escribir

Escribir: tratar de retener algo meticulosamente, de conseguir que algo sobreviva; arrancar unas migajas precisas al vacío que se excava continuamente, dejar en alguna parte un surco, un rastro, una marca o algunos signos.[Georges Perec]

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diciembre 02, 2009

azar, necesidad, elección o sino...


"Estoy solo,
con mi soledad a solas,
amoldado a ella
como el vino a los muros de la copa,
y viviendo la íntima galaxia
parpadeante,
de una conversación en las tinieblas
"
Elías Nandino

¿Elegimos la soledad o es ella quien nos elige? ¿Necesitamos de la soledad, para poder reafirmarnos en un mar de individualismo colectivo? ¿Estamos destinados a hallarnos inmersos en ella o por el contrario, es el azar objetivo (A. Breton dixit) quien nos conduce hacia el encuentro y plena comunión con esta, la Dama más temida y fiel? Cuando Daniel Defoe escribió su clásico Robinson Crusoe, probablemente no imaginó que cientos de años después, su novela sería objeto de apreciaciones tan divergentes que van desde catalogarla como una mera alegoría del colonialismo y aires de superioridad británicos, pasando por la de ser una simple aventura de folletín, hasta la de tratarse de un perturbador retrato del hombre enfrentado a la más profunda de las soledades, la de verse solo ante sí mismo. La primera vez que leí las aventuras y desventuras de ese náufrago (tendría unos doce años), fue también cuando por vez primera, vi la soledad  con un rostro diferente, con una connotación mayor: un hombre solo y su alma en medio de la nada; lejos de toda referencia de vida, de habla, de comida... de todo... un hombre perdido y solo. Desdichado en su soledad, sin nadie con quien hablar en esa isla inhóspita y salvaje, Robinson sólo hallará consuelo al toparse con el salvaje Viernes, quien será su acompañante durante todos los años que permanezca lejos de casa y al mismo tiempo, el vehículo que le permita reafirmarse en su condición de Ser Civilizado. Robinson necesita de Viernes, pues sin él, pareciera decirnos Daniel Defoe, no es nadie o apenas un alguien perdido en la nada... porque ningún hombre es una isla... según dicen.

En la actualidad, lejos de la ignota isla de Robinson y Viernes, habrá quien piense que es una contradicción hablar de soledad. Soledad en un mundo globalizado, en donde gracias a los avanzados (técnicamente hablando) sistemas de comunicación, podemos "estar" casi al mismo tiempo en variados y remotos sitios y en tan diversas compañías. Y sí, el mundo de hoy es un mundo copado tanto de seres solitarios como solos; unos que viven conscientes de su soledad y otros que ni la notan. Solos y a causa de los más diversos motivos, pero no pocos por elección. Pero la mayoría de los seres solitarios y de los que están solos, ya sea sin compañía o acompañados, están rodeados de un mar de gente, imuchos incluso se hallan inmersos en una "vida social" abundante y variada (salvo alguna extraña especie de ermitaño -que yo no conozca a ninguno, no significa que no lo haya-). Decía mi abuela que la soledad era como el dolor y el duelo: iba por dentro. Por mi  parte, al crecer me di cuenta que a diferencia de Robinson antes de encontrar a Viernes, abundan los seres solitarios que no necesariamente están solos ni viven sumidos en la desdicha o la amargura, menos el vacío. Y algunos, casi podría decirse que disfrutan su condición. Lo que no sabría  decir es si lo están por decisión o si  por el contrario, fueron las circunstancias de la vida las que los condujeron hacia ella.

Dice una amiga que los seres solitarios y los melancólicos se huelen, se atisban mucho antes de saber de su mutua existencia. Y quizá lo que venga después, sea la unión, más espiritual que física, entre solitarios...

Y hablando de soledades elegidas, hoy lunes 30 de noviembre, último día del penúltimo mes del año 2009... me toca publicar en el Blog Colectivo Escribidores y literaturos. Mi relato es el de una mujer que ha decidido vivir alejada de todo, en un afán que cuesta trabajo entender en estos tiempos... en silencio se llama, por si gustan leerlo...


imagen tomada del sitio www.chartreux.org/

junio 08, 2009

la vida pasará como un sueño

e¡ Introducción. Escribo en el cuaderno que mi sobrina, hija mayor del hijo de mi hermana la dejada, me trajo de regalo la última vez que vino al pueblo. Cuando me lo entregó me dijo "tía, tú que guardas tantos recuerdos en tu prodigiosa memoria, no permitas que se pierdan; escríbelos para evitar que las brumas del tiempo los sepulten." Cuando le contesté que para qué servirían mis recuerdos, mirándome con sus ojotes redondos, me respondió: "para saber que no fuiste sólo un sueño." Ojalá que el tiempo me alcance para llenar este cuaderno con mis recuerdos, antes de que la vida se me vaya... como en un sueño. Y cuando eso suceda, quiero que este cuaderno sea para ella; no sólo porque fue quien me lo regaló, sino porque es la única de la familia a quien le interesan los recuerdos de los viejos.

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Me llamo Consuelo, tengo 76 años, 8 meses y un día; me queda poco, apenas mis dos hermanas, una docena de sobrinos y dos de sobrinos-nietos. Ellos y mis recuerdos, son todo lo que tengo. Ahora vivo con mi hermana la viuda santa, una de sus hijas que también se ha quedado viuda y el hijo menor de ésta. Mi santa hermana; así le dicen porque aún quedando viuda a buena edad, nunca se volvió a juntar o enredar con ningún hombre. Yo no lo llamaría santidad. Vivimos en la casa que fue de mi madre; una casa enorme, llena de cachivaches, viejos retratos y cientos de recuerdos. La pasamos como lo hacen todos en este pueblo: aparentando que somos una familia unida y feliz; no es cierto, pueden pasar días sin que crucemos palabra. Ellos -mi hermana, mi sobrina y su hijo- piensan que estoy medio loca y aunque no es así, no me importa; sé que lo creen porque a diferencia de ellos, que son unos desmemoriados, yo conservo intactos todos mis recuerdos. Claro que cuando alguna visita llega a la casa, sin necesidad de ponernos de acuerdo, practicamos nuestras mejores artes de simulación. Dependiendo de la ocasión, nos reunimos en la sala o en el corredor, platicamos nimiedades y ofrecemos a nuestros invitados viandas, aderezadas con dulces sonrisitas. Como tiene poco tiempo que llegué a vivir con ellos, no conozco a la mayoría de sus visitantes y mi hermana suele presentarme diciendo: "la Señorita Consuelo, mi hermana menor". Lo hace para remarcar mi condición de solterona; pero también, de mujer que no ha conocido hombre y eso sí, sin borrar de su rostro la sonrisa de beatitud que tan bien le va. Yo tampoco dejo de sonreír, mientras saludo a los visitantes o miro a mi hermana y a su hija. Ella, mi sobrina viuda, me da un poco de pena, parece una flor marchitada prematuramente; apenas sale para llevar flores a la tumba de su difunto marido. Al paso que va, en unos años seguramente será considerada igual que su madre: una Santa y todo por quedarse resguardando su imagen de mujer honorable, al lado de un par de viejas que ya no tienen ninguna honra que cuidar.

Ni estoy loca, ni soy una señorita que no ha conocido hombre. Ellos qué van a saber. Mi hermana la viuda, no podría entender lo que yo he sentido y vivido. Cómo, si la pobre sólo conoció al mujeriego y abusivo padre de sus hijos. Cuando enviudó, en lugar de darle el pésame me daban ganas de felicitarla y decirle que hiciéramos una festa. Yo todavía tenía muy próximo el recuerdo de él y en pleno velorio, aún podía sentir el cosquilleo recorriendo mi espalda, mientras iba desatando lentamente las cintas de mi corpiño y sus dedos rozaban mi pecho, provocándome temblores de pies a cabeza. Tuve que concentrarme en el rosario, para que no se me notara el estremecimiento que ese recuerdo me provocaba; se habrían visto un poco fuera de lugar mis impúdicos temblores. Poco más de un año duró mi época de estremecimientos clandestinos; cuántas tardes temí que alguna de las beatas me descubriera saliendo a hurtadillas de la casona de la colina, todavía con el éxtasis reflejado en mi rostro. Sólo un año y sin embargo, creo que en los dieciocho años que duró su matrimonio, mi hermana jamás experimentó las sacudidas que yo sentía en aquellas tardes; también, que su cama nuca crujió como lo hacía esa cama de latón, en la que a los 33 años dejé mi virginidad y con el paso del tiempo, todos los pudores que se suponía debía tener una señorita decente. Para encontrarme con él, todas las tardes iba yo a rezar el rosario; cualquiera habría pensado que me estaba convirtiendo en una beata; pero las únicas plegarias salidas de mi boca en ese entonces, fueron algunos nada impolutos... Dios Santo ¡!

Cuando me dijo que se iba, no me sorprendí; los maestros que llegaban al pueblo, permanecían poco tiempo. No me pidió que me fuera con él y francamente, no sé qué le habría contestado de haberlo hecho. Tras su partida, se escucharon algunos rumores; unos decían que dadas las míseras condiciones del magisterio rural, él se había marchado con rumbo al Norte; otros aseguraban, que el joven y atractivo maestro se había unido al naciente movimiento guerrillero encabezado por aquel famosos apóstol de la educación, a quien el gobierno federal asesinaría años más tarde. En pos de preservar su memoria y el calor de mis recuerdos, quiero creer que los ciertos eran los primeros.

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Nota: "La vida pasará como un sueño. Citizen Cannes", es el título de un libro publicado el mes pasado y en el cual Gilles Jacob, Presidente del Festival de Cine de Cannes, concentra 32 años de memorias de esa fiesta fílmica. Todavía no lo leo, pero el título me gustó y decidí tomarlo prestado.