Parafraseando a Rick e Ilsa: la economía se derrumba y nosotros nos enamoramos... del futbol.
Hombres, hombres, hombres... los hombres que manejan las Cuentas Nacionales están muy preocupados; parece que ahora si va en serio la catástrofe, así que mejor dejarse de simulaciones y confirmarnos lo que ya todos sabíamos desde hace meses: la economía mexicana está en terapia intensiva, presa de un grave estado de shock de pronóstico reservado.
Pero a quién le importa semejante nimiedad, cuando ayer la patria mexica se jugaba la honra en un partido de futbol? Los ratoncitos verdes, como “cariñosamente” llama el público aficionado a los integrantes de la oncena tricolor, enfrentaban nada más y nada menos que al equipo estadounidense. Dice el escritor Juan Villoro que los mexicanos tenemos una memoria de corto plazo muy débil; estamos acostumbrados a olvidar los compromisos adquiridos el día anterior. En contrapartida, ningún agravio tiene fecha de caducidad para nosotros y aún no olvidamos que los gringos se quedaron con la mitad del territorio mexicano y no conformes con semejante ultraje, tuvieron el pésimo gusto de burlarse de nosotros devolviéndonos El Chamizal. Es por ello que jugar al futbol contra el equipo estadounidense, adquiere una dimensión especial, convirtiéndose en punto menos que asunto de Soberanía Nacional -así andarán de devaluadas y extraviadas la Patria y la Soberanía Nacional... para que su honra se dirima en una cancha de futbol.
Reza la creencia popular que a las mujeres –a la gran mayoría- no nos gusta el futbol. Para ser precisos, que ni nos gusta ni le entendemos y ni nos interesa llegar a hacerlo. Aún así y no pocas veces contra nuestra voluntad, muchas de nosotras hemos tenido cercanía con él y hasta padecido a algún aficionado de hueso colorado en casa. No obstante esto e independientemente de nuestra condición sexual, si uno quiere desmarcarse de las masas, nada como decir a los cuatro vientos que odia al futbol porque es cosa de nacos, una estupidez, el opio del pueblo, etc. Personalmente, el futbol no me molestaría de no ser por los cronistas de TV y Radio, cuyos alaridos me resultan francamente insufribles. Pero creo que manteniéndome alejada de la TV y la Radio (y las ventanas que dan a la casa de mi vecino fanático) en días de futbol, puedo vivir a salvo de escandaleras futbolísticas… excepto cuando la honra de la Patria está en juego. En ocasiones así, resulta casi imposible mantenerse al margen; por todos lados aparecen radios y televisores portátiles y aunque uno no pregunte, no falta quien, ya sea en el elevador de la oficina o el pasillo del supermercado, comedidamente le informe cómo va el encuentro futbolístico.
Trabajo en una institución donde el personal adscrito está integrado mayoritariamente por hombres y ayer, como nunca, esa presencia lució apabullante. Tal parecía que sólo había empleados masculinos... todos aficionados al futbol. De tal suerte que a eso de las cuatro de la tarde, salvo otra compañera -Paty- y la que esto escribe, no había nadie en el área común, pues la Gerencia, casi en pleno, estaba reunida en la oficina del Gerente viendo el partido México-USA. Y en lo que quiero suponer fue un gesto de cortesía -debieron creer que a Paty y a mí nos interesaría mucho saber cómo se desenvolvía el encuentro- subieron el volumen de la TV al máximo nivel para que desde fuera se pudiesen escuchar con total claridad los pormenores del encuentro y como si ello no fuera suficiente, los hombres ahí reunidos decidieron dar rienda suelta a sus emociones gritando con tantas ganas, que opacaban a los escandalosos cronistas del canal de las estrellas. Su ansiedad parecía desbordada: ejerciendo de coaching de los jugadores mexicanos, les decían por dónde moverse, a quien pasar el balón, en cual ángulo debían meterlo, soltándoles una que otra palabrota cuando consideraban que sus indicaciones no eran atendidas. Por un momento llegué pensar que el marcador sería tan apabullante como la presencia masculina ahí concentrada, pues la euforia y los gritos emocionados crecíen en intensidad a media que el partido avanzaba, cual si festejasen un gol tras otro.
Si los gritos, adrenalina y ansiedades desplegadas por esos hombres, hubiesen sido proporcionales a los tantos marcados, los gringos se habrían ido del estadio Azteca con una media docena de goles en su portería... cuando menos. Pero no fue así. Mucho ruido y pocas nueces; aunque si las suficientes para que la honra de la Patria no fuera nuevamente mancillada por los jugadores estadounidenses (ya con lo que Obama vino a decirnos, tenemos suficiente).
Y con la honra nacional a salvo ¿a quién le interesará la suerte que corra la paciente internada en terapia intensiva?