Elvira llevaba dos semanas vacacionando en el pueblo de su madre y durante ese tiempo, había escuchado en repetidas ocasiones un dicho alusivo a la falta de dinero en el que se mencionaba a una mujer: Julia, la pobre Julia. La mayor desgracia parecía ser "más pobre que Julia." Curiosa, al fin niña, Elvira preguntó a su tía Vicky si existía la pobre Julia.
-- Claro que existe, es una prima de tu abuela que siempre ha sido muy rara, vive sola y pasa la mayor parte del tiempo perdida en sus recuerdos, fumando como chacuaco. Cuentan que cuando no tiene dinero para comprar cigarros recoge las colillas que tiran los borrachos a la salida de la cantina; de ahí el dicho.
Al escuchar semejante respuesta, lejos de saciarse, la curiosidad de Elvira aumentó. Julia no sólo era un personaje real y su parienta, por si eso no bastara, podría estar algo tocada de sus facultades mentales.
La dama en cuestión vivía al final del pueblo, en la misma calle donde se ubicaba la antigua capilla en la que cada jueves, las devotas sin quehacer -entre las que figuraba la tía Vicky- se reunían a rezar el rosario. Ese jueves Elvira había acompañado a su tía Vicky y una vez concluido el rezo, mientras ella platicaba con otras señoras, la chica caminó hasta la esquina con la intensión de ver la casa donde vivía Julia. Esperaba encontrar un sitio decrépito y misterioso, pero no fue así; la casa distaba del aire tétrico que su mente fantasiosa había fabricado y por el contrario, era muy similar a las otras casas del pueblo. Elvira rumiaba su desilusión, mientras contemplaba las macetas de coloridos geranios que adornaban el pequeño porche, cuando la tía Vicky la sacó de su ensimismamiento con una inesperada propuesta: "ya que estamos aquí, de una vez vamos a entregarle a Julia el rosario guadalupano que Jovita le trajo ahora que fue a ver a la Virgen."
Llegaron hasta la puerta y transcurridos unos minutos de haber golpeado la pesada aldaba, frente a la ansiosa Elvira apareció la pobre Julia y con ella... otro chasco: ni malencarada ni con expresión de loca; ante ella, una estaba mujer sonriente sosteniendo, con evidente placer, un humeante cigarro negro entre sus labios. Después de saludarlas, Julia las invitó a entrar y Elvira pudo apreciar que aún sin ser lúgubre, el sitio distaba de los excesos decorativos a que era afecta su tía Vicky. Aquí, los adornos brillaban por su ausencia; amén de unos enormes candelabros de bronce que parecían venir de otro siglo, únicamente había varias fotos color sepia, enmarcadas y colgadas en la pared o en porta-retratos, colocadas sobre una antigua cómoda de caoba; todas mostraban al mismo sujeto, un hombre de mediana edad. Eso era todo. Ninguna extravagancia visible.
Julia les ofreció café y las mujeres adultas empezaron a platicar, en tanto la chica miraba a su alrededor, clamando por algún indicio de las rarezas atribuidas a la anfitriona. Sus inquietos ojos iban de un lado a otro, entre las rendijas de las puertas a medio abrir y el ventanal que miraba al patio interior; absorta en su exploración visual, ajena a la plática y a todo... casi dio un salto al escuchar la voz de la dueña de la casa, diciéndole:
-- Eres igualita a tu padre; los mismos ojos vivaces, la misma sonrisa, hasta la afición a mirarlo todo y a hablar y preguntar... sin necesidad de decir palabra.
Ante la evidente turbación de la chica, Julia continuó hablándole amablemente:
-- Dime qué deseas saber y yo te lo diré todo... incluido ese cuento sobre mi locura. A tu papá le tengo especial cariño, de niño siempre me visitaba y era el único de esta familia a quien no parecía importarle que dijeran que yo estaba medio loca...
Mientras Julia le hablaba, la turbación de Elvira iba disminuyendo, contrario a lo que sucedía con la tía Vicky, quien parecía bastante incómoda, limitándose a mantener la vista fija en su sobrina y la boca bien cerrada.
En tanto, Julia continuaba dirigiéndose a la chica, animándola a preguntarle lo que quisiera. Insistió tanto que a Elvira se le olvidó la mirada controladora de la tía Vicky, quien parecía decirle "ni se te ocurra", y se armó de valor para hacerle la pregunta que le carcomía desde que supo de su existencia:
Algo nerviosa, pero con claridad, Elvira le preguntó:
-- De verdad recoges colillas afuera de la cantina, para fumártelas cuando no tienes para cigarros?
Por un momento el silencio fue total y Elvira quiso desdecirse de su pregunta, mientras su tía le clavaba una mirada desaprobatoria, casi como si la pellizcara con los ojos. Pasados unos segundos, que a Elvira le parecieron eternos, Julia rompió el silencio con una sonora carcajada:
-- Jajá ¿eso te dijeron? Por supuesto que no. Yo sólo fumo cigarros cubanos, como este que ves; jamás podría fumar otra cosa, antes, prefiero dejar el vicio.
-- Y cómo le haces, si eres tan pobre como dicen? Siguió la impertinente Elvira
-- Y quién dice que pago por ellos? Contestó Julia, dando por zanjado el asunto. Luego se dirigió a la tía Vicky, quien continuaba muda.
-- ¿No quieres un mezcalito? Dicen que es bueno para el entripado; al fin que ya rezaste, seguro Dios te perdona...
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