escribir

Escribir: tratar de retener algo meticulosamente, de conseguir que algo sobreviva; arrancar unas migajas precisas al vacío que se excava continuamente, dejar en alguna parte un surco, un rastro, una marca o algunos signos.[Georges Perec]

agosto 31, 2009

reencuentros y aprendizajes

En alguna ocasión ya he mencionado en este blog, que yo bien podría emular a Milan Kundera, escribiendo mi propia versión, Región 4, de El Libro de los amores ridículos. Ridículos, intensos, absurdos y fallidos; grandes e inolvidables también, todos cabrían ahí. Quizá no haya mayor absurdo que escribir sobre un amor fallido; y es posible también, que no existan muchos ex amantes que no hayan hecho, así sea someramente, el ridículo alguna vez en su vida. Uno por amor, suele cometer cualquier cantidad de tonteras, claro que sólo se da cuenta (o más bien lo admite) de ello, cuando dicho amor ha pasado a formar parte de su historial.

Mi historia de absurdos amorosos, sin duda tendrá espacio para una variante bastante incómoda, en ocasiones: los reencuentros; esos reencuentros anhelados e inesperados. Reencontrarse con alguien que significó, para bien y  para mal, mucho en tu vida, las más de las veces no resulta sencillo, por más que uno diga que lo tiene controlado, que ya nada siente, si las cosas cerraron  mal, si la relación concluyó entre equívocos y malas interpretaciones, volverse a encontrar es una experiencia difícil y aunque a la larga no deja de ser formativa y más enriquecedora de lo que uno podría suponer, en su momento... cuesta encararla.  


Volver a verlo  fue peor de lo que imaginaba; pese a saber que no resultaría sencillo, creí que si bien para mi podría ser difícil, por la forma en que la relación concluyó, para él no lo sería tanto; dueño de un envidiable autocontrol, daba por supuesto que él podría enfrentarlo mejor. En ambas suposiciones me equivoqué; en cuestiones de amores y desamores, suponer no es de fiar. 


Y de esto, de los reencuentros que suelen anhelarse secretamente, pero que luego, por alguna jugada del destino, del azar o de tu corazón, cuando inesperadamente suceden ya no resultan lo que pensabas, trata mi colaboración de este mes en el blog colectivo de Escribidores y literaturos, por si gustan pasar a leerla reencuentro





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agosto 29, 2009

sin palabras

Mi cabecita está bloqueada y las palabras no me salen, sólo se quedan por ahí dando vueltas sin sentido, desoyendo mis súplicas para que se acomoden a mis antojos. Creo que necesito un refresh mental o quizá sea más grave y lo que deba hacerme sea una trepanación cerebral para cambiarme este disco duro que me ha tocado en suerte tener, implantándome uno nuevo... libre de contenidos molestos y blindado contra virus varios y sentimentalismos inapropiados en estos tiempos.


Creo que mi adorado Oscar Wilde se equivocó al decir que para escribir sólo eran necearías dos cosas: tener qué decir y decirlo. Nada más incierto o por lo menos, inexacto. Si bien, como tener algo que decir todos lo tenemos, eso de ninguna manera nos asegura poderlo expresar mediante palabras escritas.  Por ejemplo, en estos momentos yo tengo un montón de ideas entrecruzadas, muchas cosas que me gustaría decir y además, siento la necesidad de hacerlo; sin embargo, al mismo tiempo me siento como atrapada tras un pesado bloque imposible de remover, el cual me impide trasladar todas esas ideas y sensaciones... a letras. 

Es curioso... pero ¿alguna vez se han sentido víctimas de una especie de succión? Porque así me siento yo, como si alguien me hubiera succionado una pequeña parte de mí. No sabría decir exactamente qué, si un fragmento de mi alma o una parte mi confianza en la gente. Lo único que sé es que cuando eso (la succión) te la hace alguien en quien confiabas plenamente -un amigo de toda la vida-, la sensación de pérdida es mucho peor, infinitamente más dolorosa. El succionador te roba un poco de calor, dejándote en su lugar... un inusitado frío y algo más de desazón. 



“Hallarse en un agujero, en el fondo de un agujero, en una soledad casi total y descubrir que sólo la escritura te salvará. No tener ningún argumento para el libro, ninguna idea de libro es encontrarse, delante de un libro. Una inmensidad vacía. Un libro posible. Delante de nada [...] Escribir es tratar de saber lo que uno escribiría si uno escribiera .” Marguerite Duras Escribir


Ustedes disculpen este sucedáneo de post... el cual, tal como los mensajes de misión imposible, se autodestruirá en cuanto deje se sentirme como se ve.

agosto 28, 2009

pueblos para el olvido

"Séneca comprendió que en el vasto territorio de la frustración humana anida una estructura básica: el choque de un deseo con una realidad inquebrantable, pues las fuentes de la satisfacción están fuera del control del sujeto y el mundo nunca se amolda a sus deseos" Fernando Solana O. Guía para atribulados

Penar amores infortunados debe ser la dolencia más recurrente de las almas débiles; escribir sobre ello, también. Pero la realidad es inquebrantable, como bien decía Séneca y en medio de ella, andábamos yo y mis quebrantos de amor sin saber bien a bien a dónde dirigirnos. Ya había sido suficiente; ya estaba bien de lloriqueos y lamentaciones. Era hora de tomar una decisión terminante y llevarla a la práctica; hasta ese momento, me había concretado a desahogarme a través de largas epístolas enviadas a ninguna parte, así como a intermitentes sesiones de sollozos y aunque no renegaba del beneficio catártico producido por lágrimas y letras, mis ojos empezaban a resentir los efectos de noches de desvelo, escritura y llanto tercamente acallado (como si alguien pudiera escucharlo).

Decidí poner distancia, alejarme por un tiempo y evitar, hasta donde me fuera posible, lugares y personas que me hablaran de la causa de mis tribulaciones. Me habría gustado irme al fin del mundo, pero no me alcanzaba para consumar espacialmente la metáfora y tampoco se trataba de ir por ahí pidiendo dinero prestado para algo tan banal como la cura del mal de amores -ni que fuera un asunto de vida o muerte, ni yo la única con tan común padecimiento.

No se puede pretender más de lo que se puede tener, me habían repetido hasta el cansancio mis mentores. Y aunque tal conseja me parecía un llamado al conformismo, en las circunstancias de duelo en que me encontraba, era digna de consideración. Así que eso hice; me atuve a mis posibilidades, compré un pasaje de autobús y me dispuse a viajar a un ignoto pueblo perdido entre las montañas sureñas… en sustitución de la remota Nueva Zelanda, que es donde a mí se me antoja el fin del mundo.

No imaginaba que el pueblo al que me dirigía, pese a no estar en la distante Oceanía, se acercaba bastante al concepto de fin del mundo: asentado en el último rincón imaginable, al final de la Sierra, sólo podía llegarse a él tras ascender por una serpenteante, angosta y empinada carretera tapizada por incontables cráteres producto de los torrenciales aguaceros característicos de la zona. Si se considera que para recorrer sus 250 kilómetros, se requieren nueve horas, se tendrá una idea aproximada de las condiciones de esa carretera

Pero no importaba; no se trataba de un periplo turístico, sino de un viaje rumbo al olvido y para ello, nada como sumergirse en las profundidades de ese México fantasmagórico tan bien descrito por Juan Rulfo. Y así ocurrió, pues de tanto andar entre cerros despoblados, sintiendo vértigo y alguno que otro movimiento interno provocado por las interminables curvas a la orilla del precipicio, me fui sumergiendo en otro espacio temporal y anímico. No era acto de magia desde luego, pero entre repetitivas e hipocondríacas invocaciones a los Dioses del Olimpo, rogándoles que nuestro autobús no fuera a terminar anticipadamente su trayecto en el fondo de alguno de esos rocosos barrancos (o que de hacerlo, por favor ocurriera mientras yo dormía) y miradas embebidas en la desnudez de esos paisajes abandonados por la vegetación, conseguí distraer mente y corazón de mis otros lamentos, aún antes de arribar a ese pueblo como sacado de alguna novela. 
Desprovisto de servicios básicos como la energía eléctrica y el agua entubada, rodeado por una muralla de vegetación, cuyo verdor casi cegaba la vista entorpecida después de contemplar tanta aridez, y en la cual reinaban unos hermosos cafetos, apareció un pequeño pueblo de menos de mil habitantes. Igual a tantos otros pueblos mexicanos, pero al mismo tiempo, distinto a ellos. No sé de donde saqué el ánimo para instalarme ahí durante una semana completa. Y digo ánimo, porque si bien intentaba distraer o desintoxicar la mente de tribulaciones amorosas, tampoco se trataba de una manda en busca de la cura milagrosa, ni de una expedición con montañistas. Pero acabó siendo algo parecido: dormí en un catre cuya colchoneta ya había visto sus mejores días, me bañé con agua fría a jicarazos, olvidé lo que era una estufa de gas, la bombilla de luz alumbrando mis lecturas nocturnas o la pantalla de Tv fungiendo como reproductor de películas, me reencontré con el sabor de las tortillas de maíz de verdad (no los sucedáneos producidos por Maseca, que semejan papel de estraza) y desayuné, comí y cené acompañada por el café más exquisito que había probado en mi vida (café de altura, producido a 1200 msnm, molido en molino manual con un pequeño trozo de cacao). Fue un viaje al pasado y lo disfruté, más de lo que mi comodina mente hubiese imaginado.


Pero al cabo de siete días, bajé del cerro, llegué la costa y me instalé todo un fin de semana en un moderno y confortable hotel. La primera noche casi me salen escamas merced al largo y burbujeante baño de tina que tomé… en compañía de una botella de vino tinto.
Mejor que llorar por los rincones… aunque el efecto no dure para siempre.
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agosto 24, 2009

más pobre que julia


Elvira llevaba dos semanas vacacionando en el pueblo de su madre y durante ese tiempo, había escuchado en repetidas ocasiones un dicho alusivo a la falta de dinero en el que se mencionaba a una mujer: Julia, la pobre Julia. La mayor desgracia parecía ser "más pobre que Julia." Curiosa, al fin niña, Elvira preguntó a su tía Vicky si existía la pobre Julia.

-- Claro que existe, es una prima de tu abuela que siempre ha sido muy rara, vive sola y pasa la mayor parte del tiempo perdida en sus recuerdos, fumando como chacuaco. Cuentan que cuando no tiene dinero para comprar cigarros recoge las colillas que tiran los borrachos a la salida de la cantina; de ahí el dicho.

Al escuchar semejante respuesta, lejos de saciarse, la curiosidad de Elvira aumentó. Julia no sólo era un personaje real y su parienta, por si eso no bastara, podría estar algo tocada de sus facultades mentales.

La dama en cuestión vivía al final del pueblo, en la misma calle donde se ubicaba la antigua capilla en la que cada jueves, las devotas sin quehacer -entre las que figuraba la tía Vicky- se reunían a rezar el rosario. Ese jueves Elvira había acompañado a su tía Vicky y una vez concluido el rezo, mientras ella platicaba con otras señoras, la chica caminó hasta la esquina con la intensión de ver la casa donde vivía Julia. Esperaba encontrar un sitio decrépito y misterioso, pero no fue así; la casa distaba del aire tétrico que su mente fantasiosa había fabricado y por el contrario, era muy similar a las otras casas del pueblo. Elvira rumiaba su desilusión, mientras contemplaba las macetas de coloridos geranios que adornaban el pequeño porche, cuando la tía Vicky la sacó de su ensimismamiento con una inesperada propuesta: "ya que estamos aquí, de una vez vamos a entregarle a Julia el rosario guadalupano que Jovita le trajo ahora que fue a ver a la Virgen."

Llegaron hasta la puerta y transcurridos unos minutos de haber golpeado la pesada aldaba, frente a la ansiosa Elvira apareció la pobre Julia y con ella... otro chasco: ni malencarada ni con expresión de loca; ante ella, una estaba mujer sonriente sosteniendo, con evidente placer, un humeante cigarro negro entre sus labios. Después de saludarlas, Julia las invitó a entrar y Elvira pudo apreciar que aún sin ser lúgubre, el sitio distaba de los excesos decorativos a que era afecta su tía Vicky. Aquí, los adornos brillaban por su ausencia; amén de unos enormes candelabros de bronce que parecían venir de otro siglo, únicamente había varias fotos color sepia, enmarcadas y colgadas en la pared o en porta-retratos, colocadas sobre una antigua cómoda de caoba; todas mostraban al mismo sujeto, un hombre de mediana edad. Eso era todo. Ninguna extravagancia visible.

Julia les ofreció café y las mujeres adultas empezaron a platicar, en tanto la chica miraba a su alrededor, clamando por algún indicio de las rarezas atribuidas a la anfitriona. Sus inquietos ojos iban de un lado a otro, entre las rendijas de las puertas a medio abrir y el ventanal que miraba al patio interior; absorta en su exploración visual, ajena a la plática y a todo... casi dio un salto al escuchar la voz de la dueña de la casa, diciéndole:

-- Eres igualita a tu padre; los mismos ojos vivaces, la misma sonrisa, hasta la afición a mirarlo todo y a hablar y preguntar... sin necesidad de decir palabra.

Ante la evidente turbación de la chica, Julia continuó hablándole amablemente:

-- Dime qué deseas saber y yo te lo diré todo... incluido ese cuento sobre mi locura. A tu papá le tengo especial cariño, de niño siempre me visitaba y era el único de esta familia a quien no parecía importarle que dijeran que yo estaba medio loca...

Mientras Julia le hablaba, la turbación de Elvira iba disminuyendo, contrario a lo que sucedía con la tía Vicky, quien parecía bastante incómoda, limitándose a mantener la vista fija en su sobrina y la boca bien cerrada.

En tanto, Julia continuaba dirigiéndose a la chica, animándola a preguntarle lo que quisiera. Insistió tanto que a Elvira se le olvidó la mirada controladora de la tía Vicky, quien parecía decirle "ni se te ocurra", y se armó de valor para hacerle la pregunta que le carcomía desde que supo de su existencia:

Algo nerviosa, pero con claridad, Elvira le preguntó:

-- De verdad recoges colillas afuera de la cantina, para fumártelas cuando no tienes para cigarros?

Por un momento el silencio fue total y Elvira quiso desdecirse de su pregunta, mientras su tía le clavaba una mirada desaprobatoria, casi como si la pellizcara con los ojos. Pasados unos segundos, que a Elvira le parecieron eternos, Julia rompió el silencio con una sonora carcajada:

-- Jajá ¿eso te dijeron? Por supuesto que no. Yo sólo fumo cigarros cubanos, como este que ves; jamás podría fumar otra cosa, antes, prefiero dejar el vicio.

-- Y cómo le haces, si eres tan pobre como dicen? Siguió la impertinente Elvira

-- Y quién dice que pago por ellos? Contestó Julia, dando por zanjado el asunto. Luego se dirigió a la tía Vicky, quien continuaba muda.

-- ¿No quieres un mezcalito? Dicen que es bueno para el entripado; al fin que ya rezaste, seguro Dios te perdona...


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agosto 20, 2009

perdiendo la cabeza

La luna y ella tenían su historia, una muy larga. En su mente siempre la había visto como la eterna compañera de la soledad; cómplice de amores prohibidos; hadas, duendes y gnomos; hombres lobos y lobos que no son hombres pero que depredan lo mismo; idóneo telón de fondo, imaginario y real, de sucesos tocados por el velo del misterio. Ya no recordaba cuántas veces había sido su única acompañante, cuando alguna situación desafortunada la obligó a huir intempestivamente en medio de la noche. Incontables también, las madrugadas en que bajo el influjo de su luz se dejó llevar por la pasión en brazos de desconocidos. Muchos eran los hombres que presumían haberla tenido. Eso querían creer ellos, pues en realidad era ella quien había tenido a todos los que quiso, cuando y como lo quiso. Ella la seductora; dueña de una belleza letal, al decir de sus detractores; demasiado inteligente, fría y calculadora, apuntaban otros; una mujer licenciosa, peligrosa y enferma, según todos los demás.


La trama parecía ser siempre la misma: la luna en todo lo alto y ella en una nueva huída; para no variar, esta noche el astro iluminaba y guiaba sus presurosos pasos, a cada tranco más débiles a causa del cansancio acumulado. No sabía con exactitud cuánto tiempo llevaba corriendo… sólo que sus piernas empezaban a acalambrarse, sensación agravada por el frío de la madrugada calándole hasta lo más hondo. En circunstancias distintas, el escenario habría resultado ideal para otro tipo de escapada, una amorosa.... tantas en su haber. Ahora, esas historias aparecían demasiado lejanas, cubiertas por una espesa bruma que le impedía ordenar con precisión rostros, hechos específicos, así como las sensaciones experimentadas en cada ocasión. En este momento la única sensación de que era consciente, amén del cansancio, era la del miedo; sabía que ellos no tardarían en darle alcance, por más que los hubiera tomado por sorpresa, su ventaja no podría durarle mucho.


En medio de un silencio casi aterrador, apenas matizado por su jadeante respirar y el suave fluir del río a la vera del camino, aguzaba el oído intentando adivinar, antes que escuchar, el ruido que anunciara la cercanía de sus persecutores; pero por más que se concentraba no lograda distinguir nada y eso, lejos de calmarla, le infundía mayor temor. Los conocía bien y no dudaba que entre más tiempo tardaran en encontrarla, peor sería su reacción. Impulsada por ese temor, pareció recobrar fuerzas y continúo corriendo, abriéndose paso entre las brumas de la madrugada y las sombras del espeso bosque. Estaba exhausta, tenía los pies casi congelados, las piernas entumecidas y por más que corría y corría, sentía que no avanzaba nada, como si sus zancadas, cada vez más torpes, se enredaran con alguna hiedra, impidiéndole progresar en su carrera.


Y de pronto, perdió contacto con el suelo y con el espacio que la rodeaba; presa de un desguanzamiento general, ya no tuvo control sobre sus movimientos; todo se volvió negro, mientras un estremecimiento le recorría el cuerpo provocándole un inusitado sudor frío... lo último que sintió, antes de sumirse en la inconsciencia...


[…]

Cuando volvió en sí, una mano tiraba de su hombro al tiempo que una voz femenina le apuraba:

-Señora, despierte... es hora de tomar su medicina; no tenga miedo, sólo voy a aflojarle un poco las ataduras que parecen estar cortándole la circulación sanguínea…



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PS Hablando de la delgada línea que separa a la locura de la normalidad, hoy aparece un articulo en la sección cultural de La Jornada, sobre un monodrama operístico que suena interesante.

Exploran en un monodrama la ambigüedad entre razón y locura


imagen fleur de lys de Ardid ( http://ardides.blogspot.com/)

agosto 17, 2009

desobedeciendo a mamá

A fin de mantener a sus hijitos a salvo de cualquier tipo de daño, las madrecitas abnegadas les aconsejan alejarse de las malas mujeres. Dejando de lado lo cuestionable y tendencioso de tal expresión, suele suceder que a la mayoría de los hombres, son precisamente esas malas mujeres las que más les gustan. A veces creo que sin esa desobediencia masculina hacia los consejos de mami, la literatura y el cine no se habrían enriquecido con tantos personajes masculinos llevados a la perdición por culpa de una mala mujer. Pobrecitos hombres, siempre víctimas de las malas mujeres... desde que el badulaque de Adán no tuvo los arrestos suficientes para admitir que si mordió la manzana que Eva le ofreció, fue porque se le antojó hacerlo y no porque ella lo obligara. Sin embargo, de no ser por ese tramposo cliché, quizá no habríamos conocido a tantas mujeres, reales y ficticias, cuya mala fama ha sido directamente proporcional a su inteligencia y a la fascinación que nos han provocado. Creo que aún sin que el término fuese conocido en la antigüedad, Circe bien podría ser considerada una de las primeras femme fatale de la historia.



A mi me atrae la figura de Circe, la hechicera que dicen gustaba de convertir a los hombres en cerdos. Los mitos son muchos, unos dicen que únicamente convertía en cerdos a los hombres que la rechazaban; afirmación que se contrapone dentro de la misma mitología, pues siempre es presentada como una mujer muy hermosa y seductora. Otros puntualizan que lo hacía con todos y por pura maldad. A saber cuál haya sido la verdadera razón; el tema es que Circe empata con esa creencia de que las malas mujeres son las causantes de las mayores desgracias masculinas. Bien mirada, esa tendenciosa idea no debería molestarnos tanto a nosotras como a los hombres, pues es a ellos a quienes hace ver como seres pasivos, carentes de voluntad y capacidad de decisión, a expensas de lo que esas malas, malisimas féminas, quieran hacerles. Y bueno, si lo permiten, es que se lo merecen, digo yo. Lo que ya no resulta tan grato, es que esos mismos jueces dados a imponer estereotipos de mujeres buenas y malas, al fin proclives a la moralina barata, gusten de otorgarles redenciones: hasta las malas mujeres son susceptibles de redimirse... merced al amor. Y ahí se les acabó el encanto, porque lo que sigue es verlas gimotear a los pies del macho, clamando por su amor y su perdón. Es decir, despojadas de su principal atractivo, ese que las hace tan prohibidas como deseables.. y ni Circe se escapa de esta moralina redención.


Ya conocen la historia de esa pareja felizmente casada formada por Ulises y Penélope; él, un gran guerrero y ella... una buena mujer; pero al parecer tanta dicha ya les había aburrido un poquito y como no era cosa de andarse con monerías del tipo: "vamos a darnos tiempo", mejor buscarse alguna guerra, que ya ven nunca faltan y pocas podrían vestir de tanta gloria como la de Troya. Así que hacia allá partió Ulises con un doble objetivo: ser héroe y librarse de la rutina matrimonial; se marchó en pos de laureles y dejó sola a Penélope. Y como ella era una buena mujer, no le quedaba más remedio que guardar la compostura y esperar a que su marido regresara... en veinte días, veinte semanas, veinte meses... o veinte años.

Firme se mantuvo Penélope a la espera de su amado, tejiendo lienzos interminables para alejar de su mente los malos pensamientos y de su ser entero las tentaciones, que no fueron pocas. Y mientras ella tejía, Ulises libraba batallas, conocía otros mundos y... otras damas. Una de ellas, Circe, quien los recibió en su isla-reino, ofreciéndoles casa y comida a él y a sus compañeros, cuando éstos se encontraron extraviados y devastados. Pero como según la mitología, ella es la mala mujer de esta historia, sólo les brindó abrigo para poderlos convertir en cerdos. A todos menos a Ulises... pues si no quién iba a ser el héroe del cuento. Tan heroico él, que únicamente aceptó la hospitalidad de Circe para poder salvar a sus amigos del maleficio porcino. Y en este punto es donde entra la redención, pues Circe quedó tan enamorada de Ulises que no sólo no lo convirtió en cerdito, sino que rompió el hechizo de sus compañeros, no sin antes caer a los pies del hijo pródigo de Ítaca clamando su perdón e implorándole un poquito de amor. Y él, en una muestra de su infinita generosidad, la perdonó y aceptó quedarse a vivir a su lado unos añitos... nada más para que nadie fuera a dudar de la sinceridad de su perdón. Pero después de ese tiempo -durante el cual no dejó de pensar en Penélope ni un solo día, según dice Homero-, llegó un momento en que ya no pudo con la nostalgia y decidió emprender el regreso a la añorada Ítaca, abandonando a Circe, con quien ya había procreado algún hijo según cuenta la mitología.

A punto de lanzar improperios contra Homero y el héroe de Ítaca, venturosamente el mito -por tanto usted crea lo que mejor le plazca- nos abre la posibilidad de un inesperado happy end. Casi como si de una venganza dantescamente y pacientemente planeada se tratara -por Edmundo Dantés, no por el infierno de
Alighieri: a la muerte de Ulises, Penélope y Circe se hicieron amigas... y terminaron sus días viviendo en familia, ambas mujeres e hijos del mismo hombre, en la isla-reino de Circe, con sus vidas amorosas rehechas y sin pasar penurias de ningún tipo...

puaff... hasta parece final de telenovela o de Cuento de Hadas, con la femme fatale redimida como toda una señora felizmente casada y con su ex rival de amores convertida en su mejor amiga... pero no deja de tener su ironía.




PS ustedes perdonen esta larga divagación que me salió medio feminista, cuando en realidad yo sólo quería decir que las malas mujeres y las brujas/hechiceras me caen muy bien.



imágenes:
No te pongas así, viñeta de Alberto Montt
Circe
vista por Manly P. Hall
Penélope de Jhon W. Waterhouse

agosto 15, 2009

exorcismo expiatorio

A veces pienso que en mi otra vida –si la tuve- yo fui una bruja o por lo menos, una proscrita. Sólo así me explico mi innata propensión a rebelarme ante cualquier manifestación inquisitorial, abierta o disfrazada. Estas últimas deben ser las más peligrosas: peor que un fascista o un inquisidor... sólo un fascista o un inquisidor cubierto con la piel de un progre y tolerante.

Debo confesar que al leer el periódico, por bien de mi salud biliar, nunca reparo en las notas rojas ni amarillas, así que no tenía la más remota idea de este oscurantista asunto....

"Espíritu homosexual, te llamamos para que abandones su cuerpo ahora mismo. ¡Libéralo, Lucifer!"


Sólo hasta hoy, leyendo la columna periodística que los viernes hace más divertido mi primer café matutino , vine a enterarme de semejante aberración.

Supongo que habiendo ocurrido en el país donde ocurrió, ni debería extrañarme; después de todo, en esa Nación conviven las mejores universidades del mundo y los más asombrosos adelantos científicos y tecnológicos, junto con una de las sociedades más conservadores, manipulables y fundamentalistas -en el aspecto religioso- que pudieran existir. Aún así, no encuentro palabras en mi pobre y limitado acervo mental, que alcancen para expresar con el debido énfasis y claridad... el nauseabundo azoro que esto me ha provocado. Simplemente sin palabras.

En el infierno donde se encuentre, el espíritu de Tomás de Torquemada debió sentirse muy reconfortado.

Besos disolutos

agosto 13, 2009

hombres, hombres, hombres...

Parafraseando a Rick e Ilsa: la economía se derrumba y nosotros nos enamoramos... del futbol.


Hombres, hombres, hombres... los hombres que manejan las Cuentas Nacionales están muy preocupados; parece que ahora si va en serio la catástrofe, así que mejor dejarse de simulaciones y confirmarnos lo que ya todos sabíamos desde hace meses: la economía mexicana está en terapia intensiva, presa de un grave estado de shock de pronóstico reservado.


Pero a quién le importa semejante nimiedad, cuando ayer la patria mexica se jugaba la honra en un partido de futbol? Los ratoncitos verdes, como “cariñosamente” llama el público aficionado a los integrantes de la oncena tricolor, enfrentaban nada más y nada menos que al equipo estadounidense. Dice el escritor Juan Villoro que los mexicanos tenemos una memoria de corto plazo muy débil; estamos acostumbrados a olvidar los compromisos adquiridos el día anterior. En contrapartida, ningún agravio tiene fecha de caducidad para nosotros y aún no olvidamos que los gringos se quedaron con la mitad del territorio mexicano y no conformes con semejante ultraje, tuvieron el pésimo gusto de burlarse de nosotros devolviéndonos El Chamizal. Es por ello que jugar al futbol contra el equipo estadounidense, adquiere una dimensión especial, convirtiéndose en punto menos que asunto de Soberanía Nacional -así andarán de devaluadas y extraviadas la Patria y la Soberanía Nacional... para que su honra se dirima en una cancha de futbol.


Reza la creencia popular que a las mujeres –a la gran mayoría- no nos gusta el futbol. Para ser precisos, que ni nos gusta ni le entendemos y ni nos interesa llegar a hacerlo. Aún así y no pocas veces contra nuestra voluntad, muchas de nosotras hemos tenido cercanía con él y hasta padecido a algún aficionado de hueso colorado en casa. No obstante esto e independientemente de nuestra condición sexual, si uno quiere desmarcarse de las masas, nada como decir a los cuatro vientos que odia al futbol porque es cosa de nacos, una estupidez, el opio del pueblo, etc. Personalmente, el futbol no me molestaría de no ser por los cronistas de TV y Radio, cuyos alaridos me resultan francamente insufribles. Pero creo que manteniéndome alejada de la TV y la Radio (y las ventanas que dan a la casa de mi vecino fanático) en días de futbol, puedo vivir a salvo de escandaleras futbolísticas… excepto cuando la honra de la Patria está en juego. En ocasiones así, resulta casi imposible mantenerse al margen; por todos lados aparecen radios y televisores portátiles y aunque uno no pregunte, no falta quien, ya sea en el elevador de la oficina o el pasillo del supermercado, comedidamente le informe cómo va el encuentro futbolístico.

Trabajo en una institución donde el personal adscrito está integrado mayoritariamente por hombres y ayer, como nunca, esa presencia lució apabullante. Tal parecía que sólo había empleados masculinos... todos aficionados al futbol. De tal suerte que a eso de las cuatro de la tarde, salvo otra compañera -Paty- y la que esto escribe, no había nadie en el área común, pues la Gerencia, casi en pleno, estaba reunida en la oficina del Gerente viendo el partido México-USA. Y en lo que quiero suponer fue un gesto de cortesía -debieron creer que a Paty y a mí nos interesaría mucho saber cómo se desenvolvía el encuentro- subieron el volumen de la TV al máximo nivel para que desde fuera se pudiesen escuchar con total claridad los pormenores del encuentro y como si ello no fuera suficiente, los hombres ahí reunidos decidieron dar rienda suelta a sus emociones gritando con tantas ganas, que opacaban a los escandalosos cronistas del canal de las estrellas. Su ansiedad parecía desbordada: ejerciendo de coaching de los jugadores mexicanos, les decían por dónde moverse, a quien pasar el balón, en cual ángulo debían meterlo, soltándoles una que otra palabrota cuando consideraban que sus indicaciones no eran atendidas. Por un momento llegué pensar que el marcador sería tan apabullante como la presencia masculina ahí concentrada, pues la euforia y los gritos emocionados crecíen en intensidad a media que el partido avanzaba, cual si festejasen un gol tras otro.

Si los gritos, adrenalina y ansiedades desplegadas por esos hombres, hubiesen sido proporcionales a los tantos marcados, los gringos se habrían ido del estadio Azteca con una media docena de goles en su portería... cuando menos. Pero no fue así. Mucho ruido y pocas nueces; aunque si las suficientes para que la honra de la Patria no fuera nuevamente mancillada por los jugadores estadounidenses (ya con lo que Obama vino a decirnos, tenemos suficiente).

Y con la honra nacional a salvo ¿a quién le interesará la suerte que corra la paciente internada en terapia intensiva?



agosto 10, 2009

happy together

Quería creer que se equivocaban quienes aseguraban que lo nuestro no duraría; contradecir ese viejo adagio, omnipresente aún contra mi voluntad, las historias de amor siempre terminan mal. ¿Cómo era posible que hasta nuestros amigos cercanos pensaran así? Me parecía triste y decepcionante, como si ya nadie creyera en el amor y menos, gustara de mirar la felicidad ajena. Nuestra relación era real; los sentimientos verdaderos; se trataba de amor y no sólo de esa vehemente pasión que sin duda era lo que más les irritaba a ellos. La parejita happy together nos llamaban en tonito burlón.

Nos sabíamos observados; todos parecían vivir pendientes de nuestros movimientos, como si estudiasen el comportamiento de mascotas en un laboratorio. Corrían apuestas sobre nosotros, aventurando la duración máxima de nuestra relación. Y sin embargo, pese a husmear en nuestro hogar buscando un sinfín de pretextos para estar cerca de nosotros, ninguno podía imaginar cómo era en realidad nuestra vida en común. Para llenar sus dudas, hacían elucubraciones totalmente alejadas de la realidad, inventaban descabelladas historias, que supongo se llegaron a creer, sobre la "ardiente" vida sexual que debíamos tener. He perdido la cuenta de las veces que alguno de nuestros vecinos y amigos comentaron, medio en broma medio en serio, que seguramente los fines de semana que no nos dejábamos ver era porque no salíamos de la cama y aunque algo había de cierto en esta malintencionada afirmación, eso no era lo único que nos unía. Pero qué iban saber ellos.

Muchas veces pensé que sería bueno apartarnos del mundanal ruido, alejarnos de esa pequeña comunidad en la que todo eran rumores y malos entendidos; mudarnos bien lejos, donde nadie nos conociera ni se inmiscuyera en nuestras vidas. No quisiste; para qué hacerlo, decías, si a dónde fuéramos tarde o temprano la situación sería similar: “es el resultado de la convivencia, no hay alternativa, vivir en comunidad implica que los demás se sientan partícipes de tu vida.

Si alguno de esos entrometidos se hubiese tomado la molestia de preguntarme cuáles eran las cosas que más me gustaban de vivir contigo, se habrían sentido decepcionados al escuchar mis respuestas. Que yo adorara verte arrugar la nariz tras dar el primer trago al café de la mañana, saber que muchas veces te contemplé a hurtadillas mientras ibas acercando lentamente tus labios al borde de la taza y luego reaccionabas con ese gesto al sentir el hirviente líquido, les habría parecido tonto. Para quienes daban por hecho que lo nuestro era un vínculo meramente carnal, escucharme decir que una de mis caricias favoritas era cuando tu dedo índice se deslizaba sobre mi nariz, perfilándola con lentitud pasmosa hasta detenerse justo en la suave curva que le da su forma respingada, habría sonado, cuando menos, cursi. Menos creerían que más que tus ojos llenos de deseo, atesoraba la ternura de tu mirada cuando me escuchabas contarte de mi infancia en el pueblo de mis padres; parecía que tu mirada me cobijara, resarciéndome de todas las penas que alguna vez padecí.

Y de pronto dejaste de mirarme así; no volviste a perfilar mi nariz con tu dedo índice y yo dejé de arrobarme viéndote arrugar la tuya por las mañanas, pues ya no tomabas café de pie en la cocina poco antes de salir a trabajar; no te alcanzaba el tiempo, como tampoco lo tenías para escucharme platicar, menos para dedicarme una mirada tierna. De una forma que me pareció intempestiva, te convertiste en otra persona; te volviste olvidadizo, descortés; te llenaste de compromisos que te mantenían alejado de casa y te fueron apartando de mí.

Dicen que ante una gran emoción, lo normal es que los latidos del corazón se aceleren a tal grado, que pareciera a punto de explotar. Pero a mí me ocurría lo contrario. Muchas veces sentí como si mi corazón se paralizara, al no poder procesar todas las emociones que tu sola cercanía podía provocarme. Mientras escribo esto y recuerdo alguno de aquellos momentos, casi puedo volverlo a sentir. Recordar e intentar revivir esas sensaciones, es todo lo que me queda de aquello que tuvimos. Eso y el inmenso amor que aún siento por ti Rodrigo. Por más que trato de odiarte para no sufrir más, me es imposible. Salvo esos últimos días antes de tu partida, no encuentro en nuestra historia un motivo real para despreciarte o desearte mal. Algunas noches cuando el dolor arrecia, intento maldecirte y entonces, como si la maldición se volviera en mi contra, siento tu voz apenas audible, erizándome la piel al escucharte repetir mi nombre Sebastián, Sebastián en aquellas noches en que nos amábamos tanto... cuando creíamos que podríamos vivir por siempre happy together.




imagen: fotograma del film happy together

agosto 06, 2009

aforismos para contradecir al desencanto

“Todos vivimos en el mismo fango, pero algunos miramos a las estrellas”
Oscar Wilde


Hace tiempo leía un interesante documento en el que se jugaba con la idea de sustituir los medicamentos y las terapias psicológicas tradicionales... con lecturas. Para cada malestar, una lectura. La idea sonaba, cuando menos, intrigante. En vez de empastillar a los pacientes vía dosificaciones de prozac, ecuanil, valium o lo que sea que acostumbren, el doctor pondría en la receta el nombre del libro o texto que habría de leer el paciente... el más apropiado para mejorarle el ánimo, calmarle la ansiedad, etc. Y suponiendo que -en un mundo ideal- el terapeuta en cuestión fuera alguien lo suficientemente preparado y letrado para recetar las lecturas más convenientes, sólo quedaría una peccata minuta a considerar: que al paciente le gustara leer y no fuera uno de esos seres que no leen... ni en defensa propia.


Mi maestro de literatura de preparatoria, solía decir que una buena forma de iniciar en la lectura a los adultos poco amantes de la misma eran los aforismos, ya que éstos podrían despertar su interés tanto por los demás escritos de sus autores, como en otro tipo de lecturas. No sé que tan funcional resulte esto... nunca se lo he "recetado" nadie; lo que sí sé es que a mi me gusta leerlos de vez en cuando. La definición de aforismo que da el diccionario, es muy seca y tajante: "sentencia breve y doctrinal que se propone como regla en alguna cienca o arte"; no me gusta. En cambio, la del ensayista mexicano Armando González Torres me parece lírica; él dice que un aforismo es como un licor que se destila y añeja con paciencia; ligero y a la vez contundente; sorprendente y seductor y cuya ingesta moderada, amén de fortalecer el gusto, la inteligencia y el juicio... cura el alma.


Claro que no todos los aforismos aliviarán los dolores del alma y ni falta hace ser discípulo de Freud o Jung para intuir que los psicoterapeutas no receten textos depresivos o tristes cuando se trae el ánimo ídem. Por ejemplo, no me imagino a nadie recetando los escritos de Émil Cioran. Quizá exagero, pero siento que podrían resultar devastadores en situaciones extremadamente depresivas. Si a alguien le ronda la idea de la muerte, encontrarse con el rumano diciendo "vivo únicamente porque puedo morir cuando quiera: sin la idea del suicidio, hace tiempo que me hubiera matado", no es como para mejorarle el ánimo ni hacerlo saltar de felicidad precisamente; en un descuido, casi sería como ponerle una pistola -cargada- en la mano.


Pero tampoco se necesita mayor conocimiento psicoterapéutico, para entender que en situaciones depresivas la sensatez no es la acompañante más frecuente y que por ende, contra toda conseja bien intencionada, el deprimido o triste buscará lecturas acordes a su estado de ánimo... aquellas que nunca formarían parte del club del optimismo.


Y ya entrados en los linderos del padre del desencanto y la cruel lucidez Émil Cioran, quien dedicó buena parte de su obra a disertar sobre las eternas contradicciones del ser humano... empezando por las suyas pero sin pretender jamás dar respuestas determinantes, hay un aforismo suyo -con perdón de las feministas a ultranza- que me encanta:


"Si prefiero a las mujeres a los hombres, es porque ellas tienen la ventaja de ser más desequilibradas, es decir, más complicadas, más perspicaces y más cínicas, por no hablar de esa misteriosa superioridad que confiere una esclavitud milenaria." Émile Michel Cioran. Ese maldito yo. Tusquets Ed. 2004.

Yo prefiero esta visión, a aquellas que apuntan a la delicadeza y vulnerabilida femenina.



Finalmente, siguiendo con la idea inicial de esta entrada de recetar lecturas para aliviar los malestares del alma o del corazón, apelo a su experiencia y buen juicio para hacer una pregunta:


¿qué lectura recomendarían a alguien que está enamorada de un imposible?


No es que sea mi caso... mera curiosidad...








Imagen: Ferdinand Hodler, Alameda de castaños en otoño, 1892

agosto 04, 2009

agosto

Agosto es un mes extraño y difícil para mí; ni remotamente mi favorito. Para empezar hace demasiado calor; un calor que llega ser bochornoso por la humedad propia de la temporada de lluvias... y de huracanes. Y luego está la pesadez mental; seguro sólo es un pretexto para justificar mis naturales limitaciones, pero siempre he pensado que las altas temperaturas no sólo aletargan, sino que de plano apelmazan las neuronas. Con temperaturas superiores a los treinta grados centígrados, cuesta más trabajo hilvanar pensamientos medianamente coherentes. Pobre mes de agosto, qué culpa tiene de mis traumas personales. Debe ser cuestión de edades y circunstancias, pues para muchas personas agosto es un mes feliz por ser época de vacaciones veraniegas. Hasta Rubem Fonseca escribió una novela llamada así: Agosto y la ambientó en un convulso y calurosísimo Brasil de 1954 y ya no recuerdo si fue dentro de la novela o en una referencia a los hechos históricos que la atraviesan -entre otros, el suicidio del entonces presidente Getulio Vargas-, en donde el escritor brasilero escribió: agosto es un mes propicio para que bajen los espíritus. Uff como para mí, que en este octavo mes del año suelo penar dolorosas ausencias. A veces pienso que debería estar prohibido conmemorar públicamente la muerte de seres queridos; resulta muy penoso que los demás atestigüen nuestros desfiguros. Hay dolores tan íntimos, cúmulos de emociones tan intensas y lacerantes, cuyo penar sería más apropiado en privado; pero en este mundo de hoy tan expuesto, en donde, a querer o no, nuestra vida cada vez se parece más a uno de esos horrendos reality shows, uno acaba perdiendo por completo el estilo y chillando desconsoladamente delante de quién sea -como si no conociera el pudor, diría mi abuela. Uno de mis dos añorados muertos agosteños, solía decirme que cuando alguien está gravemente enfermo, sobre todo si se encuentra en fase terminal como era su caso, el que alguien le pregunte ¿y cómo estás? encarna una profunda crueldad. Ni que fuera una fiesta, completaba. Quizá no tanto como crueldad, pero si hay algo de tontera en esa pregunta cuya respuesta conocemos de antemano. Y sin embargo, la formulamos una y otra vez y aún sin ninguna intensión de lastimar... terminamos haciéndolo.

Y existen otras ausencias, agosteñas o decembrinas da igual, que sin ser irremediables como las ocasionadas por la muerte, no por ello dejan de doler... y a veces con mayor fuerza. Será que uno en su infinita terquedad, egoísmo y tontera, se aferra a creer que hay sucesos cuyo derrotero sí podría modificar, torcer su ruta y acomodarlos a sus deseos. Darse cuenta y aceptar que esto no siempre es posible -por no decir casi nunca-, resulta duro, frustrante... a veces insoportable. Esa manía que tenemos algunos de arraigarnos a las personas y de creer que porque uno las necesita, ellas sienten igual o que si echamos de menos sus palabras, su sonrisa o su mirada... a ellas les pasa lo mismo.

Dice Michel Houellebecq -el escritor de la famosa y polémica novela Las partículas elementales- que la inteligencia no ayuda en absoluto a escribir buenos poemas; sin embargo, puede impedir que uno escriba poemas malos. Ojalá esa inteligencia nos sirviera no sólo para aceptar que la poesía no es nuestro fuerte -creo que eso lo he sabido y aceptado desde que tengo memoria-, sino también para impedir que sigamos engañándonos a nosotros mismos, al creer que podemos cambiar las cosas que nos duelen o que no se acomodan a nuestros deseos...

... y ya de paso... para darnos la prudencia necesaria que nos evite la pena de terminar escribiendo post como éste...



"Hay siempre una ciudad, con huellas de poetas
que entre sus muros han cruzado sus destinos
agua por todos lados, la memoria murmura
nombres de gente, nombres de ciudades, olvidos.

Y siempre recomienza la misma vieja historia,
horizontes deshechos y salas de masaje
soledad asumida, vecindad respetuosa,
hay allí, sin embargo, gente que existe y baila.

Son gente de otra especie, personas de otra raza,
bailamos exaltados una danza cruel
y, con pocos amigos, poseemos el cielo,
y la solicitud sin fin de los espacios;

El tiempo, el viejo tiempo, que urde su venganza,
el incierto rumor de la vida que pasa
el silbido del viento, el goteo del agua
y el cuarto amarillento en que la muerte avanza"

[Michel Houellebecq So long]





imagen Johann Fournier