escribir

Escribir: tratar de retener algo meticulosamente, de conseguir que algo sobreviva; arrancar unas migajas precisas al vacío que se excava continuamente, dejar en alguna parte un surco, un rastro, una marca o algunos signos.[Georges Perec]

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agosto 28, 2009

pueblos para el olvido

"Séneca comprendió que en el vasto territorio de la frustración humana anida una estructura básica: el choque de un deseo con una realidad inquebrantable, pues las fuentes de la satisfacción están fuera del control del sujeto y el mundo nunca se amolda a sus deseos" Fernando Solana O. Guía para atribulados

Penar amores infortunados debe ser la dolencia más recurrente de las almas débiles; escribir sobre ello, también. Pero la realidad es inquebrantable, como bien decía Séneca y en medio de ella, andábamos yo y mis quebrantos de amor sin saber bien a bien a dónde dirigirnos. Ya había sido suficiente; ya estaba bien de lloriqueos y lamentaciones. Era hora de tomar una decisión terminante y llevarla a la práctica; hasta ese momento, me había concretado a desahogarme a través de largas epístolas enviadas a ninguna parte, así como a intermitentes sesiones de sollozos y aunque no renegaba del beneficio catártico producido por lágrimas y letras, mis ojos empezaban a resentir los efectos de noches de desvelo, escritura y llanto tercamente acallado (como si alguien pudiera escucharlo).

Decidí poner distancia, alejarme por un tiempo y evitar, hasta donde me fuera posible, lugares y personas que me hablaran de la causa de mis tribulaciones. Me habría gustado irme al fin del mundo, pero no me alcanzaba para consumar espacialmente la metáfora y tampoco se trataba de ir por ahí pidiendo dinero prestado para algo tan banal como la cura del mal de amores -ni que fuera un asunto de vida o muerte, ni yo la única con tan común padecimiento.

No se puede pretender más de lo que se puede tener, me habían repetido hasta el cansancio mis mentores. Y aunque tal conseja me parecía un llamado al conformismo, en las circunstancias de duelo en que me encontraba, era digna de consideración. Así que eso hice; me atuve a mis posibilidades, compré un pasaje de autobús y me dispuse a viajar a un ignoto pueblo perdido entre las montañas sureñas… en sustitución de la remota Nueva Zelanda, que es donde a mí se me antoja el fin del mundo.

No imaginaba que el pueblo al que me dirigía, pese a no estar en la distante Oceanía, se acercaba bastante al concepto de fin del mundo: asentado en el último rincón imaginable, al final de la Sierra, sólo podía llegarse a él tras ascender por una serpenteante, angosta y empinada carretera tapizada por incontables cráteres producto de los torrenciales aguaceros característicos de la zona. Si se considera que para recorrer sus 250 kilómetros, se requieren nueve horas, se tendrá una idea aproximada de las condiciones de esa carretera. 

Pero no importaba; no se trataba de un periplo turístico, sino de un viaje rumbo al olvido y para ello, nada como sumergirse en las profundidades de ese México fantasmagórico tan bien descrito por Juan Rulfo. Y así ocurrió, pues de tanto andar entre cerros despoblados, sintiendo vértigo y alguno que otro movimiento interno provocado por las interminables curvas a la orilla del precipicio, me fui sumergiendo en otro espacio temporal y anímico. No era acto de magia desde luego, pero entre repetitivas e hipocondríacas invocaciones a los Dioses del Olimpo, rogándoles que nuestro autobús no fuera a terminar anticipadamente su trayecto en el fondo de alguno de esos rocosos barrancos (o que de hacerlo, por favor ocurriera mientras yo dormía) y miradas embebidas en la desnudez de esos paisajes abandonados por la vegetación, conseguí distraer mente y corazón de mis otros lamentos, aún antes de arribar a ese pueblo como sacado de alguna novela. 
Desprovisto de servicios básicos como la energía eléctrica y el agua entubada, rodeado por una muralla de vegetación, cuyo verdor casi cegaba la vista entorpecida después de contemplar tanta aridez, y en la cual reinaban unos hermosos cafetos, apareció un pequeño pueblo de menos de mil habitantes. Igual a tantos otros pueblos mexicanos, pero al mismo tiempo, distinto a ellos. No sé de donde saqué el ánimo para instalarme ahí durante una semana completa. Y digo ánimo, porque si bien intentaba distraer o desintoxicar la mente de tribulaciones amorosas, tampoco se trataba de una manda en busca de la cura milagrosa, ni de una expedición con montañistas. Pero acabó siendo algo parecido: dormí en un catre cuya colchoneta ya había visto sus mejores días, me bañé con agua fría a jicarazos, olvidé lo que era una estufa de gas, la bombilla de luz alumbrando mis lecturas nocturnas o la pantalla de Tv fungiendo como reproductor de películas, me reencontré con el sabor de las tortillas de maíz de verdad (no los sucedáneos producidos por Maseca, que semejan papel de estraza) y desayuné, comí y cené acompañada por el café más exquisito que había probado en mi vida (café de altura, producido a 1200 msnm, molido en molino manual con un pequeño trozo de cacao). Fue un viaje al pasado y lo disfruté, más de lo que mi comodina mente hubiese imaginado.


Pero al cabo de siete días, bajé del cerro, llegué la costa y me instalé todo un fin de semana en un moderno y confortable hotel. La primera noche casi me salen escamas merced al largo y burbujeante baño de tina que tomé… en compañía de una botella de vino tinto.
Mejor que llorar por los rincones… aunque el efecto no dure para siempre.
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marzo 20, 2009

de esceptisismos y ayuno

Nosotros los escépticos somos capaces de las mayores contradicciones. No creemos en nada ni en nadie y se supone que ya nada es capaz de sorprendernos. Pero al mismo tiempo, estamos dispuestos a presenciar los mayores extravíos y absurdos, dándoles crédito… a pesar de nosotros mismos.

En un hecho que sólo puedo explicar en razón de ese atarantamiento tan mío, el cansancio, la sobrecarga de chácharas (bolsas del supermercado, abrigo, morral con libros y… bolso mano) y la oscuridad nocturna... perdí mi bolso de mano. Sí, mi bolso de mano, el cual se me cayó en el microbús –con tanto cargamento encima no podía ser de otra forma– y solamente lo noté hasta que llegué a la puerta del edificio donde habito y, para mi asombro y horror, no traía mi bolso de mano. , Una mujer con los sentidos en su lugar, como diría mi abuela, puede olvidar/extraviar el abrigo, el paraguas, un libro o hasta las compras del mercado (hay algunas que dejan olvidado al novio, aunque presumo que eso no es por accidente), pero… ¿su bolso de mano? Eso nomás yo.

Ahorrémonos detalles. Una vez que la vecina me hizo favor de abrirme, prestarme dinero y guardar mis tiliches, yo salí a buscar un cerrajero. Después caminar casi un kilómetro lo encontré y volví con él a casa... en su coche (a esas horas no estaba yo para remilgos). Llegamos y él puso manos a la obra, mientras yo trataba de mantener la calma. Eternas se me hicieron las dos horas que el santo señor tardó en abrir la cerradura y por fin pude entrar a casa. Y ni tiempo para entrar en autoconmiseraciones/recriminaciones, pues el timbre del teléfono había estado suene y suene mientras el cerrajero y yo estábamos del otro lado de la puerta [él trabajando y yo mordiéndome las uñas y poniendo cara de circunstancia cada que pasaban mis vecinos, creo que ese noche todos subieron y/o bajaron, y me miraban con cara de lástima]. Total que por fin entré y, apenas deposité mi cargamento en el piso, corrí a levantar el auricular. Al otro lado de la línea una voz de hombre joven me dijo: “buenas noches, eran más de las once de la noche, ¿ahí vive Marichuy?

Yo apenas alcancé a balbucear un ¿quién la busca?

—El hombre respondió con un soy fulanito de tal y esta noche en el microbús de la Ruta XX me encontré un bolso negro de mujer y dentro una libretita donde venía una hoja de servicio de Telcel con este nombre y número telefónico.

¡¡¡ Mi bolso!!!

—Sí, estoy llamándola para ponernos de acuerdo y entregárselo…

Vivirlo para contarlo. En esta denostada capital mexicana una puede olvidar/tirar su bolso y alguien lo encuentra, teniendo la decencia de llamarla para devolvérselo.

Finalmente el hombre al teléfono y yo nos pusimos de acuerdo para vernos al día siguiente –sábado– a las 7:00 de la mañana, en la emblemática esquina de conocida avenida sureña. Aquella fría mañana invernal, mientras me dirigía al encuentro con un absoluto desconocido, mi boquete estomacal empezó a cosquillear al ritmo del montón de dudas y alguito de miedo que iba sintiendo, pero ni modo de regresarme. Por si fuera poco, mi mala costumbre de ser puntual hizo que llegara 15 eternos minutos antes que el chico, quien llegó acompañado por su primo a esa solitaria esquina. Me identificaron (vía credencial para votar), se acercaron, saludaron y sin mayores preámbulos me entregaron bolso. Intacto su contenido –credenciales, billetera con dinero, otro libro, agenda, teléfono celular y llaves de casa que ya para esta hora no me servían–. Yo no sabía si besarlo o abrazarlo y como me daba pena ofrecerles dinero, los invité a desayunar pero ellos se disculparon pues ya se les hacía tarde para irse a trabajar… debí repetir ¡¡¡muchas gracias!!! unas veinte veces.

Los primos se fueron y yo me quedé pensando en mi escepticismo...

Ah... casi me olvidaba del ayuno...

Resulta que en la acera frente a la esquina donde yo había recuperado mi bolso perdido, hay una Sex Shop y justo sobre el cartel que muestra a típica rubia oxigenada de típicos y pechos operados, alguna piadosa dama –o caballero, vayan ustedes a saber– pegó una cartulina con esta cita:

“El ayuno purifica el alma, eleva el espíritu, sujeta la carne al espíritu, da al corazón contrición y humildad, disipa las tinieblas de la concupiscencia, aplaca los ardores del placer y enciende la luz de la Castidad.” (San Agustín).