adaptaciones

Me niego a vivir en el mundo ordinario como una mujer ordinaria. A establecer relaciones ordinarias. Necesito el éxtasis. Soy una neurótica, en el sentido de que vivo en mi mundo. No me adaptaré de mi mundo. Me adapto a mí misma. [Anaïs Nin.]

diciembre 30, 2011

de vidas ajenas y batacazos propios


¿Sentirse tan frágil como una galletita de esas que llaman polvorones? Pues sí. A veces. Y tal vez sin estar muy conscientes de esa fragilidad. Desde que tengo memoria he sido asidua a los porrazos. Durante la niñez sufrí algunos tan fuertes que sus huellas se me quedaron para siempre, lo mismo en la frente que en mi rodilla derecha que de pura suerte no se hizo añicos cuando mi joven humanidad fue a dar completita al asfalto, mientras la bicicleta salía volando para el lado opuesto. Ahora que recuerdo esa caída, pienso que habría sido digna de una filmación. Así de espectacular y aparatosa fue. Tanto, que estuve en cama con mi pierna hinchada, morada, vendada y adolorida... Una semana casi sin poder caminar. En pocas palabras, aquello fue una caída de película (con todo y el imponente Océano Pacífico como paisaje de fondo). Aun así, con todo y mi larga colección de dolorosos batacazos, cuando era niña no temía a las caídas. En ese tiempo estaba mi abuela para curar mis heridas y aligerar las abolladuras de mi ego. Pero ahora que ella ya no está y que yo no soy más una niña, cada porrazo significa un dolor más grande, un miedo desconocido, una cierta noción de inseguridad y fragilidad. Pero no so sólo esas caídas y sus dolorosas marcas lo que me produce temor conforme los años pasan y la niñez queda atrás. Y no sé a qué le temo más: si al día en que mi cuerpo se vuelva realmente quebradizo como polvorón de naranja, o a que mi memoria empiece a desmoronarse como lo hacen esas ricas y dúctiles galletas.

No sé por qué estoy escribiendo estas cosas casi deprimentes cuando estamos en temporada de alegrías, recuentos y buenos deseos. Dicen. Tal vez sea la melancolía que acarrea el cierre de un ciclo, quizá el frío que de pronto se ha sentido en esta ciudad tan lejos los inviernos crudos y tan cerca de los climas templados cuasi tropicales, que ve pasar la época navideña añorando las nevadas que su situación geográfica [y climática] le ha negado. Quizá sea solamente yo. Quizá las lecturas: empecé a leer del libro de Jorge Edwards «La muerte de Montaigne» [que contrario a lo que su título indicaría, no es un libro deprimente y más que hablar de la muerte del ensayista francés brinda un retrato suyo muy vivo]. Pero algo de melancolía hay en la mirada del chileno Edwards, quien hacia el final del libro dice sin ambages:

Si pudiera adquirir el sentido natural de la muerte que adquirió Montaigne en sus años finales, hasta me alegraría.

Y leo eso justo cuando recién había leído De Vidas Ajenas, de Emmanuel Carrère. Doloroso recuento de la desazón causada por la muerte de dos mujeres jóvenes y plenas. Y de cómo estas muertes, de las que el autor es testigo casi involuntario (en uno de los casos), lo lleva a asumir la catástrofe emocional que ello le representó, expiándola en las páginas de este libro. Escribir del dolor ajeno, es escribir nuestro dolor, parece decir Carrère. Cuando la desgracia llega… nunca viene sola. Lo interesante de su relato es que jamás cae en la lacrimigenería, el miserabilismo o el auto-flagelo. Lo no tan lindo es que, a querer o no, una termina un poquitín triste tras su lectura, tal vez porque le es inevitable no recordar muertes cercanas.

En fin, la cosa es que no estoy con mucho ánimo de soltarme una perorata de las 12 uvas y los buenos deseos, vamos que nunca he sido miembro del Club de los Optimistas, pero tampoco adepta al autoflagelo. Así que sólo puedo decirles lo más simple y común:

que en 2012... la vida les sea… 


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diciembre 22, 2011

la venganza de santa...

México, D.F., diciembre 22 de 2011. La mañana de ayer en las inmediaciones de la Alameda Central, elementos de vigilancia de la Delegación Cuauhtémoc encontraron el cadáver de un hombre de aproximadamente 55 años. Quizá su edad fuese inferior, pero los estragos del tiempo habían sido magnificados por una vida de excesos, tal como lo demostró un examen toxicológico aplicado post-mortem. El hombre parecía haber sufrido mucho antes de exhalar su último suspiro. O al menos eso reflejaba la mueca de dolor que no alcanzó a borrarse de su cara con la muerte. La policía informó que el occiso sostenía en su mano derecha una carta de despedida dirigida…

A todos los grinch del mundo...

Primero que nada sepan que su odio estaba bien correspondido.
Y ahora sí… a lo que me truje:

Que les quede bien claro que esta chamba de Santa Claus era tan jodida como ridícula. O qué, ¿acaso piensan que a mí me gustaba usar ese ridículo e incómodo traje rojo? Pues claro que no. Lo odiaba casi tanto como a la navidad y a ustedes, pero ni modo… de algo tenía yo que medio vivir. Sepan también, bola de tontos, que yo fui quien se hartó de ser el viejito bonachón de mejillas rozadas y sonrisa beata, sosteniendo sobre sus piernas a escuincles latosos y malcriados posando para la foto del recuerdo. Me tenían hasta el gorro esos mocosos que parecían tener chinches y nunca paraban de revolotear. Si por lo menos hubiera ganado bien. Pero qué va: a cambio de enfriarme el trasero noche tras noche y de lidiar con chamacos latosos, apenas recibía una miseria. Tanto escuincle alharaquiento, más los ruidos de los coches y el pitar de los vigilantes uniformados terminaban por generarme dolores de cabeza insoportables y aun así, tenía que sonraír a esos bodoques necios que insistían en jalonearme la barba y picotearme la panza mientras se balanceaban una y otra vez sobre mis doloridas piernas… como si yo fuera un sube y baja de lo que hay en el parque. Cuántas veces me quedé con ganas de darles unas buenas nalgadas para que dejaran de fastidiarme. Y cómo no enfadarme, si con los pocos pesos que ganaba durante toda la temporada navideña apenas me alcanzaba para comer cualquier porquería y calentar mis huesos con un licor barato, en lugar de beberme completa la botella de buen coñac como siempre deseé. No saben qué sufrimiento el mío: tener que lidiar con esos niños chillones y moquientos, mientras frente a mí pasaban las antojables nenorras del table dance; a ellas bien que me las hubiera cargado… y sin cobrarles.

Y cómo si todas esas penurias no fueran suficientes, en los últimos años tuve que lidiar con una más: el desprecio. A veces estaba yo en el parque esperando que llegaran clientes y por ahí pasaban jóvenes estudiantes gritándome cosas horribles; diciendo que yo era una imitación barata de la cultura gringa; un ser nefasto que para lo único que servía era para alentar la adoración al consumismo. Pobres imbéciles, como si Santa Claus fuera la única cosa que han impuesto los gringos sobre las costumbres de este país. Ja. Me insultaban mientras se bebían una lata de Coca-Cola y fumaban un Malboro. Puras poses. Sólo porque ahora se mira cool odiarme es que todo mundo pretende hacerlo, pero ya me imagino a todos mis críticos en su infancia: seguro eran de los que junto a sus ridículas cartitas dejaban un vaso de leche con galletas [vaya ñoñez… si hubiesen acostumbrado dejar una botella de Courvoisier... hasta me hubiera alquilado para entregar juguetes a domicilio].

Todos me odiaban, gritándome su desprecio en la cara, demostrándomelo por medio de grafitis amenazantes y promoviéndolo a través de de la Web. Para colmo, este año ya no me contrataron para trabajar durante las mañanas en la juguetería de esa tiendota de Insurgentes Sur. Dijeron que yo estaba algo démodé y que además… ¡no combinaba con la temática de su nueva decoración decembrina! Habrase visto semejante memez. Ahora resulta que yo no combinaba con una decoración navideña. Seguro esos también están en crisis... y no precisamente existencial. En la calle me han insultado, jaloneado y hasta correteado mientras me gritaban "viejo panzón decadente" y me lanzaban latas vacías de Coca Cola. Como si yo no tuviera sentimientos. Pero si los tengo y desprecio me ha hecho sufrir muchísimo en estos últimos tiempos, creando en mí un gran complejo de inferioridad, a tal grado, que esta fría noche me siento como un pobre diablo al que más de uno quisiera ver muerto y al que otros tantos señalan como el máximo símbolo de la hipocresía, la ñoñez y el consumismo.

Querían matarme, borrarme del mapa, acabar con todo lo que represento y de paso, sepultar sus frustraciones infantiles. Pero no les iba a dar ese gusto, así que antes que soportar una humillación más… prefiero largarme yo. Ahí los dejo con sus amarguras y con el berrinche de no haber podido asesinarme: cuando lean esta carta, yo ya estaré bien muerto tras haber ingerido casi un litro de un coctelito preparado a base de metanol y mezclado con un poco de brandy barato... pero envasado en una botella de Courvoisier VSOP.


Al final me salí con la mía…

Que tengan una fría y muy aburrida noche de Navidad,
Santa Claus


***

Sólo por no dejar: desconozco —o no lo recuerdo— si una noticia así ha sido publicada en la prensa mexicana. Escribí esto como ejercicio lúdico. [bueno, también porque soy alguito grinch.]

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diciembre 15, 2011

la marea del ensueño

Ann-Julie Aubry

Una noche en la que deambulaba por casa, en busca de algo que ni yo misma sabía qué era, presa de una gran inquietud, intenté calmar mi desasosiego en la habitación de mi abuela, donde se encontraba mi cofre del tesoro; su viejo veliz que en mi niñez me había provocado las más disparatadas fantasías. Al abrirlo me reencontré con los objetos que ella había acumulado a lo largo de su vida: mascadas que jamás le vi usar, fotos color sepia retratando a personajes como sacados de una novela de Balzac, inservibles relojes masculinos y un sinfín de cosas más, entre las que destacaba un antiguo cuaderno forrado en tela que no recordaba haber visto antes. Al encontrarlo, detuve mi husmeo, atraída por la incitante fuente de secretos que veía en él. Era el diario de una mujer, escrito en tercera persona y probablemente terminado por alguien más pues en las últimas páginas era notoria la diferencia de caligrafías. Un recuento de hechos que bien podrían haber ocurrido cien años atrás o el mes anterior. Su lectura me atrapó de forma tal, que el amanecer me alcanzó con el cuerpo entelerido de frío, aún sentada en el piso, sumergida en la historia de esa mujer a la que lamenté no haber conocido. Ante mis ojos discurrió la vida de un ser que no terminaba de hallar su lugar en el mundo, en la incesante búsqueda de algo que no lograba alcanzar... el inasible mar de sus sueños...

Desde niña su mayor anhelo fue conocer el mar. Apenas tuvo edad para distinguir las cosas que forman el mundo, aquella niña de ojos siempre abiertos a lo desconocido empezó su larga cadena de ruegos, pidiendo, una y otra vez, que la llevaran a ver el océano. Al cumplir once años, por fin pudo hacerlo cuando una tía (hermana de su padre) la llevó consigo a un puerto del Pacífico. Durante una semana se dedicó a mirar el ir y venir de las olas, llenando sus pulmones con el olor a mar y a sal; pasó horas enteras contemplando el vasto océano, intentando adivinar los secretos guardados en sus profundidades, con la infantil ilusión de que alguno fuese arrastrado por las olas hasta la playa. Pero nada extraordinario sucedió y la chica sufrió una gran desilusión; aquel primer acercamiento al objeto de sus deseos no resultó lo que ella esperaba. Al regresar a casa, su padre le preguntó qué le había parecido el mar y su respuesta fue contundente: "no se parece al mar de mis sueños"; el padre que ya estaba habituado a las "rarezas" de su hija, no le prestó mayor atención y hasta sintió un poco de alivio, pensando que la niña dejaría de insistir con viajes al mar.

Nada más lejano; su sueño no había perdido un ápice de significado; únicamente dejó de expresarlo en voz alta. A partir de entonces, concentró sus esfuerzos en las pequeñas cosas de la vida diaria; las responsabilidades que alguien de su edad podía tener. El resto del tiempo lo dedicaba a investigar en los libros y a delinear en su mente cómo sería el instante preciso cuando por fin estuviera frente al mar de sus sueños, que, estaba segura, algún día encontraría. La vida siguió su curso, ella creció y fue cumpliendo con cada uno de los requisitos que la sociedad le imponía; sin apenas esbozar mayor emoción o contrariedad, como si todo le fuese ajeno. Para un observador acucioso, habría resultado extraño que alguien con un espíritu intenso y sensible como el de ella, fuera capaz de soportar esa existencia anodina, dictaminada por otros, sin mostrar hartazgo o incomodidad, menos que externara lo que bullía en su mente y corazón. Pero al parecer nadie de sus familiares, ni siquiera su padre o el hombre con el cual se vio casada a los veinte años, poseían la suspicacia necesaria. Los años continuaban pasando y ella cada día lucía más ensimismada "como si nunca estuviera en tierra" solía reclamarle su marido, mientras ella se limitaba a esbozar una sonrisa tibia e impersonal, para volver al sitio del cual la impertinencia de ese hombre la había alejado momentáneamente.

Su existir transcurría sin sobresaltos ni problemas de ningún tipo; la niña de los ojos expectantes ávidos de descubrimientos, se había transformado en una mujer callada, incapaz de contrariar a su marido con preguntas incómodas sobre sus cada vez más recurrentes viajes de trabajo y a los cuales jamás la llevaba; salía sólo al banco o hacer alguna compra, pasando la mayor parte del tiempo encerrada en su habitación sumida en lecturas sobre los pueblos celtas y escribiendo en un cuaderno, sin mostrar el menor interés por la vida que pasaba a su lado. A nadie parecía llamarle la atención semejante actitud; al contrario, todos parecían encantados de que las "rarezas" de aquella niña ansiosa por conocer el mar, hubiesen quedado en el pasado. Quizá por ello, no les extrañó que durante uno de los viajes de trabajo del marido, ella estuviese como desaparecida; después de todo estaban acostumbrados a no verla por semanas enteras, así que por unos días nadie se sorprendió. "Si no está en su cuarto leyendo, quizá haya salido al banco" dijo su padre que conocía de la estricta disciplina financiera que su hija llevaba, depositando cada centavo que sobraba del gasto. Y vaya que había ahorrado bastante.

En tanto su padre especulaba sobre su paradero, ella se hallaba a miles de kilómetros de casa; recién desembarcada de un vuelo trasatlántico, adquiriendo el bolepo del tren que la transportaría a la región costera de ese país famoso por su clima húmedo, el verdor de sus campos y algunos insignes escritores. El tren llegó al puerto casi al anochecer y nada más bajar de éste, ella se sintió tan excitada y feliz que se olvidó del cansancio del largo viaje. Cuando arribó al pequeño hotel donde tenía reservado, ante los incrédulos oídos del recepcionista que le preguntó si tomaría la cena en el comedor, ella respondió que sólo subiría a cambiarse para salir a caminar al mar. Al escucharla el pobre chico se quedó atónito pero no se atrevió a decirle nada; ni siquiera cuando minutos más tarde la vio reaparecer ataviada con un elegante vestido negro y abandonar sonriente el vestíbulo para asombro de empleados y huéspedes. Ajena a las miradas interrogantes de que era objeto, empezó a caminar con la mente fija en el mar que oía chocar contra las rocas. Caminaba sin prisas, disfrutando del paseo, aspirando el aroma que la fuerte brisa nocturna arrastraba consigo; pese a no llevar abrigo no sentía frío, el estar lejos de su aburrida existencia marital, a unos pasos del encuentro con el agreste mar dueño sus más caras fantasías, le llenaba de energía y dicha. Mientras seguía ascendiendo rumbo al mirador desde el cual podría apreciar la bahía, pensaba en todos los libros que había devorado desde su niñez, en los muchos escenarios que había delineado en su mente, para cuando estuviera ahí. Todavía caminó un poco más antes de librar el último tramo y tener frente a sus maravihlados ojos ese mar oscuro y misterioso, cuyo fuerte golpeteo sobre los acantilados le confería mayor grandeza para esa mujer que en esos momentos volvía a ser aquella niña ávida de descubrimientos y emociones...

Cerré el cuaderno y también mis ojos; me recosté sobre el piso y permanecí largo rato quieta, sólo respirando e imaginando. Casi pude aspirar el olor de ese mar, tan distinto al que emana en el trópico y quizá sería el frío de la madrugada  que se me había metido muy dentro, pero pude sentir con ella el aire de la noche golpeando su rostro mientras se acercaba al mirador y por un instante, mi piel se erizó como imagino pasó con la suya al contacto con las heladas aguas... cuando por fin pudo sumergirse, para siempre, en el mar de sus sueños.

***

diciembre 08, 2011

circeriana

Circe ofreciendo su porción, de Moon Spiral (inspirada en Klimt.)



A estos hombres
los transformé en versitos
y los confiné libros y revistas
porque, con los tiempos
que corren, no es cosa
de andar encima procurándoles bellotas ni margaritas, para los días
de guardar.
En cuanto al Ulises, ese, de Ítaca,
díganle que de áspides, sapos
y mastodontes como él
tengo llena la sartén.
Además, el juego (circense)
de las resurrecciones
no es más una especialidad mía.
Yo ahora, tejo.
Créanme.

[Circería, Luisa Futoransky]

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