A través del cine vivimos la fantasía, soñamos, desarrollamos nuestra imaginación, nos identificamos con algunos personajes, nos enamoramos de ellos, los odiamos, los envidiamos, los adoptamos como héroes, etc. Al posibilitarnos vivir, a través de esos héroes y heroínas, aventuras y situaciones impensables, ciertas películas, ciertas historias y ciertos personajes le agregan sabor y emoción a nuestras (sin ofender, hablo de mi) convencionales existencias. Son incontables los niños, y no tan niños, los que se identifican con los súper héroes, mayoritariamente los creados por la industria del entretenimiento estadounidense; superman, los4 fantásticos, Batman, el hombre araña, harry potter; etc. Ellos, más que ellas, han soñado con ser “el héroe de la película” -y no precisamente como el gober precioso- y salvar al mundo de los malosos. Casi todos esos superhéroes tienen en común ser, con sus más y sus menos, políticamente correctos, socialmente convenientes y mayoritariamente… hombres; o sea, la heroicidad es una cuestión masculina, las mujeres debemos aspirar a ser las salvadas, no las salvadoras. Quizá debido esto, con excepción de Batman (por oscuro y ambiguo, supongo), los súper héroes gringos nunca me han llamado la atención; lo mío son los antihéroes, los personajes socialmente inconvenientes y políticamente incorrectos.
Nikita solo hay una
Sinópsis
Tras un violento asalto a una farmacia, acompañando a su novio y a otros amigos, Nikita mata, innecesariamente pues todo está perdido, a un policía y es sentenciada a cadena perpetua, la cual le será conmutada si acepta enterrar su antigua personalidad y convertirse, tras una ardua preparación, en una asesina profesional bajo las órdenes el servicio secreto francés. Ante la disyuntiva, pese a no quererlo, la chica -de 20 años- acepta el ominoso trato, con lo cual su vida dará un giro hacia lo impensable.
El film está bien construido, bien actuado y bien narrado; no hay sentimentalismos, no hay exceso de violencia, ni tampoco rocambolescas vueltas de tuerca; tiene un ritmo constante a lo largo de sus 117 minutos. Un aspecto muy interesante de la historia es que contrapone -sin falsos aires de denuncia- dos formas de practicar la violencia, de matar; lo que no significa que haya asesinos buenos y malos. Simplemente hace remarcable lo que ya sabemos, en tanto el Estado detenta el monopolio de la violencia y del uso de la fuerza, si en su nombre se mata, en forma por demás deliberada y planeada, se trata de un acto de justicia, de un servicio a la patria; algo políticamente correcto. Si esa misma persona lo hiciera al margen el Estado, entonces, sin importar ni las motivaciones de uno u otro acto de matar, esa misma persona será un asesino y acabará en la cárcel. Así de simple, mientras se mate a quien le ordene el Estado, el servicio secreto (se tenga licencia para matar), se estará actuando bien. Y eso es lo que debe aceptar y hacer Nikita.
De Nikita me encanta la puntería que tiene con las armas y su fragilidad emocional; dispara con precisión pero se está muriendo de miedo; no teme demostrarle a Marco que lo ama, a pesar de saber que no tiene futuro su relación; odia y quiere a Bob con la misma intensidad; desprecia lo que hace, pero lo ejecuta con profesionalismo; es decir, es la eterna contradicción personificada. Sin duda, a la construcción de este fascinante personaje contribuyó la espléndida interpretación de Anne Parillaud, bien secundada por Tcheky Karyo en el papel de Bob, su mentor; así como por Jean-Hugues Anglade, en el papel de Marco, su novio.
NIKITA
D: Luc Besson,
FRANCIA-ITALIA, 1990
I: Anne Parillaud, Jean-Hugues Anglade, Tcheky Karyo, Jeanne Moreau, Jean Reno, Roland Blanche, Marc Duret, Philippe Leroy-Beaulieu, Jacques Boudet,
G: Luc Besson
Fotografía: Thierry Arbogast
Música: Eric Serra, Extractos de: "Pequeña música nocturna" de Wolfgang Amadeus, Mozart
Duración: 117 minutos