Elías Nandino
¿Elegimos la soledad o es ella quien nos elige? ¿Necesitamos de la soledad, para poder reafirmarnos en un mar de individualismo colectivo? ¿Estamos destinados a hallarnos inmersos en ella o por el contrario, es el azar objetivo (A. Breton dixit) quien nos conduce hacia el encuentro y plena comunión con esta, la Dama más temida y fiel? Cuando Daniel Defoe escribió su clásico Robinson Crusoe, probablemente no imaginó que cientos de años después, su novela sería objeto de apreciaciones tan divergentes que van desde catalogarla como una mera alegoría del colonialismo y aires de superioridad británicos, pasando por la de ser una simple aventura de folletín, hasta la de tratarse de un perturbador retrato del hombre enfrentado a la más profunda de las soledades, la de verse solo ante sí mismo. La primera vez que leí las aventuras y desventuras de ese náufrago (tendría unos doce años), fue también cuando por vez primera, vi la soledad con un rostro diferente, con una connotación mayor: un hombre solo y su alma en medio de la nada; lejos de toda referencia de vida, de habla, de comida... de todo... un hombre perdido y solo. Desdichado en su soledad, sin nadie con quien hablar en esa isla inhóspita y salvaje, Robinson sólo hallará consuelo al toparse con el salvaje Viernes, quien será su acompañante durante todos los años que permanezca lejos de casa y al mismo tiempo, el vehículo que le permita reafirmarse en su condición de Ser Civilizado. Robinson necesita de Viernes, pues sin él, pareciera decirnos Daniel Defoe, no es nadie o apenas un alguien perdido en la nada... porque ningún hombre es una isla... según dicen.
En la actualidad, lejos de la ignota isla de Robinson y Viernes, habrá quien piense que es una contradicción hablar de soledad. Soledad en un mundo globalizado, en donde gracias a los avanzados (técnicamente hablando) sistemas de comunicación, podemos "estar" casi al mismo tiempo en variados y remotos sitios y en tan diversas compañías. Y sí, el mundo de hoy es un mundo copado tanto de seres solitarios como solos; unos que viven conscientes de su soledad y otros que ni la notan. Solos y a causa de los más diversos motivos, pero no pocos por elección. Pero la mayoría de los seres solitarios y de los que están solos, ya sea sin compañía o acompañados, están rodeados de un mar de gente, imuchos incluso se hallan inmersos en una "vida social" abundante y variada (salvo alguna extraña especie de ermitaño -que yo no conozca a ninguno, no significa que no lo haya-). Decía mi abuela que la soledad era como el dolor y el duelo: iba por dentro. Por mi parte, al crecer me di cuenta que a diferencia de Robinson antes de encontrar a Viernes, abundan los seres solitarios que no necesariamente están solos ni viven sumidos en la desdicha o la amargura, menos el vacío. Y algunos, casi podría decirse que disfrutan su condición. Lo que no sabría decir es si lo están por decisión o si por el contrario, fueron las circunstancias de la vida las que los condujeron hacia ella.
Dice una amiga que los seres solitarios y los melancólicos se huelen, se atisban mucho antes de saber de su mutua existencia. Y quizá lo que venga después, sea la unión, más espiritual que física, entre solitarios...
Y hablando de soledades elegidas, hoy lunes 30 de noviembre, último día del penúltimo mes del año 2009... me toca publicar en el Blog Colectivo Escribidores y literaturos. Mi relato es el de una mujer que ha decidido vivir alejada de todo, en un afán que cuesta trabajo entender en estos tiempos... en silencio se llama, por si gustan leerlo...

