Hablábamos de un cuento de Gabriel García Márquez -“Del amor y otros demonios”-, que en estos días está leyendo. De pronto ella -Gabriela, 22 años, arquitecta y prima de la que esto escribe- dio un giro a la conversación, y mirándome muy seria setenció: ¿Verdad que son de hueva las películas de amor con final feliz? A mi me gusta sufrir; para finales felices donde la chica buena se queda con el bueno y la mala se muere o se que queda deforme, están las telenovelas. En el cine hay que ver otras cosas que tengan más gracia. Y además, las niñas buenas me caen gordas, de esas como los personajes dulcecitos que hace la Meg Ryan, uff de hueva total; a mi me gustan las malas, que casi siempre son las más inteligentes.
En un principio me pareció un tanto exagerada su afirmación, pero pensándolo bien creo que no es taaan disparatada, como que las películas de amor donde al final “Romeo y Julieta no se quedaron juntos ni fueron felices para siempre”, suelen tener más sabor ¿no? Claro que hay excepciones honrosísimas, pero en general como que hay una cierta tendencia a ver en menos esas historias de amor con el típico happy end. Desde Casablanca muchas de las grandes parejas románticas cinematográficas no han tenido un final feliz, o al menos no de acuerdo con los cánones tradicionales establecidos.
Será que el encontrar placer, el disfrutar esas historias de amor medio desgraciadas, desgarradas, exuberantes, exageradas, disparatadas, ácidas, crueles, etc... ¿nos convierte en unas masoquistas [hablo de mi prima y de mí]?
No sé, quizá solo gustamos de ellas porque normalmente las historias, las situaciones presentadas, la forma de ser narradas y los personajes suelen ser mejores y más ricos en esas películas sin final feliz. Quizá las preferimos porque existe un cierto nivel de identificación con alguna parte de la trama o con alguno de los personajes. O quizá porque a través de esas historias, de esos personajes, de esas penurias, de esos amores intensos, desgarrados pero apasionantes, nosotras(os) hacemos una especie de catarsis para aliviar nuestros propios pesares.
Digo, era domingo y no iba a ponerme densa tratando de encontrarle el trasfondo psicoanalítico a nuestros particulares gustos cinematográficos, cosa que por otra parte me produce tanta, o más, hueva... que la pelis esas.
Buuueno y no solo de filmes amargozones, desgarrados y sufrientes está poblado el universo de algunas. ¿Que tal con las canciones del tipo “para cortarse las venas.” Esas que son “así o mas desgarradas”; canciones que detenidamente escuchadas, analizadas con cierta seriedad suelen ser supinamente cursis y hasta indignas... de tanta autoflagelación, pero que igual nos gustan y solemos escuchar en ciertos momentos?
Y hablando de historias de amor sufrientes pero fascinantes y disparatas, por ahí en el inicio de los 90’s surgió un film llamado
Les Amants du Pont-Neuf, (1991)- de Leos Carax, protagonizado por Juliette Binoche y Denis Lavant. Una joyita en la materia, que puede gustar, conmover o bien chocar; pero jamás nos dejará indiferentes. Tiene varias secuencias de antología, mi favorita es una donde Michelle (Binoche) borracha y medio ciega, ojo parchado incluido, va esquiando en el mismísimo Río Sena mientras su amante Alex (Denis Lavant) conduce la lancha.
Y en música, una canción de amor clásica, sufriente y arrastrada a más no poder, pero bellísima; obra del gran compositor y poeta belga Jacques Brel, Ne me quitte pas. Aquí abajo ambas, la canción con trasfondo de algunas de las escenas más dramáticas de Les amants del pont neuf, bajo la voz insuperable de Nina Simone.