"Séneca comprendió que en el vasto territorio de la frustración humana anida una estructura básica: el choque de un deseo con una realidad inquebrantable, pues las fuentes de la satisfacción están fuera del control del sujeto y el mundo nunca se amolda a sus deseos" Fernando Solana O. Guía para atribulados
Penar amores infortunados debe ser la dolencia más recurrente de las almas débiles; escribir sobre ello, también. Pero la realidad es inquebrantable, como bien decía Séneca y en medio de ella, andábamos yo y mis quebrantos de amor sin saber bien a bien a dónde dirigirnos. Ya había sido suficiente; ya estaba bien de lloriqueos y lamentaciones. Era hora de tomar una decisión terminante y llevarla a la práctica; hasta ese momento, me había concretado a desahogarme a través de largas epístolas enviadas a ninguna parte, así como a intermitentes sesiones de sollozos y aunque no renegaba del beneficio catártico producido por lágrimas y letras, mis ojos empezaban a resentir los efectos de noches de desvelo, escritura y llanto tercamente acallado (como si alguien pudiera escucharlo).
Decidí poner distancia, alejarme por un tiempo y evitar, hasta donde me fuera posible, lugares y personas que me hablaran de la causa de mis tribulaciones. Me habría gustado irme al fin del mundo, pero no me alcanzaba para consumar espacialmente la metáfora y tampoco se trataba de ir por ahí pidiendo dinero prestado para algo tan banal como la cura del mal de amores -ni que fuera un asunto de vida o muerte, ni yo la única con tan común padecimiento.
No se puede pretender más de lo que se puede tener, me habían repetido hasta el cansancio mis mentores. Y aunque tal conseja me parecía un llamado al conformismo, en las circunstancias de duelo en que me encontraba, era digna de consideración. Así que eso hice; me atuve a mis posibilidades, compré un pasaje de autobús y me dispuse a viajar a un ignoto pueblo perdido entre las montañas sureñas… en sustitución de la remota Nueva Zelanda, que es donde a mí se me antoja el fin del mundo.
No imaginaba que el pueblo al que me dirigía, pese a no estar en la distante Oceanía, se acercaba bastante al concepto de fin del mundo: asentado en el último rincón imaginable, al final de la Sierra, sólo podía llegarse a él tras ascender por una serpenteante, angosta y empinada carretera tapizada por incontables cráteres producto de los torrenciales aguaceros característicos de la zona. Si se considera que para recorrer sus 250 kilómetros, se requieren nueve horas, se tendrá una idea aproximada de las condiciones de esa carretera.
Pero no importaba; no se trataba de un periplo turístico, sino de un viaje rumbo al olvido y para ello, nada como sumergirse en las profundidades de ese México fantasmagórico tan bien descrito por Juan Rulfo. Y así ocurrió, pues de tanto andar entre cerros despoblados, sintiendo vértigo y alguno que otro movimiento interno provocado por las interminables curvas a la orilla del precipicio, me fui sumergiendo en otro espacio temporal y anímico. No era acto de magia desde luego, pero entre repetitivas e hipocondríacas invocaciones a los Dioses del Olimpo, rogándoles que nuestro autobús no fuera a terminar anticipadamente su trayecto en el fondo de alguno de esos rocosos barrancos (o que de hacerlo, por favor ocurriera mientras yo dormía) y miradas embebidas en la desnudez de esos paisajes abandonados por la vegetación, conseguí distraer mente y corazón de mis otros lamentos, aún antes de arribar a ese pueblo como sacado de alguna novela.
Desprovisto de servicios básicos como la energía eléctrica y el agua entubada, rodeado por una muralla de vegetación, cuyo verdor casi cegaba la vista entorpecida después de contemplar tanta aridez, y en la cual reinaban unos hermosos cafetos, apareció un pequeño pueblo de menos de mil habitantes. Igual a tantos otros pueblos mexicanos, pero al mismo tiempo, distinto a ellos. No sé de donde saqué el ánimo para instalarme ahí durante una semana completa. Y digo ánimo, porque si bien intentaba distraer o desintoxicar la mente de tribulaciones amorosas, tampoco se trataba de una manda en busca de la cura milagrosa, ni de una expedición con montañistas. Pero acabó siendo algo parecido: dormí en un catre cuya colchoneta ya había visto sus mejores días, me bañé con agua fría a jicarazos, olvidé lo que era una estufa de gas, la bombilla de luz alumbrando mis lecturas nocturnas o la pantalla de Tv fungiendo como reproductor de películas, me reencontré con el sabor de las tortillas de maíz de verdad (no los sucedáneos producidos por Maseca, que semejan papel de estraza) y desayuné, comí y cené acompañada por el café más exquisito que había probado en mi vida (café de altura, producido a 1200 msnm, molido en molino manual con un pequeño trozo de cacao). Fue un viaje al pasado y lo disfruté, más de lo que mi comodina mente hubiese imaginado.
Pero al cabo de siete días, bajé del cerro, llegué la costa y me instalé todo un fin de semana en un moderno y confortable hotel. La primera noche casi me salen escamas merced al largo y burbujeante baño de tina que tomé… en compañía de una botella de vino tinto.
Mejor que llorar por los rincones… aunque el efecto no dure para siempre.
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