adaptaciones

Me niego a vivir en el mundo ordinario como una mujer ordinaria. A establecer relaciones ordinarias. Necesito el éxtasis. Soy una neurótica, en el sentido de que vivo en mi mundo. No me adaptaré de mi mundo. Me adapto a mí misma. [Anaïs Nin.]

octubre 29, 2009

en mis sueños


Como la gran mayoría, supongo, de niña soñaba más que de adulta. Antes, mis sueños duraban casi toda la noche y yo podía recordarlos con exactitud a la mañana siguiente. Soñaba en tecnicolor, como si presenciara una película en la que yo no siempre era la estrella principal, pero sí jugaba un papel determinante. Aquel sueño de volar, que ya conté alguna veza en este blog, es de mis favoritos pero no el único que añoro. No sé cuándo empecé a dejar de tener sueños fantásticos, los cuales fueron reemplazados por otros sin la menor gracia y a veces, bastante ingratos (soñar con cuestiones laborales o que el Jefe se entrometa dándote órdenes en tus sueños, no sólo es pesadillezco, suena a castigo divino). El día que los sueños poco gratos y nada interesantes se volvieron la norma, desee dejar de soñar mientras estuviera dormida y enfaticé mi costumbre de hacerlo despierta; así podía controlarlo todo, dirigir mi propia película, elegir la trama a tono con mi ánimo y las ansias del día. Claro que la voluntad no lo puede todo y los otros sueños no desaparecieron sólo porque yo lo deseara. Sigo experimentándolos noche a noche, pero ya no me preocupa, pues  gracias a un mecanismo de mi caprichosa memoria... hace tiempo que ya no recuerdo lo que soñé la noche anterior...


Hasta ahora. Anoche, más bien esta madrugada, tuve un pequeño y extraño, pero gratificante sueño. Soñé con alguien muy querido, muerto desde hace algunos años y al que todavía extraño; pero con quien jamás había podido soñar, por más que todas las noches al acostarme me concentraba en su imagen, con la vana esperanza de que esto influiría en mis ondas cerebrales y yo terminaría soñando con él. Pero nada; nunca sucedió. Y ahora, así de pronto, sin que hubiese pensado en él, lo soñé, tan natural, tan él mismo, tan vivo. Casi como estoy viendo ahora la pantalla de la laptop y de reojo miro el relojito, torturándome porque el tiempo se me termina, lo que significa que ya debo cortar esta divagación para irme a trabajar. Así soñé a mi mejor amigo; vivísimo, con su rostro libre de los estragos de esa enfermedad que lo condujo a la muerte; animoso, cínico; dándome lata como era su costumbre; recordándome que la vida es caraja, dura apenas dos días y con tantita mala suerte, en uno de ellos llueve. Pero sobre todo, repitiéndome que dejar pasar, perder oportunidades, en espera del gran amor de nuestra vida, es un albur de fallido pronóstico.


Me gustó soñarlo, escuchar su voz con ese tonito entre divertido e irónico que solía emplear para decir las cosas importantes... y lo mejor fue escucharme a mí respondiendo a sus bromas y consejas... como antaño, cuando él estaba aquí y yo tenía menos años y más ilusiones...


¿Tendrá algún significado especial, sea psicológico o esotérico, soñar con un muerto de esta forma?

AVISO INOPORTUNO. Sé que es casi un abuso, ya bastante agradecida debería estar porque me leen en este blog, como para que encima les invite a que me lean en otros. Pero qué le voy a hacer, como no tengo "agente de publicidad" ni "manager" (jajá), yo solita tengo que promoverme. Claro que esta promoción, como las ofertas comerciales, es sin ningún compromiso de su parte; igual que las llamadas a misa, el que quiere va y el que no pues no. Hoy me toca publicar mi colaboración mensual en el blog colectivo  escribidores y literaturos »; por si gustan leer, les dejo el enlace a mi relato: los dos Diegos 





imagen: La cama. Heri Marie Raymond de Toulouse-Lautrec

octubre 26, 2009

quién lo diría...

"El sexo es una trampa de la naturaleza para no extinguirse" Friedrich Wilhelm Nietzsche

Quién me lo iba a decir a mí? He vivido en el error... en esto y en otros muchos aspectos importantes de la vida, esto lo doy por descontado. Ahora vengo a caer en cuenta que los preceptos relacionados con el amor carnal, con el acto sexual, promovidos y defendidos a capa y espada -en pleno Siglo XXI- por el Vaticano, los cuales son seguidos a pie juntillas por el sacrosanto Episcopado Mexicano y, but of course, las autoridades educativas panistas de este país [muy en especial las guanajuatenses, capaces de sublimaciones tales como "El único medio garantizado al 100% para evitar el Sida y otras enfermedades de transmisión sexual es esperar hasta el matrimonio" "Para muchas personas, la virginidad es un tesoro que desean entregar a la persona más importante de su vida" y mi favorita, merced a la complejidad de su estructura filosófica: "La abstinencia y la fidelidad son acciones con efectos colaterales enormemente positivos en la reducción de embarazos no deseados y el aborto"], tienen todo... menos una esencia retrógrada. Y yo, oh blasfema de mí!, que hasta de permanecer enquistados en el Medioevo los he acusado, cuando en realidad... parecen haber abrevado en la filosofía (claro, interpretándola a su muy sabio entender) del gran Friedrich Nietzche. 

¿Habré de hacer penitencia por este pecado de pensamiento, palabra y omisión?

"Cuerpos tendidos, cuerpos
infinitos, concretos, olvidados del frío
que los irá inundando, colmando poco a poco.

Cuerpos dorados, brazos, anudada tibieza
olvidando la sombra ahora estremecida,
detenida, expectante, pronta para emerger
que escuda la piel ciega.

Olvidados también los huesos blancos
que afirman que no es un sueño cada vida,
más fieles a la forma que la piel,
que la sangre, volubles, momentáneas.

Cuerpos tendidos, cuerpos
sometidos, felices, concretos,
infinitos..."    
[Tarde. Idea Vilariño, poeta uruguaya]
       

imagen: Frontiere Mexique-Etats Unis, por Antoine D'Agata
1999 Villa Médicis hors-les-murs, AFAA


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octubre 23, 2009

miradas cruzadas



Aperitivo. A las dos de la tarde el pequeño restaurante se encuentra casi vacío, como arrullado por una brisa de tranquilidad envidiable. Lo contrario de la mente de ella, cuyo cúmulo de ideas encontradas le impide disfrutar del devaneo y embriaguez de una muchacha que tan bien narra Clarice Lispector en el volumen de cuentos que posa sobre su mesa, a manera de acompañante protector. Mira el libro y, no sin ironía, sonríe para sí misma; qué pesado le resultaría esperar así, en un sitio público, sin tener a mano tal atenuante. Pero esa tarde es por demás. No hay letras, por bien escritas que estén, que logren abstraerla de la creciente impaciencia causada por la tardanza de su cita. Desiste de los devaneos literarios e intenta dejarse envolver por la placidez que le rodea; apenas gira la cabeza en busca de alguien a quien pedirle una copa de vino, sus ojos tropiezan con los de un atractivo hombre sentado al fondo, que, al igual que ella, parece estar aguardando por alguien ignorante de la puntualidad. Él, entretiene su espera bebiendo sorbos de cerveza oscura, volteando de cuando en cuando hacia la puerta de entrada y de paso, como al descuido, observando a los pocos comensales ahí reunidos. Sus miradas se encuentran, pero casi de inmediato ambos las desvían en un gesto que no logra disimular su turbación.

Plato fuerte. Mientras saborea su copa de tinto, sintiendo un leve cosquilleo acariciar su lengua al paso del líquido color rubí, una mujer de edad indefinida cruza la puerta del restaurante y con paso decidido se aproxima a la mesa de él, quien sólo se percata de su presencia hasta después de apurar el último trago del lúpulo oscuro. Al encontrarse con el rostro de la recién llegada, sus ojos se agrandan y mientras retira la silla para que ella se siente, su mirada la recorre de tal forma... que la claudicante lectora de devaneos ajenos (totalmente absorta en la pareja), casi se estremece.

Postre entre nubes. ¿Cómo describir con precisión todo lo que algunas miradas son capaces de provocarnos? Imposible. La mirada puede revelar más que nuestras palabras y también, desmentir lo que decimos con la boca. El efecto que nos causa una cierta mirada lo sentimos en la piel, en la boca del estómago, en el cambiante ritmo del latir de nuestro corazón… y en otras partes más íntimas que no viene al caso nombrar, pues el erotismo escrito no es la especialidad de la casa y porque de intentarlo, sólo se terminaría ofreciendo un brochazo burdo y estereotipado. Son perturbaciones casi imposibles de trasladar a palabras, los cosquilleos que cruzan el cuerpo como ráfagas. Sensaciones y miradas casi olvidadas, que de pronto, inexplicablemente, se rememoran… sobre todo en madrugadas frías cuando aún contra la propia voluntad, vuelve a sentirse la caricia de aquella mirada cálida y serena, que en ese entonces pareció demasiado sensata para el vehemente espíritu de la lectora devenida voyeur de romances ajenos…

Café para terminar. Y para bajar de la nube de añoranzas de otras miradas, nada como un fuerte expresso doble, caliente como para quemar la lengua. Con eso… hasta la más soñadora voyeur vuelve a la realidad… justo a tiempo para pagar la cuenta

octubre 20, 2009

disculpa inconveniente


Antes que nada, preciso aclarar que esta entrada de ninguna manera pretende ser una proclama feminista. Nada más ajeno a mi ánimo. En todo caso, sería más fácil conferirle una lejana, lejanísima, aproximación con algún cuestionamiento de tipo existencial, de esos que surgen de vez en cuando y sin un motivo aparente (con la venia del existencialismo verdadero, por tratarse de algo menos trascendental).

Términos emparentados o nacidos de las emociones, todos femeninos: (luna), fragilidad, insatisfacción, locura, cordura, ternura, dureza, tristeza, alegría, melancolía, nostalgia, furia, bonhomía, indiferencia, sensibilidad, comprensión, frialdad, pasión... uff y así ad infinitum hasta llegar (faltaba más) a la histeria, cuya raíz griega ya trae a la femineidad indexada [su original en francés, la hystérie, es también femenino al igual que  la mer y la voiture (coche), a diferencia de nuestro idioma]. Más allá del ámbito científico, de las determinantes del Sistema Límbico, resulta significativo (al menos a mí me lo parece) que la mayoría de dichos vocablos, "emocionales" por llamarlos de alguna forma, sean femeninos.

Y quizá sea a consecuencia del octubrino y frío fin de semana recién vivido, justo a mi medida; o posiblemente, a que el otoño, mi estación favorita, generalmente me pone un tanto pensativa, casi reflexiva (ja!); o tal vez, a que siempre que hablo con cierta persona, sus palabras, sus consejas, sus buenos deseos para conmigo me dejan una sensación, más que de aceptación sin cuestionamientos, de un asentimiento resignado. Como si yo le simbolizara el karma que todos debemos cargar en la vida y que por ende, si no respondo al idílico modelo que alguna vez soñó para mí (y menos al que la sociedad me determinó de antemano), tiene que aceptarlo… simplemente porque la vida es así o, peor aún, porque es su deber natural. 

Siguiendo con esta divagación "otoñal-existencialista" y ya sea por una u otra razón o sin motivo alguno, en medio de mis cavilaciones llegué a una que resulta poco grata y probablemente suene demasiado anticuada, pero no por ello es menos cierta: aún en pleno Siglo XXI persiste esa manía de justificarse por todo; cuando no, de disculparse por ser como se es y no como los demás esperarían/desearían que uno fuera. Cual si existiera una fuerza superior que nos condujera (a hombres y mujeres, pero me temo que más a nosotras) a ir por la vida pidiendo dispensas por no ser un montón de cosas, por mencionar algunas: ni disciplinados ni dóciles; calladitos ni obedientes; creyentes y menos devotos; madrecitas abnegadas ni esposas sumisas o maridos ejemplares; crédulos ni condescendientes y así un largo etcétera de “incumplimientos” sociales y familiares, ante lo cual se llega a  sentir una especie de culpabilidad (aunque no se admita abiertamente) y por ende la obligación de ofrecer, cuando menos, una explicación... incluso, en el caso de las mujeres, hasta por no ser... feministas recalcitrantes (porque hay quienes piensan que una, por el sólo hecho de ser mujer debe serlo). Claro que no es una generalidad y habrá quienes jamás hayan resentido la mínima presión externa ni experimentado la incómoda sensación de verse a sí mismos como objetos de una observancia desaprobatoria y menos aún, de sentir la necesidad de excusarse por no responder a los patrones sociales establecidos. Lo que no estoy tan segura, es si estos afortunados son mayoría o si por el contrario, son la excepción que confirma la regla. De cualquier manera, tengo la impresión de que esa manía, debilidad o cómo se le quiera tipificar, y que más parecería propia de principios del siglo pasado, no resulta nada sencillo de dejar atrás...  ojalá sea sólo mi imaginación.

“Lo que hace que nos desesperemos es que queremos encontrar un sentido universal a toda la vida y que acabamos por decir que es absurda, ilógica, carente de sentido. No hay un sentido universal, cósmico, que valga para todo, solamente hay el sentido que nosotros damos a nuestra vida, un sentido individual, una historia individual, como una novela personal, un libro para cada uno de los seres humanos. Cuando se busca una unidad absoluta se comete un error. Lo que me parece justo es dar el mayor sentido posible a la propia vida.” Anaïs Nin


Esta canción tiene un cierto dejo de panfleto feminista, pero… necesitaba justificar el título de esta entrada, jajá

"Soy una mujer inconveniente
Tienes que tomarlo relajadamente
No te amo más que a mis gatos
Pero te amo mucho de a ratos.

[...]
Soy una mujer inconveniente
De ésas que son fieles relativamente
Dicen que no tengo moralina
Porque me desnudo en la cocina
Dicen que no tengo moraleja
Me gustan muchísimas... cosas."


[Fragmento de la canción Soy una mujer inconveniente de Liliana Felipe]



Lienzo de Paul Gauguin

octubre 17, 2009

fruslerías sabatinas otoñales... esperando a rick


 
 "El mar con destructora música invocando la helada quietud, la ciudad que la luz redescubre jubilosa. El ave gritando toscamente hacia un círculo que el agua desdibuja. Todo su amplia vigilia lo gobierna -a tientas sus señales conjuro, sus palabras invoco- menos el agua amenazando desde un duro jardín, menos el agua. El hombre está solo frente a la luz soñada por Dios. Los gritos de los ángeles, las aguas de la tierra por él han sido nombradas. He aquí que él se descubre soñado y acepta su señal: la furia de los ángeles, la nada, el olvido de Dios" Severo Sarduy
A veces me siento como si yo fuera una canción en constante repetición; dándole replay una y otra vez al mismo tema; casi como una obsesión. Y una de esas melodías, temas obsesivos para mí, es el mar.

Desde que tengo uso de razón, he sentido una especial fascinación por el mar. No por las playas soleadas, pobladas de cuerpos ardientes tostándose bajo los inclementes rayos solares. Sino por el mar, el océano agreste; misterioso, dueño de sí; noble y traidor al mismo tiempo; vasto, casi infinito. Cuando era niña, tenía una extraña afición (mis padres viven en la Costa del Pacífico Mexicano): por las noches subía a la azotea de la casa, me tiraba en el piso o en una hamaca y me queda ahí por horas, quieta con los ojos cerrados, escuchando cómo iba acrecentándose el sonido de las olas al estrellarse en las rocas, al pie de esos acantilados que tanto me impresionaban. Estar ahí, sólo escuchando el romper de las inmensas olas me producía una fascinación inexplicable; mi cabecita volaba imaginando los grandes misterios que ese mar guardaba y elucubraba sobre los muchos secretos que se habría llevado consigo para siempre. También, escuchaba historias, leyendas quizá, sobre pescadores que una madrugada salieron en busca de la mejor carga de pez sierra... y jamás regresaron. Y supe cómo ese mar de mi adoración llegó a límites de furia inimaginables, cuando  la devastadora Pauline tuvo a bien recordarle al arrogante hombre que, con todo y sus muchos adelantos tecnológicos y científicos, la naturaleza... aún manda... 

Y sé que suena casi como un reflejo de mi inconsciencia; una irresponsabilidad ciudadana de mi parte; una insensatez... pero es ese mar, hermoso en toda su frialdad, casi cruel y fiel a su sino indómito... el más atractivo y perturbador para mí...




 Primera foto:  Esperando a Rick en una playa de Acapulco  
Segunda foto: el huracám Rick en camino                           


octubre 16, 2009

palabras, palabras... tan sólo palabras



"Las palabras engañan, puesto que la palabra placer abarca realidades contradictorias, comporta a la vez las nociones de tibieza, dulzura, intimidad de los cuerpos, y las de violencia, agonía y grito" Memorias de Adriano. Marguerite Yourcenar
Las palabras se las lleva el viento… sólo lo escrito permanece… reza esa máxima, proverbio o cómo se quiera llamar, acuñada en un tiempo en el que ni se soñaba con el mundo virtual de la Internet. Adagio que aprendimos casi al mismo tiempo en que fuimos capaces de manuscribir las primeras frases de nuestra vida, y que puede tener tantas connotaciones como formas de entendimiento haya: desde la más etérea y romántica, hasta una meramente patrimonialista como el coloquial “papelito habla”.

Ahora, cuando cada vez se escribe menos en “papelitos” y más en medios magnéticos, y se encuentra bien extendida la costumbre de “subir” esos escritos a la Web, nuestras palabras tienen la permanencia casi eterna asegurada (el casi, pensando en un eventual cataclismo -no sólo informático-, de dimensiones bíblicas, pero dicho sin ánimo catastrofista).

Es una perogrullada… pero, al igual que en los demás aspectos de la vida, esa permanencia virtual de la escritura tiene sus pros y sus contras. Cuando uno mira hacia atrás y ve lo que escribió en momentos de profunda soledad, melancolía o al ardor de una intensa pero efímera pasión (por mencionar algunas circunstancias) y por si fuera poco, tuvo el atrevimiento de exhibirlo ante los ojos de un indefinido número de seres intangibles, a menudo no logra reconocerse en sus propias palabras:
¿Cómo es posible que yo haya escrito algo así, tan almibarado, cursi, amargado, depresivo, oscuro…?
…se pregunta uno, entre incrédulo, molesto, decepcionado e incluso avergonzado. Y entonces, sobre todo si el despecho nos inunda al momento de la relectura, uno desearía que el viento también pudiera arrastrar consigo esas letras… por más escritas y reescritas que estén. Pero el viento, como la memoria, suele ser un gran traidor (diría Anaïs Nin) y ningún ruego escucha. Las queríamos escritas ¿no? Pues escritas están… y escritas se quedan. Y ya podemos oprimir el botoncito delete en el teclado de la computadora, mandando al limbo el texto de nuestros bochornos (y hasta la página  web personal) y bailar un zapateado arriba de la memoria portátil. De nada servirá. En algún ignoto lugar del ciberespacio habrá una copia virtual de nuestro hoy renegado texto, lista para restregarnos las debilidades y exabruptos emocionales que hemos tenido... y además, no es improbable que eso suceda en el momento menos apropiado. Esto, sin considerar lo referido a su dudosa “calidad literaria”.

Pero en contrapartida y siguiendo con las perogrulladas, a veces uno quisiera que ese gran traidor soplara suave pero constante y nos trajera de vuelta ciertas (y entrañables) palabras que alguien nos dijo o escribió alguna vez, para acariciarnos con su sutileza, espontaneidad, sensualidad o ternura… cuando nos haga falta reconfortarnos ante la añoranza de ese alguien, a cuya ausencia aún no podemos acostumbrarnos.

Por ejemplo, hoy me encontré la cita que cierra este post y me sucedió que al leerla... esa gran traidora (la memoria) me trajo de nuevo las palabras que alguien me dijo (escribió) cierta noche de desvelo. No lo dijo exactamente con ese sentido ni con las mismas palabras, sino a su manera y eso fue lo mejor. Tampoco es que haya sucedido hace tanto tiempo; en realidad podría decir que fue apenas hace casi nada y sin embargo, esta noche, me parecen tan lejanos aquel momento y ese alguien… como si sólo hubiese sido un sueño o algo que mi cabecita alucinó... por obra y gracia de los litros de café de Coatepec que suelo consumir en noches lluviosas o nostálgicas...
 «…lo más importante nunca se cuenta. La historia secreta se construye con lo no dicho, con el sobrentendido y la alusión» Ricardo Pligia

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imagen: pluma, tomada del blog: magnolianegra

octubre 12, 2009

vuelo nocturno (otro)


 Partir c’est mourir un peu, mourir c’est partir tout à fait

Mientras se ubicaba en el último lugar de la fila indicada para documentar su equipaje, miró su reloj de pulsera: faltaban exactamente tres horas para que saliera su avión. En esos momentos, aunque no quisiera admitírselo ni a ella misma, aún albergaba la esperanza de que viniera; ingenuamente creía que tal vez llegara a la última hora (como en las películas); si no para pedirle que desistiera de su ida, al menos para intentar una despedida más civilizada. Fantaseaba semejante disparate aunque sin imaginar cuál sería su hipotética reacción. La fila era tan larga como ruidosa la sala; para entretener el tiempo de espera de su enorme bolso de mano sacó Doctor Zhivago; pero nada más verlo se arrepintió de no haber llevado consigo una lectura más ligera y sobre todo, alegre. El amor accidentado de Lara y Yuri Zhivago, el frío casi permanente que parece traspasar las páginas de la historia, no resultaban lo más aconsejable para su estado de ánimo. Por un instante pensó en encargar su lugar (como si estuviera en la tortillería) para ir a comprar alguna revista, pero en seguida desistió; después de todo, con lectura dramática o con los artículos de alguna publicación de cine (si tenía la suerte de encontrarla), su cabeza seguiría dándole vueltas al mismo tema. Así que mejor intentaría concentrarse en las desventuras de esos rusos.

"Y al cabo de los años y los años,
vuelve a mí tu voz para turbarme.
Leí toda la noche tu mensaje
viniendo de ti como a través de un sueño"/ El Alba (fragmento) tomado de Doctor Zhivago de Boris Pasternak

Conforme la fila avanzaba y ella se acercaba al mostrador de la Aerolínea, la pequeña esperanza de que él llegara se iba esfumando; curiosamente, el tiempo de aguardar por su turno que en otras circunstancias se le habría hecho eterno, en esos momentos se le estaba yendo con mayor velocidad de la deseada. Entre más pronto se documentara más rápido se despediría de su vana ilusión de verle aparecer. Un oficial de la aerolínea que creyó ver exceso de kilos en su equipaje, la  sacó de su inútil ensoñación cuando le preguntó si no deseaba pesarlo de una vez a fin de evitarse una sorpresa desagradable a la hora de documentarla y no supo quién se sorprendió más, si el empleado o ella, al ver que aún le faltaban 700 gramos  para llegar al máximo permitido. Una preocupación menos, le dijo él con una sutil sonrisa que ella intentó devolver sin mucho éxito. El peso de su maleta era lo que menos le preocupaba; sus esfuerzos estaban concentrados en ser lo más discreta posible para que nadie notara sus constantes y ansiosas miradas hacia el pasillo de acceso a esa sala... inútil esfuerzo de discreción... ni asomo de su arribo. El flujo de la fila continuaba a tan buena velocidad, que cuando se dio cuenta ya estaba frene a  una amable Señorita quien gentilmente le preguntó si deseaba asiento de ventanilla o pasillo, antes de entregarle su pase de abordar y desearle buen viaje. Muy bueno no lo creo, se respondió ella mentalmente antes de darle las gracias y dirigirse algo contrariada hacia el área de embarque; sus pasos denotaban con claridad su estado de ánimo, como si al caminar y quizá contra su voluntad, pisoteara los restos de esperanza que aún conservaba unas horas antes, cuando arribó al Aeropuerto.

A las ocho de la noche con cincuenta minutos el Vuelo 439 se enfiló hacia la pista de salida antes de tomar velocidad y minutos más tarde despegó con un movimiento suave; apenas empezó a tomar altura, dando ese giro con el que parece dar una vuelta completa a la Ciudad, ella posó su frente sobre la ventanilla desde la cual podían apreciarse las luces citadinas. Pero no miraba las luces, ni siquiera buscaba distraerse tratando de identificar los edificios que iban dejando a su paso. Esa noche su mirada y su mente estaban ubicadas en un espacio muy distinto... si así de fácil como se alejaban las luces y la propia Ciudad, todo pudiese dejarse atrás, sepultado bajo las sombras de la oscuridad, sería fantástico... pensaba mientras continuaba con la vista fija en la nada...
 
"Tú eres el bien de un paso que es funesto
cuando, aún más que un mal, vivir da nausea.
La audacia es la raíz de la belleza
y es lo que nos atrae el uno al otro"/ El otoño (fragmento), tomado de Doctor Zhivago de Boris Pasternak

Eran las nueve de la noche con treinta minutos y en un bar de la Terminal Aérea de donde minutos antes había despegado el vuelo 439, un hombre bebía en silencio su tercer vodka. Hacía más de tres horas que estaba sentado en el mismo sitio; solo, como ausente, sin percatarse del ruido emanado de la pantalla de videos ni de la escandalosa plática de un grupo de adolescentes festejando quién sabe qué cosa. Cuando llegó ahí, apenas tomó asiento, posó su mirada ansiosa en la pantalla electrónica que anunciaba las salidas y llegadas de los distintos vuelos; pero desde hacía cuarenta minutos había dejado de interesarse en dicha secuencia para concentrarse en sus tragos. Bebía con lentitud, sumido en sus pensamientos y con los ojos deambulando por algún sitio totalmente alejado del entorno que le rodeaba... quizá atisbando al interior del avión que aún surcaba el cielo mexicano, pero que en unas horas estaría cruzando el océano...

octubre 08, 2009

certeza e incertidumbre contra reloj


Sus discusiones empezaron el día en que él expresó su molestia y desacuerdo debido a lo mucho que ella gastaba en el supermercado, con la cantidad de tiempo que empleaba en hablar por teléfono con sus amigas o en visitar a su madre. El siguiente nivel de reproches tocó el tema de las constantes salidas de ella, su negación a permanecer en casa a la espera de que él volviera y la falta de atención que dispensaba a su pequeño hijo. Los reclamos fueron subiendo de nivel y de tono, aderezándose con todo el cúmulo de lugares comunes ofensivos con que suelen lastimarse los amantes cuando ya nada les acomoda. Él gritaba su desesperación y ella lo escuchaba con tal expresión de ausencia, como si sus gritos le tuvieran sin cuidado y mientras tanto, limaba sus uñas, hojeaba alguna revista de modas o se pintaba los labios. Y en esa tónica habrían continuado de no ser por la noche en que él, más molesto que de costumbre, le espetó que tantas horas fuera de casa "daban a qué pensar". Al oír esto, ella detuvo el delineado labial con su nuevo rouge à lèvres burgundy, se volvió hacia él con una mirada que más que enojo reflejaba burla y tras unos segundos de mirarlo así, con voz apenas audible puntualizó: 

"para engañarte no necesito pasar horas fuera de casa, me bastan cinco minutos bien empleados; así que no me fastidies porque te lo puedo demostrar... nomás para que hables con motivos"


Cinco minutos...


La cantidad de cosas que pueden cambiar en ese breve lapso de tiempo, es tan vasta como extrema. Un arrebato toma menos de cinco minutos y con uno es suficiente para modificar radicalmente situaciones, relaciones, acabar con la vida de alguien o con la propia, decir adiós a quien se ama o mandar al demonio al jefe en un arranque de mal humor o llevados por el hartazgo largamente acumulado, lastimar irremediablemente una gran amistad. Son tantas las calamidades que pueden ocurrir en apenas los trescientos segundos que duran cinco minutos. Pero también, ese pedacito de tiempo puede detenerse, ser suficiente para probar nuestro (el mío) escepticismo, poniéndonos delante algún prodigio... incluida la posibilidad de enamorarse... 

En asuntos de amores... cuánto tiempo es mucho, cuánto es poco, cuánto es suficiente cuando se trata de esperar el regreso del ser amado? Ese alguien que por alguna razón de fuerza mayor, debió marcharse lejos. Una ida, con mutua promesa de vuelta y espera, que se prolonga por años. Hasta cuánto esperar por su retorno? No lo sé; pero no alcanzo a imaginar que tanto quemará la ansiedad de aguardar por alguien en esas circunstancias. Años sin mirarse, sin saber que sentirá el otro, si aún sentirá; si en verdad será amor o mera lealtad lo que motiva la espera. La ausencia de alguien que no se ha ido permanentemente, pero de quien en el fondo tampoco tiene la total seguridad de su regreso, a la larga debe resultar más dolorosa que la de quien simplemente nos abandonó. La incertidumbre del no saber si volverá es desesperante; la certeza del abandono duele pero ya no cabe la duda. 

Y sin embargo, hay quienes aguardan largos años y se mantienen firmes con la ayuda de casi nada: apenas esporádicas cartas, alguna ocasional llamada telefónica y el resto del tiempo viven de alimentar sus recuerdos y delinear las mil maneras posibles para el momento del anhelado reencuentro. Al conocer a alguien así, es inevitable preguntarse en qué radica su firmeza, de qué están hechos esos seres, qué se necesita para aguantar años de espera incierta sin desfallecer... ¿qué los distingue?

¿Una inmensa capacidad de amar? ¿paciencia a toda prueba? ¿confianza en sí mismos y en el otro... qué es?  

Tampoco alcazo a dilucidar qué sea; lo único que sé... es que a veces... me gustaría ser así...





octubre 05, 2009

escribir para revivir

Empecé a escribir en el año 1965, cuando por primera vez contemplé la posibilidad de morir en un tiempo relativamente cercano; buscaba que mi paso por este mundo fuera recordado de algún modo. Un motivo egoísta, lo sé; pero preservar mi memoria era lo único que me quedaba para salvarme del olvido. Vivía sola en la gran casa que alguna vez albergó a mi familia; ya todos mis hijos estaban casados y su padre, mi marido, había muerto un par de años antes. Así que tras dos años de luto riguroso, rezos y aflicciones, mi vida cada día me resultaba más monótona. Los días marcados por las ausencias, la soledad y los recuerdos, empezaban a cansarme. Con pocas ocupaciones, casi sin nadie con quien hablar, en algún momento temí que la falta de alicientes me llevara a caer en la depresión y una cosa era que pensara la posible cercanía de mi muerte y otra muy distinta, que deseara apresurarla dejándome embargar por la tiricia, que bien sé, pude acarrearla. Así fue que me animé a escribir en este cuaderno las cosas que han pasado por mi vida; a mí y a mis seres cercanos, queridos y no tan queridos. A los 65 años yo era una mujer de pocos achaques, piernas fuertes y carácter apacible; pero lo que mejor tenía conservado era mi mente, mis intactos recuerdos. Habiendo nacido con el siglo, la cantidad de sucesos que me ha tocado presenciar es tanta que sería imposible recordarlos todos; aún así, con los  que he logrado retener me basta para llenar más de un cuaderno. Y sólo con los más importantes.

Inicié el recuento a partir del día en que cumplí quince años, porque fue entonces cuando adquirí plena conciencia del papel que me tenía reservado la vida: siempre a expensas de que otros decidieran por mí, mientras yo me resignaría a cumplir sus designios dócilmente. En 1915 no había otra manera de hacerlo. Cincuenta años después, al remembrar y escribir adquirí el protagonismo absoluto de mi existencia y por fin pude mover todos los hilos a mi parecer.

Decía al principio que me di a la tarea de escribir, para que a mi muerte mis recuerdos no murieran conmigo; no buscaba otra cosa más que eso. Pero durante el proceso de escritura las cosas han ido evolucionando de manera extraña, aunque en un principio no le tomé demasiada importancia pues pensé que era sólo mi imaginación. Conforme iba plasmándolos sobre el cuaderno, los recuerdos se tornaban tan vívidos; aromas, sonidos, formas, colores, rostros y voces parecían cobrar vida a medida que yo iba desgranando en letras sucesos ocurridos cuarenta, treinta, veinte años atrás. Al ir escribiendo pude revivir sensaciones tan lejanas, como la ansiedad que me inundó la noche en que me vi compartiendo el lecho por primera vez con un hombre, aquel con el cual acababa de casarme un día después de haber cumplido 19 años. Lo mismo, los espasmos y el miedo que antecedieron el parto de mi primer hijo; las sombras y el dolor en que me vi inmersa tras la muerte de mis padres; las pequeñas alegrías y muchas desesperaciones provocadas por mis hijos cuando eran pequeños; y así, un sinfín de hechos que he ido reviviendo día a día desde que empecé a llenar este cuaderno con las notas de mi vida. Mi memoria está preservada. Ahora sólo tengo una preocupación: cuando inicié esta escritura lo hice pensando que mi muerte ya no tardaría mucho en llegar; pero tal parece que escribir no sólo me ha permitido resucitar hechos de mi pasado y volver a sentir, tal como entonces, los placeres y penurias vividos en un tiempo tan lejano que ya sólo quedo yo como único testigo de su existencia. También me ha llenado de vida del tal forma que pese a los años que han pasado, yo sigo siendo tan saludable como cuando empecé y la verdad es que ya no veo la hora de terminar con estas notas. Cuarenta y cuatro años escribiendo día tras día, por más que lo disfrute, empiezan a cansarme. En unos días cumpliré 109 años y según mi médico de cabecera, mi salud es mejor que la de alguien de 65. Quería preservar mi memoria y guardar para la posteridad mis recuerdos. No preservarme yo.



octubre 04, 2009

prueba


 Jean Jullien



El mundo va para un lado y yo voy para el otro... así ¿cuándo nos vamos a entender?
Esto no es un post, tan sólo una prueba de edición... con la nueva plantilla y por eso tiene cerrada la opción de comentarios (además de que en realidad no hay nada que comentar). Es eso; nunca una grosería de mi parte.



"ya ves
nada es serio ni digno de que se tome en cuenta
nos hicimos jugando todo el mal necesario

ya ves, no es una carta esto,

nos dimos esa miel de la noche, los bares,
el placer boca abajo, los cigarrillos turbios
cuando en el cielo raso tiembla la luz del alba

ya ves,
y yo sigo pensando en ti,

no te escribo, de pronto miro el cielo, esa nube que pasa
y tú quizás allá en tu malecón mirarás una nube
y eso es mi carta, algo que corre indescifrable y lluvia.

Nos hicimos jugando todo el mal necesario,
el tiempo pone el resto, los oseznos
duermen junto a una ardilla deshojada"
[Julio Cortázar]


octubre 03, 2009

fruslerías sabatinas


Jean Jullien

Dejando del lado las eternas discusiones filosóficas y científicas (¿Aristóteles, Epicuro, Hipócrates?) en torno a lo qué es la felicidad; a lo que para cada quien signifique ser feliz; a su relatividad y naturaleza casi siempre egoísta o a si esta (la felicidad) no puede ser una condición permanente, sino la intermitencia de pequeños chispazos, de instantes luminosos que emergen de cuando en cuando en medio de una realidad sin mayores destellos, en ocasiones francamente insoportable y en otras, apenas tolerable a través de la evasión y la ensoñación de imposibles... y suponiendo sin conceder -como se dice cuando uno no quiere tomar una posición definitiva- que la felicidad exista...


¿será cierto que la felicidad de unos necesariamente se fundamenta en la desdicha de otros?

"les ofrezco disculpas porque estoy feliz mientras ustedes están tristes, pero nosotros ya estuvimos tristes muchas veces y ustedes ya fueron felices muchas más" (Lula Da Silva a los Jefes de Gobierno de España y Japón, tras la obtención de la sede olímpica para 2016)  


Adendum: no es que piense que el Jefe de Estado Brasileño es el filósofo que el mundo estaba esperando, pero ayer que leía su declaración -vertida en medio de su entendible algarabía-, por alguna razón y quizá de manera equivocada, percibí algo más que un mero acto de diplomacia o deportivismo: la necesidad de pedir disculpas por... sentirse feliz.

octubre 01, 2009

líneas paralelas


Querido

Este es la respuesta a tu llamada telefónica, abruptamente interrumpida cuando -calamidad de calamidades- sorrajé mi teléfono al piso y es que escucharte diciéndome (casi como si me dieras la absolución) que "me perdonabas" me pareció el colmo y no teniendo a mano nada más que mi teléfono... el pobre, la pagó (bueno, yo también porque ya sabes cómo se las gasta Carlitos Slim). Tan sé que esta no es la forma más apropiada para comunicarnos, como estoy cierta de tu negación (por no decir incapacidad) para leer epístolas manuscritas. No obstante, quisiera creer que la estrecha relación que mantienes con tus grandes amores, la Mac y el BlackBerry, obrará en beneficio de la lectura de esta misiva, cuyo único objeto es dejar en claro que tu "perdón" es lo último que me interesa y para que no te quede duda de ello, considero pertinente remarcar algunos puntos que quedaron un tanto borrosos. 

Alguna vez te dije que me sentía frustrada porque mi supuesta inteligencia (sic) no me había servido de gran cosa a la hora de elegir amores; no era quejumbre lacrimosa, apenas un vano intento de rebelión… sabida de antemano su derrota. A veces pienso en ti y viene a mi mente el tango Uno (para que no te quepa duda de mi cursilería supina); tú eres un poco como ese hombre que lamenta ya no tener el corazón necesario para abrazarse, sin dudar, al amor que se le ofrece sin pedir nada a cambio; careces del ánimo indispensable para dejar atrás tu maldita arrogancia, sin oponer resistencia ni lamento alguno. No hacía falta ser adivinador, para darse cuenta que mi demasiado orgullo me impediría conformarme con ser de uno más entre tus muchos planos a medio terminar. El tira y afloja de ese absurdo duelo de obstinaciones en que se convirtió nuestra relación, me desconcertaba. En el primer lance, tú avanzabas y yo me mantenía en guardia; insistías (sabías bien cómo tocar mi lado más sensible y débil) y cuando por fin lograbas obtener una reacción favorable de mi parte, respondías con estudiada indiferencia. Y eso no sólo me desconcertaba, me lastimaba (para decirlo en términos civilizados).

Creo que nunca entendí cuál era tu juego: si probar tu imbatible poder de dominación o si bien aquello que ensayabas conmigo, servía como bálsamo (ni tan calmo, debo admitirlo) en medio de tu colmada y agitada vida. No lo sé y a estas alturas ya no me importa saberlo. Sería poco elegante recordarte todos los aspectos que me hacen agradecer el que nuestra indefinible relación haya terminado. Ni al caso mencionar tu perenne olvido de las cosas importantes, porque siempre tenías la cabeza copada de trazos y números; tampoco recordar tu neurótica forma de trabajar, ni que en tu orden de prioridades de vida lo primero es tu brillante y demandante Carrera de Arquitecto, a la cual debe amoldarse todo lo demás, incluida, desde luego, tu pareja en turno. Estas son tan sólo las más representativas; el resto, tú mejor que nadie las conoce, porque, hay que reconocerlo, hipócrita nunca fuiste... lo tuyo es el cinismo.

Por último, para que no pienses que contestar por este medio a tu llamada telefónica fue un mero pretexto para cantarte mi resentimiento, hay algo que debo decirte, quizá lo más importante de esta misiva y por mucho que me pese... y no imaginas cuánto me pesa. Hubo un tiempo en que me importaste por sobre todas las cosas; lograste tocar mi sentidos de una forma que jamás entenderías, porque a veces ni yo misma la entendí. Si no te lo dije en su momento y quizá me reprimí de demostrártelo en toda su plenitud, fue porque estabas demasiado ocupado en tus diseños, ganando concursos y restregándole tus triunfos a tus rivales... como para prestar atención a algo tan insubstancial como las palabras de amor...

A manera de despedida, te dejo un poema (ya sé que te cargan los poemas, pero es sólo un pequeño fragmento) que venturosamente me "regalaron" ayer, como si adivinaran que lo iba a necesitar esta madrugada...
 

"A menos que el cielo se derrumbe,
la tierra sufra nueva convulsión
y quede convertida en planisferio,
no se consumará nuestra unión.


Los amores y las líneas oblicuas
pueden en los ángulos juntarse,
pero los nuestros son paralelos
y nunca podrán encontrarse."

[Andrew Marvell]



imagen: Marc Chagall. Birthday. 1915