En un hecho que sólo puedo explicar en razón de ese atarantamiento tan mío, el cansancio, la sobrecarga de chácharas (bolsas del supermercado, abrigo, morral con libros y… bolso mano) y la oscuridad nocturna... perdí mi bolso de mano. Sí, mi bolso de mano, el cual se me cayó en el microbús –con tanto cargamento encima no podía ser de otra forma– y solamente lo noté hasta que llegué a la puerta del edificio donde habito y, para mi asombro y horror, no traía mi bolso de mano. , Una mujer con los sentidos en su lugar, como diría mi abuela, puede olvidar/extraviar el abrigo, el paraguas, un libro o hasta las compras del mercado (hay algunas que dejan olvidado al novio, aunque presumo que eso no es por accidente), pero… ¿su bolso de mano? Eso nomás yo.
Ahorrémonos detalles. Una vez que la vecina me hizo favor de abrirme, prestarme dinero y guardar mis tiliches, yo salí a buscar un cerrajero. Después caminar casi un kilómetro lo encontré y volví con él a casa... en su coche (a esas horas no estaba yo para remilgos). Llegamos y él puso manos a la obra, mientras yo trataba de mantener la calma. Eternas se me hicieron las dos horas que el santo señor tardó en abrir la cerradura y por fin pude entrar a casa. Y ni tiempo para entrar en autoconmiseraciones/recriminaciones, pues el timbre del teléfono había estado suene y suene mientras el cerrajero y yo estábamos del otro lado de la puerta [él trabajando y yo mordiéndome las uñas y poniendo cara de circunstancia cada que pasaban mis vecinos, creo que ese noche todos subieron y/o bajaron, y me miraban con cara de lástima]. Total que por fin entré y, apenas deposité mi cargamento en el piso, corrí a levantar el auricular. Al otro lado de la línea una voz de hombre joven me dijo: “buenas noches, eran más de las once de la noche, ¿ahí vive Marichuy?
Yo apenas alcancé a balbucear un ¿quién la busca?
—El hombre respondió con un soy fulanito de tal y esta noche en el microbús de la Ruta XX me encontré un bolso negro de mujer y dentro una libretita donde venía una hoja de servicio de Telcel con este nombre y número telefónico.
¡¡¡ Mi bolso!!!
—Sí, estoy llamándola para ponernos de acuerdo y entregárselo…
Vivirlo para contarlo. En esta denostada capital mexicana una puede olvidar/tirar su bolso y alguien lo encuentra, teniendo la decencia de llamarla para devolvérselo.
Finalmente el hombre al teléfono y yo nos pusimos de acuerdo para vernos al día siguiente –sábado– a las 7:00 de la mañana, en la emblemática esquina de conocida avenida sureña. Aquella fría mañana invernal, mientras me dirigía al encuentro con un absoluto desconocido, mi boquete estomacal empezó a cosquillear al ritmo del montón de dudas y alguito de miedo que iba sintiendo, pero ni modo de regresarme. Por si fuera poco, mi mala costumbre de ser puntual hizo que llegara 15 eternos minutos antes que el chico, quien llegó acompañado por su primo a esa solitaria esquina. Me identificaron (vía credencial para votar), se acercaron, saludaron y sin mayores preámbulos me entregaron bolso. Intacto su contenido –credenciales, billetera con dinero, otro libro, agenda, teléfono celular y llaves de casa que ya para esta hora no me servían–. Yo no sabía si besarlo o abrazarlo y como me daba pena ofrecerles dinero, los invité a desayunar pero ellos se disculparon pues ya se les hacía tarde para irse a trabajar… debí repetir ¡¡¡muchas gracias!!! unas veinte veces.
Los primos se fueron y yo me quedé pensando en mi escepticismo...
Ah... casi me olvidaba del ayuno...
Resulta que en la acera frente a la esquina donde yo había recuperado mi bolso perdido, hay una Sex Shop y justo sobre el cartel que muestra a típica rubia oxigenada de típicos y pechos operados, alguna piadosa dama –o caballero, vayan ustedes a saber– pegó una cartulina con esta cita:
“El ayuno purifica el alma, eleva el espíritu, sujeta la carne al espíritu, da al corazón contrición y humildad, disipa las tinieblas de la concupiscencia, aplaca los ardores del placer y enciende la luz de la Castidad.” (San Agustín).