fotograma del film Le Gamin au Vélo
Cada quien su cine. Hay films que vemos como quien oye llover (Octavio Paz dixit): ni atentos ni distraídos, que nos pasan como nos pasan los aguaceros de agosto, como uno más. En cambio, hay otros que se nos quedan para siempre, sin importar que esto tenga que ver, necesariamente, con su calidad estrictamente cinematográfica. Son films que al igual que ciertos libros o poemas nos dejan una impronta, un apego, que nos hace regresar a ellos una y otra vez, a encontrar –con más o menos razón- reflejos en cada nuevo film sobre un tema relacionado. Me pasa, por citar un ejemplo, con los films cuyo tema central borda sobre el desamparo o desamor infantil. Y no deja de ser curioso que me pase esto justo a mí, que no soy propiamente la mujer más maternal del mundo. La primera vez que vi Los Cuatrocientos Golpes lloré como Magdalena, tanto que por poco me pierdo esa imborrable secuencia final, cuando Antoine Doinel llega al mar y sus pasos se detiene en la arena al tiempo que su mirada se clava en nosotros desde el otro lado de la pantalla. Han pasado años desde aquel mi primer encuentro con Anoine Doinel, no obstante, aún guardo en mi memoria aquella sensación de desconocida para mí hasta entonces, mitad azoro ante un film sublime, mitad desconsuelo. Quizá por ello siempre que veo un film sobre niños abandonados, faltos de amor, vuelvo a él. A veces con motivo, a veces no tanto, la cosa es que en cada niño mal-amado por sus progenitores o despreciado por la sociedad, yo siempre acabo encontrando a algún pariente lejano de Antoine Doinel. La más reciente en el film belga Le Gamin au Vélo [El Chico de la Bicicleta], de los hermanos Jean-Pierre y Luc Dardenne. Cyril es un niño de 12 años a quien su padre, joven e inmaduro, ha decidido dejar en un Colegio-Orfanatorio pues no se siente con la fuerza suficiente para lidiar con él y –dice- el niño le representa un obstáculo para desarrollarse y encontrar su propio camino. Así sin más. Y mientras Cyril, ajeno a los verdaderos planes de su padre, sólo vive para ver llegar la mañana en que su padre llegue al colegio por él y así poder pasear juntos, él en su bicicleta, su padre en su moto. Se la vive persiguiendo desesperada e infructuosamente a papá… así hasta que por fin acepta que nunca será el padre que él sueña y entonces [un poco a la manera de Antoine Doinel] iniciará su propio periplo liberador, no exento de desatinos y penas, y así encontrará un nuevo camino, cuyo final de recorrido [como en la historia del pequeño héroe de François Truffaut] no marcará un final del viaje, sino un nuevo comienzo, no en la certeza de la felicidad absoluta, pero sí lejos de la desgracia como sino inevitable.
Quien conozca el cine de los hermanos Dardenne sabrá que sus films están desprovistos de chantajismo, sensiblería y lacrimogenería; que su cine es casi misantrópico, negado a las escenas efectistas y apantallantes, a veces duro, siempre conmovedor. Le Gamin au Vélo no desmerece esas cualidades; no obstante, podría decirse que es su film más amable, tal vez sea la primera ocasión en que uno sale de la sala de proyección con una tímida sonrisa en los labios, olvidando sus despotriques contra esos seres que traen al mundo niños para luego, con la mayor tranquilidad, desentenderse de ellos…
La infancia vista por el cine europeo, lejos, muy lejos de la sensiblería barata, tan común en otras cinematografías
el cine es mejor que la vida...
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