En estos días se ha estrenado Eastern Promises, la más reciente película de David Cronenbergh, en la cual aborda desde su muy particular punto de vista la operación de la mafia rusa en el Londres de hoy (tema por demás actual… y delicado, justo cuando la relación entre los gobiernos de ambos países no está como para “partir un piñón”). Pero no es a esta película a la que me referiré aquí, sino a otra mucho más antigua y probablemente de las menos famosas del realizador canadiense. Sucede que hace casi 15 años, antes de que Vigo Mortenssen se cruzara en su camino e hiciera su aclamada Una historia violenta, el cineasta realizó una película un tanto atípica en su filmografía, M. Butterfly; una película cruda y dramática, por no decir trágica; pero al mismo tiempo, sutil y enigmática.
[Vi esta película hace años y como en México no se consigue en DVD, no he podido volverla a ver, por lo que seguramente se me escapen muchos elementos].Segundo Acto. Como es sabido, en la ópera china los papeles de mujeres eran representados por hombres; ergo, la impoluta chinita, no era una ella, ni una señorita; mucho menos inocente. Y sin embargo, el verdadero inconveniente no radica en su naturaleza masculina, sino en otra situación que acarreará consecuencias infaustas para René Gallimard: su amorcito operístico resulta ser un espía al servicio del gobierno chino, puesto ahí como anzuelo para conseguir que el subyugado y seducido galo ejerciera el espionaje. Y claro que Gallimard -absolutamente obnubilado y desprovisto de cualquier raciocino- espía y sustrae información confidencial. Y aquí otro gran atractivo de la película, pues el asunto político y de espionaje, por si mismos, no son lo que importa, son meras circunstancias en las que se desarrolla la historia; a Cronenbergh lo que le interesa es mostrar como un hombre inteligente y experimentado pierde toda su capacidad de razonamiento, dejándose llevar únicamente por la pasión y lo que el cree un amor puro; aunque son amantes, estamos en el entendido de que “Song Liling” es una señorita púdica, por lo tanto, sus relaciones íntimas se efectúan bajo su particular código de conducta, tras el velo del misterio y el recato; algo así como hacer el amor en la oscuridad, de ladito y con camisón. Pero hay algo que mueve a la incredulidad del espectador, pues hemos de creer que mientras duran sus relaciones, Gallimard no se percata de que su amante es un hombre y no una delicada mujer. Entonces uno se pregunta si esto es posible, o si por el contrario, lo que se está planteando es que un hombre (o una mujer) ama, no a un ser real sino a la imagen idealizada que de él se construye. Que uno ve lo que quiere ver, y no lo que en realidad es. O que Gallimard se autoconvenció de que su amante era una mujer y cerró sus ojos y su razón ante cualquier otra posibilidad.
Desenlace. Será hasta el último acto, cuando Gallimard reciba un doble y duro golpe, primero será detenido por la policía, para más tarde ser juzgado y enfrentar cargos debido a sus labores de espionaje. Pero lo más terrible no será eso, sino ser exhibido en su intimidad, en el juicio estará su amada Song Liling ataviada como el hombre que en realidad es; ahí, ella(el), mostrará una mascara de frialdad y dureza mientras trata de descargar en su amante francés toda la culpa con tal de salvar un poco su propia posición. Gallimard, derrotado, deshonrado y traicionado, ni siquiera se conduele por la sentencia que le espera, solo por la traición amorosa y el abandono de que ha sido objeto; al verse en esta situación buscará como única salida su propia auto-inmolación. El final de la película es impresionante con René Gallimard representando, no como una actuación, sino como un acto real, el mismo desenlace del personaje de la