Sus discusiones empezaron el día en que él expresó su molestia y desacuerdo debido a lo mucho que ella gastaba en el supermercado, con la cantidad de tiempo que empleaba en hablar por teléfono con sus amigas o en visitar a su madre. El siguiente nivel de reproches tocó el tema de las constantes salidas de ella, su negación a permanecer en casa a la espera de que él volviera y la falta de atención que dispensaba a su pequeño hijo. Los reclamos fueron subiendo de nivel y de tono, aderezándose con todo el cúmulo de lugares comunes ofensivos con que suelen lastimarse los amantes cuando ya nada les acomoda. Él gritaba su desesperación y ella lo escuchaba con tal expresión de ausencia, como si sus gritos le tuvieran sin cuidado y mientras tanto, limaba sus uñas, hojeaba alguna revista de modas o se pintaba los labios. Y en esa tónica habrían continuado de no ser por la noche en que él, más molesto que de costumbre, le espetó que tantas horas fuera de casa "daban a qué pensar". Al oír esto, ella detuvo el delineado labial con su nuevo rouge à lèvres burgundy, se volvió hacia él con una mirada que más que enojo reflejaba burla y tras unos segundos de mirarlo así, con voz apenas audible puntualizó:
"para engañarte no necesito pasar horas fuera de casa, me bastan cinco minutos bien empleados; así que no me fastidies porque te lo puedo demostrar... nomás para que hables con motivos"
Cinco minutos...
La cantidad de cosas que pueden cambiar en ese breve lapso de tiempo, es tan vasta como extrema. Un arrebato toma menos de cinco minutos y con uno es suficiente para modificar radicalmente situaciones, relaciones, acabar con la vida de alguien o con la propia, decir adiós a quien se ama o mandar al demonio al jefe en un arranque de mal humor o llevados por el hartazgo largamente acumulado, lastimar irremediablemente una gran amistad. Son tantas las calamidades que pueden ocurrir en apenas los trescientos segundos que duran cinco minutos. Pero también, ese pedacito de tiempo puede detenerse, ser suficiente para probar nuestro (el mío) escepticismo, poniéndonos delante algún prodigio... incluida la posibilidad de enamorarse...
En asuntos de amores... cuánto tiempo es mucho, cuánto es poco, cuánto es suficiente cuando se trata de esperar el regreso del ser amado? Ese alguien que por alguna razón de fuerza mayor, debió marcharse lejos. Una ida, con mutua promesa de vuelta y espera, que se prolonga por años. Hasta cuánto esperar por su retorno? No lo sé; pero no alcanzo a imaginar que tanto quemará la ansiedad de aguardar por alguien en esas circunstancias. Años sin mirarse, sin saber que sentirá el otro, si aún sentirá; si en verdad será amor o mera lealtad lo que motiva la espera. La ausencia de alguien que no se ha ido permanentemente, pero de quien en el fondo tampoco tiene la total seguridad de su regreso, a la larga debe resultar más dolorosa que la de quien simplemente nos abandonó. La incertidumbre del no saber si volverá es desesperante; la certeza del abandono duele pero ya no cabe la duda.
Y sin embargo, hay quienes aguardan largos años y se mantienen firmes con la ayuda de casi nada: apenas esporádicas cartas, alguna ocasional llamada telefónica y el resto del tiempo viven de alimentar sus recuerdos y delinear las mil maneras posibles para el momento del anhelado reencuentro. Al conocer a alguien así, es inevitable preguntarse en qué radica su firmeza, de qué están hechos esos seres, qué se necesita para aguantar años de espera incierta sin desfallecer... ¿qué los distingue?
¿Una inmensa capacidad de amar? ¿paciencia a toda prueba? ¿confianza en sí mismos y en el otro... qué es?
Tampoco alcazo a dilucidar qué sea; lo único que sé... es que a veces... me gustaría ser así...