Alguna vez ya he divagado aquí sobre eso que llaman felicidad. De aquel post recuerdo que entre los comentarios, aún en su diversidad, la constante fue el cuestionamiento del concepto mismo de felicidad, tan variable de persona a persona, así como, evidentemente, el que sus generadores sean tan diversos como diversa es la forma de pensar de los humanos. Alguien decía no creer en la felicidad como un todo, sino como un algo fragmentado, como intermitentes momentos de dicha, pequeños instantes felices. Repensando en ello, y en el entendido de que no existe un concepto único de felicidad, diría que el primer golpe de felicidad –en el más amplio sentido de la expresión- del que tengo memoria, se remota a mis casi seis años. Eran las vacaciones de verano previas a mi ingreso a la primaria y pasábamos unos días junto al mar. Una playa casi vacía, quizá debido al día nublado (como suelen ser los días del fin del verano en México). Aunque casi vació, es de suponer que además de nosotros había más gente, pero yo sólo recuerdo a los miembros de mi familia, casi todos adultos, y a mí... la niña que descubría la mar, en el Océano Pacífico. Ojalá alguien hubiera registrado para la posteridad la expresión de mi rostro lleno de azoro ante la inmensidad de ese mar tan azul. Estoy segura que mis ojos se abrieron desmesuradamente al ver la feroz belleza de las olas rompiendo en las rocas. Yo con un traje de baño color rosa, cuyo único adorno era una especie de estrellita amarillo oro situada a la altura del corazón. Mi familia siempre ha sido extraña, así que no se ocupaban de cosas normales como tomar fotos de niños, mejor sentarse a contemplar el panorama desde una palapa y beber agua de coco, mientras yo, que siempre he sido curiosa y algo imprudente, me entretenía en marcar la arena húmeda con las pequeñas huellas de mis pies. Literalmente obnubilada ante la belleza del mar, caminaba sin pensar, menos medir consecuencias, y justo cuando más absorte estaba en mi contemplación… una violenta ola arremetió contra mí poniéndome tremendo revolcón. Sólo en ese momento mi familia pareció recordar que yo andaba por ahí y alguno de ellos me ayudó a ponerme en píe, mientras yo trataba de recuperar la calma después de semejante caída, aún con el sabor salado del mar y con mis ojos irritados por el golpe de agua. Pero ni lloré ni le sentí aversión al mar; únicamente una mezcla de respeto y admiración ante su fuerza misteriosa y violenta. En minutos olvidé el susto (y el golpazo) y seguí ahí... feliz mirando al mar. Han pasado los años y aún recuerdo con claridad ese pequeño instante en el que salí volando presa de una extraña sensación que unía la sorpresa y el sobresalto a una indescriptible emoción. Un golpe de felicidad, cuyo embate me tomó por sorpresa tanto como la ola que me puso semejante revolcada. Traigo al presente esta anécdota tan, literalmente, infantil, porque la mañana de ayer leí un artículo periodístico: la miseria feliz, en donde el escritor Juan Villoro comenta el resultado de la encuesta sobre la percepción de la felicidad a nivel mundial realizada por la empresa Gallup: ¿Qué país es el más feliz (sus ciudadanos dicen serlo) y qué país es más el menos feliz? De la cual se obtuvo como resultado que Nigeria es el país más feliz de la tierra y Francia el campeón del bonjour tristesse.
“(…) Resulta imposible evaluar la dicha al margen de cada sociedad. Las ilusiones son tan cambiantes como los países. Quienes saben que las cosas podrían estar mejor no se declaran satisfechos. En este sentido, el descontento es un atributo de la conciencia crítica. (...) 'Sólo un cretino es feliz de tiempo completo', comenta Umberto Eco. (...)”
Desconozco cuáles son los parámetros de medición para algo tan subjetivo e intangible como me parece es la felicidad. Asimismo, no sabría decir si en la encuesta visualiza a la felicidad como un estado o si su conceptualización considera las intermitencias en donde se alternan momentos dichosos con otros que no lo son tanto. Como sea, llama la atención eso a lo que alude el título del artículo de Villoro: que los cinco países más felices –con cierta excepción en lo que respecta a Brasil, rankeado en tercer lugar-, lejos están de ser altamente desarrollados o de caracterizarse por una distribución de la riqueza medianamente equitativa. Al respecto, dice Villoro:
“(…) en Nigeria la alegría no es el resultado de una vida satisfecha sino la promesa de que la vida es posible. De manera equivalente, en Francia, cierta dosis de nihilismo no es un síntoma de suicidio sino el sofisticado requisito para la aceptación. En el fondo, ser alegre en Nigeria se parece bastante a ser triste en Francia. En ambos casos la adaptación viene de un problema: donde hay carencia, hay expectativa…”
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