adaptaciones

Me niego a vivir en el mundo ordinario como una mujer ordinaria. A establecer relaciones ordinarias. Necesito el éxtasis. Soy una neurótica, en el sentido de que vivo en mi mundo. No me adaptaré de mi mundo. Me adapto a mí misma. [Anaïs Nin.]

septiembre 28, 2009

ventana entreabierta

Alguna vez un visitante de este blog, mi acérrimo voyeur según sus propias palabras, decidió salir de su escondite y mostrarse dejándome un comentario; ha pasado tiempo de eso, pero aún recuerdo sus palabras:
"hoy dejaste tu ventana más entreabierta, permitiéndome apreciar cómo te despojabas de alguna prenda más de lo habitual"
Al leerlo fue inevitable no acordar con él: este asunto de la blogueada -para algunos, aclaro- es una suerte de acto desnudista; casi una impudicia como dice la escritora belga Amélie Nothomb. Es impúdico porque en cada escrito, uno va exponiendo ante los ojos de los demás -la mayoría seres intangibles y totalmente desconocidos- trocitos de su ser. Aún cuando esa no sea la intención explícita (quizá porque tienen razón quienes aseguran que el subconsciente siempre nos traiciona, dejando ver de nosotros mismos más de lo que en realidad quisiéramos), uno acaba desvelando ante esas miradas extrañas, parte de sus sueños, deseos inconfesables y pesares.

Aunque no exento de lógica, no deja de ser curioso que en ocasiones, una sea más "impúdica" en su blog (infinitamente más) de lo que es en su vida diaria. No pocas veces he sido objeto de reproches por parte de mis amigas (las mujeres somos más curiosas, ni para qué negarlo), quienes me reclaman que durante nuestros encuentros suelo darle la vuelta a las preguntas y temas que me atañen íntimamente, dejando ver poco de lo que pasa dentro de mí. Y tienen razón. Para ellas resulta sencillo, casi como respirar, contar sus más recónditos pensamientos, deseos y hasta pecadillos delante de las otras. Yo prefiero escucharlas antes que hablar de mí. No puedo; en verdad me cuesta mucho hablar de mi "en vivo", escuchar mi voz exponiendo ante los oídos de ellas todo lo que pasa en mi interior, las cosas que atormentan mi pensamiento y enmarañan aún más mi de por sí enmarañada cabecita, es algo que no se me da. Y creo que a estas alturas, ellas ya se han acostumbrado; llegan a mi casa, me piden una copa de vino, alguna musiquita y empiezan a compartir sus cosas; luego, a media jornada, con un par de copas dentro alguna de ellas dice:

"Marichuy eres una tramposa, mientras tú apenas hablas, yo ya te he contado mi vida y milagros en un santiamén"

Queja que no pretende más que dejar asentado un hecho por todas asumido, permitiendo, de paso, un respiro a la que habla, para enseguida continuar en sus soliloquios y diálogos entre ellas... conmigo como (casi) mudo testigo. Y si al final vuelven a la pregunta de siempre, aludiendo a que debo tener un diario con todo y efigie de hello kitty y candadito de rosita fresita, yo les respondo que mi cuaderno de notas (donde escribo lo importante) no precisa de candados protectores y que lo demás... está en mi cabecita... a buen resguardo.

Y por cierto, hablando de sueños desvelados hoy me toca publicar en el blog colectivo escribidores y literaturos » olor a mar

septiembre 24, 2009

bonjour tristesse

Ella está triste sin un motivo específico; no llora una pérdida reciente ni añora una larga ausencia; aún así, se sabe triste. Lo siente en todo su ser. Así lo entendí cuando en medio de una plática de lo más placentera y sin que viniera al tema, de pronto la escuché diciéndome: “¿sabes? últimamente he venido sintiendo una profunda y extraña tristeza”; y eso fue todo lo que dijo, ni un lamento más. Sin darme tiempo a articular palabra. Luego cambió abruptamente de tema y casi en seguida, terminó despidiéndose de mí con la exhortación habitual: “por lo que más quieras, ojona, pórtate mal… que al cielo ya no vas a ir.” Así, como si en un instante hubiese olvidado su infinita tristeza. Colgamos el teléfono; ella se fue a empezar el día y yo a terminar, durmiendo, lo que quedaba del mío. Pero no me fue fácil; tardé largo rato en conciliar el sueño y no por culpa del expresso  doble que me tomé antes del anochecer, el motivo de mi inusitado insomnio fue la tristeza de ella. Debe ser más que un disparate perder el sueño a causa de los pesares ajenos; sobre todo en alguien que ni siquiera por los propios deja de dormir. Pero me ocurrió; saber de su inesperada tristeza me dejó pensativa. Para mí, ella es el equivalente a lo que los japoneses llaman sensei y no sólo por haber nacido antes. Nuestra relación se rige por una especie de código no escrito. Ella es la mujer más cerebral que he conocido; la serenidad y sensatez encarnadas; buena escucha y mejor consejera porque nunca da un consejo si no se le pide, sin importar que se esté “muriendo de ganas por hacerlo” como me ha confesado más de alguna ocasión. Dueña de entereza tal, que si uno no la conoce bien puede parecer demasiado fría; nada más lejano. Cuando yo era adolescente solía decirme: “con una de las dos que sea sensible, cursi, chillona, melancólica y todo ese gran etcétera de emociones que te acompañan, nos basta. En alguna tiene que caber la cordura y esa soy yo, que no por nada he vivido más que tú.” Y sin embargo, esta madrugada, por una fracción de minuto, el hilo de su voz me pareció tan lejano al de aquella mujer que me consolaba de mis primeros descalabros sentimentales con más ironía que empalagos.

Finalmente, ya muy tarde me quedé dormida. Me amaneció demasiado pronto y supongo fue la falta de sueño lo que me llevó a levantara pensando en la tristeza… y no sólo la de mi amiga. Hacía frío (quizá era el desvelo) y a las siete de la mañana, con el cielo plomizo acrecentando la oscuridad que caracteriza a los amaneceres otoño/invernales, el día se avizoraba idóneo para decir bonjour tristesse.

Sobre la tristeza, Herman Hesse dijo (lo recuerdo inexacto; al Lobo estepario no lo toco desde la Secundaria) que la más dura no es la provocada por una dolencia física, ni siquiera la causada por una repentina pérdida, sino aquella que nace cuando uno conciencia en qué consiste la vida y cómo funciona el mundo (y que no hay mucho que pueda hacerse para mejorarlo, quizá). No estoy para refutar Herman Hesse, pero esa aseveración llevaría a concluir -de manera simplista, desde luego- que gran parte de la humanidad estaría sumida en una profunda tristeza, claro siempre y cuando tenga consciencia de lo qué es la vida y cómo funciona el mundo.

Pienso en mi amiga, en los motivos de su inmensa tristeza y no alcanzo a imaginar cuáles puedan ser (ni ella parece tenerlos claros); sin embargo, dudo que alguien tan centrado no hubiera concienciado desde tiempo atrás en qué consiste la vida y cómo camina el mundo, como para venirse a entristecer a estas alturas de la vida a causa de su tardío descubrimiento. Quizá, ella sólo sea una víctima más de la llamada tristeza global.

Me parece tan extraño estar escribiendo sobre una tristeza que no es la mía y más raro aún, mi vano intento por dilucidar los motivos de esa. De buscarle un remedio, ni pensarlo. Al igual que el amor, la tristeza no se puede controlar con un botón de encendido y apagado… aunque no estaría mal, en el próximo intento de mundo feliz, que algún geniecito se inventara el adminiculo para tal efecto.  

Mientras... bonjour tristesse



imagen tomada del blog tristeza global

septiembre 21, 2009

llamadas de medianoche II

Era una fría noche de viernes; una que podría haber sido igual a cualquier otra noche invernal, de no haber ocurrido aquella llamada telefónica que repentinamente me arrancó de los brazos de Morfeo y de mi recién recuperada tranquilidad nocturna; esa que por fin había  vuelto a encontrar, tras haber vivido un largo periodo de tensa calma a causa de otra (muy distinta) llamada de medianoche. Ese viernes, inicio de sábado, en la hora más rica de mi sueño (las dos de la madrugada con treinta y siete minutos, según indicaba el reloj digital posado sobre la mesita lateral), la campanilla del teléfono irrumpió en medio de un viaje esplendoroso por parajes remotos y húmedos. No sabría decir con exactitud cuántas veces timbró el teléfono, únicamente que yo aún estaba medio dormida cuando levanté la bocina y con voz amodorrada balbucee  algo parecido a un hola.

Al otro lado, una voz femenina, tan impersonal como artificiosamente profesional, saludó  y sin darme tiempo a nada me preguntó  en forma afirmativa:

¿Es el número 56 -- -- --?

En medio de mi confusión, le contesté con una torpeza imperdonable:
--¿Con quién desea hablar?

Y la dama, en perfecto dominio de escena, continuó:  

-- Señorita, le llamo del Hospital Xoco (inenarrable nosocomio de Asistencia Pública, estratégicamente ubicado frente al Panteón del mismo nombre y a donde van parar -principalmente- los accidentados y heridos de riñas callejeras y asaltos), para avisarle que aquí se encuentra gravemente herido el señor Salvador Ramírez; le estamos llamando, porque en su libreta de direcciones el Señor Ramírez trae este número telefónico para dar parte en caso de accidente.

Tras escuchar la última parte de su alocución, mis neuronas abruptamente abandonaron la modorra para instalarse en situación de alerta, al tiempo que un frío cosquilleo iba ascendiendo lentamente por mi espalda. Si bien, hasta donde mi memoria me permitía recordar, yo no conocía nadie con ese nombre, Ramírez es mi primer apellido por lo que el "en su libreta de direcciones traía los datos de usted", llevó a mi mente, confusa y asustada, a recordar casos concretos sobre extorsiones y asaltos vía telefónica. Consecuentemente, reaccioné de la única manera que mi escasa lógica me permitía: negando conocer al herido y colgando la bocina antes de que la dama terminara su contraataque, para luego ocultarme (de la manera más infantil) bajo las cobijas.

No bien terminé de taparme, el teléfono volvió a sonar; tomé el auricular y sobreponiéndome a mi temor, sin amabilidad alguna le contesté a mi interlocutora que por favor dejara de molestar y mejor se pusiera a buscar a los verdaderos parientes del herido... en caso de que tal historia fuese cierta; tras lo cual, aventé la bocina.

El teléfono volvió a sonar; esta vez no lo contesté y el timbre siguió sonando hasta que la contestadora automática se activó. Desde mi cama pude escuchar, uno tras otro, los varios (cinco quizá) mensajes que la dama fue dejando, subiendo a cada tanto el tono, en inicio intimidatorio, hasta llegar a ser francamente amenazante. Ahora que lo  escribo, no acabo de perdonarme por ser así de infantil, por haberme sentido tan asustada. Pero aquella noche, en verdad me sentí vulnerada en mi intimidad; como si un ojo de rayos X vigilara todos mis movimientos; apenas terminaba de grabarse un mensaje y yo ya temblaba esperando que entrara la siguiente llamada. Como tonta; como si tuviera seis años y las sombras de la noche aún me causaran pavor. Mi departamento no da a la calle, por lo que de estar estacionados frente al edificio (así lo imaginaba), los sujetos que estaban tras las llamadas no podrían verme a través de las delgadas cortinas. Aún así, me daba miedo salir de mi recámara; sentía que de hacerlo quedaría totalmente indemne ante el asecho de esos ojos extraños. No sé cuánto tiempo pasó en total, pues en uno de mis absurdos intentos por mantenerme a salvo bajo las cobijas, de un manotazo mandé el reloj al piso; sólo sé que a la sexta o séptima llamada, encontré ánimo para levantarme y sin siquiera encender la luz, andar descalza la distancia que separa mi cama del comedor (en donde se localizaba el otro teléfono y la contestadora). Soy friolenta por naturaleza, pero aquella madrugada literalmente me sentía como congelada; no sé si era la parálisis del miedo o el efecto producido por el contacto de mis pies desnudos con el helado piso. Llegué a la mesita del teléfono, justo cuando la mujer dejaba el enésimo mensaje y de un sólo movimiento, arranqué los cables del teléfono y la contestadora...

El suplicio de las llamadas concluyó; no obstante, la sensación del absurdo e injustificado miedo, junto con el frío estremecimiento recorriéndome el cuerpo... me acompañaron durante varias noches más.


 

Imagen: Gustave Caillebotte (Lluvia en Yerres)

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septiembre 19, 2009

temblores borrosos

“Ésta, la otra a cada paso, distinta a cada tumbo,
año con año, mes con mes, minuto tras minuto,
las calles mudan de nombres, de estilo y de fachadas
 y las aceras cambian de tinte y de baldosas,
como señoriales, inmortales culebras
que se petrifican y transforman al paso de los tiempos".

[Eduardo Lizalde Tercera Tenochtitlán (fragmento)]


Los recuerdos son vagos, lejanos; surgen tras las sombras del humo, del polvo levantado por los edificios caídos... desvanecidos por el velo de la caprichosa memoria. Aún ahora, sigo recordando lo leve  que sentí el temblor. En 1985 vivíamos al sur del DF, muy cerca de Ciudad Universitaria (zona asentada sobre restos de roca volcánica, que atenúa la sensación y efectos de temblores). Aquella mañana del 19 de septiembre yo estaba aún entre las sábanas, presa de una fiaca tremenda y sin ganas de ir a la escuela. De pronto sentí una sacudida, como si alguien meciera mi cama, al tiempo que escuché a mi abue decirme: "creo que está temblando" y a mí responderle: "ah, pensé que me había mareado" (un buen pretexto para no ir a la escuelita); luego continúe en mi preocupación escolapia. Después, la abuela volvió a decir algo: “prende la Tv para saber si el epicentro fue frente a las costas de Acapulco (mis padres viven allá), obedecí y encendí la Tv (nunca se interrumpió la energía eléctrica en nuestra casa) y oh! milagro… Televisa fuera del aire. Intentamos con la Radio; así empezamos a saber lo que realmente había sucedido. Las notas eran confusas y alarmantes, por lo que tardamos varias horas en apreciar la magnitud de lo acontecido y mucho tiempo más, en recuperarnos del shock que nos provocó saber que en algunos medios se hablaba de la destrucción del DF... mientras en casa ni siquiera un cuadro se había desprendido de su sitio en la pared.

Cuando la tragedia sucede en tu calle es imponible no sentirte afectado; pero aún así, en tanto no te toque en carne propia, por más que te afecte... tu  percepción seguirá siendo un tanto desapegada. La desgracia no me tocó a nivel familiar ni amistoso. Quizá por ello, el impacto fue mayor al constatar (mi abuela y yo en nuestros paseos por el Centro de la Ciudad de México) lo que realmente había sucedido; saber de tantas desgracias, de tantos muertos; la impresión que me causaron aquellos enormes canes, traídos por unos técnicos franceses, olfateando entre los edificios derruidos en las inmediaciones de la Zona Rosa; enterarme de los hallazgos, casi fantásticos, de bebés rescatados con vida después de varios días de permanecer bajo los escombros, alguno todavía prendido al pecho de su madre ya fallecida (¿o lo estoy inventando?); de las hazañas de los topos reptando en las profundidades de la Ciudad derrumbada en busca de un atisbo de vida; conmoverme ante la respuesta de la comunidad internacional y su cuantiosa ayuda económica, humana y tecnológica, pero sobre todo, al conocer de una ciudadanía chilanga proactiva, unida y organizada, viendo por sí misma, recuperando a su Ciudad de entre las ruinas y prestando ayuda desinteresada, casi heroica, a sus coterráneos. Y frente a esos ciudadanos ejemplares... un gobernante del DF paralizado por su inutilidad, en perfecta sintonía con el gris Presidente de aquella época (mi abuela les llamaba de una forma que el pudor me impide expresar aquí con todas sus letras). Aquella ciudadanía del ’85 actuó como nunca. Y para la que esto escribe, el estremecimiento y la pena fueron grandes, pero distintos pues en su entorno inmediato, físico y humano, nada sucedió... como si el terremoto hubiera ocurrido en otra ciudad. Tantos Méxicos en una sola Ciudad.

Por ello, hoy, en medio de mis recuerdos difusos, no puedo evitar preguntarme ¿dónde carajos quedó ese espíritu de solidaridad, acción e iniciativa? ¿Por qué ahora que el país se nos cae a pedazos (sin necesidad de terremoto alguno) aparecemos apáticos, anestesiados... como si sólo estuviésemos aguardando la llegada al despeñadero?

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septiembre 17, 2009

parábola frustrada

Ayer empecé el día dialogando sobre amor; aún no sé ni cómo fue, pero de pronto me vi escribiendo:

"tengo ganas, muchas en realidad, de enamorarme profundamente... ya nomás me falta encontrar de quién"

Y mi interlocutora virtual completó:

"tengo ganas de que te enamores profundamente, pero más ganas aún, de que ese amor sea pleno, un circuito ininterrumpido"

Claro, al llegar a ese punto fue cosa de nunca acabar... o de acabar pronto. Al final, por más giros que  se intenten, el desenlace por sabido se calla: en el momento menos esperado (es decir, deseado), los circuitos, hasta los más plenos, terminan interrumpiéndose.

Y de ahí, de esa especie de Conversación en la Catedral de la Internet, pasé a hacer lo que siempre termino haciendo cuando no doy con la solución deseada: (momentáneamente) ver la vida un poco desde la orilla; como si de una película o novela se tratara. Ayer fue novela.

Ya tengo a la tía Julia (aquella que fumaba cigarros cubanos y tenía fama de ser muy pobre), mi primer nombre es María y alguna vez, siendo menos que adolescente, soñé con ser Escritora (con el paso de los años llegó la realidad, terca como es, a contradecirme... pero esa es otra historia), únicamente me hace falta tener a un Escribidor -quiero decir uno para mí; que Escribidores hay, pero no alguien a quien pueda considerar mi Escribidor- y así poder hacer una especie de parábola de la novela de Mario Vargas Llosa.

Más allá de coincidencias imaginarias y forzadas, hay algo en La tía Julia y el Escribidor que me recuerda a mí. Pequeñas cosas, desde luego. El origen provinciano del joven Marito, su crianza con los abuelos, su admiración por un Escribidor de radionovelas y su tesón para ir, pese a todo, en contra de los convencionalismos. Mi abuela escuchaba radionovelas cuando era joven y de tanto leer novelas a su lado, desde adolescente empecé a admirar a varios Escribidores, aunque no escribieran radionovelas, sino otro tipo de historias... aunque igual de trágicas.

Claro que hay enormes, abismales diferencias, entre la historia del escritor peruano y la que yo intento sobreponerle forzadamente (casi como aquellas muñequitas de papel, a las que se les iban superponiendo vestidos que no siempre resultaban del tamaño apropiado). La mayor, la única que no puede soslayarse, es también el elemento más significativo, ese que da nombre a la novela: el amor del jovencísimo Marito con su tía (política) Julia, trece años mayor que él y divorciada. Difícilmente podría llenar el lugar de un romance semejante, cuyo carácter prohibido lo hace aún más intenso y deseable. Ninguna historia en mi vida se le acerca... ni remotamente.

Pensaba que encontrar a mi Escribidor sería lo más arduo de mi ejercicio evasivo, pero veo que no es así; al parecer, y como ha ocurrido desde el principio, el amor es lo que importa (diría Lenon) y por maravilloso que sea, de una u otra forma, siempre termina por complicarlo todo... hasta un pobre intento de parábola novelesca.

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septiembre 14, 2009

olfato emocional

Nunca le he temido a los muertos; sin ser necrofílica, los cadáveres jamás me han inspirado ni tantito miedo. Esto, como muchos otros rasgos de mi personalidad (incluida mi adicción a los perfumes), supongo que se lo debo a mi abuela. Cuando era niña, yo era su acompañante sempiterna en sus distintos ires y venires por esta Ciudad. Lo mismo en sus idas de compras al Centro Histórico, que en su asistencia a los velorios y entierros de sus parientes. Ir de compras era una experiencia olfativa; bien podría llamarse la ruta de los olores. El viaje aromático iniciaba en un perfumería muy antigua, en la cual también elaboraban cremas a base de aceites aromáticos; continuaba en una droguería en donde hacían preparados medicinales que no eran precisamente inoloros; para seguir en la antiquísima “Farmacia París" y terminar en una panadería como sacada de un pueblo y la cual, contra toda la lógica autodestructiva de esta ciudad, aún subsiste y en el mismo sitio. Como es natural, después de caminar durante  horas, cuando arribábamos a la panadería (Pan Segura), yo estaba tan cansada como hambrienta, así que el delicioso aroma del pan recién horneado (el puro olor) significaba un premio para mí.

Los velorios y entierros eran otro tipo de viaje aromático; entre el  olor de los gruesos cirios ardiendo alrededor del féretro, las fragancias emanadas por las flores, en especial los nardos, más las colonias de las damas ahí presentes, la capilla ardiente podría resultar una invitación al mareo. Y yo ahí, en medio un montón de personas a quienes en mi vida había visto, no me quedaba más que permanecer calladita y atenta a todo lo que ocurría a mi alrededor. Y atendiendo a mi natural curiosidad infantil y otro tanto para no aburrirme ni sentir sueño y terminar durmiéndome en alguno de esos largos sillones, en más de una ocasión me asomé a los féretros para conocer la cara del difunto al que estábamos velando. Yo muy asomada, constatando si era joven o viejo y qué expresión tenía, mientras sus deudos más cercanos, a veces hasta se desmayaban y ni por equivocación se atrevían a mirarlo.

Mi abuela era una mujer algo contradictora; por un lado tenía bien arraigadas costumbres anticuadas, casi como del siglo XIX y sin embargo, podría resultar moderna y comprensiva. Como cuando la que esto escribe, a los nueve años, decidió no hacer la primera comunión (un acto de rebeldía que nadie más en mi sacra familia ha tenido y que aún hoy sirve de pretexto para que mis primos me bromeen, advirtiéndome de tener cuidado al entrar a una Iglesia, no vaya a ser que yo me incendie). Mis tías y mi madre pusieron el grito en el cielo (mi padre no, porque en esa época era medio izquierdoso y Dios no era su hit precisamente), pero mi abuela se limitó a responderles: 

"si la niña no quiere pararse frente al altar cargando esa vela como cirio pascual y ataviada con un vestido que parece hecho de crema chantilly, pues no lo hará; al fin que Dios está en todas partes y ella no tiene pecados” Y San se acabó, para el estupor de las demás mujeres.

Muchos años después, pocos meses antes de saber que su fin estaba próximo, esa misma abuela perfumera, asidua asistente de velorios y férrea defensora de la voluntad de su nieta, me llamó a su habitación. La encontré sentada en la cama y rodeada por un montón de prendas de vestir; una vez que estuve frente a ella, me dijo que necesitaba pedirme un favor y sin más, tomó un vestido gris (nuevo) y me lo entregó diciéndome: 
 
"Guarda bien este vestido, cuando yo me muera quiero que con él me entierren; una vez que les entreguen mi cuerpo, por favor me lo pones; te lo pido a ti, porque sé bien que tus tías (sus hijas, hermanas de mi padre) no tendrán valor, pero tú sí." 

Durante el lapso de tiempo que le tomó darme esa lacónica explicación/instrucción, como si me dictara la lista de compras de la Farmacia París, yo permanecí muda y aún seguía sin recuperar el habla, cuando ella continuó "¿Ah, quieres quedarte con esto? Me gustaría que tú los tuvieras"
  
Esto eran el resto de prendas que estaban sobre su cama: chales y mascadas de varios tipos y tamaños; prendas que yo le había chuleado y que en más de una oportunidad hasta me había puesto encima, porque como bien decía ella, siempre fui un poco visionuda. Pero en ese momento, ni aliento alcancé para darle las gracias, yo seguía sin digerir el asunto de la mortaja. La petición más dura de mi vida hasta ese entonces y la única a la que no podía negarme. Y la cumplí, mucho antes de lo que hubiera imaginado. Una fría, rara y lluviosa mañana veraniega, bajé al sótano del cementerio/velatorio donde estaba mi amada abuela; no sentí miedo ni rechazo ante su cuerpo inerme, me limité a respirar hondo y me dispuse, junto con un ayudante (ninguna de sus hijas quiso ni siquiera aproximarse), a darle un toque de color a su rostro. Después, yo sola le puse su vestido gris y sin derramar una lágrima, como anestesiada, cumplí su petición. Poco antes de que la acomodasen en el féretro, me acerqué a ella por última vez y le puse unas gotas de Shalimar, su perfume favorito y fue entonces, cuando derramé gruesas lágrimas silenciosas. El Shalimar me devolvió a la ruta aromática de mi infancia, a esos largos paseos por el Centro Histórico en compañía de la mujer a quien en unas horas dejaría para siempre entre el frío mármol de ese mausoleo.

Tienen razón los científicos, el sentido del olfato es más un sentido emocional... que cerebral.



imagen s/n tomada de: 
http://azulprusia.wordpress.com/

septiembre 10, 2009

qué hacer con los deseos

Qué no diera yo por ser, a la vez insondable y comprensible; poder hacer gala de perspicacia, sensatez y grandiosa originalidad; capaz de dar forma a palabras entrañables, importantes y trascendentes; aprehender y amoldar, conforme a mis fantasías, todo lo que me pasa, siento y deseo, lo que veo y aquello que nada más imagino.

Pero no es posible y al final, sólo soy la que se queda con los anhelos a medio asir. Sólo Ésta, a la que en días como hoy, cuando todo es gris y el cielo no parece querer brindar tregua, le surgen unas ganas incontrolables por asirse a las alas del apetito más frívolo y la imagen más concupiscente. Y que no obstante saber que no puede perdurar, porque la vida es como es, gustosa se dejaría llevar en un viaje a través de caminos ignotos y feliz deambularía por los inabarcables senderos de lo inverosímil, en aras del deseo más escondido, siempre anhelado nunca cristalizado y sin importar que después, volviera a instalarse la misma cotidianeidad, perennemente desangelada e infecunda, que nos conduce de regreso al olvido.
 

Mejor arder mientras duren las llamas de la locura, a ver pasar la vida entre las tibiezas de la cordura.
“sigo mi desvarío, cuartos, calles,
camino a tientas por los corredores
del tiempo y subo y bajo sus peldaños
y sus paredes palpo y no me muevo,
vuelvo donde empecé, busco tu rostro,
camino por las calles de mí mismo
bajo un sol sin edad, y tú a mi lado
caminas como un árbol, como un río
caminas y me hablas como un río,
creces como una espiga entre mis manos,
lates como una ardilla entre mis manos,
vuelas como mil pájaros, tu risa
me ha cubierto de espumas, tu cabeza
es un astro pequeño entre mis manos,
el mundo reverdece si sonríes
comiendo una naranja”
Octavio Paz. Piedra de sol (fragmento) 

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septiembre 07, 2009

desnudeces

Un somero vistazo al historial del desnudo femenino "artístico", nos llevaría a creer que este ha sido, mayoritariamente, una cuestión masculina. Desde el mito griego existente en torno a la creación de la mujer perfecta, La Venus de Milo, mediante la unión de los pedazos de muchas mujeres imperfectas, tal parecería que su representación e interpretación ha estado a cargo -casi siempre- de hombres. Es una perogrullada afirmar que la perfección y belleza son cuestión de apreciación totalmente subjetivas, permeadas por los usos y costumbres de cada época determinada, pero así es. Sin embargo, me atrevería a decir que ha existido un hilo común: la idealización de la imagen femenina. No sólo en lo concerniente a la belleza, también en lo que respecta a la actitud. En un varias de las obras artísticas (no todas desde luego), lo que prima es una especie de pasividad, cuando no de sometimiento de la mujer ahí plasmada; aspecto que no ha obstado para que el cuerpo femenino, más ampliamente la mujer, haya simbolizado también, conceptos bastante ingratos y hasta combativos. Pero en la mayoría de esas representaciones, la mujer funge más como objeto, no como sujeto. Un cuerpo no completamente desnudo, recubierto por el velo de los prejuicios e ideales del imaginario masculino; la femineidad llevada, en algunos casos, hasta la sublimación de la belleza... por la gracia de un arte hecho por hombres (es pertinente puntualizar que no pretendo, ni remotamente, asumir una suerte de feminismo relamido ni mucho menos hard; simplemente expongo lo que mis subjetivos ojos ven).

Pero no es de arte antiguo ni moderno, mucho menos de feminismo trasnochado de lo que quería escribir aquí... que de eso nada sé; pasa que en algún momento de mi divagación se me atravesó este impresionante lienzo de Paul Gustave Doré y su contemplación me condujo por otros lares. En realidad, me interesaba divagar sobre la eterna dicotomía entre el desnudo a secas y el llamado desnudo artístico. Al parecer siempre habrá de clasificarse, y así aprobar y/o descalificar, a unos como manifestaciones artísticas y a otros como simples encueres, sin importar que unos y otros se hagan a cambio de dinero. Los caminos del arte son tan inescrutables e inclasificables... como los del Señor.

A primera vista sería fácil pensar que en estos tiempos, en los que quitarse la ropa ha dejado de ser sinónimo de indecencia y novedad (excluyendo los complejos entramados del mundo islámico), los desnudos femeninos, como las femme fatale, habrían perdido parte de su carácter transgresor y de su gracia; dada su sobreabundancia en el caso de los desnudos y el franco desvío de su significado y alcance, en lo concerniente al termino mujer fatal. Pero no, al menos no del todo. Aún con la difícil competencia que ha venido a significar el Internet, las damas siguen posando faltas de ropa (o con escasas prendas) para revistas que continúan vendiéndose bien. Será porque al final del día -como dicen los neoliberales-, el cuento es el mismo y el morbo sigue siendo nuestro motor. 

¿Existe una edad apropiada para desnudarse; una en la cual -más allá de los aspectos meramente estéticos- no se vea mal hacerlo? A simple vista, en una sociedad empecinada en privilegiar a la juventud como su valor supremo y esencial, la edad "idónea" para quitarse la ropa frente a la lente de un experto, sin que las voces denostadoras (que siempre van a existir) emerjan, serían qué... ¿los 20's? ¿aceptable un poco antes y no tanto un mucho después?


Pues no, este mundo amante de la juventud guarda espacio y gusto para todo. Basta con recordar la gran cantidad de mujeres famosas, bien entradas en sus cuarenta o más, que han decidido destaparse en el más amplio sentido  del término. Una de ellas, la actriz Sharon Stone quien recientemente cumplió 51 años y no encontró mejor forma de festejarlo, que celebrándose a sí misma posando escasa de ropita para la revista Paris Match. Y al menos para mis subjetivos ojos, no son sus poses desinhibidas o sus atuendos tipo dominatriz, lo más desafiante de ella en ese amplio reportaje, sino la frase que aparece en la portada de la revista gala: J'ai 50 ans... et alors? 

La mujer a los cincuenta, se quita la ropa (o la reduce a su mínima expresión) y se asume como objeto de la lente pero, sobre todo, como sujeto de la obra fotográfica. Quizá sólo sea un masaje a su autoestima, un simple capricho o una forma de desafiar a más de uno (aunque en el reportaje de marras reniegue de esto último), lo cierto es que la provocadora de los instintos más básicos, no acepta darse por derrotada en un medio dominado por veinteañeras. ¿Equivocada, ególatra, arrogante, desubicada y hasta desesperada? No me corresponde a mí determinarlo; pero en todo caso, nos diría ella... et alors?




Paul Gustave Doré, Andrómeda,
Sharon Stone fotografiada por Alix Malka

septiembre 04, 2009

erotismo plástico

"Podemos decir del erotismo que es la aprobación de la vida hasta en la muerte." Georges Bataille El erotismo, p. 15.
Apenas recuerdo fragmentos de aquella noche, las imágenes se vuelven difusas a causa de las luces bajas, el humo, el ruido y mi propio estado de ánimo. Aún ahora me pregunto cómo fue que me dejé convencer para asistir a esa reunión, conociéndome como me conozco y siendo como soy. Supongo que lo hice porque me sentí comprometida o quizá fue a causa de mi incapacidad para decir no sin sentirme culpable. Da igual, el punto es que me veo ahí como parte de un nutrido grupo de mujeres, cuyas edades van de los veintitantos hasta los sesenta y  varios. Juntas pero no revueltas; aparecen conformando diversos grupos, unos más grandes que otros; están ahí por motivos particulares distintos, con el común denominador del festejo "liberador"... todas buscan soltarse el pelo esa noche de viernes. El grupo en el que estoy no es la excepción, festejamos a una de nosotras, a la prima que en breve dejará atrás la soltería. 

No logro precisar todos los detalles de lo ocurrido durante las cuatro horas que permanecimos en ese sitio -desde la diez de la noche  hasta las dos de la madrugada-, sin embargo, aún siguen retumbando en mis oídos los gritos, casi aullidos, de algunas de esas mujeres. Curiosamente, son las mayores las más entusiastas, como si la premisa fuera: a mayor edad, mayor exaltación de los ánimos y también, mayor permisividad. Una mujer que debe rondar las seis décadas, grita, desabotona su blusa y se contonea con el ardor y desparpajo que uno imaginaría a los veinte. La veo a ella y me veo a mí y por unos instantes casi me siento su abuela... así de ausente está mi emoción.

La conmoción de esas mujeres la provoca un grupo de hombres jóvenes, quienes desde el escenario les lanzan miradas falsamente prometedoras, mientras bailotean con movimientos más afectados que sensuales; mirando sus lances dancísticos, es inevitable no pensar en esos grupos juveniles que medio cantan y medio bailan coreografías robotizadas. Pero eso a nadie parece importarle, pues ellos muestran, ofrecen, su torso y parte de su derrière al desnudo, consiguiendo disparar la libido de las damas ahí reunidas. A cada nuevo giro de ellos, las mujeres elevan la intensidad de sus alaridos y por momentos, sus aullidos se confunden con sus propios gritos exaltando la semidesnudez de los cuerpos masculinos. 

De pronto, la música cesa pero ellos no dejan de moverse, siguen ahí ensayando su coreografía; dan la espalda a las féminas, inclinándose levemente para que esa parte donde la espalda pierde su elegante nombre se eleve lo más posible, quedando expuesta casi en su totalidad, a manera de despedida y como  último disparador del deseo femenino. Algo me distrae y pierdo un poco el hilo de la acción, pero cuando me doy cuenta, la misma mujer de las seis décadas está en el escenario besando a uno de los bailarines, quien dócilmente se deja palpar por las ávidas manos de la mujer; a cada contacto de los dedos femeninos, él responde con movimientos que aparentan languidez y sensualidad; ella luce exultante, hasta que su fiesta concluye abruptamente una vez que él considera que por la propina recibida, ya estuvo bueno de caricias y gemiditos; se despide de la mujer y abandona el escenario provocando chiflidos, alaridos y uno que otro reclamo. 

La mujer baja con la plenitud reflejada en el rostro. Todas le aplauden y algunas la miran con expresión de admiración y envidia. Yo las miro a todas ellas con una expresión que no puedo ver, pero que, a juzgar por la mirada desaprobatoria de la prima casadera, debe ser de pasmo. Y es la misma prima quien me saca de mis elucubraciones, con una llamada de atención: "si te hubieras tomado unos tragos, estarías igual de feliz que ella."  Yo la escucho y no puedo evitar preguntarme si tendré algún desarreglo interno, pues al parecer soy la única que no le encontró gracia al espectáculo recién terminado, menos que haya experimentado alguna variación en los índices de su energía psicosexual... pero algo me dice que no se debe a la falta de alcohol.

"¿El lenguaje más erótico de un cuerpo no está acaso allí donde la vestimenta se abre? En la perversión (que es el régimen del placer textual) no hay zonas erógenas; es la intermitencia, como bien lo ha dicho el psicoanálisis, la que es erótica: la de la piel que centellea entre dos piezas (el pantalón y el pulóver), entre dos bordes (la camisa entreabierta, el guante y la manga); es ese centelleo el que seduce, o mejor: la puesta en escena de una aparición-desaparición." Roland Barthes.





Imagen: obra de la artista ucraniana Zinaida Serebriakova -