«parece claro que la profecía «massmediatica» encuentra sus auténticas raíces no como quieren hacer creer, en el descubrimiento anticipado de nuevos poderes, sino en una visión pesimista del hombre, de este Antropos eterno, dividido entre Eros y Tanatos, y lanzado a definiciones negativas» [Pierre Bourdieu y Claude Passeron. Citado por Umberto Eco en Apocalípticos e integrados]
Mi niñez transcurrió entre visitas a hospitales y el estoico aguante de raros emplastos y docenas de inyecciones; de los seis a los once años mi salud no fue buena, aunque no diría que padecí muchas enfermedades, sólo dos. Una, debilidad de las vías respiratorias, incluido un soplo pulmonar. La otra, alergia al sol de por vida. En la actualidad, todo mundo es alérgico al sol y se protege untándose bloqueadores y demás menjunjes; pero cuando se tienen siete años, verse -y que los demás lo vean- el rostro decorado con enormes ronchas y postulas, representa un tormento más insoportable que recibir docenas de piquetes intramusculares. Después de recorrer todo el espectro médico y consultar a diversos especialistas, fueron unos estudiantes de la Especialidad de Dermatología de un Hospital de Asistencia Pública (de quienes fui su conejillo de indias) los que dieron con el diagnóstico preciso y la fórmula medicinal adecuada para atender el padecimiento de mi piel. A consecuencia de tanta sobreexposición ante extraños, me volví una niña tímida y miedosa y rehíce la máxima de Porfirio Díaz "de los gringos y del sol, entre más lejos mejor"... para siempre. Con estos antecedentes, cualquiera habría pensado que mi vida posterior sería un eterno periplo hospitalario, acompañado de la constante preocupación-sospecha por algún nuevo padecimiento. Nada más lejano. Por alguna extraña razón, después de esa etapa de sensibilidades extremas, me volví tan sana que a veces mi familia me reprocha el porqué, mientras ellos sufren repetitivas gripes y un sinfín de achaques, yo no me enfermo de nada. La Ley de las compensaciones, imagino, la cual debe influir para que mi familia esté copada de hipocondríacos... inmersos, a su vez, en una sociedad vuelta hipocondríaca a fuerza de tanta parafernalia mediática. Ante esto, sólo quedan dos opciones: el contagio o la insensibilidad.
Quizá gracias a esa hipocondría social, la salud humana se ha convertido en un boyante negocio para un grupo de charlatanes y médicos de dudosa honorabilidad, quienes prometen aliviar todo tipo de enfermedades orgánicas, discordancias estéticas y desarreglos varios, en menos de lo que la luna cambia de fase. Sólo falta que nos prometan, ya no una belleza a lo Monica Bellucci (cada quien sus proyecciones, desde luego) en diez sesiones, sino también, volvernos inteligentes y sabios en el mismo lapso... olvidando que, como dice un amigo, la estulticia no es gripe para que se quite con píldoras ni jarabitos. Y esa proliferación de promesas milagrosas, ha encontrado un fértil terreno para su crecimiento y reproducción: tal parece que en una relación directamente proporcional al desarrollo y modernización de la sociedad, esta se ha vuelto más y más hipocondríaca. Tengo una querida amiga, Doctora en Economía, que apenas vislumbra un mínimo asomo de dolor, así sea sólo un reflejo, sin pensarlo más se toma un Dolac. Eso, si el malestar se presenta en horas inhábiles, porque de lo contrario, inmediatamente llama a su Doctor y de paso aprovecha para consultarlo sobre cualquier nimio achaque... posible. Y mi amiga es la normal. Una de las hermanas de mi padre, es un todo un caso. Ella va de temporadas en las que únicamente se trata con medicina alópata (las más de las veces para curarse de padecimientos imaginarios), a otras durante las cuales la medicina alternativa, infusiones de hierbas y posiciones de yoga, son sus únicos remedios contra los males que no padece, pero que quizá podría llegar a sufrir en un futuro... literalmente se cura en salud. Como no trabaja, si algo le sobra... es tiempo... para consultar toda clase de fuentes de información al respecto y ensayar variados remedios preventivos (y posiciones yogui).
En cuanto a mí, ya dije que casi nunca me enfermo y, así de soberbia debo ser, me creo lo suficientemente fuerte para resistir altos niveles de dolor físico (cólicos estomacales, jaquecas), por lo que sólo cuando el dolor me resulta verdaderamente insoportable (cosa que no recuerdo cuando fue la última vez que sucedió) me decido a consultar a un médico. No soy vegetariana, pero no como carne de vacuno ni de porcino, lo cual para mi padre equivale a una forma de hipocondría. Es posible. Después de todo, lo dice el hombre que sin padecer del corazón ni tener antecedentes familiares cardiovasculares, todas las mañanas se toma un gordo diente ajo acompañado por una cucharada de aceite de olivo extra-virgen y por las tardes completa su Santísima Trinidad Preventiva de los males cardíacos... con una copa de vino tinto. Dice él: me moriré de viejo (o atropellado por un auto), pero del corazón, triglicéridos o colesterol elevados... NO.
Y de las otras hipocondrías... como los delirios de persecución, la recurrencia de sueños en los que los Dioses del Olimpo se postran a nuestros pies o en los que somos partícipes de memorables bacanales grecorromanas (desafortunadamente, nunca he experimentado semejantes sueños y no saben cómo envidio a quienes sí los han disfrutado), ya intentaré divagar en otra oportunidad.
Ya para terminar con mi hipocondríaca divagación, un divertido retrato de los posmodernos hipocondríacos (recibido vía mail), pero debo curarme en salud y advertir que mi trastocado sentido del humor me lleva a encontrar gracia donde no la hay, por lo cual es posible que este mensaje humorístico no les parezca nada gracioso. De ser así, ustedes dispensarán mi simpleza...
"Para Adultos Contemporáneos seudo-intelecto-neuro-hipocondríacos... es decir: nosotros...
Dicen que todos los días tenemos que comer una manzana por el hierro y un plátano, por el potasio. También una naranja, para la vitamina C, medio melón para mejorar la digestión y una taza de té verde sin azúcar, para prevenir la diabetes y retardar la oxidación.
Todos los días hay que tomar dos litros de agua (sí, y luego mearlos, que lleva como el doble del tiempo que llevó tomárselos).
Todos los días hay que tomarse un Activia o un Yogurt para tener 'L. Cassei Defensis', que nadie sabe qué es eso, pero parece que si no te tomas un millón y medio todos los días, empiezas a ver a la gente como borrosa.
Cada día una aspirina, para prevenir los infartos, más un vaso de vino tinto, para lo mismo. Y otro de blanco, para el sistema nervioso. Y uno de cerveza, que ya no me acuerdo para qué era. Si te lo tomas todo junto, por más que te dé un derrame ahí mismo, no te preocupes pues probablemente ni te enteres.
Todos los días hay que comer fibra. Mucha, muchísima fibra, hasta que logres defecar un sweater. Hay que hacer entre cuatro y seis comidas diarias, livianas, sin olvidarte de masticar cien veces cada bocado. Haciendo un pequeño cálculo, sólo en comer se te van como cinco horitas.
Ah, después de cada comida hay que lavarse los dientes, o sea: después del Activia y la fibra los dientes, después de la manzana los dientes, después del plátano los dientes... y así mientras tengas dientes, sin olvidar pasarte el hilo dental, masajeador de encías, buche con Plax...
Mejor amplía el baño y mete el equipo de música, porque entre el agua, la fibra y los dientes, te vas a pasar varias horas por día ahí dentro.
Hay que dormir ocho horas y trabajar otras ocho, más las cinco que empleamos en comer, veintiuno. Te quedan tres, siempre que no te agarre algún imprevisto. Según las estadísticas, vemos tres horas diarias de televisión. Bueno, ya no puedes porque todos los días hay que caminar por lo menos media hora (dato por experiencia: a los 15 minutos regresa, si no la media hora se te hace una hora).
Y hay que cuidar las amistades porque son como una planta: hay que regarlas a diario. Y cuando te vas de vacaciones también, supongo. Además, hay que estar bien informado, así que hay que leer por lo menos dos diarios y algún artículo de revista, para contrastar la información. ¡Ah!, hay que tener sexo todos los días, pero sin caer en la rutina: hay que ser innovador, creativo, renovar la seducción. Eso lleva su tiempo. ¡Y ni qué hablar si es sexo tántrico!! (Al respecto te recuerdo: después de cada comida hay que cepillarse los dientes!).
También hay que hacer tiempo para barrer, lavar la ropa, los platos, y no te digo si tienes perro u otra mascota... ¿Hijos?
En fin, a mí la cuenta me da unas 29 horas diarias. La única posibilidad que se me ocurre es hacer varias de estas cosas a la vez, por ejemplo: Te duchas con agua fría y con la boca abierta así te tragas los 2 litros de agua.
Mientras sales del baño con el cepillo de dientes en la boca le vas haciendo el amor (tántrico) parado a tu pareja, que de paso mira la TV y te cuenta, mientras barres. ¿Te quedó una mano libre? Llama a tus amigos. ¡Y a tus padres!! Tómate el vino (después de llamar a tus padres te va a hacer falta). El Yakult con la manzana te lo puede dar tu pareja mientras se come el plátano con el Activia, y mañana cambian. Y menos mal que ya crecimos, porque si no nos tendríamos que clavar un Danonino Extra Calcio todos los días.
¡Úuuuf! Pero si te quedan 2 minutos, reenvíale esto a los amigos (que hay que regar como las plantas) mientras tomas una cucharadita de All Bran, que hace muy bien... Y ahora te dejo porque entre el yogur, el medio melón, la cerveza, el primer litro de agua y la tercera comida con fibra del día, ya no sé qué estoy haciendo pero necesito un baño urgente. Ah, voy a aprovechar y me llevo el cepillo de dientes...
Si ya te lo envié antes, perdona.... es el Alzheimer que a pesar de tantos cuidados no lo he podido combatir"
ADENDA. Es un abuso después de semejante aporreo, pero la canción en verdad es divertida. Dice la cantante del grupo Amélie-les crayons:
















