Primer tiempo.
Abril caminaba de manera única; nunca he vuelto a ver a alguien caminar así. Más que caminar, parecía flotar. Cuando atravesaba la explanada de la Facultad, era casi imposible no voltear a mirarla; todos parecían pendientes de su andar y lo seguían hasta que se perdía en algún pasillo, o descendía por las escalinatas que conducían al estacionamiento. Siempre sola, acompañada por esas miradas a las que ella parecía ajena. Yo también era presa del arrobamiento generado a su paso; no me empujaba el deseo o la envidia, que parecían ser el común de todos los demás mirones. A mí, ella me provocaba una sensación mezcla de fascinación e intriga. Y es que a decir verdad, en algo tenían razón las
señoritas de la pasarela [un grupito de niñas que parecían mimetizadas unas con otras y que acostumbraban llegar a clase de siete de la mañana, vestidas y maquilladas como para sesión de modelaje], quienes no ocultaban su recelo y envidia hacia Abril: ella no era especialmente bella, ni tampoco poseedora de una figura espectacular. Pero era justamente eso, lo que la volvía más fascinante, al menos para mí. Me intrigaba y no podía dejar de preguntarme, qué era lo que hacía tan especial a una mujer de apariencia nada extraordinaria. No sé en qué cambiaría las cosas, el que yo supiera dónde radicaba la magia de Abril; pero eso no impedía que yo siguiera preguntándomelo. Supongo que a los 19 años, lo que en el fondo me interesaba, era averiguar si
ese no sé qué de Abril... podía aprenderse. Y la respuesta la tuve de dónde menos la hubiera esperado: de parte del único hombre, al que nunca me tocó ver presa del
embelesamiento Abrilino, Luis. El chico más brillante de mi generación, cuyas participaciones en clase de Teoría Social deslumbraban a todos, incluyendo al profesor. Sucedió una extraña mañana, en la que yo estaba tan absorta en la lectura de un libro, que ni cuenta me dí cuando Abril cruzó frente a mi y tampoco sentí cuando Luis se sentó a mi lado en la misma jardinera. Sólo me percaté de su presencia, al escuchar su voz diciéndome: "¿sabes qué es lo que la hace casi irresistible? Y sin esperar mi reacción, continuó:
la cadencia; esa mujer camina con una cadencia pasmosa, su andar no es rápido, ni provocativo o forzado; es cadencioso y por eso resulta inevitable seguirlo con la mirada. ¿Eso era todo? Su explicación me dejó un poco decepcionada. Viniendo de él, yo me hubiera esperado un discurso casi filosófico, en torno a
ese no sé qué poseído por ciertas mujeres, que las vuelve seductoras, pese a no encajar en esos caprichosos y estereotipados cánones de belleza, impuestos a golpe de publicidad. Pero no; solo eso dijo y cambiando por completo de tema, me hizo una inusitada oferta: "Si hay algo que no entiendas de
La Fenomenología del Espíritu, tú nada más dímelo y yo con gusto te lo explico." Un envidiable ofrecimiento, pero en ese momento... a mi me interesaba más desentrañar los secretos de
La Cadencia... que adentrarme en las profundidades de la Filosofía Hegeliana.
Segundo tiempo. Algunos abriles después, experimenté mi propio andar, más pasmoso que cadencioso; pero eso sí, sin perder el ritmo. Eran las siete de la mañana de un lunes y yo me dirija a una entrevista laboral en Toluca, por lo que debía tomar un autobús en la Terminal Poniente, ubicada en el metro Observatorio. Siguiendo las instrucciones de un amigo, de evitarme el peligroso cruce peatonal, salí de la estación del Metro por la planta alta, lo que implicaba bajar una larga escalinata, que no habría tenido mayor problema de no existir tres pequeños detalles: no tenía barandales, yo traía altos tacones y al pie de la escalera, se encontraba un nutrido grupo de hombres desempleados, quienes en espera de algún contratista, entretenían su tiempo revisando al personal que pasaba por ahí... y a esa hora, la única despistada que tuvo esa peregrina idea... fui yo. Los silbidos iniciaron nada más descender el primer escalón, por lo que los siguientes 49 los bajé bajo una atronadora silbatina, a la que trataba de no prestar atención para no perder el paso y caerme. Creo que nunca he bajado unas escaleras con tal parsimonia. Por fin llegué al último escalón, pero la cosa no mejoró, pues los hombres estaban sentados a ambos lados, como formando una valla, y yo tenía que cruzar forzosamente en medio de ellos para poder andar el trecho que me faltaba para la Terminal. Los silbidos continuaban, pero por algún milagro de la divinidad, yo no perdí la cadencia de mis pasos, no corrí, ni los miré a ellos e hice caso omiso de sus dichos; así seguí caminando los veinte metros más largos de mi vida, hasta que por fin llegué al mostrador de los autobuses ETN y compré un boleto para el primer camión con dirección a Toluca que saliera.
Por supuesto que mi andar cadencioso o parsimonioso de aquella mañana, nada tenía que ver con el de la embelesadora Abril. Lo mío fue mero instinto de supervivencia, pero mantener una pasmosa cadencia, me salvó de precipitarme escaleras abajo, en un vano intento por huir de los silbidos de... algo así como 100 hombres...