escribir

Escribir: tratar de retener algo meticulosamente, de conseguir que algo sobreviva; arrancar unas migajas precisas al vacío que se excava continuamente, dejar en alguna parte un surco, un rastro, una marca o algunos signos.[Georges Perec]

Mostrando las entradas con la etiqueta divagaciones delirantes. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta divagaciones delirantes. Mostrar todas las entradas

noviembre 25, 2012

prejuicios...

 Rafal Olbinski
“El hombre desea un mundo en el cual sea posible distinguir con claridad el bien del mal porque en él existe el deseo, innato e indomable, de juzgar antes que de comprender. En este deseo se han fundado religiones e ideologías.”

—Milan Kundera, El arte de la novela

Entre más leo y releo las palabras de Milan Kundera, más ciertas y lapidarias me parecen. Quisiera comprender esa predisposición nuestra, tan humana, innata e indomable, a juzgarlo todo… sin antes intentar comprenderlo. Pero no lo consigo. Quizá porque en el fondo de mí sé bien que el mero hecho de postearlas muestra mi parecer al respecto, como si al hacerlo estuviera juzgando mis muchos prejuicios. 


***

febrero 26, 2012

sueños interpuestos...



Inge jamás había tenido la idea de ser modelo, por lo que aquella tarde, en la que buscando matar el aburrimiento paseaba en un gran almacén, quedó sorprendida cuando un hombre que llevaba rato observándola sin que ella lo notara, se le acercó y sin mayor preámbulo le preguntó si no deseaba ser modelo. Al escucharlo, la chica le contestó de manera cortante:

—Piensa que soy estúpida para creer que habla en serio.

El hombre, que seguramente no esperaba semejante respuesta, se explicó más y le mostró las credenciales y documentos de la Agencia de Modelos, donde trabajaba como busca talentos. Finalmente, más por curiosidad que por verdadero interés, la chica aceptó presentarse a una prueba-entrevista al día siguiente. Le fue bien; contaba con los atributos necesarios en esa profesión: fotogénica, delgada y muy alta; aunque lo realmente interesante para los especialistas de la Agencia, fue su aspecto exótico, el cual, pensaban, resultaría novedoso -y vendible- en ese volátil mundillo. Más que exótico, su aspecto era enigmático, con un dejo algo ausente y etéreo que recordaba a las mujeres de los lienzos de Jan Van Eyck o Johannes Vermeer. Inge había nacido en un pequeño pueblo del Flandes, del que salió en busca de mayores horizontes cuando cumplió 18 años (en 1979). Y con el pretexto de perfeccionar el inglés aprendido en la secundaria, viajó al extranjero. No a Londres, como hubiera sido más lógico, sino a Nueva York... entre más lejos, mejor. Nueva York representaba todo lo que su pueblo no era: cosmopolita, enorme, llena de atractivos de todo tipo.

Los primeros meses no fueron fáciles, pero con el paso del tiempo empezó a adaptarse a la ciudad y hasta entabló cierta amistad con los vecinos. Con todos, menos con el único que desearía tenerla, Jerry, su vecino del departamento de enfrente y de quien ella se sintió enamorada desde la primera vez que coincidieron en el elevador. Sus horarios eran afines, casi a diario se encontraban y bajaban juntos los seis pisos que los separaban de la planta baja; lamentablemente para la romántica pero tímida Inge, Jerry no era extrovertido, limitándose a sonreírle mientras musitaba hi. Aun así, Inge creía que si ella fuera más abierta, quizá él se habría animado a hacerle plática. Pero no era así. Y esa idea empezaba a obsesionarla. Pasaba horas enteras delineando encuentros con Jerry, durante los cuales él finalmente la invitaba a dar idílicos paseos para mostrarle sus lugares favoritos de la ciudad, paseos que invariablemente terminaban con una romántica cena en algún pequeño sitio. Pero nada de eso pasaba y mientras Inge fantaseaba, descuidaba su preparación y no atendía debidamente las instrucciones de los especialistas de la Agencia de Modelos. Cada mañana lo mismo: Inge y Jerry se encontraban mientras esperaban el elevador, Jerry le cedía el paso; bajaban en silencio, mirándose de reojo, al llegar a la planta baja salían repitiendo el mismo ritual de la entrada, recorrían en silencio el pasillo hasta salir a la calle en donde se despedían mudamente antes de tomar rumbos opuestos. Ella caminaba hasta la Escuela de Modelos, donde la Agencia se empeñaba en afinar su preparación con vistas a su gran lanzamiento en la próxima temporada otoño-invierno.

Días y semanas sin ningún cambio, hasta que una noche en que ambos regresaban a casa más tarde de lo acostumbrado sucedió lo inesperado: tras encontrarse con Jerry a las puertas del elevador y una vez que lo abordaron, notó que su vecino estaba más sonriente y menos callado de lo habitual, empezó preguntándole cómo le iba en la Escuela de Modelos y luego, cuando ella todavía no se reponía de la sorpresa, la invitó a tomar un café o a cenar, lo que ella prefiriera. Y entonces sucedió lo impensable: Inge se quedó muda, como petrificada de la emoción/sorpresa, y solo ante la insistencia de él alcanzó a responderle, dejando salir el más hondo NO de su existencia. NO gracias; no puedo, fue toda su respuesta. El elevador se abrió y sin decir ni buenas noches, Inge se apresuró hacia su departamento. Iba muda pero furiosa consigo misma, pues apenas salidas esas palabras de su boca, la chica se sintió tan arrepentida como estúpida. No pasaba día sin que no se recriminara por ello, pero era incapaz de buscar una reparación y hasta había cambiado su rutina con tal de no cruzarse con Jerry. Se sentía tonta y avergonzada. Cada vez estaba más distraída, casi parecía un fantasma, como le dijo una mañana el maquillista que se empeñaba en disimular sus profundas ojeras. Y llegó el día de su gran prueba final, previa al lanzamiento de la campaña otoño-invierno… un fracaso total. El veredicto de los especialistas fue simple y contundente:


—¡Señorita, usted es demasiado infeliz para lucir en la pasarela... por más hermosa que sea! Seco y directo, sin el menor intento por suavizar nada.

Sin mayor tiento acababan de notificarle que su carrera de modelo… nunca empezaría porque no estaba hecha para ella. Inge lo escuchó con ojos y boca abiertos. Sin exclamar ni media palabra. No intentó protestar, pedir más explicaciones o implorar por otra oportunidad. Nada. Ni un balbuceo, menos lloriqueo. Su perfecto rostro arrancado de algún lienzo flamenco permaneció imperturbable. Y así, sin perder ni por un momento la compostura —aunque por dentro se sintiese como sumida en una densa neblina—, minutos después de escuchar el lacónico veredicto abandonó la Agencia de Modelos para siempre.
_________________________

Epílogo. Semanas después, una vez recuperada de la primera impresión, Inge estaba clara que haber sido rechazada para una profesión que jamás imaginó representaba un gran alivio: por primera vez en mucho tiempo se sentía completamente libre, ligera, cuando caminaba por el Parque Central se sentía casi flotar, devuelta a su condición de mujer etérea y diáfana. Volvía a ser ella, la joven que únicamente anhelaba salir de casa y de ese pueblo alejado de toda modernidad para viajar y pintar. Sueño que aún no realizado, pero intacto.


_______________________________________________________
NOTA: Inge es un personaje, no sé si ficticio o real, de la novela Biografía del hambre [de la escritora belga Amélie Nothomb]. Su aparición es casi fugaz, pero una frase dicha al pasar [demasiado infeliz para lucir hermosa] me dio la idea para imaginar esta sencilla historia para ella.
NOTA 2. Este es un autocovero. La historia de Inge la publiqué hace tres años. Esta nueva edición contine ligeros cambios.

_______________________________________________________
imagen de cabecera: la bailarina mexicana Elisa Carrillo en el cartel promocional del ballet Blancanieves
[coreografía Angelin Preijocal y vestuario de Jean Paul Gautier] en la Deutsche Oper de Berlín. 2007. 
****

febrero 22, 2012

malgré tout...




Escribir a pesar de todo, pese a la desesperación. No: con la desesperación
[Marguerite Duras, Écrire. Gallimard, 1993]   

Este blog resiente ausencias. Las mías, claro, y las de los lectores. Nada es gratis. Todo se retroalimenta —o debiera hacerlo— y si yo publico cada vez menos, pues ni quién se pare por aquí. Si esto no fuera suficiente para deprimirse, Blogger insiste en hacerme batallar. Tanto, que he llegado a pensar que más que un problema técnico-cibernético, se trata de una indirecta muy directa: que ya es tiempo de cerrar el ciclo y dejar esto por la paz. Ya no más post. Y junto con el blog, irme yo también, sólo irme. Irme de verdad, físicamente, geográficamente. Ser un naufrago sin propiedades ni presiones, perdido sin rumbo en el mar inmenso, ignoto, a veces agreste e indomable. Irme sólo así, sin rumbo fijo ni límites de tiempo. Si pudiera realizar un deseo, lámpara de Aladino en mano, sólo uno, sería ese. Y para no ir más lejos, ¿por qué no hoy? Lástima que Aladino resultó un amarrete y no acostumbra visitar a quien lo necesita ni, mucho menos, en el momento que más lo necesita.

Y seguro me sentiría mal. Un poco. Quizá un mucho, pero antes de irme me robaría algún verso, tal vez dos. Eso sí, cada hurto irá acompañado de su respectivo copyright. Seré ladrona de versos, pero nunca plagiaria de los mismos.

Todo final de ciclo acarrea un estado de ánimo melancólico y, si ello no fuera suficiente, desbordante de cursilería. Y a veces no sólo el fin en sí, sino la sola idea de él. Dejar este sitio que tantas satisfacciones me ha dado, que a tanta gente interesante me ha permitido conocer, me da un poquito de tristeza. He ahí la cuestión. He ahí el motivo por el cual aún no me he decidido a decir adiós y en este momento aporreo el teclado para garabatear estas líneas inconexas y desbordadas.

Si tuviera que describir mis taras a la hora de aporrear el teclado en no más de cinco palabras, estas serían melancolía, cursilería, dislexia, abuso de comas y vindicación de las tildes. Y para muestra este post —y muchos otros que aquí yacen. Y quizá sea justo eso, ese ser cursi sin remedio, disléxica impenitente, cuya intolerancia a la melcocha desmedida le provoca severos malestares [como quien padece intolerancia a la lactosa], pero no le impide abusar de las comas y, al fin cursi démodé, pugnar por la vindicación de las tildes [diacríticas o no], como quien vindica la libertad de expresión. Por eso todavía no me he despedido, por eso me tiembla la mano cada que quiero dar cerrojazo. Y es que, ¿dónde más que en este blog puedo aporrear el teclado sin miedo ni medida, sin pensar que con un puntito o una comita de más, mi frase se irá al limbo a donde van a dar todas las líneas que sobrepasaron los 140cc de un tweet...?

Así que todavía andaré un rato por aquí. Malgré tout
Gracias por leer.

...........
Adenda.



Cambio de color de papel, de color de tinta. Escribo llorando. Escribo riendo. Escribo contra el frío y el miedo. En vano escribo. El silencio me ha corroído: quedan algunos poemas como huesos de muerto que cincelo en mis noches miedosas. Se ha perdido el significado de la palabra más obvia. Y aún escribo, aún me precipito con urgencia a narrar estados de asombro y de ira. Una levísima presión, un nuevo reconocimiento de lo que te acaba y ya no escribirás. Estamos a pocos pasos de una eternidad de silencio.
 [Alejandra Pizarnik, Diarios. París, diciembre 29 de 1962]


***

diciembre 15, 2011

la marea del ensueño

Ann-Julie Aubry

Una noche en la que deambulaba por casa, en busca de algo que ni yo misma sabía qué era, presa de una gran inquietud, intenté calmar mi desasosiego en la habitación de mi abuela, donde se encontraba mi cofre del tesoro; su viejo veliz que en mi niñez me había provocado las más disparatadas fantasías. Al abrirlo me reencontré con los objetos que ella había acumulado a lo largo de su vida: mascadas que jamás le vi usar, fotos color sepia retratando a personajes como sacados de una novela de Balzac, inservibles relojes masculinos y un sinfín de cosas más, entre las que destacaba un antiguo cuaderno forrado en tela que no recordaba haber visto antes. Al encontrarlo, detuve mi husmeo, atraída por la incitante fuente de secretos que veía en él. Era el diario de una mujer, escrito en tercera persona y probablemente terminado por alguien más pues en las últimas páginas era notoria la diferencia de caligrafías. Un recuento de hechos que bien podrían haber ocurrido cien años atrás o el mes anterior. Su lectura me atrapó de forma tal, que el amanecer me alcanzó con el cuerpo entelerido de frío, aún sentada en el piso, sumergida en la historia de esa mujer a la que lamenté no haber conocido. Ante mis ojos discurrió la vida de un ser que no terminaba de hallar su lugar en el mundo, en la incesante búsqueda de algo que no lograba alcanzar... el inasible mar de sus sueños...

Desde niña su mayor anhelo fue conocer el mar. Apenas tuvo edad para distinguir las cosas que forman el mundo, aquella niña de ojos siempre abiertos a lo desconocido empezó su larga cadena de ruegos, pidiendo, una y otra vez, que la llevaran a ver el océano. Al cumplir once años, por fin pudo hacerlo cuando una tía (hermana de su padre) la llevó consigo a un puerto del Pacífico. Durante una semana se dedicó a mirar el ir y venir de las olas, llenando sus pulmones con el olor a mar y a sal; pasó horas enteras contemplando el vasto océano, intentando adivinar los secretos guardados en sus profundidades, con la infantil ilusión de que alguno fuese arrastrado por las olas hasta la playa. Pero nada extraordinario sucedió y la chica sufrió una gran desilusión; aquel primer acercamiento al objeto de sus deseos no resultó lo que ella esperaba. Al regresar a casa, su padre le preguntó qué le había parecido el mar y su respuesta fue contundente: "no se parece al mar de mis sueños"; el padre que ya estaba habituado a las "rarezas" de su hija, no le prestó mayor atención y hasta sintió un poco de alivio, pensando que la niña dejaría de insistir con viajes al mar.

Nada más lejano; su sueño no había perdido un ápice de significado; únicamente dejó de expresarlo en voz alta. A partir de entonces, concentró sus esfuerzos en las pequeñas cosas de la vida diaria; las responsabilidades que alguien de su edad podía tener. El resto del tiempo lo dedicaba a investigar en los libros y a delinear en su mente cómo sería el instante preciso cuando por fin estuviera frente al mar de sus sueños, que, estaba segura, algún día encontraría. La vida siguió su curso, ella creció y fue cumpliendo con cada uno de los requisitos que la sociedad le imponía; sin apenas esbozar mayor emoción o contrariedad, como si todo le fuese ajeno. Para un observador acucioso, habría resultado extraño que alguien con un espíritu intenso y sensible como el de ella, fuera capaz de soportar esa existencia anodina, dictaminada por otros, sin mostrar hartazgo o incomodidad, menos que externara lo que bullía en su mente y corazón. Pero al parecer nadie de sus familiares, ni siquiera su padre o el hombre con el cual se vio casada a los veinte años, poseían la suspicacia necesaria. Los años continuaban pasando y ella cada día lucía más ensimismada "como si nunca estuviera en tierra" solía reclamarle su marido, mientras ella se limitaba a esbozar una sonrisa tibia e impersonal, para volver al sitio del cual la impertinencia de ese hombre la había alejado momentáneamente.

Su existir transcurría sin sobresaltos ni problemas de ningún tipo; la niña de los ojos expectantes ávidos de descubrimientos, se había transformado en una mujer callada, incapaz de contrariar a su marido con preguntas incómodas sobre sus cada vez más recurrentes viajes de trabajo y a los cuales jamás la llevaba; salía sólo al banco o hacer alguna compra, pasando la mayor parte del tiempo encerrada en su habitación sumida en lecturas sobre los pueblos celtas y escribiendo en un cuaderno, sin mostrar el menor interés por la vida que pasaba a su lado. A nadie parecía llamarle la atención semejante actitud; al contrario, todos parecían encantados de que las "rarezas" de aquella niña ansiosa por conocer el mar, hubiesen quedado en el pasado. Quizá por ello, no les extrañó que durante uno de los viajes de trabajo del marido, ella estuviese como desaparecida; después de todo estaban acostumbrados a no verla por semanas enteras, así que por unos días nadie se sorprendió. "Si no está en su cuarto leyendo, quizá haya salido al banco" dijo su padre que conocía de la estricta disciplina financiera que su hija llevaba, depositando cada centavo que sobraba del gasto. Y vaya que había ahorrado bastante.

En tanto su padre especulaba sobre su paradero, ella se hallaba a miles de kilómetros de casa; recién desembarcada de un vuelo trasatlántico, adquiriendo el bolepo del tren que la transportaría a la región costera de ese país famoso por su clima húmedo, el verdor de sus campos y algunos insignes escritores. El tren llegó al puerto casi al anochecer y nada más bajar de éste, ella se sintió tan excitada y feliz que se olvidó del cansancio del largo viaje. Cuando arribó al pequeño hotel donde tenía reservado, ante los incrédulos oídos del recepcionista que le preguntó si tomaría la cena en el comedor, ella respondió que sólo subiría a cambiarse para salir a caminar al mar. Al escucharla el pobre chico se quedó atónito pero no se atrevió a decirle nada; ni siquiera cuando minutos más tarde la vio reaparecer ataviada con un elegante vestido negro y abandonar sonriente el vestíbulo para asombro de empleados y huéspedes. Ajena a las miradas interrogantes de que era objeto, empezó a caminar con la mente fija en el mar que oía chocar contra las rocas. Caminaba sin prisas, disfrutando del paseo, aspirando el aroma que la fuerte brisa nocturna arrastraba consigo; pese a no llevar abrigo no sentía frío, el estar lejos de su aburrida existencia marital, a unos pasos del encuentro con el agreste mar dueño sus más caras fantasías, le llenaba de energía y dicha. Mientras seguía ascendiendo rumbo al mirador desde el cual podría apreciar la bahía, pensaba en todos los libros que había devorado desde su niñez, en los muchos escenarios que había delineado en su mente, para cuando estuviera ahí. Todavía caminó un poco más antes de librar el último tramo y tener frente a sus maravihlados ojos ese mar oscuro y misterioso, cuyo fuerte golpeteo sobre los acantilados le confería mayor grandeza para esa mujer que en esos momentos volvía a ser aquella niña ávida de descubrimientos y emociones...

Cerré el cuaderno y también mis ojos; me recosté sobre el piso y permanecí largo rato quieta, sólo respirando e imaginando. Casi pude aspirar el olor de ese mar, tan distinto al que emana en el trópico y quizá sería el frío de la madrugada  que se me había metido muy dentro, pero pude sentir con ella el aire de la noche golpeando su rostro mientras se acercaba al mirador y por un instante, mi piel se erizó como imagino pasó con la suya al contacto con las heladas aguas... cuando por fin pudo sumergirse, para siempre, en el mar de sus sueños.

***

octubre 27, 2011

aviso (in)oportuno



No estaba muerta. Tampoco andaba de parranda. Sólo he sido presa de una especie de abducción laboral, que me ha mantenido alejada del aporreo del teclado blogueril. Espero volver en un rato, es decir mañana.

Saludos a quien ose pasar por aquí.
......

El escritor debe ser esencialmente un subversivo, y su lenguaje no puede ser ni el lenguaje mistificatorio del político (y del educador), ni el represivo del gobernante. Nuestro lenguaje debe ser el del no-conformismo, el de la no-falsedad, el de la no-opresión. No queremos poner orden en el caos, como suponen algunos teóricos, ni siquiera hacer el caos comprensible. Dudamos de todo siempre, incluso de la lógica. El escritor tiene que ser escéptico. Tiene que estar en contra de la moral y las buenas costumbres.
Rubem Fonseca






***

abril 28, 2011

hablando de ridículos, calores e imaginación…


querida imaginación

Hablando de ridículos, calores e imaginación… qué ganas de ponerme en huelga de hambre a las puertas de la embajada rusa, a ver si el camarada Putin se apiada de mí y me invita a pasar una temporada en Siberia. Nomás en lo que pasa esta ola de calor y, desde luego, no en un Gulag*/. Lo malo es que por más cursi que sea, tengo un cierto sentido del ridículo que me impide llegar a tanto. Decía una amiga (que no había leído a Cioran) que hacer el ridículo más de una vez en la vida era algo –casi- inevitable. Y ante este hecho, lo mejor era disfrutar el hacerlo, evitando auto-recriminaciones a posteriori: "piensa que será el oso de tu vida, así que gózalo". Supongo que a lo largo de mi vida he hecho más de un oso, pero ahorita recuerdo, con particular pena, los bailables del día de las madres en la escuela primaria. Pocas cosas más estresantes para mí. A una edad en la que desconocía el significado de la palabra estrés, ya tenía muy desarrollado el sentido del ridículo, y el que los maestros me obligasen a vestirme con esos recargados atuendos para luego bailar delante de todo el alumnado, acompañado por sus madres, era más de lo mi joven humanidad podía resistir. Y esa fue mi némesis desde primero hasta sexto grado de primaria. Creo que con eso ya di un buen adelanto en la expiación de mis ulteriores pecados

El calor me altera el estado de ánimo, el funcionamiento psicomotriz, la capacidad de respuesta neuronal. Después de caminar mucho bajo el candente sol, siento que mis neuronas se apelmazan, se atontan, se aletargan. Que, si pudieran, de una vez se echaban a dormir. ¡Cómo hace calor! Pero ya no me quejaré… tanto. Ayer leí que en algún lugar del desierto sonorense la temperatura había llegado a los 45° C y nosotros en el D.F. con 30° C ya estamos que no podemos.

La imaginación, madre de la invención, necesita de estímulos  pero éstos suelen ser caprichosos y dados a esconderse, cuando no a escasear. O tal vez no sea escaseo, simplemente uno no los pesca en el momento debido. A veces me gustaría inventar sin pudor y relatarlo como sucedido Por supuesto, hablo de relatos vivenciales no de los ficticios. Inventarme viajes, amores, situaciones no vividas, y presentarlas como reales. Narrar mi deambular por las callejuelas de Samarcanda, como si de veras hubiera estado ahí. En «Dios es redondo» Juan Villoro cuenta las hazañas de un cronista de futbol brasileiro durante el Mundial de Francia. Según Villoro, el hombre en cuestión le ponía tanta imaginación a sus narraciones… que ni falta le hacía estar en el estadio (pasaba más tiempo en Galeries Lafayette que en el estadio de Saint Denis) durante las 'transmisiones en vivo'. Pero que en vez de odiarlo, sus colegas terminaban admirados ante su desbordada capacidad de inventiva y la pasión con que narraba encuentros nunca presenciados. Ya no recuerdo qué escritor latinoamericano dijo que un relato -bien contado se entiende- de hechos sucedidos no es tan digno de admirar como aquel que cuenta como vivido algo que jamás sucedió. Últimamente he pensado mucho en eso, en inventarme una historia así y presentarla como real. Pero al último momento me arrepiento, me parece demasiada deshonestidad de mi parte. Así que no me quedará más que seguir contando mis divagaciones como lo que son. Sin vender verdades por mitades ni mucho menos. Nada de venir a contar de mi caminar por el desierto del Sahara durante la reciente Semana Santa, en compañía de media docena de hombres magrebíes increíblemente sensuales y candentes. Lamento decepcionarlos. De eso no contaré.
J  J



*/ Con motivo de la boda real inglesa, una chica mexicana -al parecer educada en la cursilería del Hola! y las telenovelas de Televisa- tuvo la ocurrencia de ponerse en huelga de hambre frente a la Embajada Británica… en demanda de ser invitada a la boda del año. [Obvio, los británicos dijeron no a semejante estupidez]. De ese nivel estamos en México.

--
********

Post Scriptum: (Eso pasa cuando uno no escribe claro). Cuando dije que me cohíbe inventar historias, NO hablo de la ficción. Ficción he escrito. A lo que me refiero es a inventar y hacer pasar como vivencias reales -en primera persona- una serie de sucesos, desde los más afortunados hasta los más terribles. A vender como propios, y ciertos, hechos falsos en relatos Reales, NO ficticios. Desde luego que puedo inventar, pero eso es ficción no un relato real. A eso me refería: a que mí me cuesta -a diferencia de muchos que no tienen empacho en hacerlo- decir que hice algo que no hice, que YO Marichuy, no un personaje ficticio inventado por mí, fue a tal parte y convivió con X o realizó tal hecho, sea heroico o ridículo. Como inventar que un viaje a China puedo hacerlo, pero no para venderlo como real. Espero haberme explicado: Inventar una historia es una cosa, mentir otra. Creo.

******