
Aquel sábado, después de un tiempo de vivir casi como ermitaña en medio del mundanal ruido, negada a salidas grupales nocturnas y a la asistencia de reuniones multitudinarias (la misantropía la seguía muy de cerca), casi a rastras consiguieron sacarla de su ermita para visitar un Antro. El elegido resultó ser uno de los pocos en cuya puerta no hay un par de cadeneros mal encarados, empecinados en cobrarse –en la persona de los aspirantes a clientes- todas las afrentas, humillaciones y discriminaciones clasistas padecidas durante su infancia y adolescencia. (si hay un sitio donde el racismo y complejos de clase pelean la supremacía, esa es la puerta de entrada de los antros ). Nada más lejano en Mama Rumba, cuyos cuidadores sin ser Lord Byron distan mucho de las ínfulas de aquellos dedicados a valorar la apariencia de los concurrentes para rechazar a todo aquel cuyo look desentone con la decoración del lugar. Pasada la media noche, franquearon la puerta de acceso y el ambiente ya estaba en su apogeo. Ir a Mama Rumba quiere decir ir a bailar. Ahí no hay espacio para otra cosa que no sea seguir el cadencioso y rítmico paso marcado por la música cubana. Sólo bailar; si uno quiere platicar habrá de salir y buscar otro sitio porque dentro el mar de gente y el sonido de la música lo vuelven un diálogo de gritos sordos. Accedió a ir con la condición de que no la obligaran a bailar, sólo quería ver, observar como un voyeur descarado. Y así, instalada en su cómoda posición, no tuvo empacho en dedicarse a desnudar, en sentido figurativo desde luego, a la concurrencia; verlos como de lejitos, como si fuesen habitantes de otro mundo y ella se hallase instalada en una dimensión distinta. Ella la observante que ha invadido el reino del sagrado esparcimiento; ella que los mira divertirse, bailar, coquetear, beber mojitos como si fueran simples limonadas, dejarse llevar por el rítmico sonido emitido por el grupo cubano que ameniza el lugar. Atestiguando cómo el ritmo candente cede su lugar a uno más cadencioso y romántico con la aparición del cantor estelar, quien con voz pastosa y sensual desgrana las notas de lágrimas negras y con ello los cuerpos se pegan aún más, acompasando sus movimientos con gozosa cachondez. La concurrencia asidua a Mama Rumba (al menos a primera vista) no se parece en nada a la que suele frecuentar los Antros donde imperan el tecno y demás ritmos modernos. En este lugar, la posmodernidad kitsch se mezcla sin problemas con la nostalgia sesentera. La observante se concentra en un animado grupo de féminas entre los 25-30, dignas representantes de esa subespecie denominada "radical chic": niñas bien pero con barniz de intelectual progre, un poco a la imagen dela gauche caviar (sin ánimo peyorativo) o en lenguaje coloquial chilango, tránsfugas de los 60's en versiónfashion posmoderna, donde los huaraches artesanales y las margaritas en el pelo han sido sustituidos por sandalias Prada y foulards de seda enredados en la cabeza a manera de turbante, lo cual confiere a sus portadoras -hay que decirlo- un aire de atractivo misterio. Más allá de su apariencia, que con sus más y sus menos es muy similar, todas estas chicas parecen gozar al máximo, como si estuviesen en éxtasis (igual se habrán metido una dosis de ídem), con estos ritmos tan "calientes". Uno las mira y pensaría que crecieron en el Caribe, así de gozosas se ven bailando esos ritmos que hasta no hace mucho tiempo eran considerados demasiado populosos y por ende despreciados por los clasemedieros aspiracionales acostumbrados a pasar sus fines de semana bailando hasta el amanecer en el Baby'O de Acapulco (Antro legendario, que contra todo pronóstico ha sobrevivido a un sinfín de crisis y modas), o en alguna boîte de Cancún. Pero ahora… cómo han cambiado los tiempos y los gustos, a partir del indeterminado día en el que la música grupera y tropical dejó de ser vista como naca, propia de bailes populares, pasando a formar parte del acervo musical de los DJ de las discos más chic. (un factor que favoreció esto, dicen, fue la exitosísima película Y tu mamá también, cuya banda sonora es recordada, en especial, por una canción de los Bukis). Y ella, la voyeur descarada, se dedica tan sólo a mironear, agazapada en un punto estratégico donde el campo de visión es inmejorable, recreándose con esas mujeres, casi con envidia pues ellas no necesitan de sus acompañantes hombres para pasarla bien y bailar desenfadadamente –mientras ellos lucen menos dichosos, concentrados en beber mojitos no parecen compenetrados con el ambiente, alguno luce expresión de fastidio, como si el entorno le resultara ingrato por más que ahora sea casi chic escuchar música cubana y beber mojitos-. Pero claro que hay un motivo adicional para la algarabía de ese grupo de mujeres posmo progre: los atractivísimos meseros cubanos, cuyo perfecto torso es remarcado por ajustadas camisetas con la bandera de la Isla en el pecho, quienes sonríen y de vez en cuando guiñan el ojo a esas niñas tan chic que los miran con indisimulada codicia, mientras entre ellas apuestan quién será la suertuda que se ligará a alguno de ellos… el que sea, lo importante es demostrar quién puede más. Y la voyeur que atestigua las apuestas, hace la propia a favor de una trigueña de inmensos ojos cafés, quien al bailar parece desprender fuego. Las horas avanzan, el sitio empieza a vaciarse y las chicas no cejan en su labor y, claro, la voyeur descarada tenía razón: la trigueña es la suertuda… lástima de no haber apostado públicamente, dice para sí la observante cuando por fin, casi a rastras, es sacada del Mama Rumba por sus amigos, quienes lamentan que haya pasado una noche tan aburrida...
Post Scriptum. Hablando de voyeurs, miradas e historias imaginarias, hoy me toca mi turno en el blog colectivo Escribidores y Literaturos, mi texto, un relato sobre un amor desmesurado: el infierno
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