escribir

Escribir: tratar de retener algo meticulosamente, de conseguir que algo sobreviva; arrancar unas migajas precisas al vacío que se excava continuamente, dejar en alguna parte un surco, un rastro, una marca o algunos signos.[Georges Perec]

junio 30, 2014

bajo la lluvia…

Foto: ​Tayfun Eker

Ya que tantos contratiempos nos causa, el verano de la ciudad de México debería compensarnos a manera de inspiración para escribir poesía melancólica o algún cuento lluvioso. Pero no. Al menos a mí no se me ocurre ningún verso lluvioso. No obstante, fue la lluvia —que a mí sí me parece melancólica— lo que me llevó a hurgar en mi computadora hasta encontrar este relato sobre lluvias en la Ciudad de México (escrito por Juan Villoro hace casi cuatro años). 


Bajo la lluvia, Juan Villoro
—9 Julio 2010—

"Quien quiera saber las transformaciones de la lluvia en marcha por la tierra que venga a vivir sobre mi techo", escribió Saint-John Perse, en alusión a los signos y los presagios del agua. En estos días de agobio, sólo puedo pensar que el poeta se refería a las goteras.

Toda vivienda se ha vuelto vulnerable. La humedad encuentra su camino hacia los rincones más secretos. En los negros mantos de la impermeabilización brotan plantas y prolifera el musgo. Entrar en una casa significa hallar una cubeta o una lata de leche en polvo que recoge el goteo. Ya nadie dice "qué bonito es ver llover y no mojarse" porque eso trae mala suerte y se te pierde el paraguas.

Es posible que la criminalidad haya bajado en estos días, no por un aumento de vigilancia, sino porque a los ladrones no les gusta mojarse. Se trata de uno de los pocos saldos positivos de una temporada de inundaciones que ha causado destrozos en el norte del país y ha deprimido al resto. "Llueve en la ciudad como llueve en mi corazón", fue así como Verlaine describió la melancolía.

Nuestras camisas huelen como si hubieran entrado al clóset en el siglo XIX y nuestro carácter se torna sombrío. Al ánimo le hace falta una bufanda.

La temporada de lluvias comenzó como siempre, después de la canícula de mayo, y los chubascos caen a las cinco de la tarde. El cielo no ha cambiado de horarios, sino de intensidad: ¿hace cuánto que no usamos la palabra "chipi-chipi"?

Los amigos que parecían pedantes por usar gabardina se han vuelto envidiables; las reuniones se adelantan o aplazan por el agua, y la moral comienza a transformarse. En una obra de Harold Pinter un personaje cuenta que logró aprovechar "lo que toda mujer se reserva para una tarde de lluvia". En Londres, ya lo sabemos, llueve mucho, y la gente está predispuesta a cambiar de actividades con el clima. Hasta ahora, los mexicanos hemos sido más predecibles o menos fluviales. Pero las cosas podrían cambiar.

Un amigo al que nombraré Jerónimo citó a una chica poco antes de que lloviera. Ella llegó sin paraguas, buen augurio. Con el diluvio, él inició el cortejo. La bella cautiva enfrentó la alternativa de salir a empaparse o ceder a la presión atmosférica. "¿Qué pasó?", pregunté. Jerónimo puso cara de personaje de Beckett y me explicó que las mexicanas aún no entienden que la lluvia es un pretexto para hacer lo que no ocurre en temporada de sequía.

La insistencia del agua ha pasado al inconsciente. Mi amigo Luis Matías soñó que estaba en el Titanic, lo cual quiere decir que naufragaba: el Titanic sólo se sueña para eso. En el desorden de ese plano onírico se encontraba a Chacho y descubría que nuestro amigo común estaba vendiendo salvavidas. "Siempre ha sido ventajoso", comentó Luis Matías, como si el sueño lo convirtiera en testigo de cargo. "Ha llovido demasiado", le dije.

Al día siguiente llamó Chacho: "Estoy harto del agua y de Luis Matías". Su enojo no tenía que ver con el sueño de los salvavidas, al menos no en forma directa. Chacho dejó su coche en el taller y le pidieron que llamara para saber cuándo se lo tendrían. Nadie le respondió porque a la primera gota de lluvia se va la luz en esa zona. Cuando finalmente contestaron, el responsable había salido. Desesperado, se presentó en el taller. El coche no estaba ahí. Se lo habían llevado para "probarlo". Mi amigo sospechó que lo usaban en su ausencia y aguardó dos horas a que lo regresaran. "Lo sacamos para escurrirlo", el mecánico agregó que los desagües del auto estaban tapados y el sistema eléctrico se había mojado; sólo un recorrido podía secarlo. Aunque Chacho no sabe nada de mecánica, la explicación le sonó falsa. Furioso, tomó su coche. Al llegar a su casa, descubrió un álbum de Panini en el asiento trasero. Había sido llenado de la primera a la última estampa. Chacho recordó que una tienda de artículos deportivos regalaba un Jabulani a cambio de un álbum lleno. El mecánico había usado su coche; lo menos que podía hacer era obtener un balón como impuesto por el abuso.
"¿Para qué quieres un Jabulani?", le pregunté. "Luis Matías quiere uno para su hijo, que está en Pumitas", contestó. "¿Se lo regalaste?". "¿Cómo crees? Se lo ofrecí a mitad de precio". Esto indignó a Luis Matías: "En el Titanic hubieras vendido salvavidas", dijo en forma oscura. Chacho confirmó que Luis Matías es un caso perdido.

Al rato, el mecánico le habló para preguntar si de casualidad no había encontrado un álbum. Chacho se sintió culpable: "Voy a ver", respondió. Fue a la tienda de artículos deportivos y logró lo inaudito: deshacer la transacción.

Regresó al taller. La rampa de acceso estaba llena de autos y se tuvo que estacionar a dos cuadras. Había olvidado el paraguas y corrió bajo la lluvia; se resbaló en un desnivel y el álbum cayó en un charco. Chacho vio los rostros escurridos de Messi y Cristiano Ronaldo. Le dio vergüenza devolver las estampas en esas condiciones. Odió el cielo, se odió a sí mismo y juró que sería mejor persona cuando dejara de llover.

***

2 comentarios:

Karol A. dijo...

Así iniciamos Junio aquí en el sur, con una semana entera sin ver el sol, tome foto la tarde en que se vieron de nuevo sus rayos. Nunca lo extrañe tanto.

Saludos.

Darío dijo...

Qué pluma y qué mente lúcida perdimos. Es muy injusta la vida, casi siempre... Un abrazo.