adaptaciones

Me niego a vivir en el mundo ordinario como una mujer ordinaria. A establecer relaciones ordinarias. Necesito el éxtasis. Soy una neurótica, en el sentido de que vivo en mi mundo. No me adaptaré de mi mundo. Me adapto a mí misma. [Anaïs Nin.]

junio 29, 2009

una vez al mes*

He tenido este sitio un poco abandonado; algunas cuestiones ajenas a mi voluntad y que no viene al caso mencionar aquí... para no abusar de mi recientemente acusado estilo catártico, me han imposibilitado el sentarme a escribir como me gustaría hacerlo. Traigo encima de mi al inclemente tiempo; los plazos establecidos para cumplir con una serie de compromisos, que tal pareciera fueron deliberadamente fijados para vencerse de manera simultánea. Como la de una gran mayoría de personas, mi vida se rige por periodos semanales, quincenales, mensuales, etc. Pero últimamente, las horas y los días me persiguen sin tregua, haciéndome sentir la protagonista de alguna comedia de absurdos. Una de esas, donde el actor/actriz principal duerme pocas horas y antes de poner su cabeza sobre la almohada, debe dejar programados varios relojes despertadores, para evitar que el cansancio y la falta de sueño acumulados, le impidan despertar a la hora debida... muy de madrugada, desde luego.

Y por supuesto que en esa comedia de absurdos -es decir, en la mía-, no faltan los sueños angustiosos, durante los cuales la patética estrella sufre porque ningún despertador sonó y ella se quedó dormida, como la bendita que no es; al calentador se le terminó el gas antes de tiempo, por lo que debe bañarse con agua helada; la secadora del pelo hace explosión justo cuando la está utilizando; la cafetera no funciona... y así... ad infinitum... las pequeñas y absurdas tragedias domésticas se suceden, una tras otra, hasta que la azorada damisela -a punto de estallar- despierta en medio de sobresaltos... para darse cuenta de dos cosas:
  1. que aún falta más de una hora para que suenen los cinco despertadores...
  2. y que todas esas tragedias padecidas minutos atrás... solo formaron parte de un mal sueño.
Cuando uno sueña algo así, es señal de que algo anda mal. No sabría decir exactamente qué, pero las cosas no deben marchar muy bien, para tener este tipo de estúpidos sueños... más de dos veces en una misma semana.

Así que mientras logro deshacerme de mis demonios internos y expulsar de mi cama a esos extraños (sueños), les pido una disculpa por mis desvaríos y los invito -si no les es molesto- a leer frente al espejo, mi primer texto para el blog colectivo escribidores y literaturos.


*/ El título de este no-post, refiere a la frecuencia con la que a partir de hoy -si otra cosa no sucede-, estaré publicando en Escribidores y literaturos.

junio 25, 2009

azares y necesidades

[adiós.jpg]

Estos últimos días he vivido atrapada entre absurdos y estados financieros; que a veces parecen ser lo mismo. Debo hablar sobre cifras de inversión; explicar las causas y efectos de los magros resultados alcanzados; decir, sin que suene muy catastrofista, que las cosas están mal y se pondrán mucho peor. No es algo precisamente grato; menos, cuando los que piden las explicaciones... son en gran medida, los principales responsables del desastre económico. Si trabajara en alguna agencia de investigación, sería una especie de cleaner (como el personaje de Jean Reno en el film Nikita); la encargada de limpiar el tiradero hecho por otros. Y me dan ganas de utilizar los mismos argumentos empleados por el Secretario de Hacienda de México, quien ha encontrado en la gripe A/HN1, una oportunísima justificación para los descalabros económicos acontecidos a últimas fechas en tierras aztecas. Desde el creciente desempleo, hasta el decremento del PIB y en un descuido, quizá también del previsible abstencionismo electoral del próximo cinco de julio... todo es culpa de la llamada gripe porcina. Ayer miraba todo ese ambiente laboral en el que me desenvuelvo, al mismo tiempo que releía mis informes, reescribiendo lo leído y tratando de hacerle entender a uno de mis muchos jefes, que las explicaciones a las variaciones programático-presupuestales, deben ser eso... Explicaciones, lo más claras y bien fundamentadas que sea posible; pues, a diferencia suya, los auditores suelen reparar justo en lo que no aparece explicado. Pero el hombre seguía neceando… y yo sintiéndome más absurda a cada momento; casi como personaje de historia surrealista o kafkiana; tanto, que tuve el impulso de irme de ahí. Y no me refiero a salir a caminar para despejar mi mente… sino a irme y dejar ese lugar para siempre. No lo hice, pero la disyuntiva es simple: es eso o el desempleo.

Unos años atrás, me fui y ni siquiera titubee.


No podría decir cómo supe que ese era el momento. No lo planeé con antelación, simplemente lo hice. Pudo ser el azar unido a mi necesidad, hasta entonces no asumida, lo me llevó a decidirlo casi intempestivamente; o quizá sólo la dosis exacta de imprudencia e insensatez. Un día tomé mis pocas pertenencias y abandoné el territorio conocido, estable y tibio, para adentrarme en el incierto camino de lo desconocido. Irse no es fácil y sin embargo, ese primer paso no fue nada comparado con lo que vino después. De la luz, en sentido literal y metafórico, pasé a la penumbra... en pleno día soleado. En esos primeros meses viví un poco como suspendida; confundida. Para conjurar las confusiones y un posible arrepentimiento, llené mis días con las más diversas actividades; de la mañana a la noche me aturdía haciendo lo impensable... y sin pensar en nada, que no fuera alguna nueva actividad con la cual continuar saturando mis días. Durante ese tiempo, me convertí en una especie de autómata. Afortunadamente, fue sólo parte del proceso de adaptación y pronto volví a ser la de siempre, cero automatizada. Y sin embargo, hoy empiezo a temer un posible regreso a mi cariz autómata. Sólo así podré cumplir con la máxima filosófica de mi jefe, sin perder mi hígado en el intento: "si nos piden verde, les damos verde; si nos piden rojo, también y si lo que quieren es excremento, pues eso les damos." Cuando sea grande, quiero filosofar así.


A veces pienso que yo podría escribir mi propia versión -modesta y patética, desde luego- de El libro de los amores ridículos, de Milan Kundera (siete historias donde el denominador común, además del ridículo, es el absurdo). Y con el agravante de que mis historias no versarían sobre amores, aunque sí conservarían el aire tragicómico y absurdo, con el que el escritor checo retrata a sus personajes. Dicen que los humanos emitimos algún tipo de señales, las cuales son captadas por cierto tipo de personas; que por ello, hay mujeres y hombres cuyas parejas sentimentales, jefes y amigos, repiten patrones de comportamiento similares. No sé qué tan cierto sea esto, pues de serlo... está claro que he pasado mi vida emitiendo señales equivocadas. Sólo así me explico, que mis jefes siempre hayan sido tan workahólicos como temerosos de enfrentar a sus superiores, aún a sabiendas de que la razón les asiste. Eso en lo que toca a los jefes. En cuanto a mis vecinos masculinos, solteros o casados, ellos parecen compartir la misma trillada creencia: si una mujer vive sola, es señal inequívoca de que está disponible para ellos y será más que receptiva a sus coqueteos e insinuaciones


junio 22, 2009

tan cerca y tan lejos

Te desilusioné desde el primer momento, a ti que tanto deseabas tener un primer hijo varón. Quién sabe cuál sea el origen de esa tradición tan provinciana, de que el primogénito sea hombre; no creo que se deba únicamente al machismo o una absurda misoginia; supongo, al menos en tu caso, que se relaciona con el tipo de vida existente en el campo mexicano; con un deseo, totalmente legítimo, de tener un compañero para esas largas jornadas campiranas; arrear ganado y vigilar las tierras, son tareas para compartir con otro hombre. Pero qué le vamos a hacer, la genética y la naturaleza son caprichosas y en lugar de un futuro compañero de labores... llegué yo.

Sabes? Muchos años me persiguió la idea de que fue mi condición femenina, la que te impulsó a dejarme con la abuela cuando yo tenía dos años. Durante la infancia y adolescencia, cuando las suspicacias de mis compañeros y amigos apuntaban hacia mi orfandad, yo me preguntaba por qué no vivía con mis padres... como los otros niños. Nadie me dio una respuesta, así que mi mente, educada en los dramas de las noveles rusas a las que mi abuela era tan adepta, empezó a fabricarse su propia hipótesis: de haber sido yo un hombre, tú jamás me habrías alejado de ti. Hace tiempo dejé de torturarme con semejante melodrama; las cosas son como son y no hay marcha atrás. Fin de la historia.

Pero algo me salvó de sentir, ya no digamos rencor, ni siquiera un leve rechazo. Bien a bien, no sabría decir qué fue; quizá, aún sin proponérselo, fue mi abuela, esa madre a quien tú profesabas una especial devoción, quien me hizo inmune a ese sentimiento. Fue esa devoción, la que te llevó a emprender periódicos viajes de 500 km, para visitarla, dándome así una inmensa felicidad... a mí, que en mi ingenuidad me creía el motivo de tus viajes. Y aunque más tarde, tras la muerte de la abuela, tus visitas cesaron y me di cuenta que era ella el verdadero motivo, sigo agradeciéndolas. Esas llegadas tuyas a la casa de la abuela, me dieron la certidumbre de un padre real y no sólo imaginario. Aquellas tardes en que te armabas de paciencia para oír mis largas peroratas y ver todos mis trabajos elaborados en el jardín de niños, siguen siendo parte de mis mejores recuerdos. Pobre de ti, yo que normalmente era callada, sólo por la emoción descontrolada que me provocaba tu presencia, me transformaba en una platicona insufrible.

Fui una decepción a partir del día en que nací y desde entonces, creo que no he parado de decepcionarte. Tú hubieras deseado una hija sosegada, como habían sido la mayoría de las mujeres de tu familia, que hasta una monja incluye, mientras que yo, he resultado todo lo contrario; anhelabas que fuera Médico, pero yo no tuve ni el carácter ni la paciencia para emprender una carrera, casi un apostolado, tan llena de sacrificios; tú, que tanto gustas de la chorcha familiar y de tener a todos tus hijos, junto con sus acompañantes, reunidos alrededor de la mesa en esas eternas comidas dominicales o vacacionales y yo, que apenas las soporto de manera estoica, casi como en un suplico. Y así podría seguirle hasta saciedad, enumerando todas las cosas que me hacen pensar que estoy muy lejos de tus anhelos paternos.

Y sin embargo... a pesar de todo lo aquí escrito, más lo que me guardo para no dramatizar demasiado; pese a que la vida y la geografía nos separaron hace ya tanto tiempo, y sin importar que no haya crecido a tu lado... entre todos mis hermanos, yo soy la más parecida a ti. Heredé tu carácter apasionado; esa -a veces tan irritante- terquedad, que nos lleva a no cejar en lo que intentamos; tu gusto por la lectura de novelas históricas; tu simpatía por las causas perdidas y los ángeles caídos; tus ojos y los hoyuelos de tus mejillas; también, esa terrible debilidad que ambos compartimos... de ser medio chillones. Y esquemática y simple como soy, estoy convencida que han sido esos pequeños detalles, los que han ayudado a que nunca, jamás, me haya sentido huérfana, no-querida o lejana a ti... a pesar de no vivir juntos; a pesar de tenerte siempre... tan cerca y tan lejos...


imagen: fotograma del film La escafandra y la mariposa


***

junio 20, 2009

un vals con bashir y las trampas de la memoria

No siempre resulta gratificante tener buena memoria. Según los investigadores, como un mecanismo de defensa, la memoria sólo recuerda lo que le conviene, desechando lo que le causa pesar. Pienso en esto, tras ver Vals con Bashir, documental animado escrito y dirigido por Ari Folman; coproducción israelí-franco-alemana, tan bien lograda como perturbadora. Vals con Bashir pone sobre la mesa una cuestión harto polémica: la pérdida selectiva de la memoria, como atenuante del horror y la culpa. Desde el punto de vista estrictamente cinematográfico, el film es fascinante; sus imágenes poseen una fuerza muy especial y conmueven de una forma inimaginable para alguien que no gusta del cine bélico. No obstante, es casi imposible apreciarlo sólo como una creación artística; a querer o no, provoca reacciones encontradas. Por asombrosa que sea su factura, revivir la masacre de miles de palestinos, ocurrida en septiembre de 1982 en los campamentos de Sabra y Shatila, no es algo como para permanecer indiferente; al menos no en mi caso...

En 1982 el cineasta israelí Ari Folman tenía 19 años y pertenecía al ejército de su país, cuando éste incursionó en Líbano "buscando terroristas", tras el asesinato del electo presidente Bashir Gamayel; líder histórico de los cristianos libaneses, quienes clamaban venganza por la muerte de su carismático ídolo, un aliado incondicional del gobierno de Israel. Ari fue a la guerra como han ido tantos otros jóvenes: ignorante de lo que peleaba y defendía; participó del horror; disparó a ciegas a todo lo que se moviera, sin importar si era un terrorista o un civil inocente, la cosa era tirar a matar. Y vino el shock... y el olvido. Canceló de su mente todo vestigio de aquellos infaustos días; en especial lo ocurrido el 16 y 17 de septiembre, días de la masacre de Sabra y Shatila. Un crimen perpetrado por cristianos libaneses, en complicidad con los miembros del ejército israelí, quienes lanzaron bengalas para alumbrar la oscuridad de la noche y "cubrieron" a los agresores.

Veintitantos años después de aquellos hechos, Folman emprende un viaje por los laberintos de su memoria.
¿Qué impulsa a este hombre, cuyo sufrimiento era tan inexistente como sus recuerdos, a revivir esos días? A saber; sólo sabe que necesita recordar lo sucedido; exorcizar temores y posibles culpas. Pero recordar, es también un ejercicio de invención: la mente llena los huecos con eventos que no sucedieron, con imágenes fabricadas. Y con cada fragmento del pasado reconstruido, viene la duda ¿de verdad ocurrió? ¿de verdad estuve ahí? La memoria juega malas pasadas, no solo olvidando, también... recordando; un día cualquiera, los recuerdos vuelven como en una lluvia torrencial; todos, menos lo acontecido en Sabra y Shatila. Eso es algo con lo que no cualquiera podría vivir; mejor olvidarlo.

Pero al revivir, así sea parcialmente, la masacre y aceptar la complicidad
silenciosa de su ejército y del Ministro de Defensa (Ariel Sharon), la sombra de la culpa nubla su razón y violenta su paz interior. Es probable que no estuviera totalmente consciente de lo que ocurría o quizá, sí. Tal vez jamás logre recordarlo; él era sólo un soldado sin facultades decisorias. Sin embargo, veintitantos años después de los hechos, la duda culposa le privó del sueño tranquilo y hubo de filmar este documental, en el cual subyace la búsqueda de la expiación, para reafirmarse como un anti-belicista. La guerra es una idiotez, dijo Folman en febrero pasado, cuando la Academia Francesa de Cine le otorgó el César al mejor film extranjero. No hace falta haber guerreado, para saberlo; pero se necesita cierta dosis de autocrítica... o de remordimientos, para decirlo... cuando se ha sido un soldado.

Vals con Bashir es una película poderosa y devastadora; su banda sonora y sus tonalidades naranjas, sepias y negras, la confieren una extraña belleza. Pero también, resulta tramposa... como la memoria. N
inguna obra maestra, por hermosa que sea, alcanza para redimir la ignominia de aquella masacre... hasta hoy impune...

«No conoce el mar quien vigila el mar. No conoce el mar quien se acerca a su orilla para contemplar el paisaje. Sólo conoce el mar quien se zambulle en él, quien asume sus riesgos y olvida el mar en el mar. Quien se pierde en lo desconocido como en una mujer se pierde el amor». Mahmud Darwich, Memoria para el olvido


Vals con Bashir (2008)

junio 16, 2009

la hora de la verdad

"Verdad y mentira son indistinguibles, porque la primera es solo una mentira irrefutable". [Friedrich Nietzsche]

Su amigo le dijo: "él cree que eres justo lo que necesita, me rogó que te pidiera lo pensaras y que, de aceptar, acudieses al Centro para presentar los exámenes indispensables para ingresar". Y ella lo creyó. El sueldo era atractivo y el que ese enigmático hombre, a quien conoció en el cumpleaños de su amigo, hubiera quedado impresionado con su desaforada defensa de Nicolas Maquiavelo (demasiado apasionada, tras dos copas de vino), le pareció un halago. No muchos hombres apreciaban sus conversaciones de ese tipo. Y allá fue. Sólo cruzar la primera puerta, sintió como si estuviese en un congelador. Ubicado en lo alto de una pequeña loma al sur de la ciudad, el Centro estaba rodeado de gruesos muros de concreto, a los que ningún sol, por ardiente que fuera, podría penetrar. Y como si eso no bastara para enfriar a cualquiera, franquear la entrada requería pasar detectores de metales y un scanner de rayos x. Pero quizá lo menos cálido, fuesen los guardias militares apostados por todos lados; bastaba mirar -disimuladamente, no fueran a ofenderse- sus intimidantes armas, para sentir algo más que frío. Tras ese gélido inicio, un militar la condujo hacia el interior; después de caminar por pasillos laberínticos y cruzar puertas herméticamente cerradas, llegaron a una sala donde se encontró con los demás aspirantes. Faltaban quince minutos para las nueve de la mañana; cinco minutos más tarde, una mujer dio lectura a los nombres de los presentes y así fueron ingresando al aula donde los examinarían.

El primer examen inició a las nueve en punto; casi cinco horas más tarde, terminaba el último. Cuando salió, la blanca luz artificial la deslumbró y al mismo tiempo, su estómago emitió una enérgica protesta por la falta de alimento... a esas horas solo había tomado un café. Y aún faltaba la peor parte: la entrevista con la psicóloga. Pero estaba equivocada, la entrevista con la psicóloga resultó casi relajante; la dama parecía genuínamente impresionada con los resultados de sus exámenes: "fíjate que los de recursos humanos se equivocaron y en lugar de las pruebas para el puesto de Analista, te aplicaron las que califican para uno más elevado; pero saliste muy bien" -ahora resulta que mi cerebro funciona mejor cuando no lo alimento, se dijo ella. La entrevista duró una hora y la psicóloga no desaprovechó el tiempo, entre platica y platica, le aplicó otros exámenes para medir la rapidez de sus respuestas. Finalmente, tras palomear su expediente y firmar su valoración favorable, se despidió de ella con una gran sonrisa y una pequeña sorpresa: "ya nada más te falta cubrir un mero formalismo:
el polígrafo."

En efecto estaba equivocada. Su entrevista con la psicóloga, no sería, ni de lejos, lo peor de esa agotadora sesión de exámenes. Entró en un pequeño cuarto sin ventanas, donde sólo había un escritorio, un sillón parecido al de los dentistas y una minúscula mesa llena de cables. Había también, una lámpara de luz blanca, la cual, una vez arriba del sillón, le daba directamente en la cara. Una policía la ayudó a encaramarse en el sillón y la fue conectando a un montón de cablecitos -
conectados a su vez a un aparato parecido al utilizado en los electroencefalogramas-, adhiriéndolos a sus sienes, pecho y brazos.

Y llegó... la hora de la verdad. El responsable de aplicarle la prueba tendría unos 30 años, presencia arrogante y demasiado atractiva para estar en un sitio así; vestía de manera informal y caminaba con muletas, pues traía una pierna enyesada. "me la rompí jugando a ser Paolo Maldini", le dijo con una media sonrisa. Y así de guapo se ha de sentir este pesado, pensó ella. No le había causado buena impresión y menos, cuando empezó la prueba clavando sobre sus ojos, la intensa y penetrante mirada de los suyos y de ahí no la despegó... durante los siguientes noventa minutos. Una tras otra, fue disparándole las preguntas que ella debía contestar con un simple
sí o no; las repetía dos y hasta tres veces, como dando por hecho que ella mentía, "¿estás segura que tú nunca...?" Si de lo que se trataba, era de hacerle perder la poca paciencia que aún le quedaba, el procedimiento estaba resultando totalmente exitoso. Iban a dar las cinco de la tarde, no había comido nada y el inquisidor Paolo Maldini región 4, no cejaba en su empeño de enviarla a la hoguera. Quizá por ello, cuando en lo que parecía una improvisación, pues no era factible que esa pregunta viniera en el test original, él le pidió: "dame la primera asociación visual de la cocaína, que venga tu mente", convencida de que ese examen hacia rato lo había reprobado, ella le contestó lo primero que se le ocurrió: "Al Pacino en Scarface, hundiendo su rostro en una montaña de polvo blanco, como quien emprende un viaje hacia la nada". Por supuesto que al Maldini inquisidor, no le hizo ninguna gracia su asociación fílmica. Pero ya no importaba; ella tenía razón: hacía rato que el polígrafo había dictaminado que no era apta para trabajar en ese Centro de Inteligencia. Gracias al cielo.



cuando miente, el cerebro se activa más..

junio 14, 2009

cadencia al andar

Primer tiempo. Abril caminaba de manera única; nunca he vuelto a ver a alguien caminar así. Más que caminar, parecía flotar. Cuando atravesaba la explanada de la Facultad, era casi imposible no voltear a mirarla; todos parecían pendientes de su andar y lo seguían hasta que se perdía en algún pasillo, o descendía por las escalinatas que conducían al estacionamiento. Siempre sola, acompañada por esas miradas a las que ella parecía ajena. Yo también era presa del arrobamiento generado a su paso; no me empujaba el deseo o la envidia, que parecían ser el común de todos los demás mirones. A mí, ella me provocaba una sensación mezcla de fascinación e intriga. Y es que a decir verdad, en algo tenían razón las señoritas de la pasarela [un grupito de niñas que parecían mimetizadas unas con otras y que acostumbraban llegar a clase de siete de la mañana, vestidas y maquilladas como para sesión de modelaje], quienes no ocultaban su recelo y envidia hacia Abril: ella no era especialmente bella, ni tampoco poseedora de una figura espectacular. Pero era justamente eso, lo que la volvía más fascinante, al menos para mí. Me intrigaba y no podía dejar de preguntarme, qué era lo que hacía tan especial a una mujer de apariencia nada extraordinaria. No sé en qué cambiaría las cosas, el que yo supiera dónde radicaba la magia de Abril; pero eso no impedía que yo siguiera preguntándomelo. Supongo que a los 19 años, lo que en el fondo me interesaba, era averiguar si ese no sé qué de Abril... podía aprenderse. Y la respuesta la tuve de dónde menos la hubiera esperado: de parte del único hombre, al que nunca me tocó ver presa del embelesamiento Abrilino, Luis. El chico más brillante de mi generación, cuyas participaciones en clase de Teoría Social deslumbraban a todos, incluyendo al profesor. Sucedió una extraña mañana, en la que yo estaba tan absorta en la lectura de un libro, que ni cuenta me dí cuando Abril cruzó frente a mi y tampoco sentí cuando Luis se sentó a mi lado en la misma jardinera. Sólo me percaté de su presencia, al escuchar su voz diciéndome: "¿sabes qué es lo que la hace casi irresistible? Y sin esperar mi reacción, continuó: la cadencia; esa mujer camina con una cadencia pasmosa, su andar no es rápido, ni provocativo o forzado; es cadencioso y por eso resulta inevitable seguirlo con la mirada. ¿Eso era todo? Su explicación me dejó un poco decepcionada. Viniendo de él, yo me hubiera esperado un discurso casi filosófico, en torno a ese no sé qué poseído por ciertas mujeres, que las vuelve seductoras, pese a no encajar en esos caprichosos y estereotipados cánones de belleza, impuestos a golpe de publicidad. Pero no; solo eso dijo y cambiando por completo de tema, me hizo una inusitada oferta: "Si hay algo que no entiendas de La Fenomenología del Espíritu, tú nada más dímelo y yo con gusto te lo explico." Un envidiable ofrecimiento, pero en ese momento... a mi me interesaba más desentrañar los secretos de La Cadencia... que adentrarme en las profundidades de la Filosofía Hegeliana.

Segundo tiempo. Algunos abriles después, experimenté mi propio andar, más pasmoso que cadencioso; pero eso sí, sin perder el ritmo. Eran las siete de la mañana de un lunes y yo me dirija a una entrevista laboral en Toluca, por lo que debía tomar un autobús en la Terminal Poniente, ubicada en el metro Observatorio. Siguiendo las instrucciones de un amigo, de evitarme el peligroso cruce peatonal, salí de la estación del Metro por la planta alta, lo que implicaba bajar una larga escalinata, que no habría tenido mayor problema de no existir tres pequeños detalles: no tenía barandales, yo traía altos tacones y al pie de la escalera, se encontraba un nutrido grupo de hombres desempleados, quienes en espera de algún contratista, entretenían su tiempo revisando al personal que pasaba por ahí... y a esa hora, la única despistada que tuvo esa peregrina idea... fui yo. Los silbidos iniciaron nada más descender el primer escalón, por lo que los siguientes 49 los bajé bajo una atronadora silbatina, a la que trataba de no prestar atención para no perder el paso y caerme. Creo que nunca he bajado unas escaleras con tal parsimonia. Por fin llegué al último escalón, pero la cosa no mejoró, pues los hombres estaban sentados a ambos lados, como formando una valla, y yo tenía que cruzar forzosamente en medio de ellos para poder andar el trecho que me faltaba para la Terminal. Los silbidos continuaban, pero por algún milagro de la divinidad, yo no perdí la cadencia de mis pasos, no corrí, ni los miré a ellos e hice caso omiso de sus dichos; así seguí caminando los veinte metros más largos de mi vida, hasta que por fin llegué al mostrador de los autobuses ETN y compré un boleto para el primer camión con dirección a Toluca que saliera.

Por supuesto que mi andar cadencioso o parsimonioso de aquella mañana, nada tenía que ver con el de la embelesadora Abril. Lo mío fue mero instinto de supervivencia, pero mantener una pasmosa cadencia, me salvó de precipitarme escaleras abajo, en un vano intento por huir de los silbidos de... algo así como 100 hombres...

junio 11, 2009

papel incómodo

Siempre he pensado que si uno da su palabra, es porque espera poder cumplirla. No son promesas al aire. Es un compromiso que no precisa de firmas, ni sellos notariales. Es su palabra, amparada en un genuino deseo/intención de cumplirla. Así lo creía. Y así lo hice: di mi palabra, segura como estaba en ese entonces, de poderla cumplir; segura como estaba, de lo que sentía y deseaba. Y a ello me avoqué. Me dispuse a aguardar; no como una moderna Penélope, tejiendo y destejiendo para entretener mis días. No. Era una espera distinta; consensuada; una promesa nacida de la mutua creencia en algo y en alguien. No se trataba de esperar eternamente. Solo fue el tiempo suficiente... para darse cuenta de que hay empeños, que por más afán depositado en ellos, terminan resultando inútiles. Así que fallé. Así de simple; no pude más. Y no fue falta de lealtad, en la que creo más que en la fidelidad misma. Al contrario, fue esa lealtad, más que ninguna otra cosa, la que me ayudó a mantener mi palabra... hasta donde pude. También, a tomar la decisión que tomé.

Será debilidad de espíritu o de carácter... o de las dos cosas, pero llegó un momento en que sentí que me ahogaba; me quemaban la soledad, la incertidumbre y el inmisericorde paso del tiempo. En nada me ayudó, que en el trayecto de la espera, saliera a conocer otros lares o que mirara otros rostros; el saber mi palabra empeñada, me hacía sentir constreñida de una forma extraña. Y no hay peor cosa, que sentirse maniatado, aún sin estarlo en estricto sentido. Y llegó el día, en que ya no aguanté más y claudiqué; retiré mi palabra; renuncié a ese pacto. Y no me siento feliz por ello; tampoco orgullosa de mí.


Quizá se deba a que, en determinado tipo de mujeres (por los hombres no podría hablar), habita un gen que invariablemente, nos provoca sentirnos mal en este tipo de situaciones. Y no sé si esto sea una tontera, porque siendo razonables, creo que fue lo mejor, lo más sensato y honesto que podía hacer. Y sin embargo, me siento... cómo decirlo... incómoda conmigo misma. Y lo peor de todo, es que posiblemente detrás de mi incomodidad, únicamente se encuentre mi egoísmo. Lo único cierto, es que nunca me ha gustado fungir como "la mala de la película". Y no porque me fascine, ejercer el papel de la pobrecita sufrida de la historia. Siempre he dicho que si yo fuera actriz, pelearía por representar a la antagonista, a la anti-heroína; a ese tipo de mujer que no se quiebra ante nada. Nunca a esa sufridita, que se pasa la mitad de la película chillando, porque el mundo no la entiende o porque su pareja le pinta el cuerno. Al carajo con el mundo y al carajo con la pareja infiel; ni uno ni otro merecen una sola lágrima [como dice Anaïs Nin aquí al lado, antes que pretender adaptarse al mundo hay que adaptarse a uno mismo]. Suena bien en teoría; en el cine y teatro es fantástico -generalmente son los personajes más lucidores. Pero aplicarlo en la vida real y aún sin ser, ni remotamente, una perfecta desgraciada, ya no resulta tan sencillo ni gratificante. Y no porque exista, me parece, un sentimiento de culpa; lo que queda, es más parecido a la sensación provocada por las pequeñas derrotas de la vida diaria. Es como fallarse a uno mismo... Pero lo otro, era mentir y mentirme...




"así
incansablemente
insobornablemente
entre siempre y jamás
fluye la vida insomne
pasan los grandes ojos
abiertos de la vida."

[Entre el siempre y el jamás. Mario Benedetti. Fragmento]

junio 08, 2009

la vida pasará como un sueño

Introducción. Escribo en el cuaderno que mi sobrina, hija mayor del hijo de mi hermana la dejada, me trajo de regalo la última vez que vino al pueblo. Cuando me lo entregó me dijo "tía, tú que guardas tantos recuerdos en tu prodigiosa memoria, no permitas que se pierdan; escríbelos para evitar que las brumas del tiempo los sepulten." Cuando le contesté que para qué servirían mis recuerdos, mirándome con sus ojotes redondos, me respondió: "para saber que no fuiste sólo un sueño." Ojalá que el tiempo me alcance para llenar este cuaderno con mis recuerdos, antes de que la vida se me vaya... como en un sueño. Y cuando eso suceda, quiero que este cuaderno sea para ella; no sólo porque fue quien me lo regaló, sino porque es la única de la familia a quien le interesan los recuerdos de los viejos.

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Me llamo Consuelo, tengo 76 años, 8 meses y un día; me queda poco, apenas mis dos hermanas, una docena de sobrinos y dos de sobrinos-nietos. Ellos y mis recuerdos, son todo lo que tengo. Ahora vivo con mi hermana la viuda santa, una de sus hijas que también se ha quedado viuda y el hijo menor de ésta. Mi santa hermana; así le dicen porque aún quedando viuda a buena edad, nunca se volvió a juntar o enredar con ningún hombre. Yo no lo llamaría santidad. Vivimos en la casa que fue de mi madre; una casa enorme, llena de cachivaches, viejos retratos y cientos de recuerdos. La pasamos como lo hacen todos en este pueblo: aparentando que somos una familia unida y feliz; no es cierto, pueden pasar días sin que crucemos palabra. Ellos -mi hermana, mi sobrina y su hijo- piensan que estoy medio loca y aunque no es así, no me importa; sé que lo creen porque a diferencia de ellos, que son unos desmemoriados, yo conservo intactos todos mis recuerdos. Claro que cuando alguna visita llega a la casa, sin necesidad de ponernos de acuerdo, practicamos nuestras mejores artes de simulación. Dependiendo de la ocasión, nos reunimos en la sala o en el corredor, platicamos nimiedades y ofrecemos a nuestros invitados viandas, aderezadas con dulces sonrisitas. Como tiene poco tiempo que llegué a vivir con ellos, no conozco a la mayoría de sus visitantes y mi hermana suele presentarme diciendo: "la Señorita Consuelo, mi hermana menor". Lo hace para remarcar mi condición de solterona; pero también, de mujer que no ha conocido hombre y eso sí, sin borrar de su rostro la sonrisa de beatitud que tan bien le va. Yo tampoco dejo de sonreír, mientras saludo a los visitantes o miro a mi hermana y a su hija. Ella, mi sobrina viuda, me da un poco de pena, parece una flor marchitada prematuramente; apenas sale para llevar flores a la tumba de su difunto marido. Al paso que va, en unos años seguramente será considerada igual que su madre: una Santa y todo por quedarse resguardando su imagen de mujer honorable, al lado de un par de viejas que ya no tienen ninguna honra que cuidar.

Ni estoy loca, ni soy una señorita que no ha conocido hombre. Ellos qué van a saber. Mi hermana la viuda, no podría entender lo que yo he sentido y vivido. Cómo, si la pobre sólo conoció al mujeriego y abusivo padre de sus hijos. Cuando enviudó, en lugar de darle el pésame me daban ganas de felicitarla y decirle que hiciéramos una festa. Yo todavía tenía muy próximo el recuerdo de él y en pleno velorio, aún podía sentir el cosquilleo recorriendo mi espalda, mientras iba desatando lentamente las cintas de mi corpiño y sus dedos rozaban mi pecho, provocándome temblores de pies a cabeza. Tuve que concentrarme en el rosario, para que no se me notara el estremecimiento que ese recuerdo me provocaba; se habrían visto un poco fuera de lugar mis impúdicos temblores. Poco más de un año duró mi época de estremecimientos clandestinos; cuántas tardes temí que alguna de las beatas me descubriera saliendo a hurtadillas de la casona de la colina, todavía con el éxtasis reflejado en mi rostro. Sólo un año y sin embargo, creo que en los dieciocho años que duró su matrimonio, mi hermana jamás experimentó las sacudidas que yo sentía en aquellas tardes; también, que su cama nuca crujió como lo hacía esa cama de latón, en la que a los 33 años dejé mi virginidad y con el paso del tiempo, todos los pudores que se suponía debía tener una señorita decente. Para encontrarme con él, todas las tardes iba yo a rezar el rosario; cualquiera habría pensado que me estaba convirtiendo en una beata; pero las únicas plegarias salidas de mi boca en ese entonces, fueron algunos nada impolutos... Dios Santo ¡!

Cuando me dijo que se iba, no me sorprendí; los maestros que llegaban al pueblo, permanecían poco tiempo. No me pidió que me fuera con él y francamente, no sé qué le habría contestado de haberlo hecho. Tras su partida, se escucharon algunos rumores; unos decían que dadas las míseras condiciones del magisterio rural, él se había marchado con rumbo al Norte; otros aseguraban, que el joven y atractivo maestro se había unido al naciente movimiento guerrillero encabezado por aquel famosos apóstol de la educación, a quien el gobierno federal asesinaría años más tarde. En pos de preservar su memoria y el calor de mis recuerdos, quiero creer que los ciertos eran los primeros.

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Nota: "La vida pasará como un sueño. Citizen Cannes", es el título de un libro publicado el mes pasado y en el cual Gilles Jacob, Presidente del Festival de Cine de Cannes, concentra 32 años de memorias de esa fiesta fílmica. Todavía no lo leo, pero el título me gustó y decidí tomarlo prestado.


junio 05, 2009

terapia impersonal

En el mundo de hoy todo es light, desde los alimentos hasta los amores, pasando por los ideales y los compromisos... y el agua. Nada de complicaciones, ni pesadeces. Al eliminar azúcares naturales, sales, grasas y demás componentes de los alimentos procesados, dice la publicidad light, seremos más ligeros. Viendo los felicísimos y hermosos rostros que los promueven, es de suponer que también, bastante más felices. Y como pocas cosas son más complicadas que las relaciones humanas y/o la interacción personal, habrá que buscar su versión light. Para qué andarse desgastando y perdiendo tiempo, en cosas tan anticuadas como el trato humano amable, si tenemos maquinas contestadoras, e-mails, msn, etc., etc. que nos los pueden facilitar. La atención personalizada es cosa del pasado. Especialmente en las organizaciones prestadoras de servicios, sin importar si son públicas o privadas. Quizá queden algunas cuyos teléfonos no sean atendidos por una máquina contestadora; por lo que a mí respecta, no logro recordar cuándo fue la última vez que marqué un número telefónico de ese tipo, sin ser atendida por una de esas lindas voces mecánicas. Todos esos sistemas de atención automatizada son más o menos iguales, funcionan en forma similar y casi siempre, son atendidos por una meliflua voz femenina que después de los saludos de rigor –los cuales uno sospecha fueron grabados bajo el influjo de algún sicotrópico, pues la voz parece presa de una especie de éxtasis calmoso-, pone a nuestra disposición cualquier cantidad de opciones. Confieso que más de una vez, esas maquinitas de opción múltiple, me han sacado de mis casillas. Digo, si uno llama a una empresa de servicios, es porque tiene algún problema urgente, quiere quejarse, reportar un robo, extravío, desperfecto, etc. Y en circunstancias como esas, donde el humor no es precisamente nuestro mejor acompañante, tener que lidiar con las instrucciones de la maquinita parlante, puede resultar una experiencia bastante ingrata.

Pero si ya hasta el mismísimo Vaticano atiende a sus fieles devotos de esta forma -amén de otorgarles bendiciones papales vía Internet-, significa que no hay posibilidades de retorno. Y no obstante, aún resignándome a hablar con contestadoras, no acabo de entender que este tipo de sistemas de atención mecanizada, sea utilizado en ámbitos como el psiquiátrico. Imagino que en medio de una situación desesperada, debe ser poco edificante llamar buscando un poco de consuelo y en respuesta, ser atendido por una linda voz automatizada. Pero dice mi amiga Olguita que esto si es posible. Su psicoanalista [una dama demasiado ocupada, como para atender los recurrentes llamados de sus pacientes, quienes al parecer la buscaban a media noche hasta para quejarse de que su pareja les daba la espalda en la cama] decidió instalar un sistema de atención programada; una especie de terapia telefónica, diseñada con base en los problemas más comunes de sus pacientes. Al acceder a su número, se despliega un menú de opciones y siempre bajo la guía de la infaltable vocecita (como de hot line, pero sin chicas o chicos... hot), el paciente va presionando números hasta dar con la opción más apropiada para su problema momentáneo. Y así -si es que en el camino no ha estallado en llanto o en un ataque de enojo-, desde la comodidad de su hogar el paciente podrá escuchar el bonito mensaje terapéutico diseñado y grabado, por su querida psicoanalista. Olguita es firme creyente de las bondades del psicoanálisis moderno y sin embargo, hasta para ella este asunto de la terapia automatizada resulta demasiado frío. Dice preferir las antiguas sesiones, en las que ella se dedicaba a hablar sin parar, mientras su psicoanalista se concretaba a escucharla, a mirar de cuando en cuando el reloj y, en caso necesario, pasarle la caja de pañuelos desechables.

Finalmente, en agradecimiento por su amabilidad de leerme (ejem, espero no les molesten los chistes), un chiste ad-oc con la historia de Olguita... ojalá que los mensajes de su psicoanalista, no se parezcan a estos:


[Contestador del Hospital Psiquiátrico]

Gracias por llamar al Instituto de Salud Mental, la compañía más sana para sus momentos de mayor locura.

a). Si usted es obsesivo-compulsivo, pulse repetidamente el número 1.

b). Si usted es co-dependiente, pídale a alguien que pulse el número 2 por usted.

c). Si usted tiene múltiples personalidades, pulse el 3, 4, 5 y 6.

d). Si usted es paranoico, nosotros ya sabemos quién es usted, sabemos lo que hace y sabemos lo que quiere, de modo que espere en línea mientras rastreamos su llamada.

e). Si usted sufre de alucinaciones, pulse el 7 en ese teléfono gigante de colores que usted (y solo usted) ve a su derecha.

f). Si usted es esquizofrénico, escuche cuidadosamente y una pequeña voz interior le indicara que numero pulsar.

g). Si usted es depresivo, no importa qué número marque. Nada conseguirá sacarlo de su lamentable situación.

h). Si usted sufre de indecisión, deje su mensaje después de...escuchar el tono... o antes del tono.... o después del tono... o durante el tono... En todo caso, espere el tono.

i) Si tiene la autoestima baja, por favor cuelgue. Todos nuestros operadores están atendiendo a personas más importantes que usted

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imagen: Golconda. René Magritte. 1953

junio 03, 2009

como en una película

La recesión nos pasa facturas por los desastres financieros que otros causaron, el costo de la vida y el desempleo se incrementan y los impuestos nos agobian, mientras los guardianes de la corrección política crecen exponencialmente. No sé qué resulte más difícil, si librarse de las autoridades hacendarias, afanadas en perseguir a los pequeños causantes -mientras los peces gordos evaden sumas millonarias con todas las facilidades-, o sacudirse sermones que nos recuerdan la proximidad del fin del mundo y la imperiosa necesidad de regresar al buen camino… donde sea que se localice. Mi primo dice que tengo imán para los impolutos guardianes de la moral y el "buen comportamiento". Trátese de los infatigables Testigos de Jehová, los encuestadores del Periódico Reforma o los candidatos a puestos de elección popular, todos llaman a mi teléfono o a mi puerta. De los encuestadores es fácil deshacerse; los promotores religiosos, basta con inventarse algún credo -yo he transitado del islamismo a la herejía- para que huyan; eso sí, suelen ser muy persistentes. En cuanto a los aspirantes al Congreso, suelen ser más complicados. Hace tres años, un candidato a diputado local por mi Distrito, llegó a mi puerta justo cuando yo regresaba a casa. Lo hubiera despedido en un santiamén, pero cuando lo escuché diciendo: "mi partido y yo te prometemos hacer lo imposible para evitar que esa "inmoral" Ley de las Sociedades en Convivencia –que legaliza la unión civil, no matrimonio, entre personas del mismo sexo-, sea aprobada en esta ciudad", me fastidió. Sin ser beneficiaria de la citada Ley, yo estaba a su favor; así que le dediqué varios minutos al sujeto. Fui filosa, irónica y un poquito cínica, mientras el hombre (con facha y lenguaje de acólito) abría desmesuradamente sus ojos. Ya no recuerdo qué tanto le dije al pobre, lo único que no he olvidado es que al final, me mordí la lengua para no concluir mi alegato con algo que siempre he tenido ganas de soltarle a esos hipócritas: "en lugar de preocuparse por la sexualidad ajena, los de su Partido deberían ocupare de la propia; les hace falta una buena cogida". Después de alusiones a su hipocresía, oscurantismo y espíritu retrógrada, referirme a las (no comprobadas) carencias sexuales de sus correligionarios, hubiera sido demasiado. Ingenuamente creí que ya me había librado del susodicho [aún sin mi voto, él arribó al Congreso Local y la citada Ley fue promulgada pese al voto en contra de su Partido]. Craso error; justo hoy se volvió a cruzar en mi camino cuando yo salía hacia mi oficina. En busca de una diputación federal, hacía proseletismo matutino; pero esta mañana ni tiempo le di para explicarse. Tomé el primer taxi que pasó, mientras él alistaba su discurso sobre la moral, la seguridad ciudadana y el buen manejo de la economía; lo imagino, tras leer su slogan partidario. Yo también sueño despierta y me autoengaño, me daban ganas de gritarle, pero el taxista ya había arrancado.


Yo también sueño despierta y me autoengaño. De decirle esto al candidato, no habría mentido. Soñar despiertos es de las pocas cosas gratas y ricas, que aún podemos hacer con total desinhibición; es libre de impuestos y se encuentra a salvo de los guardianes moralinos. Con el plus de que los sueños pueden manipularse y reelaborarse, editando, cortando y adicionando escenas aquí y allá. Y por supuesto, escribirles variados finales, tal como si elaboráramos diversas versiones del guión de una misma película. Qué sería de nuestra vida sin el cine? Quizá no siempre ni con todo el cine... hay cada bodrio; pero en ciertas ocasiones, una película nos ayuda a soñar que la vida podría ser mejor. Si fuese posible escribir y reescribir la vida, como se hace con un guión cinematográfico, sería maravilloso. Ya he citado en este blog una de mis frases favoritas, debida al historiador del cine mexicano Emilio García Riera:


"el cine es mejor que la vida" [casi siempre, me atrevo a acotar]


En mi película, políticos como los mexicanos no existirían; tampoco, los guardianes de la corrección política y la moralina barata; ni por supuesto, los temidos "terroristas fiscales". La película de esta vida pública, mexicana y mundial me atrevo a pensar, empecinada en inmiscuirse en nuestro quehacer privado so pretexto de "salvaguardar la seguridad ciudadana", debería tomar lección de ese pequeño ideario planteado por Emilio García Riera en su autobiografía:


"Voy a proponer una definición hipotética y muy personal de la política: debería ser el arte de hacer a la vida como el cine. Dicho de otro modo: el quehacer político que me ha preocupado desde niño y me preocupará, creo, hasta la muerte, debería convertir a la vida humana en algo más justo, más satisfactorio y menos aburrido; algo con sentido y con estilo, como una buena película." Emilio García Riera. El cine es mejor que la vida. Ed. Cal y Arena. México 1990.



No debería ser tan difícil; quizá solo haga falta encontrar a un buen Guionista y a un estupendo Director... con Mayúsculas ambos.


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Imagen: La isla del tesoro. René Magritte, 1942

junio 01, 2009

a qué saben los domingos?

Hay quienes afirman que la semana debería durar de lunes a sábado. Y es que para una gran cantidad de personas, los domingos, lejos de ser el día más esperado, resultan ser el más aburrido, odioso, triste y hasta deprimente. Algo que podría parecer un poco contradictorio, considerando que normalmente uno no trabaja y por ende, puede pasársela tranquilamente haciendo lo que le plazca; librarse del trafico citadino y necedades patronales; levantarse tarde, desayunar sin prisas y comer en familia... o simplemente quedarse en la cama todo el día; si es que lo aguanta, por supuesto, porque a algunos la cama prolongada nos cansa (me refiero a estar echados en la cama sin hacer nada). Y sin embargo, los domingos tienen mala reputación; según algún estudio, cuya confiabilidad desconozco, son el día de la semana en que más suicidios se registran [hace tiempo leía sobre una obra de teatro -presentada en España en 1995- basada en textos de Maux Aub y Charles Baudelaire, llamada Los domingos matan más hombres que las bombas]. Quizá la tristeza asociada a los domingos radique en su silencio, falta de movimiento y, en muchos casos, la soledad que conllevan. O será que ya nos hemos habituado tanto al caos diario, las aglomeraciones, prisas y tensiones, que cuando nos encontramos sin ellos, no sabemos qué hacer y hasta los extrañamos.

Pese a que mi día favorito de la semana es el viernes, yo no odio los domingos; aunque reconozco que si lo permito, pueden acarrearme algo de desgano... y que en un tiempo me llenaron de hartazgo. Si se ha convivido con un fanático del futbol, se entenderá lo poco gratos que pueden ser los domingos, con el susodicho apoltronado frente a la tele, viendo todos los partidos habidos y por haber -sean o no de su equipo favorito- y con la única actividad adicional de manipular el control remoto. Posiblemente el futbol televisado, junto con las aburridas comidas familiares, sean las razones más invocadas por los anti-domingueros. Es curioso, pero me resulta extraño no encontrarme dentro de los que odian los domingos. Aún sin ser fan de esos comelitones familiares, los domingos no dejan de tener un encanto especial para mí. Quizá más en el pasado que ahora, pero hay algo de ellos que los hace queribles: su sabor y su aroma. Los domingos me saben y me huelen distinto a cualquier día de la semana; de lunes a viernes me saben y huelen igual: levantadas casi al amanecer, prisas y presiones laborales. Su sabor y su aroma son los del café recién molido y el panqué de naranja horneándose; ya lo dice el lugar común, los dos placeres más grandes de esta vida empiezan con C, pero de momento sólo hablo del segundo [placeres y pecados... alimenticios]. Al lado del sabor y aroma, el otro encanto que le encuentro al domingo, es su cadencia. Tenía un maestro en la Universidad que siempre nos recordaba la importancia de la cadencia, del ritmo pausado pero bien definido y controlado, "hay de aquel que pierda la cadencia" solía advertirnos. La cadencia es indispensable, lo mismo para cocinar y disfrutar de los alimentos, que para caminar, admirar una puesta del sol y hacer el amor (bueno él no lo decía así; pero si la cadencia es indispensable para todo, supongo que aplica). Y el ritmo del domingo es el de la cadencia; algo casi en desuso en el mundo de hoy, donde la gente vive corriendo sin descanso, sin que esto le signifique llegar más rápido ni con mayor precisión.

Me gustan el sabor, el aroma y la cadencia del domingo... y ustedes ¿odian los domingos?







La imagen que ilustra esta entrada,
Casa de Luís Barragán, representa un buen colofón para un domingo cadencioso: los últimos rayos del sol entrando por la ventana que deja ver un apacible jardín.