Alfonso Cuarón (45 años, chilango; con estudios de filosofía y cinematografía en el UNAM; vegetariano, casado con la crítica de cine italiana Annalisa Bugliani) siempre me ha caído bien por talentoso y ecléctico –entre Solo con tu pareja y Niños del hombre, no solo ha recorrido un largo trecho, sino también un enorme abanico de posibilidades fílmicas-; pero sobre todo, me encanta porque no tiene pelos en la lengua, como decimos en México. A diferencia de su amigo Alejandro González Iñarritu, Cuarón no es lo que se diría “políticamente correcto”, mientras Alejandro habla siempre cuidando sus palabras, como para no molestar a nadie -en especial a los poderosos como su ex jefe Emilio Azcárraga-, Cuarón, a sabiendas de que “no se puede estar bien con Dios y con el Diablo”, dice lo que piensa y como lo piensa. Obvio, esto no es bien recibido por los medios informativos, quienes gustan de resaltar el carácter temperamental del cineasta; no obstante, la claridez de Alfonso es agradecible en un ámbito donde la hipocresía y la simulación son la norma. Ciertamente, no todos sus filmes hechos en iglés han resultado buenos y puestos a escoger, entre su Harry Potter y Grandes Esperanzas, prefiero la del pequeño mago, aún sin conocer la quinta entrega de la zaga, la dirigida por Alfonso, tercera de la serie, Harry Potter y el prisionero de Azkabán, me parece la mejor, pues el chilango logró un filme oscuro y plasmó con mucho acierto y desenfado los cambios de los protagonistas al pasar de la ñoñez (niñez) a la adolescencia; pero, obvio, nada que ver con su obra más reciente Niños del Hombre. Este impactante filme es un fiel reflejo de la actualidad mundial, de la vida cruel a que son orillados millones de inmigrantes, confinados en los nuevos gulags (Guantánamo); de las abismales diferencias sociales; de la obsesión por la seguridad y la represión, ejercida por las milicias privadas; de los nuevos totalitarismos; de las guerras separatistas. En suma, un filme hecho con muchos arrestos, honestidad y cero complacencias, tal como debe hacerse el cine y, en mi humilde opinión, vivirse la vida.
Bueno pues anoche, pese a que por verlo me desvelé, Cuarón volvió a encantarme durante la entrevista que le hicieron la dramaturga Sabina Berman y la periodista Katia D’Artigues en su programa a Shalala, ahí en el original set -donde según el gusto del invitado puede tomarse café, un trago de whiskey o una copa de vino tinto-, el cineasta se aventó, entre otras afirmaciones, la siguiente:
" … Aguas con eso de los Oscar porque a mí, lo que me molesta mucho de los Oscar y la percepción de todo mundo (en especial la mexicana, agregaría yo) , es que se convierte en la voz autorizada. Es la DEA del cine que va a certificar qué países están haciendo lucha contra las drogas. De pronto llega Hollywood con su academia a decir qué películas son las buenas y todo mundo se la traga, cuando son películas que ya llevaban premios en otros lados…”Ay mi Ponchis, por decir cosas como esas es que Hollywood ignoró, injusta, pero olímpicamente, tu espléndida película Niños del Hombre. Aunque, como dijo tu cuate Memito Del Toro, ni que fuera para tanto, si al fin y al cabo solo se trata de un monito que, además, es un vil mojigato pues se tapa el miembro masculino (Memito lo nombró con sus cuatro letras) con la espada.