El viaje no termina nunca.
1.- Me gusta viajar. Mucho. Al viajar me desconecto por completo de la cotidianidad, me olvido de obligaciones y me dejo ir no solo físicamente, sino fundamentalmente con la imaginación. Me significa un viaje introspectivo que me ayuda a encontrar ciertos anclajes, a veces un tanto difusos. En alguna parte leí que ni las coordenadas terrestres ni el GPS sirven de mucho cuando uno viaja perdido en su propio desierto, sin brújula ni dirección. Puede ser cierto. No obstante, creo que también en ese trayecto un tanto accidentado es posible encontrar algo más que dirección.
En su libro Viaje a Portugal, José Saramago afirma que la felicidad tiene muchos rostros y que “[…] viajar, es probablemente uno de ellos […]”, pero que al pensar en viajar surgen interrogantes: ¿qué resulta más disfrutable? ¿el viaje en sí o el destino? ¿es posible disasociarlos? Creo que sí y no. Supongo que habrá trayectos que no se gozan tanto, en los que uno sólo ansía arribar al sitio al que se dirige. Pienso en un viaje que lamentablemente no he realizado: China. A la cantidad de horas de vuelo habría que añadir la escala técnica en Estados Unidos -mientras que Aeroméxico no inaugure su prometido vuelo directo Cd. de México-Shanghái-, con el inconveniente de las “acuciosas” revisiones de que son objeto los pasajeros en los aeropuertos gringos… en tiempos de Bush.
Afortunadamente, hay otros trayectos, terrestres o marítimos, que resultan tan atractivos como el destino final. Se me ocurre un viaje en tren por la Sierra Tarahumara de Chihuahua. La sola idea de ir contemplando el paisaje de las escarpadas montañas, donde por momentos uno se siente literalmente en el cielo, resulta una experiencia fascinante; lo mismo que andar lo caminos de la Sierra Norte de Puebla, en compañía de esa neblina que medio deja ver pequeños pueblos que parecen estacionados en otro tiempo. O qué tal atravesar Irlanda por tierra, desde Dublín hasta la costa occidental, recorriendo paisajes de un verdor alucinante, con todo y la blancura que proporciona la visión de infinidad de borregos pastando sobre pendientes que parecieran terminar justo al encontrarse con el mar. Por algo la patria de Wilde es conocida como “La isla esmeralda”. Y pensando en infinidad de trayectos ensoñadores me transporto al cine, a los viajes de película, no necesariamente tan “turísticos”, pero igualmente disfrutables. Porque al final, Proust dixit, el quid de viajar no es tanto el descubrir nuevos sitios, sino hacer descubrimientos nuevos en sitos ya conocidos.
2. Paris,Texas o el road movie según Wim Wenders.
La sinopsis es simple: tras cuatro años, un hombre (Travis, personificado por Harry Dean Stanton) que había desaparecido y al que ya se daba por muerto, reaparece en un estado lamentable en una pequeña ciudad fronteriza entre México y Texas. De a poco nos enteramos que Travis huyó después de abandonar a su pequeño hijo Hunter (quien se crió con sus tíos) tras ser él mismo abandonado por su esposa Jane (Natassja Kinsky). La trama relata la travesía de Travis, quien con ayuda de su hermano irá en búsqueda de su pequeño hijo Hunter y una vez encontrado, tratará de conseguir su cariño o por lo menos su aceptación. Objetivo nada fácil de alcanzar, pero en cuya consecución incidirá de manera fundamental un hecho aparentemente contradictorio: una vez medio reconocido por su hijo, Travis comunica al pequeño que ha decidido ir en busca de la madre perdida. Es en ese momento cuando el niño muestra bastante más interés en su progenitor, al punto de pedirle que lo deje acompañarlo en su búsqueda. Así, padre e hijo emprenderán un recorrido que ha de servirles como viaje de iniciación, reconocimiento y aceptación mutuos. Al buscar a la madre y esposa, Hunter y Travis compartirán un mismo objetivo, al tiempo que recuperarán sentimientos y necesidades casi olvidados.
El film se convierte en el inusitado viaje de un hombre que tras permanecer largo tiempo perdido sin brújula ni dirección, casi sin recuerdos, en su atropellado trayecto encuentra no sólo a su hijo, y más tarde a la mujer que amó, sino fundamentalmente una razón de vida y el perdón a sí mismo. El momento en que Travis se reúne con Jane se efectúa de un modo poco convencional: ella trabaja en un peep-shop en Houston y la entrevista tiene lugar en horas de trabajo de ella, es decir en una cabina y sin que ella sepa quién es su ‘cliente’. Una plática contenida, cargada de emociones y silencios entrecortados, efectuada a través de un cristal que para ella funciona como espejo y para él como un vidrio. Conmovedor encuentro. Quizá la escena más emotiva y mejor logada del film (y estamos hablando de un gran film). Y porque el viaje no termina nunca y el viajero siempre vuelve al camino (Saramago dixit), cuando Travis logra que madre e hijo se reúnan habrá concluido esa etapa de su travesía y será hora de emprender la siguiente: un viaje en solitario, en búsqueda de un nuevo comienzo. El final es otra joya: él alejándose, no sabemos si para siempre, acompañado por los acordes de Oscura es la noche en la guitarra de Ry Cooder.
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