escribir

Escribir: tratar de retener algo meticulosamente, de conseguir que algo sobreviva; arrancar unas migajas precisas al vacío que se excava continuamente, dejar en alguna parte un surco, un rastro, una marca o algunos signos.[Georges Perec]

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junio 25, 2009

azares y necesidades

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Estos últimos días he vivido atrapada entre absurdos y estados financieros; que a veces parecen ser lo mismo. Debo hablar sobre cifras de inversión; explicar las causas y efectos de los magros resultados alcanzados; decir, sin que suene muy catastrofista, que las cosas están mal y se pondrán mucho peor. No es algo precisamente grato; menos, cuando los que piden las explicaciones... son en gran medida, los principales responsables del desastre económico. Si trabajara en alguna agencia de investigación, sería una especie de cleaner (como el personaje de Jean Reno en el film Nikita); la encargada de limpiar el tiradero hecho por otros. Y me dan ganas de utilizar los mismos argumentos empleados por el Secretario de Hacienda de México, quien ha encontrado en la gripe A/HN1, una oportunísima justificación para los descalabros económicos acontecidos a últimas fechas en tierras aztecas. Desde el creciente desempleo, hasta el decremento del PIB y en un descuido, quizá también del previsible abstencionismo electoral del próximo cinco de julio... todo es culpa de la llamada gripe porcina. Ayer miraba todo ese ambiente laboral en el que me desenvuelvo, al mismo tiempo que releía mis informes, reescribiendo lo leído y tratando de hacerle entender a uno de mis muchos jefes, que las explicaciones a las variaciones programático-presupuestales, deben ser eso... Explicaciones, lo más claras y bien fundamentadas que sea posible; pues, a diferencia suya, los auditores suelen reparar justo en lo que no aparece explicado. Pero el hombre seguía neceando… y yo sintiéndome más absurda a cada momento; casi como personaje de historia surrealista o kafkiana; tanto, que tuve el impulso de irme de ahí. Y no me refiero a salir a caminar para despejar mi mente… sino a irme y dejar ese lugar para siempre. No lo hice, pero la disyuntiva es simple: es eso o el desempleo.

Unos años atrás, me fui y ni siquiera titubee.


No podría decir cómo supe que ese era el momento. No lo planeé con antelación, simplemente lo hice. Pudo ser el azar unido a mi necesidad, hasta entonces no asumida, lo me llevó a decidirlo casi intempestivamente; o quizá sólo la dosis exacta de imprudencia e insensatez. Un día tomé mis pocas pertenencias y abandoné el territorio conocido, estable y tibio, para adentrarme en el incierto camino de lo desconocido. Irse no es fácil y sin embargo, ese primer paso no fue nada comparado con lo que vino después. De la luz, en sentido literal y metafórico, pasé a la penumbra... en pleno día soleado. En esos primeros meses viví un poco como suspendida; confundida. Para conjurar las confusiones y un posible arrepentimiento, llené mis días con las más diversas actividades; de la mañana a la noche me aturdía haciendo lo impensable... y sin pensar en nada, que no fuera alguna nueva actividad con la cual continuar saturando mis días. Durante ese tiempo, me convertí en una especie de autómata. Afortunadamente, fue sólo parte del proceso de adaptación y pronto volví a ser la de siempre, cero automatizada. Y sin embargo, hoy empiezo a temer un posible regreso a mi cariz autómata. Sólo así podré cumplir con la máxima filosófica de mi jefe, sin perder mi hígado en el intento: "si nos piden verde, les damos verde; si nos piden rojo, también y si lo que quieren es excremento, pues eso les damos." Cuando sea grande, quiero filosofar así.


A veces pienso que yo podría escribir mi propia versión -modesta y patética, desde luego- de El libro de los amores ridículos, de Milan Kundera (siete historias donde el denominador común, además del ridículo, es el absurdo). Y con el agravante de que mis historias no versarían sobre amores, aunque sí conservarían el aire tragicómico y absurdo, con el que el escritor checo retrata a sus personajes. Dicen que los humanos emitimos algún tipo de señales, las cuales son captadas por cierto tipo de personas; que por ello, hay mujeres y hombres cuyas parejas sentimentales, jefes y amigos, repiten patrones de comportamiento similares. No sé qué tan cierto sea esto, pues de serlo... está claro que he pasado mi vida emitiendo señales equivocadas. Sólo así me explico, que mis jefes siempre hayan sido tan workahólicos como temerosos de enfrentar a sus superiores, aún a sabiendas de que la razón les asiste. Eso en lo que toca a los jefes. En cuanto a mis vecinos masculinos, solteros o casados, ellos parecen compartir la misma trillada creencia: si una mujer vive sola, es señal inequívoca de que está disponible para ellos y será más que receptiva a sus coqueteos e insinuaciones