escribir

Escribir: tratar de retener algo meticulosamente, de conseguir que algo sobreviva; arrancar unas migajas precisas al vacío que se excava continuamente, dejar en alguna parte un surco, un rastro, una marca o algunos signos.[Georges Perec]

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noviembre 04, 2009

edades

Uno se da cuenta que ha empezado a envejecer, cuando ya no le encuentra gracia a la vida y deja de tener ilusiones… lo cual puede ocurrir a los treinta o a los ochenta. Algo parecido me decía mi abuela, quien a menudo solía bromearme merced a mi débil salud (en mi infancia padecí un sinfín de enfermedades respiratorias y alergias de todo tipo), diciéndome que con tanto achaque -y a tan temprana edad- seguro no llegaría ni a cumplir los cincuenta. Ante tal sentencia, mi respuesta era la obvia: "yo no quiero vivir más de cincuenta años, porque si, como tú dices, a los doce ya soy la madre de todos los achaques, qué será de mí con más edad."

Ahora, dejadas atrás la infancia y la adolescencia, ya no pienso igual por supuesto; además de que en términos generales, mi salud actual es infinitamente mejor que la tenida en mi niñez. Claro que no todo ha sido miel sobre hojuelas y con la adultez he adquirido un nuevo tipo de achaque: las preocupaciones. De un tiempo a esta parte, me preocupo por cosas tan intangibles como el devenir humano, mío y de quienes me rodean; por el futuro y otros asuntos igual de etéreos. No arreglo nada, eso lo sé. Pero eso no obsta para que a menudo me sorprenda a mí misma, pensando en, literalmente, la inmortalidad… y no precisamente la del cangrejo. No sé si esto sea algo que sólo me pase a mí, o si por el contrario, se trate de una especie de "mal de nuestro tiempo", causado por la incertidumbre característica del mundo en que vivimos.

En la actualidad, hay días en los que me imagino como una viejita de 90 años lúcida e irónica, provista de la sabiduría que sólo la experiencia puede dar (la buena y la mala… en especial la segunda). Pero hay otros, en los que la sola idea de imaginarme a los 70 llena de achaques físicos y sobre todo, con la lucidez mermada, me hace sentirme en una película de horror y con ganas de decir, hacer efectivo, aquello que respondía a mi abuela cuando tenía doce años: no quiero vivir más de cincuenta años.

Hoy es un día extraño; uno de esos que me gustan. Estamos en otoño (mi estación del año favorita), hace frío, el cielo luce nublado pero sin amenaza de lluvia y por ende, hay en el ambiente un dejo de melancolía. Esto, lejos de resultarme deprimente, me parece envolvente, casi reconfortante y quizá por ello, este miércoles 4 de noviembre de 2009 es uno de esos días en los que me imagino nonagenaria, "sabia" y, dentro de lo que cabe, saludable… esa visión mía, me provoca una rara placidez y me hace esbozar una sonrisa… una traviesa e irónica.

Adenda: el domingo pasado murió Claude Lévi-Strauss, quien estaba a punto de cumplir ciento un años de edad. Hace una década, durante un homenaje que se le rindió allá en su tierra, este antropólogo habló acerca de la edad y la decadencia del cuerpo humano... y lo hizo con una lucidez envidiable.
 "Montaigne dice que la vejez nos disminuye cada día y nos merma de tal manera que, cuando la muerte sobreviene, no se lleva más que a un cuarto de hombre, o a la mitad de un hombre. Montaigne murió a los 59 años, e indudablemente no pudo concebir una vejez tan extrema como la que ahora vivo. En esta edad, que jamás imaginé alcanzar, tengo la sensación de ser una especie de holograma fragmentado. Cada parte de mí, sin embargo, conserva una imagen y una representación completa del conjunto. Así, para mí, hoy existe un yo real, que no es sino un cuarto o la mitad de un hombre, y un yo virtual que todavía mantiene la idea de un conjunto […] En la actualidad, mi vida se desarrolla en esta especie de extraño diálogo […] El yo virtual redacta el proyecto de un libro, comienza a organizar los capítulos y le dice al yo real: "te toca continuar". Y el yo real, que no puede más, le dice al yo virtual: "Es tu asunto. Eres tú quien puede concebir ese proyecto en su totalidad" [Claude Lévi-Strauss. Colegio de Francia, París. 1999]



octubre 22, 2008

caricias que no se dejan...

“Todo escribe a nuestro alrededor, eso es lo que hay que llegar a percibir; todo escribe…”
[Marguerite Duras]


Hay días y noches en que por más que se intenta, no se puede dar con la caricia precisa, la palabra adecuada. Esta noche fue una de esas.


Me senté frente a la computadora, tenía deseos de escribir. Qué? No lo sabía; en principio había pensado -durante el trayecto de mi trabajo a casa- escribir algo sobre la actriz Sarah Bernhardt so pretexto de que este 22 de octubre o 23, según el biógrafo, celebró 164 años de haber nacido. Actriz portentosa y casi mítica, la encarnación por antonomasia de Marguerite de Gautier en La Dama de la Camelias. La Divina Sarah, de quien alguna vez el dramaturgo británico Mark Twain se expresó en estos términos:
"Hay cinco clases de actrices: las buenas, las malas, las regulares, las grandes actrices y… Sarah Bernhardt".
Y quien además, inspiró al artista checo Alphonse Mucha -que ilustra la cabecera de esta entrada; creador de maravillosos afiches representativos del Art Nouveau. Pero no, no escribiría sobre la Divina Sarah.

Luego pensé en mi alma, en la insoportable levedad de mi alma vieja [con la venia de Milan Kundera, tan nombrado en días recientes]. Esa alma mía que siento como si hubiera vivido muchos, muchísimos más años que yo. Si el alma -ese etéreo, inabarcable e inasequible ente que se supone nos distingue de los otros animales, confiriéndonos nuestro carácter humano- tiene edad, la mía debe tener cuando menos 200 años. Pero... qué podía decir de mi alma vieja? No mucho, en todo caso, nada que pudiera interesarle a alguien, además de mí.

Y llegó ese terrible momento en que mi mente, normalmente repleta de ideas y pensamientos encontrados, se quedó como en blanco. Y lo único que atiné a hacer fue recordar lo que grandes escritoras mujeres han dicho sobre el oficio de escribir.

Hélène Cixous -arriba en la cabecera de este blog- dice que al escribir se enriquece a lo inútil , esos desperdicios que siempre generamos al hablar, dotándolo de su parte salvaje:
"Por eso es bueno escribir, dejar a la lengua intentar, como se intenta una caricia, tardar el tiempo necesario para una frase, un pensamiento para hacerse amar, para resonar." 1/
Se lee hermoso y fácil... pero hay días como hoy, en que por más que se busca, no se logra dar con la caricia adecuada que encienda esa chispa detonante de la escritura. En momentos así, tal como no podemos forzar el acto amatorio, tampoco podemos forzar a la escritura.

Ya es tarde, estoy cansada... desisto de mis intentos fallidos para dar con las caricias adecuadas; pero mi terquedad me lleva a Marguerite Duras, quien desde las páginas de un libro pareciera darme ánimos:
"La escritura: la escritura llega como el viento, esta desnuda, es la tinta, es lo escrito y pasa como nada pasa en la vida, nada, excepto eso, la vida" 2/
Es curioso que lea eso justamente esta noche, en que el viento sopla muy fresco y constante, colándose por la delgada tela de mi camisola y provocándome un ligero estremecimiento., pero no cierro la ventana ni me tapo; me gusta este frío viento otoñal que acaricia y enfría mi cuerpo, al tiempo que parece ratificar las palabras de Marguerite. Ya llegó el viento, solo falta que las palabras, transformadas en escritura, arriben también... pero creo que esta noche no lo harán. No me queda más que refugiarme en un poema, demasiado amoroso para mis estándares normales, casi que no me reconozco gustando de él como lo hago, pero así es: me encanta.

Je t'aime
Je t'aime pour toutes les femmes que je n'ai pas connues
Je t'aime pour tous les temps où je n'ai pas vécu
Pour l'odeur du grand large et l'odeur du pain chaud
Pour la neige qui fond pour les premières fleurs
Pour les animaux purs que l'homme n'effraie pas
Je t'aime pour aimer
Je t'aime pour toutes les femmes que je n'aime pas

Qui me reflète sinon toi-même je me vois si peu
Sans toi je ne vois rien qu'une étendue déserte
Entre autrefois et aujourd'hui
Il y a eu toutes ces morts que j'ai franchies sur de la paille
Je n'ai pas pu percer le mur de mon miroir
Il m'a fallu apprendre mot par mot la vie
Comme on oublie

Je t'aime pour ta sagesse qui n'est pas la mienne
Pour la santé
Je t'aime contre tout ce qui n'est qu'illusion
Pour ce coeur immortel que je ne détiens pas
Tu crois être le doute et tu n'es que raison
Tu es le grand soleil qui me monte à la tête
Quand je suis sûr de moi

Paul Eluard

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Te amo por todas las mujeres que no he conocido.
Te amo por todos los tiempos que no he vivido.
Por el olor del mar inmenso y el olor del pan caliente.
Por la nieve que se funde por las primeras flores.
Por los animales puros que el hombre no persigue.
Te amo por amar.
Te amo por todas las mujeres que no amo.

Quién me refleja sino tú misma me veo tan poco
sin ti no veo más que una planicie desierta.
Entre antes y ahora
están todas estas muertes que he sorteado sobre paja.
No he podido atravesar el muro de mi espejo.
Tuve que aprender la vida como se olvida
palabra por palabra

Te amo por tu sabiduría que no me pertenece.
Te amo contra todo lo que no es más que ilusión.
Por el corazón inmortal que no poseo
crees ser la duda y no eres sino razón.
Eres el sol que me sube a la cabeza
cuando estoy seguro de mí.

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1 Hélêne Cixous, La risa de la medusa. Ensayos sobre la escritura, Barcelona, Anthropos, 1995, p. 55.
2 Marguerite Duras, Escribir, México, Tusquets, segunda ed., 1996, p. 31

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La ilustración que encabeza esta entrada es un collage de carteles realizados por el artista checo Alphonse Mucha; su elaboración se ubica hacia 1896.


Y la foto de Sarah, estupendo trabajo en sepia, como bien anotó Abraxas en su comentario, fue tomada en 1864 por Félix Tournachon, fotógrafo parisino a quien pertenece también, la primera fotografía "aérea" de la que se tiene registro, una imagen tomada en el último cuarto del Siglo XIX.