicina: “el amor es de empleo delicado, no se consuma si se padecen deficiencias emocionales, ya que puede ser contraproducente”
Pero ¿y entonces para que tenemos el corazón, el hígado y el cerebro?, ¿semejantes órganos para tener que establecer un límite al amar? [esto me recordó una frase del film Jeux d''enfants, donde el Julien treintón se dice así mismo: “tener un auto que corre a 280 Km. y no poder conducirlo a más de 60 Km., eso es ser adulto”] Cada quien de acuerdo a su experiencia personal tendrá una posición al respecto; habrá quienes coincidan con la tesis de la escritora gringa de Mujeres que aman demasiado (Robin Nerwood); habrá quienes no. Creo que al final de cuentas la mayoría acabamos olvidando nuestros buenos propósitos de “esta vez no me voy a enamorar a lo tarugo... primero voy a ver como funciona la cosa y luego ya decido si me conviene enamorarme o no...”. Ajá! Aún no conozco a nadie que lo haya logrado; alguien tan pragmático -bueno no sé, quizá algún hombre y eso, a medias. A veces pienso que me gustaría hacerlo, no estaría mal poder controlar de vez cuando mis sentimientos, blindar mi corazón, hígado y cerebro; vacunarlos contra el enamoramiento. Pero otras recapacito y me digo: pues ni que fuera robot, si controlo y blindo mis emociones (ya con la sutil coraza que me he ido formando a lo largo de mi vida es suficiente), voy a parecer una máquina. Este es uno de los grandes dilemas de mi vida.
Reflexiono estas loqueras mientras en mi cabeza aún retumban las palabras de mi tía Vicky, hermana mayor de mi papá, quien el sábado pasado no se cansó de decirme “hijita que tu no piensas sentar cabeza, casarte y tener hijitos”; “mira, hija que la pasión pasa, no es importante, lo que perdura es la comprensión”; “que importa que el hombre no te haga sentir mariposas en el estómago”; “lo quieres para casarte y formar una familia, lo que necesitas es pensar con la cabeza y no con el corazón”; ý yo, ya medio harta de sus repetitivos consejos, le interrumpí diciendo ¿o sea que el matrimonio no tiene nada que ver con el amor? La pobre ya no me contestó, yo aproveché para preguntarle ¿te sirvo más café? No hija, si tomo más se me quita el sueño, me contestó mi tía y no volvimos a cruzar palabra hasta bien entrada la noche, cuando nos despedimos (de seguro a estas horas ya le habló por teléfono a mi papá y le dijo: hay mano, Marichuy es bien rara, sabrá Dios a quien salió esa hija tuya)

Después de esa reunión familiar, al llegar a mi casa me puse a buscar un viejo libro de Ángeles Mastretta Mujeres de ojos grandes, no pretendía leerlo todo a esa horas de la madrugada, mi objetivo era uno de los 40 breves relatos, uno que inicia con una frase que, pese años que tengo de haberlo leído, aun recuerdo con claridad:
“La tía Daniela se enamoró comos se enamoran siempre las mujeres inteligentes: como una idiota” [como una ídem, al leerla, me sentí reconfortada porque la memoria no me falló y porque si no fuera por esto, las novelas de amor y la vida serían muy aburridas]
Leyendo esto a las tres de la mañana, concluí que lo tonto no es el amor, lo tonto es el desamor; la tonta no es la que ama, sino el tipo que no atesora ni quiere entender ese amor, ni los poemas de Guillaume Apollinaire, o los de Quevedo.
“Cuando un hombre que está vivo te hace llorar, hay que dejarlo. Sólo se llora por los amantes muertos”. Clara Obligado
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