Con su gozoso estilo anti-solemne y mordaz, el escritor guanajuatense dedicó gran parte de su obra a retratar nuestro modo de ser mexicano. Leerlo es una delicia, porque al reírnos con sus historias, en realidad nos estamos riendo de nosotros mismos; es difícil no encontrar similitudes con algún pariente o conocido, o con alguna anécdota de nuestro pueblo y hasta de nuestra familia. Pero lejos de ofender, sus irónicos retratos provincianos constituyen un divertido aprendizaje y me atrevería a decir, casi más efectivo que cualquier sesudo y solemne estudio sociológico. Dejando de lado su obra propiamente literaria, es punto menos que una obligación de todo mexicano que se precie de serlo (jajá, ¿ya ven como somos solemnes y cursis los mexicanos?), leer sus Instrucciones para vivir en México; volumen que compendia los artículos publicados por Jorge Ibargüengoitia en el periódico Excélsior entre 1969 y 1976. Se lee en un santiamén, mejora le ánimo desde el primer artículo y además, resulta una fuente de aprendizaje invaluable. Para no alargar mucho esta entrada, dejaré un par de breves ejemplos de lo que en ese libro se encuentra; pero primero, un extracto de su breve autobiografía.
"Nací en 1928 (el 22 de enero) en Guanajuato, una ciudad de provincia que era entonces casi un fantasma. Mi padre y mi madre duraron veinte años de novios y dos de casados. Cuando mi padre murió yo tenía ocho meses y no lo recuerdo. Por las fotos deduzco que de él heredé las ojeras (...)
Al quedar viuda, mi madre regresó a vivir con su familia y se quedó ahí. Cuando yo tenía tres años fuimos a vivir a la capital, cuando tenía siete, mi abuelo, el otro hombre que había en la casa, murió.
Crecí entre mujeres que me adoraban. Querían que fuera ingeniero: ellas habían tenido dinero, lo habían perdido y esperaban que yo lo recuperara. En ese camino estaba cuando un día, a los veintiún años, faltándome dos para terminar la carrera, decidí abandonarla para dedicarme a escribir. Las mujeres que había en la casa pasaron quince años lamentando esta decisión "lo que nosotros hubiéramos querido", decían, "es que fueras ingeniero", más tarde se acostumbraron."
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Don Jorge tuvo la peregrina idea de aceptar una invitación oficial del ex presidente Luis Echeverría, quien convocó a un nutrido grupo de escritores e intelectuales a acompañarlo en uno de susacostumbrados faraónicos viajes internacionales (a la Argentina). Dice que aceptó porque era un paseo con gastos pagados... y en Buenos Aires parece que se la pasó bomba:
……………………………………………………………………………….."Mi primer acto oficial consistió en salir del bar para ver llegar a Echeverría al hotel Plaza. Había filas de policías de azul marino, con abrigo, metralleta y banda azul celeste en la gorra, motocicletas y filas de curiosos en la plaza San Martín. Una cosa muy rara: la comitiva llegó precedida de una grúa. Supongo que para el caso de bombazo tener manera de llevarse los restos sin interrumpir el tráfico".
Y sobre nuestra sacrosanta Revolución Mexicana, cada vez más fantasmagórica:
"Los cumpleaños tienen dos defectos: son inevitables y acumulativos y además, van deformando la personalidad del que los festeja [...] Lo mismo pasa con las revoluciones. Se hacen viejas y llega un momento en que cuesta mucho trabajo recordar lo que fueron en sus mocedades. A la nuestra, por ejemplo, le pasa lo mismo que a todas las mujeres de sesenta años. Ha adquirido una respetabilidad que nunca hubiera pretendido tener en su juventud."
Instrucciones para vivir en México, Jorge Ibargüengoitia. Editorial Joaquín Mortiz/Editorial Planeta Mexicana, 1998. 295 páginas
ilustración: recreación de El nacimiento de Venus, a base de legumbres