escribir

Escribir: tratar de retener algo meticulosamente, de conseguir que algo sobreviva; arrancar unas migajas precisas al vacío que se excava continuamente, dejar en alguna parte un surco, un rastro, una marca o algunos signos.[Georges Perec]

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febrero 09, 2011

qué te asusta?

 Photo: 'Mumie', de Jozef Danyi

Hace tiempo veía (más bien, leía) un ejercicio interesante: a partir de una pintura (en ese caso un lienzo flamenco, Jan Van Eyck) se intentaba una interpretación escrita. No la que sería usual, es decir una desde el punto de vista pictórico. No se trataba de una tarea para estudiantes de artes plásticas, sino de una forma de ejercitar la imaginación y la escritura. Desde esa perspectiva. Lo último que importaba era hacer gala de amplitud de conocimientos en materia de técnicas, estilos y demás temas relacionados con el arte pictórico. Un ejercicio lúdico y libre. También más complejo. Creo. En fin, a lo que iba es a que dicho ejercicio me llamó mucho la atención y en más de una ocasión intenté algo similar. Por supuesto no lo publiqué y más adelante lo dejé en el olvido. Pero hoy he vuelto a pensar en él. Bueno en realidad no exactamente hoy, sino hace unos días, cuando di con la foto que ilustra esta entrada. Dejando un poco de lado el título que su autor le dio, la fotografía me impresionó mucho, provocándome una sensación extraña y, obvio, dándome pie a las divagaciones. Por uno minutos imaginé lo que ella, la modelo de la foto, intentaba (y lograba) transmitir. Y al mismo tiempo recordaba ese antigua creencia según la cual en ciertos grupos sociales se temía (tal vez aún se tema) a ser fotografiado, pues se está convencido que la fotografía roba una parte del alma del retratado. La expresión de ella, que yo veo como temerosa, me la recordó. Aunque no necesariamente el miedo que yo creo ver en ella tuviese su origen (siempre desde mi elucubración) en la creencia de que al ser fotografiada le robaran el alma.

Desconozco cuál fue la intención del fotógrafo, qué quiso provocar en la modelo, qué le pidió que reflejara. Lo que sí tengo claro es que ella está lejos de mostrar la imagen casi sin vida, como de zombi, de una momia. Al menos de una momia como las que el cine y los museos nos han acostumbrado a ver y a creer que son. Lo que la modelo transmite, según mi cabecita, es miedo. Ella teme y mucho. Pero no a la mirada y al clic del fotógrafo, sino al ojo intruso de quien al mirar la fotografía va más allá de la mera contemplación artística y se atreve a verla a ella. Esos ojos, tan bellos como expresivos, parecieran gritar: Por favor no. No me mires. No trates de escudriñar tras de mí apariencia, no busques cruzar esa delgada línea que separa la obra artística de mi ser. Su actitud es de temor y, obvio, de auto-protección: la forma en cómo tiene cruzados los brazos sobre su pecho, en un débil intento de protección, como si quisiera mantenerse a salvo de todo elemento externo. Y lo que con su mirada y su lenguaje corporal logra transmitirnos es inverso a lo que se supondría debería provocarnos la fotografía de una momia. Y así,  en vez de sentir temor… sentimos el temor de ella; percibimos con total claridad su fragilidad e indefensión, a tal punto que casi da pena mirarla, que casi acabamos sintiéndonos, como decía al inicio de este párrafo, unos intrusos que violentan la frágil intimidad de una mujer inerme y temerosa.
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febrero 17, 2009

la mirada de los otros

«El infierno es la mirada del otro» Jean Paul Sartre

Hay quienes encuentran su contraparte y se nutren en la mirada de los otros, sin que esto signifique que sean exhibicionistas (ni tampoco actores de teatro o modelos, desde luego). Únicamente que se sienten bien y se retroalimentan siendo mirados por “los otros”.

Y hay quienes encuentran deleite y alimento en mirar; en mirarlo todo aquí y allá y que en ese simple acto contemplativo, encuentran mucho más de lo que la apariencia pudiera sugerir. Pero solo aman el mirar, no el ser mirados.

¿Por qué será? No sé, siempre me he preguntado si es solo la timidez o si existe algún otro temor más profundo, lo que provoca que algunas personas de plano llevemos mal el sentirnos observados por los demás. Incluso uno puede llegar a experimentar una especie de pavor “a la pasarela” y no hablo del modelaje, por supuesto; sino de esa sensación incómoda que provoca caminar solos por un largo pasillo, sabiendo que se está la vista de un gran número de personas... desconocidas, pero mironas. Es tonto lo sé; pero saberse observado, equivale, a veces, a sentirse escudriñado y juzgado con el consecuente veredicto de rechazo o aceptación.

Pero aún inútil preocuparse por la mirada de los otros, en este mundo que es como una imagen expuesta permanentemente y donde casi nadie está a salvo ser observado, juzgado y pese a no quedar más remedio que resignarse a mirar y ser mirados... uno persiste en su intento por rehuir a esa mirada escrutadora...


"Tus ojos son la patria del relámpago y de la lágrima,
silencio que habla,
tempestades sin viento, mar sin olas,
pájaros presos, doradas fieras adormecidas,
topacios impíos como la verdad,
otoño en un claro del bosque en donde la luz canta en el hombro de un árbol
y son pájaros todas las hojas,
playa que la mañana encuentra constelada de ojos,
cesta de frutos de fuego,
mentira que alimenta,
espejos de este mundo, puertas del más allá,
pulsación tranquila del mar a mediodía,
absoluto que parpadea,
páramo.
"

Tus ojos, Octacio Paz






Imagen tomada de la revista científica Cómo ves, editada por la UNAM

septiembre 22, 2008

por eso no soy vidente

Sería bueno poder ver más allá de lo evidente. Saber por anticipado como nos va a pintar la vida y poder revestirnos con la indumentaria adecuada; endurecerla o ablandarla según lo requiera la ocasión. No es tan simple; como las relaciones amorosas, la vida es una especie de juego de azar en el que no podemos controlar todo... por más que lo intentemos, ordenemos y planeemos, casi siempre surgen imprevistos que dan al traste con nuestras más depuradas previsiones. Al menos yo, como los meteorólogos, nunca le atino al clima que me tocará enfrentar. Puedo planear cosas que atañen a mi vida profesional, darle un sentido de orden a mi vida cotidiana. Pero planear los vuelcos de mi corazón, los desórdenes del alma? Imposible. El corazón late más fuerte cuando algo o alguien se lo provoca y sin que podamos controlarlo; el alma se sienta, se eleva, se deja ir o se apaga, ajena nuestros deseos. Si no se puede hacer un plan de altas y bajas para un órgano tan físico como el corazón, mucho menos para algo tan etéreo como el alma.

Arthur Rimbaud pensaba que podía uno volverse un vidente, ver lo que casi nadie podía ver.

Digo que hay que ser vidente, hacerse vidente.
El poeta se hace vidente por un largo, inmenso y razonado desarreglo
de todos los sentidos. Todas las formas de amor, de sufrimiento,
de locura; busca por sí mismo, agota en sí todos los venenos,
para no quedarse sino con sus quintaesencias. Inefable tortura
en la que necesita de toda la fe, de toda la fuerza sobrehumana, por
la que se convierte entre todos en el enfermo grave, el gran criminal,
el gran maldito, — ¡y el supremo Sabio! — ¡Porque alcanza lo desconocido!
¡Porque se ha cultivado el alma, ya rica, más que ningún otro! Alcanza
lo desconocido y, aunque, enloquecido, acabara perdiendo la inteligencia de
sus visiones, ¡no dejaría de haberlas visto!
Que reviente saltando hacia cosas inauditas o innombrables: ya vendrán
otros horribles trabajadores; empezarán a partir de los horizontes
en que el otro se haya desplomado.

[Jean Arthur Rimbaud,
Cartas del Vidente. Segunda carta
Mayo de 1871 –a los 17 años]


Antes de los 17 años, edad que tenía Rimbaud cuando escribió esa carta, se mira fácil pensarlo y hasta hacerlo; los impulsos adolescentes son así. No obstante, su idea de procurarse un cuidadoso y razonado desarreglo de los sentidos, parece contradictoria y compleja, tan solo escucharla. Los desarreglos, los desbarajustes del corazón y de los demás sentidos, son eso. Entonces, cómo lograr que un desorden casi integral, que un disfrute sin razón ni medida de los goces y vivencias riesgosos no provoquen en nosotros el efecto contrario al buscado y lejos de convertirnos en “sabios” y videntes, como proponía Rimbaud, nos atrapen en sus torbellinos placenteros y adictivos, apartándonos de la visión y conocimiento quintaesencial
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Yo tengo, o he tenido, desarreglos en todos mis sentidos;
he pasado por alguna forma de locura, aunque sea momentánea;
he padecido más de un sufrimiento amoroso;
he intentado exploraciones en la búsqueda de la quintaesencia,
pero no me he vuelto vidente…

será porque no he cultivado mi alma lo suficiente,
ni he agotado en mi todos los venenos,
o quizá es que me ha faltado tener fe,
pero no soy vidente...
será porque tampoco soy poeta.

Por eso no soy vidente.