escribir

Escribir: tratar de retener algo meticulosamente, de conseguir que algo sobreviva; arrancar unas migajas precisas al vacío que se excava continuamente, dejar en alguna parte un surco, un rastro, una marca o algunos signos.[Georges Perec]

mayo 05, 2012

como arar en el desierto...


Dicen que cuando el mundo haga pum sólo sobrevivirán las cucarachas. Yo digo que las cucarachas y las oficinas recaudadoras de impuestos. El Sistema de Administración Tributaria como metáfora del —a veces0— tortuoso oficio de vivir…

Aún no clareaba del todo cuando salió de casa para dar inicio a una complicada jornada. Sus veloces pasos "cual si persiguiera herencia", según el veredicto de un ex novio acostumbrado al paso de tortuga, resonaban en la silenciosa calle revestida de antiguas, brillantes y resbaladizas baldosas. Vaya día que le esperaba. A las ocho de la mañana había concluido la primera gestión y de ahí hasta las tres de la tarde en que libró la penúltima, todo fueron trámites indispensables para poder cumplir con sus obligaciones fiscales. Copias certificadas, fotocopias… Todo marchó conforme a lo previsto, de tal suerte que a las tres de la tarde se halló con una hora libre antes de la última gestión, programada para las 16:15 h. en la oficina de registro del SAT [Sistema de Administración Tributaria, al cual tarde o temprano todo mexicano, debe enfrentarse —como a la muerte y al destino.] Le sobraba tiempo y le faltaba cafeína; tras un cortado doble, casi sin respirar apuró un litro de agua. Todavía se entretuvo hojeando el periódico hasta que las manecillas del reloj marcaron quince minutos antes de las cuatro de la tarde y ella salió de la cafetería. El sol caía impío, pero ella parecía no sentirlo a juzgar por la velocidad con la que recorrió las varias calles que la separaban de la oficina de registro. Qna vez antes este, aspiró hondamente como si llenara sus pulmojes de paciencia infinita, disponiéndose a esperar el retorno del personal encargado de atender al público. Faltaban 25 minutos para la hora de la cita. Finalmente llegó su turno de atención. Uno a uno fue sacando los documentos solicitados por la funcionaria frente a ella y cuando ya no quedaba nada por entregarle (su vida parecía resumida en ese montón de documentos que, se suponía, constataban su responsabilidad ciudadana), la susodicha apartó la vista de los papeles y sin más disparó fría e impasible: "su trámite no puede concluirse, pues sus datos personales no concuerdan con los que guarda el Sistema. Sucede que cuando la dimos de alta por primera vez registramos su nombre completo y no abreviado como aparece en su acta de nacimiento. Es nuestro error pero no podemos alterar la base de datos del Sistema así como así. Es usted quien debe hacer las modificaciones necesarias y luego, previa solicitud de una nueva cita, regresar aquí para iniciar una nueva ruta procedimental… y por el pago de sus impuestos no se preocupe, nosotros nos encargamos de que el conteo no se pierda…" Conforme la funcionaria hablaba, ella iba sintiéndose más y más perdida, incapaz de hacer o decir nada, lo que dijera sería como arar en el desierto: una pérdida de tiempo y esfuerzo. Consciente de que el mango de la sartén no estaba en su mano, recogió el altero de papeles que minutos antes había desplegado sobre el escritorio y salió de ahí. Se sentía frustrada. Cansada, harta y sin deseos de volver a casa, necesitaba un escape y optó por caminar… como si de perseguir una herencia se tratara. Caminó sin parar ni pensar y cuando se dio cuenta estaba frente a la Cineteca. El cine es mejor que la vida, escribió Emilio García Riera y ahora ella se hallaba en lo que podría denominarse la Catedral del Cine en México, justo el día del estreno de la película por la que había aguardado más de un año. Si lo comparaba con lo que había sido su día, el cine si podría (al menos por hoy) mejor que la vida. No obstante, cargando a cuestas la frustración y el cansancio, meterse a ver una película de 150 minutos que no era ninguna perita en dulce, no parecía una buena idea. Pero si sus presurosos y furiosos pasos la habían conducido hasta ahí, por algo sería. Sin pensarlo más se dirigió a la taquilla y compró su boleto. Faltaban cinco minutos para iniciar la función cuando entró en la sala, todavía con el temor de que el cansancio y el hambre —no había ni desayunado— hicieran mella, impidiéndole aguantar sus dos horas y media de duración. Apenas había tomado asiento, las luces se apagaron y sin anuncios ni créditos de por medio, Malik apareció en la pantalla dando inicio a su frenético viaje al fondo de los infiernos carcelarios y humanos. Y ese magrebí huérfano de padre y madre, nieto del colonialismo francés sin nada que perder, cuya cristalina mirada contrariaba al delito que le tenía en prisión, se adueñó de la pantalla y de ella, de la atención de sus cinco sentidos ajenos al hambre y cansancio contenidos. Un goce, algo angustioso, ver a este adolescente-hombre aprender y crecer de la peor forma… y sobrevivir a ello. Fueron 150 intensos minutos. Aún sin saber si sentir pena o solidaridad por la suerte de Malik —la de todos los Maliks del mundo—, salió del cine con la emoción a cuestas, dudosa de que en verdad hubiesen transcurrido 150 minutos. La oscuridad nocturna acentuada por la inesperada lluvia primaveral —y las manecillas del reloj— alejaron sus dudas: eran las 20:20 h. y ella no había comido ni desayunado. Era hora de volver a casa. Hacía frío y tenía hambre, mucha hambre. Durante un breve tiempo, Malik había conseguido que olvidara su frustrante experiencia en la oficina hacendaria para quien ella —tal como el joven magrebí para las autoridades carcelarias— era sólo un número de registro, un nombre mal escrito, una personalidad jurídica casi inexistente… aunque ello ni hubiese impedido que mes a mes esa misma autoridad hacendaria le hubiese retenido cada centavo de sus impuestos. Sólo una más que, sin necesidad de los muros de una prisión, viviría el resto de su vida presa de los recaudadores de impuestos, pagando derecho de piso por vivir en el país que la vio nacer, al igual que Malik tendría que pagar su derecho a vivir en el país que años atrás colonizó la tierra de sus ancestros…

[*Malik es un personaje ficticio del film Un Prophète ]
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Foto: el Desierto del Sahara en la región de Fezzan, 

al sur de Libia. Autor:  Gonzalo Azumendi

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10 comentarios:

El Joven llamado Cuervo dijo...

No te voy a contar de qué trabajo, para que no me pegues, pero diré que el texto parece una pesadilla kafkiana parida en cabecita de Marichuy. Y no me extraña, usted también deambula esos laberintos...Un abrazo.

Jo dijo...

unos repudiamos ser burocratas... o empleado de gobierno o cucarachas pero dentro d enosotros a veces seguro que podriamos querer serlo...

jaja... no se ni que digo pero me alegra que entre tanto cadaver y desiertos uno halle remansos como estos
aun nos queda imaginar y soñar... o aporrear el teclado desde nuestras cabezas
a veces no se si esos que recaudan impuestos puedan apreciar los paisajes urbanos en los que andan imersos.

Cuentos Bajo Pedido ¿Y tu nieve de qué la quieres? dijo...

Auch los impuestos. Yo le tengo pánico a los formularios, es tanto me pavor que crecen entre mis manos y me imagino un formato gigante y yo tratando de llenarlos con un lápiz pequeñito. Siempre siento que vienen en un idioma incomprensible

GAB dijo...

Vengo saliendo de una temporada dura de declaraciones anuales, y miro tu cuento y me parece que es por esos puentes que logra uno salir avante de esa zona que de repente amenaza con devorarnos.

Un abrazo sin temblores!!

fra miquel dijo...

No he visto la película, ni me suena que la hagan por aquí. Lo que si tenemos son oficinas de registro de la administración tributaria... Eso es como las cucarachas...las hay en todas partes :o) Y en todas partes es el sistema el que tiene razón, aunque un funcionario haya errado la introducción de datos, esos serán los que valen.
Una abrazo

virgi dijo...

Vi esa peli, entre otras razones, porque leí algo que habías escrito sobre ella...¿o estaré en un error? ...creo que no, verdad?
Impresionante. Mucho.
Un beso, estimada Marichuy

Cuentos Bajo Pedido ¿Y tu nieve de qué la quieres? dijo...

HOla, pensé que escribirías algo sobre el debate, una luz en la obscuridad. Saludos

La abuela frescotona dijo...

haz andado tanto por esos pasillos tributarios que también estoy cansada, Marichuy debes alimentarte bien, es una locura tener un dia así con la barriga vacía, saludos querida amiga mía

Cuentos Bajo Pedido ¿Y tu nieve de qué la quieres? dijo...

Hola, se te extraña por la red

Clarice Baricco dijo...

Me alegra que ella haya elegido uno de los mejores lugarares para olvidar lo fastidioso.