escribir

Escribir: tratar de retener algo meticulosamente, de conseguir que algo sobreviva; arrancar unas migajas precisas al vacío que se excava continuamente, dejar en alguna parte un surco, un rastro, una marca o algunos signos.[Georges Perec]

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junio 01, 2014

desasosegado pero soñador…

fotograma del film La amante del teniente francés

“He sido siempre un soñador irónico, infiel a las promesas interiores. He gozado siempre, como otro y extranjero, de las derrotas de mis devaneos, asistente casual a lo que pensé ser. Nunca he dado fe a aquello en que he creído. He llenado mis manos de arena, le he llamado oro, y he abierto las manos de toda ella, escurridiza. La frase había sido la única verdad. Una vez dicha la frase, todo estaba hecho; lo demás era la arena que siempre había sido.

Si no fuese por el soñar siempre, por el vivir en una perpetua enajenación, podría, de buen grado, llamarme un realista, es decir, un individuo para quien el mundo exterior es /una nación/ independiente. Pero prefiero no darme nombre, ser lo que soy con /cierta/ oscuridad y tener para conmigo mismo la malicia de no saberme prever.

Tengo una especie de deber de soñar siempre, pues, no siendo más, ni queriendo ser más, que un espectador de mí mismo, tengo que tener el mejor espectáculo que puedo. Así me construyo con oro y sedas, en salas supuestas, tablado falso, escenario antiguo, sueño creado entre juego de luces suaves y músicas invisibles.

Guardo, intimo, como la memoria de un beso agradable, el recuerdo infantil de un teatro en que el escenario azulado y lunar figuraba la terraza de un palacio imposible. Había, pintado también, un parque vasto alrededor, y gasté el alma en vivir como real todo aquello. La música, que sonaba blanda en aquella ocasión /mental/ de mi experiencia de la vida, convertía en real de una fiebre aquel escenario gratuito.

El escenario era definitivamente azulado y lunar. En el tablado, no recuerdo quién aparecía, pero la pieza que pongo en el paisaje recordado me sale hoy de los versos de Verlaine y Pessanha; no era la que olvido, pasada en el palco vivo más acá de aquella realidad de azul música. Era mía y fluida, (la) mascarada inmensa y lunar, (el) interludio de plata y azul concluido.

Después vino la vida. Aquella noche me llevaron a cenar al León. Conservo aún el recuerdo de los filetes en el paladar de la nostalgia —filetes, lo sé porque lo supongo, como hoy nadie hace o no como yo. Y todo se me mezcla —infancia, vivida a distancia, comida sabrosa de noche, escenario lunar, Verlaine futuro y yo presente— en una diagonal confusa, en un espacio falso entre lo que he sido y lo que soy.”

Fernando Pessoa [16-10-1931] 
Fragmento 218 de Libro del Desasosiego, pág. 133-134

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marzo 09, 2014

cuando Roma era una fiesta… o de la grande bellezza…

fotograma de La Grande Bellezza

Según algunos críticos, el más reciente film del cineasta italiano Paolo Sorrentino es una especie de La Dolce Vita en tiempos de Berlusconi. Y sí, algo hay de eso. Por más que algunos fans del film se molesten por las comparaciones con el clásico de Fellini, es imposible no hacerlo. Vamos, el propio director lo reconoce (creo que le agradeció a Fellini —¡y a Maradona!— en la entrega del Óscar). Y no tendría por qué ser negativo. Si uno ha de abrevar en la obra de alguien más, mejor que sea en la de un maestro como Fellini. Pero más allá de las referencias obligadas y las comparaciones obvias, creo que el film de Sorrentino también podría verse como una elegía a Roma, a la vida romana, enfiestada, hermosa, llena de arte y a la vez vacua y melancólica, donde el pasado (pesado) histórico y artístico va de la mano de la frivolité, tanto como “los trapos y las pizzas” que han dado nombre a Italia (dicho por Jep Gambardella).

Y  no sólo eso, La Grande Bellezza asume sin disimulos la influencia de la literatura en el cine. Imposible no destacar la cita con la que abre el film, las primeras líneas de la obra maestra de Céline:

“Viajar es muy útil, hace trabajar la imaginación. El resto no son sino decepciones y fatigas. Nuestro viaje es por entero imaginario. A eso debe su fuerza.
Va de la vida a la muerte. Hombres, animales, ciudades y cosas, todo es imaginado. Es una novela, una simple historia ficticia. Lo dice Littré, que nunca se equivoca.
Y, además, que todo el mundo puede hacer igual. Basta con cerrar los ojos.
Está del otro lado de la vida.”

[Louis-Ferdinand Céline. Viaje al fin de la noche. Edhasa, 1932-01-01. iBooks].

Y sin embargo, con todo y las referencias literarias que se dan a lo largo de la película,  parece que su fuerte no es un rico o complejo guión. Y quizá no haga falta. Todo está contado a través de las imágenes, de la espectacular puesta en escena que logra el cineasta Paolo Sorrentino. La Grande Bellezza es un viaje por una Roma tan hermosa como decadente. Viaje conducido por Jep Gambardella, un escritor-socialité-guía interpretado por el actor Tony Servillo. Personaje que encarna todo lo que uno esperaría de un italiano: atractivo, arrogante, elegante, seductor, culto, un poco cínico, pero siempre dueño del «savoir faire» (son clichés lo sé, pero no por ello menos ciertos). Un hombre que ha visto pasar sus mejores días como escritor (sólo escribió una novela que unos definen como «obra maestra» y otros como una pavada, pero que bastó para darle el reconocimiento de la intelectualidad, los medios y la pretenciosa clase alta romana), pero que aún disfruta de las glorias que estos le dejaron. Una frase suya da una idea de su desencanto, asumido sin asomo de autoconmiseración:

“No hay que tomar demasiado en serio a los escritores. No hay que tomar nada demasiado en serio. Lo único que debería tomarse en serio es la carta de un restaurante…”

Finalmente, algo sobre mi idea (quizá equívoca) de que no hay un gran guión en “La Grande Belleza”: en algún momento le preguntan a Jep Gambardella por qué no ha vuelto a escribir otra novela (siendo tan buen observador) y él responde que ahora sólo ve la nada (fatuidad) a su alrededor: “si Flaubert no pudo escribir una novela sobre la nada, menos podría yo”. Eso me dejó pensando que tal vez Sorrentino sólo quiso hacer una película sobre la nada… o sobre el “todo” que es la nada. Una empresa tan desmesurada como [por momentos] este film…

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(Si desean leer más que estas líneas atropelladas, Carlos Bonfil escribió una reseña sobre La gran belleza Lo mejor del film para él: su retrato del intelectual desencantado).

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octubre 20, 2013

el sistema de los objetos


El reproductor de DVD ya no quiere dejarme ver películas, enciende perfecto, sólo que simplemente no lee los discos, lo cual me ha sumido en una pequeña disyuntiva trágica y superflua: o pago el mantenimiento o me compro otro DVD; la plancha de vapor, en vez de soltar vapor caliente que desarrugue la ropa, ya sólo avienta agua; mi adorada Toshiba, que tantos momentos felices me dio (y cuya vida útil, sin mácula, superó a la de varios matrimonios que he conocido), dijo «hasta aquí llegué»; el teléfono fijo amaneció muerto; el horno de microondas hizo ¡pum!, dejándome sin luz; el tostador pasó de tostar a carbonizar rebanadas de pan; el calentador de agua funciona un día y cinco no, por lo que he terminado por asumir mi condición de mujer decimonónica, resignada a bañarse a jicarazos…

Podría seguir enumerando todos los aditamentos que parecieran haberse puesto de acuerdo para dejar de funcionar casi al mismo tiempo, pero no tiene sentido aburrir al hipotético lector. El punto importante es que el descuajaringamiento —casi al unísono— de todos ellos sirvió para corroborar, una vez más, hasta qué punto me he vuelto dependiente de los objetos y la tecnología. Y con la dependencia viene la inutilidad: sin luz eléctrica, a cualquier hora pero especialmente de noche, siento que ha retrocedido dos siglos, incapaz de hacer un montón de cosas. Y después de eso, claro, mi inutilidad asociada a la falta de los aparatos descompuestos. Es curioso cómo la tecnología nos pasa la factura de forma tan sutil como despiadada: con el peso de su ausencia después de habernos acostumbrado a ella. Qué digo acostumbrado, después de habernos vuelto dependientes de ella. Decía un actor mexicano: «qué triste debe ser tenerme y después perderme». Pues hagan de cuenta yo y mis pérdidas tecnológicas. Desde luego que esto no es ninguna tragedia. Marchar al ritmo de la tecnología y no que esta marche al nuestro sí que lo es. Decía un ex jefe: cuando la tecnología pasa de servirte a representarte un problema… se jodió el invento, m’hija. Tal cual...

Aunque, para ser sincera, lo verdaderamente terrible es que algo como eso me angustie y, peor, que los distraiga platicándolo aquí. Ustedes perdonarán la frivolidad. 


«Si antes era el hombre el que imponía su ritmo a los objetos, hoy en día son los objetos los que imponen sus ritmos discontinuos a los hombres, su manera discontinua de estar allí, de descomponerse o sustituirse unos a otros sin envejecer. El status de una civilización entera cambia, de tal manera, según el modo de presencia y de disfrute de los objetos cotidianos. El sistema de los objetos.» [Jean Baudrillard].


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septiembre 29, 2013

fanáticos somos...

Édouard Boubat (1973)

«Llevamos en nosotros, como un tesoro irrecusable, un fárrago de creencias y certezas indignas. Incluso quien llega a desembarazarse de ellas y a vencerlas permanece, en el desierto de su lucidez, todavía fanático: de sí mismo, de su propia existencia; ha humillado todas sus obsesiones, salvo el terreno en el que afloran; ha perdido todos sus puntos fijos, salvo la fijeza de la que provienen.»
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—Emil Cioran

[Cita tomada de este excelente texto del crítico de cine argentino Roger Koza sobre la belleza, el amor al cine, los fans y sus fanatismos: El Gusto por la Belleza


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julio 09, 2013

ódiame... pero no me ignores

collage de postales de Julio Cortázar

¿Quién necesita fans cuando le sobran haters? Es más, pareciera que hay más constancia en el hater que en el fan. Los haters se acuerdan del objeto de su odio hasta cuando no viene al caso. Tanta dedicación… ni los fans más incondicionales. Y no sólo en lo que refiere a personajes del mundo del espectáculo o del deporte. Una moda vigente es despreciar toda obra artística que huela realismo mágico, a novela del boom y no se diga a «compromiso social» (lo que sea que eso signifique). Nada más "in" que gritar a los cuatro vientos: «soy el último anti-cultura-mainstream y defenestro obras artísticas que alguna vez fueron consideradas rompedoras, luego de culto instantáneo y más tarde capitales». Una obra blanco de este tipo de ataques es Rayuela, la novela de Julio Cortázar… Por estos días de su 50 aniversario, Twitter ha sido un espacio inmejorable para ver que quienes con trabajos saben quién fue Cortázar y de Rayuela apenas conocen el «¿Encontraría a la Maga?», gritan su desprecio a dicha novela porque no está a la altura de la estatura de sus cultas vidas. Puntualizo: nada de particular tendría no gustar de Rayuela (ni de cualquier otro obra literaria o cinematográfica), pues todos tenemos derecho de no amar X o Z obra, aun cuando sea la más reconocida y premiada. El punto es la pose, el mero oportunismo, ese tufo de superioridad intelectual que emana de muchas de esas muestras de desprecio. Claro, esto mismo puede decirse de los fans de ocasión. Y no sólo de los de ocasión. Pero lo cierto es que son los haters los que promueven hasta el hartazgo al objeto de su odio. Mucho más que los fans más fieles y hasta fundamentalistas (que los hay, desde luego). En el caso de Rayuela, una que es mal pensada no puede evitar sospechar que a algunos de los escritores (y aspirantes a) que la defenestran los mueve algo que va más allá de lo literario; no sabría decir si la envidia o el resentimiento o qué. [Digresión a manera de ejemplo: hace años, un conocido intelectual publicó en la revista Vuelta —en ese entonces dirigida por Octavio Paz— un ensayo durísimo contra Carlos Fuentes. Lo curioso es que en su larga diatriba hay pocos, por no decir nulos, argumentos literarios frente a decenas de calificativos negativos sobre la personalidad de Fuentes. Uno lee ese ensayo, La comedia mexicana de Carlos Fuentes, y no le es difícil concluir que el problema del crítico no era tanto la poco brillante pluma de Fuentes, sino su apostura, su arrogancia, su gusto para vestir, sus guapas mujeres, su éxito internacional... Lo más divertido es que a la vuelta del tiempo, cuando murió Carlos Fuentes, el mismo critico se lamentó en Twitter: «Carlos Fuentes fue uno de los escritores más brillantes del siglo XX en México. Descanse en paz».] En fin. Ya me desvié, sólo quería acentuar que más que los fans, son los haters quienes hacen que uno tenga presentes obras, personajes, momentos. No se trata de decir que Rayuela sea la mayor novela hispanoamericana, pero guste o no, ha sido una novela remarcable en más de un sentido. Por ende, creo, resulta un poco canalla aprovechar su 50 Aniversario para sacar a relucir odios. Claro, eso no obsta para que existan críticas literarias, bien escritas, donde se descalifique a la novela... con argumentos li-te-ra-rios, no emocionales.

En lo que a mí respecta, no he querido volver a leerla. Quizá porque hay libros, como películas y canciones, que nos llegan en un momento determinado, detonando emociones que no sólo responden a la obra en sí, sino a esa circunstancia. Creo que Rayuela se ubica en ese rango. 

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El problema está en aprender su unidad (la de la vida) sin ser un héroe, sin ser un santo, sin ser un criminal, sin ser un campeón de box, sin ser un prohombre, sin ser un pastor. Aprehender la unidad en plena pluralidad, que la unidad fuera como el vértice de un torbellino y no la sedimentación de matecito lavado y frío. [Oliveira sobre la democracia. Julio Cortázar, Rayuela].
[…] Desordenar las jerarquías. Éste es un corolario posible de la obra de Cortázar, localizable en la oposición y la complementación de los textos radicalmente políticos y de los obsesivamente literarios. Por eso, según creo, en su retorno a la Argentina, a Cortázar se le aplaude diez minutos en la Plaza de Mayo porque, además de su voluntad de confrontación de los poderes, al leerlo ya se le ha aplaudido en silencio. Como el Quevedo de César Vallejo, Cortázar es un «abuelo instantáneo de los dinamiteros», tanto más eficaz y generoso cuanto que su carga explosiva se concentra en el lenguaje y en la calidad de ese otro yo de la palabra justa que es la actitud. Como la cita de Neruda que tanto le gustaba, él pudo decir: «Mis criaturas nacen de un largo rechazo». Hoy, sus criaturas, a diario, renacen debido a una larga y profunda aceptación. […]
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[Fragmento de ¿Encontraría a la Maga en la manifestación?

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agosto 01, 2012

la sociedad de la simulación...


En el mundo realmente invertido lo verdadero es un momento de lo falso.
—Guy Debord, la sociedad del espectáculo


La Hija del General, film hollywoodense, no es ninguna masterpiece. Aun así, me entretuvo una noche de estas y hasta me hizo ver claros reflejos de la sociedad mexicana (y no sólo mexicana). La película inicia con el hallazgo del cadáver de una joven mujer, la hija del general. A partir de ahí la historia discurre sobre la torcida investigación en torno a su muerte, hasta que dichas pesquisas regresan, vía flash back, siete años atrás, cuando la hija del general era una estudiante súper inteligente, guapa, arrojada y apasionada en la Academia Militar. Obvio, tantas cualidades despertaban odio/envidia en sus compañeros de clase, machitos aspirantes a soldaditos [al parecer, la chica gozaba haciéndoles sentir el peso de su superioridad intelectual.] Así que una noche ellos deciden darle un escarmiento a esa sabelotodo-hija-de-papi. Y, claro, su machismo en sintonía con su pequeñez cerebral sólo alcanza para idear una violación en medio de la noche, en algún solitario lugar. Ultrajarla, humillarla, demostrarle su superioridad física, su poderío masculino en su punto más alto y animal y, en este caso, multiplicado por cinco. No hace falta dar cuenta de las infamias al que se ve sometida la chica. Sólo me detendré en una: para poder actuar con total libertad durante su infamia, la víctima es 'clavada' al piso, amarrada a unas estacas, e inmovilizada con sus propias bragas atadas al cuello. Finalmente, tras horas de vejaciones a manos de esos malnacidos, un helicóptero de vigilancia nocturna llega al sitio y la rescata… previa huida de los violadores. Hasta aquí no he contado nada nuevo, pero era necesario para entender el absurdo de la secuencia que me hizo pensar en nuestra desgracia como sociedad: una vez rescatada y hospitalizada por contusiones, infecciones venéreas y demás resabios de la violación tumultuaria, la hija del general yace en la cama del hospital, su rostro con las huellas de la golpiza, sus ojos llorosos. A su lado se encuentra su padre, que recién regresado de hablar con el Secretario a quién solicitó su intervención para castigar de manera ejemplar a los agresores de su hija. Pero resulta que a la atendible petición del General el Secretario responde que si bien comparte su indignación, ambos saben que a esos niveles lo prioritario es la salvaguarda de la imagen de las Instituciones —West Point, la US Army, la patria misma, da igual—. Una denuncia semejante repercutiría negativamente en el alumnado femenino presente y futuro. Y, sobre todo, dañaría el prestigio de la Academia. Por ende, si él —el padre— es un buen soldado no debe permitir que su hija denuncie nada. El General se molesta, pero tampoco insiste en la búsqueda de justicia para su hija y así, minutos más tarde, le repite a ella la cantaleta del Secretario: es mejor no denunciar, que él la protegerá y ella deberá hacer de cuenta que nada pasó. Le dice esto a su hija brutalmente violada, mientras besa su frente amoratada y haciendo como si no viera las gruesas lágrimas que surcan el rostro de ella. Así, disciplinado como un buen soldado, instruye a su hija ultrajada: cállate y haz de cuenta que nada pasó… y fin de la discusión.

La historia de la hija del general como la vida misma. El prestigio, las apariencias, son más importantes que el fondo y el sentir. Sea en la política,  la familia o la sociedad… hay que mantener el buen nombre por sobre todo. La fachada por encima del contenido. Qué importa que detrás de una impecable envoltura todo sea podredumbre, corrupción, deshonor, compra de votos, triangulación de recursos, lavado de narcodinero… mientras la fachada siga, o parezca, reluciente, lo demás es lo de menos. En tanto la mugre no salga de debajo de la alfombra, haremos de cuenta que nada ha ocurrido, que nada te ha pasado, hijita; que nadie ha osado humillarte y violarte, sociedad. Simularemos que no existen huellas del ultraje, pensaremos en perspectiva, salvaguardaremos la inmaculada imagen de las instituciones, de la sociedad, de la familia, de la pareja. Simuláremos hoy como siempre... porque hay que pensar en el bien común antes que en el dolor, la vergüenza, humillación, yerros o violaciones a la ley.


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abril 15, 2012

la vida sola...


Es siempre lo que sabíamos de memoria lo que nos toma desprevenidos
—Pascal Quignard

A un lado apenas o sólo un poco antes de los toscos recovecos de la antigua y poderosa vanidad; arriba o por debajo de las voces y gestos engolados del poder y sus muecas brillantes de sudor, la falsa blancura de sus dientes, su afilada y metálica sonrisa, la vida sola. Detrás de la violencia incesante y ubicua que nos mete el hocico en las axilas y nos zumba en los oídos una muerte contrahecha, ajena a sí misma y atrapada en un tiempo pervertido estos años de guerra, de barbarie pulida en su sordera y su retórica; o invisible entre las fibras de una continua madeja de emergencias y peligros, de insaciables ambiciones terrenales o vagas esperanzas en suntuosos infinitos; por ahí, en un doblez de las horas, en el puente pequeñito, casi imperceptible, entre el espacio y al tiempo que nos yergue, la vida sola. Suele ser sólo un instante que se abre, se desdobla y multiplica hacia adentro y hacia afuera, y entonces parece que se expande, que se alarga, a veces una llamarada azul con jirones amarillos, lejos, una cima de tiempo en que se atrapan los sentidos; otras, se balancea cerca de las manos, casi tangible pero no, envuelta en una tibia luz que parpadea, que así articula sus señales en un código de sombras y destellos: una trenza de cabello oscuro, densa, en el fondo de un cajón, sin nombre ni fecha y sin embargo dentro y más allá de la memoria; la ropa de un cuerpo amado que cuelga olorosa en el armario, el temblor de su presencia en los surcos de viento que dejó su impulso; las sedas y colores que ese cuerpo alumbra cuando ama, juega o duerme, y la alianza de sentido que ocurre entre las letras de su nombre sin decirlo, de nuevo y de pronto su persona; un patio al amparo dactilar de un árbol, el viento que anuncia la lluvia, los ecos de una casa de infancia o de vejez, esa misma casa sola, desnuda y palpitante; una gota de sangre, una gota de leche, una gota de agua en la palma de la mano. “[…] Sólo un instante, un hilo de luz que nos teje y desteje sin cesar en los bordes del vacío y la materia. La vida sola, inexorable, a la vez primitiva y refinada; no el calor de su nostalgia futura, como si no hubiera sido, y sí la certeza firme y suave de su fuerza, de su armonía salvaje y rigurosa. La vida inmediata, que es decir siempre y continuamente la esencial, insondable y evidente en los múltiples rincones que ignoramos, esas honduras que no hacen horizonte en nuestros ojos y sin embargo son el soplo del planeta, su inocencia azul a la distancia. La vida así, abiertas todas sus bocas, tramadas todas las formas de sus claros e incansables corazones, antes de la vanidad que nos deforma, antes del poder que nos cansa y debilita.
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—Francisco Torres Córdova, La vida sola

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imagen Frozen Flow

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abril 10, 2012

en el mar de lo desconocido...

María Magdalena en la Gruta. Jules-Joseph Lefevre 
[Museo El Ermitage. San Petersburgo]

“No conoce el mar quien vigila el mar. No conoce el mar quien se acerca a su orilla para contemplar el paisaje. Sólo conoce el mar quien se zambulle en él, quien asume sus riesgos y olvida el mar en el mar. Quien se pierde en lo desconocido como en una mujer se pierde el amor…”  [Mahmud Darwish, Memoria para el Olvido.]
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Bienaventurados seamos los trasnochados e insomnes, porque nuestro será el reino de la resurrección.

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Estaré unos días lejos del blog, a manera de un buen descanso para ustedes, a la vez que conjuro contra el anquilosamiento de las ideas de quien esto escribe.


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