escribir

Escribir: tratar de retener algo meticulosamente, de conseguir que algo sobreviva; arrancar unas migajas precisas al vacío que se excava continuamente, dejar en alguna parte un surco, un rastro, una marca o algunos signos.[Georges Perec]

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noviembre 28, 2010

gélidas brumas




Esa manía, en los 'edificios inteligentes', de poner el clima artificial tan frío mientras afuera el sol arde en todo su esplendor otoñal. Me siento como camarón congelado, en tanto mis pobres neuronas están como enteleridas y mis recuerdos se hacen bolita, tratando inútilmente de conseguir un poco de calor. Y así es como los evoco: mezclados, inconexos, 'hechos bolas'. En estos últimos días he recordado un montón de cosas que guardan poca relación entre sí. [digresión: cuando algo así me pasa me da un poco de miedo, pues temo que eso sea el inicio del camino a la locura]. En fin, decía que he recordado sucesos, momentos, sin relación entre sí. Al menos no aparente. Por ejemplo, el día en que por vez primera (y única hasta hoy) visité un quirófano. Hasta antes de aquella tarde, me parecía increíble cuando en una película o programa de TV veía personajes que tras ser sometidos a una cirugía al volver en sí decían no recordar nada de nada, ni siquiera cómo habían llegado hasta ese lugar. Y yo los veía sin creer… ni en la ficción: cómo va a ser que uno no se acuerde que lo acaban de acuchillar, me decía yo. Me parecía que hasta como efecto melodramático, era algo difícil de creer. Y ahora al mirar atrás, los recuerdos de lo sucedido aquel día vuelven tamizados por las brumas del tiempo, que son las de mi memoria, aunque en algunos segmentos los recuerdos discurren con tal nitidez que casi me parece estarme viendo en una película 3D. Empiezo…

Aquel amanecer, como ocurría a diario, el despertador sonó implacable, cruel, a las 5:00 de la madrugada. Y también como todas las madrugadas, con todo el dolor de mi alma, o para decirlo sin eufemismos, con toda la flojera de mi ser me dispuse a abandonar la calidez del lecho para sumergirme en la frialdad del baño. No sé en sus casas, pero en la casa familiar el cuarto de baño era (sigue siendo) un lugar casi gélido. A tal grado era la diferencia de temperatura entre el baño y el resto de la casa, que cuando la energía eléctrica fallaba, el lavamanos del baño resultaba un buen sucedáneo de refrigerador para conservar, por ejemplo, los productos lácteos tan sensibles a los cambios drásticos de temperatura. En fin, después de unos minutos de inútil resistencia, di inicio, de manera mecánica, al ritual de cada mañana. Una hora más tarde me encontraba bañada, vestida, peinada (es un decir) y lista para tomar un café antes de salir rumbo a la escuela. La clase era a las 7:00, pero la puerta de entrada cerraba quince minutos antes. Lo que siguió, el tiempo transcurrido entre mi primera clase y la última (a la una de la tarde), apenas lo recuerdo. La última imagen que tengo de mí antes de entrar al quirófano, debe ser de las cuatro de la tarde cuando un dolor inaguantable me postró en el asiento trasero del auto de la madre de una compañera. Después, apenas recuerdo haber franqueado las puertas de cristal del hospital de la colonia Roma, mi paso por laboratorios (no haber desayunado ni comido me ayudó y no hubo necesidad de lavarme el estómago, ni de ningún otro tipo de procedimiento previo a la extracción de sangre y la realización de los demás exámenes que me hicieron). Y de pronto me vi en un frío quirófano, no sin antes conocer el implacable diagnóstico: un día de retraso más y de una 'todavía' operable apendicitis habrías pasado a peritonitis de pronóstico reservado. Serían las siete de la noche. Y hasta ahí. Lo que sigue es difuso… hasta las primeras horas del día siguiente.

Era la una de la madrugada con treinta minutos cuando desperté, completamente descontrolada. Conforme abría los ojos, adormecida, aun con los resabios de la anestesia, iba siendo consciente de un punzante dolor en mi vientre. Y cual película de ficción (o serie de horror), de pronto me vi igual que esos personajes: me costó trabajo recordar dónde estaba. Frente a mí, muy cerca de mi rostro, un hombre de pelo castaño y barba cerrada me miraba sonriente al tiempo que exclamaba: vaya, por fin se digna despertar la bella durmiente, tendrías que haberlo hecho hace un par de horas; pero no, has seguido durmiendo muy quitada de la pena, mientras yo sigo aquí preocupado y sin poderme ir a casa. La luz blanca que iluminaba la habitación hería mis ojos y lejos de ayudarme a esclarecer la mente me atarantaba más. El hombre siguió hablando, mencionó que la operación había sido un éxito pero apenas a tiempo, pues yo estaba –repitió, ahora lo sé- a un tris de la peritonitis. Mi reacción debió ser de completo azoro, porque él siguió hablando, dándomesanto y seña de lo sucedido:

"¿no te acuerdas? te hice una apendicetomía; por poco y no llegas a tiempo, pero no te preocupes que todo salió bien y de una vez aproveché que ya te tenía abierta, para deshacernos de algunas molestas e inesperadas burbujitas (quistes) que me encontré por ahí". Como yo seguía muda, él dio por concluido su informe diciéndome: ya te van a subir a tu habitación, balbuceé algo sobre la fuerza que estaba cobrando el dolorcito, a lo que él atajó: ahorita te inyecto un analgésico, luego una jeringa entró en la sonda del suero y yo volví al mundo de los sueños del que salí unas horas más tarde, justo a las cinco de la mañana, y sin necesidad de despertador, espantada porque se me haría tarde para la escuela. No recordaba nada otra vez. Había olvidado que estaba en un hospital, recién operada, lo cual me mantendría alejada de la molesta clase de 7:00 de la mañana durante varios días. Nada, seguía como anestesiada, instalada en una realidad alterna 



 imagen: anestesia, tomada de cedepapedu

septiembre 21, 2009

llamadas de medianoche II

Era una fría noche de viernes; una que podría haber sido igual a cualquier otra noche invernal, de no haber ocurrido aquella llamada telefónica que repentinamente me arrancó de los brazos de Morfeo y de mi recién recuperada tranquilidad nocturna; esa que por fin había  vuelto a encontrar, tras haber vivido un largo periodo de tensa calma a causa de otra (muy distinta) llamada de medianoche. Ese viernes, inicio de sábado, en la hora más rica de mi sueño (las dos de la madrugada con treinta y siete minutos, según indicaba el reloj digital posado sobre la mesita lateral), la campanilla del teléfono irrumpió en medio de un viaje esplendoroso por parajes remotos y húmedos. No sabría decir con exactitud cuántas veces timbró el teléfono, únicamente que yo aún estaba medio dormida cuando levanté la bocina y con voz amodorrada balbucee  algo parecido a un hola.

Al otro lado, una voz femenina, tan impersonal como artificiosamente profesional, saludó  y sin darme tiempo a nada me preguntó  en forma afirmativa:

¿Es el número 56 -- -- --?

En medio de mi confusión, le contesté con una torpeza imperdonable:
--¿Con quién desea hablar?

Y la dama, en perfecto dominio de escena, continuó:  

-- Señorita, le llamo del Hospital Xoco (inenarrable nosocomio de Asistencia Pública, estratégicamente ubicado frente al Panteón del mismo nombre y a donde van parar -principalmente- los accidentados y heridos de riñas callejeras y asaltos), para avisarle que aquí se encuentra gravemente herido el señor Salvador Ramírez; le estamos llamando, porque en su libreta de direcciones el Señor Ramírez trae este número telefónico para dar parte en caso de accidente.

Tras escuchar la última parte de su alocución, mis neuronas abruptamente abandonaron la modorra para instalarse en situación de alerta, al tiempo que un frío cosquilleo iba ascendiendo lentamente por mi espalda. Si bien, hasta donde mi memoria me permitía recordar, yo no conocía nadie con ese nombre, Ramírez es mi primer apellido por lo que el "en su libreta de direcciones traía los datos de usted", llevó a mi mente, confusa y asustada, a recordar casos concretos sobre extorsiones y asaltos vía telefónica. Consecuentemente, reaccioné de la única manera que mi escasa lógica me permitía: negando conocer al herido y colgando la bocina antes de que la dama terminara su contraataque, para luego ocultarme (de la manera más infantil) bajo las cobijas.

No bien terminé de taparme, el teléfono volvió a sonar; tomé el auricular y sobreponiéndome a mi temor, sin amabilidad alguna le contesté a mi interlocutora que por favor dejara de molestar y mejor se pusiera a buscar a los verdaderos parientes del herido... en caso de que tal historia fuese cierta; tras lo cual, aventé la bocina.

El teléfono volvió a sonar; esta vez no lo contesté y el timbre siguió sonando hasta que la contestadora automática se activó. Desde mi cama pude escuchar, uno tras otro, los varios (cinco quizá) mensajes que la dama fue dejando, subiendo a cada tanto el tono, en inicio intimidatorio, hasta llegar a ser francamente amenazante. Ahora que lo  escribo, no acabo de perdonarme por ser así de infantil, por haberme sentido tan asustada. Pero aquella noche, en verdad me sentí vulnerada en mi intimidad; como si un ojo de rayos X vigilara todos mis movimientos; apenas terminaba de grabarse un mensaje y yo ya temblaba esperando que entrara la siguiente llamada. Como tonta; como si tuviera seis años y las sombras de la noche aún me causaran pavor. Mi departamento no da a la calle, por lo que de estar estacionados frente al edificio (así lo imaginaba), los sujetos que estaban tras las llamadas no podrían verme a través de las delgadas cortinas. Aún así, me daba miedo salir de mi recámara; sentía que de hacerlo quedaría totalmente indemne ante el asecho de esos ojos extraños. No sé cuánto tiempo pasó en total, pues en uno de mis absurdos intentos por mantenerme a salvo bajo las cobijas, de un manotazo mandé el reloj al piso; sólo sé que a la sexta o séptima llamada, encontré ánimo para levantarme y sin siquiera encender la luz, andar descalza la distancia que separa mi cama del comedor (en donde se localizaba el otro teléfono y la contestadora). Soy friolenta por naturaleza, pero aquella madrugada literalmente me sentía como congelada; no sé si era la parálisis del miedo o el efecto producido por el contacto de mis pies desnudos con el helado piso. Llegué a la mesita del teléfono, justo cuando la mujer dejaba el enésimo mensaje y de un sólo movimiento, arranqué los cables del teléfono y la contestadora...

El suplicio de las llamadas concluyó; no obstante, la sensación del absurdo e injustificado miedo, junto con el frío estremecimiento recorriéndome el cuerpo... me acompañaron durante varias noches más.


 

Imagen: Gustave Caillebotte (Lluvia en Yerres)

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abril 27, 2009

lágrimas y chocolates

Y usted ¿cómo cura la depresión pasajera?

Anoche me tocó ejercer de paño de lágrimas; amargas lágrimas fueron vertidas sobre mi hombro por alguien a quien aprecio mucho. Una situación terrible para mi, porque evidenció una vez más, mi torpeza en la materia. ¿Qué puede hacerse o decirse cuando alguien llega a tu casa en un mar de lágrimas, por causa de un tercero? Por mas ecuánime que una quiera ponerse e intente atenuar con palabras el pesar de un ser querido, es imposible hacerlo; estuve a punto de repetirle una frase que leí por ahí y que me aprendí como si de un Mantra se tratase.

"Cuando un hombre que está vivo te hace llorar, hay que dejarlo. Sólo se llora por los amantes muertos" Clara Obligado

Pero no lo hice; me limité a escuchar sus lamentos, darle apapachos y pasarle una caja de pañuelos desechables. Y cuando atiné a decirle algunas cosas, una vez que su llanto cesó, estas fueron estúpidas e inútiles en su mayoría. En casos así, una se siente la peor de las compañías, la más tonta de las amigas; una quisiera enarbolar sentidos discursos en los que el ser desconsolado encontrara un poco de alivio a su penar. Pero no puede. Y mientras veía como lloraba y bebía traguitos de vino (que también llevó a mi casa, junto con su mar de llanto) yo me acordaba de esas tragicómicas imágenes que pueblan el cine y la televisión; esas que nunca me ha tocado presenciar, menos protagonizar, en la vida real.

En muchos programas de televisión y filmes estadounidenses, el nivel de depresión femenina se mide en función del tamaño del bote de helado que acompaña a la protagonista. Tanto si la dejó el marido, novio o amante, como si se peleó con su madre o ésta le dijo que nunca la había querido; porque perdió su empleo o padece síndrome premenstrual... pero casi de manera inevitable, la chica de la película termina en la cocina con un gran bote de helado, el cual devora como posesa [
el mejor amigo de la depresión femenina]. Dejando de lado los análisis médicos, científicos y/o psicológicos, en los que de manera seria se analizan los vacíos emocionales/afectivos y su relación con los desórdenes alimenticios, siempre que uno ve a la rubia espectacular llorando a lágrima viva mientras se engulle una libra de helado, no puede evitar decirse que eso sólo puede ocurrírseles a las mentes brillantes de Hollywood, porque en la vida real nadie puede tener estómago para sentarse a devorar medio kilo de helado, cuando acaba de encontrar a su pareja en la cama con otra/otro (además de que tontamente imagina que a las rubias o castañas espectaculares... esas cosas no les pasan). En lo que mi concierne, ante un hecho intempestivo de naturaleza semejante, la primera sensación que registro es una especie de nudo en la garganta, acompañado de cierto nivel de crispación; de tal suerte que no concibo ánimos para atragantarme de helado. Claro que cada quien curará sus depresiones y paleará o engañará sus pesares de manera distinta. Quizá llorar mientras se come helado, resulte menos ingrato que sólo llorar desconsoladamente junto a una caja de pañuelos desechables y a una amiga inútil... como yo.

En mi caso, yo lloro para destrabar el nudo de mi garganta, pero lo hago en privado; después podrán venir otras formas de desahogo y más tarde, cuando lo haya superado, quizá hasta escriba un post narrando mis tragedias... mientras me como un chocolate amarguísimo; digo, nada más para ver si es cierto que el
chocolate puede excitar más que unbeso apasionado... y luego no quieren que la gente busque consuelo o sustitutos... en la comida.


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En fin. México en emergencia sanitaria y yo divagando en los dramas de mujeres al borde de un ataque depresivo...