![[adiós.jpg]](https://blogger.googleusercontent.com/img/b/R29vZ2xl/AVvXsEjo3_MLVkm3ZWlQh1EBQmNJ9_JgnEUmCgPcN7ry27MSbEjtonje-_ltKgw4DJmvYEm0mBb2YjnM71h9nMDffjNTy4soxYCFsr3CUA0hXPsuXMFj8ojnOrvkGuN4PBpEisoRfrA-/s1600/adi%C3%B3s.jpg)
Unos años atrás, me fui y ni siquiera titubee.
No podría decir cómo supe que ese era el momento. No lo planeé con antelación, simplemente lo hice. Pudo ser el azar unido a mi necesidad, hasta entonces no asumida, lo me llevó a decidirlo casi intempestivamente; o quizá sólo la dosis exacta de imprudencia e insensatez. Un día tomé mis pocas pertenencias y abandoné el territorio conocido, estable y tibio, para adentrarme en el incierto camino de lo desconocido. Irse no es fácil y sin embargo, ese primer paso no fue nada comparado con lo que vino después. De la luz, en sentido literal y metafórico, pasé a la penumbra... en pleno día soleado. En esos primeros meses viví un poco como suspendida; confundida. Para conjurar las confusiones y un posible arrepentimiento, llené mis días con las más diversas actividades; de la mañana a la noche me aturdía haciendo lo impensable... y sin pensar en nada, que no fuera alguna nueva actividad con la cual continuar saturando mis días. Durante ese tiempo, me convertí en una especie de autómata. Afortunadamente, fue sólo parte del proceso de adaptación y pronto volví a ser la de siempre, cero automatizada. Y sin embargo, hoy empiezo a temer un posible regreso a mi cariz autómata. Sólo así podré cumplir con la máxima filosófica de mi jefe, sin perder mi hígado en el intento: "si nos piden verde, les damos verde; si nos piden rojo, también y si lo que quieren es excremento, pues eso les damos." Cuando sea grande, quiero filosofar así.
A veces pienso que yo podría escribir mi propia versión -modesta y patética, desde luego- de El libro de los amores ridículos, de Milan Kundera (siete historias donde el denominador común, además del ridículo, es el absurdo). Y con el agravante de que mis historias no versarían sobre amores, aunque sí conservarían el aire tragicómico y absurdo, con el que el escritor checo retrata a sus personajes. Dicen que los humanos emitimos algún tipo de señales, las cuales son captadas por cierto tipo de personas; que por ello, hay mujeres y hombres cuyas parejas sentimentales, jefes y amigos, repiten patrones de comportamiento similares. No sé qué tan cierto sea esto, pues de serlo... está claro que he pasado mi vida emitiendo señales equivocadas. Sólo así me explico, que mis jefes siempre hayan sido tan workahólicos como temerosos de enfrentar a sus superiores, aún a sabiendas de que la razón les asiste. Eso en lo que toca a los jefes. En cuanto a mis vecinos masculinos, solteros o casados, ellos parecen compartir la misma trillada creencia: si una mujer vive sola, es señal inequívoca de que está disponible para ellos y será más que receptiva a sus coqueteos e insinuaciones…