adaptaciones

Me niego a vivir en el mundo ordinario como una mujer ordinaria. A establecer relaciones ordinarias. Necesito el éxtasis. Soy una neurótica, en el sentido de que vivo en mi mundo. No me adaptaré de mi mundo. Me adapto a mí misma. [Anaïs Nin.]

noviembre 30, 2011

persiguiendo a papá

fotograma del film Le Gamin au Vélo

Cada quien su cine. Hay films que vemos como quien oye llover (Octavio Paz dixit): ni atentos ni distraídos, que nos pasan como nos pasan los aguaceros de agosto, como uno más. En cambio, hay otros que se nos quedan para siempre, sin importar que esto tenga que ver, necesariamente, con su calidad estrictamente cinematográfica. Son films que al igual que ciertos libros o poemas nos dejan una impronta, un apego, que nos hace regresar a ellos una y otra vez, a encontrar –con más o menos razón- reflejos en cada nuevo film sobre un tema relacionado. Me pasa, por citar un ejemplo, con los films cuyo tema central borda sobre el desamparo o desamor infantil. Y no deja de ser curioso que me pase esto justo a mí, que no soy propiamente la mujer más maternal del mundo. La primera vez que vi Los Cuatrocientos Golpes lloré como Magdalena, tanto que por poco me pierdo esa imborrable secuencia final, cuando Antoine Doinel llega al mar y sus pasos se detiene en la arena al tiempo que su mirada se clava en nosotros desde el otro lado de la pantalla. Han pasado años desde aquel mi primer encuentro con Anoine Doinel, no obstante, aún guardo en mi memoria aquella sensación de desconocida para mí hasta entonces, mitad azoro ante un film sublime, mitad desconsuelo. Quizá por ello siempre que veo un film sobre niños abandonados, faltos de amor, vuelvo a él. A veces con motivo, a veces no tanto, la cosa es que en cada niño mal-amado por sus progenitores o despreciado por la sociedad, yo siempre acabo encontrando a algún pariente lejano de Antoine Doinel. La más reciente en el film belga Le Gamin au Vélo [El Chico de la Bicicleta], de los hermanos Jean-Pierre y Luc Dardenne. Cyril es un niño de 12 años a quien su padre, joven e inmaduro, ha decidido dejar en un Colegio-Orfanatorio pues no se siente con la fuerza suficiente para lidiar con él y –dice- el niño le representa un obstáculo para desarrollarse y encontrar su propio camino. Así sin más. Y mientras Cyril, ajeno a los verdaderos planes de su padre, sólo vive para ver llegar la mañana en que su padre llegue al colegio por él y así poder pasear juntos, él en su bicicleta, su padre en su moto. Se la vive persiguiendo desesperada e infructuosamente a papá… así hasta que por fin acepta que nunca será el padre que él sueña y entonces [un poco a la manera de Antoine Doinel] iniciará su propio periplo liberador, no exento de desatinos y penas, y así encontrará un nuevo camino, cuyo final de recorrido [como en la historia del pequeño héroe de François Truffaut] no marcará un final del viaje, sino un nuevo comienzo, no en la certeza de la felicidad absoluta, pero sí lejos de la desgracia como sino inevitable.

Quien conozca el cine de los hermanos Dardenne sabrá que sus films están desprovistos de chantajismo, sensiblería y lacrimogenería; que su cine es casi misantrópico, negado a las escenas efectistas y apantallantes, a veces duro, siempre conmovedor. Le Gamin au Vélo no desmerece esas cualidades; no obstante, podría decirse que es su film más amable, tal vez sea la primera ocasión en que uno sale de la sala de proyección con una tímida sonrisa en los labios, olvidando sus despotriques contra esos seres que traen al mundo niños para luego, con la mayor tranquilidad, desentenderse de ellos…

La infancia vista por el cine europeo, lejos, muy lejos de la sensiblería barata, tan común en otras cinematografías 

el cine es mejor que la vida...

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noviembre 21, 2011

buscando sin encontrar


busco sin encontrar, escribo a solas,
no hay nadie, cae el día, cae el año,
caigo en el instante, caigo al fondo,
invisible camino sobre espejos
que repiten mi imagen destrozada,
piso días, instantes caminados,
piso los pensamientos de mi sombra,
piso mi sombra en busca de un instante,

[Octavio Paz, fragmento de Piedra de Sol]

Más de Piedra de Sol




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Es extraño cómo nuestros gustos van atemperándose con los años: cuando era adolescente renegaba de Paz en la pueril creencia de que su conservadurismo político contrariaba el espíritu revolucionario que anida [en teoría] en la poesía. Pero una crece y se da cuenta que todas las Revoluciones, en mayor o menor medida, han terminado siendo traicionadas por sus propios precursores. En cambio la poesía, sobre todo la buena poesía, permanece incólume, fiel a su esencia, impasible ante los cambios e imposiciones culturales de la inacabada modernidad.

Sumido en una de las peores crisis sociales y políticas, México celebra un aniversario más de su inconclusa Revolución sin que se avizore una mejoría en el corto ni mediano plazo. Perdido, para seguir con Octavio Paz, en un laberinto del cual se ignora la salida. Sumido, dijo en otro momento el poeta, en un tiempo nublado sin tener remota idea de cuándo, por fin, saldrá el sol.

Mientras eso ocurre... siempre nos quedará la poesía...


Imagen de Artelena


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noviembre 07, 2011

capturar lo irrepetible


Lo que la fotografía reproduce al infinito únicamente ha tenido lugar una sola vez. [La fotografía] repite mecánicamente lo que nunca más podrá repetirse existencialmente.
Roland Barthes [La Chambre Claire -La Cámara Lúcida-.]


Nunca me ha gustado fotografiarme. Al menos no en demasía. Mientras escribo esto, recuerdo una entrevista con el pintor mexicano José Luis Cuevas, en ella, quien algún día fuera considerado L’enfant terrible del arte mexicano, confesaba que entre sus actividades diarias ineludibles estaba la de hacerse un autorretrato (no sé si aún lo haga): cada mañana, el pintor se sentaba frente al espejo para trasladar al lienzo la imagen que él le devolvía. De hecho, la entrevista se había realizado por la mañana en su casa para que el entrevistador y fotógrafo pudiesen atestiguar la obra. Cuando leí la entrevista [en una vieja revista llamada Revista de Revistas], yo era adolescente y aquello me pareció, más que un exceso de excentricidad, egocentrismo en demasía [y esto viniendo de un artista conocido, entre otras cosas, por estar demasiado centrado en sí mismo.]

Recordé esta anécdota porque la cita de Roland Barthes me hizo pensar en que más allá de la arrogancia y egocentrismo de José Luis Cuevas, su afán por autorretratarse cada mañana tenía que ver con lo que menciona el filósofo francés: tener la posibilidad de volver, muchos años después, a atestiguar instantes (en este caso expresiones faciales) que nunca más podrían repetirse. Pienso en esto y recuerdo a mi abuela, también negada a ser retratada. Nunca supe si sólo porque no le gustaba o porque secretamente pensaba, como los hombres de otros siglos, que al ser fotografiados somos despojados de un pedacito de nuestra alma. Ahora me arrepiento de no desobedecerla y haberle tomado muchas fotos. A ella y a otros seres queridos que ya no están aquí. Si bien los recuerdos esencialmente los atesoramos en la menoría (el olfato, la piel, etc.), es bueno guardar alguna evidencia de aquellos momentos irrepetibles, de aquellos gestos humanos tan únicos, cambiantes y pasionales que nunca más volverán a repetirse. Tan sólo para mirarlos de vez en cuando. Quizá para contradecir al olvido, darle una sacudida al paso del tiempo. 

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noviembre 03, 2011

morir es nada: los fieles difuntos...

El regreso es imposible. Siempre se va. Uno va y va y va.
El regreso es una metáfora, un recurso literario.

[Eliseo Alberto]

Perder a un ser querido, aun cuando su muerte sea –por recurrir al cliché- lo más piadoso que pueda ocurrirle dado el sufrimiento en el que se encuentre, siempre dolerá. Nos duele que su vida se extinga, sí, pero sobre todo nos duele el hueco que su ausencia deja en nuestra vida, la irremediable orfandad en que su partida nos deja sumidos. Dicen que el dolor, el verdadero peso de la ausencia, sólo se aquilata con los años, cuando los gritos de impotencia y rabia inmediatos han sido silenciados y sólo queda su eco. He perdido a seres amados y cercanos, les lloré a lágrima viva sin pudor ni medida, después vino ese periodo en el cual el dolor me sumió en una especie de limbo: parecía un estar y no estar, sentir y no sentir, sufrir y no sufrir. Un poco como cuando se toma un antihistamínico que no alivia la gripe pero sí encapsula sus síntomas más molestos: la cabeza se siente algo volátil, todo se escucha como desde un eco lejano, está uno y no está. Algo así. No es una etapa de negación de la muerte del ser amado, tampoco de evasión. Más bien, es una especie de abducción del dolor. Extraña abducción merced a la cual uno sigue su vida casi en automático, sin detenerse mucho a pensar en nada, incluido el dolor de la ausencia, incluidos los ataques de llanto y de preguntas sin respuestas [reclamos ante lo que consideramos una injusticia de la vida o de Dios: habiendo tanto malnacido en el mundo, que la muerte se cargue a un ser que no dañaba a nadie nos parece una gran injusticia.] Dicen que el tiempo todo lo cura, tal vez, pero no lo borra y en algunos casos sólo consigue hacer más remarcable su añoranza, esa ausencia presente que nos recuerda lo que ya no está pero que nunca dejará de acompañarnos.  

No me detendré a explicar el significado del Día de Muertos (los fieles difuntos en santoral del calendario) en México. Bien a bien es algo que no trato de explicarme racionalmente, sólo sentirlo. Es normal que muchos extranjeros no entiendan esta festividad mexicana casi pagana, esta relación extraña de los mexicanos con la muerte, el sentido de la Ofrenda de Día de Muertos. La creencia ancestral de que una vez al año, en la noche-madrugada del 1º de noviembre al día 2, ellos vuelven y para celebrar su regreso preparamos altares, donde ofrendamos los alimentos y bebidas que gustaban en vida, disponemos las flores que sólo se cosechan en otoño (como el Cempasúchil) y alumbramos su noche con veladoras. Sólo diré que el ritual de preparación de la Ofrenda-Altar a los Fieles Difuntos acompañó mis días de infancia al lado de mi abuela, que ese rito forma parte de mis mejores recuerdos, que si bien ya no lloro a mi ausente abuela como durante los días, semanas, meses y años inmediatos a su muerte, no hay día que no piense en ella (últimamente la he soñado muy seguido) y en días como hoy su ausencia se hace más presente: ya no hay quien prepare camote y calabaza de castilla al horno, tejocotes en dulce, arroz con leche, exquisito pan de muerto y mole de guajolote, ni sirva caballitos de mezcal y encienda aromáticas veladoras o disponga discretos ramos de flores (no cempasúchil, a mi Abuela no le gustaban), como lo hacía ella teniéndome a mí de ayudante en jefe; niña ansiosa por ver el Altar terminado y más ansiosa porque llegara el día 3 de noviembre y así poder atacarlo sin culpas, es decir comerme las sobras que los muertitos nos habían dejado.

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Finalmente un breve comentario: la ironía (cruel) de la vida ha querido que ese ritual mortuorio casi festivo haya devenido en algo un poco menos esotérico-pagano y sí más cruel. Cinco años y 51 mil muertos después de iniciada la (fallida) guerra contra el narco declarada por el gobierno mexicano, el día de muertos reviste un aura realista y cruel. Tristemente.

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